Él reconoció el sendero enseguida. Lo había recorrido mil veces, cuando todavía la vida era fácil y Kyoko y él se amaban porque siempre había sido así. Kuu corre delante de ellos, persiguiendo alguna valiente mariposa que se atrevía a desafiar a los últimos días del invierno, con el ladrido de los perros coreando sus risas. Les llegan claras y altas sus carcajadas cuando consigue salvar de un salto un tronco caído. Kyoko lo mira, con los ojos llenos de afecto —como toda madre debería mirar a sus hijos—, e inadvertidamente, se lleva la mano al vientre.
El viejo roble parece el mismo. Ciertamente, siete años no son nada para un ser que perdurará mucho más allá de tus efímeros años en esta tierra, y que seguirá aquí cuando los huesos de los hijos de tus hijos no sean más que polvo.
Kyoko toma asiento bajo su fronda y acomoda sus faldas sin perder de vista a su retoño. Kuon, sin poder evitar el asalto de los recuerdos de esas otras veces —ya lejanas—, cierra los ojos y se sienta junto a ella.
—Kyoko… —dice él, aclarándose la garganta. Pero ella le interrumpe.
—No. Déjalo. Sea lo que sea lo que fueras a decir, ya no hace falta.
—Kyoko… —repite él, esta vez con tristeza en la voz.
Ella cierra los ojos y una sombra de pesadumbre, eco de las tristezas pasadas, pasa rozando su corazón.
—No necesito oírlo, Kuon —le dice, ladeando un poco el torso para quedar frente a él—. Ya hace mucho tiempo que llegué a un entendimiento entre tus razones para irte o quedarte —Kyoko se encoge ligeramente de hombros—. Simplemente, pesaron más las primeras…
—Pero yo no sabía que tú… —comienza a decir él, hasta que la mirada furiosa de Kyoko lo frena en seco.
—No lo digas nunca —susurró en ese tono tan deliberadamente bajo y duro que era casi un grito—. Jamás —Kyoko miró hacia donde su hijo seguía jugando ajeno a su conversación, luchando con un palo contra imaginarios caballeros de zarzamora que portaban espinas en vez de espadas. Y mientras el niño mantiene combate singular, los perros hacen lo habitual en estos casos: contemplar la escena preguntándose si su pequeño amo se ha vuelto loco—. De nada sirve ahora estarse preguntando qué hubieras hecho de saberlo… —Ella deja salir lentamente el aire de sus pulmones—. El momento pasó… La vida, una vida entera, pasó… —Y justo aquí, sus ojos fieros se suavizan, vaciándose de esa dureza de antes—. Kuu ya tiene un padre. Deberías verlos cuando están juntos…
Y de nuevo el silencio. Pero en el pecho de Kuon, se remueve la pregunta que lleva siete años oculta en un rincón oscuro, pero extendiendo sus raíces, nutriéndose de la culpa y el remordimiento, creciendo hasta ser demasiado grande como para ignorarla.
—¿Me odias? —pregunta Kuon, sin darse cuenta del anhelo en su voz.
—¿Odiarte? —Ella le mira escandalizada—. Nunca pude odiarte, Kuon —declara ella, con un suspiro—. Una parte de mi corazón siempre será tuyo… Crecí y jugué contigo, te amé porque era lo único que sabía hacer… Eres parte de mí, eres parte de los recuerdos, en su mayoría felices, de la niña que una vez fui. Me heriste, sí —Él cierra los ojos, deseando que las cosas hubieran sido de otra manera, deseando que sus acciones no hubieran provocado tanto dolor a aquellos que amaba—, me quebraste de maneras que no sabrás nunca, pero —Y él sabe que aquí viene el golpe de gracia, la ruptura definitiva de sus lazos con la Kyoko que dejó atrás— aprendí a vivir sin ti… Ren me enseñó a vivir de nuevo.
—Él te ha amado siempre… —dice él tras un momento, pensando quizás por vez primera cómo habrá tenido que ser para Ren vivir teniendo a Kyoko tan cerca y a la vez tan lejos.
Ella asiente.
—Me amaba incluso cuando no había esperanza. Me amaba cuando estaba rota —Kyoko calla y deja salir un nuevo suspiro—. Me ha salvado tantas veces, Kuon…
—¿Pero? —agrega él, frunciendo levemente el ceño.
—No hay peros, hombre… —protesta ella, y luego añade—. Me enamoré, simplemente me enamoré.
—Se lo debes todo.
—Le debo mi vida, sí… En más de un sentido… —y Kuon sabe que no habla solo de un corazón roto o de una honra mancillada—. Pero —Kyoko agita la mano en el aire—, esta vez sí hay un pero —Los dos se miraron y se sonrieron, agradecidos por el respiro de seriedad de la broma compartida—, no lo amo por ser un padre ni un esposo, no te confundas —Los ojos de Kyoko se llenan de ternura, y una sonrisa suave e inconfundible adorna sus rasgos—. Lo amo por ser quién es, con sus luces y sus sombras. Lo amo porque cuando yo caigo, él es mi fuerza. Y cuando él flaquea, yo estoy a su lado —Alza la mirada, y lo ve, a Kuon, mirándola, prestando atención a cada palabra suya—. Caminamos juntos en la vida que tenemos, hombro con hombro. Juntos, Ren y yo... —Kyoko acaricia con el pulgar la sencilla alianza que lleva en la mano izquierda desde hace siete años—. Hasta que la muerte nos separe.
La fría brisa agita las hojas del viejo roble, y el susurro de los árboles parece decirles que la vida siempre retorna tras el invierno.
—Quiero que sepas que soy feliz, Kuon —le dice, mirándolo a los ojos—. Y espero, y deseo, que un día tú también lo seas…
Él asiente y sus ojos verdes brillan húmedos. Los hombres no lloran, Kuon… Pero su corazón parece aligerarse de una de sus cargas y siente el alma más ligera. Exhala profundamente, vaciando el pecho muy despacio, dejando que el aire se la lleve consigo. No solo es perdón lo que Kyoko le otorga con esas dos sencillas frases. Es también el deseo de que él encuentre su propia felicidad, porque alguien como él la merece. Porque a sus ojos, los de Kyoko, a pesar de todo, a pesar de él y sus errores, Kuon es digno de ser feliz algún día. Luego, cuando cree que podrá hablar sin que su voz le traicione, carraspea, pero aún le cuesta encontrar la voz.
—Se parece tanto a mamá… —dice, mirando al pequeño Kuu.
Kyoko asiente con la cabeza, prefiriendo recordar a la feroz y hermosa Julienna Hizuri, y no a la madre que languideció de tristeza añorando al hijo ausente.
—Pero tiene el encanto de su abuelo —añade ella—. La mitad de las matronas de la aldea le presentan a sus hijas y la otra mitad le dan dulces a escondidas.
—¿De veras? —pregunta él, enarcando una ceja.
—Él nunca dice que no a un dulce… —responde ella, con una resignación fruto de la experiencia, pero sus labios se curvan en una sonrisa.
Kuon también lo hace, también sonríe contemplando los juegos de Kuu, pero su mirada se torna seria cuando vuelve a hablar.
—¿Podré verle? —Y Kyoko se estremece por el anhelo que escucha en su voz—. ¿Podré regresar?
—Este es tu hogar, Kuon —le responde—. Y siempre serás bienvenido. Verás a tu sobrino siempre que tus pies te traigan de nuevo al norte…
—Mi sobrino… —Sí, el pequeño Kuu es el hijo de su hermano. Nunca lo olvides, Kuon… Así debe ser… Pero luego sonríe y añade—. Y los que estén por venir…
Ella sonríe de nuevo, pero es la suya una sonrisa más brillante, más resplandeciente, porque la dicha se le desborda en la mirada, y posa con suavidad la mano sobre su vientre.
—Sí, y los que estén por venir… —repite ella—. Ahora, si me disculpas —añade, poniéndose en pie y alisando sus faldas—, tengo que hablar muy seriamente con mi marido sobre cierto asunto que requiere su inmediata atención…
—¡Oh! —A sus ojos asoma un destello burlón—. ¿Por casualidad te refieres a esa conversación de antes? —Kuon agita una mano en el aire, con exagerada teatralidad—. Ya sabes, ¿esa sin palabras?
—Sí, a esa misma —responde ella, sin saber si ruborizarse o no. ¡No todos los días se declara una a su esposo! ¡Ni al revés!
—¡Kuu! —llama Kuon. El pequeño suelta su humilde palo, enaltecida espada, y acude corriendo.
—¿Sí, tío?
Él se inclina hasta dejar el rostro frente al suyo, y le susurra, como si fuera la más estricta de las confidencias:
—¿Te he contado de aquella vez que me quedé atrapado en un barco en llamas?
Kyoko los mira, su hijo bebiendo de las palabras de su tío, los ojos llenos de asombro y admiración. El tío, contando su historia con pasión, exagerando los ademanes y los gestos, impostando las voces...
El corazón de Kyoko se agita con inquietud tan solo de pensar qué habrá de cierto en esas historias de truculentas aventuras que le cuenta al pequeño. No tiene que haber sido fácil para él volver y enfrentarse a sus fantasmas…
De nuevo un suspiro.
Es un Hizuri. Como el brezo del páramo, sobrevivirá al invierno.
- - FIN - -
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NOTAS:
En los países británicos, la alianza de casados se suele llevar en la mano izquierda, y el anillo de compromiso en la derecha.
Lamento que en general no les gustara mi solución de los capítulos anteriores (a partir del ocho) para justificar el regreso de Kuon. Pero nunca quise que fuera el villano. Quise que lo pareciera, pero no que realmente lo fuera. Kuon es otra alma que ha sufrido, y a la que aún le queda mucho por sanar. Principalmente, porque está solo, aunque haya sido por propia elección.
Gracias por acompañarme en esta aventura, porque sin duda lo ha sido. Abrazos.
