Cap10 Grey: El Jefe.

El edificio de ladrillos elegantes estaba frente a nosotros.

—Vamos.

Christian bajó de su asiento y salió del auto, le murmuró algo a Taylor, y Christian abrió mi puerta. Extendió su mano para tomar la mía. Era algo extraño su gesto.

Bajé con cuidado, y cuando intenté soltarme para caminar, sus dedos se entrelazaron con los míos. Y Empezamos andar de la mano. Pude sentir el calor que ejercía su agarre, intenté soltarme sutilmente, pero el apretó más. Me lanzó una mirada de irritación.

—Van a pensar que…—me interrumpe.

—Me importa poco lo que los demás piensen.

—Pero no somos…—vuelve a interrumpir.

—Solo entra. La doctora nos está esperando.

Al abrir las puertas de cristal, nuestro agarre desapareció, pero su mano se posó en mi espalda baja para guiarme por el pasillo. A unos metros estaba la recepcionista quien nos recibía con una gran sonrisa en sus labios. Podría decir que hasta intentó reponerse por la presencia de Christian. Si, la puso nerviosa y cuando le dijo que teníamos cita, hasta se pudo ver el sonrojo en sus mejillas. Puse los ojos en blanco. La mujer habló con la doctora para informar que habíamos llegado.

—Pase, la doctora Greene, la espera. —Christian se detuvo en seco y se volvió hacía la mujer.

—«Nos espera» querrá decir.

Regresó con más intensidad el sonrojo a sus mejillas.

—Disculpe, solo ha dicho la doctora que pase la señorita.

—No. Yo también voy a entrar. —puse mi mano en su brazo para detener el berrinche que se estaba aproximando.

—Voy a entrar, usted espere en la sala, señor Grey.

Christian negó.

—Los dos. Quiero saber que te va a recetar, o que cuidados necesitas—bajó la voz y se acercó a mi oído—ya sabes, ya no eres virgen y quiero saber si necesitas algún tipo de cuidado…

Me separé con los ojos entornados. ¿Qué es lo que quería decir?

—¿Crees que por qué ya no soy virgen, ocupo algún cuidado especial?—solté en un tono bajo solo para él y para mí.

Se quedó callado. Sus mejillas se sonrojaron y no pude evitar soltar una risa discreta.

—No te burles. Es la primera vez que…—bajó irritado su mirada hacía sus zapatos de marca, y arrugó el entrecejo—…Por eso quería que primero habláramos.

—Tú fuiste el que dio la orden de venir primero aquí, señor Grey. —Levantó la mirada sin verme. Y se volvió hacía la recepcionista.

—Informe a la doctora Greene, que regresaremos en otra ocasión, se ha atravesado algo. —me tomó del codo, y nos llevó a la salida del edificio sin esperar la respuesta de la mujer.

—Espera, espera, harás que caiga con estas zapatillas—murmuré mientras intentaba no romperme el cuello con la rapidez con la que atravesó las puertas de cristal.

Subimos al auto. Y pude notar lo nervioso que estaba, sus dedos jugaban entre sí, y no me miraba.

—¿Pasa algo?—pregunté curiosa.

—Cuando lleguemos, hablaremos.

Después de diez minutos de camino, llegamos a un edificio muy elegante de cristal. Hizo el mismo modus operandi al bajar del auto, intenté ser más rápida con mi mano, pero fallé. Nuestras manos estaban entrelazadas posesivamente mientras caminábamos al interior del edificio.

—¿Dónde estamos?—pregunté sin dejar de mirar a nuestro alrededor.

No contestó. Avanzamos hasta llegar a la recepción, y un hombre muy pero muy atractivo nos sonreía. Pareciera salido de una revista de PLAYBOY.

—Bienvenidos. Señor Grey, aquí tiene. —le extendió una tarjeta plastificada color oro. Nos guio al elevador de cristal, y subimos en silencio. La intriga me estaba carcomiendo. Su agarre empezaba a provocar más calor, y recé por segundos en no sudar.

Las puertas se abrieron en el último piso. Solo había un largo pasillo, y al final una puerta doble de acero y colores minimalistas. Llegamos frente a ella, se acercó a una pantalla donde posó su dedo índice.

—Bienvenido, Señor Grey. —di un brinco en mi lugar cuando una voz robotizada habló.

—Ven, dame tu dedo índice—dudé. Ceñí mi frente y al ver que no respondía tomó mi mano derecha y puso el dedo índice en la pantalla. Tecleo algo rápido, y le dio un último toque.

—Bienvenida, señorita Steele—otra vez la voz robotizada, pero en esta ocasión dijo mi nombre. No sé por qué eso me hizo sonreír.

Christian me contempló por breves segundos como si fuese la primera vez que me ve sonreír. Se giró hacía la pantalla tecleó una clave y las puertas se abrieron.

—Dame tu móvil. —y lo saqué. Tecleó algo rápido.

—Guardé la contraseña en tu agenda. Ven, esto te va a gustar…—tomó mi mano y nos adentró dentro del lugar. El solo cruzar, casi hizo que mi boca cayera hasta el suelo. Christian cerró la puerta a nuestras espaldas tecleando otra vez.

—Seguridad activada. —la voz robotizada de nueva cuenta, su mano sigue entrelazada con la mía. Me he quedado muda al ver el lugar.

—¿Anastasia?—susurra cerca de mi oído. Salgo de mí trance.

—¿Dónde estamos? ¿Por qué tengo la autorización para entrar a este lugar? ¿Por qué está vacío?

Muchas preguntas cruzaron por mi mente. Pude sentir como el aura del erotismo nos abrazaba. Yo no podía pensar bien. Él se puso frente a mí sin soltar nuestro agarre.

—Necesitamos hablar. —Nuestro agarre se esfumo cuando se giró para caminar alrededor del lugar.

—¿Señor Grey?—pregunté para atraer su atención, pero él seguía en sus pensamientos.

—La gente que me conoce siempre me ha tenido en una imagen de un hombre de negocios intimidante, en un tipo amargado, sin sentimientos, y que no le interesa nadie más que no fuese yo mismo. ¿Qué es lo que piensas de mí, Steele?

Tragué saliva incómoda. Torcí mis labios al no tener una respuesta rápida. Se acercó hasta mí y al quedar enfrente su pulgar acarició mi mejilla.

—Aquí se te forma unos preciosos hoyuelos…—susurró sin dejar de prestar atención a lo que acariciaba.

Pasé mi lengua por mis labios al sentirlos secos.

—Creo que no es importante lo que piense una directora de finanzas del dueño de la empresa. Es irrelevante.

—Como dueño de la empresa a mí me importa. Quiero saber qué piensas de mí. —levanto la mirada para enfrentarlo.

—¿Estás seguro?—el asintió con una sonrisa en sus labios, como si supiera todo lo que saldría de mi boca viperina, como é lo había comentado en varias ocasiones.

Esquivé su cuerpo, y me abracé a mí misma. Tomé aire y lo solté. Y al girarme hacía él a medio salón mi boca se abrió.

—Eres un gilipollas arrogante. Te crees la última botella de agua embotellada del desierto, cuando uno te da opinión humildemente, lo pisoteas. Te crees un alfa machista, a veces eres un prepotente, irritante y…—las palabras se había empezado a esfumar cuando empezó a avanzar hacía mi lentamente. Como cuando el depredador está a punto de lanzarse a su presa.

—¿Y…?

—Y… crees que por tener ese….ese—señalé con mi mano su cuerpo—ese atractivo cuerpo y esos hermosos ojos grises, crees que toda mujer tiene que caer rendida a tus pies. ¡Pues no! Habremos…—se detiene a un metro de distancia—…habremos mujeres con…—tragué saliva a mis palabras que no tenían sentido. —con otros tipos de gustos más sencillos.

—¿Cómo cuáles?—su voz ronca me hizo temblar. El aro de sus ojos empezó a dilatarse. Y supe que estaba empezando a perder. Retrocedí y esquivé de nueva cuenta su cuerpo.

—Un hombre que le guste ver películas de vez en cuando, que le guste las palomitas con mantequilla extra—seguí caminando y a la vez intentando concentrarme en el salón vacío. —También que le guste leer, que su trabajo le apasione…—sentí por una fracción de segundos que estaba empezando a describirlo…—am…. Me refiero que sea trabajador. Atento, detallista, que cuando quiera hablar de algo, realmente me escuche porque quiere, no por compromiso. Que le guste caminar por las noches de la mano…—entré al área que podría confirmar que era una cocina pero sin muebles, pasé la mano por la isla de granito macizo que adornaba el espacio. Y cuando lo busqué estaba en donde lo había esquivado por segunda vez.

No mostraba algún tipo de reacción. Sonreí al ver que le había sacado de su órbita, inclusive asustado. Christian Grey no era de relaciones. No era de salir con los amigos al bar, o de tener alguna resaca un domingo. Me crucé de brazos y caminé hasta quedar de frente. Podría decir que me hizo sentirme valiente al ver que no reaccionaba. Además el hecho que haya tomado mi mano no quiere decir nada. Di un último visto al departamento y luego me concentré en él.

—¿Entonces? ¿De qué va este lugar?

—Anastasia…. —susurró mi nombre con aquel tono que me hizo sentir calor.

—Um…—pero no decía nada.

—Compré este piso…—comenzó a decir, pero podría ver que no estaba seguro de sus palabras— necesito una persona que pueda ayudarme a decorarlo. ¿Podrías ayudarme?

Me quedé curiosa. ¿Estaba diciendo la verdad?

—Tengo trabajo… además…—no sabía que más decir.

—¿Qué te parece si me ayudas los domingos? Podríamos ver los muebles en alguna tienda…

—¿Domingos?—mierda lo que menos quería es involucrarme más de lo que ya estábamos.

—Claro, te pagaré por tu ayuda. —hizo un gesto con la mano en el aire.

—No es por el dinero…—el me miró fijamente.

—¿Entonces? ¿Temes que te tome y te folle contra los ventanales? ¿O en la isla de granito?—tragué saliva.

—Esto...—señalé a ambos—… no puede seguir. Tú eres mi jefe, y yo tu empleada. Seamos sinceros, yo no quiero ser la siguiente a la que te sigues follando cuando te apetece.

—Podría funcionar cuando a ti también te apetezca. Además...sé que me deseas.

—¿Ya dije que tienes el ego más grande del mundo?

—¿Conoces a todos los del mundo?—sonreí a su respuesta rápida.

—Christian…—me tomó de la cintura, y me acercó a su pecho. Mis palmas quedaron sobre su dorso para marcar espacio pero el intentaba borrarlo.

—Te deseo.

—Se supone que esto no debe continuar… eres—dejó un beso de pico contra mis labios.

—…tu jefe.

—…y yo tu empleada.

Dejó otro beso, mis manos empezaron acariciar su pecho. Sus labios se entreabrieron y me levanté de puntillas para besarlo. Mis brazos lo rodearon por el cuello, y él me apretó más a su cuerpo. Podía sentir como emanaba el calor y el mío. Esa maldita electricidad, el aura erótica, y las ansías de tener sexo llenaban todo este gran espacio iluminado.

Nos separamos del beso para tomar aire.

—¿Domingos?—dijo dejando su frente sobre la mía, y tratando de calmar su respiración.

—Hecho.

Cerramos el trato con un beso apasionado.