Bromas.

Una broma es una cosa muy seria.

Winston Churchill.

La noche era fresca y silenciosa, tranquila y nada parecía destruir aquel ambiente apacible y cómodo. Nada a excepción de aquella sombra movible que desencajaba completamente con el paisaje que mostraba la habitación en penumbras.

Se deslizaba de un lado a otro, ágil y silenciosa, analizando la escena, esperando el momento preciso para poder atacar.

Tenía un plan, oh que maravilloso plan había entrañado su mente maquiavélica. Sentía el orgullo y la adrenalina correr por sus venas. Sabía del sueño extremadamente ligero que poseía ella y el mínimo ruido la traería de vuelta al mundo consciente, sorprendiéndola con las manos en la masa.

Sus grandes ojos, acostumbrados ya a la impenetrable oscuridad, no tardaron en enfocar los dos cuerpos que dormían plácidamente, cada uno en un mueble diferente, separados por los extremos opuestos de la recamara. Escapo un suspiro impertinente de alivio, al menos no habían dormido en la misma cama.

Sonomi Daidouji sonrió de una forma traviesa y con un destello de maldad, aunque ese sujeto no estuviera durmiendo con Tomoyo, no quería decir que su plan no sería efectuado, debía y tenía que apartarlo de su hija, de su niña inocente antes de que fuera muy tarde. Y es que ella había visto el brillo en los ojos de ese chico al que no conocía. Era un brillo inocente e ingenuo de sentimientos no descubiertos, no encontrados.

Un escalofrió le recorrió el cuerpo al rememorar ese mismo brillo en la mirada de Fujitaka Kinomoto hace tantos años, en esos tiempos en los que él y Nadeshiko apenas comenzaban a conocerse. Sonomi jamás podría olvidar aquel resplandor en los ojos de ese profesor, se trataba de una peculiar mezcla de curiosidad e interés meramente superficial que poco a poco se había ido transformando en algo que no alcanzaba a comprender, a explicar. Algo que se negaba a aceptar.

Pero… ¡no! Había perdido a Nadeshiko, no iba a perder a su adorada Tomoyo por la misma razón, ¡Sobre su cadáver!

Dio unos pasos ligeros hasta el sillón que se encontraba cerca del armario y allí se quedo observando fijamente algunos minutos. Pese a la inexistente luz, Sonomi alcanzo a divisar los rasgos del chico y… bueno, llego a la conclusión de que el muchacho no era precisamente mal parecido, de hecho, hubiera creído que era atractivo de no ser por la molesta insistencia de pegarse a Tomoyo, ¡y de invadir su casa!

Observo con un poco mas de ahínco y entonces una pregunta morbosamente curiosa se le vino a la mente, ¿Esas orejas que tenía en la cabeza eran reales? ¿O tan solo eran extraños accesorios producto de una personalidad no definida aun? Sonomi sabía de las etapas confusas por las que pasaban los adolescentes y había que ver que existía cada chico raro que se creía tener pacto con el diablo o que era un vampiro, cabía la posibilidad de que este fuera un caso más grave y el muchacho asegurara ser un gato.

Coloco una mano en su barbilla pensativamente y después de meditarlo largo rato asintió para sí misma, bastante convencida con la idea y con un leve sentimiento de compasión hacia ese joven pelinegro. Si se trataba de una búsqueda de personalidad, ella no era quien para juzgarlo ¿o sí?

Una fibra de amabilidad en Sonomi comenzó a hacerse lugar en esos instantes, y a punto estuvo de retirarse de la habitación de Tomoyo sin cometer un atentado en contra de nadie cuando un extraño sonido le llego.

Provenía del sujeto que descansaba en el sillón, se trataba de un ¿quejido? Sonomi aguzo el oído y capto aquel ruido con más claridad. ¡Era un gemido! ¡Ese chiquillo insolente estaba gimiendo en la habitación de su inocente Tomoyo!

Ya creía ella que era demasiada buena suerte encontrar a un jovencito sin malas intenciones para con su niña. Seguramente el muy idiota soñaba en esos momentos con ella, en ilusiones que de inofensivas nada tenían. Quizá la soñaba bailando provocativamente o cantándole al oído o murmurándole cosas atrevidas en un tono bajo, quizá en sus imaginaciones la dulce Tomoyo estaba recostada en una inmensa cama, con un rostro desorbitado de placer y... ¡Por todos los cielos! Vaya pervertido se venía a meter a su casa.

El rostro se le crispo en una mueca de furia contenida, pero creyó que era una fortuna que ella, la gran Sonomi Daidouji estuviera allí para proteger a su primogénita. Tal vez le recriminaría al día siguiente, pero acabaría agradeciéndole tarde o temprano por alejar a ese depravado de sus vidas.

La cruel sonrisa volvió a atravesar sus labios y los ojos se le llenaron de júbilo en el instante en que con sus delgadas manos comenzaba a hacer uso de sus instrumentos de trabajo.

El filo de las tijeras resplandeció tétricamente cuando las alzo en alto y chocaron con algún haz de luz que la luna se había dignado a regalar.

La sonrisa se ensancho y un ferviente pensamiento de estar haciendo lo correcto le lleno la mente. Tomoyo iba a estar encantada.

/

Lunes.

La luz que provenía de algún recóndito lugar le fue picando en los parpados de a poco hasta que consiguió sacarlo del reconfortante sueño. ¿En qué día estaban? ¿Tenía que asistir a clases? Porque para él era mucho más tentador permanecer allí, hecho un ovillo, disfrutando de la suavidad del lugar donde estaba acostado y disfrutando del grato aroma a pino que inundaba el lugar.

Ah, ya recordaba los acontecimientos del día anterior.

Sonrió ante aquellas memorias y con la mano izquierda tanteo el piso, en busca de sus lentes de montura fina que había dejado cuidadosamente allí la noche antes.

Una vez encontrados se los coloco como cada mañana y dirigió la vista hacia la cama, donde le sorprendió encontrarse con una Tomoyo sentada rígidamente en el colchón, regalándole una mirada avergonzada y un furioso sonrojo en sus mejillas que a Eriol se le antojo bastante adorable.

—Buenos días, ¿Cómo estuvo tu noche?

—Umm… dormí bien —dijo ella—. Eh… Hiragizawa…

La mirada de Tomoyo se desvió de su rostro a un punto más abajo, llamando la atención de Eriol, quien siguió la misma línea de la chica yendo a parar justo en sus pantalones donde… oh ¡Sorpresa! Había una gigantesca mancha oscura, cubriéndolo todo, estaba húmeda y daba el aspecto de que… que él…

—Si necesitabas ir al baño pudiste haber preguntado. En serio, no me hubiera enfadado si era en mitad de la noche.

La voz nerviosa de Tomoyo logro ponerlo de los nervios a él también, ¿¡Que rayos era eso!? Era más que obvio que él no había ensuciado los pantalones, ¡su última vez había sido a los seis años!

Sintió un terrible calor cubriéndole el rostro, ruborizándolo hasta un límite que ni él sabía que podría alcanzar. Pero las cosas no terminaban allí, no señor. Eriol Hiragizawa admiro estupefacto el gran corte circular que tenía su camisa favorita. Había sido al nivel del estomago y en su piel había un espantoso dibujo, un rostro, de ojos pequeños y alargados y una lengua que se relamía los labios en la muestra más miserable de lujuria contenida. ¡Era una imagen grotesca y su mejor camisa estaba arruinada!

— ¡Te juro que no fui yo! —su voz salió desesperada, avergonzada y su sonrojo solo corroboraba lo último.

—Claro, y todo eso apareció de la nada —dijo Tomoyo más avergonzada que él, si era posible. Dirigiendo la vista hacia otro lado le lanzo una sabana que tenía a mano y añadió—: será mejor que tomes un baño.

Eriol se cubrió como pudo y abandono su lugar en el sofá directo al cuarto de baño. ¡Genial! Sus pantalones estaban sucios, su camisa favorita hecha un desastre y Tomoyo no le creía ni un poco.

Maldito lunes, pensó el ingles saliendo de la vista de una muy azorada pelinegra.

Martes.

Lanzo un suspiro derrotado. Aquellas risas eran melodiosas y le traían buenos y bonitos recuerdos, pero eso no evitaba que su rostro ardiera como las brasas y quisiera meter la cabeza en el primer hoyo que encontrara.

Tomoyo guardo silencio por un momento, le observo seriamente otro tanto y estallo en carcajadas una vez más.

¿Es que tenía cara de payaso?

Para su desgracia, sí tenía cara de payaso.

Esa mañana de martes Eriol había despertado completamente ajeno al suceso del día anterior, incluso podía decir que estaba contento, pero apenas vio el brillo en los ojos de Tomoyo y la forma en que contenía una carcajada, supo que las cosas no iban a ir de perlas esa mañana tampoco.

Y no era para menos. Por alguna "extraña y desconocida" razón, había amanecido con el rostro completamente pintado y de una forma tan ridícula que a Eriol se le cruzo el resignado pensamiento de que él mismo hubiera podido maquillarse mejor.

Tomo el espejo de mano una vez mas y le hirvió la sangre, de coraje, de vergüenza. ¡Ese maldito lápiz labial le hacía parecer mucho más pálido! El colorete le iba desde la mitad de una mejilla hasta la mitad de la otra, recordándole a Eriol a ese sujeto extraño que había visto hacía mucho tiempo en una película aburrida. Si no se equivocaba, el nombre del personaje era El Guasón. También, dos enormes círculos verdes le decoraban los ojos, casi como si tuviera unas gafas grandes y estrafalarias, y por último, una serie de mariposas y corazones mal hechos le daban el toque final a su rostro que en esos momentos era todo, menos masculino.

¡Ah! Y no había que olvidar la mancha que se presumía en su nuevo par de pantalones limpios. ¡Él no había mojado los pantalones por segunda ocasión!

—Buenos días Hiragizawa —dijo Tomoyo levantándose de la cama y dejando que sus estruendosas risas llenaran la habitación.

Maldito martes, pensó Eriol de nueva cuenta, esta vez, bastante enojado.

Miércoles.

Eso… eso era… ¡Eso era demasiado! El pelinegro sintió sus ojos aguarse y con mucha fuerza y orgullo mantuvo las lagrimas impotentes a raya.

¡Su cabello! Su preciado cabello negro azulado estaba bañado en una extraña sustancia transparente, viscosa y pegajosa que le escurría hasta los hombros. Eriol no podía evitar el miedo a descubrir que rayos era esa cosa.

Una mueca de angustia apareció en sus facciones cuando noto que eso no era todo, su agresor no se había conformado con su cabello, sino que ahora había dos pendientes dorados colgando de sus orejas felinas, ¡Qué horror! ¿¡Lo habían perforado!? Eriol suplicaba con desesperación que tan solo se tratara de pendientes falsos, de fantasía o como fuera que se llamaran.

Esa mañana no consiguió siquiera formular la primera palabra de su maldición contra el día ya que, presa de la turbación ante la posibilidad de haber sido perforado, Eriol Hiragizawa termino a merced de la inconsciencia, termino desmayado.

Jueves.

Las primeras horas de la mañana se presentaban esplendorosas ante el gentío de la ciudad. El ambiente era fresco y propicio para caminar con una sonrisa tranquila, pero como ha de suponerse, ese no era el caso de cierto chico pelinegro.

El aura maligna que desprendía Eriol ahuyentaba a todo aquel que se atrevía a dirigirle una mirada siquiera. Tomoyo no podía culparlo, el ingles había tenido unas pésimas mañanas y ella tan solo intentaba calmar los ánimos con una pequeña sonrisa serena.

Había escuchado a su compañero un día antes murmurar algo como "Esta noche es la noche". Decir que estaba dispuesto a descubrir a su agresor era poco. No obstante, en contra de lo que cualquiera pudiera pensar, Eriol no había pasado la noche en vela, sino que había quedado a merced del señor Morfeo apenas se apagaron las luces de su habitación.

A Tomoyo la inundaron un montón de gotitas cuando recordó cuál había sido la broma de ese día y sintió un poco de pena por Hiragizawa. El polvo pica pica debía ser una terrible tortura después de todo, eso, y la ya acostumbrada mancha en sus pantalones le dieron los buenos días al pelinegro.

—Estas peor que un muerto y espantas a las personas. ¿Por qué no sonríes? —Tomoyo pronuncio con cuidado y delicadeza sus palabras, sabía que el ingles era una bomba de tiempo y si tenía que ser sincera, no deseaba armar un espectáculo en pleno camino al Instituto.

—Tú no sonreirías si estuvieras en mi lugar —contesto Eriol, de manera cortes y baja, pero tajante en demasía.

Llegaron a la Preparatoria Seijo en un profuso silencio y como ya se había vuelto rutina, las miradas curiosas se fueron directas a sus personas. A Tomoyo no le extrañaba, por si mismos ambos siempre habían llamado la atención (algo que le incomodaba), y el hecho de que de pronto llegaran juntos y además, Eriol ataviado con esa ridícula peluca de rastas, tan solo había incrementado su "popularidad". Si aguzaba un poco el oído, podía escuchar la multitud de rumores y cotilleos que se hacían sobre ellos, algunos malos, otros mas insólitos.

Caminaron al mismo paso hasta quedar frente a la entrada del aula y sin meditarlo ni un poco, Eriol corrió la puerta, cediéndole el paso como todo buen caballero.

— ¿De nuevo han hecho de las suyas? —pregunto Li Shaoran en cuanto vio a ambos níveos tomar sus asientos. Estaba al tanto de las bromas de mal gusto hacía su amigo y cada mañana se mofaba de lo lindo, preguntándose por qué no se le había ocurrido esa idea antes.

Eriol se limito a gruñir, aceptando su desgracia.

—Hoy ha sido polvo pica pica —dijo Tomoyo con cara de circunstancias y el castaño no tardo en tirar una carcajada desinhibida, ganándose una mirada de reproche por parte de su novia.

— ¡Shaoran! —La voz de Sakura sonó a una extraña mezcla de enfado y diversión—. Eriol ¿tienes idea de quién te ha hecho todo esto?

—Tengo mis sospechas Sakura, y se reducen a unas cuantas personas.

Aquel murmullo le erizo la piel a cierta pelinegra, las bromas habían ido demasiado lejos, Hiragizawa parecía en verdad molesto.

El profesor de turno llego y la plática matutina termino allí.

Las horas se le fueron como agua escurridiza al joven ingles, no había prestado atención a una sola clase y era seguro que tendría problemas al momento del periodo de exámenes, pero ¿Qué importaba? Su mente se había ocupado totalmente, usando y usando neuronas en averiguar quién era el responsable de todos esos jueguitos. Tenía que ser alguien del servicio, ¿Quién mas si no? Tal vez esa chica, Sora, cada vez que se la encontraba por la mansión le lanzaba miradas frívolas y resentidas y él no tenía una idea de por qué. O quizá la cocinera, todavía recordaba su ceño fruncido cuando menciono que había probado platillos mucho más deliciosos que los suyos, ¡y es que era verdad! Además él no tenía culpa alguna de que su paladar fuera un exigente.

Asintió para sí mismo, esa noche capturaría a su agresora, porque sí, de lo que estaba plenamente seguro, era de que quien le había hecho pasar todos esos malos ratos, era una mujer.

—Emm… Hiragizawa-kun, ¿te gustaría comer con nosotras?

Eriol despego la vista perdida de la ventana y la enfoco en la muchacha que tenía a su lado derecho. Sus ojos eran de un color cielo cautivante y debía admitir que aquella trenza en la que llevaba recogido su cabello pelirrojo la hacía ver bonita, pero no pudo reprimir el pensamiento de que él prefería las melenas oscuras como la noche.

Observo los asientos a su alrededor y con sorpresa se percato que estaban solos, ni los dos castaños ni Tomoyo ocupaban sus lugares, y el aula estaría vacía a no ser por él mismo, por la chica que le hacía la invitación y por sus dos amigas que cuchicheaban a tres sillas mas allá.

— ¿Qué dices?

—Supongo que… está bien —dijo Eriol con la duda plasmada en el rostro. ¿Cuándo había tocado la hora del almuerzo? ¿Por qué sus amigos no lo habían sacado de sus cavilaciones?

Se hacía esas preguntas en el momento justo en que la pelirroja hacia una seña a sus amigas y estas se acercaban con una sonrisilla y su caja de almuerzo, causándole gracia al níveo, que cuando se dio cuenta, ya estaba rodeado de tres chicas que comenzaron a hablar de cosas que él desconocía, cosas como maquillajes, zapatos, moda y sabrá quién qué más.

Eriol se marco una nota mental: jamás aceptar la invitación a almorzar de tres chicas adolescentes sin cerebro.

Estaba por quedarse dormido en el banco y la hora de la comida por terminar, cuando la misma pelirroja volvió a hablarle, casi como si repentinamente hubiera recordado que aun estaba allí.

— ¿Hiragizawa-kun? ¿Serías bueno y cuidarías nuestras cosas? Debemos ir a retocarnos el maquillaje.

Estaba a punto de negarse rotundamente cuando las tres chicas se levantaron de los bancos y sin esperar respuesta salieron del salón, dejando al chico con una expresión de incredulidad, ¿Qué se creían?

Suspiro y observo atentamente el montón de artefactos que sus compañeras de clase habían dejado desperdigados por las mesitas de los bancos. Ya no estaban sus cajas de almuerzo, muy por el contrario, ahora había un puñado de revistas coloridas, de esas que husmean y cuentan la vida personal de las estrellas de pop, y haciéndole compañía, había también un kit de tejido, con todo lo necesario para, según Eriol, confeccionar gorros, bufandas y tal vez un abrigo.

¿Quién hace estas cosas en plena primavera?, se pregunto con curiosidad mientras tomaba entre manos una colorida bola de estambre.

Una, redonda, colorida, bola, de, estambre.

/

Tomoyo había salido corriendo de los jardines apenas se dio cuenta que Sakura y Shaoran comenzaban una incómoda sesión de arrumacos. Adoraba pasar tiempo con sus amigos, pero… bueno, existían veces en que ese par olvidaba dónde estaban y con quién estaban.

Camino por los pasillos del edificio principal, faltaba poco para que terminara la hora del almuerzo y al final era mucho mejor soportar al fastidioso de Hiragizawa que tener un asiento en primera fila y ver el espectáculo de aquellos tortolitos. Ella se preguntaba si después de tantos años ninguno había comenzado a cansarse de la misma rutina, ya que a juzgar por la personalidad de esos dos, Tomoyo podía resumir sus encuentros amorosos en algo como: "beso-sonrojo-tomarse de la mano-sonrisa nerviosa". Desbordaba cariño por esos chicos, pero aun pese a sus 17 años, los dos seguían siendo bastante lentos.

Sonrió de forma enigmática al pensar en cómo podría ser su futuro novio y corrió con suavidad la puerta del aula.

Quizá para quien ya hubiera sido informado de antemano lo que sucedería en aquel salón (más específicamente para el lector), la escena ha de ser bastante obvia, pero para Tomoyo, quien esperaba encontrarse a Hiragizawa igual de perdido a como lo dejo al inicio, la imagen es muy impactante, así que permitámosle ese sonrojo que ahora le tiñe las mejillas, el temblor que se ha adueñado de sus piernas y el palpitar desbocado de su corazón. Porque al final encontrarlo a él sentado en el piso, con tirillas de estambre pasando por su cabeza, por su cuerpo y por toda el aula la habían dejado sorprendida, y ¿Por qué no? También sin el suficiente aire para respirar adecuadamente.

— ¡Ah, eres tu Tomoyo! ¿Quisieras ayudarme? He quedado enredado —dijo Eriol sonriendo cuando volteo hacia la puerta y distinguió la figura de la amatista. Era cierto lo que había dicho, entre juego y juego el ingles había terminado sin su peluca de rastas y hecho una maraña de estambre. Ahora no podía moverse y sus orejitas de gato estaban a la vista.

— ¿Qué has hecho Hiragizawa? —Tomoyo corrió alarmada hacia donde estaba el chico, solo de imaginar que alguien pudiera verlo con esas orejas le provoco una histeria terrible—. ¿De dónde sacaste ese estambre?

—Bueno… unas chicas de la clase me pidieron que lo cuidara.

— ¿Y se supone que esta es tu forma de cuidar las cosas que no son tuyas?

— ¡No pude evitarlo! ¡Fui seducido ante esa textura suave y esponjosa! Tú también hubieras caído.

La amatista lo miro incrédula, ¿realmente esa era su mejor excusa? Negó con la cabeza y se apuro a tratar de deshacer toda esa maraña. Hiragizawa se estaba comportando como un verdadero gato, y como tal, se había envuelto a sí mismo en imposibles y retorcidos nudos.

—Daidouji… estas sonrojada —dijo de pronto el chico de ojos zafiro, distrayéndola de su labor—. ¿Tienes fiebre?

Tomoyo no sabía de dónde, pero Hiragizawa había tomado la confianza de acercársele, aun con el estambre como leve barrera, y tocarle la frente con delicadeza. Su mano estaba cálida y su mirada desprendía un destello de preocupación.

Ah endemoniadas hormonas, ¿Qué le pasaba? Al simple tacto su pulso se acelero como loco y podía jurar que estaba peor que un farolito de navidad.

—Qué cosas dices Hiragizawa —río de forma nerviosa y aparto la mano de su interlocutor—. Concéntrate en quitar todo esto. No quiero ni imaginar las caras de esas chicas cuando vean lo que les hiciste a sus materiales.

Continúo ayudando a Eriol sin dejar de pensar en sus anteriores reacciones, ¿sería posible que se sintiera atraída hacia el ingles? Tomoyo sonrió para sus adentros y de inmediato desecho la idea, ¡Claro que no! Si bien era un chico guapo y atractivo, había una persona que le robaba el sueño desde hacía tiempo, un joven en el que la amatista pensaba casi a diario y que era por mucho, el polo opuesto de Hiragizawa.

Sí, Tomoyo ya tenía a su persona más querida.

/

Aquella noche de jueves, en la habitación de la primogénita Daidouji una sombra se movió sagaz por toda el área. Cruzo de extremo a extremo sin un mínimo ruido, dejando atrás la mullida cama y el sillón donde un pelinegro agotado, recuperaba las horas de sueño perdidas.

Eriol se había quedado hasta tarde en el vano intento de descubrir in fraganti a aquella que le estaba haciendo imposibles las mañanas. Había esperado y esperado hasta que el reloj marco la una y treinta de la mañana y por fin le dio cabida a las bellas ilusiones del sueño. Pobrecillo, sería víctima de una nueva broma pesada mañana por la mañana.

La puerta de roble se abrió y fue cerrada como un débil susurro. Una vez afuera, Tomoyo soltó todo el aire que había retenido y se dedico a observar el pasillo que tenía a su lado izquierdo. Poco tiempo tuvo que esperar para que una segunda sombra, esa que venía irrumpiendo en la habitación desde la madrugada del lunes, hiciera acto de presencia, sigilosa y desapercibida como jamás lo sería durante el día.

—Esta noche no haremos nada.

— ¿Qué? ¿Hablas en serio? —pregunto Sonomi con una nota chillona.

—Sí, mama. Sería bueno que esta vez tuviera una mañana tranquila.

— ¡Pero Tomoyo! Fuiste tú la que se ofreció a ayudarme y además te veías bastante animada. No puedes simplemente dejarlo así como así.

La nívea desvió la mirada, avergonzada de sus propias acciones. Lo que su madre decía no se encontraba nada alejado de la realidad. Después de todo Sonomi sí había sido descubierta con las manos en la masa, pero lo que nunca llego a imaginar fue que su hija le sonreiría malévolamente y que le dejaría "trabajar", bajo la promesa que durante los días siguientes, ella misma le ayudaría con esas travesuras de mal gusto.

Así se les había ido el tiempo a las dos mujeres Daidouji, entre planes macabros para con su invitado no deseado y una que otra taza de té caliente.

—Olvídalo mama —dijo Tomoyo retomando el hilo de la conversación—. Las cosas se están saliendo de control y a él lo está matando el cansancio. Creo que con eso fue suficiente para cobrarme lo que había hecho.

—Tomoyo, hija mía, tienes un espíritu vengativo muy pobre —replico Sonomi en un suspiro derrotado. La observo una vez más, esperanzada por un posible cambio de opinión, pero ante la nueva negativa de la amatista, no le quedo más opción que girar sobre sus talones y emprender el camino de vuelta a la habitación principal.

Maldita noche de jueves, se dijo Sonomi a sí misma, arrastrando los pies y tragándose aquellas imperiosas ganas de fastidiarle la vida una vez más al chiquillo ese.


Notas de la autora: Capitulo 10! No puedo creerlo, y pensar que el fic ya va rumbo a la mitad (sip, buena o mala noticia, comence escribiendo con la idea de que la historia tendría entre 20 y 25 capitulos). Pero ¿que les ha parecido? Muy largo el capitulo esta vez, espero no haberles aburrido, pero ya se dejan ver los sentimientos confundidos de Tomoyo y Eriol. Han de pensar "¿Como que ha Tomoyo le gusta alguien mas? Deja de complicarnos", Fue lo que yo pense XD pero es que nadie se enamora en dos semanas! En fin, Sonomi no se iba a quedar con los brazos cruzados y va a encontrar las maneras de hacerle la vida imposible a nuestro neko Eriol XD

Espero que les haya gustado mucho el capitulo, yo me diverti al momento de escribirlo :D Un abrazo para todos, saludos!