Capitulo correspondiente a Haruka

"En el Silencio"

DIEZ

Sí, estaba demasiado sensible pero la culpa era de… De cómo dejaba en su vida se acumularan las emociones. Se quedó con su caja de chocolates extendida y Michiru repitió que no podía comer uno. Estaba a punto de llorar. Preguntó si no le gustaban y su niña se encogió de hombros. Hizo un pequeño pucherito que intentaba retener el pronto colapso nervioso que terminaría en un llanto sin igual. Michiru escogió un chocolate y se lo llevó a la boca, le dio una gran mordida para felicidad de Haruka

- Son muy ricos –decía la niña mientras sus ojitos adquirían cierto destello extraño

- ¡Michiru comiendo chocolates! – gritaba Angelina – Qué sorpresas… ahora sí puedo decir lo he…

Ya no pudo terminar la frase. Michiru le arrebató la caja de chocolates a Haruka y enloquecida por la azúcar que en toda su corta vida no había probado comenzó a devorar cada uno de ellos. En un parpadeo se terminó la caja y como su instinto dulcero no estaba saciado se lanzó a la cocina a buscar más glucosa.

- Creo no debiste darle uno… Por algo mi tía se los prohíbe

- ¿Será porque la enloquecen?

- No qué va ¡Sí! Y mejor vamos a detenerla

En la cocina Michiru se echaba a la boca puños y puños de azúcar. Ya se había comido todo el betún y los dulces que la sirvienta escondía para dárselos a las niñas de postre. Haruka la sujetó pero la manía de los caramelos era tan fuerte que en un movimiento leve la aventó lejos. Corrió a la sala donde su tío tenía una caja de chocolates. Y Angelina le cerró el paso pero solamente sirvió como tope para disminuir la velocidad de la niña come dulces

- Por algo no le daban dulces

- ¡Hemos creado un monstruo! – gritaba Haruka

Intentaron detenerla sin resultados favorables. En menos de media hora se había comido todo lo dulce que pudo encontrar en la casa. Ahora estaba en la planta alta de la casa brincando muy cerca de la escalera.

- Ahora sé que siente mi padre cuando soy así

- ¡Se matará! – lloraba Angelina – Y lo peor es que no creo me disculpen con la excusa que se murió mi madre

- ¡Cállate! Consígueme un dulce

- Ella se comió todos

- En mi mochila tengo goma de mascar

Apenas la tuvo en sus manos y comenzó a llamar a Michiru. Servía de carnada perfecta, la niña dejó de saltar y portase como un torbellino arrasa dulces para atender a Haruka. Corrió desesperada a quitarle la goma pero Haruka la sentenció si daba un paso más se la comía ella

- Ahora siéntate

- ¡Dámelo! – pero se sentó

Por fin lograron encerrarla en una habitación. Ambas niñas se miraban preguntándose cuánto podía estar así. Y ese cuanto se alargó por tres horas. Ahora la habitación era un desastre. La ropa estaba regada por doquier, los libros tirados y aquello parecía un campo de una batalla muy salvaje. Michiru estaba tendida en la cama quejándose de dolor de estómago y Haruka no dejaba de repetir que se portaría bien con Hitori, ahora había vivido en carne propia lo que era controlar un remolino imparable. Por su parte Angelina seguía repitiendo que entendía por qué su tía no la dejaba ni comerse una galletita con chispitas de chocolate y la próxima vez haría caso a las indicaciones

- Me duele mi estómago… Creo vomitaré

- ¿Otro dulce prima?

- ¡Dónde! – gritó emocionada

- No te volveremos a dar uno – sentenció Haruka – Ves las consecuencias y no te apiadas, tienes una indigestión por tanta azúcar

- Me duele… No volveré a comer un dulce en lo que me resta de vida

Pero una vez probados eran incapaces de ser olvidados y menos cuando se depositaban como obsesiones en la mente de los niños. Quería otro dulce y a como diera lugar se lo comería. Las dos pequeñas culpables la vigilaba a todas horas y Michiru aparentaba cordura para que se olvidaran de una buena vez de ella y así se pudiera atragantar de aquel manjar que tantos años evitó

- Creo le tendremos que decir a tú papá lo que hicimos

- Mira no me apura mi padre sino mi tía… ¡Me masacrará viva!

- Igual lo hará cuando vea un desastre a causa de su manía por dulces… Sabemos una indigestión NO LA DETENDRÁ

- ¿Y si sí?

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La vida tiene sus bajas y sus altas. Todavía sentía sus emociones incontrolables, su entero ser era presa de sentimientos pasados. No creía que el deporte pudiera cambiar algo, menos cuando no eran de MotoCross o carreras de autos. Tenía nueve años, suficiente edad para aprender y competir. Pero su padre la sentenció, si terminaba bien el año escolar le dejaría dedicarse a ello, si quería, de por vida. Mientras, la respuesta era no. Hoy era su primer día de clases de Karate, ella hubiera preferido quedarse en casa, llovía demasiado y el intenso frío le congelaba sus desnudos pies.

- Pórtate bien

- ¿Yo? Claro que no – le guiñó el ojo – Eso terminaría mi fama – rió animadamente

No lo podía creer. Cuando más mal iba su vida y creía que podía mejorar algo se opacaba su felicidad. Allí estaba, de nueva cuenta y frente a ella: Jessica Wiechers. Se colocó a un lado de ella. Estaba enojada y dispuesta a renunciar ese mismo día pues no podía soportar más daños irreparables a su dolido orgullo… Como el ajedrez. Y esa voz en su cabeza que sabía no era normal ya, pero esa clase de situaciones raras se volvieron normales desde que Michiru apareció en su vida. Casi por histeria y paz para su alma pedía a gritos silenciosos su niña fuera normal, común y hasta aburrida para así ella poder deshacerse de ese hechizo en que la tenía. Alguien una vez le habló sobre embrujos y tal vez la niña fuera bruja. Ahora debía acomodarse en pareja, buscó con la mirada pero tardó demasiado. Quedaba un niño de trece años que le llevaba gran ventaja en tamaño, otro más de catorce que de plano doblaba su altura y finalmente Jessica. Rogó a los dioses, prometió, suplicó y por fin terminó amenazando: Que no le tocara con ella. No una humillación más… No de nuevo…

- Eh Haruka mira Jessica está de tu tamaño, un poco más enclenque – reía el hombre bonachonamente – Pero está mejor que uno de estos mastodontes

- Por qué yo – refunfuñaba por lo bajo

Miró sus ojos celestiales y supo que los Dioses la odiaban. Ella sonrió con dulzura y Haruka solamente pudo emitir una extraña mueca, no se le daba fingir algo que no sentía. Quería que el momento fuera breve y rápido, así sería menos doloroso. Se acomodó en posición y vio lo bien parada que estaba Jessica. Sí, al primer golpe la dejaría en el suelo. Renegó y maldijo ¿Por qué no podían los dioses cumplir un simple capricho? Su madre decía que enfrentar ciertos retos era parte de la vida, aprender lecciones, crecer y madurar ¿En qué le beneficiaría a la larga que Jessica volviera a mostrar su supremacía? No iba a aprende humildad, ni mucho menos cómo saber perder… Y entonces algo mágico sucedió, un giro radical que ella nunca imaginó. No supo cómo sucedió pero fue tan fácil, le golpeó en el pecho descubierto, tomó su brazo y con fuerza la dejó en el suelo.

- Vaya eres audaz – sonreía el entrenado – Muy bien Tenoh

- ¡Soy la mejor! – daba de saltitos contenta

Pasó la siguiente media hora tumbando a Jessica. Había olvidado que ella conocía sobre puños, golpes, juegos toscos, deportes… Ahora podía dejarlo ir, que ella se quedara con el ajedrez, los números y libros raros, ella tenía algo mucho mejor: condición física. Le extendió la mano para ayudarla a levantarse, pidió otro pero en sus ojos verdes leyó la súplica por detener su agonía. Más tardaba en ponerse en pie que ella en volverla a poner de nuevo allí. Accedió, ya había tenido su momento de gloria y no abusaría de ello, por lo menos no en la primera clase

- Es fantástica la clase ¿No?

- Te diré – se acomodó en posición para volver al suelo

Si en esa lección de vida había algo importante que aprender ella sabía no la aprendió. Pero ya era hora que la moneda cambiara y por primera vez en mucho tiempo algo saliera a su favor. Volvería la siguiente clase y las que restaran por ese curso. Su orgullo se ensanchó tanto que hasta tuvo el descaro de decirle que un día jugarían ajedrez para que, su dolido y humillado, orgullo se recobraba. Jessica casi la mata. Lo dedujo por la mirada sin embargo sabía que se detenía en su arrebato por el temor a termina en el piso de nueva cuenta…

- Cada uno en lo suyo – su mirada asesina la veía con furia – Tú usas la fuerza y yo el cerebro

- Pues empieza a usarlo aquí – volvió a reír

De regreso a casa intentó pensar en la lección de vida que no quiso aprender y un día se cobrarían "a lo chino" los dioses. Quizá a ser buena ganadora, o tal vez que la venganza no era buena ¡Al diablo con ello! Lo disfrutó. También debió aprender que hay talentos especiales en cada uno, cualidades para las que se nacen y para las que uno se hace…

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No tardaba en caer la primera nevada y ella se preparaba ya para el equipo de Jockey. Como otros años vería por televisión el campeonato de invierno con la diferencia que este año lo vería sola pues su madre ya no estaría más con ella. Hitori se ofreció a ver los partidos con ella lo bueno fue que entendió a tiempo que de toda la gente de ese planeta a quien menos quería a su lado era a ella. Emitió un quejidito por la fuerza del suspiro, quizá era momento para cambiar la rutina de invierno y este año mejor no ver o asistir a los partidos. Al final no era lo mismo estar sola, ni se gozaban igual las cosas sin quién compartirlas.

- Ten un hermano

- Belinda para eso necesitaría que – hizo una mueca de horro – de pensarlo… Acompáñame

- Pero no me gusta el Jockey, claro y no lo entiendo

- ¡Te lo explico y te compro muchos hot dog y cosas así!

- De verdad no, te acompaño a uno… quizá dos pero ¡Toda la temporada ni loca! Consíguete alguien para eso… Alguien debe haber

- ¡Claro que habría muchas personas! Pero ella quería ir con alguien especial… alguien como Belinda o como… Frunció la nariz temía terminar yendo con Hitori y su ánimo encendido que la enloquecía… Nada loable quedó del partido de béisbol al que la acompañó.

- Debo irme – sonrió Belinda con ternura – Te quiero Haruka pero de verdad me pides demasiado… Tres y ya no más

- No te apures no es tan importante como parece

Se sentó en la banca para pensar, alguien debía haber en ese mundo raro que fuera especial y que quisiera ir con ella. De nuevo la respuesta la llevaba al tema definir especial porque sobraban personas que morirían por ir con ella hasta el infierno mismo.

- Hola musculitos

- ¡Cómo me llamaste!

- Quedamos – sonrió Jessica con picardía – que tú usabas los músculos y yo el cerebro

- ¿Quedamos? – ahora sí la dejaría sin un par de dientes y con el ojo morado

- Hola – saludó Michiru y Haruka bajó el puño. De nueva cuenta esa mueca rara apareció en su rostro y Michiru la miró un poco extrañada – Vamos ir a… Ah ya lo olvidé – volteó a ver a su amiguita

- A una práctica del equipo de jockey juvenil… ¿Quieres venir musculitos? De allí nos iremos a clases de Karate – y con ánimo le golpeó en el brazo de forma juguetona

- ¡No me llames musculitos! – rechinaba los dientes conteniendo toda la ira que quería escapar de su pequeño cuerpo

No podía creer que su hermano fuera un jugador del equipo juvenil. Jessica tenía mucha experiencia en el jockey, quizá más técnico que práctico pero en sus ojos verdes leía la misma chispa y amor que ella misma sentía por los deportes. Sus ojitos se iluminaron de felicidad repentinamente causando terror en la pobre Jessica. Acaba de encontrar a quién sería la afortunada que le acompañaría a todos los juegos de la temporada de Jockey. La miró con agrado y hasta simpatía que nunca pudo demostrar

- Juro no te vuelvo a poner apodos – retrocedía Jessica segura que ahora sí tendría un ojo morado

- Tengo una gran idea

- ¡Suplicaré como el perro que soy! – y se hincó en medio de las gradas

- ¡Levántate solamente quiero hablar contigo cerebrito!

- Por favor no me pegues ya no te diré nada y hasta prometo dejarte ganar en ajedrez y hacer tu tarea y…

- ¡Qué te calles no me dejas pensar!

- ¿Piensas? – levantó la mirada de vedad asombrada

Haruka ya no se contuvo más y le soltó un fuerte coscorrón. La niña emitió un gran chillido que hizo a Michiru por primera vez percatarse de la situación. La niña estaba tan entretenida observando cómo se hacían los algodones de azúcar que el mundo dejó de tener importancia

- Lo siento pero te lo ganaste

- Me duele – gritaba la chiquilla

- Ahora – sonreía de nueva cuenta y Jessica volvió a suplicar por su vida

- Ya Haruka, no te volverá a molestar – se interpuso Michiru, también a ella le extrañaba ese brillo entre encanto y paraíso de sus ojos azules

- Lo único que quería decirle es que si quiere ir conmigo a ver los juegos de jockey. Toda la temporada

- ¿Yo? – se puso en pie la niña realmente preocupada – ¿Te has golpeado últimamente la cabeza? – interrogaron Michiru y Jessica al unísono

- ¡No! Y dime si sí o no

- Pues sí… Claro que sí, a mi me encanta el jockey y pensaba ir a todos los juegos… Pero igual debemos soportar a mis hermanos algunas veces… Otras no…Y – y ya estaba diciendo muchas tonterías

- Y yo voy también – se apuntó Michiru

- ¿Por qué? – la miraban asombradas las chiquillas

- Me encantaría amar el jockey

Pero lo que Michiru quería era estar allí cuando Haruka se decidiera masacrar a Jessica por ser tan bocona. Aparte de disfrutar viendo tal matanza se ocuparía en salvarla, de verdad Jessica no entendía que retar a Haruka o si quiera provocarla un poco era tentar a su suerte misma.

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El primer juego fue es viernes. Haurka no encontró exactamente una persona que cubriera su rara definición de especial pero Jessica tenían un no se qué que a aparte de desquiciarla le gustaba, había mágica y hechizo de ensueño en sus ojos verdes… Lo más cercano a la definición popular de especial. Por ser el primer juego de la temporada las acompañaron sus hermanos. Ella estaba un poco impaciente observando cómo unos se golpeaban con los otros. Jessica de verdad era muy torpe, lo único que había hecho durante cinco minutos era protegerse de los golpes que su hermano mayor repartía. Tampoco la otra niña flaca era muy lista pero ella tenía seis años así que podía atribuírselo a la edad. Hasta el más pequeño imponía más respeto que Jessica. Sonrió pensando que a pesar del medio donde uno crecía la sangre llamaba… y hasta el insitito

- Deja de pegarle a tu hermana – le gritó el hombre

- No le pegué. A ver Jessica ¿Te pegué?

- No – gimoteaba la niña

- ¿Ves? – reía y de repente la chiquilla más grande le golpeó con su gran mano de espuma

- Mírala

- ¡Ya o nos devolvemos! – estaba harto de aquellas necedades – Muy bien alguien puede recordarme qué estamos esperando

- A la amiguita de Jessi – contestó la chiquilla – Ah mira allá viene… Parece que después de aquel tremendo empujón decidió ser tu amiga – reía – Antes que la dejaras sin cabellos o dientes

- ¡Le pegaste! – gritó el hombre al punto de la histeria

- No – esquivó su mirada con cierto temor

- Señor Wiechers… Cómo ha estado, mi nombre es Eloísa Kaioh, soy la madre de Michiru, no sabía mi hija fuera amiguita íntima de la suya… – ¿Intima? se preguntaba todos los chiquillos – Ah pero que linda niña tiene, es tan hermosa y carismática, se parece a su madre y mire esos ojos, son igualitos a los suyos…

- Señora Kaioh ¿Dijo Kaioh?

- Sí – sonreía con esa dulzura rara en las mujeres de alta sociedad

- Pues ni yo sabía fueran íntimas. Mi hija mayor me estaba comentando que al parece le pegó a su hijita

- Oh no se apure asuntos de críos – bueno todo dependiera cómo se viera porque un ojo morado para el padre de Haruka no sería asuntos de críos

- Mil disculpas, Jessica suele ser un poco obstinada y algo impulsiva…

- No me pegó – intervino Michiru

- Pues entremos al juego… ¿Se quedará Señora mayor?

- Es Kaioh y no puedo, debo dirigir un evento de caridad

- ¿Caridad? A mi esposa le encantan esas monerías ridículas – rió animadamente – Yo le llevo a la niña a casa. Si desea

¿Era su impresión o el padre de múltiples niños problemáticos estaba coqueteando con la madre de Michiru? Él se acercó para susurrarle algo y ella rió sonrojada, después rozó con su mano el brazo de la dama y después Jessica le golpeó en la espinilla

- Ve a lo que me refiero – se sobaba la espinilla

- Niños – sonreía como boba

- Jessica ¿Por qué me pegaste?

- ¿Te digo o lo dejamos por la paz? – su mirada denotaba severidad

- Por la paz… Hasta luego My lady – besó su mano con ese toque principesco que Haruka creía solamente se daba en telenovelas.

Observó irse a la señora Kaioh. Era una dama muy fina y reservada, había algo aterrante y quizá era la perfección en que se movía, era como ver una muñequita de aparador, ni siquiera parecía la madre de Michiru por lo joven que era. En sus ojos había un toque siniestro que la espantaba y la volvían torpe… Algo que nunca pudo definir. Si Michiru era tan perfecta y especial ahora sabía cómo lo logró, no podía ser de otra forma con una mujer así como madre. Pero ya no pudo seguir pensando, el hombre la arrastraba al asiento alegando que ya se le habían escapado dos de sus hijos…

- Y si alguien se pierde pues intente encontrarse – reía el hermano mayor

- Si alguien se pierde nos vemos en el auto – explicó el padre – Y ahora piérdanse

La desbandada siguió a la orden. A la pasada el chico volvió a golpear a Jessica en la cabeza no sin llevarse un grito de su padre, pero qué importaba cuando ya lo había hecho y lo seguiría haciendo. Gritó, ya cuando estaba lejos, que era divertido, una droga que no se puede dejar.

CONTINUARÁ…

NOTAS:

Nuestra Haruka aprendio por fin que hay cosas que puede hacer y con las cuales puede vencer... OK no quedo del todo bien librada pero por lo menos ya consiguio "tomar venganza" y Michiru definitivamente necesita cambiar su dieta, acaba de convertirse en una glucosaadicta (Adicta a la glucosa... Todo lo que lleva dulce) y para que vean existe gente asi de maniaca les cuento: Una amiga me dijo una vez que yo era parte de ese club porque me fascina ciertos dulces llamados brinkitos y soy capaz de comerme una bolsa (Como 100 sobres) con todo y el tremendo dolor de estomago que eso genera.Gracias a Miriam por la invencion de tal palabra y agregarme a su club de maniacos de los dulces