Disclaimer: Percy Jackson es propiedad de Rick Riordan


Después de que el señor Chase terminase de leer, Hestia propuso hacer una pausa para comer algo. Dicha pausa fue breve, ya que, aunque todos sabían que Annabeth estaba bien, aún querían saber como había ido exactamente las cosas.

Una vez que todos hubiesen comido y volvieron a ocupar sus sitios, Alyson, la hija de Némesis, pidió permiso para seguir con la lectura.

Hago una promesa arriesgada —leyó la adolescente.

Nico no pudo evitar ponerse tenso. Sabía a que promesa se refería el titulo del capítulo. Se preguntó que pensaría Bianca acerca de eso.

Blackjack me llevó volando a la playa, lo cual, debo reconocerlo, es siempre una pasada. Montar en un caballo alado, pasar rozando las olas a ciento ochenta por hora con el viento alborotándote el pelo y la espuma rociándote la cara... Bueno, es una sensación que le da cien vueltas al esquí acuático.

—Lástima que no muchos pueden hacer algo así —suspiró Annabeth.

Montar en pegaso requería cierto nivel de habilidad al que costaba llegar. Así que para muchos esos trucos, como ése que había mostrado Percy en los libros, eran muy difícil de llegar.

«Aquí es. —Blackjack redujo la velocidad y descendió en círculos—. Al fondo, en línea recta.»

—Gracias. —Me deslicé del lomo y me sumergí en el mar helado.

Percy hizo una pequeña mueca. Aunque su sangre divina del dios de los mares le protegía de la temperatura del agua, eso no quería decir que no siguiese siendo incómodo para él lanzarse en pleno mar helado, a mitades de diciembre y de noche.

En los dos últimos años me había acostumbrado a esta clase de acrobacias. Ahora ya era capaz de moverme a mis anchas bajo el agua, simplemente ordenando a las corrientes que se concentraran a mi alrededor y me propulsaran hacia delante. Podía respirar sin problemas en el agua y la ropa no se me mojaba si yo no quería.

—Eso suena genial —dijo Dakota.

—No creas. En ocasiones no recuerdo que mis ropas no se mojan y que salgo completamente seco —replicó Percy.

—Cómo en esa clase de natación, ¿recuerdas? —le dijo Rachel.

—Ah, sí —asintió Percy.

—No sé nada acerca de eso. ¿Qué paso? —preguntó Annabeth.

—No mucho, la verdad —respondió Percy—. Al acabar una clase de Educación Física en la que habíamos nadado, salí de la piscina sin recordar que, si no me concentro, salgo completamente seco y un par de compañeros me vieron. Por suerte Rachel también se dio cuenta, así que fingió tropezarse conmigo y me empujó de nuevo a la piscina. Así que los que me vieron creyeron haber visto mal y se olvidaron del tema.

—Ya veo. Pues tuviste suerte que Rachel estuviese ahí, Sesos de algas —dijo Annabeth.

—Sí —asintió Percy.

Me lancé hacia las profundidades.

Seis, nueve, doce metros. La presión no me molestaba. No sabía si también habría un límite de profundidad para mí; nunca había hecho la prueba.

—En principio no deberían haber problemas —dijo Poseidón al sentir varias miradas sobre él.

Sabía que los seres humanos normales no podían descender más allá de los sesenta metros sin quedar aplastados como una lata de aluminio. A aquellas profundidades, y en plena noche, no era posible ver nada, pero percibía el calor de los seres vivos y la temperatura de las corrientes. Es algo difícil de describir. No es como la visión normal, pero me permite localizar cada cosa.

—¿Cómo visión térmica? —preguntó Leo.

—Sí. Se podría decir que sí —respondió Percy, tras pensarlo un poco.

Al acercarme al fondo, vi a tres hipocampos —caballitos de mar— nadando en círculos alrededor de un barco volcado. Eran preciosos. En sus colas, de un brillo fosforescente, tremolaban los colores del arco iris. Los tres tenían crines blancas y galopaban por el agua igual que un caballo nervioso en medio de una tormenta. Algo los inquietaba.

Me aproximé y vi de qué se trataba. Había una forma oscura —algún animal— atascada bajo el barco en una red: una de esas grandes redes que usan los pesqueros de arrastre para llevárselo todo a la vez. Yo aborrecía aquel tipo de artilugios. Ya era bastante horrible que ahogaran a las marsopas y los delfines. Pero es que además acababan atrapando en ocasiones a criaturas mitológicas.

—Me pregunto que verán los pescadores cuando atrapan a una criatura mitológica —dijo Leo, pensativo.

—Seguramente que será algo sin valor o similar —dijo Piper.

Cuando las redes se enganchaban, siempre había algún pescador perezoso que las cortaba, dejando morir a las presas que habían quedado atrapadas.

La pobre criatura, por lo visto, había estado deambulando por el fondo del estuario Long Island Sound

Percy se preguntó que estaría haciendo allí el taurofidio. Seguramente huir de los maniáticos que querían abrirle el canal para sacar sus entrañas.

y se había enganchado en las redes de aquel barco de pesca hundido. Al intentar liberarse, había desplazado el barco y se había quedado aún más atascada. Ahora los restos del casco, que se apoyaban en una gran roca, habían empezado a balancearse y amenazaban con desmoronarse sobre el animal.

—Pobre.

Los hipocampos nadaban en círculos de un modo frenético, con el deseo de ayudar, aunque sin saber muy bien cómo. Uno de ellos se había puesto a mordisquear la red, pero sus dientes no estaban preparados para eso.

—No creo que llegué muy lejos —dijo Atenea.

Aunque poseen un gran vigor, los hipocampos no tienen manos ni son muy inteligentes.

—Mira, eso lo tenéis en común —dijo Thalia.

—Pero si yo tengo manos —replicó Percy con la mirada confusa.

—No me refería a eso.

«¡Ayuda, señor!», dijo uno nada más verme. Los otros se sumaron a su petición.

Avancé nadando para echarle una mirada de cerca a la criatura atrapada. Primero pensé que era un joven hipocampo.

—Eso explicaría porque los hipocampos están tan nerviosos —reconoció Aquiles.

Ya había rescatado a más de uno en el pasado. Pero entonces oí un sonido extraño, nada propio de la vida submarina:

—¡Muuuuuu!

Los dioses se quedaron mudos del asombro. Les parecía increíble que, sin comerlo ni beberlo, el hijo de Poseidón se hubiese topado con el taurofidio de buenas a primeras.

Me acerqué más y vi que era una vaca. A ver, yo había oído hablar de vacas marinas, como los manatíes y demás, pero aquélla era una vaca de verdad, sólo que con los cuartos traseros de una serpiente. Por delante era una ternera: un bebé con el pelaje negro, con unos grandes ojos tristes y el hocico blanco; y por detrás tenía una cola negra y marrón con aletas en el lomo y el vientre, igual que una anguila gigante.

—Y, eso niños, es lo que ocurre cuando juntas a una vaca y a una anguila —dijo Leo.

Los dioses hijos de Cronos se preguntaron a que tipo de juegos sexuales jugarían Gea y Urano, presuntos padres del taurofidio, para haber engendrado semejante espécimen.

—Uau, pequeña

Así que desde el principio creía que era hembra pensó Grover con cierta diversión.

—dije—. ¿De dónde sales?

—¿Hace falta entrar en detalles? —preguntó Apolo.

—Eh... no —respondió Percy, sin saber muy bien que quería decir el dios.

La criatura me miró tristemente.

—¡Muuuuuu!

No podía captar sus pensamientos. Sólo hablo la lengua de los caballos.

—Equina, Sesos de algas. Se dice lengua equina —dijo Annabeth.

—Será lo mismo, digo yo —replicó Percy.

«No sabemos qué es, señor —me informó un hipocampo—. Están apareciendo cosas muy extrañas.»

—Ya —murmuré—. Eso he oído.

Destapé a Anaklusmos y la espada creció hasta alcanzar toda su envergadura. Su hoja de bronce relumbró en la oscuridad.

La vaca-serpiente se asustó y empezó a forcejear otra vez con ojos desorbitados.

Percy sintió pena por el taurofidio. Seguramente para él, ver armas de Bronce celestial, después de que en el pasado lo matasen y le abriesen, no sería una experiencia placentera.

—¡Oye! —traté de tranquilizarla—. ¡Que no voy a hacerte daño! ¡Déjame cortar la red!

Pero ella se revolvió enloquecida y se enredó todavía más. El barco comenzó a ladearse, removiendo una nube de lodo y amenazando con venirse abajo sobre el pobre animal. Los hipocampos relinchaban de pánico y se agitaban nerviosamente, lo cual tampoco ayudaba mucho.

—¡Vale, vale! —dije, guardando la espada y hablando con toda la calma de que fui capaz para que los hipocampos y la vaca-serpiente se aplacasen. No sabía si era posible provocar una estampida submarina, pero prefería no averiguarlo

—¿Lo has averiguado? —preguntó Connor con interés.

—Todavía no —respondió Percy.

—Lástima —suspiró Travis con decepción.

—¿Vosotros para que queréis causar una estampida submarina? —preguntó Katie con los ojos entrecerrados.

—Por nada —respondieron los hermanos Stoll al unísono.

—. Tranquilo. Ya no hay espada, ¿lo veis? Nada de espada. Calma y serenidad. Hierba verde. Mamá vaca. Vegetarianos.

—Gran manera de tranquilizar, Sesos de algas —se burló Nico.

—Al menos lo intenta —dijo Hazel.

Dudaba que la vaca entendiera mis palabras, pero sí parecía responder al tono de mi voz.

—Nah, te entendía perfectamente —dijo Grover. Por algo estaba molesto cuando lo llamabas chica pensó con cierta gracia.

Los hipocampos aún estaban inquietos, pero habían dejado de arremolinarse alrededor.

«¡Ayuda, señor!», me suplicaban.

—Ya —dije—. Eso ya lo he entendido. Ahora estoy pensando.

—Pobre —murmuró Thalia con fingida pena.

¿Cómo podía liberar a la vaca-serpiente si ella se volvía loca de pánico en cuanto veía el filo de mi espada? Daba la impresión de haber visto espadas otras veces y de saber lo peligrosas que eran.

—Y tanto —murmuró Zeus. Esperaba que el chico llevase al taurofidio al campamento y que Quirón se pusiese en contacto con el Olimpo. Si acababan con el taurofidio, podían evitar que los titanes lo usasen para acabar con el Olimpo.

—Muy bien —dije a los hipocampos—. Necesito que me ayudéis a empujar. Pero exactamente como yo os diga.

Empezamos a mover el barco. No era fácil, pero con una fuerza de tres caballos logramos desplazar el casco de modo que no pudiera írsele encima al bebé de vaca serpiente. Luego me puse a trabajar en las redes; las desenredé tramo a tramo, desenmarañé anzuelos y pesos de plomo y arranqué los nudos que trababan las pezuñas del animal. Me llevó un buen rato. Vamos, fue peor que cuando tuve que desenredar los cables del mando de mi consola.

—Pensándolo bien ahora, no sé en verdad que fue más difícil —murmuró Percy.

Y durante todo el tiempo, mientras la vaca marina mugía y gemía, yo iba hablándole y asegurándole que todo saldría bien.

—Ya casi está, Bessie —le dije. No me preguntéis por qué empecé a llamarla así. Me pareció un nombre adecuado para una vaca—. Buena vaquita. Vaquita linda.

—Esto... ¿el taurofidio no se supone que era macho? —preguntó Deméter.

—Sí, lo era —confirmó Hera.

—Es decir, que el mocoso de Poseidón ha confundido al taurofidio con una hembra —dijo Hades.

Varios de la sala estallaron en risas.

—Sigo pensando que es una chica —murmuró Percy.

—No pienses mucho, cariño. Que también te confundiste con Blackjack —le susurró Annabeth—. Aunque tengo que reconocer que el nombre de Bessie le queda bien.

Finalmente, conseguí desprender la red y la vaca-serpiente se deslizó bajo el casco y dio un salto de alegría en el agua.

Los hipocampos relincharon de contento.

«¡Gracias, señor!»

—¡Muuuuu! —La vaca-serpiente me rozó con el hocico y me miró con sus grandes ojos marrones.

—Bueno —dije—, ya está. Vaca linda. Y no te metas en líos.

—¿Lo dejaste ir? ¿Acaso no sabes lo que es? —cuestionó Zeus a Percy.

El chico suspiró.

—Sí, sé lo que es, aunque en ese momento no tenía ni idea —respondió Percy—. Pero aunque lo hubiese sabido, jamás habría dejado que el Olimpo acabase con Bessie.

Zeus entrecerró los ojos.

—Tú no decides eso, chico.

—Tiene razón, señor —dijo Percy, añadiendo un leve tono de sarcasmo en su última palabra—. Sin embargo, y con todo respeto, usted tampoco decide eso.

—¡¿Cómo...?!

Bessie, el taurofidio, es una criatura del mar y, por tanto, es Poseidón quién decide sobre ella. Y mi padre jamás permitiría que una criatura del mar sea destruida si él puede evitarlo —explicó Percy, recordando las palabras que Poseidón había dicho en el Consejo de invierno.

—Mi hijo tiene razón, hermano —aseguró Poseidón con firmeza.

—Sabes que si dejamos libre al taurofidio, puede ser peligroso para nosotros en el futuro, ¿verdad? —señaló Ares.

—Lo sé. No me parece justo ni correcto acabar con la vida de un ser inocente —dijo Percy—. Simplemente esta mal.

—Eso dice mucho de ti, Percy —sonrió Hestia.

Lo cual me recordó... ¿Cuánto tiempo llevaba bajo el agua? Una hora por lo menos. Tenía que volver a la cabaña antes de que Argos y las arpías descubrieran que había violado el toque de queda.

—A mí no me importa que te quedes un rato más ahí, chico —dijo Dionisio—. Más en concreto el tiempo suficiente para que noten tu desaparición de tu cabaña y las arpías vayan a por ti. —Su esposa le dio un codazo y una mirada de advertencia—. Lo decía en broma, por supuesto.

Por supuesto que nadie se lo tragó.

Salí disparado hacia la superficie. En cuanto emergí, Blackjack bajó zumbando, dejó que me agarrase de su cuello y me alzó por los aires para llevarme otra vez a tierra.

«¿Ha habido éxito, jefe?»

—Sí. Hemos rescatado a un bebé... de no sé qué.

—De taurofidio —puntualizó Atenea.

—No es como si él pudiese saberlo en este momento, mamá —replicó Annabeth.

—Y técnicamente no se le puede considerar un bebé porque siempre tiene esa apariencia —añadió Hestia.

—Uff, ¿quién querría ser siempre un bebé? —preguntó Leo—. Lo único que hacen es dormir, comer y cagarse encima... y encima le llevan a todas partes... ¡¿quién no querría ser un bebé?! ¡Si es un chollo!

—Pues anda, si vas a buscar a Hebe, ella puede convertirte en un bebé —dijo Lester.

—¡Genial! ¿Dónde se...?

—¡No vas a ir en busca de la diosa de la juventud para ser un bebé, Leo! —le gritó Piper. Luego parpadeó, confundida—. Jamás pensé que llegaría a decir eso.

Pero ha costado mucho. Y por poco me arrasa una estampida.

«Las buenas acciones siempre entrañan peligro, jefe. Pero bien que me salvó a mí el pellejo, ¿no es cierto?»

No pude evitar pensar en mi sueño: en la imagen de Annabeth desmoronada y exánime en brazos de Luke. Me dedicaba a rescatar monstruos bebé, pero no era capaz de salvar a mi amiga.

Cuando Blackjack se aproximaba al fin a mi cabaña, miré por casualidad al pabellón del comedor. Vi una figura, la de un chico, agazapada tras una columna griega, como ocultándose.

Eso extraño a varios. Por lo dicho por Percy en el libro, aún faltaba un rato para que saliese el sol. Por tanto, ¿qué hacía una figura allí sola?

Era Nico,

—¿Nico? —murmuró Bianca, mirando a su hermano de reojo. Si no recordaba mal, y no lo hacía (ya que, para ella, esa conversación había sido hacía pocos días), en ese momento ella y Zoë estaban hablando acerca de la misión.

y ni siquiera había amanecido. No era ni de lejos la hora del desayuno. ¿Qué andaba haciendo por allí?

—Es demasiado raro —admitió Chris.

Vacilé. Lo último que deseaba era escucharle hablar de su juego de Mitomagia.

—Tranquilo, que yo tampoco tenía ganas de hablar.

Pero no. Algo ocurría. Se veía en su modo de agazaparse.

Blackjack —dije—, déjame allá abajo, ¿quieres? Detrás de esa columna.

A punto estuve de fastidiarla.

—Cómo no.

Subía por las escaleras que Nico tenía a su espalda. Él no me había visto y seguía detrás de la columna, asomando la cabeza y pendiente de lo que sucedía en la zona del comedor.

Bianca suspiró. Efectivamente Nico la había estado espiando a ella y a Zoë. Se preguntaba como es que ni ella ni Zoë se habían percatado. Suponía que al estar oculto en las sombras de la columna, había hecho que, de forma inconsciente, activase sus poderes como hijo de Hades.

Lo tenía a poco más de un metro y ya iba a preguntarle «Pero ¿qué haces, chaval?», cuando se me ocurrió que estaba haciendo lo mismo que Grover: espiar a las cazadoras.

Apolo y Hermes estallaron en carcajadas.

—Vaya, el chaval es más espabilado de lo que parecía —rió Apolo.

—Eh, Nico. Apolo y yo conocemos una zona perfecta en Yellowstone, más en concreto una laguna donde las cazadoras y Artemisa se suelen bañar cuando están por ahí —dijo Hermes, sin hacer caso de la mirada de advertencia de su medio hermano—. Imagínate, una docena de chicas jóvenes, todas desnudas y húmedas... —De repente Hermes pareció recordar dónde se encontraba, ya que se puso pálido y su voz se convirtió en un débil susurro—. Quiero decir, que espiar esta mal y es algo que jamás se debería hacer.

Artemisa los miró fijamente antes de mover los labios y decir, sin articular palabra, "luego moriréis".

Poco falto para que ambos dioses consiguieran el apodo de "dioses menores del pis".

Se oían voces. Dos chicas hablando en una de las mesas. ¿A aquellas horas?

Saqué del bolsillo la gorra de Annabeth y me la puse.

Al principio no noté nada, pero al alzar las manos no me las vi. Me había vuelto invisible.

—Claro, ese el el funcionamiento de la gorra de invisibilidad, Sesos de algas —dijo Annabeth.

Me deslicé a hurtadillas junto a Nico y avancé. No veía bien a las chicas en la oscuridad, pero reconocí sus voces: eran Zoë y Bianca. Parecían discutir.

Algunos mostraron interés, pero teniendo en cuenta de que esas dos se iban de misión, sería natural que se hubieran reunido antes. Otros se preguntaron dónde estaba la tercera cazadora, incluida la susodicha.

—Eso no se cura —decía Zoë—. O no tan deprisa, al menos.

—¿El qué no se cura? —preguntó Febe con el ceño fruncido.

—Pero ¿cómo ha sucedido? —preguntó Bianca.

—¡Una estúpida travesura! —rezongó Zoë—. Esos hermanos Stoll, de la cabaña de Hermes. La sangre de centauro es como un ácido. Todo el mundo lo sabe. Pues resulta que habían rociado con ella esa camiseta del Tour de Artemisa.

—Os advertí que sería mejor para vosotros no hacerle nada a la camiseta. —Los Stoll tragaron saliva, sin embargo Zoë se limitó a suspirar—. Tenéis suerte y no os haré nada, ya que en parte ha sido culpa mía.

—¿Zoë? —dijo Alana.

—Tendría que haberme imaginado que, siendo hijos de Hermes, alguna trastada podrían haber hecho con la camiseta. Fue mi culpa no comprobarlo bien antes.

—¡Uy, qué espantoso!

—Sobrevivirá —dijo Zoë—

—Un poco de sangre de centauro no mata —dijo Quirón—. Molesta, pero no mata.

. Pero tendrá que permanecer postrada durante semanas con una horrible urticaria. Es imposible que venga. Todo queda en mis manos... y en las tuyas.

—Y en la de Grover y en las mías —añadió Thalia.

—Sí, como sea.

—Pero la profecía... Si Febe no puede venir, sólo seremos cuatro. Tenemos que elegir a otra persona.

—Ya me imaginó quién será esa quinta persona —suspiró Atenea.

—No hay tiempo. Hemos de salir con las primeras luces del alba. Es decir, inmediatamente. Además, la profecía decía que perderíamos a uno.

—En la tierra sin lluvia —recordó Frank.

—Y el campamento tiene una barrera mágica que impide paso al mal tiempo —añadió Hazel—. Pero...

—Dudo que sea tan fácil —terminó Reyna.

—En la tierra sin lluvia —recordó Bianca—. Eso no puede ser aquí.

—Tal vez sí —dijo Zoë, aunque ni siquiera ella parecía convencida—. El campamento tiene una frontera mágica y nada, ni las nubes ni las tormentas, puede cruzarla sin permiso. O sea que podría ser una tierra sin lluvia.

—Muy cogido por pinzas —dijo Jason.

—Y en el campamento si ha llovido con anterioridad —recordó Silena, mientras pensaba en el primer año de Percy allí.

—Pero...

—Bianca, escúchame. —Zoë hablaba ahora con la voz agarrotada

—Si Zoë esta así, es que la cosa es más complicada de lo que creíamos —murmuró una de las cazadoras.

—. No... no puedo explicarlo, pero presiento que no debemos elegir a ninguna persona más. Sería demasiado peligroso. Podría acabar incluso peor que Febe. No quiero que Quirón escoja a un campista como quinto miembro del grupo. Y tampoco quiero arriesgar a otra cazadora.

Bianca se quedó en silencio unos instantes. Luego levantó la vista.

—Deberías contarle a Thalia el resto de tu sueño.

Thalia frunció el ceño. ¿A qué se refería Bianca?

—No. No serviría de nada.

—¿Qué sueño? —preguntó Thalia.

—No sé a lo que se refiere —respondió Zoë.

—Prometí no decir nada —añadió Bianca.

—Pero si tus sospechas sobre el General son ciertas...

Zoë tragó saliva. Ahora entendía porque no quería hablar del tema.

—Tengo tu palabra de que no hablarás de ello —dijo Zoë. Sonaba angustiada de verdad—. Pronto lo averiguaremos. Y ahora, vamos. Acaba de romper el alba.

Nico reaccionó rápido y corrió a esconderse. Yo tardé unos segundos en seguirlo, por lo que, cuando Zoë bajó apresuradamente las escaleras, casi se tropieza conmigo. Se quedó inmóvil y deslizó la mano hacia su arco, pero Bianca le dijo en ese momento:

—Suerte que tenían prisa —murmuró Sally.

—Ya están encendidas las luces de la Casa Grande. ¡Deprisa!

Y Zoë la siguió corriendo.

Imaginaba perfectamente lo que estaba pensando Nico. Vi que respiraba hondo y que se disponía a correr tras ellas. Entonces me quité la gorra de invisibilidad.

—Espera —le dije.

Casi se resbaló en los escalones mientras se giraba.

—Desde luego no te esperaba para nada —dijo Nico.

—Pero... ¿de dónde sales?

—He estado aquí todo el rato. Invisible.

Él movió los labios, como deletreando la palabra.

—Uau. Increíble.

—Bastante, la verdad —dijo Travis.

—Hemos intentado varias veces en el pasado que Annabeth nos dejase la gorra, pero no ha habido manera —dijo Connor.

—¿Para que hagáis bromas con ella? No, gracias —replicó la hija de Atenea.

—¿Cómo has sabido que Zoë y tu hermana estaban aquí?

—Buena pregunta.

Se sonrojó.

—Las oí pasar junto a la cabaña de Hermes. Yo... bueno, es que no duermo muy bien en el campamento. Escuché ruido de pasos y luego las oí susurrar. Y las seguí.

—Puedo imaginarlo —dijo Lou Ellen.

—Y ahora quieres seguirlas en la búsqueda que van a emprender.

—¿Cómo lo has adivinado?

—Porque no eres muy sutil, pequeño Nico —dijo Will.

—No me llames así, Will —se quejó Nico.

—Porque si fuese mi hermana seguramente haría lo mismo.

—Por eso también.

Pero no puedes hacerlo.

Me miró desafiante.

—¿Porque soy demasiado joven?

—Dado que me fui con doce a recorrer el país en busca de una de las armas más peligrosas del mundo, no creo que pueda decirte algo así, la verdad —dijo Percy.

—Porque ellas no te lo permitirán.

—Cierto —dijeron Zoë y Bianca.

Te pillarán a la primera y te enviarán de vuelta al campamento. Y sí, también porque eres demasiado joven.

—Olvida lo que acabo de decir —murmuró el hijo de Poseidón mientras se sonrojaba y Nico lo miraba fijamente. El resto reía por la situación.

—Percy el hipócrita —masculló Nico.

¿Te acuerdas de la mantícora? Habrá un montón de criaturas parecidas por el camino. Más peligrosas incluso. Y algunos héroes morirán.

—Eso último suele ser un buen argumento —admitió Butch.

Hundió los hombros y desplazó su peso a la otra pierna.

—Quizá tengas razón. Pero... tú podrías ir en mi lugar.

—¿Cómo?

—Puedes volverte invisible. ¡Tú sí puedes ir!

—Aunque lo de hacer invisible es cosa mía —dijo Annabeth.

—A las cazadoras no les gustan los chicos —le recordé—. Si llegasen a descubrirlo...

—Seguramente te castren —dijo Ares como si nada.

—Genial, lo que necesito para motivarme —murmuró Percy.

—No dejes que lo descubran. Vuélvete invisible y síguelas. ¡Y no pierdas de vista a mi hermana! Has de hacerlo. Por favor.

—Nico... —murmuró Bianca.

—Nico...

—De todos modos, ya lo estabas pensando, ¿no?

—Así es —dijeron todos los que conocían perfectamente a Percy.

Iba a negarlo, pero él me miró a los ojos y no me vi capaz de mentirle.

—De acuerdo —repuse—. He de encontrar a Annabeth. He de ayudarlas, aunque ellas no quieran.

—Muy bien, Percy. Imponiendo ayuda aunque no quieran —dijo Apolo.

—Yo no me chivaré. Pero tienes que prometerme que mantendrás a salvo a mi hermana.

—Eso es mucho prometer, en un viaje como éste. Además, ella ya tiene a Zoë, a Grover y Thalia...

—Promételo —insistió.

—Haré todo lo que pueda. Eso sí te lo prometo.

—Él no falló a la promesa —murmuró Nico. Percy dijo que haría todo lo que él pudiese, no que evitaría que a Bianca le ocurriese algo malo.

—¡Entonces muévete! ¡Y buena suerte!

Era una locura. Ni siquiera había hecho el equipaje. No tenía nada, salvo la gorra, la espada y lo puesto. Y se suponía que tenía que volver a casa esa mañana.

—Dile a Quirón...

—Ya me inventaré algo —dijo con un rictus travieso—. Eso se me da bastante bien. ¡No te entretengas!

—Nunca te lo pregunté Nico. ¿Qué le dijiste a Quirón? —preguntó Percy.

—Que te habías ido a casa muy temprano —respondió Nico—. Aunque tengo la impresión de que no me creyó.

El Sr. D debió decirle que me escapé del campamento pensó Percy.

Me puse la gorra de Annabeth y eché a correr. El sol empezaba a salir y me volví invisible. Alcancé la cima de la Colina Mestiza justo a tiempo de divisar la furgoneta del campamento, que se perdía carretera abajo. Era Argos seguramente, que llevaba al grupo a la ciudad.

Jamás me imagine que Zoë sabía conducir pensó Percy con cierta diversión. No sabía porque, pero eso le hacía gracia.

Después tendrían que seguir por su cuenta. Sentí una punzada de angustia. Estúpido de mí... ¿cómo se suponía que iba a seguirlos? ¿A pie?

—Puedes hacer autostop —dijo Leo.

—Dudo que por allí, a esas horas, pasen muchos coches —dijo Frank.

—En general no suelen pasar muchos coches —añadió Beckendorf.

Entonces oí un poderoso batir de alas.

—Parece que tu carruaje ha llegado —dijo Thalia.

Blackjack se posó a mi lado y empezó, como quien no quiere la cosa, a mordisquear unos tallos de hierba que asomaban entre el hielo.

«Si tuviera que apostar, jefe, diría que necesita un caballo para darse a la fuga. ¿Qué dice? ¿Le interesa?»

Se me hizo un nudo en la garganta de pura gratitud. Aun así logré responder:

—Sí. Volando.

—Fin del capítulo —anunció Alyson.


Hola gente.

Y este ha sido el décimo capitulo. La verdad es que quería que este capítulo fuese uno de no lectura, pero como no me convencía, al final lo he borrado y he hecho este (que por suerte ha sido uno corto).

En fin, espero que os haya gustado.

Se despide,

Grytherin18-Friki.