CAPÍTULO 10: SUSAN

Había amanecido demasiado pronto para mi gusto, pero aunque quisiera, no era yo quien manipulaba el tiempo. Y la noche había dado paso inexpugnablemente al día, las estrellas que adornaban el oscuro cielo nocturno habían ido desapareciendo lentamente, hasta quedar sepultadas bajo la brillante luz del sol.

Los brazos de Peter rodeaban mi cuerpo aquella misma mañana, sumiéndome en un calor cómodo y conocido, del que no quería separarme…

… pero tenía que hacerlo. Él competía y yo era la encargada de presidir el torneo, así que no tuvimos más remedio que separarnos. Con un único y casto beso, Peter se levantó de la cama, vistiéndose con parsimonia al abrigo de la luz del astro rey.

Desde la cama, Peter parecía un semidiós de esos que tanto pululaban por las historias y mitos griegos. Un físico sobrehumano y una inteligencia magnífica, una mezcla perfecta para las batallas y la gloria perpetua. Y yo me sentía como una de esas ninfas a las que tantas veces salvaban, enamoraban y juraban amor eterno.

Pero, por desgracia, muchos de esos amores estaban condenados al fracaso.

-Prométeme que vas a ganar este estúpido torneo, Peter –siseé casi al borde de las lágrimas. No quería perderlo, no quería ni tan siquiera imaginármelo. La simple idea de que le hicieran un simple rasguño hacía que mis piernas temblaran y mi cuerpo languideciera, obligándome a agarrarme a él para mantenerme de pie-. Que seré tu reina para siempre.

Él se giró lentamente, sosteniéndome con una delicadeza exquisita. Podía sentir su respiración acelerada, pero esta vez era diferente a la de esa misma noche. Parecía… preocupado, indeciso. Alcé la mirada para encontrarme con esos ojos azules que tanto me gustaban, y lo que me encontré me encogió el corazón.

Había visto llorar a mi hermano muy pocas veces, sólo lo hacía cuando creía que no había salida alguna, cuando todo estaba perdido y se veía obligado a rendirse.

¿Qué significaban esas lágrimas? ¿Se había rendido antes incluso de comenzar el torneo? ¿Me había vendido al mejor postor?

Pero de nuevo volví a sentir sus labios sobre los míos, sus labios cálidos reclamaban los míos, con una furia y una amargura que hacía tiempo no veía en él.

De pronto, sentí cómo el fresco aire primaveral de la mañana rozaba mi piel; toda mi piel, y entonces me di cuenta de que estaba completamente desnuda. Las manos de Peter rápidamente cubrieron mis pechos, y su boca bajaba lentamente sobre mi cuello, a la par que una ola de calor se instaló súbitamente entre mis piernas.

Me tenía completamente atrapada, sus brazos me sostenían con una fuerza inaudita, su mano diestra se movía en mi intimidad con una facilidad y una familiaridad que me era imposible describir. Sus dedos entrando y saliendo de mi interior, obligándome a olvidarme del resto del mundo, inhibiendo cualquier pensamiento que no fuera el placer que iba creciendo poco a poco en mi bajo vientre. Y sus labios picoteaban los míos de vez en cuando, recordándome que él estaba allí.

El clímax llegó de inmediato, la explosión de placer que fui incapaz de contener, dejándome caer al suelo y arrastrando a Peter conmigo, sobre mí, mientras mi cuerpo se retorcía entre espasmos y suaves gemidos frenados por los labios de él.

-Vas a llegar tarde a la inauguración, mi rey –susurré a media voz, girándome para encontrarme con sus ojos azules, mucho más alegres y fieros.

-Y tú también, mi reina –respondió divertido, besándome en los labios, el cuello, el centro del pecho y terminando en la cadera, mordiéndola suavemente-. No se puede empezar un torneo sin su presidencia, amor mío. Si tú puedes permitirte ese lujo… yo también.

-Pequeño idiota… -Peter apoyó la cabeza sobre mi abdomen, y cada respiración hacía que su cabello, largo, suave y enmarañado, rozase mi piel y me hiciera cosquillas-. Deberíamos prepararnos. Se nos hace tarde.

-Como desees –respondió, haciendo una exagerada reverencia, tras lo cual se terminó de vestir y abandonó mi habitación.

La plaza estaba a reventar. Cientos de invitados, paisanos narnianos en su mayoría, se amontonaban en las gradas para ver competir a los participantes. En el centro de las gradas, la más adornada y en la cual había varios tronos, era donde me encontraba.

Mi trono estaba adornado con motivos florales, flechas y el león alzado en lo más alto. A mi lado, a mi derecha se encontraba Edmund; y a la derecha, Lucy, cada uno con un trono idéntico, aunque menos vistoso que el que yo ocupaba. El resto no eran más que sillas simples, sin adorno alguno; y la gran mayoría de los invitados se veían obligados a permanecer de pie, bajo el suave sol primaveral de aquella mañana.

El primer combate lo llevaron a cabo el duque Einar de Lasci, un reino guerrero que quedaba más al norte de Ettinsmoor; y al príncipe Guim de Terramar, heredero al trono de esta tierra.

Ambos se presentaron ante mí con un pronunciada reverencia, clavando sus espadas en la tierra mientras me rendían pleitesía. Tras mi señal, ambos se colocaron sendos cascos y se armaron con sus escudos, dando comienzo a una cruda batalla en el que sólo podía quedar uno.

La batalla de Einar y Guim fue la primera de las muchas batallas de aquel día; podía ver cómo cada participante me sonreía de manera romántica, esperando que con sólo ese gesto me rindiera a su patético e inexistente amor. Ninguno de ellos me miraba como lo hacía Peter, como si fuera su centro del universo, lo que más quería en el mundo y un regalo que no se merecía pero que debía cuidar y del que, con el tiempo, se enamoró. No, para ellos no era más que un premio, poco más que una bolsa llena de oro y un título más que ostentar.

Ninguno de ellos me importaba.

La última batalla se dio entre un caballero sin nombre, sin escudo ornamentado y cuyo rostro cubría constantemente con el casco; y el conde de Galma. Pude reconocer a Peter gracias a sus gestos, lentos y señoriales; y durante la batalla, los golpes decisivos y los movimientos esquivos, que rápidamente desgastaron la enérgica fuerza y valor con el que el conde atacaba. Bastaron unos cuantos estoques más para hacerle perder la espada, y acto seguido, su rendición.

-¿Quién sois, desconocido caballero? –inquirí levantándome del asiento, visiblemente emocionada.

Ciertamente, había sido la batalla que más me había impresionado, la que más me había hecho sufrir, la única que me había importado. Y no me importaba que se notase mi cambio de actitud, el nerviosismo de volver a ver el rostro de mi hermano tras descubrirse el casco.

Y allí estaba, con sus cabellos de oro pegados a la frente y a la nuca, despeinado como un muchacho travieso; con sus ojos brillantes y su sonrisa triunfante y socarrona, con su particular adoración hacia mí.

Clavó su espada en la tierra, en señal de sumisión, antes de hablar:

-Me llamo Peter Pevensie, su majestad. Sumo Monarca de Narnia, Señor de Cair Paravel y Emperador de las Islas Solitarias, miembro de la Noble Orden del León, también conocido como El terror de los lobos.

La plaza comenzó a aplaudir de improviso, orgullosa de que su amado rey resultase vencedor de aquella batalla. Peter se levantó lentamente, sin apartar su azul mirada de la mía.

Cada vez estaba más convencida de que no había nadie como él.