Después de mucho esperar, todos se conocen por fin y parecen listos para partir... Pero, para no variar la costumbre, la familia de Hipo siempre le causa problemas... Pero esta vez el acto rápido de su primo le causara problemas a todo el grupo. Más al pobre Patapez. Brusca no se va a rendir, parece que Hipo tampoco... Pero no tienen ni idea de los problemas que los siguen y que están a punto de darles alcance.
Tres Copas contienen el fruto de lo que se sembró: alegría, pesar y el poder de curar. Bebe profusamente, pues el viaje requiere sustento y coraje.
Aquello se estaba convirtiendo en algo mucho más interesante y divertido de lo que Brusca habría podido imaginar. ¡Y pensar que se había opuesto al plan! Sin él, probablemente estaría sentada en Londres soportando el opresivo calor, esperando a que el Consejo la llamara, aburrida e impaciente, pensando sin parar en lo que le esperaba en Mema. En su lugar, tenía aquella última oportunidad de disfrutar del aire fresco y el sol de la campiña inglesa en compañía de una joven indeciblemente bello. Un joven indeciblemente bello y complaciente, se corrigió mientras lo recorría con la mirada.
Hipo estaba ocupado metiendo de nuevo en la bolsa todo lo que ella había sacado, los movimientos elegantes y parcos, la atención totalmente centrada en la tarea. Nunca había conocido a un chico tan atrallente que fuera tan poco consciente de su atractivo. En su forma de comportarse no había nada que indicara que creyera ser algo fuera de lo normal y, sin embargo, era deslumbrante, un tesoro a la espera de que ella lo descubriera.
La noche anterior había reclamado aquel tesoro para sí misma.
Había empezado a besarle para no tener que hablar sobre el inquietante hecho de que él pudiera descubrir cuándo mentía, pero la distracción funcionó de formas que no había previsto. Al sentir cómo respondía a sus caricias, había erradicado cualquier pensamiento racional de su mente, y no recuperó los sentidos ni se dio cuenta de lo que estaba haciendo hasta que el joven la llamó "Monika". La estratagema de apartarle acusándole de seductor y luego sugiriendo groseramente una aventura también habían sido un error de cálculo, pero a duras penas pensaba con claridad. Lo deseaba, y al mismo tiempo quería mantenerle a salvo. ¿Cómo podía protegerle de sí misma?
La pregunta ya no importaba. Había tomado una decisión durante la larga noche, mientras él la abrazaba y lo observaba dormir; la bestia de su interior siempre conspirando, siempre planificando.
—Por favor, no te quedes sin comer por mí —le informó ella a él, el cual se giró un tanto sorprendido. Ella estaba atareada con el lazo de sus cabellos—. Me gustaría peinarme y volver a trenzarme el pelo antes de unirme a los demás, si no te importa.
¿Importarle ver su pelo suelto? No se lo perdería por nada del mundo.
—Creo que esperaré.
Ella frunció los labios, pero no discutió. Hipo se sentó en la cama improvisada y se colocó la cabeza en las rodillas, secretamente complacido por quedarse. Nunca había visto a una chica peinándose, y pronto quedó fascinado con el modo en que los estilizados dedos femeninos soltaban las trenzas para luego deslizar el peine a lo largo de los largos mechones dorados. Un placer tan sencillo, una intimidad cuya existencia desconocía antes de conocer a Monika. El simple hecho de mirarla conseguía relajarlo como nunca antes. Se sentía alguien diferente cuando estaba con ella. Y lo más importante, le gustaba ser ese alguien.
Su hermano se quejaba de que tendía a preocuparse demasiado y a ver la vida con excesiva seriedad, incluso a pesar de saber las razones que había tras aquella actitud. Sin embargo, sus preocupaciones desaparecían cuando estaba con Hipo y él le regalaba toda su atención, como en ese momento. Una vez que conseguía dejar la lujuria a un lado, él conseguía que se sintiese... feliz, aunque no pudiera entender porqué.
—Déjame tranzarte el pelo. —rogó él con voz infantil.
¿De dónde había salido esa idea?
Ella enarcó una ceja.
— ¿Sueles trenzar el pelo de las damas?
—No, pero me gustaría trenzar el tuyo.
Quería sentir los sedosos mechones entre los dedos, envolverse las manos con ellos, dejar que...
—Tal vez en otra ocasión.
No podía creer que ella lo hubiera rechazado. Su asombro debió ser evidente, ya que Monika le dirigió una serena mueca-sonrisa.
—Yo soy mucho más rápida que tú —adujo mientras dividía el cabello en tres mechones y comenzaba a trenzarlos con eficacia—. Además, puede que también sea una de las muchas cosas en las que soy mejor que tú.
Hipo no entendió por qué aquel medio inocente comentario consiguió excitarle, pero así fue. Ella era toda suavidad y curvas, desde la redondez de sus mejillas hasta los torneados tobillos, y tenía la piel tan tersa y ligeramente morena que parecía realmene sonrojada todo el tiempo.
Lo que más lo azoraba y lo que causaba las reacciones más deliciosas ante incluso la más ligera provocación por su parte, era la tensión que existía entre ambos. No le llevó mucho tiempo darse cuenta de que nunca habían coqueteado con él. No de la manera inocente y aceptable en que se coqueteaba con los jóvenes de cualquier castillo del tamaño de Coleway, y desde luego tampoco de formas más clandestinas. ¿Era aquélla la razón, o parte al menos, de que ahora estuviera tan presto a responderle, incluso a empezarlo él mismo, porque era la primera vez que era consciente del deseo de una joven hacia él?
Al pasear la vista por el joven sintió una emoción nueva dentro de sí. Un extraño sentido de posesión hacia él. Celos. O una mezcla de ambos. Los sentimientos le resultaban tan extraños que era imposible saberlo.
La contempló mientras terminaba de hacerse las trenzas y cogía el espejo de la bolsa para examinar su reflejo. Le lanzó una mirada de soslayo y, al descubrir que no le importara en lo más mínimo que anduviera con sus cosas, se sonrojó en tono rosa pálido. No, aquellos rubores le pertenecían sólo a él. Ahora Hipo era suyo, tal y como Gothi había prometido. Suyo. Para hacer con él lo que quisiera. Las posibilidades que le venían a la mente eran infinitas, y todas de lo más placenteras. Debajo del exterior frío de la joven había encerrada una pasión extraordinariamente profunda, y ni ella misma podía esperar a descubrirla.
Gothi le había avisado de aquel atractivo, y la hechicera quizá incluso les había lanzado un conjuro de amor a ambos para acelerar lo inevitable, pero ya no le cabía la más mínima duda de que haría exactamente lo que Gothi le había sugerido y sacaría el máximo partido a aquel tiempo con Hipo. Podía fingir que era una honorable guerrera unas pocas semanas más. Mientras él siguiera ciego a la bestia que acechaba debajo del disfraz, aquel bien podía ser el viaje más agradable de su vida. Solo deseaba que pudiera durar toda una vida.
Era un deseo absurdo, pero una parte de ella anhelaba ser la chica que Hipo pensaba que era. Él le hacía desear merecerle. Por desgracia, la suerte se había echado hacía mucho, y era demasiado tarde para redimirse. No era una guerrera honorable y no le merecía. Cuando él supiera la verdad, aquella farsa llegaría a su fin.
Lo observó mientras se mordía el labio inferior y miró extasiado cómo la joven lo dejaba escapar resbalando lentamente entre sus dientes. Hacía aquello cuando reflexionaba sobre algún asunto, o cuando se ponía nerviosa o se sentía avergonzada. O cuando trataba de reprimir la risa. Ya reconocía las diferencias.
Era simplemente uno de los muchos gestos que producían una oleada de deseo en su interior. A veces la lamían como la cálida y suave atracción de la marea, otras la golpeaban con fuerza suficiente para cortarle la respiración, como ahora. Acababa de besarla, así que, ¿sentiría su sabor en los labios?
— ¿Qué te pasa? —preguntó él, preocupado por lo que quiera que viera en su rostro.
—Nada —respondió de inmediato—. ¿Qué les pasa a las chicas de Coleway?
Hipo ladeó la cabeza perplejo.
— ¿Perdón?
— ¿Por qué no han coqueteado contigo nunca?
Era una pregunta razonable, ya que nada en el mundo habría evitado que ella coquetease si hubiera sido una joven respetable o una dama de Coleway. Cualquier chica con sangre en las venas tenía que sentir lo mismo. ¿Qué fuerza o amenaza las había detenido?
— ¡Sí que han coqueteado! —protestó Hipo acalorado, mordiéndose el labio inferior, sobre todo en el lado izquierdo y con la boca ligeramente fruncida a la derecha. Era el mismo gesto que había hecho el día que salieron de Coleway, el que Brusca había advertido cada vez que él mentía a alguien sobre las razones de su partida. La expresión del joven se volvió defensiva—. He tenido algunas admiradoras.
—Yo he sido la primera a la que has besado —reflexionó ella intentando contener una mueca arrogante—. Pero sin duda no soy la primera que ha deseado fervientemente que la beses.
El joven balbuceó algo en voz baja y su rostro se tornó casi tan rojo como su ropa. Interesante.
—Lo siento —dijo ella—. No te he oído.
Él la miró y Brusca se sorprendió al ver la amenaza de lágrimas en sus ojos, la trémula superficie de un lago azul.
—Es cierto. Eres la primera —repitió articulando cada palabra con mucho cuidado.
¿Pensaba que no le creía? Es cierto que tenía un talento natural para besar, pero ella había reconocido su inocencia rápidamente; en cuanto había sofocado los celos irracionales de que alguien hubiera podido tener contacto con esos labios primero.
—Eso es justo lo que acabo de decir —aseveró intentando mantener el tono amable.
Hipo se retorció las manos en el regazo y no fue capaz de mirarla.
—No, quiero decir que eres la primera a la que he besado, pero también la primera que ha querido que lo hiciera. También fue la primera vez que quise hacerlo.
Oh, Thor querido, realmente creía lo que estaba diciendo.
— ¿Pretendes que crea que ninguna otra mujer o muchacha ha intentado nunca robarte un beso? ¿O ha charlado contigo por el puro placer de tu compañía?
—No pretendo hacerte creer nada —se defendió turbado—. Estoy diciendo la verdad. Tengo tendencia a decir lo que pienso con demasiada libertad, y a la mayoría de las mujeres no les gusta la compañía de hombres obstinados.
— ¿Quién te ha dicho semejante estupidez?
Brusca ya estaba segura de la respuesta, pero el joven tuvo que pensar la pregunta unos momentos.
—Heather —Se encogió de hombros y sus labios adoptaron un ángulo forzado, como si practicara cómo sonreír cuando la gente se burlaba de él para que nadie supiera lo mucho que le dolía—. Mis cortejos fallidos siempre eran fuente de gran diversión para ella.
No eran fuente de ninguna diversión para Brusca, que se preguntó si tendría tiempo de volver a Coleway antes de levar anclas rumbo a Mema. Le gustaría enseñarle a la senescal su idea de diversión.
— ¿Alguna vez has pensado que Heather podía estar detrás de esos fallos, que podía estar orquestándolos?
El joven negó con la cabeza y le ofreció una sonrisa irónica.
—No puedo culpar a nadie excepto a mí mismo. Difícilmente soy el tipo de joven varonil y fuerte que la mayoría de las mujeres parecen encontrar... erótico.
"¡Que no eres erótico! ¡¿Me tomas el pelo?! ¡¿Tienes idea de los esfuerzos que tengo que hacer para no lanzarme a tus brazos en este instante?!" —pensó ella frustrada. Sabiendo que decirlo en alto lo espantaría.
La expresión de sus ojos era casi compungida, aunque al mismo tiempo extrañamente esperanzada. ¿Esperaba que ella lo encontrara erótico? Si es así, felicidades. Misión cumplida, pero, ¿por qué era tan inesperado su interés?
Tenía la prueba justo delante, por increíble que pudiera parecerle. Su modestia y falta de vanidad cobraron repentino sentido: Hipo pensaba que carecía de cualquier tipo de atractivo.
—Heather las amenazó —dedujo imaginándose los hechos—. Usó alguna amenaza para que te rehuyeran, y luego te hizo pensar que era debido a ti. Urdió un plan para minar tu confianza, para evitar que las alentaras.
— ¿Por qué iba a hacer algo semejante?
—Te dije que estaba obsesionada. Te quería para si, sin rivales, ni siquiera rivales que sólo tuvieran permitidos cortejos inocentes. —No añadió que probablemente ella habría hecho lo mismo si hubiera estado en el lugar de Heather. Pensar en cualquier otra tocándole, besándole, la hacía apretar los puños—. ¿De verdad eres tan poco consciente de tu atractivo?
Él lo miró con ojos cautelosos y Brusca pudo ver que así era. Su mirada se había vuelto desconfiada, como si estuviera esperando a que ella la hiciera caer en una trampa oculta. En aquel preciso momento podría degollar a Heather alegremente. Podía entender que quisiera hacerle suyo, pero, ¿quebrantar su espíritu? No podría entenderlo nunca. Afortunadamente, ella no había cumplido su objetivo. Estaba magullado, pero entero.
Tal vez pudiera curarle.
El pensamiento se alojó en su cabeza y se negó a ser silenciado a pesar de no tener ningún sentido. Ella destruía, no sanaba. Aun así, la idea la fascinaba. Sentía la ridícula necesidad de hacerle feliz, de mantenerle a salvo y protegido, de hacerle verdaderamente suyo no sólo durante unas pocas semanas, sino todo el tiempo que él aceptara.
Nunca se había responsabilizado de nadie excepto de sí misma. Incluso había dejado a su hermano a cargo de un familiar cuando llegaron a Inglaterra. Donde se enamoró y se caso. Aún así su esposa no fue capaz de hacer menguar su hiperactividad. Dudaba bastante de que siquiera lo intentara. Por descontado, aquello no había salido demasiado bien y aún se sentía culpable por haber pensado que estaría a salvo. ¿Podría abandonar a Hipo y dejar su destino en manos de terceros? Y por otra parte: ¿Querría el joven que ella se responsabilizara de él?
Su mente corrió hacia el futuro, hacia el inevitable día en que él descubriera que no era Monika la Cebrantahuesos. Aquél sería el día en que sus sonrisas se convertirían en súplicas afligidas, el día en que se acobardaría cada vez que lo tocara del modo más inocente. Con todo, no había razón para que Hipo conociera su engaño hasta que estuvieran en un barco rumbo a Mema. Había previsto mantenerlo secuestrado en Londres y no revelar ni un ápice de la verdad hasta que estuvieran en el mar, y aquella parte del plan no tenía por qué cambiar. Además, existían bastantes posibilidades de que él nunca descubriera que era una célebre asesina. Sus hombres no revelarían nada si ella lo prohibía, y podía contarle las verdaderas razones por las que el rey quería que abandonara Inglaterra para siempre. Tampoco había motivos para ocultarle el motivo de su secuestro; que le debía a Eduardo un favor, que realmente le había salvado la vida. ¿Sería suficiente para recuperar su confianza?
Incluso si conseguía ganarse su perdón, el siguiente obstáculo sería convencerle de que viviera con ella como su amante. Seguía decidida a tomar un esposo totalmente vikingo para formar una alianza política y garantizar la seguridad de su familia en la futura Mema reconstruida aunque la idea se volvía menos atractiva con cada día que pasaba con Hipo. Sin embargo, no renunciaría a todos los planes que con tanto cuidado había trazado por un encaprichamiento con un chico que ni siquiera conocía su verdadero nombre y al que pretendía convertir en su amante antes del trascendental descubrimiento. Tal vez lograra que cambiara de opinión pero, tal como estaban las cosas, suerte tendría si él no salía corriendo y gritando.
El joven nunca accedería a ser su amante si supiera que tenía la alternativa de ingresar en un monasterio. Ser monje era algo aceptable para un hombre de su posición, pero vivir en pecado con una mujer... era otra cuestión.
No tiene por qué saber nada del monasterio, le susurró la bestia de su interior. En vez de ello, le haría entender lo bien que lo trataría, el cómodo y lujoso estilo de vida que llevaría. Lo instalaría en algún gigantesco palacio en el que pudiera hacer uso de todas las habilidades de castellano que tanto apreciaba. Podía imaginarlo allí, en un balcón con vistas al mar de Mema, sonriéndole. También podía imaginarse a sí misma junto a él, disfrutando de su inocente y obstinado atractivo.
No, decidió, él era demasiado especial para encerrarlo en un monasterio. Era una maestro del engaño, y haría todo lo que fuera necesario para retenerle a su lado. Le mentiría el resto de sus vidas si con ello conseguía que se quedara con ella voluntariamente. Hipo era su recompensa por todos los años que había pasado en la oscuridad, ocultando quién era realmente.
— ¿Monika?—la llamó él en tono nervioso.
Ella sonrió sin esfuerzo, colmada de nueva determinación.
—Hipo Horrendo Abadejo III, eres el hombre más atractivo que he conocido nunca.
El joven pestañeó varias veces muy despacio, como si esperara que ella fuera a desaparecer cada vez que abría los ojos. Estaba sentado en paralizado silencio y respiraba agitado.
Brusca le había mentido en casi todo lo demás, pero en aquello sería completamente honesta. Hipo conocería sus verdaderos sentimientos hacia él.
—Es verdad —le aseguró—. Hipo, aunque hubieras sido el chico más obstinado de la cristiandad, yo habría encontrado la forma de coquetear contigo si hubiera sido una dama de Coleway. He deseado besarte, que me besaras, desde el momento en que nos conocimos.
La boca del joven formó una deliciosa "O", pero no emitió ningún sonido. Era realmente irresistible.
Le acunó la mejilla y le besó primero el labio inferior, luego el superior, y después ambos labios a la vez cuando él se recuperó lo suficiente para responder a sus demandas, pero se retiró antes de que la tentación fuera imposible de vencer.
Hipo frunció el ceño, contrariada, y bajó la vista.
— ¿En qué estás pensando?
—Apenas sé que pensar —murmuró. La miró con desconfianza de nuevo—. Ayer no me querías, hoy sí. Estoy... confundido.
—Ayer aún intentaba resistirme —confesó. Le acarició la mejilla con las yemas de los dedos y percibió claramente el escalofrío que le atravesó—. Debería haber sabido que era una causa inútil; yo, intentando ser noble.
Hipo emitió un pequeño sonido de desacuerdo y se mordisqueó el labio inferior. Brusca reconoció el gesto de inmediato: Incertidumbre.
— ¿Realmente te seduje anoche?
—Sí —afirmó ella sin poder evitar sonreír.
La estaba seduciendo en ese mismo momento.
—No era mi intención —admitió él.
—Lo sé —concedió Brusca—. No tienes que esforzarte mucho en intentarlo. De hecho, no tienes que intentarlo en absoluto. Que los dioses me ayuden si decides seducirme intencionadamente. Me dejarías reducida a cenizas.
Los labios masculinos se curvaron hacia arriba. Thor, si Hipo supiera el poder que podía ejercer sobre ella...
—No intentaré distraerte de nuevo... cuando no quieras ser distraída.
—¡¿Hum?!
Sí, era mucho más peligroso de lo que ella creía. Era hora de que ambos se alejaran del refugio que ofrecía el sauce o cedería y decidiría pasar el día allí.
—Ahora es uno de esos momentos en los que no quiero ser distraída. Tenemos que desayunar y partir.
—Oh. —Parecía sobresaltado, como si hubiera olvidado dónde estaban—. Por supuesto.
—Deja eso — dijo Brusca cuando él comenzó a recoger el manto y la silla de montar. Se levantó y apartó un puñado de ramas de sauce indicando la salida—. Patapez vigila los dragones. Refresquémonos y luego busquemos algo de comer.
El joven apresó el labio inferior con los dientes y dudó. Un suave rubor le tiñó las mejillas y Brusca imaginó el problema con bastante facilidad.
— ¿No me digas que te falta valor para enfrentarte a un chaval inofensivo —bromeó—. ¿Un chico que ha huido de su hogar con unas pocas pertenencias y que ha desafiado al sabbat de las Brujas en pleno bosque tiene miedo de un simple y escuálido chico.
—No tengo miedo —se defendió levantando la barbilla—. Solo estoy avergonzado, y tú también deberías estarlo.
—Vamos, eres un hombre. No deberías avergonzarte con estas cosas. —Le pasó el brazo por la cintura y lo condujo fuera del acogedor refugio—. Confía en mí, todo irá bien con Patapez.
La vista fuera del sauce no cogió desprevenida a Brusca, pero le concedió unos momentos a Hipo para que sus ojos se adaptaran de la sombra al brillo del sol. El árbol bajo el que habían dormido se hallaba en medio de un pequeño claro de hierba de un verde oscuro, salpicada aquí y allá por altos matojos de espigas doradas que, por casualidad, habían sobrevivido al invierno. Tras ellos estaba el cerro en el que Chusco debía estar de guardia, y delante la hierba decrecía paulatinamente hasta desaparecer por completo, sustituida por una piedra oscura y moteada a medida que el claro daba paso a un enorme peñasco. Patan estaba sentado con las piernas cruzadas sobre la pedregosa cima con Patapez sentado al lado, ambos de espaldas a Brusca mientras contemplaban el valle de suaves laderas y el exuberante bosque que se extendía ante ellos
El paisaje era, sin duda, magnífico. Brusca había elegido aquel lugar para asegurarse de poder ver al enemigo a kilómetros y huir a la primera señal de peligro. Se preguntó si Hipo advertiría la estrategia y lo cuestionaría. Una vikinga se quedaría y lucharía para proteger a aquellos a su cuidado, sin importar el coste, pero ella no era mujer de tradiciones. Los que corrían vivían para luchar otro día.
Patan miró por encima del hombro, le dio un codazo a Patapez, y ambos se levantaron para quedar de frente a ellos. Aunque Chusco y Patán eran en los que más confiaba, no se parecían en nada ni en el aspecto ni en el temperamento. Chusco parecía un tosco y duro vikingo común, mientras que los músculos exageradamente marcados de Patán hacía que las vikingas de todas las edades suspiraran con anhelo. Irónicamente, de los dos, Chusco era el más bondadoso, mientras que la falta de misericordia de Patán a menudo se acercaba a la de Brusca.
Como un halcón, Brusca vigiló de cerca a Hipo para ver cómo reaccionaba ante el vikingo que era, por descontado, su primo. Para su sorpresa, él parecía tener ojos sólo para Patapez y su expresión era de confusión. Miró a Patapez y se dio cuenta de que algo iba rotundamente mal. El muchacho se había puesto pálido y empezaba a recular al mismo ritmo que ellos avanzaban.
—Es el chico de rojo —dijo en nórdico, levantando ambas manos como si pudiera detener el avance de Hipo.
— ¿Por qué me mira de esa forma? —preguntó él.
—Es el mismo chico que acabas de ver debajo del árbol —le explicó Brusca, también en nórdico—. ¿Qué te pasa?
—No le vi la cara —musitó retrocediendo aún más—. Su cara. Es idéntica a la carta que Chusco me enseñó.
Hipo intentó acercarse a él, y el otro dio varios pasos hacia atrás.
— ¡No me toques!
Las palabras apenas habían sido pronunciadas cuando el talón de Patapez tropezó en una roca y el chico comenzó a caer de espaldas hacia el borde del precipicio. Antes de que Brusca pudiera cogerlo, Patán embistió a Patapez golpeándolo en el costado y lanzándolo con fuerza contra las rocas.
Durante un momento nadie se movió, nadie habló.
—¡Dioses!—exclamo Hipo llevándose las manos al corazón.
Corrió hasta Patapez y se arrodilló junto a él mientras Patán se levantaba y se limpiaba la gravilla de las rodillas. La cabeza del muchacho cayó hacia atrás cuando la Hipo lo cogió en sus brazos. Se había golpeado con fuerza y había perdido el conocimiento.
Hipo le soltó a Patán una mirada que hablaba por si sola: "¡Pero bueno, ¿tú eres idiota o que?! ¡Puede morirse, imbécil!". A Patán eso no pareció importarle. Mientras, Hipo habló.
—No hay sangre y aún respira —informó mientras le giraba la cabeza para ver el feo chichón que ya se le estaba formando junto a la sien—. ¿Tenéis trapos fríos que pueda usar para vendar la herida?
Brusca simplemente se quedó mirándole. ¿De verdad pensaba que tenía trapos fríos por allí, esperando a ser usados en una herida? Con un único movimiento de cabeza envió a Patán a buscar lo necesario.
—Qué extraño —murmuró él mientras le palmeaba la mano al niño—. Era casi como si me tuviera miedo. Le he oído llamarme "el chico de rojo" lo cual es sencillamente obvio por mi ropa, y luego algo sobre mi rostro. ¿Qué más te ha dicho?
—Te tiene miedo —le explicó Brusca, mirando ceñuda al ex esclavo. Era mejor que Hipo conociese la verdad, pues Patapez posiblemente tuviera una reacción exagerada cuando despertara—. Le recuerdas a un adolescente malvado el cual su ex dueño se había inventado para que no intentara escapar de él y, ¿por qué no? Para que mojara la cama. Un espíritu maligno que a veces se disfraza de chico corriente.
— ¡Tienes que decirle que está equivocado! —Miró a Brusca y luego a Patapez—. Supongo que volverá a aterrorizarse si despierta y me ve rondándolo. —Se levantó y se acercó a ella—. Tendrás que atender su herida.
—No hay nada que atender —señaló ella—. Le vendaré la cabeza cuando vuelva Patán, pero eso es todo. No es más que un golpe.
Hipo le colocó las manos en el costado y trató de empujarla hacia el muchacho.
—Tienes que sentarte con él hasta que despierte. Todo herido debería tener a alguien sentado a su lado.
Brusca quería preguntarle quién lo había dejado solo cuando estaba enfermo, pero en vez de ello lo sujetó de las muñecas y lo llevó de nuevo con Patapez.
—Atender a los que tienen mala suerte no es mi trabajo y tú no tienes otra cosa que hacer. Patapez superará su miedo en cuanto vea que no quieres hacerle daño, y luego podrás vendar su herida.
Patapez comenzó a agitarse. Un momento después abrió los ojos e intentó golpear a Hipo. Brusca, consciente de que él no sabía lo que hacía, le sujeto los brazos contra el suelo antes de que Hipo pudiera jadear de sorpresa
—Jamás volverás a levantarle la mano a este joven ni la llamarás cosas insultantes—le ordenó en nórdico—. ¿Lo has entendido?
—Oh, sí, compañera.
— ¿Cómo te encuentras?
Patapez le dedicó a Hipo una mirada que indicaba que preferiría estar en un nido de víboras antes que con él, pero finalmente lanzó un suspiro de resignación y se tocó con cuidado la cabeza.
—La luz me hace daño en los ojos y hay un demonio dentro de mi cabeza aporreándome el cráneo con un martillo.
— ¿Está bien? —se interesó Hipo—. ¿Tienes algo que pueda beber?
—Sí —asintió Brusca—. Hay un odre junto a mi silla, debajo del árbol. ¿Puedes traérselo?
Él hizo un gesto afirmativo con la cabeza y fue a cogerlo.
Brusca aprovechó para hablarle rápidamente a Patapez, con la esperanza de que Hipo no pudiera traducir su conversación si alcanzaba a oírles.
—Él entiende el nórdico si se dice alto y claro, así que ten cuidado con lo que dices en su presencia. O mejor, no digas absolutamente nada. ¿Entendido?
—Lo siento, compañera —se disculpó Patapez en voz baja lanzando otra mirada preocupada mirada a Hipo—. Chusco me enseñó las cartas y me dijo...
—¿Cuantas veces tengo que decirte que no hagas caso al idiota de Chusco? ¿Que no ves que quiere burlarse de ti y de todo el mundo? No has hecho daño a nadie excepto a ti mismo —lo interrumpió Brusca—. Pero lo has insultado, y eso no volverá a ocurrir. Para demostrar tu arrepentimiento, dejarás que cuide de ti y te mostrarás agradecido.
El chico insintió, aunque su mirada delataba su miedo.
—No te volveré a fallar. Por favor, dejame demostrar que soy útil.
—No demuestres ser una carga —le advirtió Brusca.
Patán volvió casi al mismo tiempo que Hipo, trayendo en la mano lo que una vez fuera una delicada camisa de lino y ahora era un ordenado montón de vendas chorreantes que dejó en la hierba, junto a Patapez.
— ¿Ayudo a Chusco a preparar los dragónes? —preguntó Patán, visiblemente aburrido, volviéndose hacia Brusca.
—Sí, de hecho ya deberíamos haber salido —aprobó ella.
—Patapez no puede montar—repuso Hipo—. Mírale los ojos, todavía no está bien del todo.
—A mí me parece que ya se ha recuperado.
—¡Necesita descansar!
—Rotundamente no —zanjó Brusca. Le dio un suave empujón al hombro de Patapez y volvió a hablar en nórdico—. ¿Puedes montar?
—Sí, compañera —Patapez ignoró la mano extendida de Hipo y se puso en pie a duras penas. En su esfuerzo por mantener el equilibrio se tambaleó adelante y atrás y luego se hundió de nuevo en el suelo, de rodillas sobre la roca, respirando con tanta dificultad como si hubiera corrido una larga carrera—. No me encuentro tan bien. —rectificó.
Hipo no necesitó que le tradujeran las palabras de Patapez. Se volvieron desafortunadamente obvias para todos cuando un momento después se inclinó hacia delante y vomitó el desayuno.
—Pensándolo bien, podrías esperar para preparar los dragones — le dijo Brusca a Patán.
Una hora más tarde, poco se podía hacer por el chico. Hipo anunció que el golpe requeriría un día o dos de descanso antes de que las náuseas y el mareo desaparecieran. Para suavizar el olor, Patán echó arena donde Patapez se había indispuesto. Hipo le vendó la cabeza, recogió los ingredientes necesarios para hacer un té de corteza de sauce, y luego se encargó de que el muchacho descansara cómodamente debajo del árbol, en el lecho que Brusca había dejado vacío hacía tan poco. Todo lo que quedaba por hacer era esperar a que la hinchazón bajara.
El tiempo era un bien preciado, pero su ventajosa posición les permitiría avistar a sus posibles perseguidores y huir a toda prisa, si fuera necesario. Podían esperar un día como mucho, decidió Brusca mientras estudiaba el sol de mediodía. Le daría al chico ese tiempo para recuperarse y luego, de una u otra forma, continuarían adelante. Cabe decir que no se arrepentia de haberlo salvado hace un mes. Pero si que tenía ganas de cortarle el cuello a Patán.
Entretanto, había algo que podía hacer para tranquilizarse. Indicó a Patán que la siguiera hasta la cima del cerro en el que Chusco vigilaba los caballos atados y la zona este del valle. Era la primera oportunidad real para hablar con sus hombres sin Hipo pegado a su talones, y les aseguró que todo iba según lo planeado antes de repasar los detalles específicos.
—A estas alturas ya habrá partidas de búsqueda de Coleway tras nosotros —reflexionó—. La verdadera Monika les habrá puesto sobre aviso y descubrirán que no tengo intención de llevar a Hipo al castillo de Estoico. El conde Hofferson no está lejos, y es posible que haya bajado a Coleway a ofrecer sus servicios en la partida de búsqueda. Tenemos que asumir que una o más de las partidas optarán por el camino a Londres; de hecho, será la primera ruta que sigan y en cuanto se den cuenta de que Hipo no está en manos de Monika voy a volver sobre nuestros pasos para ver quién va tras nosotros. Hermano, si no he vuelto antes de que salga la luna, ven a buscarme.
—Ya había empezado a preparar los dragónes para nuestra partida—indicó Chusco, quejandose un poco, pero también orgulloso de si mismo—, así que nuestro dragón está ensillado y listo, ¿No tienes nada que decir?
—Excelente —dijó y su mellizo se creció ante eso.
—Hay otra solución a este problema, idiotas —adujo Patán antes de que Brusca se apartara de ellos—. Vosotros tres podríais partir mientras yo me quedo aquí con el torpe de Patapez. Puedes decirle a mi primo que os alcanzaremos en un día o dos, y si Patapez no se recupera pronto...
Patán encogió los hombros de un modo que dejaba pocas dudas sobre la suerte del muchacho si su malestar persistía.
—Si ésa fuera mi intención, podría eliminarlo poniendo veneno en el té de corteza de sauce, descerebrado —le respondió Brusca—. Simplemente parecería que había muerto del golpe en la cabeza e Hipo nunca lo habría sabido.
Sacudió la cabeza sintiéndolo de veras por el chico; la suerte de Patapez había dado un claro giro para peor. Era una cuestión de simples matemáticas; perder una vida o cinco. Aun así, le había cogido cariño en las semanas transcurridas desde su rescate, y tenía la impresión de que Hipo también sentía debilidad por él.
—Aún no estamos tan acuciados. Le daré el día y la noche de hoy para recuperarse, y luego decidiré. De momento, Hipo parece haberse interesado en el chico y eso puede resultarnos útil.
—Si tú lo dices...
—Si encuentro una partida de búsqueda más cerca de lo esperado volveré pronto —les informó—. En caso contrario, volveré a veros más o menos cuando salga la luna.
