Esta historia pertenece a Linda Howard, al terminar dire su nombre real. Los nombres y descripciones de algunos personajes perteneces a Stephenie Meyer.
El libro contiene desde los primeros caps un alto contenido sexual y de violencia, por lo que si lo leen, ES BAJO SU PROPIO RIESGO :)
Gracias a Angie Masen por sus correcciones y a las chicas que han leido y dejado RR por esta y la otra de las historias y agregarla como favorita y/o alerta
Disculpen la demora pero se me perdio el pendrive donde tenia la historia y me demore en encontrarlo
XOXO
Dhampi
Conversaciones
No había nada fuera de lo normal en la mujer que se bajó del autobús en Chicago. Nadie le había prestado la menor atención, ni el representante que le había vendido el billete, ni el conductor, ni los otros pasajeros que estaban sentados absortos en sus propias vidas, sus propios problemas, sus propios motivos para estar en el autobús.
Su pelo era rubio y rizado, uno de esos rizados que no le quedaba bien a casi nadie pero que no requería ningún cuidado a parte de lavarse. Su ropa estaba limpia pero era difícil de describir, de la clase que se compraba en cualquier almacén de rebajas: pantalón vaquero holgado, deportivas baratas, y sudadera azul marino. Nada en su equipaje llamaba la atención. Era un modelo barato de nailon, en un matiz particularmente poco atractivo de marrón que el diseñador había tratado de iluminar añadiendo una franja roja abajo en un lado. No había surtido efecto.
Tal vez era un poco raro que hubiera llevado puestas las gafas de sol el viaje entero, porque, después de todo, las ventanas del autobús estaban tintadas, pero había otra pasajera que también llevaba puestas gafas de sol, así es que en conjunto no había nada en ella que hiciera que alguien la mirase dos veces.
Cuándo el autobús paró en la estación de Chicago, silenciosamente Bella sacó el recibo del equipaje y cogió el feo bolso marrón. Habría preferido conservar el portátil junto a ella, pero las personas tendían a fijarse si alguien llevaba un ordenador a todas partes. Con eso en mente, había embalado el ordenador en su estuche protector, y además lo había metido en el bolso protegido por su exiguo suministro de ropa. Había pasado una semana desde que su mundo se había hecho pedazos, una semana exactamente.
Entonces su antigua vida había acabado, y otra había comenzado. No se sentía la misma, no parecía la misma, no pensaba de la misma manera que tuviese antes de perderlo todo y haber sido arrojada a una vida en las calles y en carreras.
El afilado cuchillo para pelar iba en una funda en su cinturón, y estaba tapado por la sudadera. El destornillador que se había llevado del almacén aquel horrible primer día estaba remetido en su calcetín derecho; No era tan buen arma como el cuchillo, pero lo había afilado contra una piedra hasta que estuvo satisfecha con el filo.
Había agotado los recursos de la biblioteca de Eau Claire acerca de los templarios. Había aprendido bastante, incluyendo el significado de la fecha en la cual la Orden había sido destruida: viernes trece, dando origen a la superstición y acerca de la combinación de día y fecha. Interesante, pero no lo que quería. Había buscado en vano cualquier referencia a Edward de Escocia, tanto en los registros históricos de los templarios como en la historia de Escocia.
Tenía que cavar más profundo, y Chicago, con su enorme biblioteca sobre temas gaélicos, era un buen lugar para arrancar. De todos modos, quedarse otro día en Eau Claire habría sido peligroso.
Los hombres de James habrían tratado de seguir su pista fuera de Eau Claire, pero cuando no encontraran nada regresarían al pueblo. Cualquier pistolero a sueldo medio competente empezaría a comprobar los hoteles, y aunque había tenido la precaución de modificar su apariencia por ahí llevando puesta la peluca rubia o metiendo su pelo bajo la gorra de béisbol, con el tiempo la encontrarían.
Se sentía más fuerte ahora, ya no trabajaba con un pánico apenas controlado, sino que al mismo tiempo estaba en guardia Había dormido, y se había forzado a comer un sándwich de mantequilla de cacahuete al menos una vez al día. Comer era todavía difícil, y sus pantalones vaqueros estaban incluso más sueltos ahora de lo que lo habían estado antes. El cinturón que llevaba puesto, comprado en otro Kmart, era una necesidad. Hasta había lavado los pantalones vaqueros en agua caliente en un esfuerzo por encogerlos, pero cualquier encogimiento había sido de largo en lugar del ancho, porque todavía le quedaban enormes. Si perdía mucho más peso, ni siquiera el cinturón la ayudaría. No tenía intención de gastar más de su preciosa provisión de dinero en ropa nueva, más de lo que ya lo había tenido que hacer.
Tenía un plan. En vez de subsistir a base del dinero en efectivo que tenía hasta que todo hubiese pasado, tenía que encontrar un trabajo.
Había trabajos clandestinos en Chicago, friega platos o de empleadas de hogar, y eso le venía como anillo al dedo. Nadie se preocuparía si un día no se presentaba.
Por otra parte, ese tipo de trabajo estaría mal pagado, y aunque la sacasen del apuro por ahora, pronto necesitaría algo mejor. Para eso, necesitaría adquirir otra identidad, y respaldarla con documentación.
Siendo lo que era, una investigadora, ese era el método que había usado para averiguar cómo establecer una identidad nueva. En este caso, la biblioteca de Eau Claire le había brindado la información que necesitaba.
Parecía relativamente sencillo, aunque llevaría su tiempo. Primero necesitaría a una difunta, alguien que hubiera nacido más o menos al mismo tiempo que ella, pero que hubiera muerto lo suficientemente joven que no tuviera historial de trabajo, expedientes escolares o multas de tráfico que siguiesen a Bella por todas partes después de que asumiese la identidad de la chica. Una vez que tuviera un nombre, podría escribir al departamento adecuado en el capital del Estado y obtener una copia del certificado de nacimiento.
Con la partida de nacimiento, podría obtener un número de seguridad social; con él podría obtener un carnet de conducir, establecer un crédito, transformándose en una persona nueva.
Puso el bolso en un cajón cerrado con llave y cuidadosamente metió la llave en el bolsillo delantero de pantalones.
Luego localizó una guía telefónica y la hojeó hasta que encontró la lista de cementerios. Después de apuntar los nombres, detuvo a un trabajador de mantenimiento y le preguntó cuál era el cementerio más cercano, luego se dirigió a otra persona, un vendedor de billetes, y le preguntó por la dirección.
Dos horas más tarde, después de haber montado en cinco autobuses diferentes, volvió a la estación de autobuses.
Compró un periódico, encontró un asiento, se puso las gafas, y empezó a buscar un lugar para quedarse en los anuncios clasificados pequeños e impresos de forma compacta. No quería un sitio de mala muerte y no podría permitirse algo confortable, así que algo a mitad de camino entre ambos era la mejor alternativa.
Comparando precios, eliminó los anuncios que estaban en los extremos de la escala, y eso dejaba varios lugares que se caían en el punto medio. Dos eran pensiones, y puso esos en la parte superior de su lista. Dos llamadas de teléfono más tarde, tenía un sitio donde quedarse y las instrucciones de cómo llegar hasta allí, incluyendo qué tren y autobuses tenía que coger.
Lo mejor de una gran ciudad, pensó mientras caminaba hacia la estación, eran los transportes urbanos. Los autobuses le habían permitido llegar al cementerio con bastante facilidad.
Podía haber caminado hasta la pensión; una semana atrás la distancia la habría desalentado, pero ahora ocho kilómetros no parecían nada. Fácilmente podría hacer los ocho kilómetros en una hora y media. Pero los trenes y los autobuses eran baratos y rápidos, ¿por qué debería andar? Media hora más tarde se bajó del tren, caminó por una manzana justo a tiempo de subirse al autobús que necesitaba, y cinco minutos después de eso estaba caminando calle abajo mirando los números de las casas.
La pensión era un edificio cuadrado, de tres pisos que no había visto una nueva capa de pintura en varios años. Una valla de estacas puntiagudas de un metro de alto, que se combaba en algunos lugares, separaba la abandonada y minúscula parcela de césped de la acera agrietada. No había portero automático en la entrada. Bella se acercó a la puerta y tocó el timbre.
—Sí —era la misma voz que había contestado al teléfono: grave y ronca, pero de alguna manera femenina.
—¿Llamé acerca de la habitación de alquiler?
—Sí, de acuerdo —la voz se interrumpió bruscamente. Bella esperó, y oyó el ruido de pasos pesados acercándose a la puerta.
Bella se había puesto sus gafas de sol otra vez tan pronto como terminó de leer los clasificados, y estaba profundamente agradecida por esa protección cuando se descorrió el cerrojo de la puerta y se abrió para revelar a una de las criaturas más asombrosas que nunca había visto. Al menos la mujer no la podía ver mirándola estúpidamente.
— Bien, no te quedes ahí de pie —dijo la propietaria impaciente, y en silencio Bella entró en la casa. Sin otra palabra la mujer —y ahora Bella no estaba tan segura del sexo— cerró y echó el cerrojo a la puerta, luego volvió atrás con paso pesado por la dirección que había venido. Bella la siguió, bolso en mano.
La mujer medía fácilmente metro ochenta y cinco, y era de miembros delgados y desgarbados. Su pelo era blanco oxigenado, lo llevaba muy corto y de punta. Su piel lisa, de tono café muy claro, sugería alguna ascendencia exótica. Un enorme pendiente con forma de girasol colgaba de una oreja, mientras una hilera de aros subía por el borde exterior de la otra. Sus hombros eran anchos y huesudos, sus pies y sus manos grandes. Probablemente sus pies parecían más grandes de lo que eran porque llevaba puestas botas de montaña y calcetines gruesos. Su conjunto lo completaba una holgada camiseta negra con la parte superior amarilla, y unas ajustadas mallas cortas de ciclista negras con estrechas rayas verdes limón en los lados. Conseguía verse inquietante y festiva.
—¿Eres una chica trabajadora?—le preguntó la propietaria mientras la conducía a una oficina tan pequeña que tenía que ser un armario transformado.
Había un escritorio de madera pequeño lleno de marcas, detrás de él una antigua silla de oficina, un archivador de dos cajones, y lo que parecía una silla de cocina.
Estaba escrupulosamente ordenada, dos plumas, grapadora, libro de recibos, y teléfono puestos en línea como soldados para la inspección. La mujer tomó asiento detrás del escritorio.
—Todavía no —contestó Bella, quitándose las gafas de sol ahora que tenía su semblante bajo control. Habría preferido dejárselas puestas, pero eso parecería sospechoso. Se sentó en la otra silla, y colocó el bolso a su lado—. Acabo de llegar a la ciudad, pero tengo intención de buscar trabajo mañana. —La propietaria encendió un cigarrillo largo, delgado y miró a Bella a través del humo azul.
Cada dedo estaba decorado con un anillo adornado meticulosamente, y Bella se encontró mirando los movimientos de esas manos grandes, extrañamente graciosas.
Repentinamente la mujer dijo con un bufido.
—No he acertado— dijo astutamente—. Querida, una chica trabajadora es una prostituta. No pensé que tú dieses el tipo, a pesar de la peluca barata. Sin maquillaje, y con un anillo de boda. ¿Estás huyendo de tu marido? —Bella bajó la vista hacia sus manos, y delicadamente giró la simple banda de oro que Mike le había regalado cuando se casaron.
—No—murmuró.
—¿Está muerto, hum?—Bella asombrada, alzó la vista—. No te divorciaste, o no llevarías puesto el anillo. Lo primero que haces al separarte de un gilipollas es desprenderte del anillo.
Los agudos ojos verdes pasaron por las ropas de Bella.
—Además, tus ropas son demasiadas grandes. Parece como si hubieras perdido algo de peso. ¿El sufrimiento quita el apetito, verdad? —Bella se dio cuenta asustada y reconfortada de que aquella mujer comprendía. En menos de dos minutos esta extraña, tosca y perturbadoramente astuta mujer la había evaluado y había leído con precisión detalles en los que nadie más se había fijado.
—Sí—dijo, porque le pareció indicado responder algo.
Viese lo que viese en la cara de Bella, sacase las conclusiones que sacase, abruptamente a mujer pareció tomar una decisión.
—Me llamo Harmony—dijo, inclinándose sobre el escritorio y tendiéndole la mano—. Harmony Johnson. Hay más gente llamada Johnson que Smith o Brown o Jones, ¿sabes?
Bella le estrechó la mano; era como estrechar la mano más grande y áspera de un hombre.
—Julia Wynne—dijo, usando el nombre que había tomado de una pequeña lápida en una tumba descuidada. La chica, nacida cinco años antes que Bella, había muerto poco después de su decimoprimer cumpleaños. En la lápida se leía:
"Nuestro ángel".
—Los cuartos son setenta una semana—dijo Harmony Johnson—. Están malditamente limpios. No tolero drogas, ni fiestas, ni putas. Ya tuve de eso, y no lo quiero en mi casa. Hay que limpiar después de usar el cuarto de baño. Limpiaré tu cuarto si quieres, pero eso son otros diez dólares a la semana. La mayoría lo hacen ellos mismos.
—Limpiaré yo misma —dijo Bella.
—Eso imaginé. Puedes tener un hornillo, o una cafetera en tu cuarto, pero nada mayor para cocinar Me gusta cocinar grandes desayunos. La mayor parte de mi gente desayuna conmigo. Cómo te alimentes tú el resto de tiempo es problema tuyo. —le dio a Bella otra mirada por encima—. Supongo que no estás demasiado preocupada por la comida ahora mismo, pero el tiempo se encargará de eso.
—¿Hay teléfono en las habitaciones?
—¡Cálmate! ¿Te parezco tonta acaso?
—No —dijo Bella, y tuvo que ahogar un deseo repentino de reírse. Harmony Johnson parecía un montón de cosas, pero tonta no estaba en la lista.
—¿Te importa si instalo mi propia línea? Hago algunos trabajos con el ordenador, y uso módem a veces.
Harmony se encogió de hombros.
—Es tu dinero.
—¿Cuándo puedo mudarme?
—Tan pronto como me pagues un depósito y lleves tu bolso arriba.
—Dime Laurent—dijo James perezosamente, inclinando la silla hacia atrás—. ¿Cómo es posible que de todas las personas de este mundo, haya sido Isabella Swan la única capaz de eludirte durante una semana? —No estaba satisfecho en absoluto. Laurent nunca le había fallado antes, y aunque la policía de Minneapolis había creído en el montaje con una gratificante facilidad y expedido mandatos judiciales para arrestarla, nadie había logrado encontrarla. De todas las personas una empollona, una especialista en lenguas antiguas, de algún modo había logrado ser más lista que todos ellos—. Presta atención, me importa una mierda Isabella, pero tiene los papeles y los quiero de veras, Laurent.
—Hago lo que puedo —la cara de Laurent era impasible—. Logró vaciar su cuenta corriente, así que dispone de dinero en efectivo. El policía cree que se saltó el sistema del ordenador del banco, pero el analista de sistemas del banco no ha determinado cómo. —James rechazó eso con un gesto lánguido de la mano.
—El cómo no tiene importancia. Todo lo que importa es encontrarla, y tú no lo has logrado.
Tonto, pensó Laurent desapasionadamente. El cómo siempre importaba, porque cuando algo funcionaba una vez, las personas invariablemente lo repetían.
Así era cómo se establecían patrones, y los patrones eran detectables.
—Ella ha estado viajando de noche, pero creo que eso ha cambiado. Tenía un bolso cuando Riley la vio en Eau Claire, así que se deduce que tiene más ropa y ahora no tenemos ni idea lo que lleva puesto —había notas en su mano gruesa, brutal, pero no necesitaba consultarlas—. Una mujer que más o menos cuadraba con su descripción compró una peluca roja en Eau Claire.
—Una pelirroja debería ser fácil de encontrar.
—A menos que fuese un señuelo —Laurent era de la opinión que la peluca roja era exactamente eso, y su admiración por la señora Swan había aumentado considerablemente.
Ella estaba demostrando ser una presa muy interesante.
—No ha habido más pistas sobre una pelirroja. Pudo haber robado otra peluca, una de la que el propietario no supiese nada. También puede haberse cortado el pelo, habérselo teñido, puede haber hecho muchas cosas para cambiar su aspecto.
—¿Entonces, maldita sea, cómo pretendes encontrarla? —preguntó James bruscamente, al acabársele la paciencia.
—Su destino más probable, después de Eau Claire, sería Chicago. Una gran ciudad le dará una sensación de seguridad. Aunque tiene dinero, es cautelosa; tratará de ahorrar ese dinero por si tiene que huir otra vez. Buscará un trabajo, pero tendrá que ser lejos de los libros, porque no puede usar su número de seguridad social. El tipo de trabajo que podrá conseguir será poco cualificado, de sueldo bajo. Pondré a hombres en las calles avisando que hay una recompensa al contado por cualquier información sobre ella. La encontraré.
—Veremos— James se levantó y caminó hasta la ventana, indicando que la entrevista había terminado. Laurent salió, con movimientos tan silenciosos como siempre.
El jardín se veía bien, pensó James, mirando las rosas premiadas bajo la ventana. La ola de frío no había sido intensa; la temperatura se había mantenido por encima de la congelación. Los días se volvían más cálidos a medida que la primavera se imponía otra vez, quizá definitivamente esta vez. El frío tenía que haber sido una prueba para la pequeña Isabella, aunque tenía un poco de relleno de más en torno a sus huesos para darle calor. ¡Qué suave había parecido! Un hombre sobre ella, no se sentiría como si estuviera tumbado sobre un esqueleto.
Qué atracción tan extraña, meditó, apoyando las puntas de los dedos contra el frío cristal. Siempre había preferido a las mujeres delgadas, pero la pequeña Isabella era tan inconsciente, inexplicablemente sensual, a pesar de su peso. No era demasiado gorda, justo lo suficiente como para verse redondeada.
Quizá debería dar instrucciones a Laurent para mantenerla viva, solamente durante un tiempo. Un día, tal vez, lo bastante para satisfacer una particular fantasía.
Sonrió, pensando en eso.
