Saludes!

Este capitulo salió algo largo, pero había mucho que contar.

Gracias por este viaje hasta ahora!


AEROPUERTO

Marina caminaba por el puente internacional arrastrando su maleta, tratando de eludir a los viajeros que pasaban corriendo o con mucha prisa. Ella también tenía prisa, pero ya estando en Tokio, no sabía por dónde empezar.

Si esto era parecido a lo que había ocurrido hacia 8 años, nunca se lo perdonaría a Lucy. Para estar en Tokio ese día había tenido que invertir mucho dinero, correr como loca, disgustarse con su padre, y lo que era peor, quizás había perdido una enorme oportunidad. No creía que la volvieran a recibir en MODE Nueva York. Tal vez había echado su carrera entera por la borda.

Pero era Lucy. Y estaba en peligro de muerte, eso era algo seguro. Aunque se hubiera separado de ellas hacía años su vínculo era algo que quizás nunca acabaría.

Recordó el incidente: Hacía solo unos meses habían regresado, bueno, relativamente. En esa época un mes era algo muy largo. Habían vuelto hacía ¿Ocho? ¿Diez meses? No lo tenía claro.

Acababa de salir de clases cuando aquella conexión entre ellas se había activado, así como pasaba en Céfiro. Primero por Anaïs, y luego por Lucy. Sus dos amigas, algo estaba mal. Así que corrió, con el corazón en la mano, hacia la torre de Tokio, que era el sitio donde se iban a encontrar aquella tarde, como era usual cada cierto tiempo. En una calle aledaña, las vio, en medio de muchas personas, sobre el asfalto, entre los autos. Anaïs estaba en el suelo, con Lucy abrazándola, y llorando. La gente a su alrededor pedía una ambulancia. Corrió hacia ellas, preguntándose qué había ocurrido. Luego se enteró.

Anaïs aquel día había estado muy pensativa. Mientras se dirigía a la torre de Tokio le había parecido ver en la calle a alguien familiar (no les había dicho quien, pero obviamente se refería a aquel muchacho de cabellos verdes) y no se había dado cuenta de sus pasos al cruzar la calle. Se habían encontrado con Lucy hacía poco, y estaban juntas. Lucy al ver que Anaïs no contestaba a sus llamados, y al ver que avanzaba por la avenida sin tener en cuenta el auto que iba directamente hacia ella, corrió a empujarla antes de que ocurriera una tragedia. Había sido una alucinación. Una alucinación causada por aquel sentimiento de amor perdido que las acompañó desde que regresaron. Cuánto daño les había hecho Céfiro al revelarles lo que era el verdadero amor. Si Céfiro no las acabó con sus batallas, las iba a acabar con sus recuerdos.

Por eso se prometió olvidar. Quería olvidar. Había que vivir. Desde aquella vez, se dio cuenta del daño que les hacía Céfiro, de lo que podría ser su existencia si no volvían.

En intento tras intento, año tras año….

Si Lucy había tenido una alucinación y por eso había resultado herida, no se lo iba a perdonar. Era cuestión de dejarlo, de soltarlo. Si era por eso… maldita sea Lucy!…

Volvía a estar de un humor con chispas, pobre del taxista que la recogiera.

Se subió a unas escaleras eléctricas que bajaban al primer nivel para tomar su transporte, cuando la vio. ¿Ahora era ella la de las alucinaciones?


Anais estaba esperando un taxi en la zona de parqueos cuando sintió que la observaban. Volteó y allí estaba, su amiga de cabello azul.

Las dos quedaron como estatuas, mirándose la una a la otra.


HERIDA

Afortunadamente tenía consigo sus papeles de identificación y seguro, y así el proceso había sido más fácil.

Latis tenía razón. Estaba más débil de lo que quería admitir. El viaje al hospital fue un lapso incierto de tiempo, con trozos de recuerdos. No tenía claro quién era aquel hombre de la moto, pero le había ayudado. Llegó casi desvanecida y con la visión nublada. Tenía mucho calor, pero sus manos se veían moradas.

Recordaba parcialmente que le habían subido a una camilla cuando a travesaron la puerta de urgencias. Escuchó a alguien que decía que debían sacarle las balas inmediatamente, y a otro hablar acerca de una herida en su torso. Una enfermera le explicó entre sueños que deberían llevarla a cirugía y que la anestesiarían, por ello debía decirle si tenía alguna enfermedad, tomaba algún medicamento o era alérgica a alguna sustancia. No tenía idea de si había contestado. Ojalá Anaïs estuviera con ella, porque seguramente tranquilizaría a toda esta gente que giraba y giraba en torno como espirales sin freno.

Anaïs era muy hábil para aquellas cosas. En cambio ella..se sentía torpe, ida…

Cuando finalmente la adormecieron, pensaba en que aquel día entraba como uno de los mejores y también peores de su vida. Su conciencia se fue desvaneciendo hasta que al final se durmió.

Despertó. ¿Cuánto tiempo había pasado?

Miró a su alrededor. Se encontraba en un espacio claro y sonaban bips de aparatos. Estaba en una habitación sin ventanas, algo estrecha, pero privada. Su brazo estaba vendado hasta el hombro y tenía una manta ligera sobre su cuerpo. Buscó a su alrededor, pero quien estaba allí en la puerta no era a quien quería ver.

Hasta ese momento no se había fijado en quien la acompañaba. Este hombre le hubiera gustado a Marina. Tenía ojos claros, de un azul intenso, era alto, bueno... no tanto como su espadachín, y de contextura mediana. Su cabello era castaño claro, un poco quemado por el sol. Tenía el talante de una persona que disfrutaba enteramente de la vida, diera lo que le diera, y sonreía constantemente.

- Buenos días bella durmiente – le dijo el hombre que la había llevado hasta el hospital- ¿ya te sientes mejor? Ha sido una noche emocionante, mientras tu dormías he tenido que escaparme varias veces de un policía que está haciendo preguntas. Convendría que nos retiráramos de acá lo más pronto posible.

- ¿Dónde está Latis? ¿Qué hora es?

- No lo sé, espero que no esté comiendo ratas.

- ¿Qué?

- Je! No me hagas caso. No lo sé. Por acá no lo he visto. Claro que estamos un poco lejos y no creo que tenga poderes de tele-transportación. Es pasada media noche.

Su consternación debió notarse mucho, porque el hombre siguió hablando

- No pongas esa cara. Vendrá por ti, estoy muy seguro. Eso, o vendrá a arrancarme el pellejo. – dijo riendo-

Es un poco raro, pensó, pero es sincero. Me ha ayudado, y a Latis también.

- No creo que Latis te haga algo así. El es muy gentil. – le afirmó sonriendo-

- Contigo tal vez. No todos somos lindos, pelirrojos y con grandes ojos marrones- se burló dándole un cumplido-

Lucy sonrió, un poco sonrojada. Se sentía bien con esta persona, aunque era un completo desconocido.

- ¿Quién eres? – preguntó ella, eludiendo el comentario anterior-

- Oh! Que descuidado! Soy Eric, gusto en conocerte señorita pelirroja.

- Soy Lucy. ¿Por qué me preguntaste si yo también era un alien?

- ¿Lo eres?

- No, de ninguna manera – dijo riendo-

- Pero conoces ese tal Céfiro… de donde proviene tu…¿amigo?

- Ehhh si, lo conozco, - el color subió a sus mejillas, pues no sabría definir que eran exactamente Latis y ella- Si no conoces acerca de Céfiro, ¿Cómo sabes que Latis no es de la tierra?

- Si te lo digo, ¿Prometes que me ayudarás a entender todo esto? No comprendo como alguien como tú termina en una balacera en una bodega de mafiosos, y rescatada por un alien.

Eric le narró sus últimas horas. Por su parte, Lucy le contó a grosso modo cómo se había metido en aquel lío. Al recordar todo, se dio cuenta de algo, algo que había enterrado en su subconsciente.

- Creo que lo vi… no estoy segura…

- ¿Viste qué? – preguntó Eric, que se había sentado a su lado para escuchar-

- El maletín. El hermano de Caleb lo tenía. Seguramente al verse rodeado, lo arrojó. Vi algo al salir de aquel lugar, cerca a la alcantarilla, detrás de unas bolsas.

- ¡Mejor no me hubieras dicho! ¡Ahora conozco la ubicación probable un maletín con una gran cantidad de dinero de dudosa procedencia! ¡Espero jamás encontrarme con ese Orville, si sigue vivo! Lucy- siguió- pero este hombre, Latis, que no es de este mundo, vino hasta acá a salvarte, desde... Céfiro. ¿Cómo llegó hasta acá? ¿Cómo sabía que debía ayudarte? Y ¿cómo es que se conocen? Tú has ido a Céfiro, ¿cómo llegaste allá? ¿Sabes algo acerca de los portales? ¿Qué sabes acerca de los guardianes de los portales?

Eran demasiadas preguntas… ¿portales? Este hombre había dicho portales, PLURAL. ¿Existían más portales que la torre de Tokio? Si era así, si era así…!

- ERIC! – dijo emocionada- ¿dónde viste a Latis? ¿Dónde me dijiste que lo habías visto?

- En el Palacio Imperial Kokyo, corría como desesperado.

Lucy saltó de la cama, las máquinas que emitían bips, aceleraron su frecuencia. Le dolía todo el cuerpo, ¡Pero lo que le había dicho era importante! Lo abrazó,¡estaba tan feliz!

- ¿Sabes lo que eso significa!? ¿Lo sabes? ¡Debe ser posible volver! Si no desde la torre de Tokio, desde otro lugar! ¡Tal vez haya alguna alineación de las estrellas! ¡Debemos intentarlo! Tengo que avisarles a Marina y Anais!

- Bueno, bueno, cálmate – le dijo Eric, mientras miraba de un lado a otro- no sería bueno que tu amigo nos encontrara así, ¿no te parece? La verdad quisiera conservar mi cabeza, me es útil a veces.

Ella lo soltó avergonzada. En ese instante, escucharon algo que ocurría en el corredor

- ¿Quién es usted? – decía una voz femenina, ¿es nuevo? Las rondas ya comenzaron, el cambio de turno es a las 10 de la noche.

Lucy pensó al momento que era Latis, que los había encontrado, pero había un tono de nerviosismo en la voz de la mujer que le provocaba desconfianza. Miró a Eric, él también estaba muy alerta. Se había asomado por la puerta solo un poco para observar. De pronto, volteó con los ojos muy abiertos, haciéndole señal de silencio.

Miró hacia todos lados. Señaló el armario que estaba al otro lado de la habitación. Le ayudó a bajarse de la cama rápidamente, arrancándole de un jalón las sondas que tenía conectadas. La llevó hacia el mueble y le entregó su chaqueta. En el armario se encontraban unas batas de hospital y el tomo una. Lucy casi entró en pánico cuando Eric se quitó en un suspiro los zapatos, los pantalones y la camisa, arrojándolos al fondo del armario. Luego, la encerró dentro.

Por las rendijas pudo ver como Eric corría poniéndose como podía la bata y se metía en su cama. Segundos después, entró un hombre, lamentablemente era un conocido. Siro.

Vestía una prenda del hospital, pero se le veía bastante anormal. Era lógico que a la mujer del pasillo le hubiera llamado la atención. Dudaba que los médicos se pusieran anillos y cadenas al cuello cuando estaban de turno.

Quería hacerle frente, pero en su condición no serviría de mucho. Solo esperaba que no le hiciera daño.

- ¿Quién es usted? No es la habitación de la paciente Lucy Shidou?

Eric volteó su cabeza, la cual tenía apoyada en la almohada, con su cabello castaño claro revuelto.

- Perdón doctor? – respondió tratando de parecer somnoliento- Menos mal ha venido. Estos aparatos – dijo señalando las sondas- se han soltado, he llamado varias veces pero nadie aparece. Es el colmo que no sepan cómo poner estas cosas correctamente.

Siro lo miraba con desconfianza. No alcanzaba a ver bien desde su escondite, pero el delincuente no le creía mucho la mentira. En un movimiento rápido, quitó la cobija que cubría a Eric. Al ver que tenía la bata puesta, se decepcionó.

- ¿No cree que es tarde para examinarme? Bueno, si llama a una enfermera de esas bonitas no protestaría, usted me entiende no? Dígame algo doctor, por favor – continuó Eric con su parloteo- estoy preocupadísimo por la operación que se avecina. Dijeron que necesitaba estar a dieta, internado, ¿Es tan complicado dejarlo a uno en su hogar tranquilo? Les dije, comeré lo que me digan, puedo cuidarme solo, ¡pero no! Tenían que hacerme venir a pasar dos noches enteras comiendo solo gelatina acuosa con estas cosas sonando todo el tiempo y más conectado que una central telefónica. ¿Le ha pasado que no puede dormir con un reloj en la habitación? A mí sí. Una vez, un amigo me regaló un reloj de pared, muy bonito el juguetico, como esos que sacaron de los Rolling Stones, en forma de guitarra y todo, pero el tic toc, tic toc, era como escuchar el cocodrilo de Peter Pan eh? Sabe a lo que me refiero, y estas condenadas máquinas con su bip bip bip! Yo tenía una colección…

El mafioso regordete salió de inmediato de la habitación como si Eric le estuviera apuntando con una metralleta.

- Espere! Espere! ¡No me dijo nada acerca de los aparatos! –gritó a lo último Eric cuando Siro ya tocaba la retirada-

Eric se quedó en la cama por un minuto, con una gran sonrisa en su rostro, y luego fue por ella.

- ¡Eres increíble! – le dijo Lucy con sinceridad al salir del armario-

- ¡Tengo talento histriónico nato! – declaró poniendo los ojos en blanco- ahora, debemos salir de acá. No tardarán en darse cuenta. Ponte tu ropa. Y por favor, por lo que más quieras, date prisa. No tenemos armas alienígenas como tu amiguito. De haber sabido, le hubiera pedido dos o tres. Vamos!


ROJO

Paris irrumpió en el gran salón abriendo las puertas de un solo golpe. Con el venían Caldina Y Ascot.

Guruclef los miró con consternación. Había llegado el momento finalmente.

- Guruclef! – gritó Paris al entrar- tenemos graves problemas. Nos reportan de varios lugares que las aldeas han sido arrasadas

- ¿Arrasadas? ¿Por quién? –preguntó Gurucleb adelantando su cuerpo-

- No solo es eso – interrumpió Caldina con melancolía- han matado a todas las personas. Aunque estuvieran escondidos en sus casas. Lo han quemado todo, y se han asegurado que no quede nadie vivo. Los cuerpos… dicen que.. los dejan… los dejan…

El Guru pasó saliva. Esto jamás se había visto en Céfiro. ¿Quién era capaz de tanta maldad? Todos los presentes, menos Caldina, quien tenía sus ojos fijos en el suelo, se miraron entre sí.

- No lo sabemos. Pero nos dicen que es un monstruo rojo – intervino Ascot- Lo más inverosímil es que todo esto ha sucedido solo en dos días. ¡Hay 15 aldeas que ya no existen!

- ¿15 aldeas? ¿Quién pudo haber hecho algo así en tan poco tiempo? ¿Un monstruo rojo? No conozco nada que se asemeje a algo así ¿Y Ráfaga? – inquirió el maestro Guru de Céfiro-

- Ráfaga fue hacia el oriente, la gente está asustadísima, y han comenzado a aparecer otro tipo de criaturas, que tampoco ayudan a que las personas se calmen. – declaró Paris cerrando sus ojos-

- Es un círculo vicioso. Si no logramos brindarles seguridad a estas personas, continuarán apareciendo más y más monstruos – concluyó Gurucleb- debemos detener al que ha iniciado todo esto.

Se interrumpió de inmediato.

Una presencia, muy fuerte, se acercaba...

Concentró todo el poder que pudo para repeler lo que venía hacia ellos. Su báculo brilló con luz azulada cuando desplegó un escudo temporal enfrentando aquella fuerza inexplicable. A pesar de eso, un temblor estremeció los cimientos del castillo.

Escucharon en sus mentes una risa enloquecida, y todos vieron lo que este ser quería que vieran:

Un campo yerto, donde las cenizas de los árboles se confundían con los restos de las personas que se habían incinerado, casas derruidas, a punto de caer sobre sí mismas. Sobre el suelo, cuerpos y cuerpos ennegrecidos, calcinados en gestos de súplica, con muecas terribles de desespero plasmados en sus rostros al momento en que un calor sobrehumano los congelara en llamas. Murieron en un instante, como si el viento mismo les hubiera acabado. Las palabras de este ser se filtraron en sus cerebros como cuchillos filosos.

- Quemados, quemados, ¿quién quiere jugar a los quemados? Jajajajaja… ah! ¿Dónde están los más fuertes de Céfiro para defenderlos? ¿Dónde está Clef? Todos los Gurus son sinónimos de muerte. Viene con el color de su cabello, morado morado, muerte muerte! JAJAJAJA. Rojo, verde, azul, ¡Céfiro les miente a sus colores! ¡Traidores, mentirosos! Ahora es la hora del ROJO, ROJO!

El Guru conjuró un hechizo protector para sus mentes, tratando de no seguir viendo aquel espectáculo infernal. Al fin una paz azul se extendió por sus mentes, pero el daño estaba hecho.


MORADO

Al salir del abismo, los recuerdos eran más funestos a medida de que recorría antiguos pasos.

Se sentó al frente de la fuente de la eternidad. Había preferido ir a pie esta vez, dejando una estela de sangre a su paso. Sus botas se habían manchado de su color favorito, su color y dejaba huellas visibles a su paso por el campo verde.

- NO! No lo haré! ¿Cómo no nos lo dijiste, cómo pides que hagamos algo tan terrible?

- No hay más opciones. Es el deseo del pilar, el deseo de todo Céfiro

- ¡Tú eres nuestro maestro! No lo haré, no lo haré, no lo haré, no estoy acá para eso, soy una princesa, ¿cómo regiré a mi pueblo si me vuelvo una asesina?

- Está bien, Kendrah, entonces renuncia a tu derecho, y volverás.

Mentira

Todo era una mentira

Ahora no había pilar, pero siempre habría algo, ¿no era así? Y mientras la deuda estuviera vigente, siempre debería ser de esa manera. Le habían quitado todo, su inocencia, su vida, hasta su amor no era el mismo.

Pero no si Céfiro no existía. No si desaparecían todos. Se encargaría de eso. Borraría la leyenda.