Primer pre-final

Capítulo X

La primera trágica vez


Verano de 1940

TK se había llevado a Sofía y Magda a la fábrica para que se distrajeran un rato, mientras él revisaba asuntos de trabajo. Yo me quedé limpiando la casa y les prometí preparar una deliciosa cena, que era tradición de mi familia: espagueti blanco, crema de champiñones y pechugas de pollo con queso.

Puse a hervir el agua para coser la pasta mientras sacudía el escritorio que estaba en la pequeña oficina de TK. Limpié un par de fotos en donde salía él con su madre, ambos aparecían sonrientes y una inmensa luz se reflejaba en su rostro.

Recordé a mi madre, habían pasado ya casi dos años desde la última vez que la vi y ni una pequeña foto de ella había podido conservar. Me hubiese encantado que Takeru pudiera conocerla, estoy segura de que se habrían llevado muy bien y el concepto que mi mamá tenía de los alemanes habría cambiado.

Me puse a entonar un cántico que desde pequeña me enseñaron, en el que agradecía a Dios por situación, persona y cosa que pasaba en mi vida. Entre ellas agradecí el que me hubieran encontrado de aquél refugio bajo la iglesia, el hecho de que llegué a parar al mismo camino que TK y que ahora, no sólo me había salvado la vida sino que estaba total y profundamente enamorada de él. Aunque era una ironía debido a la diferencia de culturas y creencias.

Ese ser maravilloso era un ángel que me llenó de esperanza para seguir viviendo. Iluminaba cada segundo de mi existencia con su sola presencia y me hacía sentir en un paraíso cada vez que sonreía o estaba cerca de mí.

Mientras limpiaba escuché que la puerta se abrió y pensé que ya habían llegado. Dejé el trapo sobre una silla, me quité el delantal que llevaba puesto y bajé gustosamente a recibirlos llevándome una gran sorpresa al ver que no eran ellos.

-¿Qué… qué hacen aquí?- cinco soldados se habían metido y observaban la casa con curiosidad. Al notar mi presencia diez ojos se llenaron de lujuria y sus rostros cambiaron completamente poniéndome más nerviosa.- El Coronel está por llegar. ¿Puedo… puedo ofrecerles algo?- pregunté, sabiendo de antemano que ser amable no haría que sus malas intenciones se esfumaran.

Uno de ellos, quien llevaba más insignias en su uniforme se me acercó y empezó a rodearme mientras me miraba de arriba abajo. Tuve que controlar mi respiración para no mostrarme temerosa.

-A decir verdad, sí, preciosura.- farfulló y los demás empezaron a reír.- ¿Qué dicen, chicos? No creo que a éste bombón le importe ser repartido entre cinco.- escupió la última frase en mi oído y cerré los ojos suplicando que TK llegara pronto.

-Vamos, nena. No tengas miedo, te aseguro que te sentirás tan cómoda y satisfecha como nosotros.- dijo otro de cabello pelirrojo pegándose muy cerca de mí. Tragué saliva.

-No… por favor… no… no me lastimen.- supliqué con la voz entrecortada y lágrimas escurriendo por mis mejillas.

-Por supuesto que no.- espetó el pelirrojo y, apretándome los brazos con fuerza empezó a besarme bruscamente el cuello.

-¡Basta! ¡Suéltame!- grité horrorizada pero el tipo se lanzó sobre mí aventándome contra un sillón.

Intente darle patadas pero no podía, su cuerpo estaba sobre mí y me oprimía con fuerza. Con una mano me sujetó de las muñecas mientras que con otra rompía mi vestido. Me lo arrancó con tanta fuerza que me sacó rasguños en la espalda y abdomen.

-¡Déjame! ¡Ayuda, por favor! ¡TK!- gritaba con toda el alma esperando que alguien pudiera escucharme.

-¡Cállate!- exclamó el hombre dándome una fuerte cachetada que me hizo sangrar la nariz.

Me quedé llorando, inmóvil, esperando a que alguien llegara o algo sucediera y pudiera salir de esa.

-¡Hey! ¡Suéltala, maldito!- escuché la voz de Izzy y enseguida se lanzó sobre el hombre aventándolo contra una mesa.

-No te metas, marica.- le dijo otro empujándolo y haciéndolo chocar contra una pared. Me levanté y corrí a la cocina y dos más me siguieron.

-¡Déjenla!- escuché que gritó Izzy, quien siguió luchando con tres gorilas.

Agarré un cuchillo con las dos manos, que me temblaban con brusquedad y me puse frente a los dos soldados, quienes se rieron al verme.

-Vamos, preciosa, no eres capaz de lastimar ni una mosca.

-¿Quieres ver?- le desafié con coraje. Ambos se me acercaron, uno por el lado derecho y otro por el izquierdo. Sin saber qué hacer y con el miedo de ser lastimada de vuelta bajé las manos y, al hombre que estaba a mi lado derecho le encajé el cuchillo en la entre pierna. Aquél se retorció de dolor en el piso y pegó un espantoso grito. El otro se agachó para ayudarlo y aproveché para ir con Izzy.

Los tres gorilas le propinaban una fuerte golpiza en el piso y sólo veía un charco de sangre entre ellos. No habían notado que estaba ahí así que aproveché, agarré un florero de cerámica y lo estrellé con fuerza sobre la nuca de uno de ellos.

-¡Arghh!- bramó de dolor, agarrándose la herida que de inmediato empezó a sangrar. Los otros dos me miraron con odio.

-¡Maldita!- gritó aquél que me había intentado violar y de un salto se levantó y se acercó hacia mí. Caminé de espaldas y me topé con el otro que se había quedado en la cocina. Estaba encerrada entre esos dos soldados e Izzy yacía inconsciente en el piso.- Ahora sí nos la vas a pagar, hija de…

-Yo no lo creo, soldado.- escuché la voz de TK y voltee hacia la entrada. Ahí estaba, con un arma en las manos, apuntando al hombre que estaba en frente de mí.

-Coronel.- dijeron los dos al mismo tiempo.- Esta judía merece morir, atacó a dos de los nuestros y…

-Lárguense de mi casa, si no quieren que yo mismo acabe con ustedes.- bramó enojado.- ¿Qué esperan? ¡Largo!

Los soldados ayudaron al que le había quebrado el florero y, cuatro de ellos, salieron de ahí. El otro herido seguía en la cocina.

-Izzy, amigo, ¿estás bien?- TK se inclinó y el castaño lo miró. Tenía el rostro deshecho y lleno de sangre. Con señas le mostró una navaja que le habían enterrado a un costado y de la cual salía más sangre.- Tranquilo, no hagas ningún esfuerzo, voy a conseguir ayuda.

-N… no.- el pecho de Izzy se movía con lentitud, le estaba costando respirar.- Huye… TK.- farfulló.

-No, no voy a dejarte, amigo…

-V… vete… con…- no le salieron más palabras y tan sólo volteó a verme. TK le apretó una mano con fuerza y, con una sonrisa, Izzy partió hacia otro mundo, abandonando su cuerpo.

Takeru se quebró ante el cuerpo de su único fiel amigo y yo también. Ese hombre había dado su vida por ayudarme, y sentí culpa. Yo debería ser la que estuviera en su lugar.

Un amargo momento nos consumió y, ni TK ni yo dijimos nada. Tan sólo lloramos frente al cuerpo sin vida hasta que un golpe, que venía de la cocina, nos hizo voltear.

-H… había otro…- dije.

TK se levantó y fue allá. Acaricié una mejilla de Izzy.

-Gracias por todo, amigo.- me despedí. Luego seguí a Takeru.

El soldado yacía también, muerto en el piso, al parecer se había desangrado. Me estremecí con fuerza al verlo y me tiré de rodillas, llorando amargamente.

-¡Hey…!- TK se inclinó a mi lado y me abrazó.

-¡Yo lo maté! Yo…

-Shh… no fue tu culpa, tan sólo te estabas defendiendo.- dijo, acariciándome el cabello. Lloré con dolor, lloré con pena y con tristeza.- Tranquila, Kari. Todo estará bien.

Me aferré a su cuerpo con fuerza, como si quisiera esconderme ahí. Bien sabía en lo que estábamos metidos. Para entonces el Mariscal debía estar enterado de aquella masacre y TK sería el único culpable por haberme defendido. Había violado el único código para alemanes: no tener piedad de ningún judío.

-Hay que irnos, TK.- dije, luego de un rato, levantando la cabeza para verlo.- Vámonos lejos, si nos encuentran…- él negó con la cabeza.

-Voy a mandar un grupo de gente a Francia.- se quedó callado mirándome y esperé a que prosiguiera. Sus ojos se pusieron rojos y le acaricié una mejilla, él lloró al instante y lo abracé.

Lo apreté con fuerza queriéndole dar consuelo con mis brazos, mismo consuelo que con palabras no podía. Él había perdido a su mejor amigo, me había defendido y con ello firmado su sentencia de muerte.

-TK…- lo sentí que se zafó de mí. Tomó aire antes de hablar.

-Voy a mandarte a Francia con ellos.

-Pe…

-Déjame terminar, por favor.- pidió serio y temí que estuviese enojado conmigo.- No voy a exponer tu vida ante el Mariscal y darle el lujo de que termine contigo. Está decidido y no me importa lo que pienses. El tren parte mañana temprano, voy a enviarte allá, mi madre los recibirá y… y…

-¿Y tú?- pregunté, llorando.- ¿Qué vas a hacer tú?- él respiró hondo y se mordió el labio.- No, TK. Ni creas que voy a dejarte solo en esto, ¡no! Te amo tanto y…

-¿Qué dijiste?- volteé a él y nos quedamos callados, diciéndonos con la mirada todo cuanto sentíamos.

-Te amo, TK.- medio sonreí.- Te amo y no quiero perderte.

-¡Oh, Kari!- me abrazó con fuerza.- Yo también te amo, preciosa.

Lloramos ahí, aferrados uno del otro. Por la ventana, el sol estaba comenzando a ocultarse y ya se veían unas cuantas estrellas.

-Debemos irnos. Los soldados no tardarán en llegar.

-¿Ir a dónde?- pregunté.

-Vamos a la empresa. Ahí te quedarás junto con el grupo que partirá a Francia.

-¿Y tú?- repetí la pregunta.- TK, no quiero dejarte solo…

-Iré contigo.- sonrió.- Y ya pensaré en algo más.

Asentí. Subí a mi cuarto y me di un baño rápido, sólo para quitarme la sangre y suciedad que sentía de encima. Escuché que TK también hizo lo mismo. Me puse el vestido gris que él me había regalado en mi cumpleaños y agarré un abrigo negro.

Minutos más tarde ya estábamos listos. Dejando los cuerpos y la casa intacta, salimos por la puerta del patio y, como si Dios hubiera dispuesto todo a nuestro favor, ni un soldado andaba afuera esa noche y no fuimos vistos.

Entramos a la empresa, había gente trabajando. Muchos se acercaron a saludarnos, pero TK no se detuvo y me llevó hasta la oficina que tenía ahí, pidiéndole antes a un hombre, quien parecía supervisor o algo así, que nos acompañara. Nos encerramos; TK bajó la luz de una lámpara de gas que tenía sobre el escritorio y se paró frente a mí. Un incómodo silencio nos invadió y por un rato sólo nos miramos.

-Kari…- fue TK quien habló primero. Metió su mano al bolsillo de su pantalón y sacó una pequeña caja de terciopelo negra y la abrió. Un precioso anillo de oro, con un diamante al centro, se dejó ver. Abrí la boca para decir algo pero no me salieron palabras, estaba tan sorprendida como aquél hombre junto a nosotros.- ¿Quieres casarte conmigo?- preguntó de una vez por todas mirándome a los ojos.

-¡Sí!- chillé de emoción. Él sonrió y me eché a su cuello feliz. El corazón me palpitaba tan fuerte que lo sentía hasta en los oídos, las piernas me temblaban al igual que las manos y no podía dejar de sonreír.

-Rabino, ¿nos haría el favor de dirigir la ceremonia?

-Espera.- lo interrumpí.- ¿Aquí? ¿Ahora?- él asintió, se acercó y me agarró las manos.

-Antes de que algo más suceda…- tragó saliva.- Quiero que estemos casados, preciosa.

Lo miré a los ojos. Pese a que el futuro no parecía traer buenas nuevas para nosotros, TK es el hombre que amo. El único que me hace sentir mujer, que pone mi cabello de punta y provoca que mi corazón se acelere cien veces más de lo normal. Y de una cosa estoy totalmente segura: lo que más deseo es ser la esposa de Takaishi, sea por poco o mucho tiempo.

-Ok.- sonreí.

-Coronel, ¿está usted seguro de que no desea llamar a alguien más?- preguntó el rabino. TK me miró con dulzura, sabía que estaba pensando en Izzy y que, efectivamente, le hubiera encantado que su mejor amigo estuviese ahí a su lado; le acaricié una mejilla en gesto de apoyo.

-Estoy seguro.

Y así, sin estar preparado, el rabino nos dio un breve discurso sobre el amor y el compromiso. Habló de lo sagrado que es el matrimonio para Dios y, aunque TK no fuera de mi misma religión, ambos sabíamos que eso salía sobrando entre nuestro amor.

Mi amado dijo sus votos como si los tuviese bien ensayados y yo tuve que improvisar con los míos, pero no me fue difícil ya que salieron del corazón. Después del "Sí, acepto" por parte de los dos, TK me puso la alianza de oro y yo me quité un anillo que llevaba siempre en el pulgar derecho, mi padre me lo había dado cuando cumplí 15 años, pero siempre me quedó enorme. Al deslizarlo por el dedo de TK éste encajó bien y ambos sonreímos.

-Puede besar a la novia.- finalizó el rabino. TK se inclinó un poco y me besó tiernamente, me abracé de su cuello y volvimos a besarnos.

Luego nos separamos y ambos estábamos sonrojados.

-Felicidades.- dijo el rabino.

-Muchas gracias por todo.- farfulló TK.

Tras pedirle que no dijera una sola palabra al respecto y agradecerle una vez más, el rabino se fue, dejándonos solos en la oficina.

-Estamos casados… oh Dios…- de pronto sentí que me faltó el aire. Era como si la noticia y toda aquella ceremonia me hubiera caído como un balde de agua fría y me hubiese despertado de un sueño.

Me senté en un sillón a esperar a que él dijera o hiciera algo. Pero nada. Durante minutos Takeru no se movió ni dijo una sola palabra. Sólo estaba ahí, pensativo, como procesando los hechos al igual que yo.

Entonces recordé otro asunto. De hecho, la causa principal del por qué estábamos ahí.

-¿De verdad vas a mandarme sola?- pregunté, rompiendo el silencio. Él me miró y asintió con la cabeza. Luego fue a sentarse a mi lado.

-Tengo que hacerlo.

-No, no tienes que.

-Kari…- suspiré, fastidiada, de pronto toda la alegría de la boda había desaparecido.

-Ven conmigo, por favor.- supliqué, acariciando su mano derecha.- No podría vivir con la culpa de saber que te sacrificaste por mí. Ya suficiente es con lo que Izzy…

-Basta. No quiero hablar de eso.- me cortó, serio.

Lo miré, de verdad estaba sufriendo con todo aquello. Ambos lo estábamos. Y lo conocía demasiado bien, era terco y no iba a ceder ante la petición de ir conmigo.

Despacio, me acerqué a besarlo. Acaricié sus mejillas, su cabello… lo atraje más a mí cuando correspondió el beso; nos llenamos de pasión y deseo y quise olvidarme y hacerlo olvidarse de todo lo anterior a la boda.

Me incliné hacia atrás hasta quedar recostada sobre el sillón y TK sobre mí. No dejamos de besarnos ni un momento, todo lo que yo quería era sentir su calor, su cuerpo, su aroma… todo de él.

-Kari…- habló cuando nos despegamos para respirar. Estábamos agitados.- ¿Estás segura?- asentí.

-Quiero… estar contigo.- dije, acariciando su mejilla. Él sonrió y volvió a besarme.

Con suma delicadeza me ayudó a quitarme el vestido y yo hice lo mismo con su ropa, que fue apilándose en el suelo. No sentí vergüenza al quedar desnuda frente a él, no temí que me viera, acariciara ni que recorriera mi cuerpo con sus labios. Dentro de mí, lo único que sentía era una gran pasión combinada con el inmenso amor que sentía por TK.

Ambos nos exploramos con curiosidad, con deseo. Siendo esta nuestra primera vez. TK y yo nos miramos a los ojos y sonreímos, complacidos, dichosos y excitados. Volvió a besarme con pasión mientras acariciaba mi cintura acomodándose. Me penetró con fuerza y solté un gemido al sentirlo dentro de mí. Rodee su cadera con mis piernas para que el placer acrecentara y seguí besándolo, mientras nuestros cuerpos se movían en un delicioso vaivén. Lo abracé con fuerza y sentí su respiración en mi oído al tiempo que nos sacudíamos y temblábamos experimentando un orgasmo.

Estábamos sudados, agitados y, sin embargo, no sentíamos pena. Él me besó en los labios una vez más y se recostó en mi pecho. Le acaricié el cabello, el rostro, la espalda hasta que, al igual que él, fui quedándome dormida.


La historia tendrá dos finales... éste es el primero, pero no es el final final, aún le falta jajaja... y cuando acabe éste publicaré el final alternativo :p

Que tengan una excelente semana!