A la mañana siguiente, Adrien subió a su cuarto decepcionado. Esperaba ver a Marinette en el desayuno y pedirle disculpas por despertarla la noche anterior, pero le habían dicho que había desaparecido y que su cuarto estaba como si nadie hubiera pasado la noche ahí. La única prueba de que Marinette era real eran los vestidos que había dejado, tanto el camisón como el vestido rojo; al parecer se había llevado el blanco con flores. Adrien había colgado personalmente los otros dos en el armario de esa habitación para que no se extraviasen y ahora estaba en su propio cuarto, mirando por la ventana sin nada que hacer.
De pronto le pareció ver algo en el mar, una sombra oscura cerca de la playa de palacio. Adrien se tropezó al levantarse apresuradamente y se asomó a la ventana, intentando verlo con más claridad. La mancha pareció moverse y emergió una cabeza.
Lo que Adrien había confundido con una sombra era el pelo de Ladybug, que ahora caía sobre su cara cubriéndola casi por completo. Cómo si supiera exactamente dónde mirar, la marina se apartó la melena con soltura y fijo sus ojos en la ventana de Adrien.
Ambos se observaron durante unos segundos; ella con el agua meciéndose suavemente el pelo, y él agarrado al marco de la ventana, con un pie todavía metido en la silla que había tirado al levantarse.
Adrien sintió como se le secaba la boca. Llevaba sólo un día sin verla, pero volvía a sorprenderle lo hermosa que era, incluso desde esta distancia. No podía ver su cola, pero el rojo de las escamas de su cara se veía aun desde la ventana.
Se moría de ganas por saludarla y que sonriera, pero no podía hacerlo; al fin y al cabo, Ladybug no conocía a Adrien de nada, sólo a Chat Noir. Se limitó a mirarla con la expresión más amable que pudo para que se sintiera segura. En ese momento escuchó algunas voces que venían de la muralla; al parecer algunos guardias iban a empezar el turno, y si descubrían a la marina no dudarían en matarla.
Adrien puso cara de horror y comenzó a gesticular, indicando a Ladybug lo que pasaba. La chica se asustó y asintió, dándole las gracias con una pequeña sonrisa. El rubio vio como desaparecía, a salvo entre las olas, y volvió a cerrar la ventana con el corazón latiendo a toda velocidad.
No sabía a qué había venido Ladybug a este lado de la isla, pero fuese lo que fuese le había arreglado la mañana. Y ahora necesitaría otra cosa para entretener el resto de su vida, porque al parecer esa habitación era donde se quedaría para siempre gracias a su padre.
[Una semana después]
Adrien anotó otra cifra en su cuaderno y suspiró, dejando caer la cabeza sobre el mármol de su bañera.
Los últimos días había ocupado su tiempo probando distintas aguas, intentando averiguar si lo que le transformaba tenía que ver con el estado del líquido. Por ahora había comprobado distinta salinidad, distinta temperatura, distinta acidez... Pero ninguna de estas variables parecía ser la clave. Incluso lo había intentado con la propia agua del mar, pidiéndole a Nino que le subiera un cubo para un experimento del que no le dio más detalles, pero eso tampoco había funcionado.
No lo entendía. Era cierto que para ser seco parecía necesitar la cueva, ¿Pero para transformarse en marino? No había sido así antes, y no entendía qué había cambiado.
Adrien salió de la bañera y se envolvió en una suave toalla, pasando las hojas del cuaderno con las manos aún húmedas. Tenía al menos veinte hojas con intentos fallidos de transformación, y en la siguiente sección otras tantas de fracasos en la biblioteca.
Había estado buscando libros, cuentos, cualquier referencia a híbridos entre marino y seco. Era cierto que se había pasado la vida en ese mismo sitio investigando y nunca había encontrado nada, pero tenía esperanzas en que tal vez el problema estaba en que no había sabido qué buscar. Sin embargo, entre los libros de biología de los secos tampoco había descubierto la más mínima mención.
La única interacción que parecía haber entre marinos y secos era de sangre y odio, algo que ya tenía muy visto.
— ¿Adrien? ¿Quieres jugar al ajedrez?
La voz de Nino sonó a través de la puerta y los hombros de Adrien se hundieron aún más. Su amigo llevaba una semana intentando entretenerlo, pero el hecho de estar encerrado a cal y canto no iba a cambiar por mucho que se volcaran en los juegos de mesa.
—Si no quieres, podemos volver a la biblioteca. Tú buscas tus cosas y yo compongo—continuó Nino, consciente del silencio de Adrien.
—Vale—dijo finalmente el rubio, saliendo del baño aún envuelto en la toalla—, pero nada de escupirme con el clarinete.
Ladybug sonrió cuando Alya le tendió la concha, y removió el interior con el tenedor.
«Esto tiene buena pinta, Alya. Qué sorpresa, no sabía que fueras una cocinitas»
Su amiga se sentó a su lado y se recogió el pelo, que flotaba a su alrededor como una aureola rizada.
«Bueno, en algo me tenía que parecer a mi madre. Quiero decir, no es como si fuera suficiente con el pelo, la piel, la figura... »
Ladybug soltó una carcajada y empezó a comer.
«Bueno, pues felicita a tu genética porque esto está riquísimo»
«Se lo diré» Alya sonrió y miró a su amiga « ¿Sabes? Echaba de menos esto»
« ¿Darme de comer?»
«No, pasar tiempo contigo» dijo con una sonrisa triste «Últimamente sólo desapareces; y cuando estás no estás realmente, tienes siempre esa cara de boba mientras piensas en tu Romeo»
Ladybug dejó el tenedor, ligeramente incómoda.
«Alya, no... No es lo que tú crees. En absoluto»
« ¿Ah, no?» dijo la marina con sorna «Que no me parece mal, Chat es buena gente; pero no hace falta que disimules. Me hace hasta ilusión que por fin te intereses por alguien»
Ladybug vio la gracia que le hacía a Alya todo esto y se dio cuenta de lo fácil que sería asentir y reconocerlo. Su amiga tenía razón: Chat era un marino increíble, divertido, interesante, guapo... Era todo lo que podía pedir y más, y si sus caminos se hubieran cruzado en otro momento estaba segura de que Chat le gustaría mucho más de lo que ya lo hacía.
Pero, por desgracia, había conocido a Adrien. No podía quitarse de la cabeza su sonrisa y lo gentil que era con ella, una desconocida de la que todos los demás hubieran huido. Había sido tan generoso, tan paciente... Nadie la había hecho sentir como él, pero tenía una gran pega que para toda su gente sería completamente insalvable.
Era seco.
«Alya» dijo Ladybug, reuniendo todo el coraje que pudo « ¿Y si... no fuera Chat?»
« ¡Madre mía, chica!» exclamó Alya, riéndose «No sabía que tuvieras tantos pretendientes. ¿Quién es? ¿Lo conozco? ¿Es un chico siquiera?»
«Sí, es... es un chico»
Alya empezó a dar palmaditas con entusiasmo y Ladybug empezó a arrepentirse de haber abierto la boca, recordando las duras palabras de Fu.
« ¿Y cómo es?»
«Es... déjalo, no importa»
« ¡Claro que importa!»
«No» Su tono se volvió mucho más cortante «Lo siento, pero no. No es asunto tuyo, Alya»
La sonrisa de su amiga cayó. Ladybug apartó la mirada, pero eso no solucionó nada; estaba claro que había cometido un error grave.
« ¿Se puede saber qué te pasa?»
«Déjalo, Alya. Es sólo que no quiero hablar del tema»
«Bueno, pues yo sí. Llevas más de un mes ignorándome, hablándome sólo por pena o para que te deje en paz»
«No es así, nunca he...»
«Me da igual si lo haces sin querer. No te estoy diciendo esto porque me sienta dolida, te lo digo porque estoy preocupada. No sé qué te está pasando, no sé qué haces o si te estas metiendo en problemas»
« ¡Es que no tienes por qué saberlo!» exclamó Ladybug «No eres mi madre, no tienes que controlar lo que hago y lo que no. Eres mi amiga, deberías confiar en mi criterio»
«Creo que tenemos un concepto diferente de lo que es la amistad, Ladybug» dijo Alya, levantándose y mirándola con frustración «Pero bueno, supongo que nuestra relación ya no es lo que yo creía»
«Eso parece» dijo Ladybug, poniéndose a su altura y tratando de esconder las lágrimas.
La cara de Alya mostraba una decepción absoluta, pero Ladybug sabía que dijera lo que dijera no podía arreglarlo; la verdad estaba fuera de discusión, y el resto sólo serían mentiras que su amiga no se merecía. Alya se dio la vuelta y se marchó con un suspiro, dejando a la morena con el plato aún en la mano. Las lágrimas empezaron aflorar en sus ojos y Ladybug se las quitó con brusquedad.
Ya está, la había perdido. Cuando aceptó la misión de Fu sabía que tendría que guardar secretos, y también sabía que eso afectaría a sus relaciones. Pero ahora era real, y después de haber destrozado la amistad que tenía con Alya se sentía como una caca de perro recién pisada.
Miró a su espalda, al Arrecife lleno de marinos. En parte lo estaba haciendo por ellos, pero sabía que si se enteraban no reaccionarían con gratitud. La única forma que le quedaba ya para solucionarlo todo —y principalmente su amistad con Alya— era avanzar mucho más rápido con los secos y poder contarle la verdad.
Ladybug se levantó y dejó cuidadosamente el plato en el suelo, utilizando el tenedor para escribir a su lado un "lo siento" que Alya vería al volver para coger el plato. Eso si es que venía.
Echó a nadar hacia la cueva de las runas, pensando en lo que haría a partir de ahora. Había tomado la decisión de no volver al Arrecife hasta que no hubiera conseguido algo, y eso podía traducirse en mucho tiempo fuera de casa.
Al llegar a la cueva se transformó casi instantáneamente en seca, sintiendo poco más que un escozor en la piel. Eso la hizo sonreír a pesar de su tristeza; por lo menos algo se le empezaba a dar bien.
Adrien terminó de abrocharse la camisa del pijama y suspiró. Otro día, otro aburrido día de dar vueltas por el palacio y no hacer absolutamente nada.
Se asomó a la ventana y sus ojos vagaron por el horizonte. El agua estaba calmada, y una parte de él deseó que Ladybug volviera a aparecer. No sabía si esta vez se atrevería a decirle algo, o se limitaría a observarla como un búho psicópata igual que había hecho la semana anterior; lo único que sabía era que quería volver a verla.
De pronto, un movimiento en la arena le llamo la atención. Al mirar con más atención descubrió a Marinette, ocultándose entre las sombras de la muralla y aprovechándose de la oscuridad de la noche para no ser vista. Adrien soltó una pequeña risa y se apoyó en la ventana, viendo hasta donde quería llegar con este plan.
Contempló como Marinette se recogía el pelo en un desastroso moño y se arrodillaba ante el muro, buscando algo. El chico se dio cuenta con sorpresa de que estaba abriendo el agujero que él mismo había creado años atrás, cuando había empezado a escaparse a la playa. Una vez que estuvo dentro lo cerró con cuidado y miró a su alrededor, atenta a cualquier peligro. Adrien empezaba a preguntarse muy seriamente qué pretendía cuando Marinette levanto la mirada y suspiró de alivio al verle en la ventana, saludándolo con una gran sonrisa y disipando todas sus dudas.
Adrien le devolvió el saludo y le indicó con gestos que camino debía tomar para subir a su habitación. Ella miró la ruta —un par de rocas de sujeción en la pared del palacio que la permitirían escalar hasta donde él estaba— y le lanzó una mirada bastante incrédula.
Adrien se hubiera reído por lo extraño de la situación si no fuera por que los guardias no tardarían en aparecer. Con un gesto indicó a Marinette que tenía que subir cuanto antes, y ella decidió confiar en él. Se agarró a la pared y comenzó a trepar, animada por los susurros del chico e intentando no despeñarse. Cuando finalmente llegó a su ventana se abalanzó a través del hueco, cayendo de manera más bien lamentable sobre un sorprendido Adrien.
—Vaya, eso ha sido rápido.
La chica hizo el signo de la victoria mientras intentaba recuperar una postura más o menos digna.
—Lo que ha sido es complicado. Podías haberme ayudado de alguna forma, ¿Has oído hablar de Rapunzel?
Adrien puso los ojos en blanco y Marinette se sorprendió gratamente al ver que si conocía el cuento infantil.
—Bueno, mademoiselle, ¿Se puede saber qué hace usted aquí a estas horas de la noche?
Marinette arrugó el dobladillo de su vestido blanco y desvió la mirada, sintiendo como su sonrisa se perdía al recordar a Alya. Adrien se puso súbitamente serio.
—Marinette, ¿Ha pasado algo?
—Digamos que... me he ido de casa—dijo con voz queda—. En realidad he venido aquí porque no tengo otro sitio al que ir.
Lo que había dicho era cierto, pero una parte de Marinette se sintió culpable, como una espía aprovechándose de su amigo. Adrien inspiró con fuerza ante sus palabras y abrazó con suavidad a la chica, que parecía a punto de llorar.
—Puedes quedarte aquí, por supuesto que puedes— Se separó ligeramente y miró sus ojos azules, abiertos de par en par—. Sabes que puedes contar conmigo, ¿No?
Marinette asintió y hundió la cara en el pecho de él, que la abrazó aun con más fuerza.
Tras unos minutos en los que la chica se tranquilizó, Adrien despertó a Caline y los tres juntos prepararon la habitación que usaría Marinette. El chico dudó si debía despertar también a Nino, pero decidió que su reacción sería probablemente enfadarse con la morena y no creía que este fuera el momento. Cuando la habitación ya estuvo lista, Caline desapareció tras un último abrazo a Marinette y Adrien se quedó a solas con ella.
Se acercó al armario y sacó el camisón que había guardado ahí, tendiéndoselo a la chica con una sonrisa.
—Aquí tienes, es el mismo que usaste la otra vez. Mañana baja cuando quieras, ya me encargo yo de contarle la situación a mi padre y Nino— Marinette cogió la prenda con gratitud, y Adrien sonrió irónicamente—. Estaría bien que mañana no desaparecieras, o voy a quedar fatal delante de todos.
—Ya, lo siento por eso—dijo la joven con una mueca avergonzada.
— ¿Por qué crees que he despertado a Caline? A estas alturas necesito pruebas de que estás aquí realmente.
Marinette soltó un bufido y Adrien se acercó a la puerta con una sonrisa.
—Bueno, te dejo para que duermas— Antes de cerrar la puerta se giró y asintió—. Y quédate todo el tiempo que quieras, Marinette. Eres bienvenida.
—Gracias—susurró la chica, abrazando el camisón.
La puerta se cerró y Marinette se quedó sola en el cuarto. De pronto todo lo que había pasado con Alya, volvió con fuerza a su mente, y esta vez las lágrimas sí que cayeron sin control, empapando la ropa que sujetaba.
