DISCLAIMER: Ni Bleach ni sus personajes me pertenecen, son propiedad de Tite-baka-sama, menos el fic que fue creado por esta cabeza que pronto necesitara terapia XD.

Comienzos.

Sentaro y Kiyone: Aquí y ahora.

Pensó que era un muchacho, al verla lo pensó, y al tratarlo como a un colega, se ganó un buen grito acompañado de un golpe en la cabeza, ¡era una chica, mierda! Y se lo había dejado bien claro, luego de una mirada de recelo y con el puño extendido. Puño que fue retenido por el teniente Kaien Shiba, porque en esos tiempos todavía él estaba.

Cuando Kiyone Kotetsu entró al escuadrón, todavía estaba la presencia del teniente. Y era él quien detenía las peculiares y aniñadas peleas que comenzaron a formarse entre ellos. Su relación no era buena, y su comprensivo capitán sólo sonreía compasivo y objetaba que los dejara ser.

Sentaro y Kiyone se volvieron el tercer puesto del escuadrón, a la par, ayudando tanto a teniente como capitán, y no dejando ver quién de los dos estaba en un rango más inferior que el otro. No podían dejar que aquello se viera, no podían dejar que su orgullo se pisara.

El cuarto puesto de oficial quedó vacío y estancado, con telarañas, nadie lo usaba. Eran capitán, teniente, tercer oficial, quinto oficial. El cuarto estaba olvidado, pisoteado por quien lo tuvo y no dejó ver que lo llevaba. Todos reían por eso, todos tomaban a gracia la competitividad de aquellos dos.

Forcejeaban, se gritaban, empujaban y muchas cosas más. Llegados ciertos momentos en que Ukitake y Shiba se veían en la necesidad de darles un alto, y ellos frenaban sus disputas, no por cortesía del Kotsubaki…

Él lo veía, cada vez que el capitán Ukitake pedía silencio, el rubor amanecía en las mejillas de su compañera y pasaba a ser una tumba. Palabra de capitán era sagrada, todos obedecían, pero ella en especial. Sentaro un día se dejó caer sentado a reír y reír, ignorando los quejidos que Kiyone le daba, fuera de la oficina del capitán.

—¡Eres una acosadora! —se burló, y medio acusó. Había encontrado entre el papeleo una foto de su capitán, mientras éste andaba cuidando de sus plantas. No pudo ser otra que ella quien tomara la fotografía. Seguramente en los momentos que tenía que llevar los formularios por su cuenta, cuando no iba en su compañía.

—¡¿Y a ti qué te importa, idiota?! —reclamó, recuperando su pertenencia y guardándola en los bolsillos internos del traje shinigami. Ruborizada hasta la frente, se sentó también, haciéndose un ovillo para ocultar su rostro. Eso había sido vergonzoso. Ella lo sabía, era otra muchachita más con un enamoramiento hacia su capitán, no podía negarlo, pero tampoco terminaba de afirmarlo, muy en el fondo sabía que más que nada era una profunda admiración.

—¡Oh, por favor! No me vengas a hacer sentir culpable de algo ahora —recriminó, al verla así. Pero pasados unos segundos sin contestación, se acercó a picarle la espalda para ver si en verdad no había metido la pata al reírse de aquella forma. Bufó sonoro y se puso en pie —. ¡Eres más sensible de lo que pensé! —exclamó, dándose la vuelta para irse.

Y sólo bastaron esas palabras para que la mirada de la Kotetsu se elevara y frunciera el entrecejo más que nunca, reuniendo la molestia y coraje que aquello le produjo. Ella no estaba enamorada de su capitán, ¡ella no era ninguna mujer sensible a la que podían lastimar!

Se irguió con rapidez, y fue tras él, arrojándosele encima con puño armado, dispuesta a demostrarle que no era quien le dejó creer. Y al Kotsubaki se le ocurrió darle una mirada por el rabillo del ojo, justo cuando sintió los pasos acelerados detrás de sí, y terminó de voltearse ante la imagen de una Kiyone moleta, en busca de darle otra tunda.

Fue al momento que cayó de espaldas al suelo, y ella a horcajadas encima de él, levantando el puño para golpearlo, que la puerta de la oficina de su superior se abrió a sus espaldas. Las miradas del teniente y el capitán se centraron en ellos, con sorpresa y algo de indignación.

Vaya cosa.

Momentos después intentaban atropelladamente explicar que no era lo que parecía, entre las risas divertidas de Kaien y los "Je, no se preocupen, muchachos…" de Ukitake. Cuando todo se vio aclarado, o eso más o menos se hizo ver, recibió el golpe en la mejilla y observó a la rubia irse bufando como toro, escena que le causó gracia, porque sabía que también estaba ruborizada en extremo.

Los días que siguieron a la repentina ausencia de Kaien, fueron tristes y cargados de luto. La falta del teniente y la enfermedad empeorando de su capitán, después de unos meses, hicieron que todo fuera un caos. Caos del que ellos debieron hacerse cargo. Papeleo y más papeleo, entre más discusiones y disputas entre ellos.

Había momentos de tranquilidad, donde firmaban sin parar y no había tiempo para más. Pero también estaban esos otros, cuando terminaban, y les quedaban unos minutos libres, luego de llevar el té al capitán, que se encontraba en cama, y usualmente en compañía de la capitana Unohana o algún subordinado de la misma. Esos momentos en que incluso podían entablar una charla sin problema alguno.

Y en los cuales también daban ganas de arrojar, tanto tintero como pluma, a su compañero por haberle contradicho en algo.

Llegó el día en que Ukitake se puso en pie y regresó a sus labores de capitán, y entonces el tiempo comenzó a pasar muy rápido. Compartiendo lugar en el tercer puesto, no habiéndose asignado teniente al escuadrón, ellos se encargaban de los trabajos que recaían en el mencionado puesto. Nuevamente a la par, y nuevamente a sus ya normales discusiones.

Y pasaron muchas cosas.

Pasó la instrucción de Kurosaki Ichigo, pasó la casi sentencia a muerte de Kuchiki Rukia, pasó la guerra de invierno. Pasaron desapariciones de tenientes y oficiales, también de capitanes, entre los cuales se hallaron Kyoraku Shunsui y Hitsugaya Toshiro, que hicieron recaer en la enfermedad a su capitán.

Pasaron, para decirlo bien, metidas de pata, que una vez perdonadas y aceptadas hicieron regresar a la vida al capitán, y lograron que un día, llegada la tarde, mientras ambos observaban al mismo en su jardín, Kiyone recargara la cabeza en su hombro, y suspirara tan hondo como le fuera posible, y él la dejara hacer.

Era uno de los primeros días de tranquilidad, o así lo sentían. Su capitán volteó a mirarlos, con su sonrisa encantadora y tranquila, pescándolos en ese instante, logrando que se separaran abrupta y torpemente, como si estuviese mal, y que la muchacha cayera sentada hacía atrás.

—Oigan… Mañana es su cumpleaños, ¿verdad? —Jushiro cortó una mala hierba que crecía en sus gencianas, sin mirar la acción, con la vita fija en sus terceros oficiales. Ambos retomaron la compostura, meditándolo por al menos cinco segundos.

Veintidós de Septiembre. Otra cosa más que tenían que compartir, la fecha de cumpleaños.

Otra cosa más que tenían para comenzar una discusión, si era bueno celebrarlo o no. Ukitake sonrió, sonrió con esa sonrisa tranquilizadora antes de comentar que ya les había organizado una fiesta, con la ayuda de Unohana. Una celebración pequeña. Una celebración otoñal, con algo de sake y globos fiesteros, sólo para sacar un poco del desastre al sereitei. Para lograr más sonrisas.

¿Cómo negarse ante la sonrisa de Unohana?

Los dos estaban sentados en una larga mesa, con varios oficiales, tenientes y capitanes del Gotei 13, con un pastel en frente que llevaba un 'felicidades', cada uno con un sombrero en forma de cono en la cabeza, un pastel que compartían, con algunas velas encima, ya encendidas, que tendrían que soplar a la par, claro.

Así fue, y se llenó de aplausos, luego llegó el sake y demás tragos. La fiesta se animó un poco, ya las caras largas no parecían notar, o querer notar, la ausencia de los tenientes y capitanes desaparecidos, ya todos sonreían o se dejaban llevar. Y entonces, sin que los protagonistas de la fiesta lo notaran, Unohana guiñó un ojo a Ukitake, y éste último se puso en pie, acercándose a Kiyone, a la par que la capitana del cuarto a Sentaro.

—Hacen falta bebidas, ¿irías por algunas a la bodega?

—¡Sí, capitán!

Allí llegó primero la rubia, seguida a los segundos por el moreno, y un medio alegre Hisagi fue enviado a cerrar la misma bodega por los mismos capitanes, por precaución. Y el 'clac', de la puerta cerrándose, y las embestidas que entre ambos dieron inútilmente a la puerta para abrirla, los alertaron, pero intentaron no prestar especial atención. Pronto notarían su ausencia…

¿Verdad?

—¡Deja eso, idiota, te romperás el brazo por nada! —chilló Kiyone, cruzando sus brazos y alejándose de la puerta. Inspeccionó, encontrando una pequeña ventana por la cual no cabría ni su cabeza. Cruzó sus piernas y se dejó caer sentada, pronto alguien vendría. Y Sentaro, pensando lo mismo, pero sintiéndose como león enjaulado, comenzó a ir y venir.

Pasaron quince, treinta, cuarenta, una, dos horas. Ya estaba oscuro, y finalmente, los dos habían terminado recargados en la pared del fondo, teniendo como vista principal la puerta, uno junto al otro, como en varias batallas y cada cosa que siempre, por alguna razón, tenían que compartir. Esperaban que la puerta se abriera para salir huyendo por ella, pero nuevamente, pasaron los minutos, y la primera en caer sentada fue la Kotetsu, y él la siguió al poco tiempo.

—Vaya cumpleaños.

—Encerrados y olvidados —bufó Kiyone, al mirarla, él se sorprendió, porque ella sonreía, con cierta diversión. Posiblemente haya perdido la cabeza por el encierro, pero cuando se volteó a verlo, le reclamó y supo que no había sido así—. ¡¿Qué miras?!

—¿De qué ríes? —simplemente, no encontraba motivos suficientes para hacerlo por su cuenta. No en aquellas condiciones.

Ella volvió a sonreír, reprimiendo una carcajada entre dientes—. ¿Qué no ves? De todas las personas en el mundo, siempre, allá o como aquí y ahora, estás tú —fijó su mirada en la puerta, antes de continuar—. Compartiendo puesto de oficial, riñendo por tener que hacer siempre las misiones como colegas, ¡misma fecha de cumpleaños! ¡Y estos malditos sombreros! —quitó el susodicho de su cabeza y lo arrojó con cierto enojo, para después seguir riendo.

—¡No le veo la gracia! —aclaró, y antes de pensarlo ella le quitó el gorro de cumpleaños, y también lo arrojó—. ¡Oye!

—Tampoco comprendes. Pasé cada segundo de mi existencia a tu lado —pudo sonar como una confesión, incluso como algo tierno, pero fue severo, como reclamando por ello, ¿y los sentimientos?

Al volver a echarse hacía atrás, su mano rozó la de su compañero, y ambos la quitaron como si quemara. Él entendió el punto, pero no sólo creía que seria idiota comenzar a reír, sino que también el tema fue olvidado por el pequeño contacto. Manos suaves y manos ásperas. Un roce de nada, como si nunca antes la hubiese tocado.

Toda una vida a su lado, ¿eh? Tenía más razón que delirio. Algo se removió en su interior, algo estaba pasando desde hacía mucho tiempo y apenas lo notaba, algo que ella también descubrió, quizá al momento de comenzar o en ese instante también. Algo de mariposas y colores bien chillones.

Acababa de notar que le gustaba Kiyone. Su pelo rubio y corto, su carácter violento y susceptible, la forma en que admiraba a su capitán cada día, y el dolor que compartían cada vez que tenía una recaída de enfermedad. La forma en que se conocían como si hubiesen nacido juntos, cada gesto, cada palabra. Incluso sus golpes.

Y entonces tuvo muchas ganas de reír, porque también descubrió que ella rió por eso mismo. También le gustaba a ella, y era algo hilarante. ¿Cómo no encontrarle gracia? Toda una vida juntos, compartiéndola sin querer, y apenas lo notaban.

Rió, y ella se contagió de su risa. Supo que finalmente lo había entendido. La forma idiota que tenía de ser, en que la hacía enojar, pero también en que dejaba una manta sobre sus hombros cada vez que caía dormida en esos días de extremo trabajo. No lo había creído hasta ese momento.

Tanto tiempo, posiblemente desperdiciado, pero en ese momento, sinceramente no importaba. Sus labios chocaron con torpeza, golpeándose la nariz al primer intento, pasadas las risas y asimilados los hechos. Pero se encontraron, con igual torpeza, pero con más tranquilidad al segundo intento.

Ukitake dio un pequeño salto en el aire cuando, al abrir la puerta, los encontró dormidos, sentados donde habían estado, ella con la cabeza en su hombro, él con la cabeza sobre la de ella, y entre ambos, sus manos entrelazadas, bien justas, como si hubieran esperado mucho. Su plan había funcionado.

Toda una vida a la par del otro. Estaba claro que el lugar era ese, la bodega oscura y solitaria, y el momento también, ahí. Aquí y ahora. Los días que llegaban no estaban escritos, y les quedaba mucho tiempo. Se habían tardado bastante y el empujón no estuvo de más, sino, más bien, fue la gota para la porción justa.

Unohana sonreía a su lado, contemplando la escena enternecida.

—Al final tenías razón, Jushiro —susurró. Él asintió, y entraron sigilosamente, pues era momento de despertarlos, muy a su pesar, pues se veían realmente tiernos allí. La fiesta acabó cuando el sake se 'evaporó' y por suerte nadie había notado la ausencia de aquellos dos.

—Suelo tener razón para estas cosas —sintiéndose un cupido, lanzó su mano al hombro de su oficial. Había tenido bastante razón esa vez.

..

Esto es…raro… No haré más comentarios XD

Espero que les haya gustado, dejo catálogo, aunque posiblemente, dependiendo los comentarios, seré yo quien elija la próxima. Quedan nueve capítulos en total, no pensé que ocurriría, pero ya siento nostalgia XD

Catálogo allí:

Hanataro y Yachiru. - Keigo y Michiru. – Jinta y Yuzu. - Ikkaku y Nemu. - Kira e Isane. - Shunsui y Nanao.

Ahora también doy a elegir como fue que Ulquiorra, Grimmjow o Aizen-baka se conocieron con las madres de sus hijos ;) Si no tienen idea pasen a leer 'Dekiru de las Sombras' xD

¡Se cuidan mucho! :D

Bye-bye~