Pues eso, otro vicio. Espero que os guste. Todo pertenece a Tite Kubo.
Fandom: Bleach
Pareja: Ichigo/Rukia
Tema: #4 - Medicina
Número de palabras: 856
Resumen: "Definitivamente, Rukia odia estar enferma."
Género: Romance
"Medicina"
Con un bufido se levantó del suelo y se dirigió al armario, en busca y captura de otra caja de pañuelos. Cuando, tras esquivar varias avalanchas de mantas y demás ropa de cama, tuvo en su poder los ansiados pañuelos, se aproximó a su cama. Cama de la que, por cierto, Rukia se había hecho dueña provisionalmente.
– ¡Ya era hora! Dámelos de una vez – ordenó la chica, señalándole con el dedo de manera no muy amable.
Gracias a sus poco educadas imposiciones surgió en la cabeza de Ichigo la idea de ser él el que la fastidiara un poco, al contrario que la mayoría de veces, en las que solía salir perdiendo.
Entonces le lanzó una mirada que fue acompañada por una sonrisa llena de burla y sorna, y se sentó en el colchón, dándole la espalda.
– ¡Ichigo! ¿Estás sordo o qué? Pásamelos – repitió, esta ocasión poniéndole mayor énfasis a sus palabras.
– Llevas en mi casa dos años. ¿Aún no has aprendido la forma correcta de pedir las cosas? – preguntó, irónico. Quería ver su orgullo ligeramente rebajado. Además, sería divertido oír de sus labios un "por favor".
– ¡No me vengas ahora con eso, cabeza de mandarina! ¡Sabes muy bien que los necesito! – protestó, mientras intentaba arrebatarle los pañuelos a Ichigo, tarea que se hizo imposible ya que éste los levantaba a una altura que ella ni de broma podía alcanzar.
– Son sólo dos palabras, joder. ¿Tanto te cuesta? – inquirió, y después frunció el ceño, como siempre. Ella estornudó con fuerza, a la par que le lanzaba al muchacho una mirada febril, que interpretó como una súplica. Definitivamente, Rukia rogaba de una forma muy extraña –. Bueno, toma – le tendió la caja, sin mucha delicadeza –. Te la doy porque me das pena.
– No quiero tu lástima, idiota – respondió malhumorada, sonándose con fuerza la nariz.
– Pero sí la caja de pañuelos, ¿verdad? – interrogó, y tras acomodarse en la cama hasta quedar frente a frente con ella, arqueó una ceja, mordaz.
– Cállate – dijo, con los ojos vidriosos y las mejillas rojas a causa de la fiebre. Él simplemente cogió el termómetro que descansaba en su escritorio y lo acercó a la boca de la chica –. ¿Para qué se utiliza eso?
– Para medirte la temperatura – contestó, sin mucho entusiasmo.
– Vaya tontería. No pienso ponérmelo, ya sé que tengo fiebre – cogió una de las manos de Kurosaki y la guió hasta su frente, haciendo que éste se diera cuenta de lo intensa que era la gripe que padecía.
– Ya veo que estás enferma, pero esto se usa para saber exactamente cuánta fiebre tienes – batalló contra la chica, en pos de introducir el termómetro en su boca. Sin embargo no sirvió de nada. Después de intentarlo una y otra vez, con resultados nulos, decidió que habría que recurrir a métodos más… "drásticos".
Agarró con fuerza su mentón y, sin pensárselo dos veces, se aproximó a sus finos y delicados labios. Se acercó poco a poco, hasta que ambas respiraciones se entremezclaron, al igual que lo hicieron sus ojos. De manera casi instintiva, aquel acercamiento dio paso a un sutil roce, que, instantes más tarde, fue consecuencia de la aparición de un intenso contacto entre ambos muchachos.
No obstante el beso no se alargó durante mucho más tiempo, ya que Rukia le empujó rápidamente.
– ¿¡Pero qué haces, Ichigo!? ¿Acaso no ves que te voy a pegar la grip…? – quiso decir, más fue acallada por él, que le metió el termómetro en la boca sin ninguna contemplación. Acto seguido, sonrió para sí, orgulloso de que su plan hubiera funcionado.
– Treinta y nueve grados – leyó en el aparato, esta vez empleando su tono de voz más neutral –. Genial, mañana me quedaré en casa – ironizó.
– Tú te lo has buscado – contestó ella, aún avergonzada. Entonces cruzó ambos brazos a la altura del pecho y arrugó la nariz, altiva.
– Bah, mejor. Total, mañana tengo un examen y no he estudiado por tu culpa. Es justo que me sirvas como excusa – explicó, algo burlón. Rukia le miró de reojo y frunció el ceño.
– ¡Piérdete un rato, Ichigo! – exclamó, mientras le daba una patada, que no le hizo ningún daño debido a que la chica no estaba en uno de sus mejores días.
– Lo que tú digas – alegó él, adoptando el tono más sarcástico que su voz le permitía usar. Posteriormente, tras comprobar el estado de ánimo de la Shinigami, se posicionó sobre su cuerpo, apoyando los antebrazos en el colchón y la besó de nuevo, con más avidez que minutos atrás.
Mas esa vez Rukia no se resistió, ya que sabía muy bien que de nada servirían las pastillas o los pañuelos de papel contra él. Al fin y al cabo, Ichigo se había convertido en la única enfermedad a la que aún no se lograba inmunizar. Pero, en lo más profundo de su ser, debía reconocer que también se había transformado en la cura para todos sus males.
