Disclaimer: El Potterverso es de Rowling y la idea de expandirlo empezó con Sorg-esp
Sucedió un verano
Capítulo 2
Primer día, nadie se enoja
—¡A levantarse! —la voz de Benjamín inundó la ruca.
Chalo masculló una maldición y miró su reloj de pulsera. Siete y media de la mañana. ¿Qué clase de sádico los hacía levantarse a esa hora? Dejó caer el brazo y se arrebujó en las sábanas de su cama. Sólo cinco minutos más.
—Ya po, weón, levántate.
Ahora era Nico el que lo estaba molestando. Pero si lo único que Chalo quería era poder dormir algunos minutos más. Eso de levantarse temprano —y para colmo, en vacaciones— era inhumano.
—Cinco minutos más —reclamó. Nico se cruzó de brazos.
—Olvídalo. Contigo, cinco minutos más pueden terminar siendo cuarenta y cinco. Y no sé tú, pero yo quiero ir a desayunar —declaró su amigo.
—Anda, nadie te lo impide.
Nico puso los ojos en blanco. Chalo durante las mañanas era absolutamente inútil. Hasta que su cerebro no empezara a funcionar, para lo que faltaban algunas horas, sería incapaz de sumar dos y dos.
—No, pero si tú no desayunas, yo tendré que soportarte quejándote de hambre hasta la hora de almorzar.
Chalo se limitó a echarse las sábanas sobre la cabeza, apretando los párpados. ¿Por qué Nico no lo dejaba flojear unos minutos más? Él podía encargarse perfectamente de todo. Alguien tiró sus sábanas hacia atrás. Chalo abrió los ojos, sólo para encontrarse con Benja Teuber mirándolo, muerto de la risa.
—Campos, levántate —dijo rápidamente—. Tenemos que tener la cabaña lista para la inspección y dudo mucho que un weón dormido nos ayude a pasar.
—¿Y a ti quién te nombró jefe? —reclamó Nico, un tanto mosqueado—. Que yo sepa, eso debemos votarlo entre todos y no recuerdo que anoche hayamos tocado el tema.
—Igual tenemos que pasar la inspección —insistió Benja—. Y con Campos roncando no vamos a pasar nada.
—¡Oye! —Chalo había localizado sus anteojos y parecía un poco más alerta—. Yo no ronco.
—Pues sí, como una locomotora —respondió rápidamente Nico, sin inmutarse. Chalo quiso reclamar, pero su amigo lo ignoró olímpicamente—, pero eso no es el punto. Levántate de una puta vez, a ver si a Teuber se le pasan los delirios de Fuhrer.
—Oye, soy alemán, pero eso no implica que sea un nazi —protestó el aludido. Sus ojos, clavados en Nicolás, parecían desafiarlo a decir una palabra más.
—No lo decía por eso, Teuber. Sólo estaba señalando que tú pretendías imponer un gobierno autoritario en esta cabaña —dijo Nico con toda la calma del mundo—. Chalo, porfa muévete. Me muero de hambre.
Gonzalo masculló una maldición por lo bajo y se levantó con desgana. Obviamente, no lo iban a dejar dormir esos preciados cinco minutos extras. Nico, siempre servicial, le tiró una muda de ropa limpia sacada de su cajón. Benja pareció decidir que su trabajo estaba hecho en ese lugar, así que
—Apúrate, que tenemos que llegar a la asignación de alianzas —le recordó, mientras tomaba las sábanas de su amigo y las tiraba de cualquier forma sobre la cama.
-o-
Las tres chicas se dirigieron al galpón comedor entre risas. En la cabaña habían quedado María Ignacia —aún enredada en sus sábanas— y Catalina, que se estaba alisando el cabello en el baño.
—¿Para qué? Hoy seguro que terminas en el agua y muere tu alisado —le había dicho Elisa, que se había limitado a amarrar su pelo en una cola de caballo simple. Catalina, como era de esperar, la había ignorado.
Elisa estaba emocionada. Le gustaban mucho los campamentos, siempre lo había pasado estupendo con sus amigos y ese año estaba segura de que no sería la excepción. Y siendo el primer día, estaba en el aire la pregunta de qué alianza le tocaría.
Cada año, los alrededor de trescientos campistas eran divididos —en un sorteo al azar— en cuatro alianzas, cada una con un color y un tema asignados. Los chicos debían ganar puntos en clases y en otras competencias fuera del horario. La alianza que ganaba al final de los campamentos, conseguía un pequeño recuerdito para sus integrantes. Elisa recordaba haber ganado cuando iba a pasar a primero medio, con la alianza azul. El premio había sido una pequeña cadenita de plata con una imagen de la Pincoya colgando. Además, ganarla había sido doblemente dulce para Eli, porque la alianza que competía con la suya era la de Benja. Y por él no se iba a dejar ganar.
—Por favor, díganme que está abierto el comedor —dijo cruzando los dedos. Y sí, las puertas estaban abiertas de par en par. Elisa agradeció mentalmente porque se moría de hambre. El olor a tostadas y a café recién preparado —sólo para los mayores—, inundaron su nariz—. Eso huele demasiado bien para ser sano.
El galpón estaba prácticamente vacío, aparte de algunos pocos madrugadores, que ocupan un par de mesas a un lado. Elisa reconoció a Silvia, sentada junto a otros ayudantes voluntarios. Dando saltitos, levantó la mano para saludarla. Su hermana, al verla así de emocionada, no pudo evitar reírse.
—Buenos días, pioja —la saludó levantándose—. ¿Cómo es que te las arreglas para tener tanta energía a esta hora de la mañana? Yo estoy que me caigo de sueño.
—Ya, pero tú estás trabajando aquí. Yo vengo a pasarlo bien.
Silvia alzó una ceja. Cuando ella estaba en los campamentos, siempre le costaba un mundo y medio salir de la cama. Lo de su hermana no era norma, para nada.
—Créeme, nosotros tampoco nos explicamos lo suyo. Tenemos la teoría de que su cerebro vino fallado, una pena —se burló Carmela, agarrando los hombros de su amiga—. Nos vemos más rato, Silvia.
—¿Alguien ve a los chicos? Si llegaron primero, podrían estar guardando una mesa para todos —preguntó Elisa, mirando a todos lados.
—Si conozco a Chalo, debe seguir enredado en sus sábanas —respondió su amiga—. Vamos a buscar algo para comer y les guardamos nosotros la mesa.
Elisa se encogió de hombros y las tres se acercaron a la mesa de buffet donde estaban todas sus opciones de desayuno. En el campamento se tomaban muy en serio eso del desayuno como la comida más importante del día y la cantidad de opciones era casi abrumadora.
—¿A alguien le apetecen unos huevos revueltos?
-o-
Los colores del campamento siempre le habían gustado un montón. Si Blanca hubiera tenido sus acuarelas a mano, habría intentado captar la forma en la que el sol matutino brillaba sobre el agua. Tenía un aire mágico, pero eso seguramente tenía que ver con que precisamente estaban en los campamentos. La magia simplemente se sentía en el aire.
Alguna vez le habían dicho que ese punto era uno de los más mágicos de todo Chile, y a ella no le extrañaba para nada.
—¿Están todos? —la voz de Berta resonó por todo el galpón con la ayuda de un hechizo de amplificación—. Estupendo —añadió tras escuchar una respuesta afirmativa—. Ahora, como todos los años, les anunciaremos las alianzas que tendrán que defender este año.
Blanca no pudo evitar una risita al ver la expresión de Nico, sentado frente a ella. Cada año, comentaba acerca de lo latoso que era escuchar todos los nombres del campamento. ¿No podían hacerlo más eficientemente o algo así? Publicar una lista con los nombres y ponerla a la entrada de las cabañas, por ejemplo. Pero no, tenían que tirar los nombres de a uno. Mientras la directora hablaba, camisetas de los respectivos colores aparecían delante de los chicos nombrados.
Pronto, cada uno de los chicos tuvo una camiseta distinta. Elisa, roja; al igual que la misma Blanca. Carmela y Nico estaban de azul, mientras que Chalo estaba mirando una camiseta verde.
—Mierda, no me tocó con ninguno de ustedes —musitó luego de unos momentos. Blanca le sonrió y le dio una palmadita en el hombro.
—La Cata está contigo —apuntó Elisa, que estaba mirando a su alrededor, tratando de identificar a los demás rojos—. Por la cresta, Teuber está con nosotros.
—¿En serio? —preguntó Nico, dándose media vuelta para ver la mesa en la que desayunaba Benja con sus amigos—. Bueno, al menos ninguno de sus amigos está en la Roja con nosotros.
—Algo es algo —musitó Elisa—. Pero me niego a dejar que ese weón se tome el poder.
—¿No les toca a los de cuarto? Nosotros recién estamos en tercero —señaló Carmela al tiempo que su vaso de jugo de naranja se rellenaba mágicamente.
—Lo que sea.
Blanca le sonrió a Chalo y le dio una mascada a su tostada con mermelada. Sabía que a su amigo lo ponía nervioso el tener que enfrentarse a gente a la que apenas conocía. El pobre sólo se sentía cómodo con ellos, a los que conocía hacía años. Bueno, a Cata también la conocía, pero no era lo mismo que sus amigos.
Blanca lo entendía, porque a ella le pasaba lo mismo. Siempre que conocía a un grupo nuevo de personas, se ponía muy nerviosa. Pero igual, aunque Chalo no estuviese con ellos, eso no significaba que no pudiese juntarse con sus amigos cuando no estuviesen compitiendo.
—Después de almuerzo tendrán una hora para organizarse en las respectivas alianzas —les recordó Berta cuando todo estuvo en orden—. Por ahora, les deseo suerte en sus actividades del día. Espero oír cosas buenas de todos ustedes.
—Vamos, ¿cuándo nosotros nos hemos portado mal? —soltó Elisa, lo suficientemente fuerte como para que la mujer la escuchase.
—No discutiré el tema ahora, Elisa. Pero espero no tener que recordarte algunas de tus aventuras —respondió la directora antes de quitarse el hechizo amplificador. Elisa se hundió en su silla ante las risas de sus compañeros.
Blanca no pudo evitar sumarse a ellas. La verdad era que Elisa tenía un talento especial para meterse en problemas. Como la vez en en que su caldero había volado por todo el campamento al tratar de inventar una poción que hiciera flotar las cosas —sí, Eli había ignorado por completo el hecho de que ya hubiera un hechizo para eso—.
Blanca tomó su taza de té y sonrió. Intuía que ese año sería estupendo.
-o-
Lo primero que Nico pensó al ver a la profesora de Astronomía fue que esta no había dormido bien. Su piel era muy blanca, lo que hacía que las ojeras se notaran demasiado en su rostro. Además, su voz sonaba cansada; no había que ser Einstein para notarlo.
Nico observó a los pocos chicos que habían tomado astronomía como electivo. Todos ellos estaban mirando embobados a la profesora. Había que reconocer que era guapa, pero a Nico no le interesaba ella particularmente. Ni ninguna ella, a decir verdad.
Le había costado un buen poco, pero hacía unos meses Nico había asumido la verdad. Era gay y así era. No había más vueltas que darle. Pero no se atrevía a decirles a sus padres. Sólo algunos de sus amigos más cercanos lo sabían. Gracias a Dios, ninguno de ellos había actuado extraño al saberlo. No sabía qué hubiera hecho si ellos lo hubieran rechazado.
Sacudió la cabeza y se obligó a prestar atención a la clase. Astronomía siempre había sido su preferida y le interesaba mucho aprender todo lo posible. Su madre se reía cuando él se sentaba junto a ella en el diminuto jardín de su casa y le mostraba las estrellas, explicándole su influencia en la magia. Su mamá no era bruja, pero siempre se mostraba muy interesada en los avances de su hijo mago.
—A ver, ¿alguno de ustedes puede decirme qué constelaciones se pueden ver en esta época en este hemisferio? —preguntó la profesora reprimiendo un bostezo. Con un movimiento de su varita apagó las luces de la sala de clases, y encendió una pequeña esfera ubicada al centro, que mostraba las constelaciones estivales.
Una chica de Osorno y Nico fueron los primeros en levantar las manos.
—A ver, tú —la mujer le dio la palabra a la chica—. Dime tu nombre, primero. Así empezaré a aprendérmelos. Con un poco de suerte, a fin de mes me los habré memorizado todos —añadió con una sonrisa—. Tengo una memoria horrible para los nombres.
—Camila Klein —replicó la chica. Nico la recordaba de otros años, un poco pedante y creída, pero no era mala persona—. Esa de ahí es Orión, con las Tres Marías de cinturón —dijo señalando un punto en el techo.
—Bien. Tú, ¿cómo te llamas? —la profesora apuntó a Nico con la mano.
—Nicolás Pérez —respondió—. Esa de ahí es Ara.
—Bien, ¿alguien más?
Algunos más levantaron las manos, confiados por la actitud amable de la profesora. Ella asentía al escuchar las respuestas. Todos los que estaban ahí eran alumnos aventajados en su materia, por lo que identificar las constelaciones no fue un problema para ninguno.
—Estupendo, veo que no hay nada que repasar en ese sentido. Me alegro, porque significa que podemos empezar enseguida con las cosas más difíciles. Creo que por hoy pueden irse, hoy sólo pensaba hacer el diagnóstico.
Los alumnos dejaron escapar gemidos de queja ante las palabras de la mujer, aunque uno o dos parecieron alegrarse del anuncio. Nico, por su parte, se quedó sentado mirando a la profesora. Algo no estaba bien, aunque no sabía por qué tenía esa impresión. No sabía qué exactamente, pero algo ahí olía raro.
-o-
La alianza Roja se había juntado en una de las salas de clase desocupadas tras la hora de almuerzo. Unos setenta chiquillos de todas las edades estaban sentados como podían en las sillas y mesas, mientras un grupo de los mayores intentaba callarlos.
Benja se había sentado con Carlos, de Osorno, a un lado de la sala. Podía ver a Elisa Correa sentada junto a Blanca Romero, ambas apoyadas contra el muro opuesto. Benja frunció el ceño. Normalmente les tocaba por separado; era primera vez que estaban en la misma alianza. Lástima, competir con Elisa era casi una tradición a esas alturas de la vida. Se mordió el labio y fijó la vista en los chicos de cuarto medio que estaban intentando poner orden en la sala, sin mucho éxito. En teoría, ellos debían ser jefes de alianza, pero si esos primeros intentos por organizarse eran prueba de algo, no llegarían muy lejos.
De pronto, vio que Elisa se levantaba de su asiento y se paraba en la mitad de la sala. Con un movimiento rápido, sacó su varita y la apuntó a su garganta.
—¡SILENCIO! —la voz de la chica inundó la sala y los murmullos se acallaron. Elisa volvió a apuntar su garganta y le sonrió al grupito de cuarto medio.
—Este… gracias, Eli —le dijo una chica, Josefina, mientras Elisa volvía a sentarse junto a su amiga—. Y bueno… tenemos que organizarnos para las pruebas grandes. Ya saben, la coreografía y esas cosas.
Una chica de segundo medio, pequeña y energética, levantó la mano rápidamente.
—Yo puedo encargarme de la coreografía —se ofreció rápidamente. Benja hizo memoria; no recordaba el nombre de la chica, que no era de Llanquihue, pero sí recordaba haberla visto bailar el año anterior. Era buena. Quizás podrían tener una opción de ganar esa prueba.
—Ya, claro. ¿Colomba? —la chica menuda asintió cuando Josefina apuntó su nombre en un papel—. Pero esas pruebas son casi al final. Tenemos que organizarnos para el torneo de quidditch entre alianzas.
—Tenemos a Teuber —apuntó uno de sus compañeros de curso, Matías—. Y Elisa no es mala, tampoco. Ellos pueden encargarse de eso.
—¿Qué? Yo no puedo trabajar con ella —reclamó Benja al ver que los chicos de cuarto lo estaban mirando directamente. Elisa había escuchado su nombre y se había acercado, curiosa.
—Es una broma, ¿no? No pienso trabajar con este megalómano.
—¿Qué? —Matías pareció confundido ante la palabra que había usado Elisa, pero ella no aclaró nada.
—Por Dios, ¿cuántos años tienen? —Josefina se llevó las manos a la cadera y los miró a ambos—. Si queremos ganar, tienen que trabajar juntos. No podemos tener dos equipos para tener al parcito de cabros chicos tranquilos.
Benja resopló. Por un momento, consideró decir que no jugaría si Elisa lo hacía. Pero sería una completa estupidez. No iba a quedarse sin hacer algo que le encantaba sólo por ella. No iba a darle tanta importancia.
—Bueno. Supongo que podemos trabajar juntos, ¿no? —accedió finalmente, tendiéndole la mano a su compañera. Elisa lo miró con los ojos entornados. Por un instante, Benja pensó que se rehusaría, pero finalmente le dio la mano.
—Puede ser.
—Perfecto —Josefina parecía haber decidido que llevaría la voz cantante. Los anotó en la libreta antes de volverse hacia el resto de la alianza—. Ahora tenemos que elegir a los reyes, que hay que presentarlos hoy en la fogata. ¿Votamos?
Benja se echó hacia atrás en la silla. Tenía que reconocer que Elisa era buena para el quidditch. Si no se portaba como siempre, quizás hasta hacían un buen equipo.
Aunque tenía sus dudas.
-o-
Al final del primer día, la Alianza azul iba a la delantera con trescientos puntos. Carmela se sentía tremendamente satisfecha porque ella misma había contribuido con un buen porcentaje esa mañana en el curso de transformaciones avanzadas. Al menos con eso podía ayudar, porque eso de los deportes y bailar no se le daba nada bien.
En fin, como todos los años se quedaría con algún trabajito menor. Quizás ayudando con los vestuarios de la coreografía o algo así. Igual, eso de ponerse bajo los focos nunca había sido lo suyo. Cada uno contribuía desde sus propios talentos, no tenía por qué hacer algo fuera de sus capacidades. No era necesario.
—Oye, no es justo. Los azules nos harán puré a todos si estás con ellos —reclamó Elisa mientras las tres volvían a su cabaña—. ¡Te llevarás todos los puntos de las clases!
—No exageres, tú también eres buena para esto. En pociones no tengo ni una posibilidad —apuntó Carmela.
Elisa se río y empezó a explicar larga y tendidamente por qué las matemáticas no daban. Carmela era estupenda en más de una clase, y Elisa sólo en una. Por lógica, Carmela tenía cinco veces más posibilidades de ganar puntos. Carmela intentaba explicarle que ese cálculo no tenía ninguna base, pero Elisa había optado por hacerse la tonta. Ninguna de las dos se dio cuenta de que Blanca se había quedado parada en la mitad del camino, hasta que se dieron vuelta para pedir su opinión.
Su amiga estaba unos metros más atrás, con una expresión curiosa en el rostro.
—¿Pasa algo, Blanca? —inquirió Carmela, mirando a su amiga. La expresión en su rostro era concentrada.
—¿No lo escuchas?
—¿Escuchar qué? —Elisa levantó una ceja y entornó los ojos, intentando escuchar lo que decía su amiga.
—Voces. Vienen del bosque. —Blanca abrió los ojos y las miró, como si se sorprendiera de verlas ahí. A Carmela no le gustó nada esa mirada. La ponía nerviosa. Ahí había algo raro, rarísimo.
—¿Qué dicen?
—No sé, no entiendo bien lo que dicen. Pero creo que son amistosas.
Carmela alzó las cejas. Por alguna razón, tenía sus dudas acerca de que cualquier voz que no tuviera un cuerpo pudiera ser amistosa. Gasparín era sólo un monito animado. Los fantasmas de verdad eran otra cosa.
—¡Vamos a ver! —la exclamación de su amiga casi la hizo saltar. Miró de soslayo al bosque y un escalofrío le recorrió la espalda. Ciertamente, el último lugar en que le hubiera gustado meterse a medianoche era ese bosque en particular. Mucho menos si había voces incorpóreas por ahí. No, señores. Ella se sentía perfectamente bien como estaba y eso de morir no la seducía para nada.
Por suerte para ella, antes de que Elisa pudiera enfilar al bosque —posiblemente, a una muerte segura en manos de un montón de espíritus enfurecidos—, se escucharon los dos silbatos que anunciaban los últimos minutos antes del toque de queda.
—Eli, vamos a la cabaña. No estoy dispuesta a que me castiguen por una tontería así.
Su amiga la miró, como si estuviera a punto de protestar, pero se limitó a encogerse de hombros y volver al camino. Carmela sospechaba que ella no estaba tan entusiasmas como había intentado aparentar. Seguro que le agradecía por haberle dado una excusa para dar media vuelta.
Aunque no se acercaron al bosque, Carme tenía la leve impresión de que le costaría bastante dormir esa noche.
Bueno, Halloween ya pasó, pero un poquito de susto todavía vale. Ya se ve un poco más de la vida en los campamentos, son como una semana de aniversario versión extendida. Yo me lo pasaba genial en esas épocas, así que me imagino que será divertido para los maguitos hacer lo mismo.
En fin, aquí los dejo. ¿Alguna teoría acerca de las voces que Blanca escucha?
¡Hasta la próxima!
Muselina
