Disclaimer: Algunos de los personajes no me pertenecen, Stephenie Meyer los creo en su preciosa cabecita, yo solo juego un poquito con ellos. La historia es mía.


Capítulo beteado por Yanina Barboza, beta de Élite Fanfiction (www facebook com/ groups/ elite . fanfiction)


SUS ALTEZAS LOS PRINCIPES EDWARD E ISABELLA

Estar en la universidad era un calvario. Alice había elegido Diseño de Modas como carrera y, a pesar de que amaba la moda, la carrera era una cosa absolutamente diferente. Y lo peor de todo era ver a Isabella pasearse en tacones y vestidos con su abultado vientre, sintiéndose por encima de todos. Poco a poco, ella comenzó a alejarse del grupo, ya no iba a las reuniones ni participaba en la elección de canciones, algo que era un grave problema porque ella era la vocalista, puesto que rápidamente perdió. Alice estaba encantada con volver a ser la vocalista, pero ya ninguno de sus amigos estaba interesado en seguir con el grupo, todos dejaron en claro que esa fase se quedó en la escuela y que ahora debían concentrarse en sus carreras.

Las cosas en casa no iban mejor. Cada vez tenía más problemas con Jasper, Cynthia no le hablaba si no era estrictamente necesario y Tyler prefería a su papá; tal era el caso que a veces se sentía fuera de lugar en su propia casa.

Ese día Alice salió de clase y se subió a su auto rosa, a lo lejos vio como Isabella hacía lo mismo pero en una camioneta negra que manejaba un hombre de uniforme. «Ah no, bueno», pensó cuando vio al hombre correr al puesto del piloto. «Con chofer, por supuesto». Alice aceleró con toda la intención de no llamar la atención de Isabella, pero fue en vano porque la camioneta fácilmente la alcanzó e Isabella bajó con un sobre azul rey en la mano, que resultó ser la invitación para el aniversario de la empresa, Isabella le pidió que se la entregara a Jasper, como si ella fuera una simple mensajera. Por supuesto que no lo haría, pero le diría que sí para no hacer un escándalo en el estacionamiento de la universidad. Isabella volvió a su auto y se fue, Alice salió detrás de ella y fue a la casa. No había nadie, seguramente la nana se había llevado a Tyler al parque o al supermercado, se sentó en uno de los sillones con la invitación en la mano y la miró por bastantes minutos hasta que finalmente decidió abrirla.

—Hola —saludó Jasper entrando a la casa. Alice brincó.

—Me espantaste —reclamó.

—Lo siento. ¿Qué es eso? —preguntó señalando el sobre azul rey que tenía en el regazo. Alice suspiró y se lo dio.

—La invitación para el aniversario de la empresa —respondió ella poniéndose de pie.

—¿Hay más correo?

—No vi. Me la dio tu hermana en la universidad —dijo caminando a las escaleras.

—Está bien. Media etiqueta, Alice.

—De acuerdo.

—¿Recuerdas cómo...?

—Jasper, no soy estúpida. Por supuesto que recuerdo cómo vestirme, y ya investigué el resto, no volveré a pensar en avergonzarlos —masculló.

—Y con pamela.

—Genial. Apenas se lo que significa "Vestido de coctel" y tu hermana ya me está metiendo más términos. ¿No se supone que ese es un nombre?

Jasper rio.

—No esta vez. —Dejó sus cosas en el sillón y se sacó la cartera del bolsillo trasero del pantalón y le dio su tarjeta de crédito dorada—. Vayan tú y Cynthia de compras, si necesitan ayuda me avisan.

—De acuerdo —respondió Alice con entusiasmo.

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Una noche antes del aniversario, Edward e Isabella hicieron una cena en su casa. Era la primera vez que la familia pisaba la mansión y estaba de más decir que todos quedaron maravillados cuando la vieron. Era como si un lingote de plata hubiera explotado ahí, y se trataba tan solo del vestíbulo. Tenía el mismo diseño de escaleras que en la mansión Swan, con barandales y una mesa de granito en negro con aplicaciones plateadas, la mesa tenía un gran florero con rosas blancas impolutas perfectamente abiertas y colocadas, un gran candelabro colgaba del cielo raso circular y las escaleras guiaban a pasillos que desde abajo parecían no tener fin.

El mayordomo los recibió, un hombre alto, casi imponente, con cabello castaño ya casi blanco y rostro severo; vestía de negro y blanco, como en las películas.

—Señores, bienvenidos —les dijo dedicándoles una reverencia—. Soy Víctor, el mayordomo. Ella es Kaure, el ama de llaves. Y las mucamas, Grace y Claire, los atenderán esta noche.

—Mucho gusto —respondió Charlie.

—Si me siguen por aquí, por favor —pidió Kaure—. La señorita Isabella los espera en la sala.

—Claro que sí —dijo Charlie. Siguieron al ama de llaves por uno de los pasillos de abajo y terminaron en una sala tan espectacular como el vestíbulo. Tenía un amplio sillón de medio círculo pulcramente blanco con cojines del mismo color y bordados de hilo de plata, a sus lados tenía dos sillas de los mismos colores, una mesa de café de vidrio con patas plateadas sobre la que se encontraban bandejas de granito como decoración y debajo otra bandeja con lirios blancos naturales abiertos. Un candelabro de tamaño más considerable colgaba de otro cielo raso con iluminación blanca. Alice dedujo rápidamente que Isabella y Edward tenían una fijación con los cielos rasos. La sala daba al jardín, así lo daban a entender las ventanas con sus cortinas plateadas.

Isabella estaba a un lado de una mucama vestida de gris y blanco que sacudía los portarretratos plateados que se encontraban sobre la chimenea blanca, colgado arriba de ésta estaba la foto de bodas que resultó ser diferente a la que tenían Charlie y Renée y la que había escogido Jasper, el resto eran simples fotografías como las de la mansión y la casa.

—Señorita —llamó el ama de llaves—, su familia está aquí.

Isabella se giró con una sonrisa después de musitar un pequeño y amable "retírate" a la mucama. Al verla, Alice sintió un retortijón en el estómago. Estaba perfecta con su vestido de maternidad morado y sus tacones negros. ¿Yo me vi así de bien cuando estaba embarazada o era una panza con patas?

—¿Sigues usando tacones, niña? —la regañó Renée dándole un abrazo.

—Mami, no puedo evitarlo, ¿está bien? Además, me veo increíble en tacones —dijo revoloteando su cabello—. Kaure, puedes retirarte —indicó al ama de llaves quien le dedicó una reverencia y se fue por el pasillo que llegaron.

—Y te vas a ver más increíble en el suelo si sigues así —le dijo Jasper. Isabella lo miró inexpresiva—. ¿Sigo en problemas?

—Quizás —respondió ella.

—¿Puedo saludarte?

—Sí —dijo y se echó a reír cuando Jasper la abrazó.

—Estás preciosa, hermanita.

—Gracias —contestó y miró a todos lados—. ¿Dónde está Ilaria?

—Fue a recoger a los Vulturi al hotel. No quisieron quedarse en la casa —respondió Charlie. Isabella rodó los ojos caminando a los sillones—. ¿Y mi yerno?

—Regresando de la oficina. Viene con los muchachos.

—O sea, que vas a tener casa llena —le dijo Jasper sentando a Tyler en su regazo.

—Síp —respondió Isabella entre risas.

Y vaya que hubo casa llena. Poco después de que ellos llegaron, Edward y sus amigos entraron con Ilaria y su familia adoptiva pisándoles los talones. Ilaria llegó con una sorpresa: un novio. Y a juzgar por las caras que hizo Isabella, no tenía idea. El chico rápidamente agradó a Alice, era absolutamente diferente a lo que se esperaría de Ilaria, y eso fue lo que más le gustó de él. Parecía ser bastante sencillo, alguien que no se dejaría llevar por este podrido mundo. Los Vulturi seguían esa línea y era muy divertido ver cómo Isabella se estaba volviendo loca al ver los pocos modales que el novio —cuyo nombre era Afton— y los Vulturi tenían. Los Cullen y Rosalie fueron los últimos en llegar. Esperaron unos minutos antes de que el mayordomo les pidiera pasar al comedor.

Y eso era un comedor. Seguía la misma línea de colores que la sala y el vestíbulo con sus sillas blancas y plateadas y la mesa de vidrio con patas plateadas, con más de veinte lugares, otro cielo raso y otro candelabro iluminaban de blanco la habitación.

—Ustedes dos tienen un grave problema con estos techos —dijo Jasper sentándose en la silla previamente asignada.

—Idea de tu hermana —respondió Edward retirando la silla para Isabella.

—Cada vez es más difícil sentarme con esta barriga —masculló Isabella—. Y no me hagan hablar de levantarme.

—Ya casi, cariño —le dijo Edward dándole un beso en la mejilla. Ella asintió sonriéndole.

—¿Cuánto tienes? —le preguntó Dydime.

—Voy a cumplir siete meses.

—¿En serio? —le preguntó Alice con tono mordaz—. Estás demasiado grande.

Isabella la miró sonriendo. ¿Por qué hable?

—Cuando tenías seis meses de Tyler, parecía que tenías nueve... Y de gemelos.

Edward rio un poco y se cubrió la boca con una mano.

—Lo lamento —se disculpó.

—Ya no lo recordaba —dijo Cynthia entre risas. Alice le dio un puntapié en la pantorrilla—. ¡Auch! —gritó.

—Cállate.

Isabella suspiró.

—Alice, ¿puedes guardarte tus comentarios, por favor? No estás en una de tus comiditas con los chicos del colegio, ¿sí? Gracias.

—¿Servimos la cena, señorita? —preguntó el mayordomo.

—Por favor, Víctor.

Y eso fue todo, con unas simples palabras y miradas, Isabella se aseguró que Alice no volviera a abrir la boca más que para comer. Y no hubo opción a réplica.

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Alice tomó una copa de la charola de un mesero que pasaba por ahí. Era champagne, pero no tenía otra opción. Necesitaba alcohol en la sangre para soportar lo que quedaba de esa tortura. La pamela fucsia le estaba haciendo la vida de cuadritos gracias a que le tapaba la vista de un ojo y el viento hacía volar su vestido gris y no de forma bonita, hacía demasiado calor a pesar de que estaban más cerca de la noche que del día y simplemente estaba cansada de este tipo de fiestas.

El novio de Ilaria, cuyo nombre había olvidado, se paró a lado de ella con una copa en las manos.

—Así que esta es la verdadera vida de Ilaria... —aventuró.

—Lamentable —masculló Alice mirando a la rubia reír con Jasper.

—¿Ella siempre es así? —preguntó el chico señalando a Isabella.

—Sí —respondió Alice—. Y ayer estaba de buen humor.

—¿En serio?

—Bienvenido a la familia —le dijo dándole unas palmaditas en los hombros.

—Ni siquiera sé si quiero ser parte.

—Chico, estás aquí. Quieras o no, ya lo eres, y de aquí sales con los pies por delante o con una patada de Isabella, así que tú decides. Mi recomendación para ti es que sea por los pies por delante, no le des la satisfacción a Isabella de saber que ganó.

—Tú lo harás así, ¿no es cierto?

—Por supuesto. Además, ¿sabes lo mal parado que terminará Jasper si nos separamos? Es el heredero, tiene que predicar con el ejemplo, así que mi lugar aquí está asegurado.

—Yo no hablaría tan pronto —cantó Ilaria sonriéndole—. Mi hermana aún puede patearte el trasero. Lo que hiciste anoche en su casa... —dijo y negó con la cabeza tronando la lengua.

—Solo fue un comentario insignificante.

—Alice, por favor, el trasero te sonaba cual víbora de cascabel —soltó Ilaria. Su novio lanzó unas risitas—. Con permiso —dijo y se llevó a Afton.

¿Qué había sucedido con la chica dulce y amable que llegó en enero a la mansión de los Swan? Ni idea.

La fiesta terminó justo al atardecer y toda la familia volvió a Bel Air para otra cena, que no duró mucho porque Isabella necesitaba descansar.

Alice entró a la casa quitándose la pamela de la cabeza. Encontraron a la cocinera recogiendo los juguetes de Tyler y dejándolos en el baúl que estaba en una de las esquinas de la sala.

—Vete —le dijo Alice. Jasper la escuchó y suspiró.

—Gracias, Madeleine —le dijo Jasper sacando unos dólares de su cartera, se los dio a la mujer quien musitó un suave "gracias" y salió de la casa echándose el suéter a los hombros y su bolso negro en el doblez del codo.

—¿Vemos una película? —le preguntó Alice a Jasper, batiendo las pestañas.

—Hazlo tú, si quieres. Tengo que trabajar.

—¡Es sábado!

—Ya lo sé —respondió con desdén y se giró para ir a su estudio.

Alice lo miró caminar y desaparecer detrás de la puerta café; lanzó su estorbosa y ridícula pamela hacia el gabinete de la sala.

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LA PRINCESA VANESSA

Después de ese día, vio a Isabella en la universidad una sola vez. Iba rodeada de compañeros de clase y reía con ellos, como lo había hecho en el colegio con el grupo. Su porte y fuerza de presencia eran cada vez más evidentes y así lo daban a notar las miradas impresionadas que la seguían, era increíble de ver.

Una semana después, simplemente desapareció del campus. Corría el rumor de que la prensa había sobornado a sus profesores y sus compañeros para saber por qué de la nada se le dejó de ver ahí, pero nadie daba santo y seña de ella. Una tarde durante la cena, Alice decidió acabar con la duda y le habló a Jasper sobre los chismes de la universidad.

—Ya se fue de permiso —dijo Jasper.

—Pero aún faltan dos meses... —tartamudeó Alice. Ella no se había retirado del colegio hasta un mes antes de que Tyler naciera, y eso arriesgándose a perder todo el semestre.

—Tiene que cuidarse —respondió él—. Entre el asma y la hiperémesis que no la dejó hasta poco antes de la boda, necesita muchos cuidados y reposo.

—Yo no me fui tan pronto —insistió Alice.

—Porque tú tuviste un embarazo normal, mi hermana no.

—Por Dios. Yo era un desastre, y ella se ve perfecta —soltó al fin. Jasper y Cynthia la miraron con el entendimiento que les daba el por fin comprender el coraje de Alice hacia Isabella, o al menos una parte de él.

—Isabella siempre se ve perfecta, Alice. Acéptalo, supéralo y vive con eso —le dijo Cynthia antes de levantarse con su vaso para servirse agua.

Y eso fue todo. Alice no volvió a tocar el tema del embarazo de Isabella, para ella no existía y descubrió que así se sentía mejor, a pesar de que Jasper llegaba todos los días con noticias nuevas sobre el estado de su hermana, las cuales ella ignoraba para poder vivir en paz. No podía soportar escuchar acerca de ese bebé, que sin duda estaría un nivel arriba de Tyler gracias a los apellidos que tendría y a los millones que heredaría en cuanto diera su primer llanto.

La familia estaba en éxtasis. Edward e Isabella ya conocían el sexo de su bebé, pero no lo compartirían hasta el día del baby shower. Cuando la invitación llegó, hizo la espera mucho más insoportable. Era de color gris y blanco con detalles en rosa y azul, en las esquinas inferiores había una corona en azul y una tiara en rosa y decía: ¿Una Princesa o un Príncipe? Edward e Isabella ya lo saben, y están encantados de informártelo. La fiesta iba a ser en el penthouse de Malibú, indicando la intimidad de la celebración, Jasper se volvió loco encontrando el regalo que sería indicado para su nuevo sobrino o su nueva sobrina. Pensó en un monograma, pero necesitaba el nombre del bebé para eso y, por supuesto, lo desconocía; intentó con un peluche, sin embargo, resultó ser también muy difícil porque no sabría si escogería uno muy femenino o muy masculino... Fue realmente un martirio verlo buscar en revistas e internet, y Alice estuvo a punto de matarlo hasta que una semana antes de la fiesta, encontró el dije que la tía Elizabeth usó en su bautizo y lo heredó a Isabella cuando fue su turno: una pequeña cruz de plata con un pequeño zafiro —la piedra de nacimiento de Bella e Ilaria— incrustado en el centro.

Pidió que el zafiro fuera reemplazado por la que sería la piedra del bebé: un granate... Y eso si nacía en enero, así que prefirió dejarlo en espera hasta el nacimiento. Finalmente, para llegar al baby con un regalo, se decidió por un oso de peluche blanco con un lazo amarillo en el cuello.

El penthouse estaba decorado en azul y rosa: los manteles, los cojines de las sillas, los lazos de los respaldos, los centros de mesa... Nada daba una sola pista del sexo del bebé y Alice podía ver cómo todos estaban expectantes por saberlo.

Después de comer y algunos juegos, fue el momento de enterarse. Los pequeños de los Swan fueron los encargados de dar a Edward e Isabella las letras que formarían las palabras de anuncio, estaban celosamente guardadas en cajitas rosas o azules y los anfitriones las montaban detrás de una manta oscura que mantenía ocultas las letras. Alice estaba cansada de ese jueguito, en varios momentos se encontró a punto de jalar a Tyler y apartarlo de esa ridiculez; pero ahí estaba su hijo, corriendo por el penthouse, riendo y tomando las cajitas que encontraba para dárselas a sus tíos. Alice se desconcentró un segundo y dejó de prestar atención a lo que sucedía a su alrededor, fue por eso que reaccionó tarde al anuncio de Edward e Isabella.

—¡JA! —se burló al ver el letrero en el barandal de las escaleras—. Una niña —rio con desdén.

—Sí, una niña —dijo Isabella—. Como tú y Cynthia —soltó. Alice no volvió a abrir la boca, pero su cabeza era un infierno con tantos pensamientos dando vueltas. Isabella había dado un golpe bajo al recordarle que ella y Cynthia habían sido unas niñas cuando se deseaba un niño, la gran diferencia con esta bebé era que ella sí sería amada por sus padres, y eso... eso era lo peor.

Al día siguiente, los Cullen lanzaron un comunicado informando sobre las reformas a su línea de sucesión, dejando en claro que sin importar el género del bebé de Edward e Isabella, éste tendría total y absoluto derecho a la presidencia del emporio, y la niña aún tendría oportunidad de declinar al cargo y darle lugar al siguiente en línea, algo que a juzgar por el shock de la prensa, no estaba permitido. Alice recordaría por siempre la sorpresa de Jasper al leer eso en el periódico.

—Esto es enorme —dijo sin despegar la vista del papel.

—¿Qué significa eso? —preguntó Cynthia.

—Que la bebé le va a patear el trasero a Tyler en cuanto nazca.

—¿Por? —inquirió Alice.

—Será heredera con los Cullen, y además recibirá las acciones que le corresponden en la constructora, sin contar que cuando Bells abra su empresa, la niña también heredará... En el segundo que dé su primer llanto, tendrá una cuenta bancaria monumental, igualará a la de una princesa real.

Alice abrió los ojos como platos. La mocosa todavía no nacía y ya estaba dando problemas.

—¿Dice cuánto recibirá? —preguntó asomándose hacia el periódico.

—Por supuesto que no —respondió Jasper. Cerró el periódico, lo dobló y lo dejó sobre la mesa—. Tendré que hablar con papá acerca de nuestra sucesión; Bella aún es la tercera.

—Ilaria es la mayor de las dos —dijo Cynthia.

—Pero aún no tiene el apellido legalmente, y eso es un problema. Aunque dudo que le importe.

Quizás a Ilaria no le importaba, pero a Alice sí. Clarissa explotaría cuando se enterara que la niña sería más rica que Tyler, y eso le daba un miedo terrible. No quería y no podía ser testigo de lo que resultaría del anuncio de los Cullen.

Clarissa llamó tan solo horas después del anuncio, pero nadie contestó. Cynthia y Alice sabían de lo que se trataban esas llamadas, y Jasper simplemente no tenía ganas de hablar con su suegra.

Terminó el semestre para Alice y Cynthia. Jasper estaba planeando unas vacaciones en Florida para después de Año Nuevo, de tan solo una semana para llegar a tiempo al nacimiento de la bebé. Trajes de baño se compraron junto a regalos de Navidad, esferas para el árbol y luces de colores. Jasper y Cynthia adornaron el árbol con Tyler mientras Alice envolvía los regalos; y fue en esos días cuando todo se revolucionó en la familia.

Jasper debió haber sentido que algo sucedería en su viaje a Florida o Dios sabrá, porque un buen día decidió ir a hablar con Isabella, y Alice no se enteró hasta que él llamó desde el hospital...

No nos han dicho nada y Edward se está volviendo loco. Mis padres, mi hermana y los Cullen vienen para acá —dijo. A Alice le quedó clara la indirecta, rodó los ojos y Cynthia le quitó el teléfono, desactivó el altavoz y se lo llevó a la oreja.

—¿Dónde están? —le preguntó y asintió cuando obtuvo respuesta—. Llevaré a Tyler. Tranquilo, Jasper, todo saldrá bien —le dijo y colgó poniéndose de pie. Tomó a Tyler en brazos, el suéter que estaba colgado en el perchero y caminó a la puerta, fue en ese momento cuando Alice la detuvo jalándola del brazo.

—No vas a sacar a mi hijo de aquí.

—Alice, él quiere ver a su tía...

—La verá en Navidad —respondió—. No voy a permitir que lo saques de aquí.

—Lo siento, pero Jasper me pidió que lo llevara y así lo haré —dijo. Suspiró y miró a su hermana mayor—. Es algo serio, Alice, de otra manera no irían Charlie, Renée e Ilaria.

—Siempre exageran cuando se trata de Isabella.

—¿Qué pasa si pierde a la bebé?

—Pues sería lo mejor para todos. Así no tendremos a otra ella arruinándonos la vida.

Cynthia la miró sorprendida.

—Sé que en verdad no quisiste decir eso —le dijo. Un claxon sonó fuera de la casa, Cynthia tomó a Tyler en brazos, salió de la casa y se subió al auto.

Alice se dejó caer en el sillón, dándose cuenta de pronto que estaba sola. No en ese momento, sino todo el tiempo. Su esposo ya no quería estar con ella, su hijo prefería a su tía y su hermana le repetía mil veces que cada vez se parecía más a su madre, esos meses dulces en los que Jasper podía pasar horas con ella, en los que su hijo sonreía nada más al verla y su hermana la respetaba y quería más que a su madre se habían acabado; ahora ya no quedaba ni rastro de todo eso. Ellos preferían estar con Isabella, estaban de su lado, aunque sabían la clase de arpía que era.

Jasper, Cynthia y Tyler volvieron horas después, el niño visiblemente más alegre por haber visto a su tía, los dos mayores tenían expresiones serenas. Alice les sonrió.

—Te dije que no había sido nada... —alcanzó a decir antes de que Jasper alzara una mano haciéndola callar. Ella frunció el ceño.

—Cynthia, ¿por qué no llevas a mi campeón a bañar? Subiré a arroparlo en unos minutos.

—¡Claro! ¿Quieres jugar con el señor Pato, Ty? —le preguntó Cynthia al pequeño. La voz suave de él se fue apagando conforme subían más.

—¿Ahora qué? —preguntó Alice cruzándose de brazos con petulancia.

—Cynthia me habló sobre lo que dijiste de mi sobrina.

Los ojos de Alice casi se salieron de sus cuencas y su corazón comenzó a latir desaforado. ¿Por qué simplemente su hermana no podía quedarse callada?

—Jasper, lo dije sin pensar, ¿crees que...? —comenzó a excusarse con voz temblorosa. Jasper volvió a callarla.

—¿Realmente piensas que me voy a tragar el cuento de que no sabías lo que decías? Y sí, creo que serías capaz de decir esas cosas hacia una pobre bebé que ni siquiera ha llegado al mundo. Cállate —dijo cuando la vio dispuesta a hablar—. Gracias al cielo Edward actuó rápido y llevó a mi hermana al hospital, de otra forma... No, no me quiero imaginar lo que hubiera pasado. Le conté todo, Alice, todas las atrocidades de las que he sido testigo desde que regresamos de la luna de miel, todo el odio infundado y enfermizo que me tienes y a mi familia; quizás debí esperar a que naciera la niña, pero en verdad no quería esperar y creí que Isabella se lo tomaría mejor, algo estúpido en realidad porque conozco a mi hermana mejor que a nadie y su reacción fue justo la que esperaba, aunque la hemorragia... Bueno, ese sí fue un golpe duro y bajo. No te imaginas lo que sentí cuando vi su rostro, volvió a ser la niña asustada que recogí en Beverly Hills hace cinco años. Tú no entiendes esto, Alice, porque nunca has visto a Cynthia morir de tristeza cada día, pero yo sí vi a mi hermanita yéndose de nuestro lado lentamente todos los días por dos años —dijo. Alice rodó los ojos—. Aunque hagas esas caras y digas que exageramos, ojalá la hubieras visto un día de esos dos años, entenderías por qué ella es nuestra joya.

Alice volvió a quedarse sola. Jasper subió hacia el baño para duchar a Tyler, hacía mucho que al niño dejó de gustarle como lo bañaba su madre y ahora prefería que su padre o su tía lo bañaran. Ella se quedó abajo por horas, pensando en lo que Jasper le había dicho y cuando por fin subió a su habitación la encontró vacía, Jasper no estaba, ni su almohada; se cambió la ropa por la pijama y se acostó en su lado, dando la espalda al de Jasper. Miró por la ventana frente a ella y sin darse cuenta, comenzó a llorar. Su vida perfecta, por la que tanto luchó, se estaba desmoronando frente a sus ojos y todo por culpa de Isabella.

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Las siguientes semanas pasaron sin mucha novedad teniendo en cuenta que se estaba acercando Navidad y Año Nuevo. Jasper y Alice se reconciliaron para pasar las fiestas con tranquilidad y él volvió a la habitación. La cena de Nochebuena fue en la casa de Edward e Isabella y el desayuno de Navidad en Beverly Hills. El veintiséis amaneció como cualquier otro día. Renée convocó a una cena familiar en Hollywood, así que hacia allá fueron todos. Renée, Ilaria e Isabella habían ido de compras a Beverly Hills para encontrar el vestido que Ilaria usaría en la cena de Año Nuevo, Edward estuvo medio día en la empresa y Charlie y Jasper se habían tomado unos días de vacaciones; en el aire aún se sentía el espíritu de la Navidad que no dejaba los hogares hasta pasadas las celebraciones de Año Nuevo.

Los Swan colocaban dos árboles: uno artificial —pero realmente inmenso— que decoraban con luces, moños y esferas doradas, era utilizado para la foto familiar en la cena. El otro era natural y un poco más pequeño que el del vestíbulo, lo tenían en la sala y lo utilizaban para abrir los regalos, era decorado con luces doradas y adornos rojos para reemplazar las luces blancas y los adornos morados que usaban antes de la mudanza de Isabella con Edward. Esa era la parte favorita de Alice, ver como Charlie y Jasper encendían las luces de ambos árboles y las que decoraban la casa por dentro y por fuera, decorar con la familia y ver a Tyler colocar las dos grandes estrellas; todo eso era lo que le hacía pensar que la Navidad era la mejor temporada del año...

A mediodía, Alice había subido con Tyler para jugar con los regalos que los abuelos le habían dado, apenas habían pasado unos minutos cuando escuchó gritos afuera de la casa. Dejó a Tyler distraído con sus carritos y fue hacia la ventana para ver a Ilaria jalar a Jasper, el auto de Charlie salió acelerando de la propiedad y detrás de él, salió el Mercedes de Edward. Ella tomó a Tyler en brazos y bajó. Una de las mucamas estaba subiendo las escaleras con una pila de sábanas blancas.

—Niña, ¿qué pasó? —le preguntó Alice.

—La señorita Isabella ya rompió fuente.

Alice rodó los ojos.

—Quítate —le dijo al mismo tiempo que le daba un empujón. La pobre chica se tambaleó en el escalón, tuvo que soltar las sábanas para sostenerse del barandal y no caer. Las mucamas no podían estar más agradecidas porque Alice se hubiera ido de la casa.

Alice recorrió la sala y el comedor dándose cuenta de que todos habían corrido detrás de Bella, como siempre.

Pasaron cinco horas de incertidumbre. Seth y Cynthia —que habían estado fuera para el momento en el que Bella rompió fuente— no se movían de la sala, esperando que les llamaran para avisar que la bebé ya había nacido. Eran exactamente las cinco de la tarde con diecisiete minutos cuando el teléfono sonó; como buena ama de llaves, Karla fue la primera en contestar. Seth y Cynthia se habían adelantado un poco ya que estaban todos juntos en la cocina.

—Residencia de la familia Swan —respondió la nana. Se quedó en silencio, una pequeña sonrisa se dibujó en su rostro y miró a los niños con alegría—. Gracias por avisarnos, Jasper, dale un beso a nuestra princesa de mi parte. Adiós —se despidió y colgó—. ¡YA NACIÓ! —gritó. Todas las mucamas respondieron de la misma manera—. Tú y tú —dijo señalando a Seth y Cynthia—, Jasper dijo que fueran al hospital. Julian, te toca llevarlos.

—Sin problemas.

—También pidió por Alice.

Cynthia rio.

—Oh, ese sí es un problema.

—Jasper dijo que le echaran la culpa a él. Quiere que ella conozca a la niña por una razón que no me dio.

Cynthia sabía por qué Jasper quería que Alice conociera a la pequeña, pero no se lo diría a nadie. Alice sería más odiada de lo que ya era.

Seth fue por Alice y la sacó casi a jalones, se subieron al auto de Julian y fueron al hospital.

—¡Gracias, Julian! —dijo Cynthia bajando del auto.

—¡Quiero fotos, chicos! —respondió el chofer despidiéndose. Cynthia jaló a su hermana al interior del hospital para que no se quedara atrás y casi corrieron al piso de maternidad. Encontraron rápidamente la habitación de Bella porque había dos guardias de pie en la puerta. Alice rodó los ojos y empujó a los enormes hombres para entrar.

—Esto es demasiado —masculló entrando a la habitación. Pero no era una simple habitación. Se trataba de una salita donde estaba toda la familia, Charlie y Carlisle con un teléfono en cada lado, Renée, Esme y las hermanas estaban encima de la pañalera, al parecer, escogiendo el atuendo para la bebé e Isabella; Jasper era el único de pie. Miró a su esposa con desesperación antes de tomarla de los hombros.

—Vengan, chicos. Hay una pequeña princesa a la que tienen que conocer —llamó a su primo y su cuñada. Los dos muchachos se acercaron a él y lo siguieron hacia la verdadera habitación. Alice fue la primera en atravesar la segunda puerta y se detuvo al encontrar a Edward e Isabella con los ojos puestos en su muy pequeña bebé; él llevaba una camisa polo color rosa y ella el camisón vintage blanco con flores que el hospital ofrecía a las parturientas, y a los tres recién llegados les sorprendió verla con una mascarilla de oxígeno, y la beba estaba envuelta en una mantita morada con un gorrito blanco y manoplas blancas. Jasper se aclaró la garganta haciendo que los recién estrenados padres lo miraran. Ambos sonreían y ni siquiera la presencia de Alice pudo borrar esas sonrisas.

—¿Qué hacen ahí parados? —les dijo Bella con voz suave—. Acérquense, aún está muy pequeñita para morder.

—Y tenemos la esperanza de que se parezca a su papá, ¿verdad? —dijo Jasper.

—Sí, por favor —respondió ella.

—Los gritos que pegó cuando nació no son buena señal —dijo Edward.

—¿Por qué la mascarilla? —preguntó Seth—. ¿Te dio una crisis?

—Casi —contestó Edward—. El inhalador no funcionó tan bien como pensábamos.

—Estoy bien —renegó—. Marcus exageró.

—Te estabas poniendo morada —le dijo Jasper.

—El morado es mi color, ¿recuerdas?

—Cierra el pico y déjame cargar a mi sobrina —pidió Jasper extendiendo los brazos. Isabella puso a su hija cuidadosamente en los brazos del tío Jasper, casi inmediatamente, un jadeo se escapó de la boca de Alice. La pequeñita era... hermosa. Aún estaba rosadita y arrugadita, pero era la bebé más preciosa que se haya visto—. Ella es Vanessa —presentó Jasper sonriéndole a su sobrina.

—¿Vanessa? —preguntó Cynthia.

—Vanessa Andreina Elizabeth —respondió Edward.

—Prima... —murmuró Seth mirando a Isabella. Ella le sonrió encogiéndose de hombros.

—No pude evitarlo.

—A ella le hubiera encantado —dijo Jasper asintiendo—. Y habría sido la madrina, definitivamente.

—De hecho, ya que hablamos de eso... —comenzó Isabella.

—Jasper, queremos pedirte algo —le dijo Edward.

—Lo que sea, chicos.

—¿Serías el padrino? —le preguntó Isabella de sopetón—. No conocemos a nadie mejor que tú para ocupar ese puesto en la vida de nuestra hija y sabemos que si nos llegara a pasar algo, tú la cuidarías tan bien como lo hiciste conmigo.

Jasper les sonrió.

—Estaría honrado de hacerlo, hermanita, cuñado; nada me haría más feliz. Muchas gracias —respondió. Se inclinó y le dio un beso en la mejilla a Isabella, después se acercó a Edward y lo abrazó—. ¿Quién va a ser la madrina?

—Irina. Pero cállate porque todavía no lo sabe.

Jasper rio.

—Pues díganle pronto antes de que empiece a hacer dramas como alguien que conozco —dijo mirando a Alice. Ella rodó los ojos y salió de la habitación.

—Alice, vamos a regresar a la casa para brindar por Vanessita —le dijo Renée. Alice miró a su suegra con petulancia, después a la habitación y regresó a su suegra ahora sonriéndole con burla.

—No, gracias —declaró—. Tengo mejores cosas que hacer que lamerle las botas a una mocosa —soltó indignando a los Cullen y a los Swan—. Con permiso —dijo y salió de la suite azotando la puerta detrás de ella. Sacó su celular y marcó el número de Heidi.

»Reúne a los chicos. Necesito un trago —le dijo en cuanto respondió.

¿Qué sucedió?

—La perra de Isabella ya parió y es una maldita perrita.

Heidi rio.

Paso por ti en dos horas.

Colgó y salió del hospital, tomó un taxi hacia su casa para cambiarse. Al llegar, se dio un baño de burbujas y un tratamiento de fiesta completo, se vistió con un suéter-vestido y se calzó unas botas a los muslos. Hacía mucho tiempo que no usaba algo así, y se sentía ella de nuevo. Incluso fue más allá y no se colocó ropa interior. Se imaginó a Isabella regañándola y recordándole las reglas de la moralidad... Y lo disfrutó. Hacer enojar a Isabella, aunque sea en su imaginación, se estaba convirtiendo en su pasatiempo favorito.

Heidi tocó el claxon afuera de la casa. Alice salió y se subió al auto.

—Hola, chicas —saludó a sus tres amigas.

—Bueno, nena, ¿qué clase de cuchitril es este? —le preguntó Lauren.

—Una asquerosidad que el imbécil de Jasper creyó que quería y merecía. ¿Pueden creerlo? Es un maldito insulto a mi posición en su familia.

—Estoy de acuerdo —dijo Emily.

—Isabella tiene una mansión, ¿por qué yo no?

Durante el camino, las amigas se burlaron de Isabella, riendo sobre la imagen que tenían de ella con diez niños, gorda y desarreglada... O tal vez tan operada que parecería hecha de cera, y no de bonita forma.

En el bar se encontraron con los chicos quienes ya tenían preparada una ronda de shots para ellas.

Alice estaba decidida a embriagarse, porque el mero recuerdo de Isabella y Elise manchadas de vómito era simplemente maravilloso y si pudiera repetirlo sería la más feliz del mundo. Quería hacerlas enojar, quería que ellas supieran y sintieran por todo lo que ella pasó en el año. Necesitaba venganza, y la obtendría.

Se hizo notar tanto como pudo y se las arregló para que todos en el bar supieran quién era y a qué familia pertenecía. Bebió hasta el agua de los retretes y bailó hasta que ya no podía ni mantenerse en pie; sus amigos la animaron a seguir haciéndolo, ellos también querían que los Swan entendieran que Alice merecía respeto y no podía seguir soportando sus groserías.

Eran pasadas las cuatro de la mañana cuando el grupo de amigos salió del bar. Ninguna de las chicas podía mantenerse en pie, los muchachos lidiaron con ellas aunque no querían, aseguraban que podían caminar, pero al dar un paso se caían. Alguien había llamado a los paparazzi, quienes estaban en primera fila viendo el espectáculo que Alice y sus amigas ofrecían y fueron entretenidos cuando Alice cayó con las piernas abiertas, demostrando que no llevaba ropa interior. Los fotógrafos se hicieron un festín con eso, y a Alice no le importaba.

Dejaron a Alice en su casa. Las luces del interior estaban apagadas, como siempre ningún auto estaba afuera, pero la lámpara prendida del porche indicaba que sí habían llegado del hospital. Liam llevó a Alice a la puerta y la ayudó a entrar.

—Estoy bien —insistió Alice dando un paso al interior de la casa—. Vete. Quiero darles una lección, no divorciarme.

—¿Segura?

—Sí. Largo —dijo. Liam asintió sin estar seguro aún de los pies de su amiga, pero se fue de la casa. Alice dejó sus cosas en la mesa de centro y se dejó caer al sillón. De repente, ya estaba dormida.

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Lo siguiente que sintió fue un fuerte golpe de frío cuando Cynthia le arrojó una cubeta a rebosar de agua fría y hielos. Despertó tomando una gran bocanada de aire.

—¡LEVÁNTATE! —le gritó Cynthia jalándola de las piernas.

—¿Qué demonios te sucede? —chilló llevando sus manos a su cabeza que dolía como la mierda—. ¿Qué hora es? —preguntó al ver a su hermanita correctamente vestida.

—Las doce —respondió Cynthia—. Toma esto —le dijo dándole un vaso de agua pintada ligeramente de dorado.

—¿Qué es esto?

—Whisky. Jasper me dijo que te lo diera.

—¿Jasper me vio?

—Por supuesto. Estabas tirada en el sillón con las piernas abiertas y vestida como una zorra. Cualquiera que entrara a la casa podía verte sin ningún problema. ¿A qué hora llegaste?

—No tengo idea. Ni siquiera sé cómo es que estoy aquí. ¿Dónde está Tyler?

—Madeleine lo mantiene entretenido arriba, yo vine a despertarte. Será mejor que subas a darte un baño y vestirte como la gente decente. Nos vamos en tres horas.

—¿A dónde?

—A Bel Air. Bella y Vanessa salen hoy del hospital.

—¿Estás hablando en serio? ¿Tan importante es esa mocosa?

—Obvio que sí. Es la heredera del emporio de los Cullen.

—Pues que sean ellos quienes vayan a recibirla.

—Vamos a ir todos porque así lo ordenaron Charlie y Renée. Muévete —ordenó girándose a las escaleras.

—Cada día te detesto más, Cynthia Genevieve.

—El sentimiento es mutuo, Mary Alice —respondió—. ¡Ah! Por cierto —dijo volviendo a mirar a su hermana—. ¿Sabes por qué Charlie, Jasper y el representante público de la familia tuvieron que ir a las oficinas de TMZ?

Alice se petrificó. Oh, por Dios. Entonces no lo soñé.

—¿TMZ? ¿Ese TMZ?

—Sí, Alice. Ese —dijo y subió las escaleras.

Sin duda, Alice estaba metida en un severo problema.

Hizo lo que su hermana le ordenó. Primero se terminó el agua con whisky y después subió a darse una ducha con agua fría, al salir, se vistió de la manera más decorosa y mustia del mundo: se colocó una blusa oversize horrible que Isabella le había regalado en la Navidad pasada, unos jeans de cintura alta y botas abajo de la rodilla. Iba a ser suficiente para que Jasper no se enojara al llegar.

Lo esperaron en el comedor. Alice tamborileaba los dedos sobre la mesa y se levantaba a mirar por la ventana, pero Jasper no llegaba y eso la estaba volviendo loca. Necesitaba saber qué había pasado en esa reunión, y qué habían visto; de solo pensar en lo que su borrachera pudo haber ocasionado en su matrimonio, le daba un infarto.

Jasper llegó pasadas las dos de la tarde. Abrió la puerta pero no entró.

—¿Están listos? —preguntó desde la puerta—. Le adelantaron el alta a las chicas. Ya van para allá.

—Sí. Sí. Vámonos —dijo Cynthia levantándose con Tyler en brazos. Salió de la casa con el niño.

—¿Dónde estabas? —le preguntó Alice a Jasper.

—Arreglando tus malditos problemas. Mis hermanas y mi madre no saben nada de eso, Alice, así que te pediré que te quedes callada y no armes escándalos hoy, ¿de acuerdo? Entra al auto.

—¿Qué era?

—Fotografías de ti afuera del bar, Alice —respondió y cerró los ojos frunciéndolos—. No quiero ni recordarlo. Vámonos ya o llegaremos tarde.

Alice asintió y caminó detrás de Jasper hacia el coche, él le abrió la puerta trasera y ella, sorprendida, se subió encontrando a Charlie en el asiento del piloto.

—Hola, Charlie —lo saludó.

—Buenas tardes —respondió él con severidad. Alice resopló y miró a su hermana, quien negó con la cabeza avergonzada.

Jasper se subió al auto y de inmediato se fueron a Bel Air. Donde el asunto era un caos. Renée y la madre de Edward estaban tomando el lugar de patronas y tenían a todo el servicio con los nervios de punta. Eran implacables ordenando que limpiaran las habitaciones de Edward y Bella y Vanessa; que revisaran la comida, que alistaran la mesa en el jardín...

Jasper, Irina, Ilaria y Kate desaparecieron en cuanto llegó un sacerdote en sotana blanca, para desempeñar esa tradición Swan tan significativa y especial. Lo hacían cada vez que un nuevo bebé nacía. El día que el pequeño o pequeña llegaría a casa, los padrinos, un tío paterno y un tío materno, acompañados por un sacerdote, iban a la habitación del bebé para pedir por la salud y el bienestar del bebé y sus padres. Era tan importante como una boda y ningún nuevo bebé debía ser excluido de esa celebración.

—¡Ya vienen! —anunció Rosalie bajando las escaleras con dos mucamas, Emmett y los amigos de Edward detrás de ella. Alice suspiró al verla. Cómo la detestaba...

—¿Dónde están? —preguntó Charlie.

—Entrando al fraccionamiento —respondió Eric. El servicio se colocó a un costado mientras que la familia y los amigos tomaron lugar en el centro del vestíbulo. A Alice no le pasó desapercibido que Angela y Leah no estaban ahí.

No las había visto desde la boda de Bella exactamente por esa razón, y realmente le sorprendió no encontrarse con ellas en el baby shower y ahora... ¿Qué sucedió?

El sacerdote se fue a los pocos minutos, justo a tiempo para que Vanessa, Edward e Isabella llegaran.

La puerta de la casa se abrió y Bella dio un paso al interior. Alice contuvo la respiración al verla. Estaba fabulosa con su camisa morada lo suficientemente grande como para poder ocultar su vacío aunque aún redondo vientre, los jeans blancos entallados y... tacones. Obvio. Llevaba el cabello sostenido en una coleta lateral baja y en verdad no tenía una sola gota de maquillaje encima, tan increíble se veía que Alice se preguntó si ella estuvo así de perfecta el día después de dar a luz. Y recordó que no. Ella estaba hecha un desastre, e insistió en que no quería nada de fiestas de bienvenida o reuniones, a pesar de que Renée y Bella querían hacerlo.

Edward sostenía el asiento rosa con esa pequeña cosita dormida y envuelta en morado. La niña se veía tan chiquita y adorable... Aún estaba arrugadita y algo rosadita, pero poco a poco daba a notar el increíble parecido que en un futuro tendría con sus padres. Alice pensó que era la niñita más hermosa que había visto y de inmediato se arrepintió de todo lo que había dicho acerca de ella. No se lo merecía, porque ella no tenía la culpa de la asquerosa persona que era su madre, y realmente esperaba que Vanessita no heredara la personalidad de Isabella; no quería odiarla, pero lo haría si la niña resultaba ser una mini Isabella.


Hola, hola. ¿Que tal este capítulo? Espero que lo hayan disfrutado. Gracias a Tecupi, Yoliki y Brigitte por sus reviews en el capítulo anterior y al resto de ustedes por tomarse el tiempo de leer. Nos vemos dentro de dos semanas o en Sobreviviendo.

Annie. xx