Notas del capítulo: Y aquí estamos, ya casi llegando al final. Sólo tres capítulos más para desenredar este slinky ¿Serán capaces de hacerlo estos dos? Pues tendremos que llegar al final para averiguarlo. Como ya dije antes, en este cap ocurre una de mis interacciones favoritas. Let's roll!


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Resistance

por Maye Malfter

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Parte II

SHERLOCK


Our time is running out,

you can't push it underground,

you can't stop it screaming out.

How did it come to this?

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Time is running out

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El Padrino. El Padrino de bodas. Padrino de bodas en la boda de John. La boda de John con Mary Morstan.

¿Cómo demonios había llegado a esto?

A decir verdad, ya era realmente un milagro el hecho de que John le hubiese perdonado luego de fingir su muerte. Curiosamente, ese milagro tenía nombre de mujer y sabía jugar bien al ajedrez.

Luego de su pequeño intercambio en el 221b, Mary había cumplido su palabra. John apareció en su puerta una semana después dispuesto a escuchar a Sherlock, justo cuando este se encontraba en el crescendo de un caso particularmente interesante. Algo de un cofre robado que había resultado estar vacío cuando los del Yard dieron con él.

El detective se había pasado las últimas horas pensando en cómo resolver el problema que se le presentaba, pero fue sólo gracias a un comentario casual de John que Sherlock pudo conectar por fin el reciente robo del cofre con el asesinato del inmigrante Hindú, semanas atrás, resolviendo así la parte del rompecabezas que le permitió deducir dónde se encontraba realmente el tesoro.

Como de costumbre, John había venido a ser el conductor de luz que permitiera al brillante cerebro de Sherlock iluminar el camino de la verdad y el descubrimiento. Con John a su lado, la resolución del caso había resultado ser simple lógica y un poco de imaginación. Con John acompañándole, las pistas que antes habían parecido imposibles de unificar ahora se presentaban ante él como piezas inconfundibles de un todo. Y si antes lo había dudado, ahora Sherlock estaba completamente seguro de una cosa y solo de una cosa: ¡Cómo había extrañado a este hombre!

Por supuesto, con el caso en su apogeo y Sherlock a punto de resolverlo, John no pudo evitar la tentación de acompañar al detective hasta la cabaña abandonada en la cual se encontraba oculto el verdadero tesoro: Una incalculable cantidad de perlas, valoradas en unos diez millones de libras aproximadamente, si es que el costo de las perlas cultivadas archivado en la base de datos mental de Sherlock no estaba demasiado desactualizado.

Después de dar parte a Lestrade tanto de la ubicación del tesoro como de la relación entre el cofre y el hombre muerto, y tras recibir una serie de extrañas miradas por parte de dicho detective inspector, ambos, Sherlock y John, se dirigieron a Angelo's para celebrar el final de un nuevo misterio.

Allí, sentados en la mesa de costumbre y disfrutando de la cena gratis preparada por el mismísimo dueño del local, ambos hombres hicieron silenciosamente las paces. Ninguno necesitó decir nada más al respecto, pues ninguno de los dos era realmente bueno para esas cosas, y al finalizar la velada cada quién regresó a su casa con la convicción de que todo volvería a ser como antes.

Pero ya nada podría serlo, y eso Sherlock lo sabía de sobra.

A pesar de hablarse de nuevo, de haber limado asperezas y haber comenzado a resolver casos otra vez, las cosas entre los dos no podían ser más diferentes.

Ya no vivían juntos, y no porque Sherlock no le hubiese insistido de una y mil maneras a John en que mudarse con él habría sido lo mejor para sus "ahorros de hombre comprometido", como el detective los denominaba. Por alguna razón, John rechazaba rotundamente la idea de volver a vivir en el 221b, y luego de un par de meses, Sherlock dejó de intentar convencerle. Tampoco pasaban tanto tiempo juntos como lo hicieran antes de "la caída", pues John había resultado ser tan responsable con su nuevo trabajo como Mycroft lo había descrito, y ya no faltaba a la clínica sólo por acompañar a Sherlock en algún caso.

Por supuesto que aún perseguían criminales, pero esto sucedía mayormente en los periodos libres de John, y no en todos, pues en las propias palabras del doctor "Mary es mi prometida, Sherlock. Ella también es importante". Aparentemente, la mujer había tenido toda la razón al asegurarle a Sherlock que su relación con John era bastante estable.

Los casos que surgían cuando el buen doctor no se encontraba disponible seguían siendo atendidos por Sherlock en solitario, y sólo cuando el caso resultaba ser demasiado largo o intrincado era que John llegaba para ayudar. Pocas eran las veces en las que estaban juntos cuando un caso comenzaba, muy pocas eran las veces en las que estaban juntos si no era para resolver el caso de turno. Casi nulas eran las veces en las que estaban juntos con el simple propósito de pasar tiempo juntos.

No. La vida a la que Sherlock había regresado no se parecía en nada a la que tuviera antes de irse. Mucho menos a la que pensó que tendría cuando regresara.

Pero eso estaba bien, o al menos, Sherlock pretendía que lo estaba. Al menos en esta nueva vida John aún estaba presente. Al menos en esta nueva vida, John seguía considerándole su amigo. Contar con la amistad de John, incluso si esta era totalmente diferente a la amistad cercana y casi inseparable que compartieran años atrás, era más que suficiente considerando las circunstancias. Tener algo de John, por ínfimo que fuera, siempre sería mil veces mejor que no tener nada en absoluto.

No obstante, y para sorpresa de Sherlock, su posición como "amigo de John" sobrepasaba sus vagas expectativas iniciales. Aparentemente, John no sólo le consideraba "su amigo", sino que Sherlock era para John "su mejor amigo". Era por eso que ahora, algunos meses antes de la boda de John y Mary, Sherlock se había convertido oficialmente en el padrino.

Pero, ¿cuáles eran realmente sus funciones como padrino? Sherlock no tenía ni la más mínima idea.

Internet decía muchas cosas, los libros de la biblioteca decían las mismas cosas, todas estas cosas no tenían sentido alguno en la lógica de Sherlock. Aparentemente, tenía que asistir a los novios en el proceso de planificación tanto de la boda en sí como de cada mínimo evento relacionado con ella; ayudar a elegir los trajes, ayudar a elegir a los acomodadores, ayudar a vestir al novio el día mismo de la boda, incluso dar un discurso en la recepción. Era una pesadilla de domesticidad lo que John le había pedido que hiciera, pues dada la cantidad de compromiso requerido por parte de Sherlock, más parecía que en vez del padrino fuese uno de los novios.

Sin embargo, y para alivio del detective, Mary no parecía demasiado dispuesta a compartir las responsabilidades de la boda con él. A decir verdad, Mary no parecía querer compartir las responsabilidades de la boda con nadie, por lo que ser el padrino se convirtió rápidamente en una tarea fácil de realizar. Hasta el día en el que Mary le asignó la responsabilidad de ayudar a John a elegir tanto los anillos para la boda como los trajes que tanto John como Sherlock usarían durante la ceremonia.

El día elegido para pasear por todo Londres en busca tanto de las alianzas como de los trajes había sido, sin duda alguna, una de las cosas más incómodas que hubiera tenido que hacer Sherlock en compañía de John. Y eso contando la vez que se hicieron pasar por una pareja gay en un club de swingers.

El problema no era la tarea en sí, tampoco las múltiples felicitaciones que recibieron de parte de gente que pensaba que ellos dos eran los novios. A decir verdad, Sherlock no lograba explicarse por qué razón algo tan simple y sin importancia como caminar por Londres ayudando a John a escoger su traje de novio y sus alianzas de boda le hacía sentir tan extrañamente fuera de lugar.

Sentirse fuera de lugar era algo que jamás le había pasado estando con John. Nunca, ni una vez desde que se conocieran aquella tarde en el laboratorio de St. Barts. Y ahora, cuatro años y medio después, escudriñando entre las vitrinas de boutiques y joyerías, Sherlock sentía la asfixiante necesidad de salir corriendo en la dirección contraria. Definitivamente esto no era normal.

No obstante, el día en cuestión acabó sin contratiempos, John regresó a su casa, y Sherlock se dirigió al laboratorio del Barts para trabajar en un nuevo cultivo de bacterias resistentes a cierto tipo de condiciones climáticas encontradas sólo en sitios previamente fumigados contra las termitas. Como de costumbre, la vida de alguien y la cuartada de otra persona estaban en juego.

Molly, quién ahora portaba un gran diamante en su dedo anular, le proveyó de los implementos necesarios para la realización de las pruebas de rigor, y luego de dejar todo en orden en la morgue, y de traer café para ambos, se sentó en un taburete del otro lado de la mesa de trabajo mientras leía una gruesa revista de bodas.

En general, a Sherlock no le molestaba en absoluto la callada presencia de la muchacha mientras él realizaba sus experimentos, mucho menos luego de la inmensa ayuda recibida por parte de la patóloga con respecto a su fingido suicidio. Desde su regreso, Molly se había convertido para Sherlock en lo más cercano a una amiga que el detective había llegado a tener, incluso a veces era útil tenerla cerca, por si necesitaba más café o alguna segunda opinión. Pero hoy, luego de pasarse todo el día entre trajes de novio y alianzas con grabados cursis en la cara interna, lo último que Sherlock quería tener cerca era una de esas revistas con imágenes de novias felices y novios radiantes.

Molly ojeaba el ejemplar sin prestar mucha atención, pasado las páginas en forma lenta y un tanto holgazana, haciendo que el sonido del papel al deslizarse se multiplicara exponencialmente; la chica bebía pequeños sorbos de su café de manera bastante más ruidosa que de costumbre, sonriendo como si todo estuviera bien en el mundo. Y ¿cómo podía estarlo? Era imposible que todo estuviera bien en el mundo cuando cierta novia rubia de cierta revista idiota le sonreía a Sherlock de una manera tan irritante.

— ¡Argh! —Exclamó, apartándose del microscopio y levantándose de su asiento de un salto. La placa de Petri en la que había estado trabajando la última media hora ahora se encontraba completamente esparcida en el piso del laboratorio.

Molly contuvo una risita, pero no levantó la vista, demasiado interesada en un artículo completo referente a cubertería.

—Estamos distraídos hoy, ¿no? —preguntó de manera casual.

—Estos estúpidos microscopios carecen del espacio suficiente para manipular las muestras a conveniencia —respondió Sherlock, examinando el daño que el accidente había ocasionado en el dobladillo de su pantalón—. Le he dicho mil veces a Mike que necesitan nuevos equipos para el laboratorio. Es virtualmente imposible trabajar en estas condiciones.

—Oh sí, imposible —concedió Molly, aun sonriendo—. Mucho más cuando el químico titulado que manipula las muestras cree que la placa de Petri está en el interior de mi revista.

Sherlock alzó el rostro de forma tan brusca que los músculos de su cuello se tensaron, clavando sus etéreos ojos en la risueña muchacha. Molly se limitó a seguir leyendo. Al cabo de un momento, el detective desistió en su intento de taladrar la cabeza de Molly con la mirada y caminó hasta el refrigerador de muestras para comenzar a trabajar en un nuevo cultivo. Apenas había colocado la nueva placa bajo el lente del microscopio cuando el sonido de alguien aclarándose la garganta le sacó de su concentración.

— ¿No tienes nada más que hacer, Molly? No lo sé, oler cloroformo, quizás.

Molly levantó una ceja hacia él por toda respuesta y Sherlock dejó escapar un gruñido exasperado, intentando ignorar a la chica lo más posible. Cuando la patóloga no desistió en su escrutinio, Sherlock alzó su vista hacia ella de nuevo.

— ¿Algo interesante, Hooper?

— ¿Cuándo piensas decirle?

Sherlock la miró con genuina confusión, y la chica puso los ojos en blanco. Volvió a hablar.

—Ni siquiera lo has pensado, ¿cierto? —preguntó, cerrando la revista y colocándola sobre la mesa.

—A pesar de que tengo una gran capacidad deductiva, me temo que aún no sé leer mentes. Si quisieras elaborar un poco más la pregunta sería muy útil para el futuro de esta conversación.

—No te hagas el listillo conmigo, Sherlock. Sabes perfectamente de lo que estoy hablando.

—Me temo que no has sido lo suficientemente clara en tus intenciones —refutó Sherlock, apartando las manos de la muestra para evitar nuevos accidentes.

—Oh, pues yo creo que fui bastante clara.

—Está claro que no.

—Pues claro que sí.

—Obviamente no.

—Que sí.

—Que no.

— ¡Ugh! A veces eres imposible, ¿lo sabías? —Reprochó Molly, irritada— Es como hablar con un treceañero.

—Permíteme diferir, querida Molly. Cuando yo tenía trece años ya había probado efectivamente la teoría de que los-

— ¡De John! ¡Hablo de John! Dios mío… —le interrumpió la patóloga, ganándose otra de esas expresiones confundidas que era tan raro ver asomándose en los afilados rasgos del detective.

—Y… ¿Qué se supone que debo decirle a John? Hablamos bastante seguido, y no recuerdo haber dejado algún tema pendiente en el que tú tengas algo que ver.

Molly le dedicó una mirada condescendiente antes de hablar de nuevo. Sherlock se limitó observarla.

—Las semanas corren, la boda se acerca y el tiempo se acaba, Sherlock. Si vas a hacerlo, este es el mejor momento.

— ¿De qué hablas? No entiendo que es lo que según tú debería decirle a-

—Lo que sientes, grandísimo tonto —le interrumpió Molly de nuevo—. Se acaba el tiempo para decirle a John lo que sientes por él. Mientras más se acerque la boda, será peor y peor.

Sherlock observó a Molly como quien mira a alguien que ha desarrollado un par de brazos adicional ¿Sentimientos? ¿John? ¿Cómo es que esas dos palabras podían ser utilizadas por Molly en la misma oración? Definitivamente estar rodeada de cadáveres durante todo el día le estaba afectando.

—Molly, en verdad no creo que estemos hablando en el mismo idioma —la chica suspiró ante este comentario, y tomó aire antes de hablar de nuevo.

—Sherlock, escucha —comenzó—. Te entiendo ¿Sí? Entiendo que no quieres pensar en lo que sientes, entiendo que todo esto se te hace difícil porque… Bueno, porque eres tú. No ha de ser fácil ver cómo John planea su boda, mucho menos si te pidió ser el padrino, con todo lo que un padrino de bodas tiene que hacer… —la voz de Molly fue bajando gradualmente al llegar a este punto, para luego recobrar su volumen habitual— En fin, el punto es que te entiendo. Dios sabe que te entiendo, y mucho. Tú debes saber lo que yo… Bueno lo que antes… En fin, como sea, tú lo sabes y yo sé de lo que hablo. No es fácil ver como la persona que uno quiere está con otra persona. Mucho menos ha de ser fácil ver como esa persona contrae matrimonio frente a tus narices. Pero todo el asunto aquí es que yo no tenía oportunidad, y tú si la tienes, Sherlock. Tú tienes todas las de ganar… si te arriesgas, ¿comprendes? John es… Bueno, John es John, y tú eres tú y ustedes… Ustedes están hechos el uno para el otro y sería terrible que se dieran cuenta dentro de diez años cuando tal vez existan niños de por medio. Y sea demasiado tarde. Y ya no puedan regresar el tiempo atrás.

Molly miraba a Sherlock con intensidad, evidentemente esperando una respuesta que el detective no estaba en condiciones de proveer en ese momento ¿Acaso Molly Hooper le acababa de decir a Sherlock Holmes que se le estaba agotando el tiempo para tratar de impedir la boda de John Watson con Mary Morstan?

—Molly… En verdad aprecio tu preocupación —declaró Sherlock al fin, diciendo lo único medianamente coherente en lo que pudo pensar—. Pero preferiría no hablar del tema por el momento.

La patóloga lo observó por un segundo, como sopesando lo que debía decir a continuación. Después de un rato, se aclaró la garganta y se levantó de su asiento, rodeó la mesa de trabajo y se acercó a Sherlock, colocando una de sus pequeñas manos sobre uno de los bíceps del detective.

—Sherlock, yo… ehmm… siento haber sido tan directa —la mano que antes había estado en el bícep de Sherlock ahora pasó a posarse tímidamente sobre una de las manos del detective—. Solo… piénsalo, ¿sí? Yo… yo voy a preparar más café —Y acto seguido, Molly tomó su revista de encima de la mesa y salió del laboratorio.

Sherlock se quedó mirando por varios minutos el lugar por el cual la muchacha había desaparecido, su mente procesando información a una velocidad vertiginosa ¿Era posible que todo lo que Molly había dicho fuese verdad? ¿Era acaso la boda de John algo que podía ser evitado, que necesitaba ser evitado? ¿De verdad se le estaba acabando el tiempo para hacer algo al respecto? Tantas variables que considerar, tanto en que pensar… La placa de Petri definitivamente olvidada ahora.

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