Era el octavo mes ya, y Sakakibara sólo pudo ver su reflejo a través de la ventana, observando atento como aquellas gotas de lluvia mojaban el vidrio y se escurría lentamente, siendo alumbradas por los relámpagos que quebraban el cielo nocturno emitiendo un fuerte sonido que estremecía los tímpanos y hacía acelerar el corazón. Colocó su mano en el vidrio, el frío de la noche pasó a sus yemas, a sus dedos y por fin a su palma, pero aún así sudó su mano por el contacto estrecho, se encontraba pensativo, olvidado y en sus obligaciones, recordando a sobremanera aquél impacto en su familia al enterarse de su precoz paternidad.
-¿Estás mintiendo, verdad?
Reiko dejó todo lo que hacía, mientras su abuela comenzaba a recoger unos vasos de vidrio que se habían quebrado al caerse, mientras que el abuelo sólo salió de la habitación para agarrar aire y tranquilizarse ante aquella noticia. El ambiente era tenso, pero no, no era mentira. Se limitó a mirar al suelo, negó con la cabeza lentamente y tomó mucho aire, pensó que escucharía un sermón eterno, pero en cambio, el fuerte dolor de una mano estremeció su mejilla y sus ojos sólo pudieron captar a su abuela, que sin decir nada, salió. Quedó él con Reiko, quién se había recostado al mesón, apoyando sus codos en el mismo y ahora respiraba profundo, buscando digerir la noticia ¿Sería conveniente decir algo? Pareció que no, o más bien sí, no, simplemente no supo, y mientras se encontraba indeciso, la escuchó:
-¿Tu padre ya sabe?
-Sí.
-¿Qué te dijo?
-Yo debo hacerme responsable, él está decepcionado.
-Espero que estés buscando empleo ya-Advirtió Reiko:-Si no lo has hecho, empieza desde mañana ¿Y Kirika? ¿Qué te ha dicho?
-No quiere ni verme.
-Es comprensible-Reiko respiró profundo:-Con tantos métodos anticonceptivos, esto es un desastre, Koichi, esperaba más de ti.
Culminó, despegándose del mesón y saliendo de la habitación, dejando a Sakakibara completamente solo, congelado y sin poder pensar bien las cosas, él solamente se dejó caer al mueble y observó el techo de madera alumbrado por la lámpara, sintiéndose ahogado por la tensión de la casa y preocupado por Misaki, debía esforzarse y protegerla, aquél hijo que ella pariría sería el mismo que le quitaría la vida.
Pero ya en esas circunstancia, las cosas habían ido volviéndose más ligera en su entorno familiar, pero cuidar a Misaki, trabajar y estudiar era mucho. Había logrado mantener el secreto en la escuela sobre su paternidad y la desconexión de su novia con el resto del salón le había protegido de que la noticia fuera regada. Sabía bien que cuando la fecha de parto se acercase, ellos debían mudarse juntos, pero Kirika le odiaba con todas sus fuerzas y sus abuelos no se encontraban en condiciones de salud adecuada para la situación, aun así, ellos cedieron y decidieron que la joven pareja viviría allí.
Se encontró perturbado, aquellas pesadillas en dónde escuchaba los gritos de Misaki aumentaban, las voces de ayuda de Misaki en su mente también aumentaban y él sólo debía mantenerse firme, seguir estudiando aquél extraño libro que Yue le había dado y algunas veces ser apretar aquella cadena con dije de espada que le tranquilizaba.
Volteó la mirada al libro en el suelo, pero se sintió extrañamente decepcionado consigo mismo, no creía ser capaz de cuidarla, no creía ser capaz de hacer algo.
El silencio en la cena se extendía como de costumbre todos esos meses, era frío y nada agradable en la situación que ellos se encontraban, pero Misaki parecía ignorarlo, tomando un poco de su arroz con sus palillos y llevándolos a su boca, saboreó, fue a tomar un poco más, dándose cuenta que ya no tenía más. Hizo una pausa, sobando su vientre con cuidado, y sin decir nada, se levantó, tomando más arroz de la arrocera, dejándola completamente vacía. Regresó a la mesa a comer, deteniéndose mientras que sentía desde dentro un golpecito. Acarició su vientre de nuevo, sin compartir palabra con Kirika. El teléfono sonó, observó entonces como su madre se levantaba para atender.
Sola, se dispuso a comer más, acabándose el arroz que se había servido y sintiéndose satisfecha. Exhaló, como si su alma pretendiera a salir de su cuerpo, Misaki se levantó y llevó su plato al fregadero. Su mente fue distraída con un trueno, y llevó su mirada a la ventana, observando las gotas de lluvia que se deslizaban en su vidrio empañado, pudo observar afuera el camino de los rayos, siempre se dirigía al mismo lugar, quebrando el cielo y formando un camino zigzagueante.
-Sí, si, la tendré lista pronto. A mas tardar, dentro de tres días.
Confirmó Kirika, escuchando el sonido de los truenos y al mismo tiempo la voz que provenía del teléfono. Suspiró mientras anotaba algunas nuevas indicaciones de su cliente y afirmaba, dio algunas recomendaciones rápidas, colocó la libreta en la mesita donde se encontraba el teléfono mientras se concluía la conversación. Oyó el sonido de la puerta cerrarse y automáticamente llevó su mirada al comedor, no vio a Misaki. La conversación telefónica terminó momentos más tarde y ella regresó a la mesa, se dio cuenta entonces que se encontraba sola, la puerta de la casa estaba abierta. Bajó entonces a la tienda, no había nadie en la tienda, Misaki se había ido.
Caminó entre el frío de la lluvia y las atrocidades de los truenos, no había nadie en las calles, por lo menos, nadie vivo en las calles, aunque ella podía ver más que sólo gente viva, y sabía exactamente que era seguida por aquellas sombras. Se detuvo a unas cuantas cuadras, sus piernas le temblaban y ella se abrazaba buscando encontrar el calor en sí misma, pero fue empujada a seguir adelante, aquellas sombras que la seguían, aquellas sombra que día tras día y noche tras noche la acompañaba. Exhaló, dio un paso, sus pies cansados le pedían descanso, pero de nuevo fue empujada a continuar, sintiendo que dentro de su vientre habían más golpecitos, se acarició, sin detenerse, se adentró en el bosque, no podía ver nada entre los árboles muertos, pero era guiada por las sombras que la empujaban. Se vio entonces en aquél claro, encontrándose en la oscuridad casi absoluta, se vio completamente sola. Sus piernas se estremecieron y ella cayó al suelo con un fuerte dolor que empezaba, sus músculos abdominales se contraían, su útero se contraía y ella sentía aquél pinchazo en su vientre que le hacía gritar. Oprimió con sus manos su abdomen y gritó con fuerza, sintiendo la tierra mojada en su cuerpo y las gotas frías resbalarse por su piel, y en medio de su sufrimiento, sólo pudo decir:
-"Ayúdame".
Como lo sospeché, este si es el penúltimo capitulo, la historia casi acaba :D, espero que les hubiese gustado el capitulo. Nos vemos en el final :D
