Gabriel es la persona más inocente que he llegado a conocer en toda mi corta vida. Con todo lo que ha tenido que sufrir durante éste último año -por mi culpa, todo hay que decirlo- y aun queda en su cara una gran sonrisa que es difícil de apagar. Una hermosa sonrisa que ilumina hasta el rincón más oscuro y lleno de sombras de mi corazón. Aunque éste, tristemente, está repleto de estas tinieblas.

En cierto modo, siento envidia de él. Yo solo puedo sonreír cuando me está mirando. No se como lo hace, pero cuando sus ojos se clavan sobre mi cuerpo, todos los músculos encargados de hacer una sonrisa se tensan y provocan una grande en mi cara. Sé que él no lo sabe. ¿Cómo lo va a poder saber? Ya os he dicho que es inocente a rabiar. Además, no sería capaz de decírselo por miedo a perderle. El simple hecho de imaginarme que se va de mi lado, hierve toda la sangre de mis venas y hace que quiera irme al otro mundo.

Es una persona tan amable, tan atenta, tan preciosa, tan inteligente, tan de todos los adjetivos buenos que conozco... Ojalá mis padres le hubieran conocido. Se murieron pensando que el mundo se iba a ir al garete por personas corruptas -y, en cierto modo, es lo que está pasando-. Si le hubieran llegado a conocer... habrían sabido que la pureza en una persona aun puede persistir cuando la destrucción está en los corazones de todos. Él es la esperanza entre tanta podredumbre.

Hay veces que no puedo contener lo que intento guardar en mi interior bajo llave, pues mi cuerpo actúa solo. He cogido excusas tontas para poder besarle, agarrarle por la cintura o solo rozarle la cara. ¡Hasta he llegado a poner su vida en peligro por mis pequeños caprichos! Soy un completo egocéntrico, pero es que mi piel siente una agradable adición a la suya. En el mismo instante que le vi por primera vez supe que esto iba a pasar. Cuando esos ojos tan esperanzadores se posaron sobre los míos y me hablaron.

El día que le conocí fue el primer día de mi vida en el que pude sonreír de verdad. Lo he hecho, de eso estoy seguro, pero nunca de felicidad o de algo parecido a ella. Siempre ha sido por la locura que me corroe las entrañas. La que me estaba -y me está- llevando a un lado demasiado oscuro.

Yo... me lancé con aquella cápsula hacia el fondo del mar sin esperanza de encontrar nada -como todos los demás que lo habían intentado-. Yo quería morir, aunque no de una forma cualquiera. Quería que el agua fuera mi tumba y que mi cuerpo jamás fuera encontrado. Quería desaparecer del mundo sin dejar rastro alguno. Si estaba solo, quería estar solo para toda la eternidad. Todo estaba acabado para mi.

Yo sabía perfectamente que en el momento que apretara el botón para sumergirme e hiciera que la velocidad aumentara hasta fuera de los límites recomendados, mi final estaba más que escrito. El golpe me dejaría inconsciente y yo, poco a poco, iría perdiendo la vida. Me daba igual si moría ahogado, por hambre o por falta de oxígeno. En aquel momento esos detalles eran tan minuciosos que los dejé al azar. Eso sí, nunca consideré la opción de que alguien me salvara. Un salvador en estos tiempos, tiene gracia.

No se cuanto tiempo me llevé inconsciente, la verdad. Cuando me desperté solo escuchaba las varias alarmas que me avisaban de los daños de la cápsula y que me quedaba muy poco tiempo de oxígeno. Pero no fue eso lo que más me llamó la atención en cuanto me desperté. Lo que me dijo que tenía que seguir viviendo era un pequeño idiota que golpeaba con fuerza el cristal que me separaba del agua.

Su cara angustiada, sus actos ilógicos y su boca emitiendo rugidos esperanzadores, hicieron darme cuenta de que, aunque él no me conociera, le importaba. Es más, le importaba a pesar de todo: de quien era, de donde venía, como me llamaba... Aunque solo fuera mínimamente. No me avergüenza decir que él fue el que me salvó.

A mi, una persona que jamás ha necesitado la ayuda de otra, que siempre ha vivido sola y por su cuenta, ha sido salvada por un completo desconocido cuando tenía más que asumida ya su muerte. Yo tenía 16 años en ese entonces y, si no recuerdo mal, puedo decir que era mi cumpleaños -pero bueno, eso ya no se celebra hoy en día-.

Puedo describir perfectamente lo que sentí en ese momento. Una corriente de energía cálida recorrió todo mi cuerpo e hizo que quisiera luchar por seguir viviendo. Mis ojos, los cuales estaban desacostumbrados, ardían ansiosos por querer derramar lágrimas por mi inexpresiva cara. Después de esa corriente, aporreé con una fuerza sobre humana el cristal que me tenía confinado en mi tumba de agua y, al final, acabé rompiéndolo. Vi la salida, vi el motivo por el cual desprenderme de mis ganas de morir.

El agua velozmente inundó toda la cápsula y yo me quedé patidifuso. Lo único que pude hacer es tender la mano hacia él con la esperanza que me agarrara y me salvara. Un acto de fe que, si no me llega a pasar eso, no lo hubiera hecho en mi vida. Los segundos siguientes fueron eternos, golpeaban cada uno de ellos en mi pecho y me dejaban sin aire. Pero él no se rindió. Agarró mi mano y me enseñó la luz. Yo me aferré a él como un niño se agarra de la pierna de su madre cuando tiene miedo. En ese momento yo abandoné mi orgullo y pude ver la verdad.

Una persona no está hecha para estar sola, por lo que yo no debo estarlo.

He de admitir que, al principio, me resistí un poco a confiar en la persona que me había salvado, pero al final cedí. Amablemente, el solo me brindó ayuda por todos lados: curó todas mis heridas, me alimentó como un rey, me dio ropa suya y me dejó dormir a su lado. Como veréis, de donde yo vengo, todas estas cosas son más que impensables.

¿Qué alguien le da su comida a otro? Con la poca que hay. ¿Qué alguien ayude a otra persona sin esperar nada a cambio? Debe estar muy loca para hacerlo y dudo que el chico de aquel entonces estuviera loco, aunque he de admitir que si era un tanto raro. ¿Dar ropa propia a otro? Si solo tenemos lo puesto. ¿Dormir con una persona que no conoces en una cama demasiado cómoda? Eso solo está reservado a ciertas personas que trabajan por ello. Sin embargo aquello me hizo confiar en él ciegamente. Le estaría eternamente agradecido -y aun lo estoy-. Daría mi vida por él.

Esa noche, la que dormimos juntos, lloré lo que nunca había llorando en mi vida. Lloré todo lo que no hube llorando en el entierro de mis padres y por mis recuerdos. Y mientras lo estaba haciendo, me aferré de nuevo a su cuerpo para no sentirme solo. Pero después de haberlo hecho, en mi se dibujó una sonrisa que al principio me produjo quemazón en los músculos. Nunca habían sido movidos para formar un gesto tan perfecto. Estaba feliz.

Sin embargo, por la mañana, recordé todo lo que debía de hacer si llegaba a una de las ciudades -cosa que había pasado por completo de alto pues yo pensaba morir-. Recordé todos mis principios y el odio que llevo guardado en mi interior hacia éstas personas. Evidentemente la cápsula no era mía. Me la habían proporcionado para ejecutar una misión, aunque sí, yo la había cambiado un poco de rumbo -hacia mi muerte-.

Esa mañana me desperté muy temprano y, como no quise despertar a Gabriel de su plácido sueño -se veía realmente adorable-, me despedí de él con un simple beso en la mejilla. "Nunca te voy a olvidar", me dije. Luego, discretamente y sin hacen ruido, me saqué todo lo que llevaba -de un sitio un tanto incómodo- para hacer la misión y salí pitando de su casa, aunque no sin haberle dejado un regalo por haberme salvado: un antídoto al veneno que yo iba a utilizar sobre el agua de toda la ciudad.

Era lo que menos podía hacer. Me hubiera sentido muy mala persona si no le hubiera ayudado después de que él si lo hubiera hecho por mi. Aunque bueno, eso no iba a ser la única cosa que iba a hacer por él, pues es tan confiado que no ve el peligro que se halla alrededor de él.

A partir de ese día todo cambió para mi.

Conseguí hacer mi plan exitosamente los primeros meses y el agua de toda la ciudad fue envenenada en menos que canta un gallo, aunque debía quedarme en la ciudad para ir manteniendo los niveles de veneno altos en el agua. Estuve todo un año ocultándome en la sombras y en los lugares más asquerosos que se os pueden pasar por la mente.

Nadie se esperaba que la muerte se encontraba con ellos, muy cercana a todos. Como pude, fui vigilando a Gabriel. Ya sea dejando algunas de mis creaciones por su alrededor para ver qué estaba haciendo o espiándole desde lejos cuando salía. Debía cerciorarme de que él iba a sobrevivir después de todo.

Cuando me enteré que había sido rebajado de su posición y llevado a un barrio maloliente -olía casi igual que en los sitios donde me escondo- pocos días después, me apené mucho, pues por mi culpa, había sido apartado de la buena vida que él había conseguido. Pero ya no podía hacer nada, además, si conseguía ponerme en contacto con él, le volvería a poner en peligro -e indirectamente a mi también- y no quería eso. Sin embargo, he de admitir que ganas no me faltaron, pues cada día, cuando me iba a dormir, le echaba de menos a mi lado.

No fue hasta casi llegado al año cuando se percataron de mi presencia. Un grupo enorme de caza salió tras de mi, pero pude eludirles muy fácilmente ya que al parecer, no tienen ni idea de cómo rastrear a alguien. Además si ese alguien es un completo experto del escondite y encima un mutante con varias ventajas en el agua.

Os preguntaréis que ¿cómo me di cuenta de que tenía ventajas en el agua? Pues bien, esto pasó un día como otro cualquiera en mi fugitiva vida. Estaba escondiéndome y acercándome hacia la depuradora de agua, cuando mis manos empezaron a segregar algo que hizo que ambos extremos de mis dedos se unieran por una fina capa de carne. Además de esto, mi capacidad pulmonar se vio muy mejorada de un día para otro. Nunca he sabido por qué, pero siempre he dado gracias por esta enorme superioridad pues me ha ayudado mucho a no ser descubierto. Lo gracioso es que no me siento un bicho raro, si no uno superior.

Sin embargo, después de todos mis esfuerzos, lo que no pude evitar fue que se dieran cuenta de que estaba envenenando el agua. Aunque ya un tanto tarde para ellos. Toda la que habían consumido durante todos anteriores meses le iba pasar factura a la gran mayoría de personas de aquella asquerosa ciudad. Misión cumplida, ¿no? Ahora debía irme por patas ya de allí, mas cuando iba a hacerlo, en mi último espionaje a Gabriel para darle un adiós silencioso, vi que le capturaron violentamente Y NO PODÍA PERMITIRLO.

Le salvé, no por intentar devolverle el mismo acto que hizo conmigo un año atrás, sino por necesidad de hacerlo. Una simple necesidad de protegerle a costa de todo. Como os dije, daría mi vida por él. No me costó nada salvarle de los hombres que le habían capturado y con él, salí de aquella apestosa ciudad y nos dirigimos hacia mi lugar de origen, Europa. Lo único malo es que antes de salir de la ciudad, consiguieron devolverme el golpe de gracia que yo les había dejado. Encima, sobre Gabri.

Cuando llegamos a la costa del este de España, nos dieron un bonito recibimiento los vigilantes que patrullaban aquella parte del mar. Tuvimos bastante suerte en conseguir despistar a sus perros de caza, ya que si nos hubieran pillado, habríamos muerto. Le llevé a mi antiguo refugio, que estaba tal y como lo había dejado, pues no hay nada de valor en él, y descansamos allí el primer día. Pero cuando todo parecía que se había calmado y que estaba yendo a mejor todo, cae la oscuridad sobre nosotros dos:

Prometí a Gabriel que le llevaría hacia unas montañas mucho más grandes que en la que estamos nosotros y así hice -siempre cumpliendo mis promesas-. Pero cuando salimos y andamos no más de un par de kilómetros, él cayó redondo al suelo.

Ahora mismo estoy corriendo como un poseso con él sobre mis brazos -aunque uno de ellos me amenaza con dejar de funcionar por la herida de bala que tiene- mientras lo llevo hacia la única persona que confío en toda esta tierra emergida: Paul Stevens. Además, el tiene algunas nociones de medicina que pueden hacer que Gabri pueda seguir entre nosotros, seguir a mi lado.

Mis pies, mis piernas y mis brazos se resienten a cada minuto que los sigo forzando hasta mis límites, mas no me doy ni un respiro hasta que llego a la maloliente morada de Paul. No puede ser que después de todas las dificultados que hemos sorteado, se muera así de fácil. Él no, se merece más. Una vida llena de felicidad y simplicidad.

-¿Qué es lo que pasa?-Me pregunta sobresaltado cuando abre la puerta después de que yo haya llamado pegando dos patadas sobre ella. Casi la echo abajo.

-Ayúdame-le pido con la voz muy entrecortada y levanto los brazos para que se centre en él y se olvide de mi. En cuanto me quita el peso de encima, hago el último esfuerzo y entro en su casa, para luego dejarme caer sobre el suelo hecho polvo.

Tardo unos pocos minutos en recomponerme, pero en cuanto me siento con las suficientes fuerzas como para seguir corriendo, voy a toda prisa hacia donde están, pues puedo escuchar los gritos de dolor de Gabriel. Al intentar levantarme la primera vez me resbalo con mi propio charco de sangre -mi brazo herido está sangrando demasiado- pero a la segunda lo consigo.

Mi dolor ahora no es lo importante, por lo que paso de él. Cuando llego a la habitación dónde él está tumbado en una sucia cama, veo que Paul ya ha dejado de intentar salvarle, me echo sobre él y le agarro la mano.

-Tranquilo-le susurro en el oído. Luego miro desesperadamente a Paul que me observa con angustia en la cara, lo sé porque puedo notarlo. Tengo ese pequeño don-Dime.

-He hecho lo que he podido-responde él con un hilo de voz mientras se pone a lavar cabizbajo todos los utensilios que ha utilizado sobre Gabiel.

-No...-consigo decir entre todo el caos de mi mente-NO-grito y me echo sobre uno de los lados de la cama y abrazo fuertemente a mi compañero mientras el sigue emitiendo horrorosos gemidos de dolor.

Su espalda está llena de gasas ensangrentadas que amenazan con desprenderse por la gran cantidad de sangre que sale de la herida. Yo la tapono con una de mis manos para que no se caigan y acaricio con la otra mano su cara. Su dulce y suave cara, llena de tortuosos pliegues. Desgraciadamente yo se la estoy llenando de la sangre que mancha todo mi antebrazo. No puede irse.

Tengo ganas de coger por el cuello a Paul y estrujárselo hasta que su último aliento se despida de su cuerpo, pero no voy a perder el poco tiempo que le queda a Gabriel. Lo vi venir, en cuanto noté lo que tenía en su espalda, supe que iba a pasar esto. No me pueden volver a quitármelo todo, otra vez no. Cada grito que sale de su garganta se clava en mi corazón y lo hiere. Yo gimo de vuelta como un perro herido. A veces grita "mamá" y yo me retuerzo de remordimientos, pues por mi culpa ha llegado aquí. Por mi culpa de va a morir y por mi culpa no va a poder ver a su madre antes de irse.

Pero entonces, los tormentosos gemidos se van apagando lentamente, al igual que todos sus movimientos. Yo lo abrazo con más fuerza en un vano intento por esperar que así no se vaya y se quede conmigo. No puedo perderlo. Mi vida de nuevo va a carecer de sentido. Él, la única persona que ha conseguido darme un motivo para seguir viviendo, se muere. En mis brazos. Y no puedo hacer nada. Me siento muy impotente. ¿Por qué él y no cualquier otra persona?

-No me dejes solo-grito entre sollozos con una enorme bola de angustia en mi garganta.

Y se apaga.

Literalmente se apaga. Toda su piel se vuelve muy pálida. Su cabello cambia del precioso castaño que le daba vida, a un blanco canoso. Los dulces coloretes que le hacían parecer un muñeco de estos antiguos cambian a un blanco glacial.

Sin embargo, su cuerpo no deja de emanar calidez, por lo que hace que me extrañe un poco. "Aun hay esperanza, él es fuerte" me digo.

Aun después de esto, no le dejo ir de mis brazos. No se cuantas horas me quedo a su lado. Esperando. Una, dos, cinco. Para mi eso ya es insignificante. Todo ha pasado tan rápido, es imposible que se haya ido. No quiero que se vaya. Pero no se mueve. Su cuerpo está demasiado quieto y apenas noto respiración en él.

-Es imposible-susurro mientras mezo ambos cuerpos a un lado y a otro de la cama. Creo que llevo así todo el tiempo-Es imposible.

Él.

Yo.

Él es yo.

Y yo soy él.

-Es imposible.

-¿El qué es imposible?-pregunta una voz cercana a mi, mas no le doy importancia. No es su voz. Seguro que ya he sobrepasado la locura. Sonrío locamente ante mi estado.

-Es imposible-digo de nuevo, aunque esta vez el tono de voz se me eleva para apagar los que están en mi mente.

-Nadir, ¿qué te pasa?-vuelve a decir la misma voz que he intentado callar.

Yo, incrédulo, cedo un poco el agarre para mirar a Gabri esperando que sea él y, cuando lo hago, puedo ver sus enormes ojos -aunque muy diferentes- clavados sobre mi. Mi sonrisa se apaga por completo. Ahora ya no son del hermoso marrón que antes los bañaba, han cambiado a un rojo intenso que hace que su mirada sea aun más penetrante. Su voz también ha cambiado, ahora es mucho más aguda y aniñada que antes.

Él me mira extrañado, como si no se hubiera enterado de lo que ha pasado las horas anteriores.

-¿Qué pasa Nadir?-pregunta de nuevo, inocente como siempre.

Y le beso. Con todas mis ganas. Mientras miles de lágrimas de felicidad se desbordan de mis ojos y caen sobre las sucias sabanas llenas de sangre. Mi boca se mueve sola y parece que se quiera comer a la de Gabriel, ansiosa. Luego, me separo de él y miro la herida de la espalda, la cual ya no sangra.

-No tiene sentido-proclamo-¡Paul!