Ni ouat ni sus personajes me pertenecen, por el contrario la historia es mía.
Este fic está dedicado a mis chicas del whatsapp swanqueen, a las del grupo evil regals, a mi petita, a Natalia, a mi morena, a amandis la tetis y por supuesto a mi amada manager.
Está especialmente dedicado al amor de mi vida, esthefybautista. Sabes que te amo, que te extraño a rabiar, que cada segundo a tu lado compone mi vida y mi felicidad. Te amo bebé.
Gracias a todos los que me leen y me comentan ya sea por aquí o por el whatsapp, vuestra opinión es realmente preciada. Sin más os dejo disfrutar del nuevo capítulo, no sin antes recordaros que debéis leer a franchiulla, my dark queen, EvilSwanQueen21 y por supuesto a mi amada esthefybautista.
CAPÍTULO 10 LOS PEDAZOS DE MI CORAZÓN.
La semana pasaba lenta y tediosa, sin poder salir de esas cuatro paredes que la mantenían presa, sin poder dejar de moverse de un lado a otro, dando vueltas, rumiando pensamientos que escapaban a su control.
Regina era un monstruo, un titán de los negocios que no titubeaba ante la idea de destruir vidas ajenas a cambio de unos cuantos millones, dinero que por otro lado no necesitaba ya que disponía de un gran capital, una mujer sin alma y sin corazón, debía odiarla pues gente como ella la habían llevado a ese infierno que era su vida, la habían llevado a pasar meses en un sótano oscuro, un lugar que aún visitaba en sus pesadillas.
Y aun sabiendo lo que era Regina, su corazón se aceleraba al pensar en ella, en sus ojos oscuros, en el olor que desprendía, en su mirada cargada de incógnitas y sobre todo en sus labios, esos labios perfectamente coronados por una enigmática cicatriz, esos labios del color de las llamas, esos labios de los que no se pudo despegar.
Ese beso robado ocupaba cada rincón de su mente, el sabor completamente adictivo de esa boca. Solo con recordar un fragmento de ese beso su alma se partía en dos y su corazón amenazaba con salirse de su pecho. Regina era un monstruo sin alma pero ella estaba completamente enganchada a la morena, como una droga la absorbía, la envolvía con ese magnetismo inexplicable que tenían sus ojos.
Intentó dejar de pensar en ella por un momento, no podía quitársela de la cabeza, se colaba en su mente, en sus sueños, en cada rincón de su cerebro. Desesperada se hundió en su cama, intentando no derramar lágrimas de frustración y sus ojos se toparon con la cámara de fotos, la cámara de Regina. Todo lo recordaba a la morena de manera alarmante. De pronto recordó a su hijo y las mil fotos que le sacó, cogió la cámara para verlas y pensar en él, para quitarse a Regina de la cabeza.
Encendió la cámara y nada más entrar en la galería de las fotos, se le dibujó una sonrisa en el rostro al ver a su pequeño, inmortalizado en una imagen. Fue pasando las fotos sin dejar de sonreír, maravillándose de lo grande que estaba James, de sus ojos cada vez más grandes y esmeralda, de lo mucho que se parecía a ella en sus facciones, excepto en sus cabellos, oscuros como la noche, oscuros como los de Regina.
Cerró los ojos y contuvo el aliento, no podía volver a caer en lo mismo, debía dejar a la morena atrás, ella era solo un cliente, parte de su trabajo, no podía tenerla en la mente todo el tiempo. Contó hasta diez, se relajó y volvió a mirar las fotos de su pequeño, volvió a sonreír tiernamente, llena de amor y afecto por su hijo, hasta que se acabaron esas fotos y la imagen de Regina sentada sobre la arena en su tarde de playa apareció en el aparato cortando su aliento. Su mente racional le decía que apagara la cámara, que no se torturase con eso, mas su corazón enloquecido fue pasando una a una las fotografías, recreándose en las facciones hermosas de Regina, en sus ojos oscuros, en sus gestos, fingiendo que no la veía, que no se daba cuenta de que le estaba haciendo fotos y, finalmente, ambas juntas en la misma imagen. Se vio a sí misma al lado de la morena, sus ojos aguamarina estaban resplandecientes, sus mejillas sonrosadas, teñidas de rubor ante el suave contacto de la morena, miraba a la cámara fijamente y su sonrisa brillaba, emocionada y feliz, ¿Realmente había sido un momento tan dichoso? Sin duda no recordaba uno mejor en todos esos años, exceptuando el momento en el que James nació, su hijo y Regina eran lo mejor que le había pasado. Fijó sus ojos en el rostro de la morena, no miraba a la cámara como ella, sus ojos estaban fijos en su rostro y en sus labios había dibujada media sonrisa, no era forzada, era natural, era la sonrisa de alguien que había olvidado como hacerlo. La estaba mirando y sus ojos seguían siendo una incógnita. ¿Qué estaba pensando? ¿Por qué la había besado? Era tan dulce, tan magnífica y a la vez un monstruo.
Amargas lágrimas se deslizaban por las mejillas de Emma, contemplando esa fotografía y descubriendo con dolor y asombro por qué no podía quitarse a Regina de la cabeza. Estaba completamente enamorada de la morena. Se había colado en su interior con gestos amables, con momentos felices, la había enamorada con su mirada oscura y su sonrisa, se había enamorado de un monstruo y eso la llenaba de miedo.
Regina no había pasado mejor semana que la rubia, había estado trabajando en el caso día y noche sin descansar. A los dos días había dado con una testigo valiosa, una de las chicas que había logrado eludir el secuestro, gracias a su testimonio desenredo todos los hilos y pudo poner fin a ese caso maldito, mas ahora, ante su jefe, tenía un nudo en la garganta. Debía explicarse y no sabía cómo empezar.
-¿Qué has hecho qué? Regina podría despedirte.
-"Deja que me explique, por favor, antes de que montes en cólera"
-Explícate, rápido, pero sabes que has quebrantado las normas, que te has expuesto y que podrían haberte matado.
-"Cuando encontré a Emma quise asegurarme de que estaba bien, y quise asegurarme de que el cerdo que la tiene retenida no se salía con la suya, así que me infiltré en su organización, fingí ser una mujer de negocios y me dieron carta blanca, confían en mí, solo necesito tiempo para hacerle confesar y todo habrá terminado"
-Eres brillante Regina, ingenua y alocada pero brillante. Mantenme informado, cuando me digas desplegaremos a los hombres y atraparemos a ese cerdo.
Por el momento se había librado de la regañina, pero tenía otros problemas con los de lidiar. Emma Swan y sus ojos aguamarina, Emma y ese beso que le había robado, Emma y todo lo que sentía cuando la tenía cerca.
Había estado ocupando su mente en el caso las veinticuatro horas del día, para no pensar en los labios de Emma y en lo mucho que había disfrutado besándolos, en las mil emociones que despertaron en su estómago con ese dulce contacto. Se moría de miedo, se acercaba el viernes y estaba aterrorizada. Seguramente Emma se habría tomado ese beso como una parte de su trabajo pero para ella había significado demasiado. Era la primera vez en tres años que no había pensado en Jenn, la primera vez desde que enviudó que su corazón latía desenfrenado, no sabía si era amor, o no quería saberlo, pero la rubia tenía en ella un efecto devastador y eso la mantenía aterrada. Tenía que volver a verla, ese viernes tenía que lidiar con su presencia sin parecer una idiota, su jefe tenía razón ella era una inconsciente y actuaba sin pensar.
Ni siquiera sabía qué hacer con ella el viernes, noche de cine, tarde de playa… había agotado sus cartuchos, hasta que de pronto pensó en hacer algo que le apeteciese a ella, quizás así estaría cómoda y no se sentiría una idiota. Llegó a su casa y escribió a Neal, diciéndole lo mismo que la otra vez, que pasaría a buscar a Emma antes del almuerzo, recibiendo la correspondiente y satisfactoria contestación de que no había ningún problema.
Llegó el viernes y con él llegaron los nervios, no estaba preparada para ver a la rubia, sabía que se moriría de vergüenza en cuanto se cruzase con su mirada, pero no había marcha atrás, su trabajo era mantener a Emma a salvo y eso iba a hacer.
Llegó al club y empezaron a sudarle las manos, no quiso bajarse del coche, no tenía ganas de ver a Neal y escuchar sus estupideces, o peor, escucharle hablar obscenamente de Emma, no lo habría soportado. La rubia vio el mercedes de Regina y rápidamente subió, sin decirle nada a su jefe, intentando disimular el tono rojizo de sus mejillas. Había logrado admitirse a sí misma que estaba enamorada pero no dejaría que la morena lo supiera, se reiría de ella seguramente.
El silencio era incómodo, mas ninguna de las dos hizo esfuerzos por romperlo, hasta que la rubia reconoció la ruta por la que iban, se dirigían a la mansión Mills.
-¿Vamos a ver a tu padre?
-"Veo que has reconocido el camino, no vamos a verle, él está fuera del país en este momento"
-¿Entonces por qué vamos a su casa?
-"Cuando lleguemos lo veras"
Dirigiéndole la mirada por primera vez desde que había entrado en el coche, la morena le regaló una tierna sonrisa que derritió el alma de la rubia. Cuando quería era completamente adorable y ella no podía dejar de mirarla. Le dio igual a dónde sea que fueran, mientras estuviese Regina a su lado sería perfecto y ella lo sabía.
Llegaron a la mansión, pero Regina no aparcó delante de la puerta como la otra vez, sino que siguió adelante, adentrándose en el campo y finalmente paró el coche al lado de un claro verde, hermoso. Bajaron del coche y Emma se maravilló ante el paisaje que se extendía ante su vista, era realmente fascinante.
-¿Qué vamos a hacer aquí? ¿Picnic?
-"Vamos a montar a caballo"
-¿Bromeas? Yo no sé hacer eso, me caeré
-"No lo harás"
-Sí, me caeré, me romperé una pierna y será tu culpa
-"No, no te caerás porque te tendré bien sujeta"
La rubia enmudeció en el acto, no le hacía ninguna gracia montar a caballo pero la expectativa de tener a Regina tan cerca, agarrándola para que no se pudiera caer era demasiado atractiva.
La morena ensilló un caballo y lo condujo hacia la rubia, que se moría de nervios y de miedo. Con ayuda de Regina montó, tras cuatro intentos por culpa de su nerviosismo, hecho que consiguió hacer reía a la morena a carcajadas. Una vez encima del animal, el vértigo la mareó, pero todo malestar quedó suprimido cuando de un salto, Regina subió también y se abrazó con fuerza a su cintura. Susurrándole al oído y provocando que su corazón se disparase.
-"Tranquila Emma, tú solo disfruta, yo llevo las riendas"
Intentando abofetearse mentalmente ante lo increíblemente eróticas que sonaron sus palabras, Emma se relajó y se permitió disfrutar de ese momento, teniendo tan cerca a la dueña de todos sus pensamientos.
Cuando el caballo empezó a correr, todos sus miedos se esfumaron ante esa sensación de paz, ante tantas emociones juntas. Se sentía la dueña del mundo, incluso se permitió gritar de alegría, firmemente sujeta por Regina, dejándose envolver por su aroma embriagador.
Si la tarde en la playa había sido especial, ese momento fue sin duda el mejor de toda su vida, no quería que terminase nunca. Finalmente regresaron al claro y desmontaron, dejando libre al animal para que campara por sus anchas, mientras Regina preparaba un mantel con la comida, fijamente observada por Emma que no podía apartar sus ojos de ella. Se sentaron a comer, sin que la rubia apartase su mirada de la morena, provocando que esta se pusiera nerviosa, hasta que finalmente se decidió a hablar con ella.
-"¿Por qué me miras tanto? ¿Tengo algo en la cara?"
Al verse sorprendida la rubia bajó la mirada y su rostro se tiñó de escarlata, dándole un aspecto completamente adorable que hizo a Regina reír con ganas.
-No, solo estaba pensando en algo que quiero hablar contigo.
-"Te escucho"
-Es sobre el beso que me diste, el viernes pasado
-"¿No te gustó? Si te incomodé lo siento"
-No, no es eso, es solo que…
"¿Qué?"
El rostro de Emma iba enrojeciendo más y más por momentos, pero finalmente decidió que no podía callarse por más tiempo, miró a la morena fijamente y respondió.
-Que llevo toda la semana deseando volver a besarte, pero contigo nunca se sí puedo o no, eres tan extraña…
Tenía todo un discurso preparado pero no pudo terminarlo, ella no le dejó. Su mente solo había procesado una parte de la información y era que Emma quería besarla. Se sintió como una adolescente en su primera cita, con el estómago lleno de mariposas y ni tan siquiera escuchó todo lo demás. Se lanzó a los labios de la rubia y los atrapó en un dulce aunque hambriento beso, profundizándolo a medida que la rubia le daba acceso y devorando sus labios con sed infinita.
Igual que dos niñas que se descubren por primera vez, se besaban ardientemente sobre la verde y húmeda hierba, explorando con sus manos castamente, los rincones, las curvas de la otra, acelerando el choque de sus labios o ralentizándolo, dependiendo del ansia y la pasión del momento. Hasta que la morena rompió suavemente con esa dulce tortura, colocando su frente sobre la de Emma, con una dulce sonrisa en sus labios.
-"Debemos irnos, refrescará pronto y me gustaría preparar algo rico para cenar"
-Está bien, vámonos.
Recogieron el arrugado mantel y todo lo que habían dejado por en medio, guardaron el caballo junto a sus compañeros y emprendieron el camino de vuelta al apartamento de la morena, en calma y con una sonrisa boba en sus labios.
Cuando llegaron y Regina hubo cerrado su puerta, se vio aprisionada contra esta y el cuerpo de la rubia, cada vez más cerca, robándole el aliento y finalmente robándole un beso, una vez más. Cerró los ojos y se dejó envolver por el calor que sentía en su pecho, el calor de los pedazos de su corazón recomponiéndose y latiendo, viva una vez más gracias a esos labios que la estaban besando.
Labios que recorrían lentamente su mejilla, dirigiéndose a su oído de forma sensual, provocando en la morena escalofríos y la imperiosa necesidad de olvidarse de todo, olvidarse de quién era ella, quién era Emma y simplemente amarla.
Hasta que finalmente perdió el juicio, lo perdió con los labios de Emma susurrándole, suplicándole en un susurro ahogado.
-Tómame Regina, por favor, tómame.
Desconectó su mente, sus neuronas dejaron de funcionar. Su corazón latía con fuerza y supo que no había marcha atrás, que no podía ir marcha atrás, que estaba atrapada, que Emma Swan la había atrapado por completo.
Besándola con ternura y pasión, con sus piernas alrededor de su cintura y sus manos sobre su cuello atrayéndola hacia sus labios, sin soltarla, sin despegarse un ápice de ella, Regina la condujo a su cama, sin pensar en nada más que en darle a Emma todo lo que se le había negado, amor, ternura, cariño, pasión. Sin pensar en Jenn, sin echarla de menos, ya no podía hacerlo, no como antes pues ahora tenía los ojos azules de Emma devolviéndole la vida que había perdido.
Le quitó la ropa sin prisas, besando cada rincón de su cuerpo con veneración, provocándole pequeños gritos y gemidos ahogados, encendiendo la piel por ahí donde pasaba sus labios, dejando que Emma le quitase su ropa, la venerase con la mirada, con los labios, con todos sus gestos. En sus ojos claros podía leer la pasión desenfrenada que sentía y supo que en ese momento tenía en sus manos a Emma Swan, no a la prostituta sino a la niña, a una mujer que se entregaba por propia voluntad por primera vez en su vida, la besó desesperada, uniéndose a ella, piel con piel sin importarle nada más que sus ojos claros, que su mirada cristalina, en ese momento no importaba nada, solo amar a Emma como se merecía. Fue recorriendo su piel con la yema de sus dedos, dibujando formas inconexas, erizando todos sus sentidos, humedeciéndola con sus besos, en labios, cuello y cualquier rincón escondido, acarició su humedad con delicadeza, como si fuese a romperse en cualquier momento, la acarició hasta que su rubia le suplicó que la tomase, se lo suplicó una vez más, rogando, moviendo sus caderas y buscando su contacto. Besando sus labios para ahogar sus gritos, la morena la penetró con cuidado, despacio, dejando que notara cada roce y llevándola a la locura. Perdiendo por completo la noción del tiempo y el espacio, perdiendo la cordura, la morena no dejó de besarla mientras la hacía suya, mientras Emma se aferraba a sus cabellos, a su espalda, a sus brazos, suplicándole que le diera más con la mirada, con sus pequeños gritos, con sus besos profundos, hasta que finalmente ambas cayeron al vacío, hasta que le regaló a Emma el primer orgasmo no fingido.
Cayó sobre ella agotada, con los cabellos alborotados y la piel perlada de sudor, el corazón desbocado y el aliento entrecortado. Se abrazó a Emma intentando no pensar en nada más que en su aroma, en lo hermosa que estaba desnuda en sus brazos, en sus suaves manos acariciando su piel. Se perdió entre sus ojos aguamarina, cargados de ternura y agradecimiento, cargados de amor profundo hacia ella.
No quiso pensar en las consecuencias de esa noche de locura, solo sonrió, sintiendo los maltrechos pedazos de su corazón siendo uno solo una vez más, sintiendo como se recomponía su alma, sintiendo que por primera vez en tres años era capaz de volver a amar.
