Capítulo 10: Reversión fallida
Dudosos y con los latidos retumbando en sus oídos, debido al nerviosismo, los dos miraron el estanque de agua termal, delante de ellos. Los hilos de vapor que subían a la superficie a manera de ligera neblina, les indicó la agradable temperatura que debía tener el elemento líquido, sólo aguardando para sumergirlos en la placentera sensación de un baño caliente.
Oh, sí, no podían aguardar por quitarse la viscosidad del cuerpo y los granos de arroz del cabello, pero la idea de hacerlo juntos, aún no sonaba muy convincente. El silencio se había vuelto algo incómodo desde hace varios minutos, pues ninguno se atrevía a decir nada. La incertidumbre de qué hacer o cómo actuar ante la extraña situación, los tenía ocupados con miles de pensamientos en sus cabezas.
La figura femenina de cabellos azabaches apretó la cinta de tela en su mano —con la cual debería taparse los ojos—, y con decisión, se sacó los zapatos para dar el primer paso hacia adelante.
—¿Qué haces? —preguntó el platinado, dudoso, viendo como su acompañante se adentraba lentamente en el agua.
—¿Qué más? Intento bañarme para quitarme el almuerzo de encima —contestó la muchacha con voz masculina.
—¿Sin cubrirte los ojos? Además, con la ropa puesta no podrás limpiarte bien, Inuyasha.
La azabache abrió los ojos con sorpresa y se giró hacia el platinado —con el alma de una aparentemente inocente chica adentro—. Nah, su comentario debía tener segundas intensiones, no creía que Kagome fuera tan tonta.
—Entonces, ¿prefieres desnudarte? —sugirió Inuyasha aún sin creérselo.
Al parecer, Kagome no se había dado cuenta del significado de sus propias palabras en primera instancia, por lo que se sonrojó y comenzó a negar, alterada, con la cabeza y sacudir sus manos. ¡Qué torpe! Ahora Inuyasha pensaría que era una pervertida que quería ver lo indebido.
—Yo... yo no quise... yo sólo... —tartamudeó, sintiéndose en medio de una situación conflictiva—. No, así está bien. Sólo… no mires NADA, ¿de acuerdo?
—Keh, como si alguien quisiera verte —masculló Inuyasha entre dientes, fingiendo absoluta indiferencia ante el tenso ambiente.
—¡¿Qué dijiste? —inquirió Kagome, empuñando sus manos y tirando sus peludas orejas hacia atrás.
Su agudo sentido auditivo le había permitido captar claramente aquella ofensa hacia su persona, más bien dicho, ¡a SU anatomía femenina! ¿Cómo dejar pasar algo así? Conociendo al orgullo y tonto de Inuyasha, estaba convencida de que ésta, tan sólo era una manera más de molestarla.
—No, nada —sentenció la azabache, dándole la espalda al platinado.
Aunque pareciera tonto, era lo que mejor podía hacer en momentos como estos para ocultar su evidente nerviosismo. De otro modo, no estaba seguro de poder afrontarlo. Su corazón de por sí, ya no podía golpear más fuerte su pecho, llenándolo un torbellino de emociones. Posiblemente, por culpa de las llamadas hormonas femeninas. ¡¿Es que acaso podría existir algo peor para un hombre, que tener que experimentar las complicaciones del cuerpo de una mujer? Seguramente, no.
Kagome suspiró resignada y decidió dejar la inútil discusión hasta allí. De todas formas, se le hacía demasiado extraño gritarse a sí misma. Y, siguiendo el mismo ejemplo que Inuyasha, se adentró lentamente en el pequeño estanque, sumergiéndose hasta la cintura. La sensación relajante del agua caliente era exquisita, así como también, el atrayente aroma que percibió su nariz al momento de mojarse y que, hasta ese instante, no había notado. Cerró sus dorados ojos con deleite. La masculina esencia que se desprendió del haori y de su piel, la envolvió en un refrescante concentrado de un bosque húmedo y perfumado tras un día lluvioso, con su tierra y madera mojada. Se sintió en la gloria.
Un pequeño chapoteo la sacó de su fascinante experiencia olfativa, obligándola a abrir nuevamente sus párpados, y lo que vio, fue a Inuyasha, zambulléndose completamente en el agua para salir nuevamente a los pocos segundos. No supo porqué, pero esa pequeña fracción de tiempo, fue lo suficientemente extraña como para perturbarla. Sus sentidos se agudizaron, atrapándola en un raro hechizo que la mantuvo atenta de cada uno de los movimientos que él hacía, cual toma de video en cámara lenta. Su olfato captó un nuevo aroma deliciosamente floral entre todas esas lentejas y legumbres, atontándola como si le hubiesen dado alguna especie de droga. Su vista detalló el cuerpo femenino —o lo que podía ver de él— con minuciosidad, desde sus sedosos cabellos hasta su pecho, en donde se podía apreciar el nacimiento de sus senos por la transparencia que había adquirido su ropa. Sus orejas peludas se movieron al compás del jugueteo del agua, como si fuese partícipe de una melodiosa sinfonía. ¡Increíble! Nunca pensó que ella —es decir, su cuerpo de mujer—, pudiera verse de una manera tan sensual, visto desde otra perspectiva.
Un cosquilleo se alojó en la boca de su estómago, descendiendo hasta su bajo vientre. Y, de repente, sintió también un espasmo conjuntamente con un pequeño tirón en su pantalón, despertándola de su peculiar encantamiento con espanto. ¡Había algo en su entrepierna!
—Si te quedas solo parada como tonta, no lograrás quitarte todo ese olor a comida de encima —dijo Inuyasha al mirar sobre su hombro y verla estática—. Mi cuerpo también agradecería un poco de aseo superficial, ¿sabes? —Indicó en tono sarcástico.
—I-Inuyasha...
—¡¿Qué? Basta con que te sumerjas un par de veces en el agua y restriegues un poco mi cabello. La ropa la lavaremos después cuando…
—Hay... Hay a-algo en m-mi pantalón...
La azabache levantó una ceja sin comprender. Al principio pensó que, tal vez, podría tratarse de un pez, pero en vista que su supervivencia sería imposible en las calientes temperaturas del agua termal, negó aquella posibilidad. Kagome siempre se escandalizaba por todo, así que, quizás, había topado alguna ramita o algo con su hakama. Con cierta curiosidad, se acercó a ella, chapoteando y examinando la superficie alrededor del masculino cuerpo, para verificar el causante del problema, pero sus ojos chocolates no captaron nada. De modo que, comenzó a mover levemente sus finas manos debajo del elemento líquido, buscando y tanteando al monstruo invisible del estanque y, accidentalmente, se encontró con una sorpresa mucho más grande y aterradora. ¿Acaso eso había sido…? Si su tacto no le fallaba, aquello se había sentido como… No, ¡imposible!
—Kagome... ¿e-estás...? —Las palabras del hombre (ahora mujer) se negaron a salir con coherencia y, sin embargo, se vio obligado a reunir todo su coraje para aclarar sus dudas—. Sal del agua, ¡ahora!
El platinado obedeció sin renegar, y por el tono de alarma que Inuyasha había empleado para exigirle que abandonara el interior de las termas, supo que no se trataba de nada bueno. Ella misma se sentía extraña y algo ansiosa.
—¿Qué… qué viste? —Preguntó Kagome nerviosa, temiendo encontrarse con alguna criatura peligrosa.
—Tú... tú estás...
Inuyasha no podía salir de su estupor. Con ojos grandemente abiertos, cual huevos de chocolate de pascua, señaló a Kagome con su dedo índice desde el estanque, temblando y balbuceando frases incompletas. Ella se tensó y tragó saliva, empezando a temer lo peor. La reacción de él no era nada normal, más aún sabiendo que Inuyasha no se asustaba tan fácilmente por cualquier cosa. Lentamente, descendió su dorada mirada hacia abajo para verificar, por sus propios medios, el motivo de tanto sobresalto —además de la curiosa sensación en su entrepierna—, y lo que notó, fue un gran bulto sobresalir de sus pantalones rojos.
—¡AAAAAAAAAHHHHHHHHH!
Dar el más grande grito de toda su vida, no fue para menos, tras semejante experiencia e impresión de lo insólito.
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El desaforado grito, increíblemente, se extendió por un mínimo de cinco kilómetros a la redonda, haciendo estremecer toda la zona. Las pobres aves salieron despavoridas de las ramas de los árboles cuando todo se sacudió por la fuerte resonancia. Aquellas personas que lo escucharon de casualidad, se preguntaron si, tal vez, se trataría de un animal salvaje a punto de ser degollado por su depredador y, mientras algunos decidieron huir en dirección contraria —por pura precaución—, otros, simplemente, lo ignoraron.
Y, ¿quién diría que aquel escandaloso alarido llegaría hasta los oídos de un pequeño grupo, conformado por cuatro miembros, siendo tres de ellos de raza demoniaca y la faltante, una pequeña humana?
—¿Qué fue eso? —preguntó la niña sorprendida, girando su cabeza sobre su hombro. Ah-Un, el monstruo dragón sobre el cual iba, se detuvo a su petición.
—Parece que algún monstruo salió de cacería... y atrapó a su presa.
El comentario del pequeño demonio verde, Jaken, hizo dudar a sus acompañantes, pues la voz de aquel grito les había parecido extremadamente familiar.
—¿Usted qué piensa, señor Sesshomaru? —consultó Rin, dudosa.
El platinado agudizó su mirada y olfateó sutilmente el aire, no percibiendo indicios de peligro, mucho menos algún olor a sangre; y no obstante, se sintió algo intranquilo. No era que estuviese preocupado, al contrario, le daba absolutamente igual lo que pudiera pasarle a esa mujer chillona o a su hermano, e incluso, a su grupo de amigos conformado por inútiles humanos. Tan sólo confiaba en encontrarse, casualmente, a ese maldito duende, que había osado a intercambiarlo en un inicio, para darle una lección de muerte. Lo había estado buscando ya por varios días y, definitivamente, se estaba cansando. Mas ahora, presentía que no estaba demasiado lejos de lograr su objetivo.
—Regresemos —fue su simple orden, guiado por sus instintos.
Dijeran lo que dijeran, ¡no era la magia o lo que fuera, lo que lo estaba impulsando a estar cerca y velar por la seguridad de Inuyasha! ¡Él nunca haría tal cosa! Por él, ¡que se muriera!
Jaken no pareció demasiado convencido, y volvió a cuestionar, internamente, los cambios de actitud de su amo bonito. Definitivamente, algo había cambiado en él. Después de tantos años a su servicio, lo conocía y, no era posible que, de repente, se volviera tan solidario con los seres inferiores. Aún así, obedeció sin refutar y siguió al gran demonio de regreso.
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—¡Kagome!
La desesperación del líder del clan de los hombres lobo, despertó en el mismo instante en que el asustado grito de la muchacha llegó a sus oídos. Todos sus acompañantes lo habían escuchado, pero él fue el único que reaccionó, disponiéndose a correr en auxilio de ella.
—¡Espera Kouga, no puedes! —exclamaron sus fieles compañeros de la manada, sujetándolo con fuerza de los brazos.
¡Vaya amigos!
—¡¿Qué hacen? ¡Suéltenme, para de inútiles! —refutó el oji—celeste, removiéndose inquieto.
—Perdónanos, jefe, pero si te dejamos ir, nos quedaremos sin comer —se justificó Ginta, cuyo estómago ya se sentía como un pozo vacío.
—Sí, ya nos advirtieron. Además, sólo provocarías problemas —acotó Hakkaku.
—¡¿Qué? ¡No digan estupideces! ¡Kagome necesita ayuda!
—Calma, calma. No tiene por qué pasarle nada a la señorita —intervino Miroku, palmeando el hombro de Kouga para tranquilizarlo—. Recuerda que Inuyasha está con ella… ya arreglarán sus diferencias.
—¿Sus diferencias? Pues, eso es lo que a mí más me preocupa —comentó Yosuke, apoyando su cabeza entre sus manos, desalentado. Sus oportunidades se habían terminado.
Ante tales palabras, la imaginación de Kouga comenzó a volar, creando una serie de imágenes poco decentes en su cabeza: Una discusión, un par de lágrimas —muy mal vistas en el cuerpo del perrucho ese, pero con la azabache dentro, se justificaba—, y un medio demonio, apoderado de la ira, echándose encima de ella en su forma de mujer. En contra de todas las leyes de la naturaleza y prejuicios por aquel inaudito intercambio, ellos dos…
La sangre del hombre lobo comenzó a hervir, al punto de hacerle sacar humo por las orejas, mientras emitía un furioso gruñido.
—¡Si esa bestia se atreve a hacerle algo a Kagome, yo...!
—Tú tendrás que resignarte ante los hechos —la intromisión de la anciana matriarca lo acalló, y todos se voltearon, atentos, hacia ella—. El objetivo del hechizo del intercambio es bastante claro y todos los saben. Cuando esos dos jóvenes cumplan con su confesión, nadie podrá separarlos —recordó—. Que suceda lo que tenga que suceder…
Kouga relajó su cuerpo, consintiendo que Hakkaku y Ginta lo soltaran sin temer por un nuevo arrebato de su parte. Si bien se había resignado en perder a Kagome y no ser aceptado por ella nunca, permitirle al pulgoso ese estar con ella, no era algo que le resultara fácil de asimilar, mucho menos de manera íntima como lo estaba imaginando. A este punto, seguramente, ya se habrían reconciliado y, quizás, hasta roto con el hechizo, unificando sus vidas para siempre.
¡Maldito fuere el duende de la unión por intercambiarlos!
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Fue casi imposible evitar que varios gemidos se escaparan de su boca, tratando de controlar las lágrimas y el malestar del momento. Las confusas e inevitables sensaciones que provocaba el cuerpo masculino, que por ahora poseía, la aturdían en sobremanera. No era consciente de sus actos, así como tampoco había sido intencional el incidente dentro de su hakama, que no hacía más que perturbarla y llenarla de vergüenza. ¿Qué iba a hacer? Ya ni siquiera se atrevía a levantarse de su sitio debido a su estado poco decoroso.
—Maldición, ¡¿en qué diablos estabas pensando, Kagome? ¿Cómo es que tu…?
El furioso regaño de Inuyasha se detuvo cuando los grandes y brillosos ojos dorados de Kagome se enfocaron en él de manera suplicante. Ella se veía tan indefensa, y ese pequeño puchero, se le veía absolutamente adorable, despertándose en él un sentimiento de ternura y de protección. En verdad, deseaba abrazarla y acariciarle el cabello plateado con dulzura para decirle que todo estaba bien, que nada de esto era su culpa y... Esperen, ¿qué? ¿Había pensado en la palabra adorable? ¡Con un demonio! Se estaba viendo a sí mismo, ¡¿cómo se le ocurría algo así? Oh, sí, las hormonas femeninas estaban haciendo nuevamente de las suyas. Tenía que terminar con todo esto antes que hubiera efectos secundarios.
—Yo… yo no quise… no sé por qué… —balbuceó Kagome, cubriéndose su erección con el haori.
Inuyasha soltó un suspiro y se arrodilló junto a ella. No estaba seguro en qué hacer o qué decir; no obstante, de una cosa sí estaba muy seguro. Sin importar la forma que ella tuviese, odiaba verla llorar.
—Está bien, tan sólo… deja de llorar —dijo escuetamente, limpiándole las lágrimas con la yema de sus femeninos dedos con delicadeza, de forma casi dulce—. Verlo en mí, es demasiado… deprimente.
—Lo… lo siento…
—Cierra los ojos. Relájate, respira profundo y no pienses en nada.
La voz de la experiencia había hablado, y aunque a él no siempre le funcionara —cuando le ocurría, eventualmente, por razones que a NADIE le importaba—, ella no debería tener mayores problemas por ser una mujer, cuya necesidad instintiva no era propia. Afortunadamente, Miroku no andaba cerca tampoco, porque de lo contrario, esto realmente sería un problema aún más vergonzoso.
Kagome obedeció sin refutar, dejándose guiar por la masculina voz de Inuyasha. El cálido tacto de él la hizo sentir segura, confiada y libre de temores. Dejó su mente en blanco y poco a poco, su cuerpo fue aflojando cada uno de sus tensionados músculos, así como también, fue sintiendo como las ansias se apaciguaban en su endurecida entrepierna de manera aliviadora.
Lentamente, abrió sus párpados y se encontró con la intensidad de la mirada de Inuyasha a escasos centímetros de ella. Su corazón se aceleró bruscamente como respuesta, haciéndola sonrojar. Se sintió muy extraña, pero no por estar como ante el reflejo de un espejo. Más bien era porque él estaba viendo más allá de sólo su actual apariencia. Podía sentir como sus orbes penetraban hasta el fondo de su alma, haciéndola olvidar, por sólo unos instantes, del intercambio que ambos sufrían, como si estuviesen en sus cuerpos originales, uno delante del otro. ¿Acaso sería obra del hechizo?
—I-Inuyasha… —susurró Kagome, confundida. Esto no estaba bien.
La azabache parpadeó, saliendo de su curiosa ensoñación. Su mente le había hecho una pequeña jugarreta, haciéndole desear ser un hombre nuevamente, para besar a Kagome como en ocasiones anhelaba. Esto, en verdad, era difícil de llevar. Sintiéndose descubierto, esquivó rápidamente su mirada y volteó su rostro hacia otra dirección para ocultar su sonrojo.
—¿Ya… te sientes mejor? —preguntó casualmente, evitando verla a ella y a su propio cuerpo mojado. ¡Maldita ropa transparente que no lo cubría en absoluto!
Kagome sonrió y asintió, sin percatarse de la verdadera incomodidad de Inuyasha. Creyó comprender mejor aquel sentimiento de inquietud y molestia. Permanecer intercambiados por mucho más tiempo, era como una especie de tortura para ambos, condenándolos a confesar algo que, quizás, era inexistente en uno de los dos. Aún así, la magia del duende suponía no fallar con la elección de las personas al momento de unificarlos, por lo tanto, debía existir algo, aunque fuere sólo una profunda amistad.
—Te quiero, Inuyasha —dijo repentinamente, sin pensarlo, de manera transparente y sincera.
Él la volteó a ver con sorpresa ante la efusividad de aquellas palabras. No, no era la primera vez que escuchaba su confesión, aunque en esta ocasión, percibió una gran calidez en su pecho que lo regocijó. Sin duda, era un sentimiento compartido que había crecido con el pasar del tiempo y que ahora, era irrevocable y más fuerte. Y, como si hubiese hecho el mayor de los descubrimientos, sonrió de medio lado, decidido a sincerarse como un hombre.
—Pequeña tonta… yo también —la tomó fuertemente de la mano antes de susurrar—: te quiero, Kagome.
El viento sopló y sus largas cabelleras se revolvieron entre sí. Ambos cerraron sus ojos, emocionados, dejándose llevar por la agradable sensación de paz y, ahora también, de mariposas en la boca de sus estómagos. El misterioso eco de una tenue voz y la culminación del mágico momento, les hizo saber que todo había terminado, obligándolos a abrir nuevamente sus párpados, asustados. Tal y como habían presentido en aquel segundo, el intercambio no había obtenido el resultado esperado.
—¡¿Reversión fallida? —exclamaron al unísono, mirándose entre sí.
Sí, eso fue lo que habían escuchado y sus cuerpos aún intercambiados lo evidenciaba.
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Una entretenida risilla se escapó de la boca del pequeño hombrecito de puntiagudas orejas. Nunca creyó que, alguna vez, uno de sus poderosos hechizos de intercambio pudiera resultar ser tan divertido. Debía confesar que, esos dos muchachos, se habían esforzado bastante para llegar hasta este punto y decirse, por lo menos, que se querían. Un gran avance, sin duda, sobre todo para aquel híbrido que mantenía tan albergadas sus emociones. Esa muchachita humana, realmente, era muy especial para él. Sin embargo, conforme a las estipulaciones de la magia, aquel sentimiento empleado al momento de la confesión, había sido erróneo, por ambos. Si no se daban cuenta y lo hacían con las palabras correctas, ellos nunca lo lograrían antes del amanecer. Aún así, tenía plena confianza en ellos.
«Ya falta poco… »
De repente, y sin esperárselo, una fuerte mano rodeó su pequeño cuerpecito, bajándolo con rudeza de su escondite: uno de los tantos árboles del bosque mágico, cercanos a la aldea humana.
Oh, oh, ¡lo habían atrapado!
Continuará…
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N/A: ¡Hola a todos!
¿Qué tal? ¿Acaso esperaban algo más entre nuestra parejita? Personalmente, se me hubiese hecho demasiado raro xD. Como verán, mi querida musa se negó a terminar en este capítulo, más que nada, por la cantidad de palabras que me obligaron a dividirlo en dos para mantener el rango de escritura como los anteriores :P. Espero no les moleste leer un capítulo más antes de terminar y cerrar con otro fic n_n.
Muchísimas gracias a cada uno de mis adorados lectores por dejarme sus bellos reviews y animarme a seguir escribiendo para ustedes. Adoro leerlos: MikoAucarod, tamyinu26, KaterineC, Faby Sama, Sexy Style, Katsa C.P Mellark , Popy16, inuykag4ever, KaItOsCaRLEt PF, Taishita Taisho, Kira Rydle, oOo Dark-yuki oOo, ELOWYN3, the-rasmus-live, aky9110, hanniane, Renesmee Black Cullen1096, Ahome23, lindakagome, Sarys, Ranka Hime, Kayleigh More y SaKuRaKu.
Sin olvidarme, por supuesto, de todas aquellas personas que prefieren mantenerse en el anonimato. No teman en comentar, en verdad no muerdo xDDD.
Nuevamente, gracias por todo su apoyo y por agregarme a sus alertas y favoritos n_n.
¡Hasta la próxima!
Besos,
Peach =)
P.D.: Por si alguien se anima a leer otro más de mis escritos, hace poco subí un corto One-shot, inspirado en un reto impuesto en el foro "¡Siéntate!". Tiene algo de humor también y se llama "Consejos del gran maestro". Aquellas personas que ya me leyeron y comentaron, les doy mis más sinceros agradecimientos. Prometo responderles debidamente por estos días =D.
