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Tardaron un rato en regresar a la carretera principal, tras lo cual tuvieron que andar otros quince minutos bajo una persistente llovizna hasta encontrar un coche. Para entonces, ambos hombres estaban empapados y temblorosos; Watson se apoyaba por completo en su bastón y tosía penosamente cuando Holmes lo hizo entrar en el coche. Luego subió Holmes y dio unos golpecitos en el techo para indicar al cochero que se diera prisa.
—Buckhannon sigue ahí fuera, en alguna parte, doctor —dijo Holmes con expresión distante—. Me temo que, aunque no sea un auténtico rival para ninguno de nosotros, va a convertirse en una pequeña molestia…
—No esperará que vuelva a intentarlo enseguida, ¿verdad? —preguntó Watson; hablar le raspaba la irritada garganta.
Holmes meneó la cabeza.
—No. Creo que planeaba matarlo a usted en cuanto entrara en el almacén, y luego a mí cuando creyera oportuno... Al fallar su primer disparo, le entró el pánico y huyó. Apuesto a que dedicará un tiempo a elaborar su próximo plan. No es un oponente especialmente inteligente.
Las últimas palabras fueron pronunciadas con cierta contención, y Watson lanzó una breve y áspera carcajada que se disolvió en otro espasmódico ataque de tos que lo dejó temblando y sin aliento. Preocupado, Holmes se inclinó hacia él y apoyó una mano en su hombro.
—Mi querido amigo —murmuró—, está usted muy enfermo, ¿verdad?
—Un simple resfriado, Holmes —respondió Watson con forzada jovialidad pero escasa convicción—. Estaré bien en cuanto me cambie de ropa y tome una taza de té…
Se interrumpió, tosiendo de nuevo desgarradoramente, luchando por respirar. Holmes se sentó inmediatamente junto a su compañero y lo sujetó por un brazo, horrorizado.
—¡Watson! —exclamó con la voz vibrante de preocupación—. ¡Respire, hombre! ¡Despacio, vamos!
Entre resuellos y jadeos, Watson consiguió recuperar el control de su respiración, pese a los temblores que aún seguían sacudiendo su cuerpo. Holmes lo sostuvo durante todo el trayecto hasta Baker Street.
A su llegada, Holmes pagó rápidamente al cochero y ayudó a Watson a salir del vehículo pese a las débiles protestas que el doctor logró elevar. Holmes abrió la puerta de la casa con un ímpetu mayor del que probablemente pretendía, se quitó el gabán, lo dejó caer al suelo y ayudó a Watson a quitarse su abrigo empapado. Luego, tomándolo otra vez del brazo, cargó prácticamente con él por las escaleras hasta llegar a la sala de estar.
Empujó la puerta, pensando únicamente en hacer que Watson se cambiara de ropa y entrara en calor antes de mandar a buscar a otro médico, pero, al entrar en la habitación, el horror lo paralizó. Watson, exhausto, levantó lentamente la cabeza con expresión inquisitiva y lanzó un jadeo que desencadenó otro ataque de tos.
Buckhannon exhibía una sonrisa cruel. Su pistola apuntaba directamente a Holmes.
—Buenas noches, caballeros —dijo llanamente—. Pasen, cierren la puerta y siéntanse como en su casa…
