Capítulo 10
Aviso Importante leer hasta el final.
La gala anual de recaudación de fondos para el hospital infantil era una de las celebraciones predilectas de Elsa, y solía pujar varias veces en la silenciosa subasta, aunque después devolvía todo lo que compraba al hospital para no quitárselo a los niños. Había pasado la mayor parte de la velada saludando a antiguas amistades y conocidos del mundo de las finanzas, y por fin se había quedado sola, tomando una copa, cuando Anna entró en la sala.
Se le encogió el estómago y la cabeza empezó a darle vueltas vertiginosamente. El recuerdo del sabor, el tacto y la suavidad del cuerpo de Anna la inundaron al instante. Estaba aún más guapa de lo que recordaba, si eso era posible, y no fue la única que lo advirtió. Mientras Anna avanzaba con seguridad hacia un grupo de gente, una mujer en concreto la miró de arriba abajo con naturalidad y se detuvo en el pecho. A pesar de la distancia, Elsa reconoció el apetito; aquella mujer estaba al acecho. El estómago le dio un vuelco y notó un extraño sofoco.
No podía creerse la serie de reacciones físicas que le había provocado aquella aparición. Era un combinado que no había experimentado nunca. Ardía de deseo, pero ardía más de otra cosa. ¿Qué era? ¿Celos? «¿Tengo celos de otra mujer porque mira a Anna?» Ni siquiera sabía con certeza en qué consistía tener celos, pero sabía que se volvía loca sólo de pensar en que otra mujer pudiera tocar a Anna. Y, lo que era peor, no sabía qué hacer.
Tenía que haberle devuelto la llamada. No había borrado el mensaje y, cuando por fin pudo escucharlo entero, fijándose en las palabras y en el tono sin enfurecerse, empezó a comprender la lógica de sus argumentos. ¿No habían sido todas vírgenes alguna vez? ¿Y, en realidad, no era un honor que Anna hubiera querido compartir su cuerpo con ella, en vez de con cualquier otra mujer? Ofertas no le faltarían. Quizá ya hubiera dado satisfacción a sus deseos, o a su curiosidad, con otra persona.
Dejó de pensar y se quedó mirando hasta el menor movimiento de las manos de Anna, imaginándose que las movía sobre su cuerpo saciando su anhelo. Se concentró en la boca y volvió a desear con añoranza el roce incitante de aquellos labios sobre los suyos. Habían pasado semanas sin que se hubiera producido el menor contacto entre ellas. Se preguntó si ya sería tarde; tenía la impresión de que, con cierta clase de mujeres, el encanto no servía de mucho cuando las cosas se habían echado a perder. Anna había dejado la pelota en su campo y, por lo visto, iba en serio. Elsa casi esperaba una llamada de seguimiento. Se había imaginado a Anna intentando convencerla para quedar otra vez. Sin embargo, se había alejado. Al menos, eso decía algo sobre sus prioridades: era la primera mujer que no se interesaba por ella a causa de su fortuna.
Después de unos minutos de conversación amable, Anna empezó a darse cuenta de que la observaban. Con disimulo, dejó de mirar a la mujer con la que hablaba e inmediatamente conectó con unos cálidos ojos Azules que conocía muy bien. «¡Elsa!» Sospechaba que podían coincidir en la gala, teniendo en cuenta el compromiso de Elsa con las obras de caridad para la infancia, y se había preparado para ese momento. Pero, aun así, el estómago empezó a darle vueltas.
Elsa parecía perfectamente dueña de sí, con una bebida en la mano y apoyada en una columna decorada. Con un sentimiento semejante a la desesperación, Anna se dio cuenta de lo mucho que la quería todavía. «Que Dios me dé fuerzas para no desmoronarme.» Había tomado la resolución de no acercarse a ella; iba a conservar intacto el poco orgullo que le quedaba. La saludó cortésmente, pero de lejos, con un leve movimiento de cabeza, y a Elsa se le oscurecieron los ojos, aunque su expresión no cambió. Anna le sostuvo la mirada dolorosamente durante unos instantes y volvió a integrarse en el grupo con el que estaba. Una mujer del grupo trataba de llamarle la atención desde el momento en que apareció. Era una mujer madura y bien conservada. Anna le dedicó una cálida sonrisa.
No volvió a ver a Elsa hasta muy avanzada la velada, cuando una pelirroja que parecía una artista de strip-tease irrumpió en la sala y se detuvo muy cerca de la enigmática directora general. Cuando Elsa se volvió, la mujer le dijo algo que Anna no alcanzó a oír y después la abofeteó sonoramente. La pelirroja giró sobre sus talones y se marchó en medio de un coro de exclamaciones. Se produjo un destello súbito de fogonazos fotográficos, procedente de los periodistas de sociedad que enseguida se congregaron allí.
Elsa tardó un par de segundos en reaccionar; después le lanzó una mirada furtiva a Anna y la otra mejilla se le puso tan roja como la que había recibido el bofetón. Inmediatamente miró a otro lado, con la sensación de que se le contraía hasta el último músculo del cuerpo; se quedó en actitud tensa y como demacrada, pero no tardó en recuperar su porte habitual y, haciendo caso omiso de los murmullos y rumores, salió de allí, detrás de su tetuda agresora.
Anna no fue la única que se quedó mirando con la boca abierta.
—Vaya —comentó Clayton, su fiel compañero—, alguna vez tenía que pasar.
—¿Quién era? —preguntó Anna. Si ésa era la «clase» de mujeres que le gustaban a Elsa, no le extrañaba que no la hubiese llamado.
—No tengo ni la menor idea —dijo Clayton, y se encogió de hombros filosóficamente—. Pero si Elsa Winter creía que tenía vida íntima, ya puede ir despidiéndose de ella.
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—Elsa, qué sorpresa tan agradable —dijo Jessica con sarcasmo.
—No me vengas con jueguecitos. — Guardó en el bolsillo las llaves del coche—. ¿Puedo pasar? —Le fue imposible pronunciar el nombre de Jessica.
—Siempre eres bien recibida en mi casa…, y en mi cama —dijo Jessica, mirándola con lujuria, y le franqueó el paso al interior.
Elsa pudo controlar el temblor que sacudía su cuerpo gracias a la disciplina que ejercía sobre sus emociones. Conocía la casa de Jessica y fue directa al salón.
—¿Whisky? —preguntó Jessica edulcoradamente.
—No, gracias. Vamos al grano. ¿A qué demonios vino ese numerito?
—¿Me mandas aquí al FBI y todavía me lo preguntas? —El pecho de Jessica, casi desnudo, subía y bajaba bruscamente.
¿El FBI? Elsa dominó su expresión. ¿Jack habría tomado medidas drásticas sin consultar con ella?
—Seguro que te explicaron a qué venían —dijo cautelosamente.
—Sí, desde luego. Me lo explicaron, por supuesto. Me vigilan. Tienen grabadas tus conversaciones telefónicas. Te crees muy lista, ¿no?
¿Lista? Se sentía completamente obtusa, pero no podía permitir que Jessica se diera cuenta de que no entendía nada de nada.
—¿Qué piensas hacer? —preguntó insulsamente.
—¡Bah! Quieren que retire los cargos, que les entregue mis pruebas y que no vuelva a tener contacto contigo. De lo contrario, me detendrán. Me acusan de chantaje y, luego, todo ese cuento de la seguridad nacional. ¡Por-fa-vor!
¿Seguridad nacional? Elsa no podía imaginarse qué les habría contado Jack a las autoridades, de modo que comentó lo más obvio.
—Es que me estás haciendo chantaje.
—Podría ir a la cárcel.
—Qué horribles son los del uniforme. —Elsa no salía de su asombro, pero, indudablemente, no se le escapaba la vista cómica de aquella insólita conversación.
—Vamos, Elsa —dijo Jessica, pasando de la indignación a un gemido quejumbroso—, sé que no quieres que me encierren. De lo contrario, ya me habrían detenido. Todavía podemos arreglar lo nuestro. Yo lo estoy deseando.
Elsa hizo caso omiso de aquel intento de seducción, pero seguía intrigada. ¿Por qué el FBI no había detenido a Jessica? Apenas se había formulado la pregunta, cuando encontró la respuesta. El comportamiento de Jessica los habría alertado, pero, si la detenían, la operación —fuera la que fuese— saldría a la luz. Entonces tendrían que justificar cómo y de dónde habían sacado las pruebas del chantaje. «Es a mí a quien están investigando, pero no quieren que lo sepa.» Casi se echa a reír. ¿Creían que Jessica iba a guardar silencio? «Error.»
—Jessica, tengo que marcharme — dijo Elsa—. Esto se ha terminado. Te aconsejo que sueltes amarras y te largues, mientras puedas.
—No entiendo —dijo Jessica sinceramente desconcertada—. Unos miles de dólares no son nada para ti. ¿Por qué no me has querido pagar?
—Cuestión de principios.
—¿Te gastas millones de dólares en niños que no valen nada y no eres capaz de hacerme un regalo por el tiempo que pasamos juntas?
«Me he acostado con esta mujer», pensó Elsa con repugnancia.
—Si tuvieras una enfermedad grave, te ayudaría, pero no es así…, puesto que arrojarse más derechos de los que se tienen no se considera enfermedad.
—Te aprovechaste de mí —dijo Jessica, derramando lágrimas de cocodrilo.
—No me digas.
—Me sedujiste. Me metiste en la cama sin darme ocasión de decidir por mí misma. No me di cuenta de cómo eras en realidad hasta el final, de tan asustada como estaba. —Jessica estaba tensa en la silla, mientras hablaba.
—¿Y cómo soy, exactamente?
—Eres una depredadora —le escupió.
Elsa estalló en una carcajada y, por la expresión de furia de Jessica, pensó que había sido la reacción más prudente.
—¿Y en qué momento, cuando estabas desnuda y encima de mí, me convertí en depredadora? ¿Antes o después de que me metieras los dedos por el coño hasta hacerme cosquillas en la garganta? ¿O fue cuando me seguiste a la ducha y me rogaste que te hiciera llegar al clímax? ¿O cuando me follaste en el servicio de señoras del Ritz? Dime, Jessica, ¿cuál de esas veces? Porque no hemos estado juntas ninguna más y, según recuerdo, en todas tomaste tú la iniciativa muy activamente. En realidad, cada vez que yo quería irme, volvías a follarme. — Cuando terminó, estaba tan colérica que casi hablaba a voces.
—No es así como pasó.
—Así es como pasó exactamente. Lo sabes tan bien como yo. Estabas harta de tu vida y querías un poco de desenfreno. Las dos entramos por ese camino, y guiabas tú. —Fue la segunda vez que vio transformarse a Jessica.
—¿Tu nuevo ligue te folla igual?
Elsa no pudo disimular el espanto que le produjo aquella pregunta. No se esperaba que Jessica supiera nada de Anna. Tenía un nudo en el estómago, y se le apretó aún más.
—Ya sabes a quién me refiero: tu última noviecita, esa rojiza tan mona. Es abogada, ¿verdad? ¿Qué crees que diría, si hablara un rato con ella? A lo mejor me cambio de abogado y me quedo con ella.
Mezclar el nombre de Anna en el contexto de aquella repugnante conversación hizo que Elsa perdiera los estribos por completo.
—Ni te atrevas a meterla en esto.
—¿O qué? ¿Eh? ¿Qué harás, si la meto? ¿Se lo contarás todo a mi marido? ¡Qué miedo! A él no le importa. ¿Se lo dirás a mi madre? ¿Quién crees que me ha enseñado a mí? ¡Ah, ya sé! A lo mejor les dices a tus amigos del FBI que me hagan desaparecer. ¡Flas! —Jessica ilustró aquella idea con un gesto de las manos.
Elsa se levantó de la silla como movida por un resorte y se plantó delante de Jessica.
—Oye lo que te digo, brujilla maquiavélica. Ya te he advertido que te puedo comer viva, de modo que, si le dices una palabra a ella… una sola… la que sea, ten por seguro que te como.
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Anna estaba mirando el techo, incapaz de dormir después del extraño giro que habían tomado los acontecimientos en la gala benéfica. Estaba claro que se trataba de una ex de Elsa que, enfurecida, había querido ponerla en evidencia públicamente, y lo había conseguido. La prensa se cebaría en el incidente hasta que estallara un nuevo escándalo. Se alegró de no haber estado con Elsa en ese momento, porque su cara habría salido también en todas partes y ¿cómo se lo explicaría a Facilier Merison y a Charles Muntz?
Pensó en llamarla y decirle algunas palabras de solidaridad. Pasara lo que pasase entre ellas, o aunque no pasara nada, Elsa tendría que afrontar una mala época, y lo procedente sería brindarle apoyo. Estuvo unos minutos indecisa, con la mano sobre el teléfono que había al lado de la cama. Según el despertador, era la una de la madrugada. No eran horas de llamar. Eso sólo se hacía entre amantes.
Tampoco era una emergencia, y, sinceramente, tenía que reconocer que el verdadero motivo de la llamada sería otro. Era cierto que le gustaría saber cómo se encontraba, pero también deseaba el contacto de los labios de aquella mujer con los suyos, la caricia de sus manos. Necesitaba que le dijera que abandonara toda esperanza. Dio una vuelta en la cama y se sintió muy sola, pero, aun en contra de sus anhelos, se reafirmó en su postura: no iba a dar un paso más para acercarse a ella. «Si me quiere, tendrá que venir a buscarme.»
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—Jack, ¿a quién conocemos en el FBI?
—Es la una de la madrugada — balbució Jack.
—Ya sé qué hora es, Jack. —Elsa oyó ruidos de fondo. Jack le decía algo a su mujer y luego le pareció que se iba con el teléfono a la cocina y abría la nevera—. ¡Por Dios, despierta! El FBI ha hablado con Jessica.
—¿Qué? ¿Qué tiene que hablar el FBI con ella?
—Esperaba que me lo dijeras tú. Tú no los llamaste, ¿verdad que no?
—No —dijo Jack, al tiempo que bostezaba—, pero es muy interesante. ¿Qué te ha contado, exactamente?
—No sé qué de un asunto de seguridad nacional. Le han dicho que tienen grabadas sus amenazas de chantaje, y que podría ir a la cárcel. Ella cree que lo he organizado todo yo para vencerla en su propio terreno.
—Jessica está empeñada en conseguir lo que quiere —advirtió Jack
—. ¿Estás segura de que no es otro montaje suyo?
—¿Por qué iba a inventarse una mentira así? —Tal como pintaban las cosas en esos momentos, Elsa incluso se alegraría de que no fuera más que otro montaje de Jessica para manipularla, pero había visto lo que había visto—. Estaba asustada, Jack. Ha retirado los cargos contra mí y me ha abofeteado en público.
—Bueno, es posible que nos hubiera convenido avisarlos —dijo Jack—. Estoy casi seguro de que no eres la única a quien Jessica quiere extorsionar. Seguro que la vigilaban desde antes.
—No —replicó Elsa gravemente—. Si ella fuera el objetivo, la habrían detenido, pero sólo le han dicho que se quite de en medio.
—El asunto se enreda. ¿Insinúas que a quien buscan es a ti? —dijo, como perdido en sus pensamientos.
—Si me ha dicho la verdad, me han puesto escuchas telefónicas.
—Y si te han intervenido los teléfonos de la oficina, los de casa también, seguramente —concluyó Jack—. Por lo tanto, esto tenemos que hablarlo en otra parte.
Elsa sintió que se mareaba. ¿Así era la vida? ¿Cómo es que todo había dado un vuelco tan brutal, sin control, y tan rápidamente?
—No me lo puedo creer.
—Bueno —dijo Jack, especulando a toda velocidad—, a lo mejor no es por ti, específicamente. Puede que sólo formes parte de un sondeo más amplio. No demos nada por cierto al respecto. Tenemos que llegar al fondo de esta cuestión.
«¿Un sondeo?» Oía cosas raras.
—Por cierto, vi lo del incidente en la gala benéfica en las noticias de la noche —comentó Jack con calma—. Ya me he puesto a…
—¿Ha salido en televisión? —Tenía que haberse imaginado que alguien lo habría grabado con un móvil.
—Eso me temo. Como te decía, ya he empezado a controlar los posibles perjuicios. Tu cuñado me llamó nada más salir la noticia. No dejes de vigilarlo.
—¡Ah! Gastón estará encantado con esto. —Lo utilizaría contra ella, si podía, de eso no había duda. Elsa confiaba en que no investigara a Jessica; tenía que encontrar la forma de atarle las manos antes de que se pusiera a hurgar.
—Le dije que es una acosadora profesional —dijo Jack—. Pero, en serio: no tendríamos que hablar de esto por teléfono. Reunámonos en cuanto llegues al trabajo. Me pasaré por allí. O, mejor todavía, quedemos en el comedor de Sandstone Drive. Al menos allí no habrá escuchas.
—De acuerdo —dijo Elsa con grave resolución—. He esperado mucho para cortar esto —pensó en voz alta. Se había permitido una distracción y una terquedad. Negarse a pagar a Jessica era una cuestión de principios, pero a veces los principios eran un lujo.
—Menos mal que no le pagaste. — Jack le adivinaba el pensamiento más de lo que a ella le habría gustado.
—No sé por qué, pero no lo entiendo. El seco comentario de Elsa hizo reír a su viejo amigo.
—Piénsalo. Por lo general, los culpables pagan enseguida, pero tú eres inocente, de modo que no tenías por qué pagar.
El tono cuidadoso y la precaución al escoger las palabras le hicieron comprender de pronto la gravedad de la situación. El FBI podía estar escuchando la conversación en esos precisos instantes. Cualquier cosa que dijeran Jack o ella podría ser malinterpretada o utilizada en su contra.
—Todo esto es absurdo —dijo—. ¿Por qué coño iba a interesarle yo al FBI?
—Eso tenemos que averiguarlo. ¿Qué tal a las ocho de la mañana?
—Allí estaré.
—Entre tanto —le advirtió— no hables con nadie.
Elsa asintió y, al cortarse la comunicación, habría jurado que oía unos ruidos extraños, como de interruptores. Dejó el auricular en su sitio aprensivamente y empezó a registrar el estudio palmo a palmo. No sabía qué tamaño podía tener un dispositivo de escucha, pero, si había alguno en su casa, tenía que encontrarlo. Le llevaría toda la noche, y aun así se le podía pasar alguno por alto.
Dejó de remover cojines y se tumbó en el sofá. Aquello era una pesadilla. La vida había sido una balsa de aceite hasta ahora y, de pronto, sin más ni más, se había convertido en una mierda. En una mierda que la asustaba. Una cosa era que un ex ligue quisiera aprovecharse y le hiciera chantaje, y otra muy distinta, el FBI. Y la seguridad nacional. Le parecía tan inverosímil que era como si la hubieran transportado a otra realidad. Se acordó de Anna. La había llamado desde ahí, desde casa, por un teléfono intervenido. A lo mejor la había implicado en algún asunto sin saberlo.
Se le revolvió el estómago. Tenía que avisarla. Jack quería que no hablara con nadie hasta después de hablar con él y tras decidir lo que tenían que hacer, pero a Anna se lo debía, eso y mucho más. Anna también tenía que cuidar su carrera profesional. No podía arriesgarse a que la salpicara aquel asunto, fuera lo que fuese. Por más bajo que pudiese caer a sus ojos a partir de ese momento, tenía que arriesgarse a contarle todo lo que sabía.
Se levantó para ir a buscar las llaves del coche mientras pensaba dónde habría dejado el móvil. ¿Cómo interpretaría una llamada tan extraña a aquellas horas de la noche? Quedaría como una loca, hablando del FBI y de teléfonos intervenidos. «Tengo que verla cara a cara; esto no puede esperar«
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Hola he vuelto después de no sé cuanto, he estado ocupada y hasta ahora he tenido tiempo de continuar y espero seguir así hasta que termine mis proyectos, por lo menos estos.
Me he acordado de que tengo otras dos HISTORIAS ADAPTADAS, me preguntaba si les gustaría que las publicara.
son: Elsa y Anna y la otra es Korra y Asami con Elsa y Anna.
si ustedes quieren que las publique, hagánmelo saber, tienen todo el tiempo del mundo para decidir si quieren o no quieren.
review time:
Rens rain: eso si es cierto, la verdad es que debería hacer caso a su corazón mas que a la razón.
miguel. puentedejesus: se esta poniendo mejor.
Cuídense mucho y nos veremos los viernes y si puedo publico antes, todo es por si acaso.
Que La Fuerza Los Acompañe...
