Capítulo IX
Pájaros en la cabeza
Cuando llegó, la casa estaba iluminada. Supuso que estaría allí, pero por una extraña razón, no le importaba. El taxi la dejó en la entrada, y como pudo, entró en la casa.
- ¡Señora! – Mariam salió a su encuentro – ¡Buenas noches!
- ¡Buenas noches! – Sentía como si un tren le hubiese pasado por encima – ¿El señor está?
- ¡Si! Está en el estudio – señaló
- Ok, Gracias – tenía ese aire de arrasarlo todo a su paso
- ¿Quiere que le avise que ya está aquí? ¿Le preparo algo de cenar? – la mujer tenía la mejor disposición
- ¿Si quisiera avisarle a mi marido que llegué, no crees que habría ido al estudio? – tenía una expresión de maldad en su mirada
- Si… – bajó la vista – ¡Disculpe Señora Regina!
- ¡Tranquila! – se dio cuenta que la estaba pagando con la mujer – Por favor, tráeme algo ligero… Cereal o avena… ¡Ponte creativa! – le dedicó un guiño, y la mujer volvió a tomar color
El sólo hecho de cruzarse con Robin le helaba la sangre. Sentía pánico, pero se sentía peor tener que perder su vida. Después de todo, qué le quedaba. Se dirigió a su habitación, y ésta vez se aseguró de cerrar la puerta con llave.
La misma estaba limpia, sin indicios de la violación que ocurrió la noche anterior. Se desnudó frente al espejo, y se observó nuevamente, ésta vez con odio
- ¿Qué te queda Regina? ¿¡Qué!? – se hizo la pregunta en voz alta, y rompió a llorar. De repente un pensamiento fugaz tomó su cabeza, y la dejó paralizada, mirándose al espejo – ¡El domingo! Eso… Eso me queda…
Lloró al recordar el beso de Elsa y Emma, y no supo por qué, pero sintió que no le quedaba más que salir adelante, con ese desastre en el que se había convertido su vida.
Se dio una larga ducha, se tendió en la cama, y llamó a Mariam desde la puerta
- ¡Aquí está su comida! – la mujer llegó con una bandeja
- ¡Gracias! – La tomó, y se dispuso a cerrar la puerta
Aún ante la presencia de Mariam, Robin llegó corriendo, tratando de alcanzar la puerta de Regina abierta, para poder hablar sobre lo ocurrido
- ¡Regina! – logró colocar su mano en el marco, impidiendo que ésta cerrara – ¡Por favor!
- ¡No! – gritó aterrada
Regina soltó la bandeja y presionó la puerta, tratando de contener el miedo que corría por sus venas. Mariam salió despavorida hacia la sala, y buscó comunicarse con Sarah, tal cual le había indicado Regina alguna vez, cuando los problemas de drogas de Robin comenzaron.
- ¡Por favor Regina! ¡Por favor! – el hombre insistía en verla de frente, empujando la puerta. Se oía desesperado – ¡Perdóname Regina! ¡Trata de escucharme!
- ¡No Robin! ¡Aléjate! – empezó a temblar, mientras el pánico se apoderó de ella – Si de verdad quieres que te perdone, si de verdad quieres hablarme, déjame cerrar la puerta… ¡Por favor! – Gritó desesperada y el llanto brotó sin control.
El hombre escuchó su angustia, al otro lado de la puerta, y cedió. Regina trancó la puerta con seguro, de forma automática y se deslizó sobre ella, hasta caer de rodillas en el piso, llorando desconsolada.
- ¡Por favor no me hagas esto! ¡Por favor! – le costaba hablar por el llanto, mientras repetía esas palabras una y otra vez.
Estaba traumatizada. El hombre no consiguió más que posar su mano en la puerta, y bajar hasta ponerse de rodillas, donde supuso que estaría Regina, profiriendo súplicas constantes
- ¡Por favor Regina! – de verdad parecía que el mundo se le había caído encima – ¡Déjame hablarte! … Déjame disculparme… Sé que una disculpa no es suficiente para lo que te hice. Sólo dame la oportunidad de hacerlo… Si después no me quieres ver, lo entenderé…
- ¡Vete! – le gritó, ahogada en llanto – ¡Lárgate! – golpeó la puerta desesperada.
Robin se puso de pie. Comenzó a llorar, y a tratar de calmar el temblor que había en sus manos
- Está bien Regina… ¡Me iré! – le hablaba con un profundo dolor, y arrepentimiento – Pero primero necesito que me escuches… – hizo unos segundos de silencio
- ¡Vete! – seguía llorando. Le dolía físicamente el pecho, como si su corazón estallara en mil pedazos – ¡Que te largues!
Esperó unos minutos en silencio, detrás de la puerta, esperando que el llanto de Regina cesara. Pero no paraba.
Regina miró desde la puerta, su cartera en la silla junto a la cómoda. Estaba abierta, y podía divisar el papel donde estaba su dibujo. Ese retrato que Emma le hizo, cuando todavía se sentía medianamente entera. Ahora estaba rota, por dentro y por fuera.
Vino a su mente el rostro sonriente de la rubia, y sus palabras. El beso de Emma y Elsa la había impactado. Ella era su musa, después de todo, pero ahora se sentía como un espectro, un fantasma
- ¡Por qué! – alargó la frase en un grito desgarrador – ¿Por qué? – esa última, casi no se escuchó.
Robin la oyó, y no pudo evitar seguir en silencio. Sabía que era culpable del sufrimiento de Regina. Su relación, que ya veía en decadencia, se había fracturado dramáticamente con la agresión que él le había propinado a su esposa
- ¡Regina, por favor! – le dijo, casi susurrando – Mañana en la mañana me voy a una clínica de rehabilitación privada – se sentía su llanto – Lo que te hice… Yo… – le costaba asimilar lo que había pasado – ¡Yo no me lo perdono!
- ¡Me desgarraste Robin! – su tono era de dolor y reproche – Sentí cómo me arrancaste el alma… Yo te supliqué… ¡te supliqué!
- ¡Lo sé! ¡Lo sé! – trataba de llegar al punto de conciliación – No tengo perdón, y lo asumo. Pero, pase lo que pase con nosotros, debo retomar el control de mi vida… Por Henry…
- ¡No menciones a mi hijo! ¡Cobarde! – Sentía una mezcla de furia, asco, dolor y miedo, terrible
- ¡Regina! Sé que le hecho daño a todos, a todos, con mi adicción… Si no me perdono lo que te hice, tampoco puedo perdonarme por haber lastimado a mi hijo… – se notaba la sinceridad en sus palabras – ¡Toqué fondo! Y de la forma más terrible, mi amor…
- ¡No me llames así! – estaba escéptica
- ¡Por favor Regina! – se sentó deslizando su espalda contra la pared – Estoy luchando contra ésta… ansiedad, tratando de ser firme. Quiero reponerme, por Henry. Sé que te perdí… Pero no quiero perder a mi hijo… ¡Ayúdame!
Regina no respondió. Estaba totalmente en silencio. Robin trató de escuchar desde su puesto en el piso, pero no consiguió oírla. Pasaron así un par de minutos. Él sentía el temblor en sus manos, la ansiedad se estaba apoderando de él
- Sólo espero… poder hacerlo Regina – hablaba sin la esperanza de una respuesta – Tengo mucho miedo… De no lograrlo, de morir en el intento…
Ella miraba el dibujo, a lo lejos, doblado dentro de su cartera. Había logrado serenarse, y escuchaba atenta a su esposo, a través de la puerta. Permanecía silenciosa. La luz de su celular parpadeaba. Pensó que debía ser Sarah o Diana. Pero ¿qué tal si era Emma? No, Emma estaba disfrutando de su noche, como la jovencita que era. ¿Y ella? Ella tendría que enfrentar la realidad, y el duro camino que se avecinaba.
- Está bien Regina… Puedo entenderte – estaba resignado – Espero poder lograrlo, por Henry… Por… Por ti y por mí. Debo recuperar mi vida…
Se levantaba del suelo, cuando escuchó el cerrojo de la puerta sonar. Había perdido la esperanza de que ella le abriera. Pero ahí estaba, su mujer, hermosa como siempre, pese al llanto y a los maltratos que él le había ocasionado
- ¡Regina! – dio un paso al frente
- ¡No! – puso su mano en señal de alto – Ni un paso más…
- Regina, te juro por Dios… Por lo más sagrado que tenemos, Henry, que no te pondré una mano encima… De esa forma… ¡Nunca más! – el colocaba sus manos en señal de rendición. Se arrodilló y comenzó a llorar, desconsolado.
Ella lo miró, y sintió cómo su corazón latía descontrolado. ¡Cuánto había amado a Robin! Había sido todo lo maravilloso y terrible, que jamás pensó que sería.
- ¡Vamos! ¡Levántate! – le hablaba con indiferencia
- Tengo miedo Regina… Miedo de recaer, de morir en el intento – se agarró de sus piernas, en forma suplicante – De hacerte daño de nuevo, y de seguir lastimando a Henry… A las personas que amo
- Robin… – sintió pánico de su cercanía – ¡Por favor… Levántate! – se forzó a disimular.
El hombre lloraba como un bebé, a sus pies. Temblaba, y ella sabía que era por varios factores. Sabía que era genuino su interés de rehabilitarse, sus intenciones y sus miedos. Ella compartía éstos últimos. Aún lo amaba, o eso creía. Como fuese, no quería que Henry perdiera a su padre
- ¡Vamos! – le acarició el cabello – Ven conmigo…
Lo ayudó a levantarse. Lo llevó hasta el cuarto, y se paró frente a él, secándole las lágrimas
- No te merezco Regina, ¡no te merezco! – seguía alterado – ¡Perdóname todo!
- Tranquilo Robin… Por favor… Vamos, ven… – lo tomó de la mano, y sorteando la bandeja en el piso, lo metió a la habitación.
Abrió el cubrecama, y sentó al hombre en ella. Le quitó las pantuflas, y acariciando sus rodillas se miró en sus ojos verdes
- Todo va a estar bien… ¡Tranquilo! – lo tomó de las temblorosas manos – Es sólo ésta noche… Mañana vas a estar mejor, y yo te voy a acompañar…
- ¡Regina! No tienes por qué… – estaba impactado por la dulzura y nobleza de Regina
- Shiii… ¡Calla! – lo empujó suavemente hasta acostarlo – Tienes que descansar…
- Soy un peligro Regina… ¡No debo estar aquí! – se incorporó para irse
- ¡Tranquilo! Sé que no me volverás a hacer daño… – sabía que era lo correcto, pero temía equivocarse.
Lo arropó, tomó de su mesita de noche un calmante poderoso, que le había recetado el doctor, días atrás, y sirvió un poco de agua, de la jarra que mantenía en la habitación.
- ¡Toma! – le acercó las pastillas
- ¡No! – colocó la mano en alto, para detenerla – ¡Más drogas no!
- ¡Sólo es un calmante! Algo prescrito, sólo por hoy... No se compara con lo otro… Y te ayudará a descansar… ¡Vamos! – se la entregó, y él la tomó en seguida
- ¡Gracias! – estaba llorando nuevamente – No merezco esto de ti…
- ¡Basta! Ya vengo… – se alejó hacia el baño, sin perderlo de vista.
Tomó el celular, y observó las numerosas llamadas perdidas, tanto de Diana como de Sarah. Mensajes de texto, de voz. Todo un desastre la noche.
Se apresuró a llamar a Sarah, porque sabía que con Diana no se podría dialogar, y para evitar que su embarazo se viera afectado por el estrés
- Aló, ¿Sarah? – trató de sonar muy natural
- ¡En qué demonios estás pensando! – la rubia se escuchaba terriblemente molesta
- ¡Diana! – colocó un tono neutro
- ¿Por qué demonios te fuiste a meter en la boca del lobo? – estaba más que molesta, estaba preocupada – Ya voy saliendo para allá…
- ¡No! – fue cortante
- ¿Cómo qué no? ¿Te has vuelto loca? – estaba en shock – Debes haberte golpeado la cabeza… Eso debe ser… Ni pienses que te voy a dejar allí Regina, por tu complejo de sufrida… ¡Ni lo pienses!
- ¡Diana! – Levantó un poco el tono, tratando de no alarmar a Robin – Todo está bien por aquí…
- ¡Qué!... ¿qué todo está bien? ¿Todo está bien? – perdía la paciencia – ¿Te está apuntando con una pistola acaso? Para que digas eso… ¡Regina por el amor de Dios!
- Male… Por favor… Estoy lidiando con mucho aquí… Por favor, ¡no me lo hagas más difícil de lo que es! – trató de no llorar, nuevamente
- ¡Te golpeaste en la cabeza! ¡Eso fue! O ¿él te golpeó? – estaba ofuscada
- ¡Diana! ¡Por favor! – el tono suplicante de Regina, hizo que la rubia parara.
Tomó unos segundos de silencio que Diana volviera a considerar a su amiga, y se resignase ante su aparente locura
- ¿Qué necesitas? – la rubia estaba más calmada
- Mañana va a ingresar a una clínica de rehabilitación… – hizo una pausa para darse valor – Y me pidió que lo acompañara
- ¡Increíble! – sonaba exasperada, pese a su tono irónico
- ¡Male! – ella también estaba impaciente
- ¡Ok, ok! – respiró profundo – Supongo que quieres que te acompañe…
- Si te sientes bien, puedes y no es mucha molestia… – le hablaba suave y de forma suplicante – Y si te puedes controlar… No te pido que lo mires bonito – se apresuró a contener el comentario de su amiga – Sólo ayúdame… Es el padre de mi hijo, y es importante para mí…
- ¡Está bien Regina! ¿¡Qué no haríamos por ti!? – le dijo suspirando – Pero me debes una… Tal vez te lo cobre con sexo… ¡No sé!
- ¡Male! – le sacó una sonrisa
- ¿Viste? Aún tengo el poder de sonrojarte, ja, ja, ja – Se relajó ligeramente – Cuídate por favor… ¡Hasta mañana!
- ¡Estaré bien! No te preocupes… ¡sádica! – sonreía de medio lado
- ¡Te amo!
- ¡Te amo! – le lanzó un beso y colgó.
Se dirigió a la cama, a acompañar a su esposo, que estaba un poco más sereno, aunque aún lloraba, producto de la ansiedad y la culpa. Se sentó a su lado, y lo abrazó. Éste se recostó en el regazo de Regina, y se aferraba a su pijama. Ella aún temblaba por el miedo que eso le causaba, pero trataba de sobreponerse.
Así pasó la noche, semi-acostada en la cama, con Robin en su regazo, divisando en la distancia el papel doblado, que contenía su tan preciado retrato.
- Hasta el domingo Emma Swan… – y se dejó llevar por el sueño, el cansancio y la tristeza.
A la mañana siguiente, cuando Robin despertó, Regina ya tenía todo preparado para llevarlo a la clínica. Estaba aún atolondrado por el sedante
- ¡Ya está todo listo! – le dijo, con una sonrisa esperanzada – Espero que no te moleste… Preparé todo, si quieres revisa… Y lo lamento, sé que no te cae de lo mejor, pero le dije a Male que me acompañara… Por el regreso… Esto, es muy duro para mí Robin… – bajó la cabeza, mientras le preparaba la ropa
- ¡Tranquila! – le sonrió, apenado – Eres la mejor mujer que he conocido… No te merezco… Y no sé qué cosa tan buena pude haber hecho antes, para que se me permitiese tenerte – se le acercó, y la tomó con dulzura del rostro
- ¡Robin! – lo alejó colocando su mano en el pecho del hombre – ¡Por favor! – evadió su contacto y el beso que se avecinaba – Termina de arreglarte, voy a ver si te traigo el desayuno – se dio la vuelta, y simuló que doblaba la ropa de la gaveta
- ¡Está bien! – se entristeció – Me bañaré rápido… No quiero sentirme mal – se retiró en dirección al baño – ¿Puedo? – le señaló la ducha
- ¡Claro! – se sentía algo incómoda de tenerlo allí, por el tiempo que llevaban separados, y especialmente, por el incidente de la otra noche – ¡Mantente firme! – lo miró con necesidad – ¡Ya regreso!
Salió de la habitación, y tuvo que detenerse camino a la cocina. Se paró frente a una consola con espejo, en el corredor. Se miró, estaba hermosa y ella lo sabía, pero no pudo evitar aborrecerse. Tuvo unas ganas tremendas de llorar. Colocó su mano en la boca, trató de respirar profundo y par de veces.
Cuando logró reponerse, de intentar no perder la compostura, se unió con Diana en la sala, y le recordó a Mariam que se apurara con el desayuno de Robin. Las dos amigas ya habían comido minutos antes.
- No sé cómo soportas a esa mujer… Es terriblemente lenta y… no sé… ¡Sin chispa! – Le hablaba con desprecio de Mariam
- No la tengo para que sea la estrella de la compañía… Es sólo una empleada para las cosas del hogar – le dijo como si nada – Pero en realidad… No, no la soporto – Ambas rieron.
En un rato Mariam pasó por el lugar, bandeja en mano, para llevarle el desayuno al señor Hood
- ¿Para dónde vas? – le inquirió
- A la habitación del Señor, a llevarle el desayuno – contestó segura
- Primero, yo te dije que me avisaras. Segundo, está en nuestra habitación, es decir, la mía. Y tercero, yo se lo llevaré – se paró y tomó la bandeja – A ver… Dame…
La cara de Diana era un poema, a la sorpresa y el asco. Regina se sentía territorial con Robin, y eso nunca había pasado. No era la naturaleza de Regina, ni cuando lo amaba todavía, con todo su ser, y se sospechaba de su comportamiento y aventuras.
Llegó a la habitación y el hombre terminaba de vestirse. Tocó antes de entrar, para asegurar que no quería situaciones incómodas, como la anterior. Él entendió la señal, y sonriendo le hizo el gesto de que entrara con confianza. Se veía relajado, por los momentos
- ¿Cómo te sientes? – Regina trataba de no hacer contacto visual, directo o continuo, con los ojos de su esposo
- Por ahora… Bien. Siento algo de ansiedad, no te lo niego… Pero aún el efecto del calmante está presente. Me cuesta coordinar con rapidez – le dijo con sinceridad. Se sentó en la mesita de la habitación, donde la morena le preparaba todo para que desayunara
- ¡Ten! Tranquilo… – lo miró con ternura. Tal vez lo amaba aún. No lo sabía – ¡Come rápido, para llevarte y que te puedan atender como se debe! – Lo tomó de las manos – ¡Todo va a salir bien!
- ¡Gracias Regina! – le devolvió la sonrisa – ¡Eres tan hermosa! ¡Perfecta! – Nuevamente intentó besarla.
Ésta vez ella no se retiró. Estaba paralizada, intentado disimular su temor, producto del trauma sufrido. Él la besó dulcemente, pero ella apenas pudo responder
- No lo volveré a hacer… ¡Te lo prometo! – Se apartó – Sólo quiero despedirme… Pasará cuando tú así lo quieras, como lo quieras… ¡Si es que puedes amarme de nuevo! – bajó la mirada, y se dedicó a comer su desayuno.
Regina permaneció unos segundos en silencio, apreciando que su corazón latía a toda velocidad. No sabía qué sentir. La mezcla de emociones en su cabeza, en su cuerpo, en todo su ser, la estaba matando.
- Te espero en la sala ¿Si? – señaló la puerta, disimulando su nerviosismo. Estaba fría, pálida y temblorosa
- ¡Claro! – no se percató del problema de su mujer.
Salió tambaleándose hasta la sala, donde estaba su amiga esperando, y su cartera, portando su tesoro más preciado
- ¿Qué está pasando? – Diana tenía cara de seriedad extrema – ¿A caso te sientes culpable, en alguna forma, por lo que pasó? Porque no es así… ¡De ninguna manera!
- ¡No Diana, no es eso! – se sentó a su lado, como pudo, bajando la mirada
- No me vengas con ese cuento… Ni que porque esté arrepentido… ¡Listo! Y ya lo perdonaste y lo amas de nuevo… – Era severa
- ¡Es el padre de mi hijo! – le dijo enfática
- ¡Por favor Regina! ¡La excusa más barata de la historia! – le reprochaba
- ¡Baja la voz, que te puede oír! – le susurró con fuerza a Diana – ¡No es una excusa, es una realidad! ¡Que no se diga que no lo intenté hasta el límite de mis fuerzas! – empezaron a brotar unas lágrimas, sin control – Él es el padre de mi hijo… ¿Y qué he de decirle a Henry? ¿Si su padre aparece muerto un día?
- ¿O su Madre? – la interrumpió
- ¡Si! – alzó el tono – Precisamente es lo que quiero evitar… Y si debo ser yo la fuerte, por ambos, y por Henry… ¡Lo seré! Es un matrimonio, un compromiso de vida…
- ¡Lo sé! Sé que tienes esa formación… Y que yo he sido un poco profana e irrespetuosa al respecto… – bajó la mirada, porque en el fondo la entendía, aunque no compartiera la forma en que hacía las cosas – Yo estaré aquí… Siempre… – la tomó de la mano – ¿Te sientes bien?
- ¡Si! – se soltó – Es sólo… es que esto me está costando Male… Me está destrozando por dentro… – Se abrazó a su amiga y se puso a llorar.
La rubia ya no dijo más. No era el momento, y no era necesario. Se dedicó a acariciar su cabello. La ayudó a calmarse, y para cuando el hombre llegó a su encuentro, habían disimulado muy bien que todo estaba en calma
- ¡Buen día Diana! – él estaba visiblemente apenado e incómodo
- ¡Buen día Robin! – trató de ser lo más neutral posible, por su amiga
- ¡Vamos! ¡Es tiempo! – le dijo la morena a su esposo.
Dejarlo allí fue algo difícil de hacer. Una vez planteadas las normas, las reglas del lugar, horarios de visitas, tratamiento y tipo de actividades, se le indicó a Regina en cuáles estaba incluida.
- ¡No tienes que hacerlo! – le dijo apenado
- ¡Tengo y lo haré! – fue decidida.
Las primeras dos semanas, sería completamente para él. Las otras dos sería de terapia con la pareja, y una adicional, dependiendo del caso, con el núcleo familiar. Dos días de visitas: sábados para la pareja, y domingos, para la familia.
También se les notifico que había riesgos a considerar, debido a las fuertes adicciones de su esposo. La muerte era la más resaltante. No querían pensar en ello.
Ya para despedirse, Robin tomó a Regina de las manos
- ¿Me permites abrazarte? – la miraba directamente a los ojos
- ¡Claro! – Se aferró a él, por miedo de que no fuese igual que antes, por temor a que no fuese como siempre
- ¡Tengo miedo! – la abrazaba con fuerza
- Todo va a salir bien… ¡Ya lo verás! – ella respondió a la urgencia
- ¿Puedo besarte? ¿Quiero despedirme de ti? – no se encontraba tan optimista, pues sus malestares se hacían presentes
- ¡No digas eso! – se separó de él, para mirarlo con dolor
- ¡No tengo cómo saberlo! – se escaparon unas lágrimas de sus ojos
- ¡No lo digas! – y fue ella quién lo besó, dulce y tiernamente, para borrar la ansiedad del momento. Y sin poder decir algo más, corrió hacia la salida.
Cuando se dio cuenta, estaba en el carro, en el asiento del copiloto, respirando con dificultad. Diana no articuló palabra en el camino de regreso. Se dirigió de forma automática a la casa de Regina. La morena no paró de llorar hasta que llegaron a su destino
- Busca tus cosas, y vente con nosotras mientras Henry regresa… – Le dijo, preocupada
- No… – le costaba hablar
- No vayas a decir una mierda como "No quiero incomodarlas" – hizo comillas en el aire, y mofa de esa frase – porque ahí sí que me voy a molestar – La interrumpió, y la miró con intensidad, a través de sus profundos ojos azules. Era una mujer imponente
- No es eso… Es que quiero irme con Henry… ¡Lo necesito! – Aún lloraba con ímpetu
- ¡Mañana! Y si quieres, ambas te llevamos, y nos tomamos unas vacaciones… Mira que estoy de reposo de la quimioterapia – le dedicó un guiño
- ¡Eso sería perfecto! – bajó la vista
- ¡Pues vamos! Empaquemos… Una ropa interior bien sexy, para que me hagas un desnudo provocativo… ¡Me lo merezco! – soltó la clásica sonrisa pícara de bruja, contagiando a Regina
- ¡Tonta! – amaba la forma en que Sarah y Diana la hacían olvidarse de todo.
Y así se hizo. Regina empacó para pasar esa noche del martes con sus amigas, y salir el miércoles a primera hora, a la cabaña donde aguardaba John, Peter y su pequeño Henry. Necesitaba a su hijo como el aire para respirar.
No faltó la indicación de que, el sábado al medio día, debían estar de regreso. Lo que sea que pasase, debía llegar a su encuentro con Emma. Le daba casi la misma ansiedad que por ver a Henry. Era algo loco, nuevo e inexplicable; pero por ahora quería concentrarse en sus necesidades también.
En su equipaje no faltó la mejor roja para la ocasión, por si se quedaba en la ciudad, de sábado para domingo. Su libro en turno, su bolso de deportivo, su dibujo preferido.
-xXx-
Esa noche fue una locura. Elsa y ella tuvieron sexo de la forma más descontrolada posible. Fue un sube y baja de sensaciones, muchas caricias y ternura, mucha pasión desbocada, lujuria y fuerza. Todas gracias al patrocinio de la misma persona: Regina.
La jefa Mills, le había dado a Elsa más material en un día, que en todo el tiempo que había trabajado para ella. Por poco que fuese, para ella significaba un gran avance.
¿Y qué decir de Emma? La necesidad que había notado en Regina, su musa, al hablarle de su encuentro del domingo, había encendido en ella las más bajas pasiones. Y algo inexplicable, también extrema dulzura y suavidad. Quería hacerle de todo lo imaginable a la Señora Regina. No importaba mucho por qué, pero la traía loca.
Despertó y Elsa ya se estaba vistiendo. Se había duchado, había preparado el desayuno para ambas, y estaba lista para irse a la oficina. La chica había sido precavida, y tenía la muda lista para la faena.
- ¡Buen día! – se inclinó sobre la cama y le plantó un beso – Lo de ayer fue… ¡Increíble! – le mordió el labio inferior, y continuó colocándose las medias, para el liguero
- ¡Buen día! – estaba en éxtasis, y la visión de Elsa en ropa interior, no era nada despreciable – ¿Eso que huelo es comida? ¡Muero de hambre!
- ¡Si, lo es! – le sonrió ampliamente, sin detener su curso – Preparé algo sustancioso… Quemamos muchas calorías anoche… – la miró con perversión
- ¡Es que estabas muy excitada! ¡Y yo qué podía hacer! – se encogió de hombros, y bromeaba
- ¡Si! ¡Claro! ¡Yo sola! – rieron.
Comieron, y la chica se marchó, no sin antes citarse con la otra rubia, un par de veces en la semana, dejando el fin libre. Emma entraba una hora más tarde, y casi nunca era puntual. Notó que le dolían varias partes de su cuerpo, confesables e inconfesables
- ¡Ay Regina! – Se reía con picardía – ¡Ves lo que me haces! Y lo peor es que quieres más…
Se fue al baño, a ducharse y prepararse. El recuerdo de Regina, a través de la ventanilla del taxi, deseando verla, la excitó. No pudo evitar soñarla despierta
- ¡Señorita Swan! – La morena estaba desnuda en la ducha – Usted se ha estado portando muy mal… Sudamos mucho anoche… Creo que lo mínimo que puedo hacer… es… ¡bañarla! – la mirada perversa de la soñada morena, era incitante
- Pues si Regina… ¡Tómame! – dijo entre gemidos. Cerro los ojos, e imaginó que sus manos eran las de la morena.
Así se procuró un buen baño, y un orgasmo matutino.
Se vistió, y sin darse cuenta, todo se le iba en soñar despierta. Así cruzó las calles, asistió al trabajo y las reuniones. Así hizo cada comida, tomó cada baño, y se desahogó con Elsa. Todo con el pensamiento de Regina en mente.
Ninguna de las rubias se confesaron el origen de su nube, no por recelo u egoísmo, sino que no querían que parara ese sentimiento, por llevarlo a realidad de otra opinión.
Alguien dijo "Emma tiene pájaros en la cabeza". No era un pájaro, pero si estaba en su cabeza. Era un ser divino, maravilloso, al que pensaba que sólo tenía que poseer una vez, y su ansiedad cesaría.
¿Sería posible, poder tener a Regina, para ella, cuerpo a cuerpo, piel con piel, por lo menos una vez? Era lo que anhelaba
- Tendremos la reunión el martes… – dijo Marco
- ¿Cuál reunión? – De repente volvió en si
- La reunión con la Señora Mills… ¿Cuál más? ¿No nos escuchas? – habló August, algo impaciente.
No, en realidad no estaba en la tierra, flotaba
- ¡Tiene que ser mía! – se decía en voz alta, cuando creía que nadie la escuchaba
- ¿Qué cosa? – le preguntó August, tratando de saber qué le pasaba a su compañera
- ¡Déjala! Ya lo he dicho… Emma tiene "pájaros en la cabeza". Gracias a Dios, eso le ha ayudado a rendir en el trabajo – Dijo su jefe Marco, entre risitas
- ¡Disculpen! – Emma se puso como un tomate.
Cosas así no habían dejado de pasarle, con conocidos y desconocidos. Por eso, trató de liberar su ansiedad comiendo, festejando, y tomando a Elsa, cual si fuese el objeto de su deseo.
Cuando por fin se hizo sábado en la tarde, no pudo aguantar más. Tomó el celular y decidió escribirle a Regina. Pero sin pensarlo, terminó llamándola. Tardó un poco en atender, y en ese trayecto, tuvo la tentación de colgar. Una fuerza irracional y poderosa, la hizo esperar en línea
- ¿Aló? – una Regina tímida respondió, apresurada
- ¡Hola preciosa! ¿Cómo estás? – Emma estaba más que contenta de escuchar su voz
- ¡Señorita Swan! ¿Cómo le va? – Se apartó para hablar, y esbozó una sonrisa inesperada
- Pues a mí… o sea "Tú", no "usted" … Me ha ido bastante bien… Y pues, he pensado en ti… Mi musa… – Regina no la podía ver, pero tenía una sonrisa pícara, una ceja levantada
- ¡Seguro! – sonó algo incrédula, sin querer
- ¿Cómo? – se sorprendió, pero no se molestó
- ¡Digo! Es que me imagino, que tú eres una chica muy ocupada… ¿Qué tiempo vas a tener para pensar en mí? Una mujer mayor, y desconocida… – bajaba la mirada, pero estaba sonrojada, pateando hojas secas en la tierra
- ¡Pues imaginas mal! Te he pensado, y mucho… Digo, eres mi musa, mi inspiración… – ya no quería contenerse con la mujer, debía intentar un movimiento, sutil, pero decisivo – Y pues, me has ayudado esta semana, a soportar lo insoportable… ¡Cómo te parece!
Regina estaba ruborizada. No sabía por qué, pero obviamente su ánimo subió al escuchar esa afirmación. ¿Pero por qué Emma le decía eso? ¿Estaría coqueteando con ella? Se recordó de la escena de Elsa y Emma, de aquel beso, y se sintió triste. Estuvo unos segundos en silencio
- ¿Regina? – Emma esperaba una respuesta, por cruel que fuese
- ¡Si! ¡Disculpa Emma! – volvió en si – Me alegra poder haberte ayudado… No tienes idea de que has hecho algo semejante por mí. Pero… – su tristeza le generaba una sensación extraña en la boca del estómago – … Seguro tuviste más ayuda…
- Regina… – su afirmación final, tenía un tono familiar a celos – ¿Quieres decirme algo? – se sonrió – No vayas a tomar lo que diré a mal… ¿Pero… estás celosa? Suenas a mujer celosa… – se reía cual niña tremenda
- ¿Yo? – había caído en su trampa – ¿Celosa de qué, de quién? Usted ni es mi amiga Señorita Swan…
- ¡Uy Regina! ¿Vuelvo a ser la Señorita Swan? No quería que lo tomaras a mal… – se lamentó de ir tan lejos – ¡Discúlpame!
- ¡No Emma! ¡Discúlpame a mí! He tenido una semana de terror, y pues, sólo enfatizo la suerte que tienes de ser una chica hermosa, joven y llena de vida. Mereces disfrutarla al máximo… Y agradezco ese hermoso dibujo que me diste… Todos, pero en especial uno que he llevado conmigo… No sé por qué… – ¿por qué le contaba eso tan íntimo a aquella chica? En el fondo se lo debía
- ¡Tranquila! Yo sólo bromeaba. Quería llamarte antes, por lo de la cita de mañana… – habló seria, para que Regina no se sintiese peor
- ¡No irás! – lo dijo entre temerosa y triste
- ¡Claro que voy! ¡Iré! – le habló entusiasmada, más por la necesidad que estaba demostrando Regina, que por el encuentro casual
- ¡Perfecto! – su corazón empezó a latir acelerado, se sentía desfallecer. No sabía qué le pasaba – Entonces temprano… ¿Cómo a las ocho?
- ¡Claro! Allí estaré – Emma estaba muy ansiosa. Quería gritar, saltar, correr una maratón… volar
- Emma… Una cosa más… – Regina hablaba seria
- ¿Si? – la rubia se extrañó del cambio
- Procura que no te atropellen… ¡Te extraño!
¿Te extraño? ¡Cómo se le ocurre! Mientras Regina maldecía la frase, Emma alucinaba con la misma. Había sentido a la morena tan excitada como ella; también celosa, y por último "Te extraño". Esa mujer la estaba volviendo loca.
Por fin el domingo, se levantó de la cama, como un rayo, cuando el despertador sonó a las seis. No le importaba casi madrugar en domingo. Una mujer bonita siempre era una causa a favor, un aliciente. Regina era mucho más, aunque ella no lo aceptara abiertamente.
Se bañó, se fijó que estuviese perfectamente depilada, porque "uno nunca puede saber cómo terminarán las cosas". Ese pensamiento la hizo reír como una adolescente.
- ¡Qué te pasa Emma Swan! – se miró al espejo – ¡Reacciona! – volvió a reír.
La ropa interior que escogió era de color blanco. De encaje a juego. Debía ser algo revelador, sensual, pero a la vez tierno e inocente.
Se colocó una falda ajustada de cuero rojo, una franelilla blanca, y una chaqueta a juego con el atuendo. Como ya empezaba refrescar, medias color piel, y botines. Se dejó el cabello suelto. Usaría un sobrero que le quedaba de muerte.
Se maquilló de manera casual, resaltando sus hermosos ojos verde agua. Ella sabía cómo hacer de su cabello largo y rubio, y de sus ojos, un arma poderosa.
No tomó sus implementos de pintura. Su idea principal era, si Regina quería ser dibujada, llevarla al apartamento, para tenerla cautiva sin que lo supiera. Había comprado un montón de cosas para picar, para comer, beber, y cosas para el placer de los sentidos. Tenía que tener a Regina pronto, o se volvería loca.
Se disponía a salir, y el teléfono sonó
- ¡Elsa! ¡Hermosa! – estaba muy contenta – ¿Cómo estás?
- ¡Uy! ¡Pero qué felicidad! – La chica también lo estaba
- ¿Y tú también? Mira que te conozco… – rieron
- Mi jefa… Me llamó, y aunque no lo creas, y mira que me parece extraño, me habló de ti…
- ¿Cómo? ¿La bruja esa? – se extrañó – ¿Estás bromeando? ¿O es que estás celosa y me quieres echar a perder el día?
- Ja, ja, ja… No le digas así a mi amada y deseada jefa… – Ella la idolatraba – Mira que me pilló contigo…
- ¿Qué? ¿Cuándo? – Ahora sí que estaba extrañada
- El lunes… En "Lexo" – la mujer parecía apenada – No sé cuándo, pero nos vio… Y por lo que me comentó, vio más que una conversación inocente
- ¡Mierda! – se llevó la mano a la frente – Pero… ¿No te mató? ¿No te arrancó el corazón y lo hizo polvo con sus manos?
- ¡Emma! – se sonrió
- Es que… ¿o eres masoquista o no sé qué? Porque te escucho muy feliz… – se burlaba. Salió del apartamento, y se dirigió al ascensor
- No te digo… Fue muy raro… Te puedo jurar Emma, y no es porque esa mujer me mate, pero estoy segura que estaba celosa… – lo contaba emocionada
- ¿Celosa? – estaba entretenida – Como… ¿celos profesionales? Ja, ja, ja…
- ¡No tonta! – suspiró – Me trató muy bien… Al principio parecía molesta, pero eran celos… Y luego me habló cariñosa. Y me dijo que puedo ser tu amiga, mientras eso no estorbe con mi trabajo… Pero que ella confía en mí, y que prefiere que, en el plano personal, vea en mi entorno a otras personas… No sé… ¿Será que se me estaba insinuando? Es que se supone que es casada y eso…
- Pues… ¡Eso parece! Creo que quiere que la veas a ella… ¡Es evidente! – Emma de verdad esperaba que le fuese bien a Elsa – Aunque es una bruja, no sé qué gustos tienes… Fuera de mí – se reía a carcajadas, caminando por la calle
- ¡Emma! – le habló con paciencia – ¿Tú crees?
- Bueno… Eso espero. Yo estoy cocinando a una señora casada… ¿Qué te parece? – le habló con sinceridad
- ¿Esa es tu nueva musa? – le dijo divertida – Pues ¡ojalá!... Pero cuidado Emma, yo no tengo problema en enamorarme de mi jefa como una idiota… Pero me parece que te vas a enamorar de esa mujer… – sabía que era así, aunque Emma lo negara
- ¡Qué va! – estaba en negación – Es puro sexo… Esa mujer es terriblemente sexual… Me trae loca, y se hace la dura… O sea… – mentía un poco, y bastante
- Me vas a matar… ¡Pero le dije que eras mi novia! – se puso la mano en la cara – No te pongas brava, pero debía ver si eran celos…
- ¡Si serás! ¿Por qué metes la pata así? – respiró profundo – Bueno, mejor… Que se aguante la vieja esa… No tienes que ver por ahí… Yo soy un buen partido… ¿Y bien? ¿Sirvió tu prueba?
- ¡Demás! – Estaba emocionada – Te juro que hasta sentí su voz quebrarse… La conozco desde hace años… ¡Esa mujer estaba celosa!
Siguió caminando y conversando con Elsa hasta llegar al parque. Le confesó que la dejaría, para encontrarse con su musa sexual. Ambas rieron con sus confesiones, y se desearon mucha suerte con sus "mujeres casadas". El destino juega de forma caprichosa.
Se acercó hasta el árbol donde había encontrado a Regina, eran las siete y cincuenta. Había llegado temprano, pero lo valía. Ella llegaría pronto. Su respiración se aceleró de tal forma, que no sabía qué hacer.
Caminaba e círculos, se comía las uñas. Disimulaba no estar tan ansiosa, pero quería encaramarse en el árbol. Saludó al Golden que la atropelló
- ¡Llega Regina! – eran las nueve y cuarto. Se sentó al pie del árbol
Ya a las diez, no la esperaba. Regina no llegaría. No tenía ningún mensaje, pero no la llamaría. Le correspondía ésta vez a la morena, dar las explicaciones del caso. Estaba decepcionada.
-xXx-
Ese miércoles se fue directo a la cabaña. John estaba encantado de recibir a las tres mujeres. Su esposa nunca había sido muy maternal, y su hijo Peter, adoraba a Regina como a una madre. Ella cuidaba excelentemente de los niños.
Henry lloró al conocer que su papá estaba enfermo. Regina le explicó que ese día, su padre lo había dejado solo, por el malestar que tenía; y que era contagioso, por eso iba a pasar un tiempo en "cuarentena".
Los padres tratan en lo posible, de hacer que la realidad no alcance a sus hijos. Pero, en ocasiones, subestiman el poder de la verdad, y la inteligencia de los niños.
Durmió abrazando a su hijo el resto de los días. Ella no lloró más. En ocasiones, cuando los niños hacían sus "cosas de hombres" con John, y cuando Diana y Sarah daban sus paseos románticos por el bosque, se sentaba en el muelle, a tomar vino, con su preciado dibujo en mano.
- ¡Regina! ¡Estás obsesionada! – Sarah la sorprendió contemplándolo
- ¡Dios! ¡Me asustaste! – dejó la copa en el piso de madera, y se llevó la mano al pecho
- ¡Claro! Si estás como hipnotizada por la pinturita esa… – Diana era un ajo, cuando del dibujo se trataba – Pero la verdadera pregunta es ¿Por qué está hipnotizada? – la miraba y hablaba con ironía y sarcasmo
- ¡Por favor Male! Guárdate tu veneno… ¿sí? – estaba molesta, porque sabía por dónde venía el tema, y que ellas tenían razón – No es nada de lo que piensan…
- Estás obsesionada con el hecho de que esa chica te idealice Regina, es más que evidente… – Sarah salió en defensa de su mujer – Y lo sabes… No puedes jugar así con esa chica
- Es más… Si como me dices, tiene "algo" con Elsa, ¿para qué sigues adelante con esos encuentros? – remataba Diana
- ¡No sé si tienen algo! – evadía la realidad
- ¡Las vistes besándose! – le recordó Diana – ¿Cuál es el punto? ¿Quieres aferrarte a esa chica en un momento difícil de tu vida, lastimarla para que al final ella tenga un mal rato, y tú sigas con tu vida?
- ¡Exactamente Regina! – Sarah estaba preocupada – Y al final, no quiero que salgas lastimada, porque te sientes insegura en éstos momentos. La gente se puede aprovechar de ti… ¡No te veas con esa chica!
- ¡La novia de Elsa! – se reía de forma maliciosa
- ¡No sé si sea su novia! – aclaró
- Bueno… ¡Como sea! – la retaba – ¡Averígualo!
Se paró de repente, y caminó en sentido opuesto a sus amigas, pasando a través de ellas con el dibujo en mano, sujeto con fuerza.
- ¡No tengo que averiguar nada, porque no me interesa! Mi único interés, es que Elsa haga su trabajo, y que no se filtre información… ¡El resto me vale! – Tomó el dibujo en el aire – Y sí, me gusta saber que soy deseada… ¿Es eso un pecado? – se retiró hacia el bosque, como alma que lleva el diablo.
Sus amigas se quedaron observándola alejarse. En silencio, cavilando cualquier razón para el comportamiento de Regina. Les quedaba claro que no le gustaba la chica, pero no el porqué de su actitud
- ¿Acaso está celosa? – Sarah tuvo que hacer la pregunta
- Probablemente quiera ser la única a la que la joven dibuje… Del resto, no sé…
Se ocultó de la vista de todos, y contempló por unos segundos aquél retrato, por millonésima vez. Tomó el teléfono, y llamó a la rubia, a la dueña de sus problemas principales
- ¡Aló, Regina! ¿Qué sorpresa! – estaba alegre de oírla
- ¿Cómo estás linda? ¿Qué tal va todo? – era muy dulce con ella
- Pues… Su hermana ha estado enloquecida Señora Regina, y me disculpa. ¡Muy alterada! – le hablaba con vergüenza
- ¡Si! Ese es un problema que tengo que arreglar… – le dijo con paciencia – Te llamo para pedirte que agendes la reunión con "Plataforma" para éste martes, por favor…
- ¡En seguida Regina! Con la discreción, y delicadeza del caso… – trataba de ser eficiente
- ¡Sí! – tenía que saber – Elsa… Una pregunta… ¿Qué relación tienes con la Señorita Swan?
Se quedó muda. No sabía cómo había averiguado su jefa semejante información. Tal vez las habían visto juntas, éstos días que habían celebrado por la ciudad. Con Regina siempre era muy mala idea mentir
- Pues, salimos Regina… Nunca hemos hablado de mi vida personal antes… Pero quiero asegurarle que yo pongo por encima de todo mi trabajo… – estaba preocupada
- Creo que deberías relacionarte con gente de tu área, de tu entorno. Tal vez no has visto a alguien a tu alrededor, que guste de ti – estaba divagando. No sabía por qué, con certeza, pero no quería que se viera con Emma – Y es que se trata de la competencia, Elsa…
- ¿Perdón? – estaba extrañada
- Si… Y pues, yo a ti, te siento muy cercana a mí, te tengo alta estima… La verdad, cariño… Me impactó verte en "Lexo" el lunes, en esa conducta…
- Regina… Con todo respeto… – estaba intrigada. Tenía qué saber qué se traía su amada jefa – No abundan las personas que me acepten… Pues ya usted sabe que me gustan las mujeres, y no sé si eso vaya a ser un obstáculo…
- No lo será… Tú eres importante para mí. Tu trabajo y tu discreción también – le era totalmente sincera – Tengo puesta mi confianza en ti…
- Y yo tengo mi confianza en usted, y en su discreción… – Estaba feliz por oír esas palabras – Quiero confiarle algo, y espero que no lo tome a mal…
- ¡No tiene por qué preocuparte! Tú eres muy importante para mí, más de lo que imaginas… – Sus sentimientos por Emma, hacían confusa la entonación de sus palabras
- Pues, quiero que sepa que Emma es mi novia… Y que, por ejemplo, sólo se entera de las reuniones a través de su correo corporativo… Y nunca, nunca, discutimos cosas de trabajo en… bueno, en la cama – estaba siendo enfática por muchas razones, profesionales y personales.
Regina estaba en shock. Sabía que la joven no le mentía, que ella era confiable. Y por supuesto, sólo había tenido una confirmación de su relación física y personal con Emma. Quedó en silencio por unos segundos
- ¿Regina? – sí, su jefa debía estar celosa. Le daba placer y la emocionaba
- ¡Si Elsa! ¡Aquí estoy! – disimulaba, y tuvo que aclarar la voz, que se le quebró por las ganas de llorar – ¡Confío en tu discreción!
- ¡Seguro Regina!
- ¡Bueno cariño! Que termines de pasar un feliz fin de semana, y disculpa la intromisión…
- ¡Nada que disculpar! Está en todo su derecho – soñaba que le pidiera que dejara a Emma, y que corriera a su lado
- ¡Adiós Elsa!
- ¡Adiós Regina! ¡Que descanses!
Se tendió de repente en el piso, recostada a un árbol, y lloró amargamente, sujetando el dibujo contra su pecho.
Al caer la tarde, regresó a la cabaña. Todos se habían preocupado por ella. No dio explicaciones, pero disimuló perfectamente estar bien. Cuando pudo, se acercó a sus amigas, y en secreto les susurró
- ¡Lamento lo de ésta tarde! – las miró con dolor, disfrazado de seriedad – ¡Tienen razón! No volveré a ver la chica…
El sábado, se preparaban para regresar. Estaba todo el equipaje en la camioneta de Regina. Sarah ya estaba esperado en el asiento del copiloto, y Diana en la parte de atrás.
Regina acordaba con John, venir entre semana, puesto que habían decidido quedarse allí, el resto de las vacaciones. Se despidió de los Big, y luego besó y abrazó a Henry por largo rato.
Cuando se dirigía al carro, sonó su celular. Vio en pantalla el nombre, y su corazón se detuvo. Era Emma Swan.
No le atendería. Dejó que repicara, pero se acordó que en su contestadora, dejaba claro su nombre y su apellido. ¡Debía cambiar eso! Respondió justo a tiempo, mientras caminaba alejada de la parte trasera de la camioneta.
Durante toda la conversación, pasó por su cabeza decirle la verdad a Emma Swan. Quién era ella, y que sabía la relación que tenía con Elsa. Logró darse cuenta que hablaba, como si sintiera celos de esa relación. Pero ¿qué decía? Por ella, que las chicas fuesen muy felices juntas.
No tuvo corazón para cancelar el encuentro, o, mejor dicho, para decirle a Emma que ella no asistiría. ¡Dios, iba a plantar a la pobre chica! En realidad, sufrió al pensar que la rubia sería la responsable de la cancelación; seguramente, para pasar el domingo con su hermosa y joven novia.
Todo era un caos. Lo peor, es que sentía las miradas de Sarah y Diana, sospechando la naturaleza de la conversación, ante las caras de idiota que ponía y la actitud sospechosa que llevaba.
Por fin, tomó su puesto como piloto, y sin mediar palabra, partió hacia la ciudad.
- Era la chica… ¿No es cierto? – Diana no perdía detalles
- ¡Sí! ¡Era! – respondió con tono neutro
- ¿Cancelaste la cita? – preguntó Sarah, mientras acariciaba su barriga
- ¡No! – suspiró
Las rubias entendieron el mensaje. No había más qué decir. Regina posiblemente no iría, y le avisaría a la chica a último minuto. O la dejaría plantada, sin mayor explicación. Típico de Regina: cuando no sabía manejar la situación, buscaba la solución más violenta.
-xXx-
No se apresuró por salir. Sabía que dejar plantada a Emma era una cosa ruin, pero, en cualquier caso, no podía complicar su mundo aún más. El sábado en la noche, lo dedicó a ella misma. Se depiló, se hizo manicura, entre otros muchos mimos. Estaba agotada.
Ese domingo, se vistió como para un evento de caridad, del entorno empresarial. Estaba divina. Medias negras, tacones de aguja a juego. La ropa interior de encaje y satín negro, con vivos en azul rey. Vestido ajustado, de corte limpio y falda a la rodilla, color azul eléctrico y negro. Maquillaje espectacular, que resaltaba sus hermosos ojos, y su exuberante boca, en color vino. Cabello negro, liso y sedoso, perfectamente colocado. Abrigo a juego, y perfume matador. Estaba divina.
- ¿Vas a provocar a Robin? – Sarah se reía. A veces podía ser más cruel que Diana, sin proponérselo
- ¡Te pasas! – estaba seria. Pero había decidido alejarse de lo vivido – Sólo quiero que me vea espectacular… Ayer había visita conyugal, si quisiera matarlo, habría ido… – alzó la ceja
- ¡Por Dios! ¿Visita conyugal? Suena mucho peor de lo que ya es – ambas rieron.
Esperaba a Diana, que la acompañaría a visitar a Robin, como conductora designada. Ésta se presentó en bata, con muy mal aspecto
- ¡Cielo! – exclamó Sarah
- ¿Cariño te sientes bien? – estaban preocupadas
- Buen día, dramáticas… – Diana y su humor de ajo. Besó a Sarah en la boca, y luego a Regina – ¿Viste? ¿Estaba coqueteando conmigo? – les dedicó un guiño
- ¡Te sientes mal! No hay por qué disimular… – estaba visiblemente preocupada por su esposa
- Si necesitas que te lleve al médico… O algo… – dejaría la visita al centro, con tal de ayudar a su amiga
- ¡Cero lástima, perras! – les sonrió – En serio mujeres… Estoy bien, sólo un poco mareada… Pero si quieren que me mejore… ¡Hagamos un trío! Tal vez eso me ayude…
- ¡No tienes remedio! – Sarah simulaba estar indignada
- ¿Segura? – la morena insistía
- ¡Que sí Regina! Que un trío me vendría de maravilla… – se rieron – Lo único es que no podré acompañarte – se acercó y la tomó por los brazos – ¿Está bien?
- ¡Claro! – le hablaba en serio. La abrazó – Ya estoy más tranquila al respecto…
- ¡Lo sé! – la besó en la frente – ¡Ve a matar Reina Malvada! – le dedicó un giño, y le dio una nalgada al salir.
Llegó riendo al carro. Estar con sus amigas la hacía, sin duda, más feliz. Se montó en el carro, abrió la guantera para sacar los lentes de sol que quería, y que había dejado allí días atrás, cuando observó el dibujo doblado. Ya era tarde para el encuentro con Emma, y probablemente ya se habría ido del parque.
El teléfono sonó, y no dudó en que fuese Emma, estaba segura de que la llamaría. Tal vez dejaría que cayera la contestadora, y que, de una vez por todas, supiera la verdad; si no es que ya la sabía. Era un número local, que reconoció como el del doctor, de la clínica de rehabilitación.
- ¿Señora Hood? – el médico tenía ese tono robótico, clásico de los doctores, cuando hay una situación delicada
- ¡Si doctor Whale! ¿Cómo está? – trataba de ser cordial, pero esperaba algo no tan amable – ¿Pasó algo con mi esposo?
- Bueno Señora Regina, necesito que mantenga la calma. Debo decirle algo, que en condiciones normales no hablaría, por el paciente… Pero en éste caso, no se trata de confidencialidad, o de terapia, y afecta directamente la recuperación de su marido…
- ¿Qué? ¿Qué sucedió? – esperaba lo peor – ¡Doctor sin rodeos!
- Necesito confirmar una información primero… ¿Vino usted ayer a la visita conyugal?
- ¡No! – cada vez era peor
- Entiendo… – el hombre hizo una pausa de unos segundos. Se escuchaba que pasaba páginas – Ayer su esposo recibió la visita conyugal de su esposa, la señora Mills. ¿Quiere que prosiga? Sé que puede ser duro para usted…
Regina estaba en shock. Todas sus sospechas y peores temores, se estaban haciendo evidentes ante sus ojos
- Siga… Siga Doctor – tuvo que aclarar la garganta para hablar
- Lamento informarle que, la mujer en cuestión, introdujo alcohol y drogas a la habitación de su esposo, lo que ocasionó su recaída. Afortunadamente, ya está estable.
- Pu… puede decirme doctor, la descripción física de la mujer
- Señora Hood, tengo entendido que su nombre es Regina Mills ¿correcto?
- ¡Si!
- ¿Es Zelena Mills su familiar?
- ¡Debo colgar Doctor! – dijo después de unos segundos de mutismo, en tono robótico – Asegúrese de que mi esposo esté bien, y le agradezco que suspenda las visitas. Yo iré a su oficina entre semana.
- Está bien Señora Regina… Pero debemos hablar esto…
- ¡Seguro! – colgó
Se colocó los lentes del sol, y salió del carro, portando su cartera y el dibujo. Caminó y no supo cómo, pero llegó hasta el parque. Las personas la miraban al pasar. Se veía tan hermosa. Pero en esos momentos era un alma en pena, por la ciudad.
Su elegancia natural la hacía resaltar en el entorno. Pudo divisar a la rubia saludando al labrador, levantarse y marcharse en dirección a su casa. No pudo evitar seguirla, cuidando de que ésta no la viera.
La torpe Emma cruzando las calles con descuido, pasando entre las personas, caminando con pesadumbre. ¿Se encontraría con Elsa? A éstas alturas ya no le importaba. Sólo quería verla.
La rubia entró en su edificio, y subió hasta su piso restaurado. Guardando las distancias, y aprovechando las oportunidades, Regina hizo lo mismo.
Cuando estuvo frente a la puerta del apartamento se derrumbó, no pudo más y echó a llorar. Estaba a punto de retirarse, cuando de repente, antes de voltearse, Emma abrió la puerta con una expresión de total sorpresa en su rostro
- ¡Regina! – estaba abrumada por la sorpresa de la visita, lo hermosa que estaba la mujer, y su estado emocional
- ¡Emma! – se lanzó en los brazos de la rubia, y se abrazó con tal fuerza, que sus cuerpos hicieron contacto por completo, a través de la ropa
- ¿Qué te sucedió? – El olor de la morena la embriagaba
- ¡Emma! Necesitaba verte… ¡Te necesito! – lloraba desconsolada, aferrada a su artista
- ¡Tranquila Regina! Pasa… Anda ven… – le hablaba con ternura, mientras se separaba de ella, y le quitaba el abrigo – ¡Siéntate! Mientras te traigo un poco de agua… ¿Te parece?
- ¡Emma, no! – le costaba hablar por el llanto. Se ahogaba – ¡Sin lástima! No lo soportaría
- ¡Regina por Dios! ¡Qué lástima ni qué nada! – se arrodilló para mirarla de frente, y la tomó por el rostro – ¡Lástima de que semejante Diosa, haya pisado mi casa! Si es lo mejor de toda mi semana, después de verte a través de la ventana del taxi… Aunque seas inalcanzable
Regina la miraba anonadada. La chica claramente estaba impactada por ella, pero la sabía imposible. ¿Tal vez por eso mantenía su relación con Elsa, por no estar sola?
- ¡Ay Emma! – sacó de su bolso el dibujo, y se lo mostró – Me ha dado las fuerzas que no supe que podía tener. Dentro de mi decadencia, me hizo soñar que aún puedo ser vista de ésta manera, hermosa como me dibujaste…
- ¡Regina! – Emma estaba impactada - ¡Déjame hacer que te calmes! ¿Si?
Regina la tomó del rostro, y acercó su frente a la de Emma, hasta unirlas. Estaban a pocos centímetros de distancia. Regina lloraba, mientras clavaba sus ojos en los de la rubia, y en los labios de la chica
- ¡Emma! – por unos instantes cerró los ojos, y trató de respirar en calma
- ¡Regina! – Susurró, y pegó sus labios a los de la morena, en un suave roce.
Regina respondió casi por inercia al contacto, hasta que un ataque de lucidez la hizo separase de la chica, sin brusquedad, sólo reclinado la cabeza hacia atrás. La boca de Emma quedó cerca de su cuello.
- ¡No Emma! No quiero confundirte… Yo… – estaba muriendo por dentro. No quería aprovecharse de la chica
- ¡Tranquila! – Emma entendió perfectamente. Pero lejos de entristecerse, se sentía animada, pues veía una luz al final del túnel, en su camino hacia la conquista de Regina – No te sientas apenada… Yo fui quien se propasó… Pero puedes sentirte confiada… No voy a avanzar más. Es que la tentación fue mucha… Pero ahora, ni que te me desnudes, ¡Palabra! – colocó sus manos como para rezar, generando una sonrisa en la mujer.
Regina se sentía muy contrariada, era un cúmulo de emociones. Robin y Zelena tenían una aventura. Su hermana y el que era el hombre de su vida, y padre de su hijo. Era una pesadilla. Y éste ángel llamado Emma Swan, lograba refrescarle el alma
- ¿Quieres hablar de lo que te pasó? – Emma trataba de brindarle confianza, mientras le daba agua con azúcar, para serenarla
- ¡No! – negó con la cabeza, mientras lloraba
- ¿Quieres hacer algo especial? ¿Comer algo? – la chica trataba de distraerla – Yo no he desayunado…
La afirmación, hizo sentir peor a Regina, quien volvió a romper en llanto
- ¡Ay no! Regina… ¡No! Yo no quise… – Estaba apenada – El demonio de Tasmania Emma, ataca de nuevo… – se llevó las manos a la cara
- ¡Mejor me voy! No quiero incomodarte… – estaba devastada
- ¡Ni se te ocurra! – se molestó – ¡Eso sí que no! Ninguna mujer hermosa ha dejado éste apartamento, sin por lo menos una hora de satisfacción garantizada… No me vas a hacer quedar mal con mis vecinos ¿O sí?
Logró sacarle una sonrisa a Regina, en medio de su angustioso llanto
- Sabes… Te pareces mucho a Male… – se empezó a calmar, por alguna extraña razón – Ella hace ese tipo de bromas, que otros pueden ver fuera de lugar, pero que a mí me encantan
- ¡Male! ¿Tu novia de la universidad? – le dedicó un giño. Su tono era pícaro
- ¡Si! Ja, ja, ja – empezó a reír – Pero yo te dije que no era mi novia…
- Bueno… Tú casi amante ja, ja, ja …
La risa de Emma la llevó a un nivel de distracción, lo suficientemente alejado de su compleja realidad
- ¡No lo pienso discutir! Y menos si es por celos… – bromeó con la rubia
- ¿Celos? – puso gesto de suficiencia – ¡Caro que tengo celos! ¡Por Dios! Mira lo buena que estás… Para chuparse los dedos… – la miraba con picardía
- Bueno… ¡Gracias! – no pudo controlar, devolverle una sonrisa perversa a Emma
- ¡Estás divina, por cierto! Amo tu vestido… – le dijo como si cualquier cosa, para no hacerla sentir incómoda – No es algo que yo usaría, porque soy medio bohemia y loca, pero se te ve regio
- Te verías fenomenal… Pero también te ves hermosa así, al natural, y con la ropa de mujer joven – estaba encantada, cada vez más serena – Eres bella Emma, y sé que lo sabes…
- ¡Espero que tú lo sepas! – disimuló su mirada incitante – Que sepas que eres una Diosa… ¡No diré más! – hizo gesto de cerrar su boca con llave.
Emma tomó el abrigo de Regina, y colocó algo de música suave, alternativa
- ¿Qué quieres hacer? ¿Qué vas a comer? – le repitió con dulzura
- Ya yo comí… – mintió – Pero algo de vino me caería bien… Y no me digas que es muy temprano… – la miró sentenciosa
- Ja, ja, ja… Yo no coarto el libre albedrío… – rieron – Entonces, espera aquí mientras preparo las cosas de comer, picar para ti… Y por supuesto… ¡El vino! – la mirada perversa de Emma, desapareció al pasar a la cocina.
No cabía de la dicha. Regina estaba calmándose, y era a causa de su trato, de su presencia. Tenía futuro. Pronto la tendría entre sus brazos, y después; bueno, no había un después. Emma Swan sólo quería divertirse con la morena, y ver hasta dónde llegaba su romance con la Diosa.
- Debe ser buena en la cama… – se dijo para sí misma
Regresó sin fijarse en que Regina estaba acostada en el sofá. Colocó las cosas sobre la mesa, y luego observó los hermosos tacones negros, en la alfombra.
Cuando subió la mirada, Regina estaba recostada en el mueble, en una pose sugerente, y completamente desnuda. Emma no podía dar crédito a lo que veía
- Seguro estoy soñando despierta… ¡¿Verdad?! – le dijo a la mujer, mientras se pellizcaba el brazo
- ¡No Emma! Estoy desnuda para que me dibujes, ahora sí, sin necesidad de que quede nada a la imaginación… ¿Te molesta?
oOo
Buenas… chicas, siguiendo sus peticiones y sugerencias… Aquí está un MEGA capítulo, para compensar la espera.
Ojalá les guste… Y recuerden hacer sus comentarios… Los espero gustosa.
Saludos
