11. Logros Coronarios

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Los sábados eran más duros para el nuevo código de mejoramiento propio de Tom. Años de fiestas los viernes y fines de semana flojos lo habían entrenado para un comienzo tarde y hambriento. Salió de su cama rodando alrededor de las once, añorando más que nunca el estar de regreso en su casa, donde podía bajar las escaleras en bóxers, y hacer que su madre le hiciera un desayuno caliente. En lugar de eso, se puso un par de deportivos para preservar su modestia, y arrastró los pies por el pasillo hacia la cocina.

La puerta del baño estaba cerrada, y Tom podía escuchar el agua corriendo distante al otro lado, así que se puso a la tarea de buscar algo comible. Bill ya había rondado por ahí dado que ya había una taza de café y platos en el fregadero. Tom hizo una mueca ante la taza vacía y la llenó con jabón y agua para que se remojara. Bill siempre la dejaba secar ahí para que se le formaran manchas de café. Si no valorara tanto su libertad, Tom le hubiera dado un ultimátum.

El refrigerador estaba lleno, pero todo lucia muy difícil de preparar a las 11 en un sábado por la mañana, así que Tom se resignó a tostar waffles. Los sacó del congelador y miró por la pequeña ventana de la cocina. Había un grupo de niños, aún vestidos, corriendo a travez de un aspersor en uno de los jardines amarillentos. El sonido distante de algún tipo de música apenas le llego por encima de los gritos de los niños mientras el camión del helado pasaba. La boca de Tom se elevó; de algún modo deseaba estar ahí abajo con ellos, justo ahora.

Apenas había abierto la caja cuando el apacible silencio de su mañana de sábado se vio arruinado.

— ¡JODER! ¡JODER! ¡JODER! ¡JODER!

Tom brincó, los waffles liberándose de su agarre abruptamente fuerte. Las tuberías sonaron quejándose, y desde el baño se podía escuchar más ruidos de coraje y movimiento general antes de que la puerta se abriera con fuerza. Tom se atrevió a mirar fuera de la cocina y buscar, con los ojos abiertos, por el pasillo.

Bill salió hecho la furia del baño, resbalándose en un mosaico, luciendo miserable y apretando una toalla sobre su delgada cintura. Estaba mojado y furioso, delgado y knobby y pálido, el cabello oscuro pegado a su cuello y rostro. — Oh esta porquería— Bill entró a su cuarto y Tom se le quedó mirando asombrado.

Bill reapareció dos segundos después con una enorme y desgastada playera que alguna vez tubo un logo deportivo en el frente, saltando en un par de bóxers ajustados y acomodándolos en sus húmedas caderas. Tom aclaró su garganta precipitadamente y se regresó a la cocina

Bill entró a la cocina medio segundo después, jalando su playera hacia abajo. Acomodó su cabello mojado hacia atrás con los dedos y fue a hincarse frente al gabinete debajo del fregadero, abriéndolo de un tirón.

— Uh, ¿algo con lo que te pueda ayudar? — Tom pregunto cuidadoso, finalmente deteniéndose para recoger los waffles tirados.

— Lo dudo, ¿Eres un hada del agua caliente? — Bill estalló, sacando una bolsa de lona de herramientas.

—Oh, ¿Se acabó el agua caliente?— Tom pregunto redundante, aún medio dormido y sosteniendo en un brazo los waffles congelados.

— No menciono lo del agua caliente por pura coincidencia — Bill se paró y pateó la puerta del gabinete para que cerrara. — No tengo tiempo para esta mierda, joder… — Pasó a Tom y entró a la sala, hacia un closet discreto que realmente no había notado. Bill lo abrió para revelar un enorme contenedor, y se puso de rodillas mientras revolvía la bolsa de herramientas, largas piernas blancas saliendo ángulos tipo saltamontes.

Tom metió los waffles de nuevo en el congelador y fue tras su compañero, limpiando sus manos en la pantalonera. — ¿Qué se necesita hacer? — Preguntó.

— Bueno, está todo ese asunto de la hambruna mundial, luego creo que pensaré en buscar la cura para el cáncer, pero para poder hacer eso, necesito mis testículos fuera de mi cuerpo, así que sólo voy a arreglar el calentador del agua primero, si es lo mismo para ti — Bill respondió distraído.

— Pensaba en los términos de en que cosas podría ayudar — Tom aclaró — Podría hacerme cargo de esto si tienes que estar en algún otro lado.

Bill le brindó a Tom una mirada despreciativa sobre su hombro. El de rastas casi se sorprendió de ver la expresión a la que se acostumbro tanto en una cara tan diferente; con su cabello hacia atrás y el rostro limpio, Bill lucia indudablemente masculino, aunque algo demacrado donde no era …...

— ¿Qué? — Tom se defendió — Puedo decir la diferencia entra una llave y un destornillador, igual que tú.

— Bob el constructor debe de estar tan emocionado por ti…

— Bill, sólo estoy tratando de ayudar— Tom suspiró, recargándose en una mano sobre el sillón como si la actitud contreras de Bill le estuviera aplastando físicamente tan temprano.

— Yo que lo haces — Bill confesó sorprendiéndolo — Sólo que… Yo podía hacer esto antes de que vinieras. Lo haré igual de bien después de que te vayas, puedo hacerme cargo de esto ahora también— Sonaba frustrado e irritado, pero le ofreció a Tom la cortesía de responderle honestamente por una vez, sin el sabor del sarcasmo.

— Entonces, déjame hacerlo ahora. — Tom dijo gentil — Tú te haces cargo de lo que sea que necesites hacer, y yo me haré cargo de esto. También es mi agua caliente; debería de hacerme cargo de ella cuando se descomponga también — Tom intentó negociar — Puedes arreglarla la próxima ¿de acuerdo?

Bill soltó otro suspiro y se inclinó hacia delante hasta que su cabeza chocó contra el calentador con un clang hueco. — Debo de estar desesperado y estúpido, tal vez loco. Bien— Se reclinó hacia atrás y miro a Tom, inteligente. — ¿Piensas que puedes manejar esto mientras me alisto para ir a trabajar?

— ¿Para que son los compañeros de departamento? — Tom sonrió ampliamente — Besties.

Bill rodo lo ojos — Probando mi paciencia if youre anything to go by. Bien. Lo dejo en tus manos dudosamente capaces— Se puso de pie, sacudió sus mechones húmedos lejos de su cara y las comisuras de su labios se elevaron con peculiaridad hacia Tom — supongo que si un ciento de monos puedes escribir a Shakespeare, puedes arreglar el calentador.

— Esta dentro del dominio de la posibilidad— Tom accedió, moviendo su mano en un gesto para que Bill pasara.

El pelinegro resopló, pero ya no dijo algún comentario. Tom tomó ese silencio como un gracias.

Así que al final resultó que Tom no pudo arreglar el calentador.

Pero su padre podría.

El papá de Tom refunfuñó ante el favor de fin de semana, pero no hizo más problemas del que normalmente haría, y aceptó el ir a ayudarle. Era la primera vez que había estado en el nuevo vecindario de Tom desde que se cambió, y Tom podía decir que los sentimientos de su padre eran una mezcla de preocupación y aprobación. No era el área más segura, pero era lo bastante buena para que Tom se las apañara por si solo un tiempo.

Arregló el calentador pero le dijo a su hijo que ya era tiempo de hablar con el administrador sobre obtener una nueva; estaba ya muy gastada. Eso terminó su casual conversación entre los dos. No había mucho para ofrecer un tour, la verdad; si te parabas en la sala y mirabas alrededor tendrías el tour. Aunque Tom también estaba seguro de el enojadizo de Bill estaría menos que complacido de tener un extraño rumiando por su casa sin saberlo.

Intercambiaron otra despedida, extraña como era usual con palabras no dichas entre ellos, pero cuando su padre apretó su mano, algo se arrugó entre sus dedos. Mientras su padre bajaba las escaleras, Tom miro su puño con el cejo fruncido; arrugado en su mano había un billete de 10 dólares. Levantó la mirada para ver a su padre marcharse, pero nunca se giró, sólo se subió en su camioneta y manejó sin decir otra palabra.

Tom lo dejo partir, sus dedos sujetando el billete.

Bill legó tarde a casa esa noche, luciendo realmente cansado por una vez. Dejó su bicicleta contra la pared, como siempre, pero a diferencia de otros días, aventó su bolso en el sofá y se dejó caer junto a ella, sus largas piernas extendidas frente a él. Soltó un suspiro, despeinando su flequillo lacio.

— Bienvenido — Tom dijo, haciendo su aparición desde la cocina, sus rastas recogidas en un nudo tras su cabeza, aún con los pantaloncillos de la mañana.

Bill gruñó, sus ojos aún cerrados.

— El calentón está arreglado — Agregó. — Aunque pienso que probablemente deberíamos hablar con el administrador sobre cambiarlo antes de que ya no sirva completamente.

Bill resopló.

Tom se cruzó de brazos y se recargo en el marco de la entrada — ¿Día largo?

— No tanto como la golpiza que te voy a poner si no te callas y me dejas en paz — Bill dijo finalmente murmurando.

— Bastardo— Opinó — Fui por la cena.

— Apuesto a que los neandertales están tan celosos. — Replicó Bill. — Vete. Bill estar cansado.

— ¿Bill estar hambriento? — Tom preguntó, y le aventó una hamburguesa empaquetada al regazó, haciendo que su compañero brincara y evitara dejarla caer.

— ¿Qué es esto? — Preguntó sentándose propiamente y mirando sospechosamente la hamburguesa.

— Una hamburguesa. He escuchado que es el furor de hoy en día — Dijo Tom secamente.

— ¿Y por que me la estas dando?

— No te mates pensándolo, princesa, es sólo una hamburguesa. — Bill torció el gesto con el apodo — perdón; su majestad— Tom acentuó, corrigiéndose a si mismo con una sonrisa en los labios.

Bill hizo una mueca, pero devolvió su atención a la comida, el papel haciendo ruido entre sus manos mientras la observaba contemplativo. Tom reviró los ojos, se acercó al sillón, tomó la hamburguesa, para el disgusto de Bill, el cual abrió la boca indignado pero al final no dijo nada.

— Primero, le quitas el papel, — Tom explicó, inclinándose hacia Bill e ilustrando, como si le explicara lentamente a un niño. — ¿Ves? ¡Oh! ¡Es una hamburguesa! Y las hamburguesas son para comerse — Gritó y le ofreció el pan a Bill, quien se lo arrebató burlón. — Cómalo, su alteza, necesitará su energía para decapitar campesinos mañana. — Dio palmaditas en la rígida moja, y Bill le quitó la mano de golpe.

— Basta — Dijo con la boca llena. — No voy a decapitar a nadie. Los campesinos arreglaron el calentador de agua, creo que merecen un descanso.

— Mi lady es tan amable— Tom dijo, inclinando la cabeza.

— M'lady va a golpearte tan fuerte que tendrás que usar el camión el lunes si no te largas ahora.

Tom sonrió satisfecho como para dejarlo pasar. — Bien, si no hay nada más, creo que me iré a la cama.

Bill sólo curveó su labio, quitando el papel mientras enterraba los dientes en su cena hambriento. Tom reflexionó, no importara cuanto lo fastidiare, Bill comía más como un cerdo de granja que como una princesa. Sacudió su cabeza, aún sonriendo, y regresó a la cocina a terminar de limpiar lo que uso para su cena. Dijo buenas noches a Bill mientras apagaba las luces de la cocina y caminó por el pasillo hacia su cuarto; Bill gruñó algo en respuesta, escurriendo salsa cátsup por la boca, y fue más que suficiente para Tom.

No estaba seguro al día siguiente si debería de estar eufórico o decepcionado cuando notó que su compañero ya se había ido, y había un billete de cinco dólares pegado en el refrigerador.

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