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Isabelle

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–Tranquilidad Bel. Vamos… —se animaba a sí misma en un intento no perder la moral ni el equilibrio, tal como estaba colgada de una rama como un chorizo puesto a secar— que el ánimo que piensa en lo que puede temer, empieza a temer en lo que puede pensar.

Maese Quevedo y Villegas siempre conseguía sacarle una sonrisa, tal vez por eso su mente recurría a él cuando se encontraba en situaciones difíciles como aquella. Ciertamente no era lo más cómodo del mundo, las irregularidades y grietas de la corteza arañaban sus muslos cuando se movía a pesar del cuero del pantalón. Y tampoco le entusiasmaba la idea de encontrarse a quién sabe cuántos pies del suelo. Cada vez que miraba hacia abajo no podía más que imaginarse allá, despatarrada con la crisma abierta y sangrando como un cerdo al que le ha llegado el San Martín. Pero era culpa suya... o eso le habían dicho. Había llegado tarde y, no sabía cómo, eso había definido el papel que le tocaba jugar esa noche.

¡Malditos mosqueteros mentirosos y entrometidos que la habían entretenido! ¿Por qué se habrían ofrecido a acompañarla a casa? ¿Acaso no había sido suficiente tener que escuchar sus mentiras sobre Ninon? ¿Pensaban que iba a acercarse a la mansión a constatar sus bulos? Ganas le habían entrado, sí, pero no podía retrasarse aún más. O Cécil y los demás habrían terminado dando el golpe sin ella.

Definitivamente escabullirse de la mansión había sido más difícil que no haber aparecido por ella durante toda la noche, como rezaba el plan original. Y desde luego, habría tenido que dar muchas menos explicaciones. La condesa no se habría atrevido a cuestionar el que pasara la noche en palacio… en realidad, probablemente tanta socialización por su parte le habría encantado. Ahora en cambio tenía que extremar el cuidado y tener suerte para no ser descubierta fuera de su alcoba a deshoras. Aunque si la atrapaban ya tenía la excusa ideal en mente: Porthos du Vallon. Sí, el mosquetero. En sí, aquel hombre no llamaba demasiado su atención… Feo no era, y parecía buena persona. Pero, sobre todo, tenía algo único de lo que carecían todos los demás hombres que ella conocía: la condesa lo odiaba. Y a ella le encantaba sacar de quicio a su madre. Era perfecto.

Comprobó la firmeza del nudo corredizo que la aseguraba al tronco con el pensamiento de que el trabajo que le había tocado aquella noche era el más aburrido de toda la historia del pillaje. Sus compañeros y amigos se divertirían luchando, y en cambio ella sólo tenía que recoger el cofre y esconderlo. No era justo: Cécil era la que estaba encinta, la que debía hacer el trabajo seguro. Le daba verdadera rabia el asunto, muchos apenas sabían cómo sujetar una espada y la gran mayoría de los que sí no lo hacían ni de lejos tan bien como ella. Tal vez si se daba mucha prisa en esconder el oro podría llegar a terminar el duelo pendiente con Aramis.

Desde que le había visto en misa no podía dejar de pensar en otra cosa. Apenas había podido atender a las palabras del cura. Verle ahí con su cabecita vendada, teniendo que fingir que no le conocía, que no era responsable de sus heridas, que no lo estaba engañando mientras él sólo mostraba amabilidad y un fuerte interés no correspondido que a duras apenas se esforzaba en ocultar—si es que se podía considerar que llegara a esforzarse, cosa que dudaba seriamente— y que avergonzaba hasta a su compañero de aventuras, para qué negarlo... Y que sin embargo ella sólo pudiera pensar en ese duelo, rememorar cada lance, cada estocada. Había sido su primer reto de los de verdad, nada de prácticas. Y no había salido tan mal parada. De hecho… creía que podía ganarlo. No, no estaba siendo soberbia. Obviamente Aramis era mucho más fuerte, y siendo realistas incluso más alto y grande que ella, pero no era tan ágil. Sólo tenía que aprovechar la fuerza de él en su propio beneficio y la victoria sería suya.

No muy lejos de donde ella se encontraba escuchó la imitación de Cécil del trino de un ruiseñor. Ella sí que tenía un don, podía imitar prácticamente cualquier animal. Es lo que tenía haberse criado al modo rústico: en la corte los pájaros enjaulados apenas cantaban, como sucedía a veces con las personas. Miró al camino, y como anunciaba el canto, la carreta custodiada se acercó hasta el árbol caído hasta prácticamente detenerse ante él. Sus compañeros salieron de los escondrijos donde se ocultaban y se enfrentaron a los guardianes del tesoro. Gracias a Dios que había podido reunir a más hombres porque esta vez no eran dos mosqueteros, sino cuatro, y la misma cantidad de hombres del conde. Y aunque más de la mitad estaban pagados para no hacer daño a sus amigos eso no le daba seguridad ninguna.

Tras un rato en la reyerta y al estar ella "ausente", su segundo al mando dio la orden muda de retirada. Adrien, que para entonces luchaba por deshacerse de Aramis y de uno de los hombres de su padre se quedó parado, sin atacar, para finalmente salir escopetado hacia el bosque con todos los demás tras escuchar la orden de retirada en voz de Francis. Y como era de esperar, les siguieron.

—Válgame Dios, si los hombres no son estúpidos a veces… —murmuró bajando del frondoso pino— ¡Y ya van siete ocasiones asaltados del mismo modo!

Se reunió con su cuñada en medio del camino ya desierto. Cécil entró en el carruaje y se apuraron para sacar a prisa el cof… ¿y el cofre?

—¡A ti te esperaba yo esta noche! —escuchó justo detrás de ella. El de los pelos largos cerró la puerta por la que había entrado Cécil por fuera, impidiéndole salir. Desenvainó la espada y obligó a retroceder a Aramis para que Cécil pudiera escapar por su puerta.

Huye. Vamos huye. Pero Cécil negó con la cabeza, asegurándole que no iba a abandonarla a su suerte... por lo que no tuvo más remedio que hacerlo. Manteniendo aún la espada en alto, le cruzó la cara de un sopapo recordándole su deber de obediencia para con ella misma y de supervivencia para con su hijito no nato.

—¡Corre! —ordenó con un grito hueco, intentando masculinizar la voz femenina que acorde a su género Dios le había dado. Cécil obedeció, a regañadientes, pero se internó en el bosque con el de la melenita siguiéndole los talones.

Mentiría si dijera que no deseaba aquello. Y Aramis parecía quererlo igual. Le brillaban los ojos como a un niño chico en navidad, encontrarse le había alegrado la noche a ambos. Se preguntó si le habría sonreído igual horas antes, de saber que iban a terminar batiéndose. Rechazó un golpe al flanco izquierdo. Probablemente no. Habría huido asustado como hacen todos. Malditos cobardes.

Mentiría si dijera que no tenía miedo también, pero un miedo diferente. Si le descubrían con aquellas ropas lo del robo iba a quedarse en anécdota: la colgarían por vestir ropas de hombre. Evaluó sus posibilidades. Podía quedarse y demostrar que podía ganar el duelo. Terminaría siendo apresada pero al menos su honor seguiría intacto. Por otra parte, si bien era imposible escapar de cuatro mosqueteros aún podía salvarse huyendo de uno, renunciando a ganar. Meditó con rapidez las opciones y finalmente sorprendió al mosquetero (y a sí misma) con su decisión. Emprendió carrera hacia la espesura con la esperanza de llegar al étang antes de que le diera alcance. Aramis la persiguió durante un tramo largo, pero al no verle aparecer durante un buen rato supuso que al fin le había perdido. Bien, porque el terreno rocoso se acababa abriendo a un abismo entre sus pies y el estanque.

—Quitaos el embozo —ordenó el mosquetero con tranquilidad, casi al unísono con el sonido frío del acero al envainar de nuevo— Tanto si os rendís como si he de mataros quiero conocer la identidad que con tanto esmero ocultáis.

Oh, pobre… Pobre Aramis... ¿de verdad pensaba que alguna vez iba a lograr sacarle algo de ropa de encima? Echó un vistazo rápido abajo, y rezó para ser más rápida que la pistola con que le apuntaban.

—¡Por Santiago y cierra España!

—¡No! —Disparó, pero fue tarde. La bala se perdió en el horizonte oscuro porque ella ya iba camino de remojarse entera en el pequeño lago. Se consoló pensando que tal vez les habría logrado hacer creer que el asunto del robo había sido cosa de malandrines españoles. O no. Tal vez sólo había hecho el ridículo.