Contrarreloj
10º
Corazón latiente
Mei estaba esperando en el vestuario de los empleados, como Douglas le había prometido a Kimiko. Ella se cambió su uniforme de trabajo y ahora traía puesta unos vaqueros ajustados y una imitación de una blusa Marc Jacobs. Conocía las imitaciones porque en el tiempo que estuvo viviendo como una chica millonaria estuvo exenta de ropa de marca, pero desde que empezó a vivir con un presupuesto ajustado se rebajó a comprar imitaciones en las tiendas y esa blusa la compró en una de sus mejores semanas. Su brassier de encaje era totalmente visible y no de una manera fría. Murmuró para sí un agradecimiento silencioso al pequeño duende que le advirtió de esa camisa.
-Espero que esto no tome demasiado tiempo –dijo- voy tarde a una fiesta.
-Será un minuto –respondió con suavidad. Prácticamente Raimundo estaba goteando azúcar de tanta dulzura, se preguntó si estaba actuando o si la blusa lo había dejado impresionado.
Y eso francamente la molestó, Kimiko arrugó el ceño. Mei le dedicó una sonrisa coqueta de supermodelo al infante de la marina y la bailarina decidió que no le agradó la chica. Claro, estaba alterada con todo lo que había ocurrido este día de locos y eso provocaba que actuara sin pensar, descabelladamente. Decidió que no debía restar importancia quién coqueteaba a Raimundo siempre y cuando terminaran de encontrar la siguiente pista. Así sucedió con la camarera de esta mañana. Le gustan las chicas coquetas, pensó. Se echó el diminuto bolso al hombro y se dirigió hacia la entrada trasera de la oficina. Los dejó esperándola detrás de un mostrador y sacó una caja de cartón anodino de un armario. Ella contuvo la respiración mientras examinaba, deseando encontrar la pista que los empujara a su próxima dirección. No hubo suerte. Kimiko puso una mueca de tedio. En cambio, esos ojos oscuros se posaron en Raimundo, elevó las cejas al cielo y expulsó sus súper desarrollados pechos turgentes en un tardío intento de redirigir su atención. Kimiko sintió que tenía ganas de vomitar.
-Así que... dime qué fue exactamente lo que perdiste.
Kimiko se aclaró la garganta y ella se volvió, arqueó las cejas aún más cuando le lanzó una mirada sondable, casi diría que es la primera vez que la ve.
-He perdido... –comenzó a decir con fuerza. Estaba siendo estúpida, posiblemente, pero no tenía intención de convertir en invisible un tema del que pende su vida.
-Ajá... –continuó Mei, con un deje aburrido- ¿quisieras darme un indicio de lo que buscas?
-¿Podríamos echar un vistazo rápido a la caja? –cruzó los brazos bajo el pecho. Eso era un rotundo no.
-No pueden echar un vistazo rápido a la caja –dijo con voz irritantemente condescendiente- ¿o qué tan estúpida crees que soy?
-Bien –vaciló Kimiko- tienes razón. Es que me siento tonta, no me gusta admitir en voz alta lo que perdí. Fue el reloj de bolsillo de mis abuelos –contestó manteniendo sus ojos fijos en ella.
Sabía que ella no era Young disfrazado ni estaba involucrada en este juego de porquería, al menos estaba bastante segura de todos modos. Pero justo en ese minuto, la odió tanto como al propio Chase. Irrazonable e injusto, no estaba exactamente en su mejor momento, y no se retractaba. Ella parecía un poco apaciguada en realidad y en respuesta, la bailarina cruzó los brazos sobre el pecho con sensación de suficiencia. Reconocía que era una reacción ridícula y estaba actuando como una completa idiota. En el fondo, esperaba que la interpretación de la pista fuera correcta, pero temía que lo del bolsillo no era relevante en absoluto. Había un montón de artículos relacionados con el tiempo: cronómetro, horario de trenes, candelarios, reloj de alarma. Maldición. No era como si pudiera seguir lanzando opciones al azar y Mei continuaría buscando el objeto perdido para ellos. Si se equivocaban, a lo mejor Raimundo podría ejercer algún tipo de encanto de macho de la marina en la chica. Y para ser sincera, tuvo la sensación de que probablemente funcionaría. El problema es que Kimiko odiaba esa posibilidad, y detrás de ella cruzó los dedos con la esperanza en silencio que diera resultado su estratagema. Después de un segundo Mei apareció en el mostrador, su mano se cerró con fuerza alrededor de algo. Un poco de una cadena de oro se asomó desde el círculo formado por el pulgar e índice. Su respiración se enganchó en su garganta.
-Lo encontraste.
Kimiko casi lloraba triunfante, dio un sorbito a la nariz conteniendo la respiración. Siquiera la subgerente la miró ni con un poco de disculpa por haber retenido lo que palmariamente era de su propiedad. Le tendió el reloj y ella lo acunó suavemente en la palma de su mano, con miedo de que si lo tocaba mal o lo trataba demasiado áspero, se congelara y se negara a compartir sus secretos. Los dos regresaron a la puerta principal, zambulléndose de nuevo en la obscuridad de la noche. Tomaron el camino hacia la plazoleta por la calle 41, alejándose del muelle y la oficina. Aún estaban a unas cuadras de distancia cuando se toparon con una masa de turistas. Los peatones que habían pasado eran típicos ciudadanos con prisa, corrían a su lado como una corriente. Kimiko apenas se daba cuenta. Estaba tan concentrada en el reloj de bolsillo de oro que tenía en la mano, tratando de descifrar cuál era el nuevo enigma.
-No hay suerte –dijo todavía aturdida por la victoria.
-No te preocupes –alentó Raimundo- eres buena en este juego. Confío en que lo resolverás.
Lo miró a los ojos y vio que estaba sonriéndole. Cuando se refiere a las batallas de ingenio, la mayoría de los hombres piensan que lo saben todo incluso cuando no. Y si pueden fingir, no dudan hacerlo. Raimundo era diferente, a pesar. Se lo había demostrado más de una vez, y este hecho empezaba a abrir paso en su mente.
-¿Y ahora qué? –le preguntó.
Todas las autofelicitaciones que Kimiko se estaba echando desde que había descubierto que tenía razón se desvanecieron en una simple pregunta. Hallaron la clave, resolvió el segundo acertijo, pero hasta ahora no tenía ni la menor idea de qué hacer con eso.
-No tengo ni idea –afirmó triste. Tenía la esperanza en el reloj de bolsillo, esta era la clave. No pudo haberse equivocado. No es algo que le gustaría pensar. Bostezó...
-¿Te sientes cansada? –le dirigió una mirada hacia su dirección.
-Un poco y mareada de vez en cuando.
Suspiró y casi podía leer sus emociones. Podrían estar corriendo a ciegas y en círculos, pero para mantenerse con vida tenían que correr. Después de un momento él le tendió la mano.
-Déjame ver.
Le pasó el reloj y él abrió la cubierta de la cara, revelando un tiempo obviamente inexacto: 15 minutos adelantados de la hora.
-Las agujas de las horas no coinciden con la actual –le dijo. Raimundo sostuvo el aparato a su oreja.
-Tampoco hace tictac. Me pregunto si los mecanismos siguen intactos, quizá quién-tú-sabes sacó los engranajes y colocó la pista en su interior, echémosle un vistazo.
Kimiko intentó no hacerse muchas ilusiones mientras sacaba la navaja suiza guardada en el bolsillo de sus vaqueros. Pasó la hoja, la metió en una pequeña ranura, le dio una pequeña vuelta y ¡poof! Sin encomendarse a Dios ni al diablo estuvieron vislumbrando una maraña de engranajes. Las entrañas del reloj estaban intactas.
-No joda –gruñó Raimundo. Kimiko secundó la idea. Solucionaron la pista y encontraron el reloj, pero no hay señales de la próxima pista.
-¿Y ahora qué?
-Debe haber otra pista.
Le tendió la mano para tomar el reloj nuevamente. Con Raimundo mirando por encima del hombro, examinaron el reloj. El dial tenía cincelado Hampden Watch Company y la carcasa escribía Oneida. En el reverso vieron un grabado que se estaba borrando con las fechas de 1880 y 1906 así como las marcas de un inspector de ferrocarril.
-¿Una pista?
-Tal vez o podría significar nada. No tengo idea de qué significa.
-Tampoco podría decirte –admitió.
Faltaba algo. Algo grande. Y el tiempo se está acabando.
Chase estaba listo. En las horas más obscuras de la noche se sentó desnudo en la habitación con obturador y terminó sus preparativos. En el suelo había alineado dos huevos de plástico llenas de neón púrpura, una caja de bolsas transparentes de sándwich, dos bolsas de relleno de almohada, cuatro paquetes de medias de nylon, un delineador de ojos para mujeres y una peluca bastante cara con la garantía de lucir "diez años más joven", según el vendedor. Un uniforme de policía, robado del vestuario de un oficial que obviamente pasa la mayor parte de su tiempo comiendo donas y bebiendo café en establecimientos públicos. Bajo el fuerte resplandor de una luz de escritorio, Chase trabajó sobre el uniforme, sus dedos delgados y largos próvidamente rasgan puntos de sutura y tiran parches. En la mayoría de situaciones, sólo el uniforme era suficiente; para un ojo inexperto todos los policías se parecen. Pero, de hecho, diferentes departamentos, ciudades y condados tienen sus característicos parches. La categoría fue indicada por la banda de color corriendo por la pierna del pantalón.
Diferentes condados también tenían diferentes estilos y colores (pasando de marrón a azul marino a negro). Todos estos detallitos había que tenerlos en cuenta ya que en las próximas veinticuatro horas, este uniforme tendría que soportar el intenso escrutinio de la gente que sabía. Habiendo llegado hasta aquí, Chase no tenía ninguna intención de ser follado por una cosa tan majadera como un parche mal colocado o una insignia que no podía explicar. Junto a él estaba el libro a todo color que ilustra los distintos uniformes de diferentes agencias de la ley estatales y del condado. Igualmente contaba con un libro sobre los parches de policía, así como su propia colección personal que había recopilado durante los siete años que había servido como detective. Algunos los compró, otros los robó. Todos eran útiles.
Quitó el último parche y apreció el uniforme azul oscuro a la luz. Precioso. Dejó a un lado el uniforme y se volvió a los elementos en el suelo. Eligió los huevos primero, los golpeó hacia afuera, moldeándolos e insertándolos en el bolso del plástico del sándwich, ocultos en el interior de la boca, las bolsas dan la apariencia de papada. Cortó las piernas de las medias de nylon, los atiborró con el relleno de almohadas y cerró la tapa con unas cuantas rápidas puntadas. Muslos de truenos instantáneos. La peluca y el maquillaje se aplican en el último minuto. Sacó una vieja caja de zapatos y ordenados estaban colocadas etiquetas de nombre e insignias, buscó hasta que encontró lo que buscaba. Él empezó a robar tarjetas hace siete años atrás. Los detectives y los novatos eran fáciles de robar: los detectives porque son tan presuntuosos que nunca pensaron que nadie vería escondido un rifle en los bolsillos de la chaqueta y los novatos son idiotas. Chase se había dado cuenta de que tales cosas como las insignias auténticas serían muy útiles. Él había construido muy cuidadosamente su arsenal.
Después hace cinco años supo que sus actividades se vieron de antuvión monitoreadas por dos compañeros allegados suyos. Había hecho sus preparativos finales. Había encontrado la guarida perfecta. Él había escondido sus insignias, una identificación falsa, una tonelada de dinero en efectivo y claro, dos pasaportes. Su diligencia había dado frutos. La policía jamás encontró su guarida y pasó cuatro años escondido de la policía cuando se disparó la alarma, empero no se preocupó porque sabía que tarde o temprano la oportunidad se presentaría y podía recoger sus cosas justo dónde las dejó. Seleccionó la credencial apropiada y se puso a trabajar para coser el parche y el nombre. Dios bendito, estaba pendiente en los detalles. Su conversación con el sargento Utterson fue excelente sobretodo una vez que lo convenció de llevarlo a comer. El buen sargento se durmió igual que un bebé cuando Young se lo llevó a las fronteras de la ciudad, lo ató a un árbol y alistó su navaja suiza. No había tenido mucho tiempo para obtener toda la información que necesitaba. Llamó a la esposa del sargento y le explicó que la asignación del sargento Utterson requiere de silencio absoluto. Su marido no estaría en casa por unos días y no se le permitía las llamadas. A finales de la semana sería capaz de informarle más. Posteriormente llamó a la estación, habló con el oficial a cargo y le dijo que él era el médico de Utterson. El sargento había venido presentando un extremo caso de intoxicación alimentaria y estaría indisponible en las próximas veinticuatro horas. Por supuesto, volvería al servicio prestamente después de eso. Las autoridades harían más preguntas al respecto pronto. Eso estaba bien, él necesitaba sólo veinticuatro horas. Todo ya habría terminado.
Entonces fue cuando decidió contactar a Tubbimura, con la policía al asecho le dificultaba desplazarse si desconocía el modus operandi del nuevo líder. También fue insatisfactorio, el hombre conocía nada más la información que delimita su zona y en unas horas retomaría el turno de la mañana. El supervisor era receloso hasta con sus oficiales al mando. Le costaba mantenerse cerca de Kimiko, no obstante, no significa que era imposible. A partir de ahora Tubbimura sería sus ojos en lo que sucediera en la estación y cualquier información nueva que descubriera, debía notificárselo, le dio el número de uno de sus teléfonos robados. En la mesilla tenía su computadora portátil abierta delante de él. Había descargado e instalado el software de seguimiento que Spicer le envió hace horas. El programa se estaba ejecutando en segundo plano y en otra pestaña tenía una imagen del mapa de CosmosXiaolin. No sabía a ciencia cierta la naturaleza del dispositivo de localización; pero no era estúpido y era muy fácil adivinar. Un chip de rastreo GPS estaba escondido en una de las pistas que su víctima buscaba. Cuando la localizara enviaría una señal a su computadora. Comenzaría a moverse y la cacería se pondría en marcha. Siempre disfrutó de los desafíos intelectuales, su padre era adicto a esta clase de juegos y lo impulsó a tempana edad a desarrollar sus gustos; jugar al ajedrez, resolver crucigramas y rompecabezas, interpretar pistas. Él se levantó, estirando su largo cuerpo tonificado: Trescientas flexiones y quinientos abdominales. Todos los días. El diablo no es como lo pinta.
Llevaba una rutina de ejercicios que cumplía exigentemente. Quieto, era similar a un adonis perfecto esculpido en mármol, qué similar ni que nada, idéntico a esas sugestivas esculturas hechas en Grecia hace miles de años. Pocos meses después de aceptar el cargo de detective, se afeitó la cabeza, su pecho, sus brazos, sus piernas, el pelo púbico, todo. El hombre quedó completamente sin pelo y para cubrir su calva, usó pelucas. Era el tipo de criminal que no era capaz de dejar muestras de pelo en la escena de crimen por evidentes razones. El tipo de hombre que envenena el perro del vecino después de un altercado con su césped. El tipo de persona que sabía instintivamente cómo hacer sufrir a la gente sin siquiera levantar el puño. Frío, arrogante y sin remordimientos. Implacable. Chase estaba seguro que ganaría el juego. Cuando desvelaron su identidad como asesino en serie, se alivió que podría huellas, sangre, semen, pelo dónde le diera gana para decir abiertamente que estuvo ahí y quitarse un peso de encima y se consintió el lujo de dejarse crecer el cabello. Lo tenía hasta alrededor de la cintura, pero no le importó. Sacudió sus brazos y sus piernas. Cuatro horas de sueño es todo lo que necesitaba hoy. Una calma profunda se apoderó de él. Esta noche su plan entró en la segunda fase y estaba preparándose. Había pensado en todo y en nada. Él no era invencible, pero eso era todo lo que deseaba ser en la vida y estaba trabajando en ello. Pasó cuatro años pudriéndose en Brasil. Cuatro años viviendo en la obscuridad de un pequeño apartamento, cuatro años escuchando las paredes reverberar con odio desenfrenado, cuatro años sin sexo.
Nunca había hecho tan cuidadosamente sus planes cubriendo tan afanoso los detalles. Pero no tenía prisa. Ed Kemper y Ted Bundy fueron más grandes y reconocía que le faltaba para alcanzarlos, le encantaba oír sus hazañas (de todos los asesinos en serie que leyó, ellos eran sus favoritos), pero cometieron errores. Y no estaba dispuesto a repetir la historia. ¡Oh no! Definitivamente no iría a la cárcel.
Se acurrucó desnudo en la cama desnuda. Dormía y soñaba con la sensación de saborear los labios carnosos y tentativos de su víctima; cerrar sus manos alrededor de su mano y apretar, apretar, apretar nada más. El dispositivo haría lo suyo. Basándose en el dispositivo y en sus propias habilidades la vida de Kimiko Tohomiko sería suya. Lo decidió cuando la vio bailar por primera vez. Y entonces allí estaba: un pitido. Un pequeño sonido conquistó el silencio. Y junto con el pitido un destello de movimiento hacia el este de la pantalla. Kimiko estaba en movimiento. Le encantaba los acertijos mentales. Le encantaba cazar a su víctima. Pero principalmente adoraba ganar.
El ex alférez se detuvo en una esquina para orientarse y luego se dio cuenta de una estación de metro al otro lado de la calle. El letrero sobre la entrada señalaba que estaban en la línea del tren F. Perfecto, pensó Raimundo. Asió la mano Kimiko y tiró de ella en esa dirección.
-¿A dónde vamos? –le preguntó Kimiko, corriendo los pies al lado de él. Casi la arrastraba consigo.
-A un hotel tenemos que reagruparnos: Necesitamos comer y un lugar tranquilo para pensar y sentarnos. Conozco un buen lugar dónde podemos hacer todas esas cosas cerca de aquí.
-¿A un hotel? –repitió ella– pensé que podríamos hacer todo eso en la parada de autobuses.
-Mantente alerta, no se te olvide que Chase Young es un maestro del disfraz y podría estar observándonos justo ahora.
Kimiko asintió con la cabeza. Ellos llegaron a la plataforma y se mezclaron en la multitud. Se volvió en un círculo lento escaneando a todos los rostros y liberó un suspiro largo. Esto es una pesadilla.
-¿Alguna vez te has quedado en un hotel? –indagó de golpe, con ganas de aclarar su estado de ánimo. Ella le lanzó una sonrisa rápida, claramente consciente de lo que iba a decir.
-A tomar un coctel sí. A pedir una habitación de ninguna forma. ¿Recuerdas cuando te dije que mi padre constantemente viajaba por negocios? –ni siquiera esperó que contestara si no que respondió de inmediato- bueno, él tiene registrado numerosas suites a nuestro nombre. Sólo tengo que sacar una identificación y mi tarjeta de oro para tener acceso a una de ellas.
-Espero que no sea tan mayúsculo el cambio de ambiente, tendrás que prescindir de ellas en todo lo que dure este juego. Hemos tenido suficiente por un infierno de día y me parece que debemos escondernos en alguna parte para pensar, ¿no crees que te mereces un premio? Y además, te prometo que yo pagaré.
La bailarina lo miró a los ojos sin decir una palabra. Tomaron un viaje corto en metro, que persistió una sola estación. El tren retumbó cuando arribaron en la parada. Luego dieron un paseo corto, saliendo de la calle 47 y caminaron a corta distancia hasta el hotel. Raimundo los registró a sí mismo y a la chica como John Smith y Jane Smith. Kimiko arqueó una ceja pues que esos nombres eran los protagonistas de una película si no estaba equivocada, una pregunta se asomó por sus pensamientos sobre si ésa era su película favorita, sintiendo una enorme curiosidad por ello. Le entregaron las llaves de la habitación. Subieron en ascensor. Kimiko revoloteó la habitación, estudiándola de abajo hacia arriba y luego pasó como una flecha al baño, cerrando la puerta al instante. Raimundo se sentó al borde de la cama, cogió el teléfono y pensó llamar al servicio de habitaciones, empero decidió esperar a Kimiko. Es muy tarde y probablemente debía estar muerta de hambre. Cuando llegó a la otra habitación luego de acicalarse y refrescarse, la chaqueta de Raimundo colgaba en el brazo de Kimiko y la dejó descansando en el respaldo del sillón mullido, entonces comentó:
-Este hotel es bonito, la sala es mucho más acogedora y sorprendente de lo que imaginé.
Infló el pecho, tragando una bocanada de aire y echó un vistazo alrededor. Veía un montón de colores apagados, telas gruesas y flores frescas. La túnica del cuarto de baño era un lindo toque, pero idiota. Para él, una habitación era una habitación y punto. Kimiko no compartía su opinión, pensaba que el cuarto era fabuloso y estaba muy encantada. Se sintió tonto.
-Sí que lo es. Es increíble... –ella se echó a reír, su mentira no rayaba en credibilidad. Ladeó la cabeza ligeramente herido.
-¡Qué malo eres!
-Es la segunda vez en un día que hieres mi orgullo.
-¿Crees que no sé sobre hoteles? ¿has mirado el cuarto de baño? Confía en mí, este lugar es asombroso –ella sonrió, pero sus ojos ocultaban un atisbo de tristeza. Raimundo no le gustó percibir eso y le tendió el teléfono.
-Llama al servicio de habitación y ordena lo que quieras –dijo. Kimiko puso una mueca con recelo, llevando las manos a la cadera.
-¿Y eso? –preguntó con una sonrisa- pensé que no confiabas en la comida que sirven en los hoteles porque estaba envenenada o el repartidor podría ser Chase.
-Eso creo aún, pero no por culpa de ese cabrón vamos a dejar de comer. Y si tengo razón y han envenenado la comida, podría chuparla de tu sangre –ambos se echaron a reír. Cuando notó que lo decía en serio ahogó la risa.
-No sabía que los venenos podrían chuparse directamente de la persona infectada –Kimiko arqueó una ceja- igual que si te hubiera picado una abeja.
-Podría tratar –frunció los labios.
-Gracias por la oferta, pero no –dijo con voz suave, sus ojos brillaban- tal vez cuando llueve que es cuando me pongo más desesperada.
-Tú sí que sabes cómo herir el orgullo de un hombre.
-Hay todo tipo de desesperada –señaló con voz ronca encogiéndose de hombros, en sus ojos se asoma un brillo de diversión. Mantuvo la sonrisa cuando se acercó y pronto la diversión se desvaneció, remplazada por una expresión ilegible. Ella extendió la mano y le acarició la mejilla; el toque aterciopelado era tentador y tierno, Raimundo sostuvo su brazo como acto reflejo. Su cara estaba pálida y etérea. Sus ojos grandes y luminiscentes. Mostró resistencia y fuerza, de repente sintió que ella también necesitaría esa fuerza; la barbilla y la mandíbula esculpidas en líneas decididas.
-Gracias de nuevo –susurró- por traerme aquí.
-Kim... –quería ser frío, deseaba ser insensible en ese momento. Pero sus intentos fallaron y murmuró en voz baja- deberías llamar al servicio de habitación.
No respondió de inmediato, vaciló unos minutos y asintió. Se apartaron al mismo tiempo. Y se volvió al teléfono.
-¿Algo especial que quieras pedir?
-Me conformo con un jugo de naranja.
-¡Oh! Vitamina C, saludable –caviló. El ex infante de la marina rodó los ojos- ¿no crees que tú necesitas comer también? Los guardaespaldas no viven sólo alimentándose de oxígeno.
-Estoy bien con lo que comí en el restaurante, en serio, agradezco que te preocupes por mí. Pero no es necesario. Además, estoy de servicio.
Kimiko suspiró, descolgó el teléfono y realizó la llamada. Pidió casi todo el menú, cayendo en cuenta de lo hambrienta que estaba. Su estómago se encogió de ordenar las comidas. Él no le reprimió ni nada. Lo que le faltó agregar es que ésta podría ser su última comida y una mujer condenada tiene el derecho a complacerse sus gustos. No obstante, tenía la sensación que estaban pensando lo mismo. Sacó el reloj, lo único que mantendría saludable a Kimiko entretanto. Infló las mejillas y dejó escapar el aire, cerrando los ojos.
-El reloj es la clave, que las manecillas no estén puestas en la hora indicada sugieren que es algo inusual y aún así no tengo la menor idea de qué significan.
-¿Quince minutos de fama? –sugirió Raimundo.
-Hasta ahora las pistas han resultado ser un poco personales. Y yo no sé nada sobre fama.
-¿Un código famoso que usa quince como clave? –insistió- ¿o un matemático famoso que le falta una mano?
-Son buenas sugerencias aunque no sé qué hacer con ellas.
-¿Y qué me dices de los números?
-Uno y cinco son números primos. También son relativos al tiempo... no sé si estoy cansada o Young es demasiado inteligente. No se me ocurre qué hacer o dónde buscar –se dejó caer en la cama matrimonial, jaló la almohada sobre la que yacía su cabeza y la abrazó contra su pecho- con mayor razón te doy las gracias que me hayas traído aquí. Si voy a morir, que sea con estilo.
Las entrañas de Raimundo se tensaron. En menos de veinticuatro horas su vida se entrelazó con la de esta mujer; prometió protegerla costara lo que costara y decidió que no se rendiría ante nada ni nadie. Lo que pudo haber sabido de ella en años, en horas presenció su fuerza, valentía e ingenio. La única cosa que no había visto aún era el fatalismo. No le gustó verla en este estado. Dio un paso largo y se tendió en la cama a su lado.
-No te pongas de malhumor, Kim. Es normal que estés estresada, cansada y "despeinada" –bromeó él. Kimiko estaba de espaldas, torció la comisura de su boca- estás sometida a bajo presión ¿quién no lo estaría? Sé que lo resolveremos, has demostrado que eres una jugadora bastante lista y en más de una oportunidad me dejaste claro que no te dejarías pisotear por los malos tiempos, ¿se puede sabes que has hecho con esa mujer?
-Creo que me estás confundiendo de persona, la maravillosa mujer de la que me describes probablemente se quedó en el departamento de objetos perdidos –suspiró.
-¡Tonterías! Está aquí –Kimiko se dio la media vuelta, volviéndose hacia él sin separarse de la almohada y puso una mueca- está bien si no quieres creerme, porque yo sí confío en ti al menos. Pondría todas mis apuestas en ti si de eso se tratarse.
-¿Cómo puedes conocer alguien en un día?
-De la misma manera en que acabas confiando tu vida a un extraño luego de que hace unos minutos te enteraras que eres el nuevo juguete de un asesino. Lo que he visto en estas horas ha sido más que real para mí –afirmó- ya verás que cuando tengas algo dentro de la panza, llegará la inspiración. Eres del tipo que se sienta a completar los crucigramas los domingos.
-Las mayorías de las veces, aunque prefiero reservarme los domingos partidas de ajedrez en el parque.
-¿Ajedrez? Me imagino que siempre ganas –Kimiko lo miró como si hubiera preguntado si necesitaban oxígeno para respirar.
-Por supuesto que gano, ¿cuál es el punto de jugar si no ganas? –preguntó con una sonrisa. Raimundo le devolvió la sonrisa- ¿qué deseas probar con esta conversación?
-Que le temes al fracaso.
-¡Claro que no! –negó porfiada. Pero cuando enunció las palabras, se acordó de sus años en la secundaria. Cuando tomaba la clase de programación de computadora en la asignatura de informática. Kimiko se aseguró de que podía entender y controlar las líneas de código y que sus dedos se movieran en la forma en que el profesor quería que se movieran en el teclado, no fue fácil. Y la bailarina estaba decidida que no iba a tolerar una nota más baja que una A- admítelo –insistió- tú tienes miedo de fracasar.
Ni mencionen las ferias de ciencia, su proyecto debía superar el anterior. Cuando se lanzó a candidata a la presidencia del centro de ciencias (un área extracurricular que abarcaba todas las áreas de la ciencia: matemática, física, química y biología) y ella perdió por un estúpido voto, de recordarlo se ponía enferma. Estuvo deprimida un día entero, llegó a casa llorando y no se le pasó hasta que su padre regresó del trabajo y la encontró tendida en la cama, con la cara hundida en su almohada. Su entretenimiento era estudiar hasta trasnocharse y si no era mejorando sus tácticas en los videojuegos o navegando en internet para investigaciones personales. El cielo marcaba el límite. Era terrible, ningún chico se le acercaba. Claro, eso cambió completamente cuando cumplió la mayoría de edad porque decidió que era preciso y deseaba hacerlo. No le estaba gustando la dirección que tomaba esta conversación.
-¿Quieres que admita que tengo miedo al fracaso? ¡Okey! –suspiró- tengo miedo a fracasar este juego, tengo miedo de fallar y morir... esas son las consecuencias de este miedo.
-Lo siento, no debí haberte empujado –dijo Raimundo con voz más suave- no fallarás. Está en tu naturaleza –consoló y de manera absurda su comentario la hizo sentirse mejor.
La tomó de sus muñecas arrastrándola afuera de la cama. Durante el tiempo que tardaran en descifrar el misterio del reloj podría presentarse la ocasión perfecta para Young de atacar a Kimiko. Y necesitaba saber si era capaz de defenderse en el caso que se encontrara con este temible asesino en serie. Levantó sus brazos, sus dedos apretaron alrededor de sus muñecas.
-Intenta escapar.
-¿Disculpa? –puso los ojos desorbitados.
-Sólo serán treinta minutos –explicó- mientras estemos aquí atrapados esperando que llegue la inspiración, quiero estar seguro si puedes luchar por tu propia vida. Concéntrate en esto y deja que tu subconsciente trabaje con el reloj... –sacudió sus muñecas- ¿qué harías si Young te inmovilizara de esta manera?
-Saltemos la parte de autodefensa del programa de hoy, ¿quieres? –gruñó con ironía. Dio un supuesto tirón para liberar sus muñecas, él ni siquiera tuvo que esforzarse para mantener un control sobre ella- no me obligues a lastimarte.
-¡Maldita sea, Kim! Necesitas por lo menos intentarlo.
-¡¿Por qué?! –ladró. Tiró con fuerza, lo sorprendió, pero aún así se aferró.
-Demonios, Kim, Young cortó la garganta de tu amiga y a juzgar por cómo cayó el cuerpo, trataba de huir de él. Podría sucederte lo mismo, ¿qué pasaría si yo me fuera a inspeccionar el hotel? ¿y Chase viniera aprovechando que te dejé sola?
-Eso es estúpido –tiró contra su agarre una vez más y esta vez la dejó ir.
-No es estúpido. Tienes que estar preparada.
-¡Lo estoy! Sé cuidarme por mí misma.
-No es suficiente, necesitas utilizar todas tus ventajas –aseveró determinante- y yo no estoy dispuesto a correr ningún tipo de riesgo contigo.
Las palabras quedaron flotando en el aire entre ellos dos y se preguntó si con esto era capaz de decirle lo que quería decir. Sus miradas se encontraron y distinguió el mismo calor que se sentía reflejado en sus ojos azules claros. Sus ojos permanecieron en su rostro. Entonces sus labios carnosos se separaron y la lengua salió para humedecerlos, tenía los labios muy rosados, como pétalos de rosa; fue un gesto pasmosamente provocador y el deseo lo cortó a través como un cuchillo. Kimiko asintió. Raimundo avanzó poniendo sus manos sobre sus hombros. Se inclinó acercando la boca al oído. Su pelo olía a limpio, como el viento en el río se mezcla con el persistente aroma floral de su champú. Él respiró hondo, obligándose a concentrarse.
-Young prefiere utilizar las armas blancas para torturar a sus víctimas empero eso no quiere decir que en algún momento no lo usará. Si estás en lugares cerrados es necesario luchar y en una situación de supervivencia, cualquier cosa puede ser un arma: Una roca, un teléfono, tus dedos. Cualquier cosa –repitió.
-De acuerdo –ella miró su alrededor- el reloj. Podría golpearte en la cabeza o estrangularte con la cadena.
-Bueno, eso es exactamente a lo que me refiero. Eres inteligente e ingeniosa, utiliza eso a tu favor... –dijo- eres baja puedes atacar en el estómago o dirigirte a la garganta, si eres rápida asesta el primer golpe.
Raimundo deslizó su brazo en torno a Kimiko, pasando de su hombro para rodear el cuello, rozando la curva de sus pechos en el proceso. Lo arrojó en la cama rápidamente y su camisa de tirantes reveló más de lo que cubría. Su piel era suave contra la de él y ella se estremeció ligeramente en sus brazos, suspiró con suavidad y casi aquello le conduce a la distracción.
-¿Sabes movimiento de autodefensa? –inquirió. Mientras se decía para sus adentros que ese no era realmente el momento para excitarse. Tenía que quedarse en el programa.
-Tomé una clase –susurró- no diría que soy buena.
-Sólo tienes que ser lo suficientemente buena para contrarrestarlo –afirmó- concentrémonos ahora. Soy Chase Young, ¿qué harás?
Tiró contra su brazo, pero él la atrajo hacia sí, sacando su otro brazo alrededor de su cintura para frustrar su intento y en el movimiento, su cuerpo pequeño y blando encajó completo y perfectamente con el suyo. Asestó un empuje trasero contra su ingle de una manera que le hizo doler.
-No puedo hacer esto… –murmuró tratando en balde de arrancar su mano entretanto frotaba provocativamente en el intento. Él aspiró aire y luchó por mantener el control en su propia batalla interior.
-No conseguirás librarte de esa manera. El pie es la clave. Y si tienes suerte, sorpréndelo lo suficiente para poder escapar.
Ella ejecutó exactamente lo que dijo, el dolor explotó en su pie como el talón de la zapatilla se estrelló en los dedos de los pies. Raimundo aulló de dolor como aflojó en su agarre. Ella empujó sus brazos, retorciéndose libre de su abrazo.
-¡Mierda! –se volvió para mirarlo con una amplia sonrisa iluminando su rostro.
-¡Lo logré! –exclamó contenta. Raimundo sonrió a duras penas, el placer de verla sonreír lo hacía feliz- créeme que si hubiera estado usando tacones muy posiblemente te paralizaría y he aquí una razón por lo que mi colección de zapatos vienen muy bien. Todos y cada uno de mis tacones de aguja son un arma muy peligrosa.
-Lo sé –dijo reprimiendo un gemido aún por el dolor- nunca me pondría a discutir con una mujer sobre el valor de sus zapatos –ella se echó a reír.
-Tú eres mi tipo de hombre, Raimundo –lo dijo casi impulsivamente. Cuando se dio cuenta, sus palabras estaban flotando en el aire y sus miradas volvieron a encontrarse. La sonrisa se desapareció y en su lugar había sorpresa e incomodidad, pero se sintió aliviada al saber que él parecía complacido en vez de otra emoción como ofendido. Le sonrió con dulzura.
Lo que Kimiko había olvidado de mencionar es que cuando la mayoría de sus ex novios no hubieran estado cotilleando de sus pechos con sus amigotes llenaban los espacios en blanco de la conversación con comentarios sobre su trasero. Raimundo, sin embargo, era diferente. Lo estudió con la mirada por un momento, no se molestó en ocultar su escrutinio cuando no mostró incomodidad. En cambio, se sintió incentivada. Eso parecía inteligente, también era una ventaja al igual que el hecho de que el hombre estaba más caliente que el infierno. El se quedó inerte durante el examen, el único indicio de diversión era una pequeña contracción de un músculo de su mejilla izquierda. Tocaron la puerta. El ex de la marina prefirió abrir la puerta en caso de emergencia. Era el servicio a la habitación. Gracias al cielo. Kimiko tuvo la esperanza de que la comida lograra hacer que las neuronas volvieran a funcionar. Al parecer, había ordenado todo el menú, se necesitaron a dos meseros para traer todo esto. Se alinearon los carritos contra la pared y levantaron las tapas de calentamiento. Todo parecía delicioso. Dejaron la habitación, cerrando la puerta tras ellos.
-Buen provecho –silbó tumbándose en el sillón.
Trajo la primera bandeja hasta la cama y comenzó a comer. Raimundo se limitó a observar.
-En el hotel nos registraste como el Sr. y la Sra. Smith, eso es el título de una película, ¿es tu favorita?
-No, era la de Verónica... –corrigió en un hilo de voz, a pesar de todo consiguió permanecer tranquilo, sin sentir dolor o culpa cuando la recordaba como en otras ocasiones- ¿qué puedo decir? La alquiló para que la viéramos juntos una noche en su casa y no pude negarme. Allá abajo ni notaron que eran nombres sacados de una peli.
-Entonces si esa no es... ¿cuál es? –insistió Kimiko. Él sesgó la cabeza indeciso- anda dime.
-Bueno, no tengo una favorita. Me inclino por las comedias o terror, o ambas unísono, pero tampoco me molestan las que son aventura y acción. Me gusta hasta ahora Bienvenidos a Zombieland, por ejemplo... –ella asintió. No está mal, concedió. Por lo menos mostraba que no era serio todo el tiempo, tenía sentido del humor escondido en alguna parte.
-¿Programa de televisión favorito?
-24 –corto, dulce y al punto. Ni un poco de modestia. No es su tipo de programa predilecto, pero era una respuesta atractiva.
-¿Comida?
-No lo sé... uh –Raimundo estiró los brazos con pereza. Sus brazos eran fuertes, aunque no voluminosos, de ésos que son perfectos para acunarte mientras te apoyas en su pecho cálido y en el movimiento se levantó las orillas de su camisa revelando sus abdominales marcados y cincelados y se preguntó para sus adentros si era posible que su camisa escondiera debajo un paquete de seis. Se sonrojó al repetir la pregunta. Volvió a hablar interrumpiéndola justo cuando se lo estaba devorando con los ojos- carne ¿tal vez?
Aburrido, era una respuesta que lo tacharía en la friend zone, pero no era lo suficiente.
-¿Libro?
-Peligro inminente.
-¡Eso es una película, tramposo!
-Es una película basada en el libro. Siempre los libros son mejores, es imposible adaptar de cabo a rabo y a la perfección cientos de páginas en 35 mm, así que no me armo ilusiones si decido echarle un vistazo a la peli.
-En eso te doy la razón –confirmó, llevándose a la boca otro bocado.
Las horas transcurrieron y llegó cerca entre las diez y las once. Nunca la ciudad estuvo tan callada. Dejaron las bandejas en los carritos esperando que el servicio a cuarto las recogiera entretanto. Kimiko dejó el celular afuera por si Jack tenía noticias de la dirección de donde Young enviaba los correos. Intentaron descifrar el acertijo del reloj y por más vueltas que le dio, estrujándose los sesos y esforzándose por derivar una idea. No halló nada. Terminó por echarse a dormir en la cama. Él no puso objeción, reconoció que necesitaba descansar luego de darse tremendo banquete y era malo el sobreesfuerzo, le prometió que estaría de guardia.
Para mañana temprano abandonarían el hotel y volverían a concentrarse en la pista. Tuvo la esperanza que despertaría con la resolución de la pista al día siguiente. Raimundo apoyó el anverso de la mano en el semblante mientras velaba su sueño, la bailarina se arropó con la chaqueta de su protector y cerró los ojos. El reloj está sobre la mesilla de noche. Él lo cogió prestado unos segundos, pero tampoco tuvo suerte y en su lugar vio a Kimiko inmóvil en la cama, los ojos cerrados, las pestañas rizadas, la mano descansando sobre su vientre, el pelo recogido en una cola de caballo y por último, sus labios. Sus pómulos están regocijados del calor de la vida y pintados de un tenue rosa. En su mano sostenía la fotografía de su novia y él un año antes que Young la asesinara, en el puerto de la marina bajo un sol incandescente y haciendo frente a la brisa fresca, aún la conservaba en su cartera para no olvidarse de ella. Un poco tonto y tal vez cursi. Su posición no era relajada y tenía la otra mano en la cintura por si tenía que desenfundar su arma. No quiso decirle que aquella noche cuando vieron la película, le pidió que fuera su novia al finalizar y fue el inicio de su relación.
-¿Es la foto de ella, no es así? –Raimundo alzó la vista, Kimiko lucía adormecida ya que su voz tenía sueño, pero los ojos están entreabiertos.
-Sí –admitió con tristeza. Kimiko se medio levantó, sin necesidad de pararse y se arrastró al borde de la cama- ¿te molesta si la veo?
Raimundo estiró el brazo entregándole la foto. La apretó en sus dedos. Ella era muy bonita, el rostro con forma de triángulo invertido, los ojos obscuros grandes y brillantes, la melena castaña hasta los hombros, la piel clara, pero tostada por el sol, alta (la coronilla llegaba a la altura de la nariz de su pareja), delgada y a su lado su protector exhibía su uniforme de alférez. Se veía guapo uniformado. Hacían una hermosa pareja, odiaba admitirlo. Verónica no encajaba con las descripciones de las víctimas de Young; era una mujer refinada, culta y diplomática. Se preguntó que debía haber tenido para que Young decidiera asesinarla, quién sabría la respuesta es Raimundo, pero temió preguntar.
-Ella es muy linda. Es una lástima lo que pasó.
-Nos tomamos esa foto el día en que le pedí matrimonio… –confesó en voz baja. Kimiko se volteó hacia él con arrepentimiento, una vez más mostró serenidad- queríamos inmortalizar este momento porque era muy importante para los dos. Ni Verónica ni yo habíamos pasado por algo como esto, de no ser por Young nos hubiéramos casado en un mes. Pensé que eran nervios de la boda que la ponían así, ella era una mujer muy meticulosa y perfeccionista, lo quería todo inolvidable... ¿quién no?
-Lamento lo de la boda.
-No te disculpes, sucedió y no hay nada que pueda hacer por ella, por ti sí puedo –la miró a los ojos, recuperando y guardando la foto. El ex alférez suspiró con ánimos de cambiar el tema de conversación- ¿no puedes dormir?
-No –sacudió la cabeza- cuando menos quiero pienso en Young, no me gusta la sensación; a mí mente llegan imágenes desarticuladas y turbias de esas mujeres muertas y me imagino que soy una de ellas. Temo que si no resuelvo ese acertijo podría acabar como ellas.
-Eso no sucederá –espetó de inmediato. La idea de que Chase o alguien lastimara o pusiera una mano encima a Kimiko, lo hizo arder de furia- para eso estoy aquí. Nadie te hará daño.
-Raimundo... –dijo su nombre cabizbaja, la miró- ¿sería mucho pedirte si duermes conmigo esta noche?
Raimundo endureció las facciones y apretó la mandíbula, pero no disintió. Kimiko volvió a levantar la cabeza en espera de una respuesta. La pregunta lo dejó estupefacto, dubitativo y se mantuvo en una posición rígida cuando estalló un instinto valientemente devolviéndole la vida. En un espacio de cortos minutos relajó los músculos, subió a la cama, arrimándose a su lado y lentamente enroscó su brazo alrededor de sus hombros. Se sentía pequeña contra él. Con cuidado palmeó su cabeza. El alivio vertió más sobre la chica cuando se acurrucó al brazo que la estrechaba y se apoyó sobre él con confianza. Cerró los ojos sintiéndose segura y cómoda, protegida era obvio. Con este silencio, ella era capaz de escuchar los latidos del corazón el ex alférez de la marina. Era un sonido suave, reconfortante y dulce propio de un corazón valiente y fuerte que sirvió como un arrullo. Deseó devolverle el abrazo pero temió hacerlo por considerarlo un movimiento atrevido y enterró la cabeza en el calor de su pecho musculoso. Decidió que le gustó oírlo. Raimundo pensó en la forma en que acunó la cabeza de la bailarina en su pecho y le acarició el cabello. Pensó cómo estaba acurrucada bajo su brazo, le gustaba la sensación. Ella respiraba suavemente, supo que estaba dormida. Sonrió, frotó su hombro y la estrechó contra él.
-¿Qué estoy haciendo? –pensó- soy un imbécil. Demonios, quizá ambos somos unos tontos.
...Esta historia continuará...
A/N: ¿Saben que me gustan de los fics con ranting M? Que no tengo límites. Soy capaz de escribir lo que me dé la gana sin reservas, puedo escribir sobre sexo, hacer que mis personajes digan todas las groserías fuertes que quiero habidas y por haber, masacrar a un montón de gente y dejar ver los huesos y la sangre. Mas el exceso nunca es bueno.
Si tiene nada más sexo, carece de sentido (claro las pelis porno, pero sin una trama, no se ve bien); si en una conversación los personajes intercambian groserías, se ve feísimo y créanme que he visto de sobra, y si el corte de una vena la sangre sale disparado un monstruoso chorro sinfín, en un punto se ve asqueroso y tanta masacre a lo loco deja un sabor seco en la boca. Sin embargo, como estoy acostumbrada a los fics con mayor restricción o estoy saliendo de uno, se me olvida. En este caso no es así, terminé con un fic de rango M para empezar con otro de rango M. Ustedes no tienen idea de cómo me encanta este fic, lo adoro, me atrevería a denominarlo como el fic de oro, la propuesta del año... ¿saben que cuando todos están esperando una película se generan enormes expectativas? Porque cuenta con un excelente argumento, un reparto y una dirección.
La trama es rica porque contiene demasiadas cosas que son bien manejadas y tenemos una sinopsis llamativa, el reparto protagonista es aceptado y querido en el público (en una encuesta de 20 minutos que leí hace tiempo los personajes preferidos de la serie en las cuatro primeras posiciones: Raimundo, Kimiko, Chase y Omi, ¿qué coincidencia?) Que ocupan también mis primeros cuatro lugares favoritos y son los protagonistas del fic, en el quinto Jack al igual que la encuesta. En esos mismos lugares están situados en nuestros fics, la última vez que vi Raimundo tenía 1076 puntos y Kimiko tenía 1067 (muy altas las puntuaciones y sí, yo también pensé lo mismo: Los quieren mucho). La dirección la tomo yo notoriamente, quienes dicen que soy buena escritora... El nombre de este episodio se lo debo a Beating Heart por Ellie Goulding, puesto que lo escribí oyendo esta canción, la cual recomendé unos capítulos atrás. Hubo varios aspectos en este fic interesante: A medida que pasa el tiempo se afianza la relación entre Kimiko y Raimundo. ¿O qué de otra forma lo explicaremos? A Kim le incomoda que coqueteen con Rai, Kim acaricia la mejilla de Rai para agradecerle, Rai comparte sus gustos con Kim, Rai y Kim sostienen un entrenamiento de autodefensa o lo que sea que fuera eso porque hubo una parte en que no sé cómo decirlo (que me pareció raro)...
-No me digas que Kimiko estaba frotando...
Jajaja. Rai anima a Kim a no rendirse y para rematar tenemos esa hermosa escena de Kim acurrucada en el pecho de Rai. Qué tierno. ¿Son muy buenos amigos, no?
-A mí me parece que Kimiko sí tenía bastante hambre, pero no de patatas o pollo si no estaba hambrienta de otra cosa...
Todas lo hemos estado en alguna vez. La insinuación de Mía me recuerda que Chase y Raimundo nos obsequiaron una parte de su cuerpo desnuda. Me corrijo, Chase salió desnudo y Raimundo nos ofreció una vista de su paquete de seis (a mí me enseñaron que un paquete de seis significan seis cosas en un contenedor, empero aquí hablamos de los abdominales... a lo que hemos llegado). Si estas imágenes fueran visuales, todas estaríamos babeando o nos saldrían corazoncitos en los ojos aunque lo podemos hacer porque uno se transporta cuando lee. Ya va, me acaban de decir que no se sabe si el ex de la marina tiene un paquete de seis, quedó como duda, ¿me equivoqué o fue spolier?
No creo que debería ser spolier, en Xiaolin Showdown en algunos episodios Raimundo sale sin camisa (me acuerdo que en El Monstruo del Sueño, hay una escena dónde está en la playa y está en traje de baño naturalmente y otra dónde sólo tiene sus pantalones y zapatos, esa parte me pareció dramática y él lucía tan atractivo, jaja) y en Xiaolin Chronicles en el episodio de Rocco en donde sacan un ángulo especialmente para que todos veamos los abdominales de Raimundo. Es en serio, es a comienzos del episodio. Lo que pasa es que me vi los episodios que salieron en Estados Unidos por adelantado. Así que yo no estoy diciendo mentiras.
Verán, antes de comenzar a filmar esta película llevé un contrato a mis protagonistas que si querían interpretar un papel principal en el fic, ellos debían cumplir ciertas condiciones en las que incluía desnudarse. Kimiko firmó porque dijo que ya lo mostró todo en Hurricane. Raimundo ni lo leyó, firmó y se fue, como que a él en el fondo le gusta esto. Chase me dijo un pocotón de cosas en la cara y al final firmó. Omi me puso 45 "peros" y llegué a establecer un acuerdo con él para que fuéramos los dos felices. Y firmó un contrato especial.
Cuando estuve leyendo la parte de Kimiko, me sorprendí, entiendo cuando dijo sobre esperar el momento indicado para cambiar y el miedo al fracaso, no aceptar una nota más baja de la nota perfecta, los desafíos que toma y seguir metódicamente al profesor para lograrlo. Yo era así... no, soy así y siempre lo seré. No me di cuenta que puse algo de mí. Me he preguntado en varias veces por qué las personas inteligentes se vuelven psicópatas o enloquecen, ¿no ven a Chase? Coeficiente intelectual de 145. ¿Será que ese es mi destino? ¿volverme loca? No si mantengo la cordura. Me llamó la atención en el instante cuando se estaba preparado y adaptando su traje de policía. La mayoría de los asesinos en serie son hombres, como un 3% son mujeres.
A mí se me partió el corazón cuando Raimundo dijo que iba a casarse en un mes con su novia de no ser por el miserable de Young, pobrecito, ha sufrido mucho. Creo que ha sido demasiado obvio que quienes estaban en la foto eran él y su novia. No lo sé, ha estado mucho tiempo solo y un hombre tan bueno como él merece ser feliz al lado de una buena mujer. Aprovecho para dar los adelantos del capítulo que viene: Nuevos personajes se incluyen en el fic, más sorpresas al descubierto, el romance sube, pero el peligro también. Les aconsejo que dejen la bombona de oxígeno afuera por medidas de seguridad, la van a necesitar bastante en estos capítulos hasta el final. Raimundo, Kimiko, Chase y Omi en escenas arrebatadoras e inolvidables, que nunca leíste. No se lo vayan a perder porque será un capítulo memorable del fic Contrarreloj: No hay lugar seguro. Episodio once, la cita es el martes que viene. No se lo pierdan. ¡Nos leemos y hasta entonces cuídense!
Mensaje para María del Mar: ¡Hola! Ejem ¿no es obvio? Si no te gusta algo es porque no te gustó cuando lo probaste. Es como si bebieras de un lago infectado que tiene un pocotón de cosas que la gente le ha zumbado. Eso es raro, en serio, cuando la gente me conoce le provoca escupirme un ojo, les doy mala impresión, ¿qué voy hacer? No soy moneda de oro. ¿El martes? Bueno, ¿cómo decirlo? Estoy rodeada de ineptos que no pueden hacer nada sin mí, y si yo no sé todos están perdidos, y tengo profesores locos, que les gusta gastar el tiempo en tonterías que aplicar un examen, ponen cosas que no se parecen a las que han explicado volviendo a los exámenes y que creen que uno puede hacer mil cosas en cinco minutos porque somos Einstein. He podido salir ilesa y mucho mejor de lo que esperaba (pensé que iba a reprobar, pero aprobé con una buena nota), sin embargo, en la última situación no lo sé... Una clase hoy y un trabajo de eso el mismo día con un plazo de menos de media hora para hacerlo. Contesté una mamarrachada por el tiempo y así se quedó. No sé cuánto me pondrá. Como digo, tengo profesores locos... Y lo peor de todo, es que independientemente de la situación, la que paga los platos rotos soy yo.
Dios, mija, relájate. Si sabías que no iba a pasar, ¿cuál es la emoción? Sí es afortunada al tener a Raimundo como protector...
-Cualquiera sería afortunada de tener a Raimundo de protector.
¡Oh, Rai, mi amor, mi vida! Él es el más apuesto de los apuestos. ¡Un bombón!... ¡¿por qué?! ¡Omi no tiene cara de asesino! Tú lo has visto en la serie, incapaz de matar una mosca. Omi quiere que Chase sea bueno, no lo discrimina como los otros monjes. Él es más puros de los puros. Pues no me gustan, yo odio todos los insectos, sobre todo a los que se arrastran. En las series animadas las ponen bonitas, en la vida real las veo feas. Okey, ¡espero que te haya gustado el capítulo de esta semana! ¡nos leemos pronto, querida!
