Notas: ¡Nueva actualización! Ya era hora jiji, en este cap tendremos de todo un poco, peleas, drama, comedia y nuestras mamis regañando a sus niñas *-* Sin más, ¡enjoy¡


Capítulo 10.

Reprimenda.

Caminaron en total silencio de regreso con destino al monte de las doce casas, dando la inusual sensación que Isabelle tuviera la boca cosida al no pronunciar ni una palabra. Siendo motivo suficiente para que Julieta rompiera ese atosigante silencio, que las había cubierto después de abandonar los campos de entrenamientos.

―Isabelle, ¿qué hora crees que sea?

―No lo sé, pero creo que más allá del medio día ―respondió francamente. El sol estaba en todo lo alto, con sus imponentes rayos bañando los terrenos, disminuyendo sus pasos por el inmenso calor que hacía―. Le dije al señor Dégel que regresaría a las diez, de seguro me espera un sermón cuando llegue. Lo cual no es tan malo después de todo, porque cuando se enoja hace frío, que bien necesito ahora.

Julieta esbozó una sonrisa, palmeándole la espalda.

―Yo le dije al señor Shion que regresaría a las once, al menos.

―Aquí verificamos quién es más calculadora que la otra ―admitió, pero su rostro seguía sin expresar sus típicas sonrisas.

Y eso era algo que torturaba a Julieta. Ella era feliz sí; Isabelle tenía dibujada su radiante sonrisa, pero ahora que estaba tan seria, ¿qué podía hacer para devolvérsela? Isabelle siempre había tenido esa habilidad de hacer lo que para muchos era un reto: Hacerla reír. Y ahora que ella debía hacer lo mismo, no sabía qué hacer. Soltó un suspiro, y eso hizo que su hermana le dedicara su atención.

—¿July? —Para cuando ésta abrió los ojos, su hermana estaba frente a ella, buscando abrazarla—. No te preocupes —le dijo en cuanto le rodeó el cuello con los brazos—. No dejaré que alguien vuelva a insultarte.

—Nos insultaron a las dos. —La abrazó también, hundiendo su cara en la clavícula de su hermana. Dioses, no importa cuanto tiempo pasara, nunca dejaría de ser agradable la calidez de su hermana.

—Sí, pero yo me descargué con el crío de Kakeru. —Finalmente se alejó y le sonrió—. Tú necesitas golpear a alguien o algo, para descargarte también.

—Yo tengo mejores métodos para descargarme, Issi —dijo, sonriendo con ella.

—¿Qué tal si te consigo tela para que la señora súper diseñadora de moda haga de las suyas? —Y ahí estaba, haciéndola sonreír cuando debía ser al revés—. Yo puedo ser tu modelo, pero por favor, cero pinchaduras.

—No te prometo nada. —La volvió a abrazar—. La señora súper modelo es muy inquieta.

Apresuraron sus pasos después de abrazarse, corriendo todo el trayecto de regreso al Santuario, y una vez que llegaron al monte de los templos ascendieron con quietud.

Sabían que el rango de oro era importante, más después de su experiencia en los campos de entrenamiento, pero nunca se imaginaron el porcentaje tan excesivamente alto que ocupaba tal posición.

Pisando el templo de Aries, Julieta llamó a su protector, pero tras varios llamados, sólo la afonía del silencio les dio la bienvenida.

―¿Crees que hayan salido? ―le preguntó a su hermana, quien sólo se encogió de hombros.

―Iré al templo del señor Dégel ―añadió―. ¿Vienes? ¿O te quedarás a esperar al señor Herrero?

―Me quedaré, y después de que llegue, iré a tratarte el cardenal que tienes en la mejilla ―dijo rozándole el hematoma que recién desplegaba sus pétalos―. ¿No te dije que no te metieras en problemas?

―Perdóneme, señora "estas perras muerden cuando se les desata el collar" ―se burló su hermana―. ¿Qué hubiese pasado si alguno de los reclutas hubiese intervenido? ―aventuró con arrogancia.

―Oh, sabes muy bien lo que hubiese pasado.

―Entonces no me juzgues por defender la única dignidad que nos queda. ―Alejó la mano que le acariciaba, y empezó a atravesar el templo―. Espero que sepas que esto es sólo el comienzo. ―No devolvió su vista a su hermana, pero concluyó antes de desaparecer por el umbral de la gran salida del templo de Aries―. Y si he de golpear a todos los reclutas, y terminar con todos los huesos rotos, lo haré sin duda, espero que lo sepas. —Respiró hondo y, con ello finalizó—: Un hueso se recupera, un orgullo no.

―Lo sé, hermana, lo sé. ―Julieta perdió su sonrisa, y cuando Isabelle desapareció tras el umbral agregó―: Es por eso que me preocupas y, porque yo también... estoy dispuesta a protegerte aún a costa de mis huesos.

Así, en el silencio, Isabelle desapareció del templo de Aries, ascendiendo los templos cuesta arriba.

El protector de Géminis estaba en la entrada, pero la ignoró con petulancia, cosa que la chica agradeció. Inclinó su cabeza, y le pasó por un lado. Le pareció escuchar un gruñido como "vaya que ya tienes confianza", pero sólo se dignó a ignorarlo. Una cosa era ser impulsiva, otra, más allá…, era ser tan inconsciente como para provocar a un santo con ese rango escudándole. Chaqueó la lengua y prosiguió sus pasos. Qué insignificante se sentía.

Llegando a Virgo, se escuchó la cacofonía de lo que parecía ser una discusión. Tenía la vista en las baldosas, pensando en el dolor de su tobillo, que aumentaba y empezaba a molestarle. El cardenal en su rostro estaba empezando a hincharse, y sus hombros le dolían por la tenacidad con la que Tsubaki se había sostenido a ellos. Bien sabía que su piel era demasiado sensible, y eso le molestaba hasta los testículos que no tenía. Quizás ya tendría moretones por ese simple agarre.

Volviendo a la realidad de ese momento, se detuvo en la puerta del templo y llamó suavemente. Al instante, todas las voces se callaron, pero no hubo otra reacción. Volvió a llamar al santo de Virgo diciendo algo como "¿Señor Rubio? ¿Sería tan amable en dejarme pasar?", y segundos más tarde unos pasos apresurados aparecieron ante ella.

―¡¿Isabelle?! ―La aludida levantó la vista, y reconoció a Shion, con un semblante que parecía ver a una diosa o algo parecido.

―Buenas, señor herrero ―saludó con cordialidad, y torció una media sonrisa para ocultar su gran ensimismamiento.

Aries corrió hasta ella, y se le plantó en frente abrumado, más, notando que venía sola.

―¡Por Athena! ¡¿Dónde estaban?! ―Fue la primera pregunta cargada de ansiedad. A espaldas del santo, le pareció ver una melena azuleja que corría hasta ellos―. ¡¿Dónde está tu hermana?!

―En su templo, señor Herrero ―respondió señalando los templos a su espalda―. Mi hermana le está esperando.

La presencia que había visto detrás de Shion, casi lo envió al suelo cuando le pasó por un lado tomándola de los hombros, haciendo que ésta hiciera una mueca.

―¡Isabelle! ―Otro grito fue el preámbulo―. ¡¿Dónde mierdas estabas?!

―Oh ―exclamó―. Hola, mi estimado señor Kardia.

Kardia la soltó y notó su semblante inquietantemente tranquilo. Por su parte, Shion bajó los escalones rumbo a su templo, despidiéndose de la chica, quien sólo lo observó por el rabillo del ojo.

―Mocosa… ―Volvió a llamarla Kardia, notando su rostro golpeado, y recordando la mueca que había hecho cuando la había tomado por los hombros―. ¿Quién… te ha hecho eso en el rostro?

Más atrás una melena verdosa apareció, con su delatante presencia gélida. Isabelle respiró hondo, sabía que esa persona si era la verdadera amenaza. Venía acompañado del protector del templo, y su semblante también era severo.

―Isabelle.

« Tres, dos, uno, ¿q-qué hago? ¿Un desmayo podrá salvarme? —Pensó—. ¿No habrá una vía de escape? »

―Buenas tardes, señor Dégel ―respondió mientras veía la presencia acercarse. Tragando una gran porción de saliva, para mostrar la mejor sonrisa que podía hacer—. Está muy reluciente esta mañana y su cabello luce excelente, ¿qué tipo de acondicionador usó?

Dégel no cambió su semblante, y siguió hasta ella.

―¿Me puedes decir, dónde estabas? ―Una vez que estuvo frente a ella, parpadeó sorprendido al detallar su rostro más de cerca―. ¿Qué te ocurrió en el rostro?

―Pues, ya sabe, maquillaje ―tartamudeó, sonriendo nuevamente.

—Maquillaje… —Dégel se hubiera reído si la situación no fuera tan seria. Se acercó a ella y le rozó la mejilla, haciendola temblar por el frío contacto.

—Me vas a tener que decir donde, porque yo quiero hacerme uno también —Enarcó una ceja el Escorpio, mirándola con esa sonrisa socarrona.

—Ah, bueno, se puede hacer…

―Isabelle. —interrumpió el Acuario.

«Está bien —Pensó—. Me callo, pue

—¿Quién te hizo eso? ―reiteró la pregunta con otra dirección en su voz. A sabiendas que, obviamente, ésa decoración en el rostro, no era precisamente maquillaje.

—Parece también que le duelen los hombros, Dégel —añadió Kardia, yaciendo junto a la chica con las manos en la cintura.

«Gracias, papá, de lujo, termina de cavar mi tumba», miró de reojo al santo de Escorpio.

—¿Y bien, Isabelle? —Su rostro impávido, y sin arrugas en él daban la sensación más atemorizante.

« El señor Dégel… sí es una amenaza masiva. » Tragó saliva. No quería que contarle lo recién ocurrido, ya que en parte, ella fue la que inició el pleito.

―¿Desconfía de mí? ―respondió con otra pregunta.

—No has dicho algo que me haga desconfiar, como tampoco me has dado motivo para no hacerlo. —Después de esperar una respuesta por parte de la británica, que no añadió nada más que una simple sonrisa nerviosa, añadió—: Y más sino me dices qué te pasó, ¿cómo pretendes que lo haga?

La chica sonrió con esa curva traviesa. Era obvio que no iba a hablar. Dégel soltó un suspiro entrecerrando los ojos. Isabelle se le acercó y le tomó de la mano.

―¿Puedo ir a su templo? ―preguntó con timidez, ya no sabía ni cómo dirigirse al santo―. Debo recoger mis cosas…

« Que no son muchas, por cierto —Pensó—. Mi collar…»

La intuición del santo de Acuario le habló al oído, obviamente algo no estaba bien. Su reacción, más calculada, fue abrazar a la chica con cuidado.

―Me alegra que estés a salvo… ―le susurró con terneza, intentando ganarse la confianza de la chica—. Mi pequeña...

―Señor Dégel… ―Sintió sus mejillas arder y la coloración le subió al rostro, el señor Verde no era tan dulce con ella.

El santo volvió a alejarse y la miró fijamente.

―Volviendo al tema ―carraspeó antes de hablar, sintiendo la presencia intimidante de Asmita a sus espaldas, que conociéndolo, debía estar sonriendo―. ¿Cómo que recoger tus cosas? ¿Quieres explicarme lo que pasó en tu salida? ¿Por qué estás en esas condiciones?

La chica negó con la cabeza.

―Nada, me caí —mintió. Algo vaga, pero considerando su personalidad, podía ser una espada de doble filo: o le creían por su testarudez o la descubrirían al ser tan impulsiva—. Venía corriendo con Julieta, rodé por una puta piedra, y bueno, me cogió el piso. ¡Qué caballeroso!

Kardia, que estaba en silencio, rió con fuerza y se acercó a ella posteriormente.

―¡A otro perro con ese hueso! —gritó—. Yo soy el rey en inventar excusas, y tú tienes que trabajar en las tuyas si quieres engañarme. —Se agachó para a estar a su altura—. Ni Dégel y yo nos chupamos el dedo. Quiero saber quién te hizo eso, y lo quiero saber ya.

—Señor Kardia… —La pobre tembló, juntando sus manos detrás de su espalda, intentando simular miedo, y puede que lo tuviera, pero podía reírse más de sí misma que temblar con algo que obviamente deseaba. Y era lógico que su gran papi la apoyara en esconder el cuerpo de Kakeru, pero eso era asunto de ella.

—Kardia —llamó su parabatai, percatándose de otro rasguño que estaba sangrando en el cuello de la chica, y añadiendo el cardenal en la mejilla, su salida no fue precisamente "para la caza". Y su "caída" no fue precisamente malas jugadas de sus propios pies.

―Vamos a mi templo, tendremos una conversación.

―Genial —Isabelle suspiró, miró al santo de Virgo y le dijo—: Señor Rubio, súper sexy y asocial…, fue un placer conocerlo.

Asmita sonrió y, cuando la chica le pasó por un lado, le tocó la cabeza y se acercó para susurrarle unas palabras.

—Eres experta en hacerte la víctima, ¿no? —Sonrió levemente—. Creeme que eso no funcionará con Dégel.

—Créame que lo seré en unos segundos. —Y sin poder evitarlo, volvió a reír—. Con una pareja como papá, ya veo el porqué.

―x―

Por otro lado, en el templo de Aries, Julieta caminaba de un lado a otro, recorriendo los pasillos que conocía. Esperando, y a la vez, cavilando alguna excusa que convenciera al señor Herrero de que no había pasado nada grave.

―Como sea, cuando vea a Issi, o alguien le hable de lo que ocurrió en el entrenamiento, sabrá que sí es de preocuparse... ―Suspiró casi golpeando su cabeza con uno de los pilares frente a ella—. Dioses, maldito sea el momento en que aceptamos esa invitación. ¿Entrenar? ¿Así de la nada? —Suspiró de nuevo—. Debí saberlo… ¿y con Isabelle? ¡Obviamente que debí saberlo!

Escuchó el característico sonido de las botas doradas chocar con las baldosas, y ahí supo, que había llegado la hora del juicio.

―Bienvenido, señor Shion ―lo saludó casual, levantando una mano a modo de saludo, y escondiendo la otra tras su espalda.

―¡Por los dioses! ―Esa exclamación envió muy lejos su cortesía―. ¿Dónde han estado? ―La tomó por los hombros zarandeándola un poco―. ¿Sabes que Isabelle tiene una herida cerca del ojo? ¿Qué estaban haciendo? En la nota dijiste que regresarías a las once, ¿sabes qué hora es?

Una pregunta tras otra fue lanzada sin piedad. Así que ya había visto a su hermana, ya no tenía caso poner excusas. Listó las preguntas en su cabeza, para ir respondiéndolas una a una.

―En el campo de entrenamiento. Sí, lo sé. Entrenando. Ni idea ―contestó, y notó el tic en el ojo del santo―. Señor Shion, tiene que calmarse primero. ―Julieta colocó una mano sobre la que estaba en su hombro—. Actúa como si me hubiera pedido por días y, sólo fueron un par de horas.

―Desaparecieron sin dejar indicios de a dónde iban, ¿cómo podría calmarme? ―Shion se dio la vuelta para tomar asiento en una de las sillas alrededor de una mesita con varias herramientas dispuestas.

―Pero ya estamos aquí. ―Lo siguió Julieta sentándose también, cruzando cuidadosamente las piernas, en busca de algo de comodidad―. Salimos porque... Sonará extraño, pero salimos porque estamos acostumbradas a ir a cazar por las mañanas. Creímos que podríamos hacerlo aquí también. ―Se encogió de hombros.

―¿A cazar? ¿En el Santuario? ―Shion parpadeó, aunque ya sabía ese relato a voz de Dégel.

―Esa exactamente fue la cara del señor Aldebarán, pero un poco más dramática. ―Sonrió mirando sus dedos―. Verá, cuando seguíamos a un jabalí, terminamos atrapando al señor Aldebarán por error, y él nos invitó a entrenar. ―Iba aclarando sus respuestas mientras Shion la escuchaba atentamente―. Uno de los reclutas dijo una estupidez, perdón, pero lo fue, y obviamente Isabelle no se contuvo, como siempre… ―Carraspeó un poco antes de llegar a la mejor parte―. Y… puede que le haya roto unos cuantos huesos. Claro que ella no salió ilesa, y es por eso que tiene ese horrible cardenal. Así que espero que me permita ir a tratarle esa herida, cuando termine su sermón, claro.

Shion esbozó una pequeña sonrisa, que desapareció después de ver algo serio en las líneas que dijo la chica.

―Espera, ¿tú no hiciste nada al respecto?

―Desde luego. ―Julieta alzó las cejas―. Mantuve a los demás reclutas alejados de Issi y del pequeño infeliz. ―Recapituló sus palabras un instante―. ¿O esperaba que detuviera a mi hermana?

―Creo que habría sido lo más sensato.

―Bueno, señor Shion, cuando alguien pisotea nuestro orgullo, la sensatez puede saludar a la paciencia a dónde quiera que ésta se vaya en esos momentos, porque, ¿sabe? Issi no fue la única en sentir el impulso de arrancarle la lengua a ese chico... Hay una línea entre envidiar a alguien y agredirlo al respecto. ―Afiló la mirada―. Ni ese chico ni el resto de los reclutas pensaron en la situación que nos trajo hasta aquí, y es por eso que nos envidian. ―Se cruzó de brazos―. Isabelle no hizo mal en aclarárselos y, ahora que estamos en eso, aprovecho para recordárselo a usted también: La única razón por la que estamos aquí, es para encontrar al asesino de nuestro padre. —Shion ajustó su semblante ante esas palabras—. Eso y nada más.

―Entiendo que defiendas a Isabelle siendo tu hermana, pero probablemente ese chico no se quedará callado. ―Reflexionó―. También entiendo que estés molesta por lo que sucedió, pero no creo que recurrir a la violencia sea la mejor forma de arreglar las cosas.

―Yo tampoco ―admitió ante esas palabras―. Pero hay dos formas de provocar un puñetazo; la primera es recibiendo uno, y la segunda recibiendo algo parecido. Ese chico dijo que... que somos su diversión por las noches, que la teníamos fácil por estar en su "confianza". ―Shion se quedó rígido en su asiento―. ¿En serio cree que iba a decirle a Isabelle que no le hiciera daño? Ella misma dijo que golpearía todos y cada uno de ellos si era necesario. Y si llegáramos a esa situación, no dude que le ayudaría. ―Cerró sus ojos un momento―. Si tiene una mejor opción que esa, estoy dispuesta a escucharla, ahora que Issi no está.

―Hablemos con el Patriarca ―dijo con seriedad, pero en su mirada podía verse la ira acumulada al entender la gravedad de la situación.

―¡Shion! ¡Isabelle y Julieta...! ―Dohko iba a anunciar que habían aparecido apenas entró al templo, pero al verlos sentados, soltó un largo suspiro―. Bueno, ya sabes.

―Dohko, debemos ir con el Patriarca. ―Shion le pasó al lado soltando un aire casi tan frío como el de Acuario.

―Está bien, pero... ¿qué sucedió? ―inquirió Libra esperando que Julieta los alcanzara―. Dégel tampoco se veía bien cuando me lo topé.

―Han pasado muchas cosas esta mañana, señor Dohko. ―Julieta siguió los pasos de Aries—. Tres días aquí, y ya es la segunda vez que visitamos al Patriarca. Dioses.

Dohko le rodeó los hombros mientras emprendían su ascenso.

—Veamos el lado bueno —Sonrió ante la chica—, lo conocerán enojado.

―x―

Kardia había sentado a Isabelle sobre la mesa para tomar como prioridad sus heridas, para tener como acto siguiente, el sermón que le tenían preparado. Dégel le puso hielo en el cardenal de su mejilla y, una vez que la hinchazón se redujo, purificó el rasguño que se trazó en su cuello producto de las uñas de Tsubaki. Ambos santos se situaron frente a ella con brazos cruzados, iniciando con música teatral, el interrogatorio.

―A ver, Isabelle ―comenzó Dégel―. ¿Por qué sales de mi templo sin avisarme?

―¿No leyó mi nota? ―preguntó ladeando la cabeza.

—Sí. Pero si estás en mis dominios, obviamente, debes decirme.

La chica balanceaba sus piernas colgantes sobre la mesa, como si estuviera en un columpio, buscando una vía para aligerar su nerviosismo.

—Yo les dije a medio escrito, es casi lo mismo. ¡Y hasta expliqué porqué no les desperté! —se excusó—. Les dije que regresaría a las diez, o sea, no soy tan culpable como me hacen ver. Dos horitas tarde... —carraspeó—, es un tiempo que ustedes podrían haber gastado en las sábanas —Sonrió inocente, haciendo que los santos tuvieron tiques en los ojos.

―Entiendo tu punto, mocosa —empezó Kardia, suspirando con hartazgo—, ¿pero cómo saber que dejaste una nota avisando? ―Enarcó una ceja―. Albafica nos dijo que dejaban notas, pero si no fuera por él, ya estaría en una misión de búsqueda implacable. Y lo peor —añadió—, regresas con moretones en el rostro, y tienes la santa inocencia de creer que puedes engañarnos diciéndonos que te maquillaste.

—Es que no han visto cómo maquillo —Sonrió—. Si me vieran, me creerían.

Kardia parecía muy serio, y más, al no acompañar las sonrisas de la chica. Eran contadas las veces que tenía esa faceta, pensó el santo de Acuario. Aunque contando en la situación en la que se encontraban se ahorró su sorpresa y prosiguió:

―Para la próxima vez, no importa si estamos dormidos ―le dijo con estima―. Avísanos, ¿sí?

―¿Están enojados? ―Isabelle bajó la cabeza, como muestra de niña que aceptaba el castigo, pero sólo para ganarse un perdón y hacer la siguiente travesura.

Dégel caminó hasta ella, y le sonrió con una mirada enternecida.

―No, pero nos tenías preocupados. Y no creas que me convencerás con esa faceta de niña regañada ―confesó observándola con sus intensos cristales lilas, sacándole una sonrisa a la chica―. El santuario es seguro para ustedes, pero debes entender que no lo conoces y podrías perderte. O, como puedes ver, llegar en éstas condiciones.

Isabelle buscó tomarle la mano, acunándola entre las suyas, y observándola con atención, esperando descifrar el enigma detrás del dolor de su tobillo.

«¿Por qué cuando tomo sus manos el dolor en mi tobillo se esfuma?», pensó.

―¿Isabelle? ―la llamó Dégel al verla profundamente concentrada en estudiar su mano―. ¿Nos dirás qué pasó?

Antes de que la chica hablara, una gruesa voz invadió el recinto con las fuertes zancadas que parecían agrietar la baldosa.

―Yo se los puedo decir, Dégel, Kardia.

―Aldebarán ―mencionó Kardia casi con pereza. Estaba cruzado de brazos cerca de Isabelle, y lo observó con desgano―. A ver, cuéntanos. Isabelle, parece tener la boca cosida.

―¡No es cierto! ¡Ya les iba a decir!

El santo de Tauro liberó una fuerte carcajada que desconcertó, una vez más, a los pobres protectores de la chica.

―Pues yo me enteré cuando ellas se fueron. Pero déjenme adelantarles ―Miró a Isabelle antes de proseguir―, que dejó convaleciente a uno de mis reclutas.

―¡¿Ah?!

Isabelle cerró los ojos ante el potente grito que soltó Kardia, y la sorpresa que hubo en el rostro de Dégel, quien la miró con una ceja arqueada.

―¿Por qué hiciste eso, Isabelle?

—Eso explica tu silencio, mocosa —Rió Kardia.

La chica le sonrió, y bajó una vez más la vista, aferrando sus manos al filo de la mesa. Pero antes de obligarse a hablar, Aldebarán volvió a adelantarse.

―Isabelle ―la llamó con cuidado―. Tsubaki me puso al día con lo que ocurrió. Y me pareció un acto de honra.

―¿Acto de honra? ―repitió Dégel, volviendo su mirada a la británica―. Quiero oír tu versión, Isabelle.

―Verá ―empezó con tono severo, mirando a los ojos a su protector―, no soy de expresar mis problemas con alguien que no sean mis pensamientos, ya que yo sola puedo resolverlos. Pero por ser ustedes, y obviamente, generalizo pero especifico que son sólo ustedes —Miró a Kardia y luego a Dégel—, los que en este momento son mi autoridad. Y, por ese motivo, no me queda de otra. —Cruzó las piernas e irguió su espalda, levantando su rostro y afilando su mirada—. Hubo un recluta impertinente, idiota, insolente, infeliz, y pare de contar insultos decentes donde no pierda mi categoría de "señorita", que nos faltó el respeto a mi hermana y a mí. Lo cual, obviamente, me sacó de mis casillas y le hice pagar con creces sus palabras. Fin. ―No quiso profundar detalles que fueran contraproducentes para ella. Y más, cuando sus problemas los resolvía ella y nadie más―. Y si viene a reclamar, señor Aldebarán ―Dirigió su vista al Taurino―. Él también me atacó. ―Ladeó su cabeza exhibiendo su hematoma en la mejilla, que tomaba parte del pómulo casi rozandole el ojo―. ¿Acaso tenía que dejarme golpear por ese hombre? Que por cierto, pega como una nena, yo creo que Julieta pega más fuerte y vea lo delgada que es.

Kardia empezó a reír y la rodeó con sus brazos.

―¡Esa es mi hija!

Isabelle hizo un rostro de dolor, pero no se negó al abrazo, escondiendo su rostro en el cuello de éste. Cosa que por obviedad, no pasó desapercibido por Dégel.

―Bueno, Isabelle ―Suspiró el Taurino―, deberás contar esa versión al Patriarca, porque Kakeru te ha denunciado frente a él y, exige que te castiguen por tu comportamiento.

—¿Tan rápido? —Mostró esa sonrisa audaz, aún estrechada en los brazos del escorpio.

―¿Qué dices, Aldebarán? ―Dégel caminó hasta él, con un nuevo semblante de impresión―. ¿Cómo que castigarla?

―El chico aseguró que Isabelle fue quien lo atacó primero y le fracturó dos costillas. Han corroborado eso, y más de un recluta afirmó que fue ella la que comenzó el pleito, que no fue precisamente "amistoso".

Acuario buscó la explicación en el rostro de Isabelle, quien bajó de la mesa en un pequeño salto.

―Haga lo que tenga que hacer. ―Fue lo único que dijo―. Soy mujer que se hace responsable de sus actos. ―Caminó hasta Dégel y se detuvo frente al santo de Tauro―. Y sí, fui yo quien comenzó. ¿Le dijo el porqué?

Aldebarán negó con la cabeza.

―Él dijo que hizo un comentario en broma, y que tú lo golpeaste sin explicación.

Isabelle dejó salir una risa seca, sin gracia, y miró al santo de Tauro con ferocidad, una mirada que le hizo parpadear.

―Él nos dijo que nosotras los divertíamos a ustedes por las noches. ―Su voz parecía lanzar miles de agujas con veneno en cada palabra―. ¡Vaya! Qué calamidad. Llevar el mismo calvario, aquí con ustedes, "los santos".

Dégel guardó silencio, y Kardia caminó hasta ellos revelando claras señales de su cambio de humor.

―¡¿Qué cosa?! ¡¿Quién se cree ese crío para considerarnos dementes?! ―Se dirigió al Taurino arrugando el entrecejo―. ¡De por si se atrevió a ponerle una mano encima a mi hija…! —Señaló a Hasgard con su uña—. ¡Dame su nombre y la constelación que busca! ¡Me encargaré de él!

―Kardia, cálmate. ―Dégel le pasó por un lado y se arrodilló frente a la chica―. Isabelle, confío en ti. Y es bueno que hayas empezado por ahí ―añadió con amabilidad―. Iremos donde el Patriarca y aclararemos este asunto.

Pero fue Isabelle quien se agazapó y lo abrazó por el cuello.

―Gracias, Dégel-sama de Acuario. ―Sonrió con tristeza―. Pero déjeme a mí solucionar esto. ―Dégel abrió los ojos ante el honorífico que la chica otorgó a su nombre. De alguna forma, sintió que esa mención colocó una enorme barrera entre ellos―. Si interviene, creerán que vine a lloriquearles a ustedes. Si me tienen que castigar, lo aceptaré ―Se le despegó del cuello y se acercó al Taurino―. Cada quien asume su barranco, y yo estoy dispuesta a asumir el mío. —Le sonrió, con tristeza, ganándose la atención de todos—. No quiero volver a ser pisoteada, y no pido que me entienda. Ya tuve suficiente, realmente.

—Tranquila mocosa, yo me encargaré de ese recluta.

—Isabelle, nosotros te entendemos —concilió Dégel mirándola con atención—. Y es por eso que resolveremos esto con el Patriarca, no te preocupes.

Pero la chica negó con la cabeza. Se miró las manos, y cerró los ojos cuando sus puños se crisparon.

—Si he de golpear a todos los reclutas para defender lo único que me queda, quiero que sepan que lo haré sin duda. —dijo—. Pero lo haré yo, sola, como siempre.

―Mocosa ―mencionó Kardia sosteniendo entre sus manos el casco de su armadura—. Acá no lo estás, maldita sea, y metete en eso en la cabeza.

La chica no pudo evitar reír por debajo y abalanzarse encima.

—Lo siento, papi. —Lo abrazó fuertemente hundiendo su cara, nuevamente, en el cuello del escorpio—. Pero en este tipo de pelea, no puedo dejar que usted interfiera.

—¿Tipo de pelea? —preguntó Kardia, bajándola nuevamente—. ¿De qué mierdas hablas? No te pondrás como Dégel a ponerle una definición técnica a todo —Y sin poder evitarlo, ambos rieron suavemente.

Isabelle asintió.

—Mi padre Niel me enseñó que existen dos tipos de pelea, Kardia-sama... —Le agarró las manos en un gesto de confianza—: Aquellas donde se pelea por la vida. —Le sonrió levemente, bajando la cabeza—. Y, aquellas donde se pelea por el orgullo… —Dejó bailar una coma como ultimátum—. Imagino que sabe en cuál debe interferir y cuál no.

Kardia abrió los ojos en par y Dégel parpadeó.

―Bueno ―Aldebarán carraspeó sintiendo un enorme nudo en la garganta ante esa escena―, no creó que el castigo sea gran cosa. ―Giró sobre sus pies llevándose a la chica consigo―. Dégel, Kardia, se las traeré de vuelta. Se los prometo.

Dégel no respondió, y Kardia resignándose, le dio para su mala suerte, la veracidad a Isabelle. Sólo se molestó en acompañar a la salida al santo de Tauro. El acuariano se puso en pie, quizás soltando una maldición en su mente, para cuando escuchó unos pasos apresurados regresar.

Pensó que quizás era Kardia, pero cuando se dio vuelta, fue Isabelle quien le saltó encima volviéndolo a abrazar con fuerza. Lo hizo retroceder unos pasos, siendo detenidos contra la mesa. Sonrió al reconocer esa pelambrera cobriza.

―Hagamos una promesa, mami... ―Se puso una vez más frente al santo y reveló su dedo meñique―. Usted confía en mí, y yo en usted. Pero esta vez, debe haber súper doble confianza en mí, ¿promess?

Al oír esa última palabra, Dégel hizo una pequeña pausa mental, buscando en el diccionario lingüístico de su cerebro algún registro que hiciera alusión al meñique levantado y a la palabra empleada por la chica. En su rápido análisis, unió las pistas para descubrir la verdadera intención de Isabelle: No sólo había uso de la lengua materna de la británica, que, asumiendo que su sospecha fuera cierta, en una traducción directa se encontraba la palabra "promise"; si iba al griego, idioma de la tierra que pisaban, estaba "υπόσχεση"; sin embargo, culminando con el francés, su lengua madre, tenía a "promesse", lo que terminó resolviendo su incógnita.

No pudo evitar sentirse enternecido. Quizás... Isabelle habría querido decirlo en su idioma nativo, fallando trágicamente en la pronunciación. Pero había conseguido lo importante: Transmitir el mensaje. Ya después le enseñaría a hablar francés. Esbozó una sonrisa ante esa nueva palabra, y la apretó contra su pecho como un ultimátum.

Promess ―dijo estrechando el meñique de la chica entre el suyo―. Ten cuidado —agregó en inglés.

Isabelle sonrió finalmente.

—x—

El santo de Tauro y la chica ascendieron en silencio el pequeño trayecto a la sala patriarcal, algo que, en cierto aspecto, incomodó a Aldebarán de manera extraña. Dégel y Kardia se habían quedado cruzados de brazos en el templo de Acuario, esperando pacientemente el regreso de la británica.

Hasgard sabía el aprecio que le habían tomado sus compañeros a la chica, hasta él podía decir que les estaba tomando estima, y era por ello que estaba dispuesto a cumplir la promesa que había hecho.

Se detuvieron frente a las gigantescas puertas, donde una vez más, el gran tamaño descolocó a la chica. Era la segunda vez que las veía, y aún así le parecía excéntrico. Sin mencionar que, ahora su hermana no estaba ahí para ella, es decir, que era quizás unas diez veces más intimidantes.

—Bueno —Rompió el silencio el Tauro sonriendo con sencillez—, ¿nerviosa?

—¿Yo? —Lo miró la chica—. Claro que no. Obviamente eso es absurdo. No. Nope. —El santo le dedicó una sonrisa, viendo esa línea que empezaban a contradecirse con su mirada—. Bueno tal vez un poco, un más o menos. Mierda, claro que lo estoy. Sí, y mucho —admitió—. Pero no por el asunto, sino por el señor Patriarca súper genial. Ese hombre intimida incluso mencionándolo.

El santo dejó salir una risa gutural, para luego mirarla atentamente.

—Quizás su apariencia y altitud le den esa aura —admitió cruzado de brazos, esperando que las puertas se abrieran—. Pero es de buen corazón.

Las puertas finalmente se abrieron, dejando sin respuesta a la oración recién dicha. La alfombra roja los escoltó hasta el trono, donde estaba pacientemente el Patriarca, con un santo de plata a su derecha que mantenía en pie al desdichado Kakeru.

—Aquí la traje, Patriarca —anuncio Aldebarán—. Podemos iniciar.

Las puertas se cerraron dejándolos en la absoluta privacidad, mientras que Isabelle y Aldebarán se acercaban lentamente.

—Bien —habló finalmente el Patriarca—. Kakeru, puedes recontar el suceso.

El chico respiraba dificultosamente, y a duras lograba mantenerse en pie con ayuda del santo de plata, el mismo que estuvo hablando con Aldebarán durante la pelea; así que había sido él quien sirvió de intermediario por el japonés.

—Su excelencia —llamó el santo—. A Kakeru aún le cuesta hablar, creo que sería mejor que la chica presente sea quien nos cuente.

El Patriarca miró a Isabelle, que cruzada de brazos, se deleitó en observar las contusiones de su anterior oponente.

—Isabelle Townshend —mencionó—, ¿podrías hacernos los honores?

La británica se acercó al trono, posando sus manos a ambos lados de la cintura.

—No vine a dar explicaciones, señor Patriarca —dijo con un matiz agrio, ganándose la atención de todos. Aldebarán tragó saliva, ¿no se supone que estaba nerviosa?—. Asumo que Kakeru le dijo que yo fui la que inició el pleito. Y sí, fui yo.

El Patriarca arqueo las cejas.

—¿No justificarás tu comportamiento? —Se extrajo el casco, dejándolo descansar en su regazo.

—Nope.

—Lo que ella quiere decir… —intentó intervenir Aldebarán—, es que ella…

—Mire, señor Patriarca —Isabelle interrumpió al santo adelantándose a los hechos—. Si insinúa que debo disculparme con el cobarde aquí presente, está muy equivocado.

—¡¿Cobarde?! —espetó el aludido, ganándose un ataque de tos después de vociferar por inconciencia—. ¡Eres tú… la animal!

—Basta de insultos —advirtió el Patriarca—. ¿Por qué no piensas disculparte, Isabelle? ¿Tienes en cuenta la seriedad del asunto?

—Sí, tanto como sé la firmeza con la que mantengo mi orgullo —concedió alzando la vista—. No me arrepiento de haberlo golpeado. Llamarme mujer fácil de los santos dorados es algo que ni a usted se lo permitiría. —Se postró ante el trono del Patriarca, y bajó la cabeza en señal de respeto—. Y estoy dispuesta a pagar por el precio de mi acción, que es el verdadero motivo por el cual estoy aquí.

—¿Eso es cierto, Kakeru? —preguntó el Patriarca al chico, con una mirada que se transfiguró al oír esa versión—. ¿Les dijiste prostitutas?

—Bueno… —empezó a balbucear el japonés—, lo dije en broma.

—Kakeru Tsukishima —nombró imponentemente hombre. Su sentido protector hacia los suyos se había activado, alertando a todos los presentes en la sala—. Aquí obviamente las cosas han cambiado en tu contra. No sólo le faltaste el respeto a las Townshend, sino también a mis honorables caballeros. —Le miró con aires de magnificencia, y añadió—: Y por supuesto, al honor de Athena, al llamarlos de esa forma.

El chico cayó de rodillas.

—¡Nunca quise insultarlos! —se excusó—. ¡Sólo hice una pequeña broma!

—Broma que insultó a mucha gente —habló una voz proveniente de las puertas del recinto, que entraba sola por esa gran apertura—. Y entre todos, las más afectadas somos mi hermana y yo.

—Julieta… —nombró Isabelle que seguía de rodillas frente al Patriarca.

Julieta, al ver a su hermana postrada, en su interior sintió gritar la olla al hervir su sangre.

—Isabelle, ¿qué demonios estás haciendo? —Caminó hasta ella, hizo una breve reverencia ante el Patriarca, y tomó el brazo de su hermana—. Levántate. Para empezar, ambas fuimos impulsivas, así que las dos debemos pedir disculpas... Pero ciertamente no nos arrepentimos de ese hecho, y definitivamente no tienes que hincarte ante nadie —agregó mirándola como su padre lo hacía cuando hablaba en serio.

Isabelle se soltó del agarre de su hermana, y la miró con neutralidad. Julieta no pudo evitar evocar en su mente que esa era la segunda vez que veía esa mirada, siendo la primera cuando su padre murió; serenidad.

—Julieta —mencionó, con tranquilidad, sin señales de impulsividad ni su sarcasmo latente—. Agradezco que vinieras, en verdad, pero quisiera aclararte algo; este asunto lo resuelvo yo.

—Asunto donde yo estoy involucrada —interrumpió—. Así que, obviamente, meteré mis manos también.

—Y debo añadir… —continuó Isabelle como si su hermana no hubiera hablado—, que son dos cosas en esta vida las que he aprendido, y una nos la enseñó papá, y tú vives recordándomela a cada momento. Por lo cual, ha llegado mi turno de aplicarla. —Todos permanecían en silencio, escuchando ese tono raramente ligero—: Recuerda quién eres y qué lugar ocupas en el lugar que te encuentres. —Alzó una ceja con parsimonia—. ¿Qué somos en este lugar, hermana?

Julieta pensó en decir "Aspirantes", pero claramente, ninguna lo era.

—Sólo visitas.

—Dejamos de serlo desde el momento en que nos unimos al entrenamiento del señor Aldebarán —contestó Isabelle—. Nuestra posición ha cambiado, hermana, pasamos de ser turistas en este infierno, a ser parte de él. —La miró con una serena sonrisa—. Si los mismos dorados le tienen respeto, ¿quiénes somos nosotras para ignorar al Rey, cuando ya somos parte de su tablero? Hermana, ya tenemos a otro rey que dirige nuestras jugadas, nos guste o no.

El santo de Tauro abrió los ojos en par y el Patriarca permaneció en silencio. Julieta tuvo un destello de sorpresa, levemente cubierta por una sonrisa que se trazó en su rostro.

—Quizás eso sea verdad —admitió. Agradecía que su hermana le ayudara a ver cosas que, por una u otra razón, pasaba por alto—. Pero no tienes que pagarle nada al "rey", salvo quizás los destrozos que hicimos en los templos del señor Dohko y el señor arquero cuando recién llegamos —dijo recordando el suceso—. Así que, si bien apoyo tu decisión de enfrentar los hechos, no aceptaré verte postrada esperando un castigo que no mereces —le sonrió, e Isabelle no tuvo otra opción más que sonreírle también; al parecer ambas eran igual de obstinadas.

Kakeru quiso añadir algo, pero la mirada del sumo sacerdote dijo mucho más que lo que podría haber dicho en palabras. Sin embargo, no, simplemente, no podía quedarse callado. Se mordió el labio y gritó:

—¡Haciéndose la víctimas no ganarán nada!

—¿Ganar? —repitió Isabelle mirando sobre el hombro de su hermana—. No planeo ganar nada. Eres tú el que buscaba mi reprensión, ¿no? Pues la estoy aceptando. No por ti, sino por mí. Porque conozco el peso de las palabras del honor y el deber.

Kakeru iba a responder, pero fue el mismísimo Patriarca quien se puso de pie.

—Aldebarán, trae a Dégel, por favor —dijo en un tono mayestático, dándole un respingo al santo, quien asintió y apresuró sus pasos fuera de la sala—. Y quiero que todos guarden silencio hasta que el santo de Acuario llegue.

—¿Por qué incumbir a Acuario-sama en una pelea de reclutas? —Fue el santo de plata quien preguntó.

—Porque ni Julieta ni Isabelle son reclutas oficiales —respondió—. Y el encargado de velar por el cuidado de Isabelle es Dégel. Por ende, si voy a imponer un castigo a Isabelle, el caballero de Acuario debe estar presente.

El santo inclinó la cabeza, y volvió a preguntar:

—¿Y por qué no llamar a Shion-sama también? —aventuró—. Quiero decir, ya que él es el protector de Julieta.

El Patriarca suavizó su entrecejo.

—Porque Julieta es más racional. —La chica le sostuvo la mirada ante esa afirmación—. Y si ella también actuó de esa forma, —Las observó de pie mientras se sostenían las manos, y regresó su vista al santo—, es porque algo obviamente las molestó. No es necesario llamar a Shion —concluyó. Luego miró a Isabelle—. Entiendo la situación en la que están parados cada uno de ustedes. Reconozco la racionabilidad de Julieta, y la impulsividad de Isabelle, y que siendo dos antónimos en toda su extensión, algo las une.

Hubo un silencio tres segundos más, quizás Julieta iba a decir algo, pero fue nuevamente el santo de plata quien preguntó:

—¿Y cuál es, su excelencia?

—Que ambas saben hasta dónde pueden llegar con ello. Dos de mis santos son como Isabelle. —Sonrió un poco, al parecer le gustaba hablar de sus caballeros, y su sonrisa lo delataba—. Otros seis, son como Julieta. Y, todos, saben hasta qué punto serlo.

Isabelle sonrió, pero no añadió nada más, a diferencia de su hermana.

—Me alegra que no sólo tome en consideración la actitud "correcta" que he llevado hasta ahora, sino que también haya tocado ese punto que, ya que lo mencionó..., me gustaría abordar con profundidad. He tocado ese límite del que habló, así que quisiera mencionar algo. —Caminó un poco más y continuó—: Pero quisiera hacerlo en presencia de alguien más. Por lo cual, por favor, pídale también al señor Shion que se presente —solicitó inclinando su cabeza a modo de petición.

El Patriarca consideró la situación un instante antes de retomar la palabra.

—Cerveros —llamó al santo de plata—. Alcanza a Aldebarán, y encárgate de que traiga tanto a Dégel como a Shion.

Una inclinación y la rápida salida del santo, dieron paso al silencio, en el que Isabelle y Julieta se mantuvieron de pie, con sus manos entrelazadas.

—¿Qué mierdas pretendes? —susurró Isabelle—. Ya se armó la grande.

Julieta sonrió, en realidad, también algo nerviosa.

—¿Acaso les tienes miedo al señor Dégel?

—No te rías. Tú no has visto a ese compinche enojado. —Tragó saliva recordando la última vez que estuvo tan… serio—. No tienes idea de lo intimidante que puede llegar a ser.

—¿Peor que papá cuando le robabas las flechas doradas para empalar a tu colección de insectos? —Julieta recordó con una sonrisa las riñas de su padre contra su hermana, cuando éste la perseguía por toca la casa, ambos, con una sonrisa.

—Oh, bueno, eso es otro nivel. Pero creo que puedo conseguir esa misma reacción o peor, si hago una fogata con los libros del señor Dégel.

—Desatarías la ira de un dios —murmuró su hermana con una sonrisa.

—No ha sido la primera vez.

Minutos después, las puertas volvieron a abrirse, y tres presencias doradas la atravesaron, mostrando el rostro sin expresión de Dégel, la palpable inquietud de Shion, y la ausente sonrisa de Aldebarán. El sonido de sus botas traquearon sobre la baldosa, y la cálida brisa que se adentró por las puertas ondeó las largas y finas capas de sus armaduras, mientras el santo de plata nuevamente sellaba la entrada para retomar la sesión.

—Disculpen por haberlos llamado, Dégel, Shion —habló el Patriarca, que ya había vuelto a sentarse en su trono—. Pero necesitaba de sus presencias.

—No hay ningún problema —dijo Shion, observando el tenso panorama: La mirada filosa de Julieta, la serenidad de Isabelle, y la molestia de Kakeru.

—No se preocupe —respondió también Dégel, deteniéndose detrás de las hermanas, con el santo de Aries a su lado—. ¿En qué se requiere mi intervención?

—Kakeru, Isabelle, Julieta —nombró con cuidado—. Pongan atención, por favor. —Todos atendieron al llamado, y en una escala desordenada levantaron sus cabezas—. Bien, éste es mi veredicto —dijo finalmente, y todos cayeron en incertidumbre—. Obviamente Isabelle y Kakeru serán reprendidos por su pelea. —Kakeru sintió el temblor correrle por todo los nervios, mientras que Isabelle permaneció estática—. Como ambos tuvieron motivos para iniciar la disputa, el castigo será el mismo. A diferencia de Julieta, quien queda exonerada, porque su intervención fue mantener alejados a los otros aspirantes, —Observó a la chica, que alzó la vista para verlo—. Cosa que, en cierto aspecto, no es algo que deba reprenderse.

Nuevamente Julieta sintió algo arder en su interior, apretando por inercia la mano de su hermana, quien la miró en seguida; algo le estaba carcomiendo por dentro, por eso le había sugerido golpear a alguien.

—July —la llamó dándole un ligero apretón en la mano—, no llamaste al señor Herrero para nada, ¿o sí? —Le dedicó una sonrisa a pesar de todo.

Shion la observó de reojo, y al ver esas pupilas encenderse, sonrió. Esa era su hija.

—Issi... —Julieta asintió, agradeciendo que su hermana la sacara de su momentáneo ensimismamiento—. Señor Patriarca —llamó al imponente hombre, sintiéndose automática e inevitablemente intimidada cuando sus miradas se cruzaron—. Um... antes de que dicte su última palabra, déjeme abogar por mi hermana. —Cerró los ojos, y soltó un largo suspiro antes de proceder—. Claro, si me lo permite.

—Adelante —concedió el Patriarca con ligero ademán.

—Pero...

—Bien, primero que nada —continuó Julieta ignorando la intervención de Kakeru—. Como usted mismo reconoció antes, me comporto como una mujer bastante sensata, y esto es por una simple y fundamental razón. —Isabelle no pudo evitar sonreír, pues sabía lo que venía a continuación—. Porque mientras me comporte "adecuadamente", soy libre de cualquier cargo. Es decir, que siendo como soy, nadie puede encontrar algún motivo por el cual insultarme o acusarme de algo.

—Eso es cobardía —opinó Cerveros simulándose ofendido.

—¿Sabe el significado de esa palabra, señor? —Fue Isabelle quien habló. No lo miró directamente, por mantener su concentración al frente, sin mirar nada en su totalidad—. Aprenda a reconocer a un depredador encubierto. —Torció la esquina de su labio, cerrando los ojos—. Grandes líneas dividen ambos conceptos.

Los dorados miraron a las hermanas: Dégel cerró los ojos con una sonrisa pequeña, Shion miraba atentamente a Julieta, y Aldebarán estaba sorprendido de todas esas acciones.

—"Depredador encubierto" —repitió Julieta con una sonrisa resignada; claro, de su hermana no podía esconderse—. Así es, señor santo de plata, como sugiere Issi, es un modo de supervivencia básico —corrigió, e Isabelle soltó una pequeña risa ante la osadía de su hermana al callar a alguien de rango superior, al menos al de ellas—. El mantenerme en el medio me da cierta credibilidad —dijo trazando en el aire una línea horizontal con su mano libre—. Un extremo, el de la pasión y la entrega total, es el que ocupa Isabelle, y el otro... es lo contrario, el extremo de la indiferencia. Creo que queda claro que no ocupo el mismo lugar que mi hermana, pero tampoco tengo la habilidad de ser indiferente —destacó dejando relucir ante todos que no estaba parada en ningún extremo—. Estar en el medio garantiza que no me precipitaré a caer en ninguno de los dos, y cuando, por alguna razón, se inclina la balanza... —Miró a su hermana—, puedo estirar mi mano, a cualquiera de los dos lados, y alcanzar la de quien necesita ayuda. —Reforzó el agarre de Isabelle—. Y eso es lo que haré ahora, así que habiendo aclarado esto, pasemos al siguiente punto.

—¿Y eso es? —cuestionó el mismo Patriarca.

—La inocencia de mi hermana —constató la chica.

—Julieta —intervino Isabelle—. Ya te dije que este es mi asunto, lo resolveré yo misma.

—Joder, por una vez en tu vida, déjame hacer algo por ti, ¿quieres? —le rebatió Julieta—. No tienes por qué aceptar un castigo que no mereces, nuestro padre opinaría lo mismo —objetó, luego miró a Kakeru—. Y tú, si fueras la mitad del hombre que supuestamente eres, aceptarías tu responsabilidad en esto. —Miró nuevamente al Patriarca—. Si bien es verdad que Isabelle soltó el primer golpe físico, fue Kakeru quien soltó el primer puñetazo con sus palabras —formuló, y Shion recordó su reciente conversación—. Si hablamos estrictamente de agresiones, el primero en agredir fue Kakeru. Así que en cuanto a disculpas, tiene razón, todos los involucrados las debemos; en el campo de batalla ya nos excusé con el resto de los reclutas; ahora me disculpo con usted, señor Patriarca —Inclinó la cabeza, y se volvió para mirar a los demás—. Señor Shion, señor Dégel, señor Aldebarán, y también usted, señor Cerveros, me disculpo por haberlos involucrado en nuestros asuntos. —Un momentáneo silencio invadió la sala, y aprovechando que nadie se movió de su sitio, Julieta soltó la mano de su hermana, y la miró fijamente—. Ahora hazlo tú, Isabelle.

La chica alzando las cejas.

—Julieta, te equivocas de persona si pretendes que yo me disculpe.

—¿Escuchaste los nombre de las personas que mencioné? —cuestionó—. ¿Crees que no le debes una disculpa formal al "rey" y a los "súbditos" que involucramos en nuestro asunto? Ciertamente debes disculparte, pero definitivamente no con Kakeru.

—¿Entonces tu punto se refiere, Julieta, a que no consideras a esta persona como parte del tablero? —Dirigió su vista al recluta con una sonrisa.

Julieta asintió sin palabras, arrancándole un suspiro a su hermana, quien giró su cabeza al recluta y empezó a caminar hasta él. Fue Cerveros quien intervino.

—Mantén tu distancia, jovencita.

—Y tú mantén la tuya. —Fue Dégel quien habló—. Cuida tus palabras y espera que la chica termine sus acciones antes de intervenir.

Cerveros calló y dejó que la británica se situara frente a él. Kakeru hizo afán de ponerse con la espalda en alto, él también tenía orgullo.

—Kakeru, si bien abunda el odio entre ambos, no debo añadir algo que ya sepas —empezó con el mismo tono de voz, tranquilo, pero inquietante—. Si bien sólo hay tres hombres que he conocido, hasta ahora, a los que se han ganado mi total respeto. —Sin esperar que alguien preguntara, continuó—: Mi padre sobre todas las cosas, el señor Dégel de Acuario y, el gran Patriarca. —"No creo que con todos los insultos y peleas con el señor Kardia, pueda añadirlo… pero va incluido en cierta forma", pensó en una sonrisa—. Sé a quién debo postrarme —Miró a su hermana dando la respuesta del porqué se había inclinado—, y sé a quién obedecer. —Deslizó su vista al santo de Acuario que la miraba con atención—. Conozco mis autoridades, y obedezco sus exigencias. —Se encogió de hombros y soltó una risilla—. Si bien encuentro las aberturas para hacer mi parecer entre sus órdenes, eso ya es otra cosa. Pero respetar quiénes son y qué son ante mí es lo que me caracteriza como persona.

—¿Tratas de decir con eso que tienes más valía que yo? —Kakeru tenía llamas en la mirada—. Llega a tu punto.

Julieta soltó un largo suspiro desde su lugar. Le alegraba que en ese discurso, su hermana dijera entre líneas un "lo siento" para todos los que lo merecían, o sea, todos excepto Kakeru.

—Trato de decir —Cerró sus ojos paulatinamente, para luego abrirlos con ese brillo de ironía impreso en su iris—, que al no tenerte ni una pizca de respeto, no esperes más que sólo indiferencia de mi parte. A pesar de no ser ni una, ni otra, te reconozco como mi oponente. —Se llevó las manos a la cintura y, finalmente, sonrió—. No voy a disculparme con un enemigo, y no espero que tú lo hagas, por lo cual, sólo espero que guardes tu rencor hacia mí, porque yo haré lo mismo. Y ya después resolveremos esto tú y yo.

—Bien —Respiró Kakeru—. Te odio, no debe sorprenderte. No tienes idea de lo que me he esforzado para llegar aquí, mientras tú simplemente, llegas como si nada y en una sola hora te llevas todo el mérito que, muchos, con lágrimas y sangre hemos intentado alcanzar. —Cerveros se acercó al recluta y lo ayudó cuando éste amenazaba con caerse—. Todos deseamos ser reconocidos por un santo de Oro, mientras ustedes juegan en sus templos como si nada —continuó, y los dorados pasaron su vista por la piedra de asentar para afilarlas—. No me importa tu pasado, como a ti tampoco te importa el mío. No hablaré de mis vivencias y no necesito oír las tuyas. Y agradecería que no hablaras conmigo con tanta familiaridad.

—Qué desafortunado es que la perspectiva de tu gratitud no me tiente —confirió la británica.

—¿Ah?

Julieta sonrió desde su lugar, cruzándose de brazos.

—Dégel —mencionó el Patriarca, sorpresivamente, con una sonrisa, que el santo, con los ojos cerrados, compartió después de dedicarle la vista.

—Lo que ella quiere decir es que no le importan tus agradecimientos.

Kakeru chasqueó la lengua y la miró con más ponzoña.

—Sólo te digo una cosa: no me quedaré atrás, y no dejaré que me venzas de nuevo.

—Lucha por ello, entonces —dijo Shion finalmente—. Y deja de perder el tiempo en envidiar lo que otras personas, con esfuerzo, han conseguido. Por ejemplo, el entrenamiento anterior de Julieta e Isabelle.

—Kakeru, tu falta de pasión y esfuerzo es lo que me decepciona —añadió Aldebarán—. Haz estado conmigo desde que entraste, y sólo has visto los progresos de los demás sin esforzarte en hacer el tuyo. —No hubo más respuestas, Isabelle se regresó hasta su hermana, y el Taurino culminó—: ¿Y cuál sería el castigo, Patriarca?

—En este punto es donde entras tú, Dégel —respondió el Patriarca observando directamente al santo—. Isabelle quedará bajo tu total supervisión y jurisdicción —declaró para la sorpresa de muchos, pero con una mirada de complicidad compartida con Acuario. Isabelle le sonrió a Julieta, y ella le regresó la sonrisa; la negociación dio resultado—. Deberás evitar que escenarios como éste se repitan. —Para que el acto quedará bien ejecutado, agregó—: Si crees que es exagerado, puedo designar a otro santo para su custodia.

—No es necesario, yo me haré cargo de ella —respondió el santo, aliviado de sobremanera en su interior. No iba a permitir que otros estuvieran a cargo de Isabelle, simplemente, sería como un juego en el que no sabrían cómo controlarla. Y al parecer, el Patriarca estaba de su lado.

—Muy bien. En el caso de Kakeru —Regresó su vista al aspirante—, será Cerveros. —El santo de plata asintió, mientras que Kakeru apretó los puños—. ¿Conformes con todo esto? —les preguntó a todos.

—¿Por qué soy yo el que sale menos beneficiado en esta situación? —Fue el japonés quien respondió con la cabeza gacha, para luego levantarla y señalar a Isabelle con un dedo acusador—. Ella puede atacar a otro recluta y dejarlo como a mí. No debería ser tan considerado con ella.

—Porque tú también faltaste, Kakeru. Y déjame recordarte que también están listando tu acto de faltarnos el respeto en ese castigo —contraatacó Dégel sin mirarlo directamente—. Y no te preocupes por eso, Isabelle estará bajo mi cargo. No necesitas preocuparte por ella.

Al no sentirse conforme con las palabras que Dégel le había dicho al recluta, Shion sintió el deseo de también hacerlo, ya que su protegida también había sido envuelta en ese lío.

—Tu preocupación está de más en esta sala, teniendo en cuenta que nos has insultado. —Shion lo atravesó con esas palabras, que ya se había guardado por mucho tiempo—. El asunto que te perfora, Kakeru, es que tu falta de respeto nos ha insultado a muchos; entre ellos, a tus superiores. Incluso me parece que sales más "beneficiado" en esta situación.

—Mal inicio para un aspirante —Asintió Aldebarán—. Y no es que desee preocuparte, pero, Kardia de Escorpio no está muy regocijado con ésta situación —Miró a Dégel con una sonrisa de complicidad, quien sólo cerró los ojos con suficiencia—. Espero que seas consciente, y más, cuando otros santos de Oro se enteren de esto.

—¿Por qué no guardar simplemente el secreto? —Intentó proteger Cerveros, a sabiendas de que, si un santo de Oro intentara hacerle algo a su protegido, no podría ser de mucha ayuda.

—Los rumores son como una plaga —respondió Dégel—. Si esto llegó a oídos de más de la mitad de nosotros, ¿no crees que ya muchos deban saberlo? —Su tono era tan penetrante que hasta a las hermanas hizo temblar.

Por su parte, el Patriarca aprobó las palabras del santo, pero el japonés tuvo un respingo. ¿Tanto drama por un simple juego?

—Bien, es todo por hoy —finalizó el Patriarca—. El día de mañana todos tienen permiso de asistir a la excursión de Aldebarán, claro, después de la reunión matutina por el día de la convivencia dorada. —Observó al santo de Tauro—. Y ahí, tú, Aldebarán, evitarás estos escenarios, ya que necesito que Dégel permanezca en el santuario. —Se levantó de su trono—. Dégel, encárgate de hablar con Isabelle al respecto. Y, Shion, te dejo a Julieta.

Todos asintieron, y la reunión fue levantada.

Julieta tomó la mano de Isabelle una vez que Kakeru, junto a su nuevo escolta, salió del recinto. El Patriarca se había despedido y los había dejado en la privacidad que sabía merecían.

—Isabelle…, no sabes lo orgullosa que estoy de ti —le dijo, llamándola cuando ésta parecía mirar el rastro que dejó su enemigo—. Cuando el señor Dégel me dijo que saliste sola, vine corriendo dejando al señor Shion en el templo de Acuario.

—Julieta… —mencionó su hermana sonriendo a la vez que encorvaba sus hombros—. No es la primera vez que..., ya sabes, me castigan. —Volvió a sonreír—. Pero, si la primera vez que te veo buscando uno.

Julieta le tocó el hombro y negó con la cabeza.

—Te dije que apalearía a todos los que intentaran hacerte daño. —La abrazó rápidos segundos con afecto, para luego alejarse—. Y es tu firmeza lo que me enorgullece. —Sonrió con alivio—. No todos se hacen responsables de sus actos.

Isabelle le sonrió medio de lado, encogiéndose de hombros.

—Bastante sorprendente —sumó Shion a la conversación—. Las dos estuvieron increíbles. Claramente, no necesitan de nosotros para defenderse.

—¡Yo también estoy sorprendido! —confirió Aldebarán llegando hasta ellas. Luego regresó su vista a Dégel—. ¡Tuviste que verla, Dégel! ¡Se enfrentó con honor a nuestro Patriarca!

Acuario esbozó una sonrisa, y se acercó a la británica.

—Me consta —dijo en una entonación afable.

—Lamento las molestias, señor Dégel —Se disculpó—. Sólo causo problemas, y no es que intente evitarlo, pero sé que haré más en el futuro.

Éste no respondió, sino que se acercó lo suficientemente al oído de la chica para susurrar palabras que sólo ella pudiera escuchar:

—Te equivocas. Es por eso que eres mi hija.

Isabelle se arrojó a sus brazos, ganándose la sonrisa de todos. Dégel la estrechó acariciándole la cabeza. Obviamente sólo él y Kardia podrían cuidar de ella.

Mientras Isabelle hacía del pecho de Dégel su refugio, Shion se acercó a Julieta.

—¿Así que eres "libre de todo cargo"? —le preguntó causándole un sobresalto a la chica.

—Pues... dejé de serlo desde el instante que planeé ser así por tal motivo, ¿no? —Sonrió algo nostálgica—. Apuesto que el señor Patriarca también lo pensó, pero... no puedo ser tan directa como mi hermana, es por eso que tengo mis propios métodos de supervivencia... Y es también por eso que ella y yo nos equilibramos. —Le dedicó una mirada a Isabelle, mientras ésta jugaba escondiéndose bajo la capa de Dégel y éste la miraba con una sonrisa—. Espero no haberlo decepcionado. —Lo miró al fin, con una sonrisa para nada convincente.

—Al contario —confesó Shion—. Simplemente no podía entender por qué, a pesar de que siempre actuabas tan "correctamente", algo no encajaba. Me alegra saber que no eres sólo una chica inflexible, sino bastante versátil —Sonrió palpándole el hombro.

—¿Así que versátil? —Se sonrojó un poco, por lo que decidió devolver su vista a su hermana que, ahora, convenientemente, se le guindaba al cuello al santo de Acuario con una sonrisa—. ¿Qué puedo decir?... No me gusta la rutina.

—x—

Descendieron las escalinatas, y en la salida del templo, Kardia, Dohko y Sísifo esperaban pacientemente.

—¡Dégel! —llamó Kardia con la ansiedad carcomiéndole las únicas neuronas ilesas de su cabeza—. ¿Qué paso? ¿Qué dijo el viejo? ¡¿Dónde está ese mocoso?!

—"Patriarca" —corrigió Sísifo con desgano, levantó la vista, y se dirigió a Acuario—. ¿Y bien, Dégel?

—Lo siento, Kardia, pero el chico estará resguardado por un santo de plata —Aldebarán se tomó la molestia de responder la última pegunta del Escorpio—. Y yo debo controlarlos mañana, así que no puedo dejar que le hagas daño. Al menos, no en mi turno.

—¿Tú también lo apoyas, Aldebarán? —Sísifo le preguntó sorprendido al ver la inusual complicidad del Taurino, quien sólo se encogió de hombros con una sonrisa.

—Sísifo, no me dirás que no te molestó cómo nos llamó ese niño, ¿verdad?

—No… bueno…, sí fue una falta de respeto, pero…

—¡Ja! ¡¿Quién diría que Cupido se une al grupo de esperemos-al-recluta-en-la-salida?! —le interrumpió Kardia, riendo con exuberantes carcajadas.

—¡¿A quién le dices Cupido, Kardia!?

Mientras entre santos se entendían a base de gritos, Isabelle, que venía detrás, observó a su amor platónico teniendo una disputa verbal con su "papi". Sin poder evitar esa reacción femenina, sus mejillas tomaron color al momento, quedándose detrás del Acuario. Julieta casi rió al ver ese "instinto femenino" en su hermana. Quizás esas eran las consecuencias de pasar por demasiadas emociones en un día; aunque claro, recordando la famosa propuesta del "tiro al blanco", su vergüenza tenía más sentido.

—¿Qué pasó con Isabelle, Dégel? —le preguntó Dohko cuando los divisó entre todos—. ¿Y tú, Julieta, estás bien?

—Estará bajo mi supervisión. —Dégel notó como las manos de Isabelle sostenían su capa, sacándole una sonrisa. Ya era normal que se escondiera bajo su melena verdosa—. El chico faltó también, así que ambos estarán bajo supervisión.

—Sí —afirmó la chica sonriendo—. Las cosas salieron mejor de lo que esperaba.

—Qué alivio —contestó Sísifo.

Sísifo caminó hasta Dégel, y observó sobre su hombro a la chica que se escudaba con la presencia de su compañero.

—¿Isabelle? —la llamó con una sonrisa—. Escuché que también zarandeaste a mi amigo Aldebarán, ¿es cierto?

La británica enterró su cara en la melena verdosa, y se abrazó al torso de Acuario, quien tuvo que girar la cabeza para poder verla.

—¿Qué le pasa? —preguntó Aldebarán intrigado.

Kardia torció una sonrisa.

—Tiene mamitis Dégel aguda. —Rió alto, y Dohko no pudo evitar acompañarlo—. Y claro, no es que Dégel se moleste en quitársela.

—Tú tampoco pareces muy molesto con eso —dijo Shion.

—Considerando los papeles que ocupa cada quien aquí, es obvio que no. —Le señaló con la uña—. ¿Mami Shion? Al menos "Papi" no me rompe tanto el orgullo.

Dohko estalló en risas y Sísifo sonrió.

—¡Cállate!

Ignorando la nueva disputa, Julieta intentaba buscar la cara de su hermana pérdida en el cabello del santo.

—Si el señor Dégel se llega a cortar el cabello, perderás tu escondite —le dijo con una risilla.

—¡Aún me queda la capa! —respondió Isabelle sin despegarse de Dégel.

—No le tuviste miedo al Patriarca, ¿le vas a tener miedo al señor Sísifo? —Se burló mientras intentaba despegarla de la espalda de Acuario—. Vamos, deja ir al señor Dégel.

—¿Y desde cuando cuidas tanto del señor Dégel? —cuestión su hermana aferrándose al santo, como si su hermana fuera a lanzarla a un abismo.

—Desde que yo exijo que me lo regreses —contestó Kardia acercándose al trío—. Ya has abrazado lo suficiente por un día a tu madre y exijo que me la regreses. Tengo derecho, como tu padre y como su pareja —recalcó con descaro—, de reclamar su atención de vez en cuando.

Julieta rió, como rara vez hacía con él, ante el comentario de Kardia, mientras a Dégel se le escapó un suspiro resignado, que no duró mucho, porque su "su pareja" lo tomó por un brazo jalándolo hacia sí, llevándose a Isabelle pegada a él por el otro extremo.

—Mami, yo quiero estar contigo —lloriqueó la chica, jalando el brazo que estaba de su lado.

—Mocosa, suéltalo —demandó Kardia sin dar tregua al pobre Acuario, que era jaloneado por ambos lados como si fuera un juguete por el que dos niños caprichosos peleaban.

—No quiero —Infló las mejillas, dando un segundo jalón para su lado—. ¡Además, mamá me pertenece hasta que me levanten el castigo!

En los labios de Dégel una inapreciable sonrisa apareció, y habló finalmente:

—Isabelle tiene razón —La balanza se inclinó a un lado.

—¡Pues me vale mierda, mocosa! ¡Dégel es mío desde mucho antes! —espetó aferrándose al brazo de Dégel.

—Sin embargo —Se soltó de los feroces agarres sutilmente—, Kardia también está bajo mi cuidado, Issi.

—Oh, claro —Isabelle se separó del Acuario con una mueca, evidentemente celosa, para después meterse las manos en los bolsillos y sonreír con pequeñez—. No puedo ganar contra quien hace feliz a mamá.

—¡Ja, claro que no! —Kardia envolvió a Dégel en sus brazos, como si fuera el gran trofeo de victoria, donde el Acuario sólo suspiró.

Julieta al apreciar la expresión de su hermana, sonrió e intentó motivarla.

—Vamos, Issi —habló de nuevo, tras reír ante la curiosa escena—. ¿No había una "propuesta" que le querías hacer al señor Arquero? —agregó tomándola por los hombros para acércala al santo.

—¿Yo? —preguntó su hermana, al fin soltando a Dégel—. ¡C-claro que no!

Cuando giró su vista, Sísifo estaba frente a ella, con sus enormes alas desplegadas, en las que los halos de luz del sol hacían que el santo brillara como si fuera una estrella más del cielo.

—Sísifo, Isabelle me dijo que quería decirte algo —Dégel se dirigió al santo del arco, con un brillo fugaz que sorprendió a muchos. ¿Se estaba divirtiendo?

—¿Decirme algo? —Ladeó la cabeza—. ¿Qué cosa, Isabelle?

La chica maldijo por debajo a su "madre".

—Julieta, me debes una explicación. —Dohko la rodeó con un brazo, y ambos, él y la chica, se volvieron con sonrisas cómplices antes de alejarse para dejar a Isabelle a solas con Sagitario.

Siguiendo el plan, Dégel, Kardia y hasta Aldebarán se unieron al grupo de Julieta, Shion, y Dohko, para conspirar en ese pequeño encuentro.

"Y me llevan al averno de visita —pensó—. Vaya conspiración".

En vez de sentir satisfacción, Isabelle sentía su propio corazón golpear en su pecho, y la punzada en su tobillo, debido a la alteración de sus emociones, se disparó provocando que hiciera una mueca de dolor.

Por un momento, en su mente una gran luz blanca se encendió en su mente, donde empezó a ver fragmentos de un pasado que no vivió; escuchaba voces en su cabeza cuan más se aceleraba su corazón.

"Rosario…".

"Ilias, debemos descifrar ese enigma".

"¿Cómo pretendes dejar ese mensaje, Niel?".

"Nuestro legado".

—¿Padre? —Se sostuvo la cabeza con ambas manos, ante esa lluvia de voces que invadieron su mente.

Sísifo la llamaba, pero ella no parecía oírlo.

"Habla con Virgo".

La chica empezó a sacudir la cabeza en ambas direcciones, intentando con ello estabilizarla.

—¿Otra vez? ¿Virgo?

—¿Isabelle? ¿Cómo que otra vez? ¿Qué pasa con Asmita? —Sísifo empezó a preocuparse, y la tomó de los hombros mientras ella se debatía entre las voces de su mente—. ¡Isabelle!

Ese grito hizo que el círculo de santos girara la vista en dirección a los dos rezagados. Entonces Dégel vio a la chica encogida entre los brazos de Sísifo, donde inmediatamente se acercó a ellos, con Julieta siguiéndole el paso también alarmada.

—¡Mocosa! —vociferó Kardia uniéndose al grupo—. ¡No creo que de esta forma conquistes a Sísifo!

—Kardia, ¡esto es serio! —regañó Dégel.

—No sé qué le sucede —confesó Sísifo teniendo entre sus brazos el cuerpo tembloroso de Isabelle—. De repente empezó a balbucear cosas, y se vino a mis brazos. No parece oírme. —Miró a Dégel—. Dijo algo de "otra vez", y mencionó a Asmita.

—¿Asmita? —Enarcó una ceja el Acuario.

—¿Qué pasa con Asmita? ¿Nuevo blanco, Isabelle? —habló Kardia alzando una ceja picarona—. ¡Vaya que te pareces a mí!

Julieta le restó importancia a polémica entre Acuario y Escorpio por estar pendiente de su hermana, se la quitó de los brazos a Sísifo, y empezó a zarandearla por los hombros.

—¡Isabelle! ¡¿Qué te pasa?!

—Rosario de las mil lunas… —siseó en su delirio.

—¿Qué? —Julieta sentía su corazón desbordarse—. ¿Rosario de qué?

Isabelle estiró su mano buscando a alguien que la sostuviera, y siendo el más próximo Sísifo al estar junto a Julieta, se acercó nuevamente y la tomó sin dudas, sin percatarse de que estaba usando su cosmos para aligerar el de ella. Estando al lado de Sagitario, Dégel tomó la otra mano de la chica, y, sin saberlo, la estaban trayendo de vuelta. Tres segundos más, y los dos poderosos cosmos hicieron retroceder el de Isabelle, provocando que la mente de la chica tocara tierra, perdiendo la fuerza en sus tobillos y yéndose de frente a los brazos de su protector.

—¡Isabelle! —gritó Julieta.

"¿Qué fue esa alteración? —pensó Dégel—. ¿Su cosmos creció y decreció tan rápido?"

—Estoy bien… —dijo finalmente la chica—. ¿Qué ha sido eso…?

—¡Soy yo la que debe preguntártelo, Issi!

—Oí la voz de nuestro padre…

—¿Qué...?

De un momento a otro, un gran estallido de luz se desbordó desde el templo de Acuario, alarmando a todos al ver cómo una lengua de luz dorada venía hacia ellos desde la onceava casa. Pero la luz sobrepasó sus cabezas, teniendo como objetivo fijo a Isabelle. Kardia y Dohko corrieron hasta ellos para intentar protegerla, pero la luz fue más rápida, alejando de la chica a Dégel y el resto, en un gran estallido de luz que los hizo retroceder. Después, un anillo de luz dorada empezó a rodear el cuello de la británica, donde segundos más tardes, empezó a mermar su intensidad, revelando el objeto que se convirtió en una pequeña cadena de cuello.

Apenas se disipó la luz, Julieta se acercó rápidamente a su hermana, que permaneció todo el tiempo de rodillas. Cuando estuvo cerca, se percató de que el objeto que colgaba del cuello de Isabelle era el collar que su padre les había obsequiado hacía ya varios años, cuando a penas y tenían trece años.

—Es nuestro dije…

Continuará.


Notas finales: Esperamos que hayan disfrutado este cap, ¡se nos revela otro secreto de las hermana! Gracias por ser pacientes, y agradecemos sus reviews. Para cualquier duda, un PM es bien recibido ^^

Respuestas:

Pacozam:

Kamui: Arigato gozaimasu~, y lo sé Issi es genial, por eso la adoro x3

MissLouder: De alguna forma, me siento celosa de esa línea que dices, Kamui. Tú eres mía .w.

Ina-Stardust-R:

Kamui: Arigato! Me alegra que hayas entendido nuestras acciones, alguien tenía que decirle sus verdades al chico ;)

MissLouder: ¡Gracias, nos alegra que te haya gustado! Agradecemos que sigas esta historia y nos apoyes con tus lindos reviews. Yo quiero ver esa pelea por la patria de potestad jajaj

Cassiopeia-Solo-Weasley :

Kamui: Arigato~, mami Shion es lindísimo, pero se preocupa demasiado a veces xD

MissLouder: Yo la verdad pienso que la relación de Kardia e Isabelle es bastante original jaja

Laura:

Kamui: Kyaa, arigato! Me alegra que ames mi personalidad (espero no decepcionarte en el futuro xD)

Y dioses, yo opino lo mismo, mami Shion debe bajarle a su histeria! Y claro, obviamente tenía que defender a mi Issi x3

MissLouder: Claramente, Kamui acaba de delatar su identidad ¡¿Qué acabas de hacer?! Jaja Laura, gracias por seguirnos. He leído cada uno de tus reviews, y pienso que no son fastidiosos. De hecho, nos encanta que nos den su opinión con lujo y detalle. Con respecto al personaje Isabelle (cofcofdel que yo estoy a cargocof) la verdad, siendo tan impulsiva es difícil ver sus verdaderas intenciones. Pero siempre será leal a sí misma y eso es un hecho ^^

Threylanx-Schwarze

Kamui: jaja Oscar? sip, definitivamente se lo llevan :) Arigato! Y si, Mani y Alba ya debía salir, era mucha la intriga.

MissLouder: Si Kamui dice gracias en japonés, yo diré en otro random… e.é… en finlandés: ¡Kiitos, bonita! Ya crearemos otros escenarios con esos dos hermosos caballeros ¡me encargaré de hacer trabajar a mi Kami con eso!

Leri

Kamui: Arigato gozaimasu, me alegra que te haya gustado :) Espero que esta cap también sea de tu agrado ;D

MissLouder: Somos dos owo! Es por eso que los cap son más largo y tardan más… porqué una señorita llega tarde (¿?) jaja gracias por tu review, esperamos que disfrutes del este cap.

Gracias por leer, y hasta la próxima.