Cuando Isabella le dice a su compañero de instituto Edward Cullen que tiene poderes mágicos como ella, Edward piensa que está tan loca como su abuela, la "bruja" Marie.

Sin embargo, muy pronto se descubre que Edward tiene mucho más que ver con la magia de lo que a él le gustaría. Su familia está marcada por un terrible hechizo y para acabar con él, los dos amigos deben viajar al pasado e intentar contactar con los antepasados de Edward. Así que, con la ayuda de Edward, se trasladan a la Edad Media en un viaje durante el cual, además de vivir grandes aventuras y enfrentarse a enormes peligros, nacerá algo más que una simple amistad.

Nada me pertenece, los personajes son de Sthephenie Meyer y la historia de Marianne Curley, yo solo me limito a jugar con los personajes de sthep y la narración de marianne creando de esa manera esta extraña combinación.

Bella

Todo el pueblo se ha enterado del accidente de Emmett y, el domingo, de buena mañana, las laboriosas abejitas de Ashpeak ya están manos a la obra. Son cosas que no vienen mal cuando uno se ha hecho daño o algo se ha estropeado. Angela aparece a la hora del desayuno y nos informa de los últimos detalles: la señora Vulturi ha puesto a trabajar a su sección de la Asociación Nacional de Mujeres y, antes de las ocho de la mañana, los Cullen ya tenían sobre la mesa de la cocina tres comidas calientes; Ken Derby, el propietario de los grandes almacenes, le ha regalado a Emmett una caña de pescar para reemplazar la que perdió en el río.

-La gente se ha ofrecido a hacerles la limpieza de la casa y arreglarles el jardín - cuenta Angela-. Incluso ha habido alguien que se ha brindado a levantar una cerca para separar el río de la parte trasera de la casa.

Estamos sentadas a la mesa de la cocina, mientras Marie nos llena los platos de tortitas y Angela cubre montón tras montón con sucesivas capas de mantequilla, jarabe de arce, azúcar y más jarabe. Sonrío y me pregunto dónde va a meter tanta comida, con lo delgada que es. También pienso en la gente que se esta mostrando tan amable. Esas personas son una de las razones por las que me gusta vivir en este pueblo, aunque dudo que hicieran extensivas sus atenciones a Marie y a mí. Aunque la mayoría suelan pasarse de vez en cuando por El Bosque de Cristal para curiosear, nunca nos han incluido en su agenda de compromisos sociales. Pero me alegro por Edward. Todo esto contribuirá a que se sienta aceptado. Es lo que más desea, tanto que hasta le hace perder el sentido de las proporciones.

Suenan las campanillas de la tienda, y Marie masculla una palabrota. No está presentable para atender a sus clientes.

-Ya voy yo -le digo, y me mira con alivio.

Dejo a Angela dando buena cuenta de una segunda y una tercera ración de tortitas y lamiéndose el jarabe de los dedos, meneo la cabeza y sonrío. Sé que en su casa nunca se permiten pequeños placeres como este. Allí la comida no abunda y debe alcanzar para todos, incluido un abuelo. De todas maneras, no creo que Angela engorde nunca. Es más delgada que un folio.

Los domingos, Marie abre a las nueve. Yo siempre le digo que lo haga una hora mas tarde, pero es el día más ajetreado de toda la semana. La montaña se llena de gente de la ciudad, y el aparcamiento se pone de bote en bote, salvo en invierno. Marie lo aprovecha todo lo que puede, por lo menos mientras dura el buen tiempo.

Pero no es un cliente lo que aguarda en la tienda. Es Edward, y ha aparcado fuera su bicicleta. Me quedo tras el mostrador, y él se me acerca.

-¿Podemos hablar?

Su tono es grave y tiene los ojos enrojecidos. Salta a la vista que no ha dormido mucho. No obstante, estoy convencida de que hay algo más, aparte del accidente de Emmett, que no le deja pegar ojo.

-Claro. Vamos arriba.

Vamos hacia la escalera cuando la puerta se abre de nuevo, esta vez con clientes de verdad. Sin embargo, en cuanto nos damos la vuelta y vemos de quien se trata, los dos, por diferentes razones, nos quedamos de una pieza.

-¡Eddie! -dice Heidi Vulturi, que entra pavoneándose como una marquesa. seguida por su perro faldero favorito, Chelsea Crowley -. ¡Que casualidad! Oye, me he enterado de lo de tu hermano, espero que esté bien. Mi madre está en la cocina desde primera hora de la mañana. ¿Os han entregado la comida?

Él no responde a su cháchara y se limita a asentir con un gesto y a inclinarse levemente, de manera que yo me quedo con su perfil y Heidi con su atención.

Chelsea se nos acerca y deja atrás a su "mejor amiga". Me parece una acción valiente, sobre todo viniendo de una chica como ella, que siempre sabe cual es su sitio, es decir, a la sombra de Heidi. Se diría que ha decidido que Edward bien vale la pena el riesgo de molestar a Su Alteza.

-Felix esta organizando una fiesta de disfraces para el sábado por la noche, el primer día del invierno. ¿Te gustaría venir?

Así que las dos van detrás de él, ¿eh? Mientras rechino los dientes, pienso quo no me parece mal y que en cualquier momento su rivalidad puede desembocar en la pelea del siglo. No quisiera perdérmela.

Heidi hace pucheros, y a mí se me ocurre algo muy retorcido. Una de las cosas que más me molestan de ella es que se empeñe en parecer una rubia cabeza de chorlito cuando, en realidad, no lo es. De hecho, es la más inteligente de la clase, pero actúa como una idiota, derrochando encanto femenino todo el tiempo. Claro, a los chicos les encanta. Entonces se me ocurre un encantamiento para provocarle una subida de testosterona y me la imagino con las rosadas mejillas cubiertas de áspero vello. Solo de pensarlo me mareo.

Las palabras de Chelsea me resuenan en los oídos y vuelvo a prestarle atención, al tiempo que archivo la idea del hechizo para utilizarla en el futuro.

-Que yo recuerde, Felix ha organizado todos los años una fiesta de disfraces -añade.

Lo que no dice es que esa fiesta se ha convertido en un acontecimiento por el que todos suspiran en Ashpeak, que es una tradición que empezó el hermano mayor de Felix, antes de que fuera a la universidad, y a la que están invitados todos, hasta los mayores del colegio. Nadie ha rechazado nunca una invitación. Yo jamás he recibido una, y nunca me han pedido que fuera de acompañante. Eso no es nuevo. Siempre me han dejado fuera de sus fiestas. ¿Y qué? No son mas que una panda de patéticos esnob. Sin embargo, aunque solo fuera por una vez, no me importaría ir, especialmente si Edward me lo pidiera.

-No sé... Todavía no lo he pensado.

Heidi, desconcertada por el hecho de que Chelsea se le haya adelantado, sigue haciendo pucheros, pero adopta una actitud seductora y se las arregla para ponerse delante de su perrito faldero con suma elegancia, de manera que apenas unos centímetros la separan de Edward. Él intenta recular, pero topa con el mostrador.

-He venido a buscar algo distinto -le dice Heidi, revelando el motivo de su visita a La Choza de la Bruja, que es como los de su grupo llaman a la tienda de Marie.

-Estupendo -responde Edward-. No dejes que mi presencia te entretenga.

Menuda respuesta. Este tío no tiene carácter. Tiene un don natural que podría fortalecerlo. Sin embargo, hasta que lo acepte, seguirá en estado latente y no le servirá de nada. Hasta el momento sólo lo ha manifestado en momentos de gran tensión y, por lo que he podido observar, siempre con resultados catastróficos. La verdad es que es un caso aparte: un cobarde y a la vez una bomba de relojería con patas.

-¿Y tú? - susurra Heidi con voz aterciopelada, al tiempo que recorre la pechera de la camiseta de Edward con sus garras pintadas de rojo-. ¿Qué estás haciendo aquí?

Ha llegado el momento de la verdad. Me mira un instante, y lo cierto es que veo que se debate interiormente. No puede decirle a Heidi la verdad; aunque espero que al menos le conteste que ha ido a ver a una amiga, a mí. Pero tampoco tengo muchas esperanzas. ¿Por qué debería ser diferente de los demás? Se necesita una buena dosis de valor para admitir que uno va a visitar a Cara de Miedo. Sin embargo, una parte de mí, una gran parte, desea oírle decir que soy su amiga, que soy digna de su amistad.

-¿Eh?... Yo... Verás... -duda-. Mi madre vende sus cosas aquí, y se las han puesto en el escaparate. He venido a ver como habían quedado -miente.

Cierro los ojos y no dejo traslucir el más mínimo signo de decepción. ¡Será imbécil! Me entran unas estúpidas ganas de llorar, pero refreno las lagrimas. No tengo intención de hacerlo, y menos delante de ellos. Cuando los abro, veo que Edward me mira y que implora disculpas en silencio. Pues es demasiado tarde.

¿Puedo ayudaros en algo, chicas? -pregunta Marie, que acaba de aparecer, perfectamente presentable-. ¿Estáis buscando algo en concreto?

Despacio, apartando lentamente la mirada del arrebolado rostro de Edward, Heidi se vuelve hacia mi abuela.

-Pues si, porque como llevare un vestido blanco, uno de hada, largo, y como tengo unos zapatos plateados muy bonitos, estoy buscando una varita y una mascara plateada que hagan juego. Me gustaría una en forma de mariposa y que fuera brillante, aunque eso no es problema; el brillo siempre puedo añadírselo yo...

Continua hablando, pero ya no le presto atención. Doy media vuelta y salgo de la tienda repitiéndome que me importa un pito lo que Edward piense de mí. Lucho denodadamente contra un torrente de humillantes lágrimas y paso corriendo al lado de Angela, que esta acabando su zumo de naranja en la cocina, camino de mi cuarto. Naturalmente, me sigue, supongo que intrigada por mis prisas, y entra en el dormitorio secándose las manos. Debe de ser por mi estado de ánimo, pero en este momento necesito un amigo. Si no hablo con alguien explotare. O peor, lanzare un conjuro y dejare a alguien de color verde fosforito.

Le cuento lo de Edward. Todo: lo del hechizo: el don que tiene y lo poderoso que es, y mi estúpida, pero ya pasada, atracción por él.

-Si, claro -murmura cuando termino de contárselo.

-Claro, ¿qué?

Está boca abajo, en mi cama, con la cabeza entre las manos y los pies descalzos sobre la almohada; y yo sentada en el suelo, con las piernas cruzadas.

-Eso de que ya no te interesa -responde con ironía.

-¡Pues claro que ya no me interesa! -insisto.

-Entonces, ¿no piensas ayudarlo a vencer ese hechizo?

Tengo que pensar. Sólo hay una forma de estar segura de que ya no me gusta.

-¡No me importa que el hechizo lo realizase el mismísimo diablo! -declaro a voz en grito-. Edward ya puede arrastrarse de rodillas, besar el suelo que piso y limpiarme los zapatos a lametones, que no pienso mover un dedo para ayudarlo.

Pero, como una tonta, no me he percatado de que la puerta estaba abierta, así que pego un brinco cuando oigo las palabras de Edward.

-¿Y qué tal si pido disculpas?

Me vuelvo y me pongo colorada como un tomate. Me pregunto cuanto rato llevara ahí, y el hecho de que Angela se esté desternillando de risa no me ayuda nada.

-¡Ya vale, cállate ya! -Estoy furiosa.

Al final, deja de reírse.

-Lo siento -se disculpa.

No la creo, pero se incorpora, y Edward se sienta a su lado, en mi cama.

-Se lo has contado todo, ¿eh? -me dice con tono lastimero, con lo que descubro que ha estado ahí todo el rato.

-¿Siempre escuchas tras las puertas de los dormitorios ajenos?

-Bueno, si la conversación vale la pena...

Angela sigue divirtiéndose y haciendo esfuerzos por contener la risa, a pesar de que la tensión en el ambiente es tan palpable que podría cortarse con un cuchillo.

-Bella tiene razón, ¿sabes?

Edward la mira.

-¿Acerca de qué?

-De todo -contesta tranquilamente-. Tú no la conoces y yo sí. Escucha, si te dice que pesa un hechizo sobre ti, créela. Sabe de lo que habla. Si te dice que tienes un don, también harás bien creyéndolo. Acéptalo y no lo rechaces porque sí. ¡No sabes qué cosas haría yo con tus poderes!

-No comparto tu fe, Angela.

-Pues es una pena -masculla mientras se levanta y se palmea la barriga-. Bueno, ahora que ya me he puesto las botas con la comida y me he dado un hartón de reír, es hora de que me vaya. Además, tú estas acompañada y yo debo darle las gracias a Marie por las tortitas. Chao.

Edward mueve la cabeza mientras el ruido de los pasos de Angela se desvanece escaleras abajo.

-¿Por qué has tenido que contárselo todo?

-¿Y tú por que no le has dicho a Heidi y a su amiga que has venido a verme a mí? -No estoy de humor para ir con rodeos.

Acepta su derrota antes de lo que lo habría hecho yo.

-Lo siento. Tienes razón. He metido la pata.

-Eres bobo.

-Te lo compensaré.

Me está suplicando con la mirada y la sensación me gusta tanto que casi me pongo a reír.

-¿Ah, sí?¿Cómo?

-Haré lo que tú digas. Lo prometo.

Entonces, impulsivamente, porque de otro modo jamás me habría atrevido, le digo:

-Entonces llévame al baile de disfraces de Felix.

No contesta y se limita a mirarme fijamente, con esos increíbles ojos verdes. El silencio se hace insoportable y, por un momento, siento lástima por él. Sé que le estoy pidiendo mucho, pero ya lo he dicho y no quiero volverme atrás. No es que vaya a obligarlo a que cumpla su promesa... Solo quiero poner a prueba su amistad. Lo único que deseo es oír algo como: "Sí, claro, por supuesto". Y que lo diga de corazón. En cambio, me dice:

-En realidad, tú no quieres ir, ¿verdad?

Me resulta difícil saber si no quiere llevarme o si, de alguna manera absurda, intenta protegerme. Supongo que sabe que si me presentara en esa fiesta me convertiría en el centro de atención, de un tipo de atención que a nadie gusta. Pecs no faltara. Me encojo de hombros y miro hacia otra parte. Así, por lo menos, nadie me tachará de cobarde.

-Si eso es lo que deseas, prometo que te llevare.

Me quedo mirándolo. Es evidente que se siente en deuda conmigo. Vale, pues que se aguante. Quizá debería darle una lección sobre lo que significa la lealtad y cumplir la palabra dada. Pero en lugar de eso digo:

-No. Ya sabes que no lo decía en serio.

Se me acerca y, en su voz hay un leve tono de advertencia.

-No me gusta que me pongan a prueba, Bella.

Las campanillas de la ventana se ponen a sonar, y unos colores pastel destellan en las paredes de mi dormitorio, como si el sol que penetra por la ventana las iluminara. Edward está a punto de tener un estallido de genio, y me invade la sensación de estar jugando con fuego. Sin embargo, no me asusto fácilmente.

- Eso lo dices porque le sientes aliviado al saber que ya no tendrás que cumplir tu palabra. Yo nunca me atrevería a chafarte tus planes con Heidi o con Chelsea. Dios, ¡que disgusto tendrían! Incluso podrían expulsarte de su distinguido grupito.

-Ellas no me importan.

-Mientes fatal.

Se encoge de hombros, como si el asunto le importara un pito, y las campanillas dejan de sonar tan repentinamente como habían empezado. Parece que mi casa está a salvo por el momento. Veo que Edward frunce el entrecejo.

-Mis prioridades están cambiando.

Me sobresalta la seriedad con la que lo ha dicho, y me pregunto si habrá ocurrido otro desastre. Le escruto el semblante en busca de una respuesta.

-¿Le ha sucedido algo malo a tu familia?

Se mantiene en silencio, pensativo, y el pulso se me acelera. Cuando me mira de nuevo tiene un aspecto entristecido.

-Es por lo que pueda suceder, Bella, eso es lo que me asusta. El futuro. Mis padres lo han pasado tan mal que no sé cuanto más podrán aguantar sin desmoronarse. -Me mira con una intensidad que asustaría al más templado-. Nunca pensé que llegara a creer en hechizos, pero en estos momentos estoy hecho tal lío que podría creer cualquier cosa.

Su confesión me toma tan por sorpresa que me olvido en el acto de Felix y su fiesta. Me rodeo las rodillas con los brazos y apoyo en ellas la barbilla.

-¿Me estás diciendo que ahora crees que lo del hechizo es cierto?

Hace un esfuerzo para levantarse y suspira profundamente.

-Mira, no lo sé. Todo esto es muy complicado. No tengo tu educación. En mi casa, la magia, los encantamientos y la brujería nunca han sido temas de conversación a la hora de la cena.

Hago un gesto de comprensión.

-Pero estas dispuesto a aceptar que hay algo de verdad en lo que te dije...

-Por lo menos es una explicación para todas las desgracias que nos han sucedido en el transcurso de los años. Pero lo más extraño me ocurrió la otra noche, mientras tenía en mis brazos a Emmett...

Hace una pausa, y su mirada se pierde en el techo. Se lo he visto hacer otras veces, cuando está preocupado o intenta revolver un problema complicado, y le da una apariencia vulnerable. Finalmente, baja la cabeza y vuelve su atención hacia mí.

-Dios mío, Bella, me siento responsable de lo que le sucedió a Emmett. Incluso estoy empezando a creer que todos los accidentes que nos han ocurrido podrían haber sido por mi culpa.

Lo medito durante unos instantes.

-Que te sientas responsable podría significar que lo estas aceptando, que empiezas a ser consciente de la verdad. Sin embargo, no debes ser tan duro contigo mismo. Tú no has echado ninguna maldición sobre tu familia.

-Pero si toda esa historia es cierta, ¿qué se puede hacer?

-Se lo pregunté a Marie y me dijo que según cuentan los textos antiguos hay dos maneras de poner fin a un hechizo...

Se inclina hacia mí, expectante.

-La muerte - explicó.

-¿Cómo? ¿Cuál? ¿La mía?

-¡Dios mío, no! Por lo visto, este tipo de hechizos se interrumpen cuando el portador acaba con quien lo ha realizado.

Me mira con incredulidad.

-¿Me estás diciendo que debo matar a un hechicero?

Hago un gesto afirmativo y ninguno dice nada durante un rato, pero salta a la vista que Edward no deja de darle vueltas al asunto.

-Pero tú dijiste que creías que el brujo había sido un Cullen que vivió hace ochocientos años -asegura muy serio-. Eso significa que hace mucho que murió. Quizá el hechizo se rompa si muero yo...

No me gusta el rumbo quo está tomando nuestra conversación, así que saco el viejo libro de Marie y empiezo a leer:

-Para poner fin al hechizo, el hechizado, o uno de sus descendientes... -miro a Edward- ha de destruir al brujo, sino con sus propias manos, con algún medio de su invención."

-Eso es imposible. Bella. Ese hombre está muerto -me dice con aspecto aún mas preocupado.

Suspiro. Tiene razón, no estamos llegando a ninguna parte.

-Sí. lo sé.

-Además, tampoco Io podría hacer. Ya sabes, lo de matar a alguien, lo siento, seria incapaz. Un asesinato... No, antes preferiría acabar con mi propia vida.

Lo miro a los ojos para comprobar que está bromeando, pero se muestra tan serio que no puedo estar segura.

-Ni se te ocurra -le digo medio en broma-. Tu muerte no impediría que el hechizo recayese sobre tus descendientes.

-Si, pero ¿y si muero sin descendencia?

-Es igual -me apresuro a decir-. El hechizo encontraría el medio.

Suelta un bufido y masculla una respuesta cargada de amargura:

-Si, como hizo conmigo. Mis padres no habrían tenido siete hijos si los seis primeros no hubieran muerto. Sólo por ese motivo siguieron intentándolo.

He de admitir que está en lo cierto. Seguramente sus padres habrían decidido adoptar a un niño tras el tercer o cuarto intento. Pero ¿siete y hasta ocho hijos? De ninguna manera. Esta claro que el hechizo actuó así para renovarse y fue el causante del fallecimiento de esos recién nacidos.

Se me pone la carne de gallina. Quienquiera que fuera el que lo realizara, tuvo que ser un mago endiabladamente poderoso: un brujo, y uno muy perverso. Sigo dándole vueltas. Tiene que haber algo que podamos hacer. Ya ni me acuerdo de mi decisión de no ayudar a Edward.

-Podríamos probar con un conjuro -propongo.

Edward me dedica toda su atención, y eso me alegra. Por lo menos lo tengo distraído y evitó que piense en cosas que no debe.

-¿Qué me dices? ¿Estás conforme? La magia te puso en esta situación. Puede que baste con otro poco para sacarte de ella. En cualquier caso, no tienes nada que perder.

-¿Qué tipo de conjuro?

Debo pensarlo. Ha de ser algo lo bastante contundente para anular una poderosa alquimia, y eso no es fácil de conseguir cuando han transcurrido siglos.

-Deberíamos ir al arroyo a medianoche, un día de luna llena, como hoy. ¡Ah! También necesitaremos un poco de sangre de cabra. ¿Puedes ocuparte tú de eso? Yo conseguiré el corazón de un animal acuático. Creo que Marie tiene sapos vivos en alguna parte.

Edward me mira con la palabra "escepticismo" escrita en el rostro.

-Anda, hazme caso -le suplico con una sonrisa-. Lo único que tienes que hacer es encontrarte conmigo en el claro del bosque. Ya conoces el sitio, ¿te acuerdas? Te lo mostré. Ven a medianoche. ¡Ah! Y vestido de negro.

-No sé si atreverme a preguntarte el porque.

-Para pasar inadvertido en la oscuridad. Para que los animales no se asusten y en el bosque se respire tranquilidad y armonía con la luna. ¡Ah, y los cuatro elementos esenciales! También los necesitaremos.

Veo que guiña un ojo y ladea la cabeza, con la típica expresión de «¿Ya has terminado?».

-Oye, ¿no habías dicho que había dos maneras?

-¿Cómo?

-Sí. Has dicho que Marie sabía dos caminos para acabar con el hechizo. Uno era matar al brujo. ¿Cuál era el otro? Quizá podríamos intentarlo.

Me muerdo el labio inferior. Se trata de un gesto infantil al que apenas recurro, pero ¿cómo puedo explicarle la otra solución? Edward se troncharía de risa.

-Hum... Verás... -Intento hallar las palabras adecuadas, pero al final decido que es mejor que no lo sepa. Por otra parte, está fuera de nuestro alcance-. No. Lo siento. Ha sido una estupidez por mi parte. Nunca funcionará.

Se encoge de hombros y hace un gesto de resignación con la boca.

-Deberemos ceñirnos al encantamiento.

-No sé, Bella. Parece tan ridículo...

-Que va. Es sólo cuestión de valor.

Esto de ponerlo a prueba se está convirtiendo en un divertido pasatiempo. En cualquier caso sirve para que haga lo que de otra forma no querría hacer.

-Que, ¿tienes agallas?

-Ya veo lo que pretendes, Bella.

Su voz es sombría, pero percibo que le pica la curiosidad.

-¿Qué me contestas?

-Vale. Pero por lo menos dime donde puedo conseguir sangre de cabra sin tener que matar una.

Hasta aca por el momento, en cuanto pueda subire más

Besos congelados

Sasu Alice Cullen^^

Ls kiero

Hubo un error cuando subi el capitulo, gracias por avisarme, me confundi y se me fueron los nombres, dentro de poco terminare de traducir la segunda parte