A/N: Ahora mismo es mi favorito. Se ve que a partir de este punto, cada capítulo nuevo que escribo para esta historia se va volviendo mi nuevo favorito.

Disclaimer: tanto el universo TWD como sus personajes no son de mi propiedad, sino de Robert Kirkman y AMC.


Beth tamborileó con los dedos en el reposabrazos de la camioneta mientras Daryl se montaba.

— ¿Estás cómoda? —le preguntó él.

—Claro —asintió Beth, sonriendo ligeramente. Daryl arrancó y pronto estuvieron en la carretera camino a casa—. Tengo que tomarme más medicamentos que muchos de los ancianos con los que trabajo.

Daryl bufó.

—No, en serio, mira: analgésicos para el dolor, anti inflamatorios, vitaminas… ¿para qué necesito vitaminas?

—Dímelo tú, eres la enfermera —contestó Daryl. Beth se mordió el labio y reprimió una sonrisa.

—Voy a acabar tan grogui que voy a tener que arrastrarme hasta la cama cada noche —continuó Beth.

Aunque también podrías llevarme tú en brazos.

—Creo que deberías llegar y acostarte, yo te despierto —le instó él.

—Estoy harta de dormir. Sólo quiero volver al trabajo.

—Creí que a cualquiera al que le dieran la baja y le recetaran reposo estaría contento —replicó Daryl. Beth se encogió de hombros.

—Pero es que yo no soy cualquiera —le dijo Beth—. Me gusta mi trabajo. Odio tener que tumbarme en la cama y estar todo el día haciendo el vago. Incluso cuando era más joven estaba todo el día haciendo algo.

—Una chica trabajadora —comentó él.

—Sí. Así que voy a tener que encontrar una forma de entretenerme hasta que llegues—añadió, casi sin pensar. Fue entonces cuando se dio cuenta de lo que acababa de decir y giró la cabeza para mirarle, sonrojada—. O sea, que… voy a tener que pasarme las horas muertas mirando al techo.

—Ya, ya sé a lo que te referías —Daryl se aclaró la garganta—. El médico te ha dicho que descanses y que te dejes de levantar pesos. Que le llames si te empieza a doler la cabeza o las costillas o si empiezas a toser sangre. Cosas así —se encogió de hombros.

—Creo que eso último es evidente.

—Depende de con qué frecuencia tosas sangre —replicó él, y ella rió—. ¿Cómo pasó?

— ¿No te lo dijo Rosita por teléfono? —Él negó con la cabeza—. Solté una caja en una estantería y se me cayó encima. La estantería, quiero decir.

—Lo sé.

—No soy una debilucha.

—Lo sé —repitió él, esbozando una media sonrisa.

—En fin, cuando quise darme cuenta estaba tirada en el suelo. Pero tuve suerte —añadió en un tono más alegre.

— ¿Suerte? —dijo Daryl escépticamente.

—Claro. Podría haber sido mucho peor.

—Te has jodido entera —apostilló él.

—Vale, a) gracias por el cumplido —Daryl enrojeció levemente—, y b), podría haber sido muchísimo peor. Podría tener que llevar collarín, podría haberme hecho algo grave en la espalda, o se me podía haber clavado una costilla en un pulmón… ¿qué tengo, moratones y un brazo roto? Los huesos sueldan.

—Y un chichón en la cabeza —le recordó Daryl. Beth soltó una suave carcajada.

—Y un chichón en la cabeza —concordó ella, sonriendo con dulzura. Él desvió la vista de la carretera para mirarla un segundo—. Y gracias.

—No es-

—Ni se te ocurra decirme que no es nada, Daryl Dixon. Tengo que ser la tía más plasta del mundo para ti —añadió en tono ligero, a pesar de que en el fondo temía que él lo pensara de veras. Notó cómo él la miraba de reojo.

—Las hay peores —contestó él al cabo de un rato, pero ella notó el tono de broma. Beth sonrió y le dio un pequeño codazo con la escayola—. Cuidado con el brazo.

—Sí, señor Dixon—refunfuñó ella, recolocándose en el asiento. Daryl se la quedó mirando con una media sonrisa y Beth enrojeció—. ¿Qué? Oye, mira a la carretera, que vas a conseguir que nos estrellemos.

—Sí, enfermera —murmuró él, girando la cabeza para seguir conduciendo. Beth sintió un ligero cosquilleo en el estómago y suspiró, mirando hacia la ventana para evitar que él se diera cuenta de que las manos le temblaban ligeramente.


La puerta se abrió ligeramente y Beth pasó, sonriendo.

—Qué alegría estar en casa al fin —suspiró, sentándose en el sofá con aire melodramático.

—Sólo has pasado fuera una noche —repuso Daryl mientras cerraba la puerta, aunque en su cara había una expresión divertida.

—Una noche se puede hacer muy larga—contestó ella. Vio cómo él paraba un instante ante sus palabras y sintió que el corazón se le aceleraba. ¿Por qué no dejaba de soltar tonterías sin pasarlas primero por el filtro?

—Tengo que ir a trabajar, pero tienes mi número ahí. Si necesitas algo…

—Estaré bien —le aseguró ella—. Venga, no te preocupes por mí.

Él asintió y ella siguió sonriendo hasta que la puerta se cerró, y entonces, apoyó la cabeza en el respaldo del sofá y resopló.

—Dios, Greene, estás tonta.


El timbre la despertó bruscamente. Dio un salto en el sofá que le provocó un latigazo en el cuello, y mientras se incorporaba con dificultad para levantarse con dificultad, no paraba de maldecir entre dientes a quien fuera que hubiera decidido venir sin avisar.

—Alexis —la sorpresa era evidente en su voz—. ¿Qué haces aquí?

—Hola —la chica parecía extremadamente cohibida—. Venía a ver cómo estabas.

Beth parpadeó, confusa.

—Bueno, yo… gracias —respondió—. Pasa.

Alexis asintió y entró al piso mientras Beth se movía con dificultad hasta sentarse de nuevo en el sofá y suspirar por el esfuerzo.

—Oh, siéntate, por favor —añadió cuando se dio cuenta de que seguía de pie. La chica asintió y se sentó a su lado, sin mirarla directamente—. Bueno… ¿te apetece tomar algo o…?

—No, no, no —se apresuró en decir Alexis—. No te molestes.

—Entonces, tú dirás —la instó Beth suavemente.

—Escuché lo que te pasó en la residencia. Debió de ser horrible.

—No es para tanto —le aseguró Beth, sonriendo suavemente. Alexis miró a su brazo y alzó una ceja, pero no dijo nada—. Podría haber sido peor.

—Sí, podría haberlo sido —concordó su compañera—. Podría haberle pasado a cualquiera y en cualquier momento.

Beth frunció el ceño ante sus palabras, confusa.

—Sí, bueno, admito que tuve un poco de mala suerte con que se me cayera la estantería encima, pero ya sabes lo viejo que es todo allí…

—No tienes que darme explicaciones, todos tenemos nuestros momentos de torpeza —sonrió Alexis suavemente, haciendo un pequeño gesto con la mano.

—No fue torpeza. Se me cayó toda una estantería encima porque llevaba allí desde antes de que yo naciera.

Alexis se inclinó y le dio un suave toquecito en la mano.

—Todos sabemos que estás pasando por un mal momento, Beth. Nadie va a juzgarte porque te distrajeras un poco en el trabajo, y mucho menos después de esto —continuó, señalando a su cuerpo. Beth abrió la boca para responder, pero estaba demasiado confusa para hacerlo. Se humedeció los labios y la miró.

—Alexis, no te sigo.

Ella abandonó su expresión de amabilidad y la seriedad se implantó en su rostro.

—Sé que has tenido que pasarlo mal, pero buscarle problemas a la residencia con esto-

— ¿Buscarle problemas? ¿Pero de qué estás hablando?

—Oye, no te juzgo —continuó Alexis—, yo también intentaría sacarles dinero si se me cayera un mueble encima en el trabajo, pero ambas sabemos que fue culpa tuya.

Beth se quedó petrificada.

—Yo no quiero sacarle dinero a nadie —contestó. Alexis sonrió.

—Claro que no. Y ninguno queremos que lo hagas.

— ¿Perdona?

—Si denuncias esto nos hundes a todos. Van a echar a más gente, van a recortar sueldos, nos van a dejar en la calle a todos… hay gente que tiene familias que mantener.

—No pretendo denunciar a nadie, Alexis —respondió Beth entre dientes, tratando de contener la indignación que sentía—, y mucho menos perjudicaros. Sois mis compañeros.

—Pero lo tuyo va antes que lo de los demás, ¿verdad? ¿Sabes que uno de los motivos por los que Joan se marchó fue porque ella quería mantener a la señora Dixon en Rosewood y Dawn sólo intentaba hacer lo mejor para el centro?

Beth retrocedió instintivamente.

—Te envía ella —sentenció, negando con la cabeza. Alexis miró a otro lado y Beth la sujetó fuertemente por un brazo—. ¿Qué te ha hecho? Alexis, no puede despedirte sin motivo.

Alexis se soltó de su agarre bruscamente.

—Tú sólo te preocupas por ti misma. Te has encaprichado del tío ese y te negabas a que la trasladaran a donde estaría mejor. ¿Y ahora esto? ¿Qué quieres, arruinarnos a todos? —se puso en pie y se dirigió a la puerta.

—Alexis —la detuvo Beth—, no voy a denunciar a nadie. Ni siquiera había pensado en hacerlo.

La chica se giró levemente y la miró, incrédula.

— ¿Me lo prometes? —preguntó, y Beth asintió—. Si me estás mintiendo-

—No soy yo la que miente ahora mismo —la interrumpió—. Sé que Dawn te ha amenazado. Sé que quieres conservar tu trabajo, pero esta no es la forma de hacerlo. Ella no va a hacer lo que sea mejor para ti y lo sabes. Dios, ayer mismo eras tú la primera que protestaba.

Alexis se quedó de lado, mirando hacia la puerta.

—No podemos ganar —le dijo simplemente—. Con esta gente nunca se puede ganar. Deberías ser lista y dejar de buscarte problemas. Mejórate, ¿vale? —y con eso, abrió la puerta y se marchó. Beth se quedó unos momentos observando la entrada, como si creyera que fuera a volver a entrar en cualquier instante. Entonces, cerró los ojos y apoyó la cabeza en el respaldo del sofá. El corazón seguía martilleándole en el pecho y no podía dejar de darle vueltas al asunto. ¿Cómo hacerlo, cuando Alexis había pasado de ser su compañera y una amiga a ser una desconocida?

Poco a poco, fue deslizándose por el sofá hasta caer en un lado, quedándose dormida mientras su mente seguía funcionando a toda velocidad.


Beth se despertó bruscamente. Levantó la cabeza y se encontró con dos manos en sus hombros que la volvían a tumbar con suavidad.

—Sólo soy yo —la voz baja y grave de Daryl la tranquilizó, y la tensión abandonó su cuerpo de golpe. Tragó saliva, sintiendo la boca seca, y alzó la vista para mirarle. Estaba agachado frente a ella y parecía estar observándola—. El médico dijo que debería despertarte cada tres horas.

Beth asintió lentamente mientras se frotaba los ojos.

— ¿Cómo te llamas? —le preguntó él.

—Beth Greene —contestó ella, soñolienta.

— ¿Sabes qué día de la semana es?

— ¿Miércoles?

—Si usas ese tono de duda voy a pensarme en llamar al médico —bromeó Daryl, y ella sonrió.

— ¿Qué hora es?

—Las ocho y media.

— ¿Qué? —Beth intentó incorporarse, pero Daryl se lo impidió—. ¿Cómo he podido dormir tantas horas seguidas?

Daryl se encogió de hombros.

—Lo necesitabas.

—Dios —Beth apoyó la frente sobre su mano y suspiró—. Lo peor es que sigo cansada.

—Si quieres seguir durmiendo-

—No, no —respondió ella inmediatamente—. Creo que voy a darme una ducha.

—Vale —asintió Daryl, poniéndose en pie—. ¿Tienes hambre?

—Un poco —contestó Beth, incorporándose lentamente y dándose cuenta de que alguien le había subido las piernas al sofá y la había tapado con una chaqueta. Una chaqueta de cuero. Sin embargo, cuando giró la cabeza para mirar a Daryl, él ya estaba en la cocina, de espaldas a ella—. Puedo cocinar yo, si quieres.

—Nah, sé hacerlo —Daryl no se giró para contestarle, y Beth no pudo evitar acercar la cara ligeramente a la chaqueta e inhalar suavemente. La apartó con cuidado y la dejó en un brazo del sofá. Sintió un ligero mareo cuando se puso en pie y tuvo que parar unos segundos para evitar caerse de golpe otra vez, y mientras pasaba por delante de Daryl para entrar al baño, le observó de reojo lo más disimuladamente posible.

Beth entró al baño y cerró la puerta apoyándose con la espalda mientras que con la mano sana se desabrochaba el botón de los vaqueros. Se alegró de comprobar que desvestirse era bastante más sencillo que vestirse con un solo brazo, pero aún así se encontró bastantes dificultades para bajarse los vaqueros pegados. Se sentó en el váter y consiguió quitárselo a base de pataditas, y después tuvo que pelearse un poco para quitarse la camiseta.

Estaba en proceso de desabrocharse el sujetador cuando oyó que pegaban a la puerta.

— ¿Sí? —gritó ella.

— ¿No necesitas… taparte la escayola? —dijo Daryl a través de la puerta. Beth parpadeó un par de veces.

—Se me había olvidado por completo —admitió Beth, enrojeciendo levemente. Hubo un breve silencio.

—Tengo una aquí.

—Vale, espera —Beth se colocó detrás de la puerta y abrió muy levemente, lo justo para que su brazo. Se dio cuenta de que también tenía una toalla y su sonrojo creció—. Se ve que dormir en exceso también es malo para la salud —rió suavemente mientras tomaba ambas cosas—. Muchas gracias.

Cerró la puerta de nuevo y se tapó la escayola con la bolsa. Después, dejó la toalla encima del lavabo y abrió la cortina de la ducha. Tras mucho pelear, consiguió deshacerse del molesto sujetador, y se bajó el resto de su ropa interior, dejándola en un rincón del baño mientras se metía en la ducha.

Empezó a canturrear suavemente mientras el agua corría por las cañerías y comenzaba a caer por la alcachofa de la ducha.

I am giving up one of my dreams today

I found out I can't always get my way

And sometimes a dream isn't worth what you pay

Fue en el momento en el que Beth alzó el brazo para lavarse el pelo que sintió un latigazo recorrerle toda la espalda desde la base de la columna. Contuvo un grito ahogado mientras se apoyaba en la pared de la ducha, apretando los dientes. Se las apañó para cerrar el grifo mientras intentaba reprimir las lágrimas de dolor.

Salió de la ducha y se envolvió en la toalla, aún temblando por los restos del hachazo de dolor que acababa de sufrir.

—Joder —susurró, llevándose la mano a la bolsa. Sentía que si movía la espalda lo más mínimo iba a acabar retorciéndose, así que se quedó muy quieta, de pie en mitad del baño mientras veía las gotas caer desde las puntas de su pelo hasta la toalla que la cubría.

No se había dado cuenta de cuánto llevaba allí hasta que escuchó que Daryl volvía a tocar suavemente.

—Puedes pasar —dijo ella, y en el momento en el que la puerta se abrió volvió a cerrarse—. Daryl, puedes pasar, estoy visible.

— ¿Qué te ha pasado? —le preguntó él, sin acercarse demasiado. Beth no pudo evitar preguntarse si huía de las mujeres con poca ropa en general o de ella en particular.

—He ido a levantar el brazo bueno y la espalda no me ha dejado —explicó directamente, alzando la cabeza para mirarle.

— ¿Quieres que llame al médico?

—No, no, no hace falta, me dijo que podía pasar. Ahora me tomaré el analgésico y seguro que se me pasa —contestó ella—. Además, ya estoy mejor.

Daryl levantó una ceja.

— ¿Puedes levantar el brazo?

—Bueno… no —admitió ella—, pero seguro que en un rato podré.

Hubo un par de segundos en silencio en el que se miraron incómodamente hasta que ella terminó suspirando.

—Vale, puede que no —añadió, rendida. Intentó pensar a toda velocidad en mil maneras distintas de decirle lo siguiente, pero en vista de que no encontró ninguna que fuera menos embarazosa, lo preguntó sin rodeos—. ¿Me ayudas?

Daryl palideció, y al instante siguiente se volvió rojo escarlata.

—No me refería a ducharme —corrigió inmediatamente—. Sólo a lavarme el pelo.

Se sucedieron otros momentos de incómodo y angustioso silencio en el que Beth sintió que su cara se ponía del mismo color que la de Daryl.

—No importa —dijo finalmente—. Perdona por preguntarte algo así.

Daryl la miró un instante, y entonces salió del baño sin mediar palabra. Beth se preguntó si realmente la había cagado aquella vez, pero entonces él reapareció con una silla en la mano y la colocó junto al lavabo. Entonces, hizo un gesto con la cabeza para que ella se sentara. Beth asintió levemente y se acercó a la silla, sentándose con cuidado. Echó la cabeza hacia atrás para que el pelo le cayera en el lavabo y se llevó la mano a la toalla para asegurarse de que no iban a ocurrir más incidentes embarazosos.

Daryl abrió el grifo, alternando temperaturas hasta que el agua empezó a salir agradablemente tibia. Beth no pudo evitar cerrar los ojos y soltar un suspiro cuando sintió sus manos enterrarse levemente en su pelo, y contuvo un sonidito de satisfacción que sin duda volvería la situación más rara si cabe.

— ¿Puedes echar la cabeza un poco más hacia atrás? —murmuró él, y ella lo hizo, dejando que el agua se llevara los restos de champú.

Conforme pasaron los minutos, se le iba olvidando más y más por qué se había sentido tan avergonzada, y en su lugar lo único que sentía era el placer de tener a alguien (bueno, alguien, Daryl Dixon) lavándole el pelo con cuidado.

—Antes te he oído cantar —comentó él, y Beth abrió los ojos—. ¿Qué era?

—Oh —murmuró Beth—. Era una canción que escribí hace tiempo.

—No sabía que también hicieras eso.

—Canto desde que aprendí a hablar. Puede que incluso antes —rió suavemente—. Y escribir canciones es una forma de sacar ciertas cosas.

—Ésa parecía… —Daryl no terminó la frase.

—Lo sé —Beth hizo un leve asentimiento—. Antes de venir a vivir aquí yo salía con un chico, Jimmy. Llevábamos saliendo desde los dieciséis, pero durante el tiempo que yo había estado en la universidad nos habíamos distanciado. Después se enteró de que me iba a mudar y supongo que ocurrió lo que tenía que pasar. No estaba exactamente triste porque hubiéramos roto. Era simplemente el hecho de que una parte de mi vida hubiera terminado así. Todo el mundo suponía que un día nos íbamos a casar y de pronto yo ya no sabía qué hacer con mi vida. Y luego llegué aquí —sonrió levemente.

— ¿Te arrepientes? —la pregunta la pilló por sorpresa, pero ella negó con la cabeza.

—Yo quería a Jimmy, pero no estaba enamorada de él. ¿Cómo podría enamorarme de alguien que no es capaz de soportar la idea de que yo haga lo que me gusta? —suspiró—. Recuerdo el miedo que tuve de la reacción de mi padre. De si estaría decepcionado porque me mudaba y encima rompía con el que se suponía que iba a ser mi marido.

— ¿Lo estuvo? —Beth bufó.

—No. Me dijo: "Bethy, tú eres una chica que persigue sus sueños, y eso a veces puede intimidar a los chicos" —murmuró. Escuchó como el grifo se cerraba, y el tacto de la toalla al envolverse en su cabeza.

—Ya está —dijo él. Beth se puso en pie con cuidado y le miró mientras él apartaba la silla.

—Muchas gracias, Daryl —ella sonrió, y él se encogió de hombros sin mirarla directamente. En el momento en el que él salió del baño, ella cogió su ropa interior (agradeciendo interiormente que estuviera bien oculta a la vista desde ese ángulo) y se metió en su habitación para empezar a vestirse, siseando cada vez que su espalda soltaba un pinchazo de dolor.

Cuando salió de su habitación, se encontró a Daryl todavía en la cocina, y ella se acercó con cuidado a la mesa, sentándose mientras él se giraba y le dejaba un plato de macarrones con queso delante. Beth notó que se le hacía la boca agua, y no tardó en coger el tenedor, pero justo antes de hincarlo en el plato, levantó la cabeza y esperó hasta que él se sentó a su lado para empezar a comer.

—Que aproveche —dijo ella, y él asintió. Comieron en silencio, pero no fue uno incómodo. Beth estaba pensando en varias cosas a la vez: en la visita de aquella mañana, en la señora Dixon, en su familia, y de pronto, se encontró con que estaba mirando fijamente a Daryl. Apartó la vista en el instante en el que él alzó la cabeza de su plato, pero supo que le había pillado—. Está muy bueno.

Él volvió a asentir.

—Hoy ha venido a verme una compañera del trabajo —soltó de golpe, y él la miró. No supo por qué las palabras habían abandonado su boca, pero de pronto, sintió que no podía pararlas—. Parece que les he metido en problemas.

— ¿Les has metido en problemas porque una estantería se te ha caído encima? —preguntó, frunciendo el ceño.

—La directora teme que yo les denuncie. Podría causar muchos despidos —explicó ella, llevándose el tenedor a la boca. El ceño de Daryl se hundió aún más.

—Deberías.

— ¿Qué dices?

—Se supone que ella tiene que evitar cosas como esas —se encogió de hombros.

—Los accidentes pasan.

— ¿Igual que con la cafetera y la caldera? —Beth se quedó sin respuesta, y él volvió a bajar la vista hacia el plato—. No puedes ni dormir sin medicarte, ¿por qué no puedes pedirle cuentas?

—Porque yo no quiero sacarles el dinero. Porque no quiero perjudicar a nadie —se defendió ella, sintiéndose ligeramente molesta.

— ¿Es mejor que seas tú la que acabe en el hospital? —preguntó él. Beth apartó la vista y siguió cenando en silencio. De pronto a Beth ya no le apetecía seguir hablando. Terminó de comer a toda prisa y se dirigió hacia el fregadero sin mediar palabra.

No tardó en sentir la figura de Daryl tras ella. Cuando se giró, vio que él intentaba poner su plato bajo el agua también.

—Dame, yo lo haré —le dijo ella—. Es lo mínimo.

—Nah, está bien —le contestó Daryl, pero ella negó con la cabeza, quitándole el plato de las manos.

—No me importa —murmuró ella, girándose de nuevo, pero para su sorpresa, Daryl no se movió de su sitio. En su lugar, se quedó a su lado, apoyado contra la encimera mientras ella fregaba los platos en silencio—. Y… supongo que tienes razón.

—No quería ofenderte —le dijo él, al tiempo que empezaba a ayudarla a fregar.

—Es verdad. Ya no es por mí. Esta vez he sido yo, pero cualquier otra podría ocurrirle a un compañero —continuó ella, mirándole de reojo—. No pueden ganar siempre.

Beth dejó los platos, cubiertos y vasos a un lado para que se secaran y se dio la vuelta para encararle, sonriendo suavemente.

—Y gracias.

—Sólo he fregado un plato —contestó él. Beth negó con la cabeza levemente y se acercó para darle un beso en la mejilla.

—Por todo —le dijo, antes de dirigirse a su cuarto y cerrar la puerta con cuidado, tratando de contener la risita que luchaba por salir.


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