Capítulo 10

Draco se unió a la batalla por Hogwarts al día siguiente a la tragedia. Theodore, que no había sido marcado – no tenía planes de iniciarse, realmente – se mantuvo al lado de Harry. Él no se sintió abandonado cuando Draco se fue, sin mirar atrás, con la venganza escrita en su mirada gris. No, aquello era algo que Harry también quería. Ir a Hogwarts, buscar a Zabini (tenía que estar allí) y destrozarlo hasta que suplicara por morir.

Harry, sin embargo, se quedó atrás. Junto a Severus, reparó el daño que Dumbledore y los suyos habían hecho a su nuevo hogar, colocaron protecciones extra, y finalmente llevaron a cabo el encantamiento fidelio. Theodore fue el testigo y Harry el guardián secreto. Draco les ayudó a enterrar a James. Harry no podía moverse, tan sólo no conseguía que su cuerpo le respondiera.

Severus permaneció a su lado en todo momento. Él no hablaba, pero Harry sabía que estaba desolado. Era algo extraño, pues aunque Harry también se sentía a punto de llorar cada vez que pensaba en James, le invadía una rabia muy profunda dirigida hacia Zabini. Pero Harry no veía eso en los ojos de su padre, no había esa animosidad que tan bien se reflejaba en sus ojos cuando discutían en su clase de Pociones, en aquel tiempo en que Harry todavía era el Gryffindor perfecto.

—Severus. —le llamó. Cenaban tranquilamente. Últimamente, la casa estaba muy silenciosa. Siempre era James el que montaba bulla, recordó Harry con pesar. —Pensaba unirme al asedio.

—Sé que estarás bien. —murmuró el hombre, apenas mirándole. Se le veía distraído. —Pero piensa las cosas antes de actuar. —Harry asintió. Lo siguiente que dijo su padre no se lo esperó. —Esta casa es demasiado grande para uno solo.

Se quedaron callados de nuevo. Harry se preguntó si estaría haciendo bien, pero en seguida retiró esos pensamientos de su mente. No podía encerrarse en aquella casa a ver el tiempo pasar solo porque tenía miedo de morir. Harry se rascó la cabeza, decidido. Al día siguiente, buscaría a Draco y marcharía a Hogsmeade a ver cómo estaba el panorama. No tenía siquiera que hablar con el Señor Oscuro o pedirle que le dejara ir.

Todos estaban invitados a participar. El Señor Oscuro ya había organizado todo para que siempre hubiera alguien en el campo de batalla, y les había dado permiso a todos los demás para que fueran a ayudar si querían. Tan solo debían atenerse a las consecuencias: si luego Él los llamaba, sus mortífagos acudirían, sin rechistar. A Harry le parecía buen plan. Sabía que había gente yendo a Hogsmeade como voluntarios, y no le parecía raro.

Harry conocía a bastantes mortífagos, de hecho. Estar tanto tiempo en la mansión tenebrosa sin poder salir solía tener esos efectos. Del viejo grupo conocía a casi todos, y de los nuevos, no a tantos; pero había bastantes que, si no estaban obligados a participar en el asalto, estarían allí como voluntarios. Bellatrix Lestrange seguramente pasaría por Hogsmeade cada cierto tiempo para desahogarse.

Había gente hecha para la pelea, y había gente que no. Harry lo entendía, era algo que había entendido desde hacía tiempo, incluso antes de unirse a la causa. Sirius, por ejemplo, siempre había mostrado más interés en pelear que en cuidarle. Los Lestrange también estaban hechos para la batalla. El señor Malfoy, sin embargo, no. Si en el pasado había sido un luchador nato, Harry no lo sabía, pero ahora él prefería vivir rodeado de su familia, en las comodidades de su hogar.

No estaba mal, Harry no lo culpaba. Era lo que él había pretendido hacer, al fin y al cabo. Y ahora, ese sueño quedaba atrás. No lo olvidaba, pero tenía otros asuntos más urgentes que atender, como por ejemplo, matar a Zabini. Una voz en su mente, no obstante, le pedía que lo dejara estar. Quizás terminara todo peor si trataba de buscar venganza, pero Harry se iba a arriesgar. No era valentía o locura, y había dejado el sentido del deber aparcado hacía un tiempo, pero eso era algo que tenía que hacer. Aunque fuera para poder continuar.

—Draco. —le llamó Harry, encontrándolo en la mansión oscura por la mañana, demasiado temprano. El chico se vestía en silencio, colocando su túnica de mortífago encima de la ropa.

—Harry, ¿qué tal estás?

—Bien. O todo lo bien que pueda estar. —agregó Harry sin querer ver la mirada escéptica de Draco. Había pasado menos de un mes tras la muerte de James. —¿Te importa si vamos juntos?

—Sabes que no, idiota. —Draco le besó en los labios, terminando de alisarse la túnica. —¿Te vas a unir al asalto?

—Sí. No puedo estar más tiempo en casa sabiendo que… Que Zabini está ahí, regodeándose de mi dolor.

—Harry, necesitas tranquilizarte. —le dijo Draco con voz autoritaria. Harry giró la cara; ya lo sabía, pero era difícil, siempre había sido difícil controlar la rabia, la ira que subía por su pecho amenazando con quemarle, más que cualquier otra emoción. —No hagas nada arriesgado, ¿de acuerdo? Nos mantendremos juntos.

—No dejaré que te hagan daño alguno. —la mano de Harry tomó la de Draco. Los dos sonrieron, sabiendo que la promesa iba en los dos sentidos.

Llegaron a Hogsmeade por la red flú. Aparecieron en Las Tres Escobas, que estaba abarrotada de leales al Señor Oscuro. Madame Rosmerta les atendía y, sorprendentemente, todos pagaban sus bebidas. Si no fuera por los crímenes que esos hombres y mujeres habían perpetrado, aquel sería un día normal en la taberna. Draco estiró de la manga de su túnica de mortífago, instruyéndole para que le siguiera afuera. Madame Rosmerta le lanzó una mirada sorprendida al verle, pero Harry no dedicó ni una onza de energía a la mujer.

Nadie estaba encapuchado, ni llevaban máscaras. Todos aquellos magos y brujas que peleaban por el Señor Oscuro se mostraban a la luz del día con sus rostros descubiertos. Harry hizo una mueca: ya habían ganado, ¿por qué Hogwarts seguía resistiendo? Draco le acompañó hacia la estación de Hogsmeade. Empezaba a oírse el ruido de pasos acelerados y rápidos. Estaban preparando algo.

En la estación había bastante gente. Unos cuantos guardaban el perímetro, no queriendo ceder ni una pulgada del territorio obtenido. Otros corrían de aquí a allá con cajas de pociones, abasteciendo al resto. El grueso, todos mortífagos, estaban reunidos en torno a una mesa, discutiendo el siguiente movimiento. A Harry no le costó imaginárselos a todos con uniformes militares. La escena era demasiado parecida a la de algunas películas muggles bélicas. Bellatrix estaba allí, escuchando los reportes del que debía de ser el jefe de estrategia de la operación.

—Señora Lestrange. —saludó Harry a la mujer, situándose a su lado. Draco hizo un movimiento con la cabeza, reconociéndola. —No me sorprende verla aquí.

—Dejo mi granito de arena de vez en cuando. —contestó ella. Se aclaró la garganta antes de continuar. —Me enteré de lo de Potter. No se os ha visto mucho ni a ti ni a Snape desde entonces.

—Hemos estado ocupados.

—Por supuesto. Tengo entendido que os traicionaron. Blaise Zabini, me comentó Draco. —Harry asintió con sequedad. —En fin, no deberías aislarte tanto, Harry. Podrían empezar a pensar que no tenéis verdadero interés en la causa.

—Estoy aquí, es lo que cuenta. —gruñó. Draco le apretó la mano como advertencia. Ella no era su enemigo, ella no era con quien debía discutir. Y sin embargo, Bellatrix era la que ponía en duda la lealtad de su familia.

Lestrange no contestó a eso. Dirigió su atención a la estrategia que planeaban para ese día, y Harry y Draco hicieron lo mismo. Harry empezó a pensar que ser el jefe de ese asalto debía de ser muy aburrido, pues todos los días batallaban y aún así tenía que explicar la estrategia cada mañana. Le escuchó a medias, confiando en que Draco tomara nota de todo; tenía que acostumbrarse a ese ambiente rápido para dejar de perder información.


Nota: Solo es algo que Harry haría... Aunque seguramente al Harry cannon le habría costado mucho menos lanzarse a la batalla ;)

Saludos,

Paladium