No me extraña no haber recibido muchos comentarios la vez pasada debido a que tardo mucho en actualizar, en fin, eso me merezco por atrasada n.nU aunque agradezco mucho a quienes comentaron, me inspira a seguir con el fic n.n
Nota: si llegan a especular al leer que faltan varios capítulos, se equivocan. Talvez menos de la mitad de los que he publicado n.nU
Nota 2: Ahora saldrán los malos a la luz O.O
Las apariencias del pasado (Capt 10)
Un simpático chico de ojos azules arribó a ciudad Central en una de las camionetas que mostraban el emblema del ejército. Bajó un poco inseguro y se dirigió a las instalaciones.
- Vengo a arreglar el escritorio del Fürer Roy Mustang.- dijo Matt en recepción mostrando su caja de herramientas. - ¿Otra vez está dañado?- preguntó la recepcionista de lentes provocando que Matt se pusiera nervioso, dudando que ésta de verdad se creyera la finta.- ¡Uff!- suspiró después.- De tantas veces que golpea la mesa por cada mala noticia, seguramente ese Roy estrenará escritorio nuevo el próximo mes.- dijo creyéndose lo antes dicho.- Sólo dame tu nombre completo y podrás pasar.
- S-sí.- musitó.- Matt Rockbell.- dijo firme.
-¡Ya recuerdo! Eres hijo de la mecánica.- mencionó recordando haber visto antes a la rubia por el cuartel central.- Pero… ¿Por qué usas su apellido y no el de tu padre?- preguntó metiche.
- Jeje…tengo prisa.- tomó Matt sus herramientas y huyó discretamente de la recepción.
- ¡Ése chico! ¿Por qué se niega a involucrarse con los de la milicia? Pareciera que le molestase todo lo que se le relacionara.- alarmó la recepcionista jugando un poco con un lápiz en la boca.
El chico siguió su camino andando por los pasillos del cuartel. Había ido antes a realizar uno que otro trabajo que su madre ofrecía a Roy para que de tal forma pudiese aplicar sus habilidades mecánicas, aunque siempre acababan siendo labores que poco tenía que ver con ello.
A Matt nunca le agradó la idea de ir a ciudad Central. Tenía un permiso especial de acceder a las instalaciones del cuartel con sólo dar su nombre, pues además de ser conocido por su madre, y de tan siquiera nombrar el apellido otorgado por su militar padre, tendría buen recibimiento en el lugar. Sin embargo, jamás gozó de tal privilegio.
No le gustaba nombrar el apellido de su padre, cada vez que lo hacía podía notar que aquel que lo escuchara sentía lastima por él. O peor, evocaban momentos que acababan por abatirlo.
Llegó a la oficina de Mustang creyendo encontrarlo ahí para poder solicitar su ayuda. Entró sin descuido, topándose con una hermosa chica de ojos castaño rojizo.
- No sabía que estabas aquí, regreso luego.- alarmó tímido.
- No te preocupes, no pienso tardar.- le dijo Aleine al reconocerlo.
La alquimista empezó a empilar unos papeles, al tanto, Matt le temió preguntar.
- ¿Toda anda bien con Vic y Jos?
Aleine le miró desconcertada.
- Claro.- fingió para no faltar su promesa con Victoria.- Deben estar regresando de Iriadne.
- Ya veo.- rebajó la mirada por un costado.- ¿No están heridos?- disimuló.
- No que yo recuerde…- alzó la vista hacia lo alto, provocando que Matt le mirara confundido.- ¡NO! Jeje digo, no, no están heridos.- río por levantar sospechas.- ¿Por qué lo preguntas?- preguntó curiosa.
- No, por nada. Por cierto, me alegra que no seas tan presumida como aparentas.- soltó sin pensar para luego reaccionar apenadamente.- ¡Lo siento! N-no quise decir eso.- intentó explicar.
- No te preocupes…- dijo Aleine sin molestia.- pero… ¿Te sientes bien? Te noto un poco nervioso, o más bien preocupado.
Repentinamente se escuchó que se abría la puerta entrando alguien a la oficina.
- ¡Señor Mustang!- miró el chico al hombre.
- Hola pa…- no había terminado de saludarlo Aleine cuando Roy se le abalanzó con un fuerte abrazo.
- ¡¡Aleine te extrañé mucho!!- exclamó apretujándola con extremo furor y ternura.
- Lo supuse…- expresó abrumada. Matt estaba atónito por la actitud de Roy.
- ¿Ah?- notó éste por fin al chico.- cof…cof…- tosió recobrando compostura.- Matt, ¿Qué haces aquí?
- Ejem…- reaccionó.- vine a hablar con usted, es muy importante.
- ¿Y por qué trajiste la caja de herramientas?- señaló Aleine.
- Ah, es que…si decía que vine a hablar con el Fürer, no me habrían hecho caso. Por eso mentí diciendo que venía a arreglar el escritorio de su oficina.
- Talvez si mi papá no fuera tan irresponsable no tendrías que haber hecho eso.- Aleine miró feo a su padre, él siempre evadía el trabajo ignorando sus citas laborales o personales.- Los dejo solos.- dijo finalmente con una sonrisa mientras salía de la oficina.
Apenas se fue la chica, Roy se sentó en la silla de su escritorio y se acomodó para escuchar lo que Matt tuviese que decirle.
- Y bien… ¿De qué se trata?
- Es Joseph…
- ¿Qué tiene?- frunció el entrecejo.
- Él parece estar herido…gravemente herido. Encontré cintas manchadas de sangre en el basurero de su cuarto.
- Es extraño. Aleine fue con ellos y no me reportó nada parecido.
- Sino fuera por las cintas yo tampoco me hubiese dado cuenta.
Roy se quedó pensativo. Ahora ya no se trataba de Victoria sino de Joseph.
Descansando el mentón sobre ambas manos entrelazadas se mantuvo quieto.
-Aleine.- llamó de imprevisto sin la presencia de la chica.- Entra y responde a mi pregunta.
Matt viró a ver hacia la puerta y la chica entró apenada.
- ¿Si papá?
- ¡¿Estabas escuchando desde afuera?!- desconcertó Matt.
- Siempre lo hace.- dijo Roy.- dime…- volvió a su hija.- ¿Joseph puede hacer alquimia sin círculo?
- No.- se extrañó Aleine.- No le he visto pero…- recordó.- hubo un momento en el que nos separamos y él quedó con Elysia.
- Usted cree que…- especuló el chico.
- No estoy seguro, pero ahora que lo pienso…a veces se mostraba torpe en algunos entrenamientos. ¿No sabes donde podría estar herido, Matt?
- No, no lo sé, pero eran demasiadas cintas. Por eso quería pedirle si puedo decirle personalmente a Victoria, seguramente ella no sabe qué es lo ocurre con su primo, y para eso necesito de su apoyo.
- Hmm…- murmuró dejándose caer en el respaldo de su asiento y mirando a su hija.- Acompáñalo Aleine.- dijo al tiempo que ella se mostró dispuesta.
Entretanto, en un tren de regreso a Rizembull, puesto que Victoria quería regresar con Winry, se vio en la necesidad de obligar a su primo a acompañarla de regreso.
- Debimos ir primero a Central.- le dijo Jos a su prima de muy mal humor.
- ¿Uhm? ¡Para qué! ¡¿Para decir que ya ordené una estúpida biblioteca?!
- Debes entregar tu reporte.- recalcó creyendo que ni siquiera había hecho el escrito.
- ¡Ya lo hice!- mostró una gran sonrisa, enseñando un papel arrugado y sucio.
- Veamos…- se dignó a leer a pasar de las malas condiciones del papel.
- Lamento sino lo entiendes, es que el tren se movía mucho.
- ¡Esto no es un reporte!- exclamó después de leer unas líneas.
- ¿Ah no?- preguntó curiosa llevándose un emparedado a la boca que estaba a punto de comerse.
- Victoria, esto es un cuento…
En el papel contaba: "Había una vez una linda alquimista a la que todos admiraban. Sino fuese por su odioso primo, le habrían construido una gran estatua a su nombre, pero también existía cierto presumido Fürer que se habría puesto celoso y…"
- Bueno, sino te gusta, no lo leas.- dijo Vic mordiendo su emparedado.
- Créeme que no soy el único a quien no le gustará.- suspiró.- Pensándolo bien, me alegro de que no hayamos ido antes a Central.
Victoria lo ignoró, terminó su emparedado y muy alegre observó a los pasajeros del tren. Se sentía contenta de tener una nueva amiga que se preocupara por ella, era su forma de evadir la tristeza que ocultaba.
-Toma.- dijo Jos dándole una bolsa.
Confundida abrió la bolsa y encontró en su interior unos caramelos. Joseph esperaba que se mostrara aún más alegre, pero sólo la encontró desaireada.
- Oye Joseph…- preguntó Vic sin apartar la vista del contenido de la bolsa.- ¿Crees que estén bien?- se refirió triste a su familia.
- No seas boba, si algo malo pasara, ellos estarían bien. Somos los Elric, ¿Recuerdas?- le dijo fuera de su fría actitud.
- Joseph…- se sorprendió Vic por notar una sincera sonrisa en él.
- Vic, tú nariz.- le advirtió al percatarse que le escurría sangre.
- ¡No otra vez!- se lamentó tapándose la nariz con ambas manos.- Ahora vuelvo, iré a limpiarme.
Joseph se quedó esperándola en su asiento cuando también sintió un fuerte dolor en el brazo.
- Cuánto más tendremos que engañarnos…Victoria.- murmuró sumido en dolor, oprimiendo el brazo y recuperando su frío y recio gesto.
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Un teléfono sonó en la habitación de un hospital.
- ¿Quién será?- se preguntó Ely apartándose de Armstrong que estaba sentado en una cama con los puños vendados.
Contestó y reconoció la voz de Aleine.
- ¿Qué sucede?- le preguntó olvidándose de cualquier conflicto con ella.-… ¡Ah! Parece que tomaron un tren, pero no rumbo a ciudad Central sino hacia Rizembull, desean ver a Winry.- le contestó a la que indagaba por el par de primos.
Inmediatamente Aleine y Matt se dirigieron a Rizembull. En el camino, Aleine, aburrida, decidió hacer un poco de plática.
-¿Porqué decidiste acudir a nosotros?- le preguntó a Matt mientras él conducía la camioneta de regreso.
- Lo hice para no preocupar demás a mi madre. Me fui sin avisar, no creí que Vic y Jos regresarían tan pronto a Rizembull. Pero…-río.- eso no evitará el castigo.
- Ya veo…- dijo Aleine riendo también un poco.
- ¿Siempre escuchas las conversaciones de tu padre?
- Jeje siempre que puedo.
- Se llevan bien…- afirmó recordando cuando Roy la abrazó entusiasmado.
- Sí, de vez en cuando.- se apenó.
- De verdad creí que eras diferente.
- ¿Diferente?
- Sí, es decir, en el examen de alquimista nacional lucías presumida y…
- ¿Chocante?- se burló Aleine de ella misma.
- Sí…eso.- dijo otra vez sin cuidado.- ¡No! ¡No, nada de eso!- avergonzó nervioso.
- No te preocupes Matt. Supongo que por esos prejuicios no habíamos entablado relación alguna tú y yo. Aunque, pensándolo, nunca tuve la oportunidad de conocerte, no vas muy a menudo a Central que digamos.
- Sólo voy cuando me necesitan. No iría por ninguna otra razón.
- Entiendo…- sonrió.- Yo también empecé a dejarme llevar con tan sólo verte. Pero siempre que eso me sucede recuerdo lo que me han enseñado en la milicia.
- ¿Qué cosa?
- Que ningún alquimista debe dejarse llevar por las apariencias.- rozó la cadena de su reloj de alquimista nacional.- Esto es algo que se aplica mucho a la hora de enfrentarse con un enemigo. Las cosas no siempre son lo que parecen ser. Un día, puedes ver a alguien fracasar, y en otra ocasión lo puedes ver triunfar. Uno nunca sabe qué hay detrás de ese disfraz. Detrás de ese uniforme…- incitó a que Matt comprendiera.- si uno muestra quién realmente es, pronto encontrarán su punto débil.
- Por eso eras ruda…- susurró.
- Sí. Debo admitir que tuve miedo al enfrentarme a Victoria.- sonrío Aleine, había profundizado en sus palabras.
- Sabes…- dijo Matt atrayendo la atención de ella.- entiendo a lo que te refieres con eso de las apariencias.- entristeció.
- Matt, perdona si te hice recordar…- entendió y preocupó.
- Nunca imaginé que se suicidaría. Nunca aparentó hacerlo.- dijo con voz temblorosa pero firme.
Aleine se arrinconó en su asiento y no volvió a cruzar palabra con Matt. Le había hecho recordar una tragedia que él jamás olvidaría. El padre del chico, un alquimista admirado, carismático y alegre, había culminado su vida de una forma decadente y desoladora; se había suicidado. Nunca nadie se enteró porqué. De lo único que se enteró la gente es de la tristeza que perturbó a los Rockbell.
Noches tristes y oscuras presenció Matt al lado de su madre. Scieszka, quien veía a su rubia amiga sufrir con el infante, le sugirió que para evadir la soledad se uniese con Rose, una persona que supo seguir adelante dejando atrás el pasado. Ella le ayudaría a encontrar motivos para no rendirse, empezando con Matt. Winry nunca descuidó de su hijo, pero empezó por descuidarse a ella misma, por lo que el consejo de Scieszka, de unir de nuevo a Rose con Winry, dio resultado.
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Sólo en su asiento dormitaba Joseph con la cabeza recostada en el vidrio de la ventanilla del tren.
- Es muy guapo.- suspiró una muchacha que se había colado de su asiento a uno más cercano al del Elric, todo para contemplarlo.
-Si.- suspiró otra chica, en lo que otras dos también admiraban al joven.
Joseph tenía su propio grupo de admiradoras, esto gracias a que el tren no estaba tan repleto como se pensaba. Fue por eso que los pasajeros del tren empezaron a juntarse en pequeños grupos para hacer charla, lo que favorecía a las chicas que ansiaban por el castaño.
Vic se había cambiado de asiento a uno cercano de donde un anciano narraba relatos. Ella era la más grande entre todos los pequeños que también escuchaban.
- …y entonces la armadura transmutó una especie de bocina para que su hermano pudiese decirle la verdad a toda el pueblo de…- no recordaba el viejo.
- ¡De Lior!- completó Victoria.
- Si, así es…- alegró el anciano en lo que todos los niños veían con rareza a la rubia chica, mucho mayor que ellos, formando parte del círculo de escuchantes.- Veo que tenemos a una admiradora de los hermanos Elric.- le sonrió luego el hombre.
- ¿Quién, yo?- río Vic.- ¡Nah! Es que yo…
- Vamos, si sabes bien debes saber otra historia.- entusiasmaron los niños.
Vic miró asustada al anciano esperando que le salvara de los chiquillos que insistían.
- Debes conocerlos bien.- dijo el viejo después de verla detenidamente y especular de quién se trataba. Después de todo, ya se había corrido el rumor de la existencia de los primogénitos de Edward y Alphonse.
- Ah... bueno...- se convenció de relatar.- ¡Pero esta es una historia diferente!- introdujo.- ¡Una historia que nadie conoce!- les dijo con gran carisma a los interesados niños.
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Largas y duras caminatas. El vestido de la niña se ensuciaba a cada paso, alguien refunfuñaba a sus espaldas.
- Hey Al…- para cumplir su mofada, llamó a su hermano menor un hombre rubio.- sólo a Victoria, mi hija, se le ocurre venir con vestido.- dijo sarcástico.
Esa tarde Ed decidió llevar a Victoria a dar un largo paseo vespertino como parte de su entrenamiento. Le había pedido a Alphonse que lo acompañara en lo que Joseph hacía la misma caminata en otra dirección, totalmente alejado de sus familiares.
- ¡Papá!- se quejó Vic ondeando su larga cabellera.- ¡Tío dile que se detenga!- le suplicó al alto castaño que les acompañaba, y todo porque su padre no había dejado de molestarla por sus vestiduras.
- Hermano…- intentó llamarlo.
- ¡No me digas que te pondrás de su lado!- dijo Ed mirándolo apáticamente.
- Yo…- tartamudeó mirando a ambos rubios; Ed mirándole malamente esperando su respuesta y Vic con ojos de extrema ternura esperando lo mismo.- Será mejor que no diga nada.- suspiró apenado.
- ¡Já!- río Ed haciéndose sobresalir muy por encima de su hija.
- Ríete lo que quieras, seguramente mi tío ni te escucha. Ya sabes, por la diferencia de estatura.- respondió grosera.
- ¡¡ ¿QUÉ?!- gritó Ed fuertemente. La niña salió corriendo a toda prisa.- ¡¡Maldito demonio ya verás lo que te haré cuando te atrapé!!
- Ahí van otra vez…- se quejó Alphonse harto de tanto correr.
Victoria corrió velozmente esquivando todos los árboles que se topaba en frente. Ed corría tras ella gruñendo de enojo. A la traviesa le resultaba cómico, de vez en cuando le volteaba a ver haciéndole muecas socarronas por no alcanzarla. No se detuvo hasta que su cuerpo se lo rogó. Empezó a respirar desesperada empezando a ahogarse, todo gracias a su enfermedad. Ed no tardó en llegar para auxiliarla.
- Tranquila…- le susurró suavemente, tratando de calmarla cuando la tuvo en brazos. Lentamente ella se recuperó.
- Lo siento papá.- se disculpó y Ed la miró con sus recónditos ojos dorados.- Siento ser una molestia.- bajó la cabeza con la mirada triste.
- Ser grosera o estar enferma para mi nunca va a ser una molestia.- le dijo Edward con agradable sonrisa.- Siempre será una bendición…mientras estés aquí.
Victoria corrió a los brazos de su padre y lo abrazó fuertemente. Se separaron y los dos se asombraron al ver el hermoso ocaso que se posaba frente a ellos.
- Y… ¿Qué tiene de maravilloso un atardecer?- preguntó un niño después de que Vic contara la breve historia.
- Bueno, pues para mí lo fue.- alegó con nostalgia todavía perdida en su pasado.
- ¡Eres un niño raro!- exclamó una niña no conforme con la relatadora.
- ¡YO NO SOY NINGUN NIÑO!- se súper enojó Vic, todos los niños carcajearon.-acudió a ayuda.- ¿Verdad se…- no terminó, se encontró al anciano roncando en su asiento con la boca completamente abierta.
En lo que los niños se seguían burlando de Victoria, un aparente extraño se acercó a Joseph.
- Disculpa…- una delicada y femenina voz le habló al chico que empezó por despertar.- ¿Te molesta si me siento aquí?- pedía sentarse en el asiento vació junto a él.
Joseph apenas distinguía las imágenes, desprovisto le habían hecho despertar; su vista todavía era nublada. Apenas se esclareció su vista, pudo distinguir a tal bella mujer, a la que pronto miró con ojos estupefactos.
Era ella. La mujer que le dio la vida. Sus amielados ojos parpadearon sin cesar creyendo que era otro espejismo que la mente le jugaba. La vio sonreír y con ello se aseguró de quién era. Recordaba su sonrisa, pero siempre que lo hacía el gesto era a medias, no tan nítido y perfecto como el que la mujer imitaba en esos momentos. Esa mujer, era su madre, al menos en apariencia.
- Si de verdad te molesta me puedo retirar.- dijo la pelirroja al ver que él no reaccionaba.
- ¡No!- la detuvo Joseph tomándola por instinto de la mano.
Una emoción le invadió por completo al sentir esa cálida y suave mano. La última vez que la sintió, era áspera y fría.
-Q- quédate.- musitó con cientos de intenciones que la mujer nunca entendería. En verdad le pedía que se quedara.
Ésta abrió grandemente sus ojos verdes al percibir cómo se comportaba él con ella, aunque luego le causó gracia y soltó una risita; Joseph aún le seguía tomando de la mano.
- L-lo siento.- se apenó mucho soltando la mano de la dama.
- No te preocupes.- dijo ella y se sentó junto a él, posteriormente el chico se sentó en su asiento todavía apenado.
La mujer era exactamente igual como Joseph la recordaba, tenía un corte de cabello diferente, pero su cariñosa actitud maternal había trascendido.
Reaccionó. Sólo eran apariencias. Seguramente la mujer ni estaba casada y mucho menos tenía hijos. No obstante, por un breve momento, creyó que era su madre.
- Ése libro…- se interesó la mujer al ver el objeto en su regazo.- Yo también tengo uno.- dijo sorprendiéndolo.
Sacó de su bolso un libro, similar al que Joseph tenía.
- Éste es el tomo dos.- señaló.- el que tú tienes es el uno.
- ¿Existen más?- preguntó asombrado y sin recelo, era obvio que de tener la mujer uno de esos libros sabía de qué se trataba.
- Sí, son siete.- respondió con voz leve y un poco sorprendida, creyó que estaba tan bien informado como lo estaba ella.- ¿No lo sabías?
- Es que…no hace mucho que lo encontré.- justificó Jos.
- Ah…pues ya somos dos afortunados.- sonrío la de ojos aceitunados.
-¿Para qué lo quieres?
- Para nada. Simplemente lo encontré entre una de las baratijas familiares y lo leí. Sé que son muy valiosos, por eso nunca digo que poseo uno. Decirlo o mostrarlo me traería muchos problemas.
- Sé a lo que te refieres.- río.- ¿Puedo ojear tu libro?
- Claro.- se lo entregó.
Las hojas se desplazaron hasta el final. De lo que pudo notar Jos, era que el contenido claramente era distinto, del mismo tema de sacrificios pero pareciendo más bien una continuación del anterior tomo. Lo que más le turbó era que el autor era distinto.
- ¿No siempre es el mismo autor?- preguntó.
- No. Son siete volúmenes y siete autores distintos. ¿Qué no sabes la historia?- acabando de preguntar Joseph negó con la cabeza.- Bueno, pues verás…
"A través de los tiempos, la alquimia siempre ha tenido reglas que se deben cumplir. Aquel que las corrompe paga un alto precio. Así ha sido siempre, y así siempre será. Hace muchos, pero muchos años atrás, cierto grupo de alquimistas sabían dichas reglas debido a que vivieron en carne propia el castigo de alguna falta, pero avaros, no perdían la esperanza de cumplir sus más anhelados sueños. La piedra filosofal resultaba fuera de su alcance, por lo que desesperados buscaron otra forma más sana; una forma en donde sólo ellos resultaran perjudicados, era un reto que cada uno decidió asumir. La ley del intercambio equivalente era la solución. Sólo habría que hallar el precio de sus sueños. Cada uno creó un círculo de transmutación diferente al de los demás para luego unirlos en conjunto y así crear uno solo. En cada tomo que se escribió, explicó cada individuo su versión acerca del significado de un sacrificio, de manera que resultara continua al tomo que le seguía. El principal y más astuto alquimista, formó un círculo que familiarizara con el resto. Cuando realizaron una transmutación en conjunto, el que ocupaba el círculo principal entregó un significativo sacrificio pidiendo en nombre de su sueño que los sueños de sus compañeros se hicieran realidad. Todos, lograron su afán. "
- Pero… ¿Qué dio el líder?- preguntó Jos después de escuchar el relato.
- Nadie lo sabe.
- Es que…no suena muy convincente.- dijo incrédulo.
- Para eso debes recopilar todos los libros y armar los cabos sueltos.
- Yo conocí a un hombre, al autor de éste libro.- corrigió de inmediato.- Quiero decir al transcriptor, dijo que sólo trae desgracias tener uno de ellos.
- Eso es porque el primer libro, el original, fue eliminado. El que tú tienes es una copia. Seguramente el hombre intentó cumplir lo que quería sin antes obtener todos los libros ya que todos tienen valiosa información, y el círculo que trae cada tomo resulta perfectamente elaborado como para realizar una transmutación exitosa, pero de nada sirve sino reúnes los demás.
- Es complicado.- murmuró.
- Lo sé, pero se vale creer, ¿No?
- Tal vez…- bajó la cabeza.
El tren se detuvo haciendo su primera parada. Un grupo de pasajeros se preparó para descender en el último pueblo antes de llegar al de Rizembull.
- Debo irme.- dijo la pelirroja poniéndose de pie y tomando sus cosas.
- ¿A-a donde vas?- intranquilo le preguntó Joseph.
- Aún no lo sé.- graciosa río ella.- viajo sin rumbo. Por cierto, puedes quedarte con el libro. Te lo obsequio, hace mucho que dejó de ser valioso para mí.
- P-pero…- desesperó Jos por no volver a ver al menos en imagen a su madre.- Quédate junto a mí…quiero decir, aquí en el tren.- reparó tartamudeando queriendo ahora referirse al asiento junto a él.
- He viajado a tu lado. Debo seguir mi rumbo.- le sonrió por última vez y bajó del tren.
Se quedó de pie viendo que se marchara. Las últimas palabras que enunció antes de retirarse parecían tener un doble sentido para él. Y lo tenían. Habían significado mucho para Joseph. Ya era momento de olvidar el rencor y dejar pasar el recuerdo de su madre, pero no era el lugar ni el momento para pedirle perdón a quien debía.
- Lástima que se fue.- escuchó a un costado.
- ¡Vic-victoria! ¿Q-qué haces ahí parada?
- ¡Ah! ¡Creíste que no iba a dar cuenta pícaro!- le insinuó codeándole las costillas.- Pero… ¿No es un poco mayor para ti?- inocente pensó con un dedo en el mentón.
- ¿Para mí?- luego entendió Joseph.- Uff.- suspiró y le dio un coscorrón.
- ¡Hay por qué me golpeas!- se quejó berrinchuda.
- Porque estamos en público.
- ¿Y eso qué? ¿Sólo porque supuse que andabas de coqueto me golpeaste?
- No. Porque…de no estar en público.- susurró.- no tienes idea de lo que te haría.- dijo con risa malévola.- Así que deja de quejarte.
- Eres despreciable.- haciendo pucheros, Vic cruzó los brazos, todo para que Jos no cumpliera su amenaza.
Pronto llegaron a Rizembull y más tarde a la casa Rockbell. Ahí los esperaban.
- ¡Aleine!- Victoria saludó alegre a su amiga al topársela acompañando a Matt en la casa, pero pronto se preocupó al hallarlos indiferentes.- ¿Qué sucede?
- Tenemos que hablar con Joseph.- dijo firme Matt y el ojimiel se aturdió.
- Será mejor que vayas a tu habitación, Victoria.- pidió Kain apareciendo en escena aprobando lo que se le tuviese que decir al chico.
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En la planta alta, Winry acomodaba las pocas ropas que Victoria había dejado, sin saber que ella y su primo ya habían arribado a Rizembull. En su labor, alzando un vestido dejó caer una pieza de madera. Se agachó para recogerla, pero al tomarla se dio cuenta de que se trataba de un portarretratos.
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- ¿Dónde está tu herida, Joseph?- preguntó Matt exponiendo las cintas manchadas de sangre.
Quedó mudo. Miró a su alrededor, Aleine y Kain también le miraban fijamente.
- Me das gracia si crees que te diré.- adquirió ese aire imperturbable y calculador.
- ¡Joseph, tenemos que llevarte a un hospital!- suplicó Aleine.
- ¿No me digas que ahora tú también te preocupas por mí?
- ¡No me preocupo precisamente por ti, sino por Vic! ¿Hasta cuando piensas seguirle engañando? ¡Juraría que no lo sabe!
- Y no lo sabrá.- aseguró.
- Sólo queremos ayudarte…- quiso serle sincero Kain.
Volviendo a la habitación, Winry recogió el portarretratos, extrañada lo volteó para ver la fotografía que albergaba. En la imagen, pudo ver a una encantadora familia. Joseph y Victoria algunos años más jóvenes acompañando a sus respectivos padres, pero también les acompañaba una mujer que le robó toda su atención por el notable gran parecido que tenía con ella.
- Se llama Lily…- murmuró Victoria a espaldas de Winry, parada a la entrada de la habitación.- y es mi madre.
Winry se sensibilizó, no se mostró tan sorprendida como se esperaba, mucho menos ahora que Victoria se encontraba en presencia.
- Lo lamento si…- empezó a decir Victoria.
- No tienes nada que lamentar.- dijo Winry mansamente.- No tenías porqué ocultarlo, tu padre y yo sólo compartimos amistad, nunca tuvimos la oportunidad de compartir algo más. Ni yo misma sé que hubiese sido con el tiempo…si él se hubiese quedado.
- Yo creí que…ustedes…- empezó a avergonzarse.
- No te dejes engañar por lo que ves.- sonrío Winry más cariñosa que antes, en cierta forma entendía el comportamiento de Victoria.
Aquella no soportó el recuerdo de su madre al ver a Winry tan dulce.
- Señora Winry…- pidió con respeto.- ¿Le importaría…si la abrazo?- dijo con los ojos resplandeciendo intensamente.
Winry la miró con ternura y abrió sus brazos para recibirla. La chica dorada no dudó y corrió a sus brazos, sollozando.
- ¿Qué sucede, Victoria?- preguntó preocupada Winry al tenerla en brazos.
- Es que…tengo miedo. Tengo mucho miedo.- se echó a llorar teniendo tantos sentimientos reprimidos.
La de hermosos ojos azules no pudo evitar rebajar angustiosamente la mirada.
- Todos…todos quieren saber qué es lo que he dado. Tengo miedo, porque sé que regresará…
- ¿Quién regresará?
- Ellos…vendrán. Tengo miedo de que no sólo vengan por mí.
Lágrimas empaparon su rostro.
En la sala de la casa se vivía un ambiente diferente.
-No le digan…por favor.- rebajó la cabeza Joseph.
Todos quedaron sorprendidos por su actitud.
- Debe saberlo…- dijo calmada Aleine.
- Ustedes no la han visto llorar…ella cuenta conmigo. No quiero que cargue con mi culpa también.- continuó contrariado.
- No le diremos.- interrumpió Matt.- Tú mismo se lo dirás…cuando sientas que es necesario.- pensó en la chica.- Mientras tanto, preocúpate también por ti…
Sabían que no era el mejor momento para decirle a Victoria.
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- Entonces… ¿Con sólo obtener estos libros podré regresar a casa?- preguntó Vic bastante entusiasmada cuando Joseph le detalló acerca de los libros.
Sentados en el comedor, su primo le había contado todo lo que sabía.
- Es sólo una suposición.
- ¿Te imaginas? ¡Pronto veré a mi papá y a mi mamá!- emocionó Victoria soñando con su regreso, ignorando el comentario de su primo.
- No tan pronto Vic.- interpuso Aleine que seguía acompañándolos en Rizembull.- Esos libros son complicados de encontrar, podría tomarte tiempo.
- ¡No importa! Los buscaré hasta al cansancio…no me importa cuánto me tome.
Los reunidos en el comedor veían con gusto a la esperanzada chica, a la cual verían crecer en su búsqueda.
Así pasaría el tiempo. Por todo Central empezó a hablarse de la alquimista de la sangre dorada. A menudo la comparaban con su padre. No era el hecho de ser alquimista, ni el parentesco que irradiaba. La comparaban con el alquimista de acero porque se decía que había heredado lo mejor que la vida le pudo ofrecer: la esperanza.
En sus ojos se podía ver la inocencia que se resistía a morir.
En el chico que le acompañaba, se veía el reflejo del hermano preocupado y protector, que sin importar las faltas que su acompañante había cometido se negaba a abandonarle.
En su corazón, aún fuese opacada, brillaba la nobleza.
Quizá eran pecadores, pero pronto emprenderían una búsqueda, que no sólo los encaminaría a la verdad, sino también al perdón.
No querían recuperar lo perdido, tan sólo no querían perder lo que tenían; su amada familia.
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- ¡Hoy estamos aquí reunidos, para celebrar la visita…de nada más ni nada menos…que los hermanos Elric!- alzó su tarro Halling, varios años atrás Edward y Alphonse lo habían auxiliado con un problema que tenían los aldeanos con las minas de Youswell.
- Jeje…- río apenado el alquimista rubio de ojos miel y gabardina roja.
A su lado se encontraba una gran armadura. Los dos lucían exactamente igual que al momento de emprender su viaje en busca de la piedra filosofal.
- Hey Edward…- lo llamó Halling.- ¿Nos vas a explicar cómo es que sigues luciendo igual que la última vez que te vimos por aquí?
- Ah eso…pues…es un poco complejo.
- Adelante, no hay problema.
El chico y la armadura misteriosamente se miraron mutuamente, aprobando lo que dirían.
- Verán…no sé de qué extraña forma, pero cuando cruzamos la puerta Al y yo lucíamos así. Aunque no hemos perdido noción del tiempo. Puede que luzcamos de menor edad, pero sabemos qué ha sido de nosotros, por eso preguntamos por Victoria y Joseph.
- Ya recuerdo los rumores de lo de la puerta.- recordó Halling lo que se decía en Central del par de hermanos.- Como sea, nos alegra que estén con nosotros, aunque lamento no poderles brindar información sobre el paradero de Jos y Vic.
- No, no se preocupe, a nosotros también nos alegre verles.- dijo Ed con una gran mueca y rascándose la cabeza.- ¿Verdad, Al?- preguntó mientras reía.
- ¡Claro que sí, hermano!
Llegó el momento de despedirse y Edward y Alphonse partieron de la pozada. Apenas salieron, sus apariencias cambiaron en toda su periferia.
Alphonse inesperadamente transformó su armadura al cuerpo humano que le correspondía, pero su talante era diferente.
- Idiotas.- burló alzando el rostro y dejando ver que su gesto se había vuelto sombrío al igual que su sonrisa.
Ed seguía con la misma apariencia pero se podía percibir cierta complicidad con el que imitaba a Al.
- La próxima vez sé más convincente.- le replicó el copiante de la armadura en lo que su vestimenta se transformaba en una túnica negra de capucha.
Como si hubiese enfrentado antes al destino, su compañero rubio había adquirido un aire serio y desolador.
- No te preocupes.- le dijo.- Habrá tiempo para practicarlo.- su imitada gabardina roja se meció con el viento.
- Sólo espero que pronto encontremos a esa chiquilla.- mencionó con afán el imitador de Al.- tiene una deuda con nosotros.- río con malicia.
- No te olvides de su primo…
- Da igual, los dos dan lástima.- dijo un Alphonse totalmente diferente del que se conocía.
- Sólo que…- transformando su vestimenta en una túnica negra, empezó a dibujar la sonrisa que por instantes le robó el aliento a Vic, exhibiendo que también se trataba de un imitador de Ed.- Yo me encargo de la chica. Quiero ver su rostro cuando vea que su propio padre será el que le arrebate lo más preciado que posee; su vida.
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