Disclaimer: Los personajes de Kung Fu Panda no me pertenecen.
Capítulo 10: Noche de fuego y tormenta.
El maestro Shifu miró el lugar donde hasta hacía poco tiempo había estado atracado el pequeño barco que sus alumnos y él solían usar para los viajes en los que tenían que atravesar el océano. Oteó el horizonte, pero no vio más que mar por todas partes.
Grulla bajó de las alturas con un vuelo lento y melancólico. Una vez que hubo tomado tierra, colocó bien sus alas y habló:
—No se ven en la lejanía. Deben haber partido hace bastante.
No era nada que Shifu no supiera ya. Mínimo, llevaban dos días de viaje y de ventaja. Era imposible alcanzarlos.
Después de haber registrado a fondo el Valle de la Paz, los cuatro Furiosos y su maestro habían decidido ir más allá y buscar por las afueras, con la suerte de que habían dado con una serie de huellas de felino y otras de oso. El casi difuminado rastro les había conducido directamente al muelle donde se encontraban los barcos, y en el cual faltaba el del maestro Shifu.
—¿Qué hacemos, maestro? —preguntó Mono —. ¿Pedimos prestado algún otro barco?
Shifu negó con la cabeza. No podían aventurarse sin conocer la dirección en la que habían ido. El mar era inmenso y había miles de rutas posibles. Podían llevarse demasiado tiempo buscando, o, aún peor, perderles la pista. Sería una insensatez. Antes, tenía que saber un poco más; intuir a dónde habían podido ir su hija adoptiva y el Guerrero del Dragón.
—No, no podemos ir detrás de una pista que no tenemos. Necesitamos saber más. ¿Estáis seguros de que ninguno de los dos os dijo nada? Cualquier cosa, por pequeña que sea...
Los cuatro negaron con tristeza.
—Los dos estaban muy callados después de la pelea con los bandidos —dijo Mantis.
—¿Ellos también acudieron?
—Sí, por supuesto —contestó Grulla —. Aunque no dio tiempo de mucho. En cuanto vieron a Tigresa, esos jabalíes salieron despavoridos.
—Sí, gritaban algo como "¡Es una de ellos!" o algo así —comentó Víbora.
El maestro Shifu pareció interesarse repentinamente en la conversación. Creía haber encontrado la pista que buscaba.
—¿Hacia dónde fueron esos bandidos?
Tigresa y Po desembarcaron al caer la tarde. ¡Por fin habían llegado a tierra firme! Amarraron el barco y sacaron sus pertenencias. Tigresa apenas llevaba una bolsa de tela con algo de ropa, pero Po iba equipado con una mochila enorme llena de comida y, seguramente, de cosas inservibles.
El tiempo parecía estable. No había nubes en el cielo que se hallaba encima de ellos; sin embargo, sí las había en la lejanía, justo donde se encontraban las montañas nevadas que tenían que pasar para llegar a su destino. Estaban bastante alejadas. Tigresa calculó que llegarían a ellas llegada la noche. Aún les quedaba un buen tramo por andar.
—Vamos, contra antes nos pongamos en marcha, mejor —dijo la felina.
Po intentó seguirle el ritmo, y lo consiguió...los primeros veinte minutos. Tigresa andaba a gran velocidad, como si estuviera deseosa por llegar, a pesar de que ambos sabían que hasta el día siguiente no llegarían a la aldea de los tigres.
—Tigresa —dijo con algo de dificultad —, como ya te dije, no me gustaría ser un estorbo, pero...¿no podríamos ir un poco más despacio? Estoy asfixiado.
Tigresa ralentizó el paso. No se había dado cuenta de que por cada paso que daba, Po daba el doble. Estaba demasiado ansiosa por terminar ese largo viaje y ver qué era lo que la aguardaba.
—Perdona.
Po la alcanzó de inmediato y continuó caminando a su lado, aún algo encorvado y falto de aire por el cansancio. La maestra suspiró. Debía ser paciente. Al día siguiente a esa hora ya estaría en su nuevo hogar. No tenía que tener prisa, sobretodo si iba con el panda siguiéndole los pasos. Po había sido un buen compañero de viaje. Si hubiera ido sola se hubiera sentido mucho más triste de lo que estaba.
Miró a su amigo, que ya estaba prácticamente recuperado, y una duda surgió en su cabeza. Iban a un lugar donde supuestamente solo había tigres. ¿Qué haría Po entonces? ¿Se quedaría o se iría? Y si decidía quedarse, ¿lo aceptarían los demás felinos o lo rechazarían por ser de otra especie?
—Po, ¿qué tienes pensado hacer cuando lleguemos? —Su voz se notaba algo preocupada, pero el oso no pareció darle mayor importancia al asunto.
—Esperar. —Tigresa dejó que continuara —. Esperaré a ver si te sientes a gusto allí y si de verdad quieres quedarte. Si es así, volveré al Palacio de Jade e informaré a Shifu de tu decisión; en el caso contrario, regresaremos juntos.
Tigresa frunció el ceño. A veces le daba la impresión de que el panda no la escuchaba, o no quería escucharla. No sabía qué era peor.
—Ya te dije que volver no es una opción, Po.
—Sí que lo es —la contradijo —. Otra cosa es que tú no quieras verlo así. Estoy seguro de que Shifu te recibiría con los brazos abiertos.
—No dudo que lo haría, pero...No, no. No puedo volver. Sería una vergüenza.
—No seas testaruda. ¿Te has parado a pensar qué pasaría si cuando crucemos esas montañas no hay nada ni nadie? ¿Qué harás entonces, te quedarás sola?
Tigresa apretó los puños y la mandíbula, pero odiaba hablar de ese tema. Hasta pensar en ello la ponía malhumorada y deprimida. La presión que sentía fue demasiado para ella, y no pudo hacer otra cosa que volverse hacia Po y gritarle para desahogarse.
—¡Pues me quedaré sola!
Después de esto, sintió vergüenza de sí misma y siguió caminando para no tener que mirar al panda a los ojos. Él era el único capaz de sacarla de quicio de esa manera, pero también el único que podía hacerla sonreír en los peores momentos. Tal vez fuera porque nadie más le hablaba con la verdad por delante sin reprimirse a causa de miedo o respeto hacia ella. Nadie solía decirle lo que pensaba realmente para evitar su furia, pero Po no era así. Prefería ser sincero. Tigresa sabía que eso era una virtud, pero estaba tan desacostumbrada a ella que a veces no podía evitar ser desagradable con el panda.
Una mano la agarró del brazo. Po tiró de ella para que no siguiera andando, y se puso delante. Tenía el ceño fruncido y estaba más serio que nunca. Parecía enfadado.
—El orgullo o el miedo a ser rechazada no te llevará a nada, Tigresa.
—No es orgullo ni miedo, Po. Tú no puedes entenderlo.
—Siempre que intentas escabullirte dices que no lo entiendo. Sí que lo entiendo. Entiendo que estás dolida porque Shifu no te ha dado cariño en toda tu vida, pero también entiendo que el maestro cometió un error. Él también se sentía herido y se equivocó, ¿vale? Y no estoy diciendo que no debas ir a ese sitio al que vamos, si eso es lo que realmente quieres, pero a medida que pasan los días lo único que veo es que estás deseando volver al Palacio y no te atreves. —La maestra permaneció callada. Cada verdad que decía Po era como un puñal que se clavaba dentro de ella—. Tal vez el maestro Shifu no se comportó como un buen padre, pero como tú misma has dicho muchas veces, te dio más de lo que podías pedir. Shifu no es malo. Él jamás te daría la espalda.
La felina se soltó de un tirón de la mano de Po y retrocedió un paso para poder mirarle a la cara mientras le decía sus últimas palabras. Su voz sonó rota, pero sus ojos estaban secos.
—No podría aguantar una mirada de decepción cada día por parte del maestro. ¡Y eso es lo que voy a tener si vuelvo, porque ahora sí que le habré decepcionado!
Po observó con pena cómo su amiga reemprendía el paso, una vez más, demasiado rápido para él. Estaba alterada y se notaba en sus movimientos, pero por fin Po lo había comprendido. Tigresa no echaba la culpa a Shifu de toda esa situación, sino a ella misma. Siempre había sido así. De pequeña, se decía a sí misma que si Shifu no estaba orgulloso de ella era porque le faltaba mucho entrenamiento, y ahora que era toda una maestra del Kung Fu, excusaba a su padre adoptivo pensando que si se había ido, si había dejado todo atrás, era única- y exclusivamente culpa suya.
La noche llegó antes de lo que esperaban, y con ella, el mal tiempo. Una horrible tormenta de nieve les sorprendió cuando estaban cruzando el valle entre montañas. La nieve caía a montones y el viento helado los sacudía sin consideración. Sabiendo que seguir caminando con ese tiempo sería un suicidio, decidieron dejar lo poco que quedaba de camino para la mañana siguiente, cuando hubiera amainado la tormenta, y se refugiaron en una pequeña cueva que encontraron en una de las paredes montañosas.
Ninguno habló después de la discusión de hacía un rato. Encendieron un fuego con algo de leña que encontraron en la zona más profunda de la cueva y comieron en silencio , cada uno en una esquina de la cueva, sin mirarse demasiado. Ambos se sentían mal. Esos pocos días que habían estado de viaje habían servido para unirlos. En ese momento solo se tenían el uno al otro, y sin embargo, habían peleado.
Tigresa recordó al maestro Oogway. Le echaba de menos a él y a sus sabios consejos. Estaba tan confundida que en un momento como ese hubiera deseado que siguiera viviendo para guiarla. Era como si todo le estuviera saliendo mal, como si estuviera cometiendo un grave error.
Miró a Po y la imagen del señor Ping apareció en su cabeza. El panda había sido muy feliz toda su infancia junto a él. Aún recordaba lo que le había dicho Oogway el día que le había hablado sobre Po.
—¿Sabes, maestro Oogway? Hay un panda en el valle —le había dicho la pequeña Tigresa —. Se llama Po, y también es adoptado, como yo. Vive con un ganso muy simpático. —La pequeña puso una expresión extraña, como si estuviera contrariada —. Pero parece como si ese panda creyera que el ganso de verdad es su padre. Es raro.
Oogway había sonreído como siempre hacía, con esa sonrisa paciente y amable con la que explicaba cada cosa.
—Y lo es —dijo.
—¿Lo es? —preguntó, asombrada —. ¿Cómo puede ser su padre un ganso si él es un panda, maestro?
—Pequeña, el verdadero padre no es el que engendra, sino el que cría.
Aún recordaba esas palabras como si hubiera sido ayer. Eran reconfortantes en su momento, pero con el tiempo había dejado de verles el sentido.
Sin darse las buenas noches, se tumbaron cerca del fuego, intentando que les diera todo el calor posible. Por la entrada de la cueva entraba un viento gélido que helaba los huesos. A Po no le importaba demasiado, pues su pelaje era grueso y un buen aislante del frío, pero Tigresa tenía un pelo más fino que el del panda y por mucho que intentara reprimir las convulsiones, no podía dejar de temblar y Po lo notó enseguida. Tigresa, al sentir la mirada del panda, se dio la vuelta, quedando de espaldas al fuego. El Guerrero del Dragón no esperó ni un minuto para levantarse e ir hacia ella. La maestra podía ser muy orgullosa, pero él no lo era.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó la sorprendida felina cuando notó que Po se acomodaba justo detrás de ella.
—Mi pelaje es más calentito que el tuyo. Puedo proporcionarte calor.
La maestra frunció el ceño.
—No te aproveches, panda —gruñó.
—Estás temblando. Morirás congelada si no me permites tumbarme a tu lado —habló él con tranquilidad.
Tigresa quería decir algo, ordenarle que se fuera, pero el instinto de supervivencia fue mayor en ese momento que su cabezonería. Po tenía razón. Él era lo más parecido a una manta que tenía.
—Está bien —gruñó.
—Será mejor que te pongas mirando para el fuego, así estarás calentita por ambos lados.
Tigresa obedeció sin protestar, y, una vez más, Po se colocó a su espalda. Para estar más cómodo y proporcionar a la felina mayor calidez, quiso pasar su brazo derecho por encima de ella, pero se lo pensó dos veces antes de hacerlo.
—Voy a pasar mi brazo por tu cintura, ¿de acuerdo?
Tigresa ni siquiera lo miró cuando respondió.
—De acuerdo.
La felina notó cómo Po colocaba con cuidado su enorme brazo algo por debajo del pecho y la acercaba más a él. Por primera vez, Tigresa sintió que la sangre subía a sus mejillas y el corazón empezaba a acelerarse. ¿Qué le estaba pasando? ¿Por qué se había puesto tan nerviosa de repente?
—Buenas noches —le oyó decir.
—Buenas noches.
A pesar de todo, el pelaje de Po era tan cálido y suave que no pasó mucho tiempo hasta que sintió que estaba a punto de quedarse profundamente dormida, y quiso aprovechar esa oportunidad para aliviar su conciencia.
—¿Po? —murmuró.
—¿Hum? —respondió él con un sonido de garganta. Estaba a punto de dormirse.
—Siento lo de antes.
—Yo también lo siento —respondió él después de unos segundos con voz cansada.
Dejó pasar unos instantes, pensando si debía decir algo más. Finalmente, se decidió:
—¿Po? —volvió a llamarle.
—¿Sí? —preguntó totalmente atontado.
—Ya no tengo frío...Gracias.
Po la apretó contra él un poco más, y Tigresa tuvo la certeza de que con ese gesto, Po no intentaba resguardarla del frío; la estaba abrazando.
Por alguna razón que desconocía, esa noche no tuvo pesadillas, no se despertó en mitad de la noche, y, a pesar de lo que suponía dormir en el suelo de una cueva, en medio de una tormenta, no fue consciente de donde estaba hasta que se despertó por la mañana.
Continuará...
¡I'm here again! Hola, ¿qué tal? ^^ Espero que todo bien.
Mmmm...no sabría decir cómo me quedó el capítulo. ¿Vosotros qué decís? xD Me gustó mucho escribirlo, pero no sé si debo estar orgullosa de él. . Aishh, es que soy tan exigente...
MASTER TIGRESS: ¡No! ¿Cómo me va a molestar que hagas publicidad de mi fic? xD jajaja Al contrario, me hace sentir alagada.
rolos21mf: Mmmm, a mí es que la pareja de Grulla y Víbora...No termino de verla. xD jaja No por nada, sino porque uno es un ave y la otra, un reptil. Tigresa y Po, al menos, son los dos mamíferos. jajaja
Acoatl: ¿Para qué nos vamos a engañar? La verdad es que me encantan las escenas románticas; sin embargo, las peleas me aburren mucho. Me gusta verlas en televisión, pero no me gusta narrarlas. xD También debo decir que por el momento no ha habido demasiadas peleas en el fic. Eso sí, cuando vaya llegado el final del fic sí que habrá acción (al menos, eso creo. jajaja). Haré lo posible por que esas escenas queden bien narradas. Gracias por leer el fic. :D
gaby2307: No me tienes harta ni mucho menos. Me alegro de que te guste la historia.
Bueno, chicos, tengo que largarme pitando, que, una vez más, tengo muchas cosas que hacer. Nos veremos en el próximo capítulo.
¡Hasta la próxima!
Petalo-VJ
