IX
La Mano de Zeus, Parte Dos
Underbrooke
Horas Antes
—Bella, sal de aquí.
— ¿Qué?
— ¡Ahora!
Rumple utilizó un Hechizo para paralizar a su padre, a Walsh y a unos pocos Soldados que los acompañaban, tomó a Bella y desaparecieron en una nube de humo roja para reaparecer cerca de la réplica del pozo en donde contrajeron matrimonio en su amada ciudad.
—Tengo que sacarte de aquí, Rumple —exclamaba Bella pasando su mano por su rostro y cabello.
— ¿Piensas quedarte aquí? —preguntaba Gold.
—No, lo que quise decir, es que, tenemos que salir de aquí, del Inframundo. Regina tiene razón, es muy peligroso que te quedes aquí —recalcaba Bella.
— ¡Allá está Rumplestiltskin! —gritaba Milah.
— ¡Tras él! —respondía el Señor Jones.
—Esto es imposible —mascullaba Rumple.
—No lo es cuando todo el Inframundo quiere capturarte —recordaba Bella—, Rumple sácanos de aquí.
—Todo el Inframundo me persigue, ¿adónde pretendes ir? —inquiría Gold con nerviosismo.
—Dijiste que este sitio es igual a Storybrooke, ¿verdad? —respondía Bella.
—Sí.
—Pues si eso es correcto, conozco un lugar en el que no nos encontrarán —decía Bella con seguridad.
— ¿Cuál? —pedía saber el Ser Oscuro antes de usar sus poderes.
—El que estoy pensando.
Bella sacó la Daga y mentalmente le ordenó a Gold llevarlos a ese lugar olvidado en el Centro de la Ciudad. Al hacer su aparición ahí subieron por las escaleras y se quedaron quietos en un punto ciego que otorgaba la casa.
—Aquí estaremos a salvo, cuando menos por un tiempo —aseguraba la Sra. Gold mirando de reojo.
—Lo lamento —susurraba Rumple mirando a Bella.
— ¿Qué? —preguntaba Bella girándose hacia él.
—Lo lamento, Bella. Todo lo que te hice, de verdad lo siento —se disculpaba Gold.
—Rumple… yo no… no creo que este sea el mejor momento para hablar de eso —replicaba Bella cerrando los ojos y con fastidio.
—Yo creo que sí lo es, tal vez no tengamos otra oportunidad —recordaba Rumplestiltskin.
—Bien, pero lo que sea que quieras decirme, no lo dirás en este lugar —dictaminaba la mujer—. Ven, el armario de la habitación de mi padre es amplio, ahí cabemos los dos perfectamente.
Subieron a la habitación, cerraron la puerta, la atrancaron con una cómoda y entraron al armario.
—Muy bien, ¿quieres hablar? Hablemos —replicaba Bella poniendo la Daga frente a ella—. Dime, Ser Oscuro, ¿Qué es lo que tienes dentro? ¿Por qué te estás disculpando?
—Por engañarte, por no decirte lo de la Daga —comenzaba Rumple.
—No sería la primera vez —respondía Bella rápidamente.
—No pensé que volvieras, por eso lo hice —decía Gold a modo de defensa.
—Para salvarte sólo a ti, pero no pensaste jamás en lo que le ocurriría ni siquiera a tu propio nieto —reprochaba Bella.
—Yo sabía que Emma lo conseguiría de cualquier manera, Henry estaba a salvo —aseguraba Rumple.
—Sigues encontrando justificación para todo. ¿Qué ibas a hacer con la Oscuridad de nuevo en ti? —rebatía su esposa.
—No tengo idea, sólo sé que no quería morir —susurraba Rumple bajando la cabeza.
—Ahí está —afirmaba Bella bajando la Daga.
— ¿De qué hablas?
—Del Cobarde del Pueblo. Ese miedo que te orilló a convertirte en eso, porque no querías morir, porque tuviste miedo de los Ogros, no te importó que los demás murieran, sólo te preocupó tu propio bienestar —recalcaba la Princesa.
—Bella, pero me convertí en un Héroe por ti —exclamaba el Ser Oscuro.
— ¿Esto es ser un Héroe? —respondía Bella mirándolo con incredulidad—, ¿crees de verdad que un Héroe podría dejar que otros murieran por miedo a lo que se enfrentaría en el Inframundo? No, Rumple, esto que hiciste no es el hombre que me salvó de Mérida o de aquel que estaba dispuesto a dar su vida peleando contra Garfio, este es el hombre que conocí hace treinta años, aquel que toma malas decisiones, el que sólo se vuelve Valiente cuando algo que le interesa está en riesgo. Excálibur no se equivocó cuando la sacaste de la roca, pero si tuvieras que hacerlo otra vez, estoy segura que te convertirías en polvo con sólo tocarla.
—Bella… —balbuceaba Gold.
— ¿Por qué me dijiste que me fuera? —exigía saber Bella.
—Para que no sufrieras al vernos morir, y para que cumplieras tu sueño de recorrer el mundo y tener aventuras, como siempre quisiste —refutaba Rumple.
— ¿Quién te dijo que ese seguía siendo mi sueño? —preguntaba una vez más la Sra. Gold.
—Creí que lo seguía siendo —alegaba Rumplestiltskin.
—Exacto —contestaba Bella con lágrimas en los ojos—. Creíste, no me preguntaste lo que realmente quería. Yo sí anhelaba recorrer el mundo, pero contigo.
— ¿Qué? —inquiría Gold realmente sorprendido.
— ¿De qué me servía viajar y conocer si no había alguien junto a mí para compartirlo?
— ¿Entonces por qué te fuiste?
—No iba a viajar por todos lados, sólo a despejar mi mente, iba a volver cuando mi Corazón y pensamientos se sanaran.
— ¿Y por qué regresaste?
—Porque quería cerciorarme de que estaban bien, y de que lo que hiciste por mí era real. Rumple, sabes que Te Amo y no dejaré de hacerlo jamás, pero tú mismo lo echaste todo a perder, mandaste nuestro futuro al demonio, tal vez no al dejar que el sacrificio de Emma y Killian fuese en vano, sino al no contarme la verdad.
—No encontré la oportunidad de hacerlo.
—Rumple, al parecer la única tonta aquí soy yo —exclamaba Bella con fastidio—. No has dejado de mentirme desde que se rompió el Hechizo, y yo siempre he tratado de pensar que algún día dejarás a la Bestia atrás, pero creo que eso no sucederá jamás.
—Bella, perdón —suplicaba Gold.
—Lo siento Rumple, no puedo perdonarte, no todavía —reconocía Bella.
— ¿Qué tengo que hacer para que me perdones? —imploraba el hijo de Pan.
—No puedes condicionar una decisión así Rumple —replicaba la mujer muy ofendida—. Si yo llego a perdonarte no será por algo que yo te pida, sino por algo que tú hagas por tu cuenta, algo que te nazca del Corazón y no sólo cuando yo esté en peligro, debe ser algo que represente un verdadero sacrificio para ti.
Calabozos de Hades
El Presente
—Garfio, ¿ya puedo comenzar a preocuparme? —respondía Emma sosteniendo la cabeza de Bella en su regazo.
—No Amor, no hasta que se despierte —contestaba Killian poniéndose de pie.
— ¿Cómo rayos es que la capturaron? ¿Y si los atraparon a todos?
— ¡Emma, ya deja la paranoia atrás! —espetaba Garfio arrodillándose junto a ella— Ellos están bien.
—Sé que tratas de levantarme el ánimo, pero… pero no puedo pensar en nada más —confesaba la Salvadora.
—Swan, por favor, escúchame. De haberlos capturado a todos, no sólo Bella estaría aquí.
—Perdóname, Killian —decía Emma mirándolo a los ojos—, sigo muy asustada.
— ¿De qué? ¿Por qué tienes tanto miedo? —pedía saber su Pirata.
— ¡Porque no podemos protegerlos! —gritaba Emma— Killian, están a merced de un Ejército completo en un lugar en donde podemos perderlos para siempre. Es por eso que estoy así, tengo miedo todo el tiempo, no quiero que Hades los torture como a nosotros con esas babosas verdes, es un sufrimiento que no se lo deseo ni al mismo Gold. Me siento una inútil por no poder tener la manera de cómo defenderlos.
— ¿Esta es la mujer que me noqueó sólo con una Brújula? —inquiría Garfio— Emma, estamos en esto juntos. Tú y yo nos sacrificamos juntos y estamos en esto de la misma manera. Vuelve a poner tu fe en nosotros, Amor, yo estaré contigo siempre, y vamos a hacer todo lo posible para salvarlos. No sólo tú, y no sólo yo. Juntos. ¿De acuerdo?
—Lo siento, realmente lo siento. No quiero ser así, pero realmente tengo miedo —confesaba la Salvadora.
—No temas más, Amor. Yo estoy contigo —le recordaba Killian.
Killian abrazó como pudo a Emma sin molestar a Bella.
—Gracias, Garfio. Te amo —exclamaba Emma sintiéndose segura.
—Yo también Te Amo, Swan, eso jamás lo olvides, y nunca te voy a abandonar —aseguraba Garfio.
—Lo sé —replicaba la Salvadora.
—Pero, si Bella está aquí. ¿En dónde están los demás? —preguntaba Killian separándose de Emma.
Mansión de Priscilla
— ¿Qué es la Mano de Zeus? —preguntaba Snow con curiosidad.
— ¡Momento! —espetaba Regina golpeando la mesa— Primero dígannos qué es todo esto. ¿Por qué el Inframundo está así?
—Todo comenzó hace seis semanas —iniciaba Liam—, pero no siempre fue así.
—Este sitio se parecía bastante a Storybrooke —agregaba Ingrid—, cuando llegué aquí apenas noté la diferencia, incluso tenía una heladería, igual que en la Tierra de los Vivos.
—Cada uno tenía un oficio en la Ciudad —continuaba Priscilla—. Liam tenía un pequeño bote pesquero, Leopold era el Director de la Escuela, Fergus el Entrenador. Marian tenía un pequeño establecimiento de decoración en madera. Incluso los que ahora son Soldados de Hades hacían cosas. Milah era guía de cruce, el padre de Liam el dueño del Bar, Graham el Sheriff.
—Vaya qué novedad —contestaba Regina.
— ¿Y Baelfire? —pedía saber Henry.
—Él, era un caso especial —respondía Liam.
— ¿Por qué? —indagaba Snow.
—Por lo que Milah me contó, una fuerza más grande que Hades le otorgó un deseo —decía Liam—, y cambió su apariencia, convirtiéndose en un chico de catorce años otra vez, justo después de que eso pasara, Milah lo reconoció y se lo llevó con ella. Baelfire no tenía un oficio aquí, era un niño cualquiera.
—Todos estábamos felices dentro de lo que cabía, solamente esperábamos el día de nuestro juicio para irnos de aquí, pero esa noche de hace seis semanas cambió todo —comentaba Marian.
— ¿Qué fue lo que ocurrió? —exclamaba Robín.
—La tierra se estremeció, y todo se oscureció, después de eso, Hades lanzó una Maldición que nos impide irnos a cualquiera de nosotros, sin importar que ya hayamos resuelto nuestros Asuntos Pendientes ni que nos hayan juzgado ya, todos estamos a merced del Dios de la Muerte —relataba Marian.
—Al día siguiente de esa Maldición, dos Encapuchados aparecieron y comenzaron a llevarse a muchas personas con ellos, Neal y Graham fueron los primeros, después Cora y Pan aparecieron por fin, y a ella la nombraron Alcaldesa de este lugar —terminaba Liam.
—Hace seis semanas, ¿será tal vez cuándo la Oscuridad se liberó de Gold? —asumía David.
—Precisamente fue ese día —respondían las Arpías—. Deben saber que nosotras fuimos las que le dijimos eso a Hades, nosotras le hablamos de la Oscuridad, pero jamás le dijimos que hiciera todo esto.
— ¿Por qué? —preguntaba Robín.
—Por obra de alguien superior a nosotras —respondían las Arpías.
—Zeus —decía Mary Margaret.
—Así es —confirmaban las Arpías.
— ¿Para qué Zeus quiere a Hades fuera del camino? —indagaba Robín.
—El Dios de la Muerte hizo algo que a Zeus no le gustó, y como castigo, lo encerró en el Inframundo, pero, lo quiere fuera para ponerle un fin a su reinado del terror—replicaba una de las Criaturas.
— ¿Qué fue eso tan terrible para qué el Gran Dios de todo lo encerrara? —preguntaba Henry.
—Capturó a su hijo Hércules junto con su esposa, los puso bajo un hechizo que hasta ahora nadie ha podido romper, y los envió a destruir la antigua Ciudad de Tebas y a matar a Creotinades, uno de sus hijos.
Tebas, Grecia
Muchos Años Antes
Era mediodía cuando el pequeño Deicoonte despertó, cuando abrió los ojos miró a su alrededor buscando desesperadamente a su madre, y al no hallarla se sentó en su cama y comenzó a asustarse. Los gritos del niño empezaron a escucharse por toda la habitación.
— ¡Mami! ¡Mami! —gritaba el pequeño Deicoonte.
Nadie respondió a aquel grito y el niño comenzó a sollozar tapándose con su manta. Segundos después, la puerta de su habitación se abrió lentamente, Deicoonte salió de su refugio anhelando desesperadamente encontrar ahí a su madre, pero sólo vio a Creotinades.
—Hola, amiguito —decía el chico sentándose en la cama de su hermano menor—. ¿Qué tal dormiste?
— ¿Y mami? —replicaba el niño evadiendo la pregunta de su hermano.
—Mamá… está con papá combatiendo a los malos.
— ¿Cuáles malos?
—Unas bestias que, de seguro, papá aplastará con sus manos, recuerda que él es el hombre más fuerte de todo el Cosmos —respondía Creotinades picando el abdomen de su hermanito provocándole un sinfín de risas—. Pero te prometo que volverán pronto.
— ¿Qué tan ponto? —cuestionaba el pequeño entre risas.
—Mucho antes de que puedas decir tu propio nombre —contestaba su hermano mayor.
— ¿De verdad? —preguntaba Dei con entusiasmo.
—Claro que sí. Es más, ¿te cuento un secreto? —pronunciaba Creotinades.
— ¡Sí! —respondía el niño felizmente.
—Mamá me dijo que mientras ellos vuelven, yo te lleve a conocer a dos personas muy especiales.
— ¿Abuelo Zeus y Abuela Hera? —indagaba Deicoonte.
—Eres un niño muy listo, amiguito —replicaba el segundo hijo de Hércules.
— ¡Sí!, ¡sí!, ¡sí! —exclamaba el niño corriendo por toda la habitación.
—Hey, hey, tranquilo —pedía Creotinades—, no te llevaré si no dejas de correr.
—Está bien —respondía el niño parándose en seco frente a la puerta.
—Quédate aquí, dame unos minutos y vendré para vestirte, ¿oíste hermanito? —ordenada Creotinades.
—Sí —contestaba Dei.
—Ahora vuelvo —exclamaba el chico revolviendo el cabello de Deicoonte.
Creotinades salió de la habitación y se dirigió a la sala donde uno de los pocos Guerreros que aún estaba de pie lo esperaba ansioso.
—Entonces, ¿nadie sabe nada de Terímaco? —inquiría Creotinades tratando de agarrar valor.
—No, joven Creotinades. Nadie ha visto al Capitán desde que esas cosas comenzaron a destruirlo todo —respondía el Guerrero.
— ¿Y mis padres? —preguntaba nuevamente el chico tratando de ocultar la angustia de su voz.
—Sólo sabemos que se los llevó un Encapuchado tras una nube negra, no han vuelto a aparecer desde entonces, pero tengo más malas noticias —agregaba el Tebano.
— ¿Ahora qué? —preguntaba el chico mirando al Guerrero con los ojos muy abiertos.
—Dos Encapuchados más aparecieron, y traen a más de esas cosas junto con ellos —soltaba el Guerrero señalando a la distancia.
—Esto no puede seguir así. Tengo que encontrar a Terímaco —exclamaba Creotinades.
—Joven Creotinades, usted puede hablar directamente con Zeus, podría pedirle que intervenga y detendríamos toda esta locura —sugería el Soldado de su hermano.
—Si puedo llegar hasta el Olimpo, trataré de hablar con él —replicaba Creotinades.
—Yo debo regresar al frente, ¿seguro que usted y su hermano estarán bien?
—Sí. Tenemos a Pegaso, nada nos pasará —afirmaba el chico.
El Guerrero se marchó y Creotinades subió para vestir a su hermano y preparar todo para su viaje hacia el Olimpo. Luego de que ambos comieran algo, el chico llamó a Pegaso y lo montó poniendo a su hermanito frente a él.
—No te sueltes, ¿de acuerdo? —le ordenaba a su hermanito.
—Sí —respondía él sujetándose con más fuerza.
— ¡Pegaso! ¡Al Olimpo!
El animal hizo caso y emprendió el vuelo al hogar de los Dioses. Deicoonte gritó de felicidad cuando Pegaso despegó, su hermano lo sujetó con una mano y con la otra del mejor amigo de su padre. Poco tiempo le tomó al caballo alado llegar al Olimpo y ser divisado por el buen Hermes que descansaba sobre su nube.
— ¡Pegaso! —exclamaba el Dios— ¿Qué estás haciendo aquí? Hermes bajó rápidamente a la entrada del Olimpo cuando el animal aterrizó y el mayor de sus pasajeros descendió de él con un niño en brazos.
— ¿Hermes? —preguntaba Creotinades— No has cambiado nada.
—Es lo bueno de ser un Dios en edad adulta, pero me intriga saber quién eres —contestaba el Dios mirándolo con detenimiento.
—Es imposible que no logres recordarme —confesaba el hijo de Hércules y Megara—, sólo han pasado cinco años desde la última vez que mi padre nos trajo a visitar al abuelo Zeus.
— ¿Abuelo Zeus?
Hermes miró detenidamente a ese chico que estaba de pie frente a él, después de unos segundos, se quitó sus pequeñas gafas y al fin reconoció al segundo hijo de Hércules.
— ¿Creotinades? ¿En serio eres tú? —inquiría Hermes muy sorprendido.
— ¡Sí! —replicaba Creotinades— ¿Quién más llegaría hasta la entrada del mismísimo Olimpo montado sobre Pegaso?
— ¡Vaya! Has crecido mucho —manifestaba Hermes—. Espera, ¿este es Dei?
—Sí. A él es más creíble que no lo reconozcas.
—Déjame verlo, por favor.
—Bueno.
Creotinades trató de liberarse del agarre de su hermano para poder presentárselo mejor a Hermes, pero el pequeño Deicoonte se aferraba con más fuerza, como si su vida dependiera de ello. El hijo menor de Hércules estaba muy emocionado por conocer a su abuelo, pero el lugar simplemente lo tenía abrumado; las nubes, las enormes puertas doradas y los seres brillantes que estaban dentro lo hacían sentirse un poco intimidado a pesar de su corta edad.
—Vamos, Dei, no tengas miedo, sólo es Hermes —lo animaba Creotinades—. Recuerdas a Hermes, ¿o no?
—No —respondía el niño moviendo rápidamente su cabeza de un lado a otro.
—Es imposible que no lo recuerdes, anda míralo. No pasa nada, es un viejo amigo mío y de Terí.
Al escuchar el nombre de su hermano mayor fue como al fin se soltó lentamente, se apartó un poco y giró hacia donde estaba el Dios. Hermes le regaló una pequeña sonrisa y se acomodó sus gafas, cosa que hizo al niño reír sin dejar de verlo con curiosidad.
—Brillas —exclamaba Deicoonte.
—Aquí arriba, todos brillamos —aclaraba Hermes.
—Yo no estoy brillando —decía el niño inspeccionando cada parte de su cuerpo—, y Creotinades tampoco.
—Sólo los Dioses pueden brillar, Dei —intervenía alegremente su hermano.
—Así es, Deicoonte —agregaba el viejo amigo de Terímaco.
—Hermes, lamento tener que interrumpir esta pequeña reunión, pero necesito ver a mi abuelo, es un poco urgente, ¿crees que podamos pasar? —continuaba Creotinades.
—No lo sé, un humano no puede entrar —recordaba Hermes.
—Pensé que sólo no podíamos vivir aquí, mi padre entró aquí para ayudarlos, tiene que haber una excepción —rogaba el chico aun cargando a su hermano menor.
—Espera aquí, hablaré con él —decía Hermes volando hasta el hogar de Zeus en la punta de la enorme montaña.
Pasaron unos cuantos instantes y el mensajero volvió con la respuesta del Rey de los Dioses.
—Creotinades, apresúrate, tu abuelo dijo que sí —exclamaba el mensajero moviendo su mano derecha.
El joven cargó a su hermano y corrió con todas sus fuerzas por las escaleras que conducían a la entrada del Olimpo. Una vez dentro, Deicoonte se quedó boquiabierto al ver a todos esos Dioses brillantes por los alrededores de esa mítica tierra.
Hermes los condujo hasta la parte más alta de una montaña hecha de nubes donde Hera y Zeus descansaban plácidamente.
—Señor, usted y Hera tienen una visita muy especial —exclamaba el Mensajero volando alrededor de Zeus.
— ¿Visitas? —preguntaban al mismo tiempo.
—No puedo creer que lo hayan olvidado, si se los dije hace unos instantes —afirmaba Hermes poniendo su mano sobre la frente—, pero, en fin. Véanlo por ustedes mismos.
Los Reyes del Olimpo alzaron la mirada y enfocaron su vista en Creotinades, quien acababa de llegar hasta donde ellos se encontraban aún con su hermanito en brazos. El joven miró a sus Abuelos y les dedicó una cálida sonrisa, después miró a su hermano y le habló para que voltease.
—Dei, mira allá —pedía Creotinades señalando a lo lejos—. Son nuestros Abuelos.
— ¿Creotinades? —decía Hera acercándose a sus nietos.
— ¿Qué haces aquí chico? ¿Dónde están tus padres? No, no me respondas aún, déjame mirarte. ¡Por Zeus! —exclamaba el padre de Hércules caminando a su alrededor— Te pareces tanto a mí cuando tenía tu edad.
—Gracias Abuelo —exclamaba el chico con una sonrisa orgullosa.
—Ahora sí dinos. ¿Dónde están tus padres? —pedía Hera tratando de sostener a Deicoonte.
—No aquí, podemos ir a otro lado, ¿por favor? —pedía Creotinades con voz suplicante.
Zeus y Hera notaron la preocupación en el rostro de su segundo nieto y le pidieron a Hermes que se llevara a Deicoonte con las Musas. A pesar de que el niño se rehusó en un principio, accedió luego de unas cuantas palabras de su hermano mayor.
Cuando el niño estuvo lo suficientemente lejos de ellos, Creotinades se sentó en una silla cercana y pasó sus manos por su rostro, dejándolas en sus ojos por un buen rato.
—Creo —comenzaba Hera—, mi niño, ¿qué ocurre?
—Hace dos días… un Encapuchado apareció cerca de la cordillera de Citerón, seguido de cerca por unas enormes bestias calvas y ciegas que tenían la misión de destruir la Ciudad. Terímaco se llevó al Regimiento a combatirlos, pero fueron vencidos… —relataba Creotinades muy angustiado— Terí desapareció, un Guerrero sobreviviente llegó a la casa y fue por mi padre. Veinte minutos después ese mismo Guerrero regresó montado en Pegaso y mamá se fue con él. No han regresado, dicen que otro Encapuchado, un anciano se los llevó tras una nube de humo negro.
—No… —pronunciaba Zeus comenzando a enfurecerse—, eso no puede estar pasando.
—Dímelo a mí, abuelo —decía el chico—. Y eso no es todo.
— ¿De qué hablas? —pedía saber su abuelo.
—Dicen en el frente que dos Encapuchados igual que el otro, aparecieron con más de esas bestias. El Regimiento ya no está, Terímaco y mis padres no aparecen, y no sabemos qué hacer —contestaba Creo con un ligero toque de nerviosismo.
—Tú sí lo sabes, lo veo en tu mirada —replicaba su abuela.
—Quiero ir a buscar a Terímaco, tal vez yo pueda encontrarlo, además, pido tu ayuda —explicaba Creotinades mirando a Zeus—, tú eres el Dios más poderoso de todos, abuelo. Ayúdanos a derrotar a esas cosas. Sé que no te gusta intervenir en los asuntos de los humanos, pero estamos indefensos.
—Terminaré esto de una vez por todas —contestaba el padre de Hércules caminando hacia la orilla.
— ¡Espera! —replicaba Creotinades— Antes de que desates tu furia contra esas cosas, dame unas horas, déjame buscar a Terí, por favor, sé que juntos podremos hallar a mis padres, necesito a mi hermano.
Zeus miró a su segundo nieto suplicarle que no interviniera hasta que pudiese encontrar a aquel joven que significaba tanto para él, y ya no pudo hacer nada.
—Muy bien Creo, tienes dos horas. Si no encuentras a Terímaco en ese tiempo destruiré todo con mis rayos, ¿de acuerdo?
—Gracias, abuelo Zeus —agradecía Creotinades corriendo a abrazarlo.
Hera se acercó a ambos y los abrazó de igual manera.
—Ten cuidado, Creotinades —pedía su abuela.
—Lo tendré —aseguraba su nieto—, por favor, cuiden a Dei hasta que regrese con Terí, no le digan nada todavía.
—No te preocupes, aquí estará a salvo —afirmaba Hera.
Creotinades corrió hasta donde Pegaso se encontraba, lo montó y le ordenó bajar inmediatamente al mundo Mortal.
Mansión de Priscilla
El Presente
—Entonces todo esto comenzó porque Hades hizo una travesura —concluía Regina—, pero yo quiero saber algunas cosas antes de que nos digan cómo es que funciona esa Espada.
— ¿Qué dudas tiene, Majestad? —preguntaba Marian.
—No hacia ustedes, hacia ellas —alegaba Regina señalando a las Arpías.
— ¿Por qué a ellas? —inquiría Liam un poco indignado.
—No se ofendan, pero creo que en esto que quiero saber están tan ciegos como nosotros —replicaba Regina—, quiero decir. Ustedes sabían que alguien había entrado, no supieron quiénes éramos hasta que nos vieron, y estoy segura que quieren saberlo tanto como yo.
— ¿Qué es lo que quieres saber, Regina? —indagaba la menor de las Arpías.
— ¿Para qué quiere Hades al Ser Oscuro? Y no mientan, algo tan importante ustedes deben saberlo —decía la Reina.
Regina se cruzó de brazos en su asiento y esperó pacientemente una respuesta creíble por parte de esas legendarias criaturas que estaban frente al Escuadrón de la Luz. Las Arpías colocaron la Mano de Zeus en la mesa y contestaron la pregunta de la ex Reina Malvada.
—Verán, hace unos milenios, vino a nosotras una Profecía que marcaba el fin de Hades, y en esa predicción se mencionaba al Ser Oscuro más Poderoso de todos los tiempos.
—Gold —articulaba Snow.
—Sí. En menos de cuarenta y ocho horas se alinearán los planetas y Hades necesitará el Poder de la Oscuridad para salir del Inframundo, una vez afuera, tomará la fuerza de los Titanes que vagan por el Cosmos en forma de Cometa y nadie estará a salvo de su ira, ni siquiera Zeus.
— ¿Qué es lo que le hará a Rumplestiltskin? Es inmortal, no puede asesinarlo —objetaba Ingrid.
—Hay otra parte que no hemos revelado aún —agregaban las Arpías—. Ahora que Rumplestiltskin tiene el Poder Combinado de todos los Seres Oscuros que han existido, es necesario destruir la Daga para liberar la Oscuridad y hacer que él vuelva a ser un simple mortal sin poderes. Y para lograr ese objetivo, es necesario que los Seres Oscuros existentes sean quienes destruyan la atadura terrenal del Ser Oscuro.
—No lo entiendo —contradecía Charming—. Gold es el último Ser Oscuro con vida, ¿no se supone que sólo él debería destruir la Daga?
—En efecto, Rumplestiltskin es el único Ser Oscuro con vida, pero no es el último existente. La gran totalidad de los Seres Oscuros fueron absorbidos por Excálibur, quedando sólo tres en cualquiera de los múltiples planos existenciales del Cosmos —respondía una Arpía.
—Entonces, Hades no capturó a Killian y a Emma sólo para llegar a Gold, lo hizo porque los necesita para salir de aquí —remataba Regina.
—Aparte de eso, y antes de que la Alineación llegue, Emma Swan debe enfrentar a Hades en la Batalla Final, una lucha que, según nosotras, debe hacer con esta Espada.
— ¿Cómo? ¿Es que acaso no están seguras? —inquiría Robín.
—Es una suposición nuestra, ya que desde hace mucho tiempo perdimos contacto con el Olimpo y con Zeus. Cuando él creó la Espada, dijo que una persona de Corazón puro y buenas intenciones sería capaz de hacerla funcionar para capturar a Hades dentro de ella. Él creía que su último nieto, Deicoonte lo lograría, pero en el momento en el que el joven se enteró de lo que le había pasado a su Familia, su Corazón se llenó de odio y rencor, vino directamente aquí con la Espada, pero los Encapuchados acabaron con él en cuestión de segundos. La Mano de Zeus vagó por todo el Inframundo hasta que volvimos a encontrarla hace seis semanas, justo cuando Hades comenzó con todo esto, no tuvimos tiempo de tomarla y la disfrazamos con una de sus Destructoras de Almas. Cuando recordamos la Profecía, y sabiendo el título que tiene su hija —explicaban las Arpías, mirando directamente a Charming y Snow—, creíamos que ella podrá hacerlo.
— ¿Y cómo podremos ayudarla? —preguntaba el padre de Emma.
—No podemos, esto es algo que ella tiene que hacer sola, es su destino —replicaban las Arpías.
— ¿Y qué pasa si no puede? —preguntaba el Forajido— ¿Qué sucederá si Hades llega a vencerla?
—Será nuestro fin —respondía Merlín—, confío en Emma, es la persona más fuerte que he conocido en toda mi larga vida, pero Hades… son palabras mayores, estamos hablando de un Dios, no creo que una simple Espada pueda contenerlo.
—En ese caso, Emma deberá vencerlo antes de que liberen la Oscuridad, o si no, no tendrá oportunidad —concluía Charming.
—Detengámonos un momento —pedía Robín—. Emma necesita la Espada para pelear contra el Dios de la Muerte, no sabemos en dónde está, ¿cómo creen que vamos a darle la Mano de Zeus?
—Percival dijo algo sobre que los habían torturado —comentaba Henry.
—Puede que haya mentido, cariño. Recuerda que estuvimos corriendo tras unas cosas hechas de algo verde —replicaba Regina.
—Déjennos echar un vistazo, sólo nos tomará un momento —requerían las Arpías dando unos cuantos pasos hacia atrás.
—Esto no me agrada nada —exponía Regina—. Ingrid, ¿ustedes no sabían nada de esto?
—No, ellas nunca nos dicen nada más allá de lo que tenemos que hacer —objetaba la Reina de las Nieves.
— ¿Y eso no les parece sospechoso? —espetaba la hija de Cora— ¿Qué les hace pensar que no los traicionarán?
—Honestamente, Regina —intervenía Leopold—, lo que ellas tengan planeado puedo asegurarte que será mil veces mejor que lo que tenemos ahora. Créeme que estoy ardiendo en deseos de irme de aquí y buscar al fin a Eva.
— ¿Dónde está mamá? —indagaba Snow al escuchar el nombre de su madre.
—No lo sé —respondía su padre mirándola con tristeza—. Nosotros no podíamos marcharnos ya que nuestro Asunto Pendiente aún no ha sido resuelto, pero hace seis semanas desapareció. Algunas personas me dijeron que Cora la capturó y me temo que pudo haberla lanzado al Río Aqueronte.
— ¿Qué es ese Río? ¿Y por qué le tienen tanto miedo? —volvía a preguntar Mary Margaret.
—El Río de las Almas es el lugar por el que cruzaremos hacia el otro mundo una vez que seamos juzgados —confesaba Priscilla—, se supone que una vez que entras en él, tu cuerpo sólido desaparece, te vuelves realmente un Alma y te vas para siempre.
—No obstante —proseguía Liam—, si entras al Río Aqueronte sin haber sido juzgado, tu cuerpo y Alma se disuelven y te conviertes en parte de sus aguas, por la eternidad.
— ¿Ninguno de ustedes puede marcharse por sus Asuntos Pendientes? —pedía saber Henry.
—No todos —contestaba Fergus—, algunos ya los habíamos resuelto, pero no hemos sido juzgados.
—Otros, como yo. Ya fuimos juzgados, pero gracias a Hades, no podemos marcharnos —decía Ingrid.
—Es por eso que hacen esto, no tanto por su placentera Estadía en el Inframundo —remataba el Autor.
—Así es. Vaya que mi bisnieto es bastante listo —afirmaba Leopold con orgullo.
— ¿Y qué hay de mi padre? ¿Qué fue de él? —pedía saber la ex Reina Malvada.
—Cora lo destruyó hace unos días —respondía Priscilla.
— ¿Qué? —contestaba Regina muy sorprendida.
—Sí, nosotras fuimos testigos de eso, Majestad —exclamaba Marian señalando a Ingrid y Priscilla a su lado—. Vagábamos buscando información de la boca de los Soldados, y afuera de la Alcaldía Henry y un joven de cabello corto castaño estaban ahí, cuando Cora salió, los tres tuvieron una fuerte discusión, y segundos después, un hombre muy parecido al joven salió con una Destructora de Almas, tu madre la tomó y destrozó el cuerpo sólido de tu padre a sangre fría.
— ¿Quién era el joven que estaba con mi padre? —inquiría Regina.
—No tenemos idea, jamás lo habíamos visto, aunque no lo creas, el Inframundo es bastante extenso —aclaraba Ingrid.
—Todo lo que sabemos es que el Soldado de Hades lo acarreó dentro de la Alcaldía, y no lo hemos vuelto a ver —agregaba Marian.
—Papi… —susurraba Regina muy bajo— Y yo que todo este tiempo pensé que estaría en un lugar mejor, que ya no sufriría, estaba aquí encerrado, con un Asunto sin Resolver que sólo él sabrá cuál era.
—Tranquila Regina, yo estoy contigo —decía Robín reconfortándola—. Antes que vuelvan nuestras esqueléticas amigas, quiero saber una cosa, Marian.
— ¿Qué sucede, Robín? ¿Qué quieres saber? —preguntaba su esposa Muerta.
— ¿Cómo es que sabes lo de Zelena?
—Por nosotras —replicaban las Arpías entrando de nuevo en la habitación—, Hades no es el único que puede mostrarles a las Almas la verdad sobre sus Muertes. Sólo que, a diferencia de él, nosotras reforzamos la fe en los Asuntos sin Resolver en vez de los Oscuros sentimientos que la verdad suele provocar.
— ¿No lo entiendo? ¿A qué se refieren con eso? —indagaba Snow.
— ¿Quieren saber cómo es que Hades manipula a sus Soldados? —cuestionaban las Arpías.
—Sí —respondían todos.
—Los tiene Hechizados —replicaban las Criaturas—. Cuando Hades los invita a su Mansión, los obliga a sentarse en unas sillas especiales que tienen la función de robar la Magia del ocupante y dejar a flor de piel sus más Oscuras emociones, en ese momento, el Sable de Hades entra en acción y captura las Almas dentro de ella, dejando en el cuerpo sólido lo peor.
—Eso es raro, y comprensible —respondía Charming—, pero dígannos, ¿pudieron encontrar a Emma y Garfio?
—Por supuesto, pero no les gustará saberlo —alegaba la mayor de las Arpías.
— ¿Qué? —pedía saber el Príncipe.
—Hades los tiene cautivos, y no sólo a ellos, hay alguien más en su Calabozo.
— ¡Terímaco! ¡Terímaco! —chillaba Creotinades desesperado.
Creotinades regresó a Tebas sólo para encontrarla casi destruida, era increíble que en menos de dos horas que estuvo fuera de su Ciudad esas bestias ya habían hecho su trabajo.
El joven bajó de Pegaso y le ordenó volver al Olimpo. Cuando el animal se fue corrió tras las líneas enemigas buscando entre los escombros alguna señal de su querido hermano mayor.
— ¡Terímaco! ¡¿Dónde estás?! ¡Terímaco! —seguía el chico.
Los gritos de Creotinades eran mitigados por los gruñidos de las bestias que pasaban a su lado sin hacerle ningún caso. El chico siguió corriendo para estar casi frente a los Encapuchados que habían llevado la Muerte con ellos. Los miró furioso con lágrimas escurriéndole por la cara y desenvainó la vieja Espada de su padre que le fue heredada en su cumpleaños número trece.
— ¡¿Dónde está mi hermano!? —exigía saber— ¿¡Dónde están mis padres?!
Los Encapuchados ni se inmutaron ante las preguntas de ese Niño Perdido y desesperado por encontrar a su Familia. Creotinades se enfureció y se abalanzó hacia ellos con la firme convicción de hacerles daño, pero a medio camino fue interceptado por una bestia que lo sujetó con sus enormes manos y lo azotó contra el piso, rompiéndole así la espalda. Los Encapuchados se acercaron al joven quien se retorcía en el suelo de dolor, uno de ellos sacó su Espada y la clavó en el pecho de Creotinades. Éste último lo veía con terror al descubrir la identidad de su asesino.
— ¿Pa-Papá?
Luego de pronunciar esas palabras, Creotinades murió ante la atenta mirada de su padre. Cuando Hércules sacó la Espada del cuerpo de su hijo, unos relámpagos provenientes desde el cielo destruyeron a la amenaza, y ellos volvieron al Inframundo.
—Garfio, ¡mira! Creo que Bella al fin está despertando —exclamaba Emma aún con la cabeza de Bella en su regazo.
La chica abrió lentamente los ojos y parpadeó rápidamente para acostumbrarse a la escasa luz que inundaba la habitación. Miró desconcertada a esas dos personas de nueva cuenta, sin saber en dónde se encontraba, ni que había sucedido.
—Emma… Garfio. ¿Qué les pasó? —examinaba Bella.
— ¿Hablas de esto? —preguntaba Emma señalando las heridas de su cuello— Digamos que Hades no es un muy buen anfitrión.
— ¿Hades? —volvía a indagar aun aturdida.
—Así es, Amor —replicaba Killian—, lamentablemente estás encerrada con nosotros en su enorme Mansión.
—La pregunta crucial es, ¿por qué? —agregaba Emma.
— ¿Por qué? ¿Te refieres a por qué estoy aquí?
—Sí, todo lo que sabemos es que Pan y Walsh te trajeron inconsciente de quién sabe dónde.
— ¿Inconsciente…? ¡No! —gritaba Bella poniéndose de pie de un salto ante la mirada sorprendida de Emma— ¡No, no, no, no, no!
— ¿Qué sucede, Bella? ¿Qué es lo que está mal? —decía Garfio.
— ¿Por qué lo hizo? ¿Por qué? Yo le ordené que no lo hiciera —balbuceaba la Sra. Gold.
— ¿De qué hablas? —cuestionaba Emma.
—Si yo estoy aquí, entonces. ¿Dónde está Rumple? —terminaba Bella con angustia mientras Emma y Killian se miraban mutuamente.
En otro lugar de la Mansión, Cora y un Soldado desconocido esperaban ansiosos en la puerta del Estudio de Hades a que él apareciera.
—Espero que esto sea bueno Cora —espetaba Hades—, interrumpiste mi sesión en el Spa.
—Puedo asegurarle Señor Hades, que esto es lo mejor que habrá visto en mucho tiempo —replicaba la Reina de Corazones.
—Ya dime, ¿qué es? —ordenaba el Dios de la Muerte.
Cora le sonrió y sacó de su túnica quemada la nueva Daga del Ser Oscuro.
— ¿Es esto verdad?
—Claro que lo es, Señor Hades —respondía el Soldado.
—Señor, su sorpresa lo espera ahí adentro —prometía Cora muy satisfecha con su trabajo.
Hades abrió lentamente la puerta y su rostro se iluminó como nunca lo había hecho al encontrar a Rumplestiltskin sentado frente a su escritorio con grilletes y toda la cosa.
Fin del Noveno Capítulo
