MI PRINCIPE ENCANTADO
Hola chicas aquí les traigo una adaptación de la novela de Julie Garwood con los personajes de Inu-Yasha de sensei Rumiko
Así que ACLARO: esta historia no es mía, pero cuando la leí solo pude imaginarme a Sessho y a Kag en estos personajes jejeje :)
SI VEN PALABRAS SEPARADAS EL CULPA D FANFICTION NO MIAS JEJEJEJEJEJE
AQUÍ EL NUEVO CAP. SALUDOSSSSSS
Cap. 10
Al abrir la puerta encontró a Sesshomaru de pie en el umbral, impaciente, irritado y totalmente maravilloso a sus ojos. No terminaba de acostumbrarse a su estatura. Parecía enorme junto a ella, aun apoyado en el mar co de la puerta en posición tan relajada como para su gerir que llevaba largo rato esperando.
Su ceño no la preocupó. Estaba demasiado ocupa da en apuntar todas las diferencias. Él se había puesto una chaqueta y pantalones negros. Su camisa blanca chisporroteaba de limpieza y estaba dura de almidón, lo cual indicaba que había aprovechado la asombrosa lavandería del hotel. La blancura de la camisa daba a su piel un tono aun más bronceado.
Lo recorrió con la mirada de pies a cabeza antes de detenerse en los ojos. Sus zapatos estaban recién lustrados; los pantalones eran decididamente ajustados; sus hombros parecían haberse ensanchado un poco más en el curso de esa hora. Y aún tenía el pelo húmedo, como si se hubiera bañado. Su olor era tan estupendo como su aspecto.
Ella soltó un pequeño suspiro. Luego posó final mente la mirada en sus ojos. Decidió que el color era su mejor rasgo. Eran dorados, con un matiz de oro. Cuando sonreía, sus pupilas parecían brillar.
Iba a ser un padre maravilloso. Ojalá se encariñara con las pequeñas. ¿Y si no era así? La posibilidad resul taba escalofriante.
Sesshomaru estaba totalmente exasperado. Estaba pen sando en preguntarle si había terminado con su inspec ción, si era correcto que las esposas miraran a sus maridos con curiosidad tan descarada, pero algo en sus ojos le impidió hacer comentarios sarcásticos.
La sonrisa había desaparecido. Ahora se la veía sombría, pero en su expresión había algo más, algo que él no llegaba a determinar. Su propia reacción fue igual mente extraña. De pronto sentía deseos de tomarla en sus brazos para decirle que todo saldría bien.
Quería protegerla de todo daño, mantenerla a salvo.
Quería envejecer con ella.
La horrorosa idea surgió en su mente antes de que él pudiera impedirlo. Sintió que el nudo corredizo se ceñía a su cuello. ¡Ni por todos los diablos pasaría con ella el resto de su vida! Se apartó del marco de la puer ta, casi fulminando con la mirada a la mujer que trata ba de revolucionar su vida.
Kagome también cambió de actitud. Recobrada la compostura, se obligó a sonreír para beneficio de su agrio esposo. Sólo entonces pareció detectar su irritación.
-¿Por qué está usted tan ceñudo? -preguntó-. ¿Ha recibido alguna mala noticia?
-No.
-Cuando se come estando irritado no se digiere debidamente la comida, señor. Le sugiero que se des prenda de ese humor desagradable lo antes posible.
Él sintió deseos de acogotarla. -¿Sabe usted qué hora es Kagome? Ella negó con la cabeza.
-Hace más de dos horas que espero -informó Sesshomaru.
-¿De veras?
-Sí -le espetó él-. ¿por qué demonios se ha demorado tanto?
Ella se encogió de hombros, sin dejar de mirarlo a los ojos.
-¿Hace mucho que espera? -preguntó.
¿No acababa de decírselo? ¿Qué pasaba con esa mujer? En vez de la inmediata disculpa que él esperaba, ella lo estaba mirando como si no hubiera prestado la menor atención a lo que le decía. Obviamente estaba pensando en otra cosa.
Sesshomaru decidió que necesitaba su atención comple ta. Y además quería una disculpa. En cuanto ella acaba ra de expresarle su arrepentimiento, le diría que detestaba esperar a nadie y. que ella, en adelante, debería aprender a ser puntual.
-¿Señor Taisho?
-¿Sí? -respondió él, con voz dura y directamen te perversa. Ella sabía demasiado bien que detestaba ese "señor Taisho"; aun así insistía con ese tratamiento. Y él prefería la tumba antes que pedirle otra vez que lo llamara Sesshomaru.
Kagome guardó silencio durante todo un minuto. Probablemente buscaba las palabras adecuadas para dis culparse. Quizá no le gustaba admitir sus equivoca ciones. Sesshomaru sintió alguna solidaridad, pues por su parte no se disculpaba con nadie. Entonces decidió facilitarle las cosas.
-Quería decirme que lo siente mucho, ¿verdad?
-¿Cómo?
-Usted lamenta haberme hecho esperar, supon go. Que no vuelva a suceder. Si ya ha terminado con el equipaje, ahora bajaremos a cenar. Me muero de hambre y dentro de una hora tengo una cita a la que no quiero faltar.
Ella ignoraba a qué venían esas divagaciones. Su mente estaba totalmente atareada con la pregunta que necesitaba formularle. ¿Cómo no se le había ocurrido hacerla antes? De inmediato disculpó su propia estupi dez, recordando que había estado demasiado ocupada con otros asuntos. Además, la Señora no habría dejado de averiguarlo. Al menos, eso esperaba ella.
En cuanto el hombre dejó de hablar, ella dijo:
-¿Sesshomaru?
-¿Sí? -Sin duda iba a agregar una o dos pala bras a la disculpa que él acababa de facilitarle tan ama blemente.
-¿A usted le gustan los niños?
-No mucho.
Ella pareció aniquilada. Sesshomaru no pudo compren der esa reacción. No era ella la que iba a tener un bebé, sino Sango.
-¿Por qué no le gustan los niños? -inquirió Kagome. A él le estaba costando conservar la paciencia. Des pués de soltar un fuerte suspiro, le indicó con un ade mán que se apartara de su camino y se acercó a Sango, que se había levantado. Con tono gentil, le pregun tó si estaba lista para acompañarlo al comedor. Se mos tró sumamente solícito.
-En el hotel hay dos comedores -explicó-. El Reservado para Damas es para familias y sus invitados. El otro, sólo para empresarios. Dicen que la comida es igualmente buena en ambos. ¿Vamos?
Sango se ruborizó por las atenciones que él le brin daba. Aceptando su brazo, se dejó conducir al pasillo. Kagome los siguió, después de tomar precipitadamente la llave de la habitación y cerrar bien la puerta de su amiga. La cena fue caótica. De los siete platos, Kagome no comió gran cosa, pues se distraía observando a los norte americanos. En ese comedor había tanto ir y venir como en una estación de trenes; la puerta de vaivén que comunicaba con el salón se mantenía en movimiento constante. El bullicio también era grande. Notó que los norteamericanos tenían la peculiar costumbre de tragar a toda prisa. Ella se sentía como una campesina en su primera feria: trataba de observarlo todo al mismo tiem po. Era excitante y agotador, todo al mismo tiempo.
La gente demostró ser muy cordial. Hombres a los que ella no conocía siquiera la saludaban calurosamente y trataban de entablar conversación con ella. Sesshomaru puso fin a esos intentos clavando miradas flamígeras en los más efervescentes, pero tropezó con dos conocidos, con los que se trabó en una larga conversación. También Kagome, para su gran asombro, se encontró con un pri mo de un primo que vivía en Londres. Ella aceptaba sin preocuparse todas las interrupciones. Sango no. Pali deció notablemente cuando una joven de Nueva York se acercó a saludarla, recordándole que se habían cono cido el año anterior, en el baile de los Smithers. Quiso saber cuánto tiempo pasaría Sango en Boston y, antes de recibirla respuesta, insistió en que debían verse pron to; de ese modo, cuando ella volviera a Londres, podría llamar al querido matrimonio Taijija para hablarles del encuentro con su hija.
Al regresar a las habitaciones Sango iba muy callada. Kagome supuso que estaba agotada y necesitaba una buena noche de sueño. La acompañaron hasta su puerta. Allí Kagome se despidió de ella con un abrazo y le sugirió que se encontraran a las ocho de la mañana siguiente, para desayunar juntas.
Como Sesshomaru iba a llegar tarde a su cita, la mucha cha le sugirió que bajara. Ella no necesitaba compañía para ir a su cuarto. Después de todo, las puertas esta ban numeradas. Él no quiso saber nada del asunto, que ría asegurarse de dejarla sana y salva tras una puerta cerrada, antes de ir a alguna parte.
Se trabaron en una discusión bastante enérgica sobre la seguridad en los hoteles. Kagome creía estar bien protegida por el personal de vigilancia. Sesshomaru estaba convencido de que había malhechores acechando en todas las sombras, listos para arrojarse contra cualquier señora que no tuviera acompañante.
La acalorada discusión terminó sólo al abrir la puerta de la habitación. Kagome la cruzó deprisa y se detuvo bruscamente, dejando escapar un susurro:
-Oh, señor Taisho, esto es encantador, ¿no?
Él sonrió ante su tono maravillado. Sin embargo, su reacción lo sorprendió un poco, pues suponía que ella se había criado en ambientes mucho más elegantes que lo mejor de Boston. No sólo debía de estar habi tuada al lujo, sino que debía considerarlo natural. No pudo dejar de comentarlo.
-Yo pensaba que, a estas horas, usted daba por aseguradas las cosas de este tipo.
Ella sacudió la cabeza, tan interesada en observar la habitación que ni siquiera se volvió para contestarle. -He aprendido a no dar nada por asegurado, se ñor Taisho.
Sesshomaru cerró la puerta y se apoyó contra ella, cru zando los brazos contra el pecho. Aun sabiendo que llegaría tarde a su cita, no quería separarse de Kagome.
Se encontraban solos por primera vez en bastante tiem po y deseaba pasar con ella algunos minutos más.
Le gustaba contemplarla. Cada una de sus expresio nes era sincera y sus reacciones, sumamente refrescantes. Aun cuando se mostraba en desacuerdo con él y lo en loquecía con sus opiniones ilógicas e impracticables, también lo divertía con su terquedad y su inocencia. Su entusiasmo le agradaba. Pensándolo bien, cayó en la cuenta de que no le había oído una sola queja desde la noche en que la sacara de aquel baile, llevándo la de la mano. Kagome se había mostrado cortés y amable incluso cuando temía naufragar, durante aquella horri ble tormenta. Sólo expresaba una preocupación, y era por su amiga Sango.
Dejó escapar un suspiro. Kagome no era en absolu to como él esperaba.
Ella, por su parte, no le prestaba ninguna aten ción, muy ocupada en explorar sus alrededores; ni siquie ra notó la penetrante observación de que era objeto.
Ese cuarto le pareció tan elegante como Versalles; así lo dijo, en otro susurro de respeto sobrecogido. La alfombra era de un color azul muy claro, tan densa y acolchada que una parecía hundirse en ella. Le habría gustado quitarse los zapatos y caminar descalza por allí, pero se resistió al impulso, sabiendo que eso no era digno de una dama.
Delante de sí tenía una zona de estar. Frente a la puerta, pero a unos cuatro metros y medio de ella, un sofá recubierto de brocado dorado, con almohadones azules. Inmediatamente se acercó a probarlo y descu brió que era duro como una piedra; aun así le pareció maravilloso. Adelante había una mesa de madera baja, muy brillante. No resistió la tentación de deslizar los dedos por la superficie.
-Se siente el brillo de esta madera de cerezo -co mentó, aun sabiendo que era completamente ilógico. Para ella tenía sentido. Probablemente, para Sesshomaru tam bién, pues no discutió.
Dos sillones de respaldo alto, tapizados de azul claro, flanqueaban los extremos del sofá. Kagome tuvo que probar los ambos; luego declaró que eran sumamente cómodos.
A la izquierda había dos roperos, de diseño y tama ño idénticos. En el extremo del muro adyacente, una puerta que daba al cuarto de baño. A la derecha, una arcada, cuyos cortinajes recogidos permitían ver la cama, enorme y sin dosel. La decoraba un cubrecama dorado, con almohadas azules y doradas contra la cabecera. Ob viamente, la zona de dormir había sido diseñada para la intimidad; le pareció la alcoba más romántica del mundo. Con las cortinas corridas, la privacidad sería absoluta.
A Sango le habría encantado. Ella merecía gozar de tanto esplendor. Kagome decidió cambiar de habitación con ella en cuanto Sesshomaru abandonara la ciudad. Sería preciso permanecer en Boston una semana, por lo me nos, tiempo suficiente para comprar las cosas que necesi taría en el páramo. También existía la posibilidad de que Sango requiriera su ayuda para comprar una casa adecuada: ella no se movería de allí sin dejarla bien instalada.
-¿Quiere usted que la ayude con el equipaje? Ese ofrecimiento la sorprendió. ¿Acaso los hom bres norteamericanos acostumbraban a hacer cosas de mujeres?
-Se lo agradezco, señor, pero no hace falta -res pondió-. Sólo retiraré de las maletas lo necesario para cuatro o cinco días. ¿Por cuánto tiempo piensa quedar se usted?
-Me iré pasado mañana. Antes de eso usted y yo debemos mantener una larga conversación y resolver algunos detalles.
-Sí, por supuesto.
Él la miraba con aire extraño.
-Supuse que usted se quedaría en el hotel hasta que hubiera comprado una casa.
Kagome desapareció tras el rincón sin darle explicacio nes. Sesshomaru se acercó a la arcada y encontró a su esposa sentada a los pies de la cama, sonriente de placer.
-Tiene un estupendo colchón de plumas -expli có, cuando él quiso saber a qué se debía su felicidad.
-¿Por qué piensa sacar apenas lo suficiente para cuatro o cinco noches?
-Es más fácil -respondió ella, brindándole deli beradamente una respuesta a medias. Luego cambió de tema
-. ¿No llegará usted tarde a su entrevista?
-A ella no le molestará esperar unos minutos más. ¿Ella? Kagome arqueó la espalda. ¿Su esposo iba a encontrarse con una mujer? La sonrisa se le borró de la cara. Tuvo que obligarse a contener la alarma. Sesshomaru podía tener muchos motivos inocentes para citarse con una mujer. Tal vez ella era una socia comercial; parecía extraño, pero bien podía ser, si había heredado dinero o algún tipo de empresa. Sí, probablemente se trataba de eso. Después de todo, Sesshomaru había dicho que era una entrevista. No estaba bien sacar conclusiones pre cipitadas sin conocer todos los datos.
-¿Tiene asuntos de negocios que discutir con esa mujer? -preguntó.
-No.
El señor Taisho no era dado a entrar en detalles. Se ría preciso sonsacarle la información.
-¿Qué clase de entrevista es ésa? Lo pregunto por pura curiosidad -agregó Kagome, apresuradamente.
-No es exactamente una entrevista -replicó él - Simplemente nos citamos en el vestíbulo a las ocho. ¿Porqué?
Ella se encogió deliberadamente de hombros. -Curiosidad, como decía -respondió, con toda la indiferencia posible-. ¿Espera también a otras personas?
-No.
-¿Y? -lo instó ella, con más aspereza de la que habría deseado. De pronto sentía deseos de atacarlo a puntapiés. A su modo de ver las conclusiones se habían estrechado notoriamente. No obstante, si él planeaba tener una aventura, ¿por qué no se lo decía?
Se aconsejó no reaccionar con tanta exageración. No tenía por qué interesarle con quién iba a encontrar se él ni por qué. Pero le interesaba. Muchísimo. Sintió una furia repentina contra ese bruto insensible.
Él la notó muy afectada y no pudo imaginar por qué. De la sonrisa había pasado a fulminarlo con los ojos. Puesto que él era el blanco, obviamente había hecho algo que la disgustara. La primera mención de su cita no le había causado ningún efecto; por lo tanto, si ahora estaba enfadada no era porque él fuera a salir. -¿Ocurre algo malo?
-No.
¡Un cuerno que no! Sesshomaru esperó uno o dos minutos, por si ella pensaba decir algo más. Como ella guardaba silencio, renunció a adivinar la causa de su irritación. -Va a llegar tarde a su cita con esa mujer, señor.
-Se llama Belle.
-Belle. -Kagome repitió el nombre en un susu rro. No se le ocurría nada que agregar. Su corazón pa recía haberse quebrado. Se sentía aplastada, patética.
Tuvo que reunir todas sus fuerzas para disimular sus ganas de llorar.
Al fin y al cabo, no tenía por qué sorprenderse. Los hombres no eran fieles. Ella conocía esa verdad por experiencia propia. ¿No la había traicionado su mismo prometido, acaso? Mientras le juraba amor eter no, se acostaba con su prima Kikyou. La Señora le había enseñado que no había ningún problema en amar a un hombre, siempre que no se dejara consumir por el amor; en cuanto a la confianza... bueno, si le era nece saria, podía dedicar unos cuantos años a sopesar todas las ramificaciones antes de brindar a un hombre su ab soluta lealtad.
La Señora también la había puesto al tanto de las peculiares urgencias masculinas; según decía, todos ellos padecían ansias indominables. Por casualidad, tío Myouga había intervenido en la conversación y se opu so terminantemente a ese punto de vista. Aseguró que la mayoría de los hombres no tenían dificultad alguna en dominar su lascivia. Sólo unos pocos infames se de jaban llevar por sus instintos animales. A eso siguió una acalorada discusión. La abuela se mantenía firme en su creencia de que los hombres no se regían por la mente, sino por la ingle, mientras que tío Myouga sostenía lo opuesto. Acusó a su hermana de pensar como una vieja reseca, de lo cual sólo ella tenía la culpa, por no haber vuelto a casarse tras la muerte de su esposo.
Había sólo un aspecto en el que ambos estaban de acuerdo: todos los hombres mariposeaban. Por desgra cia, ni su abuela ni su tío entraron en detalles, y Kagome se quedó pensando qué tendrían que ver las mariposas con el sexo.
Pero no era la conducta mayoritaria de los hombres lo que preocupaba a Kagome en esos momentos. La con ducta de Sesshomaru era algo muy distinto. Después de todo, estaban en su luna de miel y le parecía horriblemente grosero que él buscara la compañía de otra mujer. Poco importaba que el matrimonio fuera sólo una formali dad. El señor Taisho hacía muy mal en citarse con otras mujeres mientras estaba legalmente casado con ella.
El orgullo le impidió decirle lo que pensaba.
-Tiene que descansar un poco, Kagome. Se la ve exhausta. Nos veremos mañana.
Ella dejó escapar una exclamación. -¿Piensa pasar toda la noche afuera?
-No, pero cuando yo regrese usted estará dor mida.
-¿Tanto va a tardar?
El se encogió de hombros. Tratándose de Belle, nunca se sabía. A la vieja amiga de su madre le gustaba conversar. Y beber. ¡Dios, cómo bebía! Se enorgullecía de resistir el alcohol mejor que cualquier hombre, y no era una jactancia vana. Sesshomaru aún recordaba vívidamente la espantosa resaca que había sufrido después del últi mo encuentro, que terminó con él debajo de la mesa. Pero esa noche no pensaba repetir la historia. Ya había decidido que su límite sería una copa de coñac.
-Buenas noches, Kagome -saludó, girando para retirarse.
-Que se divierta.
-Gracias.
Kagome ya no tenía deseos de -patearlo; eso habría sido demasiado amable. Ahora quería matarlo. Cuando Sesshomaru estaba a punto de llegar a la puerta, ella saltó de la cama para correr tras él: Dijo lo primero que le surgió a la mente.
-¿No está muy cansado para salir?
-No -respondió él por encima del hombro- Cierre la puerta cuando yo salga. Tengo otra llave.
Y alargó la mano hacia el pomo. Ella corrió a poner se entre la puerta y su esposo, bloqueándole la salida. -¿Cuánto tiempo piensa tardar exactamente?
-Un buen rato.
-¿Ah qué?
Kagome se encogió de hombros. Él le dejó ver su exasperación.
-¿Qué demonios le pasa? -inquirió, con evidente desconcierto tanto en la expresión como en el tono de voz.
-Nada -mintió ella-. Vaya usted, vaya. Que lo pase muy bien.
-Bueno, déjeme pasar.
Ella dio dos pasos a un costado, pero cambió de idea. En el momento en que él estiraba una mano hacia el picaporte, Kagome volvió a interponerse, con los brazos cruzando la puerta. Sabía que era una actitud dra mática, pero no podía evitarla.
Sesshomaru la miró como si la creyera loca. Probable mente tenía razón, lo que estaba haciendo no tenía sen tido, ciertamente. Pero no le importaba. Ante la posibilidad de que su esposo tuviera relaciones íntimas con otra mujer, se sentía tan mal que no podía actuar con sensatez.
-Respóndame a una pregunta antes de irse.
-¿Cuál?
-¿Piensa mariposear esta noche?
-¿Qué? -parecía incrédulo.
-Mariposear -repitió ella-. Le pregunto si sale a mariposear.
Él no: podía creer que Kagome le estuviera pregun tando eso. De pronto captó la verdad: estaba celosa. La sorpresa le impidió decir nada. Se limitó a retroceder un paso, mirándola.
Ella vio su expresión de estupefacción y de inme diato empezó a ruborizarse como una colegiala. Por la reacción de Sesshomaru, era evidente que no había pensado en esa posibilidad. ¡Y ella acababa de ponerle esa obs cena idea en la cabeza!
Soltó un fuerte suspiro. Ya que se había adentrado tanto en esas aguas lodosas, lo mejor era llegar hasta el final o, como solía decir la Señora, terminar con lo que había comenzado.
-Señor Taisho -empezó.
-¿Está celosa, Kagome? -preguntó él, al mismo tiempo.
-No, por supuesto que no.
-Lo disimula bien -comentó él. Y sonrió.
Ya no podía evitarlo. Ella cuadró los hombros, sa cando a relucir su carácter. Después de todo, ese hom bre se estaba riendo de ella.
-Será un placer explicarle lo de Belle, Kagome.
-Nada me importa menos que esa mujer -aseguró ella-. Me importa un rábano lo que usted haga con su tiempo, señor.
Lo irritante no era lo que decía, sino su manera de decirlo. ¡Por Dios, qué testaruda! Sesshomaru decidió de jar que se cociera en su propia imaginación. Por la mañana pondría las cosas en su sitio, pero sólo si ella con tinuaba hablando como una arpía.
-¿Va a permitirme salir?
-Sí.
Pero no se movió. Sesshomaru decidió que sería preciso alzarla en brazos, llevarla de nuevo a la cama y arrojarla allí, con la orden de no moverse. Iba a hacerlo, pero ella lo detuvo apartándole las manos.
-El matrimonio es como el embarazo -anunció.
Él se irguió hacia atrás. El comentario había lo grado concentrar toda su atención. En ese momento decidió no dejarse sorprender jamás por lo que Kagome pudiera decir en el futuro. La condenada era la más ilógica de todas las mujeres que conocía. Sintió ganas de reír, pero no se atrevió; ya había notado que ella era muy sensible. También era muy joven. Falta de expe riencia. Y, además, dulce, bella y todas las cosas que cualquier hombre en su sano juicio habría querido apro vechar y retener para el resto de su vida.
-¿En qué se parece el matrimonio al embarazo? -se oyó preguntar.
-Se está o no se está -explicó ella, muy directa.
-Kagome...
-No hay matices de gris -lo interrumpió - Mientras no se tramite debidamente la anulación, creo que ambos deberíamos tratar de respetar nuestros vo tos. Deberíamos ser:..
-¿Fieles? -sugirió él, viendo que Kagome no pro seguía.
-Sí, deberíamos guardarnos mutua fidelidad. Sería la manera más cortés de actuar.
Había inclinado la cabeza, para disimular lo mu cho que la abochornaba discutir un tema tan íntimo. Al ver que se estaba retorciendo las manos, interrumpió inmediatamente ese acto tan revelador.
Sesshomaru, aprovechando que ella no podía verlo, se permitió el lujo de sonreír.
-¿Me está diciendo que debo ser célibe? -pre guntó.
-Es lo que haré yo.
-No es lo mismo, en absoluto.
-¿Por qué no?
Él no tenía una respuesta preparada. En realidad, sólo en ese momento notó lo extraña que sonaba su propia declaración.
-Las mujeres tienen las mismas necesidades -ex plicó-. Pero sólo cuando se enamoran. Los hombres no. Para él, esa aseveración era perfectamente razona ble. Kagome, que no pensaba igual, sacudió la cabeza.
-Lo que usted está diciendo, señor, es que la mayoría de las mujeres son virtuosas y practican la res tricción, mientras que la mayoría de los hombres, in cluido usted, se acoplan con lo primero que pase.
-Más o menos, de eso se trata -concordó él, sólo para irritarla.
Ella se dominó, aunque le costó horrores. Se ne gaba terminantemente a entablar discusión. Ya había dicho demasiado. Sesshomaru podía aceptar sus opiniones o rechazarlas. Si resultaba ser lo que su abuela decía de todos los hombres, si tenía tan pocos principios mora les como su medio hermano, sería mejor enterarse cuan to antes. Ahora Kagome no era vulnerable, porque no estaba enamorada. Tenía todos los síntomas de la mu jer ofuscada por una atracción. Cuando lo tenía cerca, perdía el aliento y le costaba concentrar la mente; se descubría a cada instante deseando que él la besara y quería resultarle atractiva, siquiera un poco. ¿No era todo eso prueba suficiente de que era susceptible a su encanto y su aspecto? En la cabeza de Kagome sonaban campanas de alarma. A todas luces, él le gustaba dema siado. Había que poner fin a eso, inmediatamente. Esa atracción unilateral, además de ser peligrosa, no tenía futuro.
Y todo por un obtuso que prefería la horca al ma trimonio.
Belle. El nombre le parecía tan odioso como la mujer. Decidió dar a Sesshomaru algo en que pensar mien tras acudía a su cita.
-Las damas no tienen necesidades, como ha di cho usted con tan poca delicadeza. Sólo las callejeras vulgares padecen pensamientos lujuriosos. "Como Belle" -agregó para sus adentros.
Y trató de apartarse de él. Sesshomaru se lo impidió plan tándole las manos a cada lado de la cabeza, inmovi lizándola. Obviamente la discusión del tema no había terminado.
-¿De veras? -preguntó.
Ella lo miró a los ojos, con la intención de decirle que sí y recordarle luego lo tarde que era, pero las palabras se le perdieron en el fondo de la mente. La expresión de ternura que vio en su mirada concentró toda su aten ción. Simplemente no había lugar para otra cosa. Cielos, ¡qué hermoso era!
Él estaba pensando lo mismo de ella. Cada vez que la veía concentrada en él, tenía la sensación de que se le cerraba la garganta. ¡Qué ojos! Eran mágicos.
Era encantadora, sí, pero también terca como una mula vieja y porfiada como un político sin cargo públi co. La inocente hablaba con autoridad sobre temas de los que no sabía absolutamente nada. Como "las necesi dades".
No podía dejar de mirarla. Sabía que era preciso bajar. Belle ya debía de andar por la mitad de una bote lla de buen whisky. No importaba. No podía apartarse de Kagome. Esa mujercita lo hipnotizab hipnotizaba. Sintió deseos de besarla y decidió hacerlo. Le rodeó el mentón con una mano, impulsándole la cabeza un poquito más atrás. Luego se inclinó poco a poco hasta rozarle los labios en una suave caricia. Comprendió que la había so bresaltado, porque ella trató de desprenderse. No se lo permitió. Volvió a besarla, pero esta vez tomándose su tiempo.
Kagome dejó escapar un pequeño suspiro de placer y se aferró de la pechera de su chaqueta. Él no necesitó de más estímulo para fijar su boca a la de ella en un tipo de beso muy diferente. De la clase que consume.
Sus labios eran duros, calientes, húmedos. Los de ella, blandos y bien dispuestos. A Sesshomaru no le bastó. Le abrió la boca, presionando con el pulgar contra el mentón; una vez que ella hubo cedido a esa callada exigencia, deslizó la lengua adentro para reclamar su sabor, aca riciando el interior sedoso con flagrante aire de propie tario. Por Dios, qué bien sabía la muchacha.
La pasión alzó su llama con cegadora velocidad. Kagome no se mostró en absoluto pasiva. Ciñó los brazos a la cintura de Sesshomaru y le hundió los dedos en la espalda, sintiendo la piel caliente bajo la camisa. Y su fuerza. Eso también era perceptible. Los músculos eran lisos y duros como acero. Casi la sobrecogió el calor que irra diaban su cuerpo y su boca. Habría querido que él ja más dejara de tocarla.
Sesshomaru no encontraba satisfacción. El sabor de Kagome lo enloquecía. Su lengua parecía batirse a duelo con la de él, ¡y por Dios que ya no tenía nada de tímida! Oyó su propio gemido y volvió a hundir la lengua en la boca de la muchacha. Ella se la succionó. La estrechó contra sí, frotando la entrepierna contra su cuerpo, y ella acer có las caderas por instinto.
La besó una y otra vez. El tiempo que pasaron abrazados pareció una eternidad. Por su modo de aca riciarlo, era evidente que ella no pensaba detenerlo. Su boca estaba tan caliente y mojada como la de él. Eso le gustó. Y su lengua también le gustó.
Le comió los labios, devoró su olor; en su vida había experimentado un beso más carnal.
Ella ahogó una queja en el fondo de la garganta. Eso lo llevó al límite de su autodominio. Era hora de cesar. Ya la estaba imaginando desnuda, ya pensaba en lo maravilloso que sería sumergirse en ella, con sus pe chos frotándole el torso y sus piernas ciñéndolo.
El gemido grave que se le estaba acumulando en la garganta se convirtió en un gruñido. Sesshomaru desprendió su boca del beso y trató de recobrar el control. Su respiración era áspera y desigual. Apretó la frente contra la puerta, cerrando los ojos con fuerza, y tuvo que obli garse a soltar a Kagome.
Ella no le facilitaba las cosas. Aún seguía acari ciándolo, haciéndolo desear más. La sintió temblar y eso le provocó un arrogante placer.
¡Así que las damas no tenían necesidades!
En toda su vida, Kagome nunca se había sentido tan sobrecogida. Temblaba como en el barco, la noche en que temió ahogarse. Aquella vez había sido por miedo; ahora era por pasión.
¡Oh, por Dios, era una cualquiera! De inmediato dejó caer las manos a los costados y se irguió contra él, rígida y con los ojos cerrados, concentrada en aminorar el ritmo de su respiración.
Él reparó en el cambio y se preguntó qué idea absurda se le habría ocurrido.
Kagome habría querido que él volviera a rodearla con los brazos y a darle otro de esos besos que le hacían perder el sentido. Sesshomaru no la estaba ayudando a recobrar su fachada señorial, pues se inclinó para mordisquearle el lóbulo de la oreja. Eso no habría tenido que gustarle, pero le gustó. Un cálido estremecimiento le recorrió la espalda. Su aliento, tan cálido y dulce, le cosquilleaba en la piel. Se le estaban aflojando otra vez las rodillas. Iba a perder nuevamente el autodominio.
-¿Qué hace?
-Te beso.
Sí, sí, eso era obvio, pero por qué, era lo que Kagome quería preguntar. No pudo pronunciar palabras. Sólo emitió un suspiro de placer.
-¿Quieres que pare? -preguntó Sesshomaru, en un susurro sensual.
Por supuesto que sí. Ella acababa de recordar quién lo estaba esperando ¡Qué bruto! Ahora la besaba así y, dentro de un minuto, estaría corriendo detrás de otra mujer.
-¿Paro? -insistió él.
Kagome le rodeó la cintura con los brazos.
-No sé.
Ese hombre la estaba obnubilando, con esa boca abierta y ardiente apoyada contra su cuello. Inclinó la cabeza a un lado para facilitarle el acceso.
-Hueles bien. Hueles a flores.
"Es jabón", quiso decir ella, "jabón perfumado." Pero tampoco logró que esa explicación saliera de su boca. El señor Taisho le estaba haciendo papilla el ce rebro.
-Los granjeros llaman Belle a sus vacas.
Él sonrió contra su cuello y continuó actuando como si no hubiera oído el comentario. Kagome se sintió obligada a repetirlo.
-Lo leí en el diario de la señora Urasue; si es tá en letras de molde ha de ser verdad. Decididamente Belle es nombre de vaca. -"Ahí tienes algo en que pen sar mientras estés cortejando a tu amiga."
Él la besó en la frente.
-Te gustaría que siguiera besándote, ¿verdad, Kagome?
Por Dios, qué arrogante era ese hombre. Y tenía ra zón. Ella era lo bastante sincera como para reconocerlo. -Sí.
-¿Sabes qué estoy pensando?
Esa pregunta, así formulada, le dio ganas de suspi rar otra vez. Su voz era grave y sensual. ¡Y cuánto le gustaba esa entonación arrastrada!
-¿Qué está pensando? -preguntó, sin aliento. -Que tienes unas cuantas necesidades propias. ¿Sabes qué significa eso?
Quería obligarla a admitir que las mujeres tenían tantas ansias lascivas como los hombres, que él había tenido razón desde un comienzo.
-Lo sé, sí.
Encorvó los hombros y lo empujó, tratando de apartarse. Él la sujetó desde atrás, ciñéndole la cintura para inmovilizarla: Luego se agachó para exigirle una explicación.
-Dime qué es lo que has descubierto, Kagome -ordenó, aguardando con impaciencia la respuesta que le permitiría una buena porción de jactancia masculina.
-Que soy una cualquiera. Ya está. ¿Queda usted satisfecho? Belle ha de estar cansada de esperarlo.
-Seguirá bebiendo hasta que yo llegue.
-Parece una persona encantadora.
-Lo es -confirmó él-. Y tú no eres una cual quiera.
Kagome se apartó de un empellón. Luego giró para mirarlo de frente, con los brazos en jarras. -Habitualmente no lo soy -corrigió-. Pero usted me hace desear cosas en las que normalmente no pensaría. Cuando me toca... Bueno, sólo soy una cual quiera cuando usted se me acerca. Por lo tanto, le sugiero que nos mantengamos a distancia. Váyase, por favor, antes de que vuelva a pasar vergüenza.
Parecía a punto de llorar. Él se arrepintió de haberla provocado. Pero también se sentía muy satisfecho. 'El cumplido que ella acababa de hacerle, deliberado o no, le daba ganas de sonreír. ¡Conque sus caricias la hacían perder la cabeza! No se podía pedir nada mejor.
Se sintió obligado a decir algo para tranquilizarla. Después de todo, era su marido. A los maridos les corres ponde tranquilizar a la mujer cuando se pone nerviosa, ¿no? ¿Qué importaba que ese matrimonio fuera a durar sólo unos días?
-Soy tu marido. Conmigo puedes comportarte como una cualquiera.
Ella se contuvo para no resoplar, pero su expre sión delataba que se sentía ofendida.
-Recuerde que usted prefiere la horca al matri monio.
¡Qué encantadora era cuando se irritaba! Sus ojos destellaban de ira; su gesto habría inspirado inmediata contrición a un hombre más débil. Pero él se obligó a recordar que no era débil.
-En eso tienes razón -reconoció.
Kagome enhebró los dedos a su pelo, en obvia agitación.
-Váyase, por favor.
A él le pareció buena idea. Se acercó a la puerta y alargó la mano hacia el picaporte, pero se detuvo. Hun dió la derecha en el bolsillo del chaleco, para asegurarse de tener la llave; luego en el otro bolsillo.
Se volvió nuevamente hacia el ropero. Kagome ob servaba cada uno de sus movimientos, tratando de do minar sus emociones. Sincera como era, reconoció que ya no entendía su propia mente. El señor Taisho no había hecho nada que pudiera ponerla tan nerviosa; sin embargo, aún sentía deseos de llorar.
El encontró la llave en el bolsillo de la chaqueta que había usado horas antes. Después de cerrar el ro pero, se volvió hacia Kagome.
-Belle se ocupó de mí cuando era niño... al mo rir mi madre. Eran íntimas amigas.
No sabía con certeza por qué le ofrecía esa expli cación. Probablemente porque no quería dejarla preo cupada. Tampoco quería que ella lo considerara un ogro.
Kagome se sintió abrumada de alivio. Belle no era una cualquiera, sino una amiga de la familia. Y como el señor Taisho había sido franco ahora le tocaba a ella.
-Estaba celosa -barbotó-. En eso usted tenía razón.
Sesshomaru quedó muy complacido por la confesión. A juzgar por lo tenso de su voz, reconocerlo le había costado lo suyo. No sonrió, porque la veía muy solemne. Se limitó a asentir abruptamente con la cabeza y le volvió la espalda.
Kagome no quiso que él se marchara con esa nota tan agria. Tal vez pudiera mejorarle el ánimo si lograba entablar con él una conversación agradable, siquiera por uno o dos minutos. No quería que su esposo salu dara a esa vieja amiga con expresión tan ceñuda. Belle podía llegar a la conclusión de que Sesshomaru no era feliz en su matrimonio.
¡Oh, buen Dios, realmente se estaba volviendo loca! Pero en ese momento importaba poco. Sesshomaru debía ir a su cita con una sonrisa, aunque a ella le costara la vida.
Kagome buscó un tema apropiado; justo cuando él esta ba abriendo la puerta, encontró uno que sin duda le gustaría.
-No logro decidir si debo solicitar una anula ción o un divorcio.
-Habías mencionado la anulación -le recordó él. -¿Sí? No recuerdo. Creo que el divorcio es más fácil de obtener.
-¿Por qué?
-Parece haber más motivos aceptables para los jueces -explicó ella, complacida al ver que él la escu chaba-. Ya he analizado casi todos -se jactó-. Los aprendí de memoria, ¿sabe? Pero no puedo decidirme por uno en particular...
Él sonrió.
-¿Has aprendido de memoria los motivos que puedes alegar para pedir el divorcio?
Ella asintió, feliz de ver que el ceño de Sesshomaru ha bía desaparecido por completo.
-Existe el de abandono, pero no me serviría, por supuesto. No hemos convivido el tiempo necesario. -El tema comenzaba a entusiasmarla y eso se notaba en su voz-. También pensé en el alcohol, pero lo des carté de inmediato, porque nunca he visto que usted beba cuando estamos juntos. Hasta pensé en acusarlo de crueldad extrema y repetida, pero eso sería una gran mentira y no me sentó nada bien. Usted debe proteger su reputación. Yo no doy ninguna importancia a la mía, pero tengo mi orgullo, y jamás habría aceptado casar me con un hombre que me golpeara. Por lo tanto, no puedo mentir.
-Los hombres no pierden tiempo en cosas tan tontas como el orgullo. Eso queda para las mujeres -comentó él.
-A muchos les interesa.
-A mí no.
Tal vez, si él no se hubiera mostrado tan arrogan te, Kagome le habría dicho el verdadero motivo que pen saba aducir. Pero esa vanidad masculina se estaba saliendo de cauce. Se convertía en una capa roja agitada delante de sus ojos.
¿Así que el señor no tenía problemas de orgullo? "Ya veremos", se dijo.
-¿A ti no te gusta mentir? -preguntó Sesshomaru.
-No me gusta, no -confirmó ella-. Parece sor prendido.
-Lo estoy. Una mujer sincera-explicó, muy son riente-. Es toda una novedad.
Ella se negó a recibir la ofensa.
-Usted no ha tratado con muchas mujeres bue nas, ¿verdad, señor?
Sesshomaru se encogió de hombros.
-Acabemos -ordenó-. No me hagas perder el tiempo con lo que podrías hacer. Dime qué motivo alegarás para pedir la anulación.
-Sí, por supuesto. -Kagome agregó la más dulce de sus sonrisas y caminó hacia la puerta, empujándolo suavemente hacia ella, mientras le explicaba las complejas diferencias entre solicitar un divorcio o una anu lación. Cuando hubo terminado, le dio las buenas no ches y se apoyó contra el marco de la puerta. Lo siguió con la vista mientras él se alejaba por el corredor, preguntándose cuánto tardaría en dejarse ganar por la curiosidad.
Sesshomaru iba por la mitad del corredor cuando cayó en la cuenta de que ella no le había dicho qué motivo iba a alegar. Giró en redondo para volver a la puerta, a fin de no verse obligado a levantar la voz.
-Si no soy un borracho, ni un bravucón, ni un salvaje que golpea a su mujer, ¿qué soy? -preguntó, con bastante exasperación en la voz.
Kagome endulzó su sonrisa y, mientras iba cerrando la puerta, se lo dijo con la voz llena de alegría:
-Impotente.
Aaaaaa q dirá Sesshoooo? O.o c imaginan la cara q habrá puesto? Jajajajajaja "IMPOTENTE" jajajajajajajajajaja
SALUDOSSSSSSSSSS
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