¡YAHOI! Aquí os traigo el capi nuevo. Sé que muchos estabais deseando leerlo, y aquí va. Espero de corazón que os guste mucho, mucho, mucho.

Disclaimer: Naruto y sus personajes no me pertenecen, son propiedad de Masashi Kishimoto. Lo mismo para Yakuza, cuya autora orginal es Ivorosy, gracias, de nuevo, por dejarme hacer esto.


X. La verdad, al fin


La reunión iba más que bien. Lejos del escenario aterrador que Hinata había dibujado en su mente las cosas estaban saliendo mucho mejor de lo que había pensado en un principio. Nadie la había tratado mal o de forma grosera, nadie la miraba raro y, lo que era más importante, todos parecían haber aceptado con naturalidad que ella hubiese sido presentada como la mujer de Naruto.

―Se ve realmente feliz. ―La voz de Hanabi la sacó de sus pensamientos. Su hermana pequeña se encontraba a su lado, en actitud relajada, sosteniendo una copa de vino. Le sonrió cuando Hinata la miró―. A Naruto, digo, se le ve feliz. ―Hinata miró en la dirección en la que el rubio estaba, conversando con su primo Neji. Ambos hombres parecían estar muy enfrascados en su charla, aunque reían y sonreían casi continuamente.

Hinata no pudo más que sonreír ella también. Se notaba que Naruto parecía estar en su elemento, pero hasta ella podía notar que su vitalidad y alegría naturales parecían haberse incrementado, y algo le decía que la artífice de semejante aumento de optimismo era gracias a ella, a su decisión de permanecer a su lado.

―¿Cómo… cómo van las cosas?―preguntó, dando un sorbo a su propia copa de vino. Hanabi ocultó una amplia sonrisa. Por mucho que su hermana quisiera esconderlo, a ella también se le notaba tremendamente feliz.

―¡Esupendas!―contestó Hanabi―. Gracias a Naruto conseguimos recuperarnos. Claro que no fue de la noche a la mañana. Fue un proceso largo y cansado, más de una vez creímos que no lo conseguiríamos pero, ya ves, al final salimos para delante. ―Hinata sintió la culpa aguijonearla. Miró para su hermana menor y, sin que ella dijera nada, Hanabi se apresuró a tranquilizarla―. ¡Eh, no, quieta ahí! ¡O arruinarás tu precioso maquillaje!―Hinata pestañeó y se llevó la punta de un pañuelo de papel a los parpados, para borrar las lágrimas que quisieron salir de sus ojos.

―Perdón… yo… de verdad lo siento, Hanabi… por no… por no estar ahí… ―Hanabi resopló.

―Ya te he dicho que está bien, que no pasa nada. Tú tenías tus propios problemas y, además, no es como si pudiera reprochártelo. No fuimos precisamente buenos contigo. Así que estamos en paz. ―Hinata intentó sonreír. A pesar de las palabras de su hermana, todavía seguía pensando que debería haber hecho algo más. Tal vez enviar dinero o quedarse un tiempo más, hasta asegurarse de que todo marchara bien.

Pero sabía que, de haberlo hecho, jamás habría tenido el valor después para irse. Y lo necesitaba, había necesitado en su momento marcharse, por el bien del hijo que llevaba en su vientre.

Miró para el reloj que colgaba de una de las paredes del salón. La cena no tardaría en servirse y, contrario a lo que creyó en un principio, se moría de hambre. Estaba segura de que la comida la haría sentir mejor. No había nada como un buen atracón para disipar las penas.

De pronto, un murmullo empezó a recorrer el amplio salón. Hinata y Hanabi se miraron, confusas, tras comprobar que tanto Naruto como Neji habían dirigido sus miradas hacia la entrada, donde al parecer se hallaba la causa de semejante sorpresa generalizada. Ambas mujeres caminaron hasta la altura de los dos hombres, intentando ver por encima de sus hombros.

―¿Qué ocurre?―preguntó Hinata en un susurro, tomando del brazo a Naruto. El aludido contuvo un suspiro y sacudió la cabeza, deshaciendo su agarre para deslizar el brazo por su cintura y acercarla así a él.

―Nada que deba preocuparte, de veras. Es solo que no creí que se atreverían, a pesar de todo…

―Ni tú ni nadie―lo interrumpió Neji, acercando también a su prima menor hacia él, como si quisiera protegerla de algún peligro inminente. Hanabi puso los ojos en blanco y Hinata sonrió ante ese hecho. Neji siempre sería Neji, por muchos años que pasaran o por muy mayores que ellas se hicieran.

Posó entonces su mirada en las puertas del salón, encontrando y comprendiendo así la razón de los susurros y la sorpresa que había sacudido a todos los presentes.

Los Ōtsutsuki. Al menos dos de ellos, los mismos que habían acudido a reunirse con ella y con Naruto en la casa Uzumaki. Toneri y Momoshiki, si no recordaba mal. El primero parecía notablemente nervioso, y no era para menos. Todos los ojos estaban clavados en ellos, y todo el mundo murmuraba, como dejando patente de esa forma que no eran bienvenidos bajo ninguna circunstancia a una reunión tan sagrada como aquella.

Por su parte, el hermano mayor, Momoshiki, sonreía, de manera arrogante. Como si se sintiera superior a los demás presentes y con total derecho a aparecer y conducirse en aquella pequeña fiesta hasta ahora tan solo apta para unos pocos privilegiados. Parecía no importarle lo más mínimo las miradas de aversión y enfado que ambos hermanos Ōtsutsuki estaban recibiendo. Como si tan solo haber logrado estar ahí ya les diera el derecho a creerse parte de la élite de los yakuza.

Toneri, aunque por fuera estaba intentando por todos los medios no mostrar nerviosismo alguno, por dentro temblaba como un flan. Aquella gente no solo era la crème de la crème de la yakuza, sino que, además, era gente peligrosa, muy peligrosa. Un paso en falso y él y sus hermanos podían darse por muertos. Momoshiki estaba pisando terreno pedregoso y él lo sabía, lo había sabido desde que a su hermano mayor se le ocurrió aquel descabellado plan para recuperar, según él, el lugar que les correspondía dentro de la mafia japonesa.

Respiró hondo y cuadró los hombros, buscando un valor que estaba muy, pero que muy lejos de sentir. Inconscientemente, sus ojos azul claro recorrieron a la multitud, escudriñando cada uno de los rostros, esperando verla. Albergaba la secreta esperanza de no encontrarla allí. Tal vez se había equivocado en sus suposiciones y Hinata Hyūga no era la mujer de Naruto Uzuamki, aunque este así se la hubiese presentado. Tal vez y se trataba tan solo de una diversión, de una simple amante, y los niños eran hijos de otra mujer, incluso era posible que tuvieran distintas madres y que tan solo compartieran el padre. No sería nada raro en el mundo en el que vivían…

Se llevó una tremenda decepción al encontrársela al lado del jefe del clan Uzumaki. No contento con tenerla a su vera, el rubio yakuza la tenía bien sujeta de la cintura, como si temiera que ella fuera a arrancar de su lado en cualquier momento. Y Hinata no se quedaba atrás: tenía, a su vez, su mano descansando sobre la morena de su acompañante masculino, acariciándola. Había tanta intimidad y tanto cariño en ese simple gesto que se le revolvió el estómago.

Sin embargo, sería una tremenda descortesía de su parte, y un total desacierto, el no ir a saludar como correspondía. Así que respiró hondo una vez más y echó a andar hacia la bien avenida pareja. Los ojos brillantes como zafiros de Naruto no se apartaron en ningún momento de la delgada figura del hombre e, inconscientemente, apretó un poco más el agarre que mantenía en torno a Hinata. Había notado el brillo de interés en la mirada azul de Toneri, y eso no le gustó nada, pero nada de nada.

―Señor Uzumaki, señorita Hyūga… ―Toneri se inclinó a modo de saludo. Naruto le hizo un gesto con la cabeza mientras que Hinata correspondió la reverencia. Ante todo, había que ser educados―. Gracias, por permitirnos esta aquí esta noche. ―Un gruñido masculino fue la respuesta. Hinata miró para Naruto con algo de reproche, para luego girarse nuevamente hacia su interlocutor.

―No hay de qué. Espero que disfruten.

―Le aseguro, señorita, que ya lo estoy haciendo. ―Naruto resopló y tuvo que reunir toda su fuerza de voluntad para no largarle un puñetazo a ese idiota con cara de muñeco.

No había estado errado en sus suposiciones. A Toneri parecía gustarle Hinata. Estaba interesado en ella. ¡Pues que Dios lo ayudara, porque no pensaba permitir que nada ni nadie se la arrebatara! Le había costado mucho conseguirla, tenerla consigo, como para que ahora cualquier idiota viniera a quitársela.

Además, Hinata lo amaba a él. Si había sido capaz de soportarlo durante quince largos años, con ausencias y todo, estaba seguro de que ahora no lo dejaría. Pero tampoco iba a arriesgarse a que siquiera lo pensara. Esbozando una sonrisa algo tensa, se inclinó hacia ella y susurró en su oído, sin dejar de mirar en ningún momento para Toneri:

―Cariño, ¿has probado ya los canapés? Están deliciosos, de veras. ―Hinata sintió un escalofrío al notar el cálido aliento de Naruto hacerle cosquillas en la piel, junto con el sutil roce de sus labios en su oído y el sonido ronco de su voz. Tembló sin poder evitarlo y un sonrojo tiñó sus pálidas mejillas sin que pudiera hacer nada para reprimirlo.

Era increíble que ese hombre todavía causara reacciones típicas de una colegiala inexperta en su persona.

―P-pues… l-lo cierto es que no muchos, no… ―carraspeó disimuladamente para aclararse la garganta mientras, a su lado, Hanabi se estaba aguantando las terribles ganas que sentía de reírse a mandíbula batiente.

―Pues vamos. ―Y sin darle tiempo a replicar, la hizo girarse muy suavemente y la guio hacia una de las mesas, echando un breve vistazo por encima del hombro cuando ya se alejaban hacia Toneri. Sonrió victorioso y el Ōtsutsuki tuvo al menos la decencia de sonrojarse de vergüenza, sabedor de que, seguramente, había hecho un ridículo tremendo al intentar flirtear con la mujer de un gran jefe yakuza. Tendría que haber supuesto que no sería tan fácil acercarse a ella. Naruto Uzumaki la tenía bien vigilada.

Tras él, ajeno a las divagaciones de su hermano pequeño, Momoshik paseaba la vista por todos los presentes, sintiendo la clara hostilidad que reinaba en el ambiente desde que él y Toneri habían entrado en la casa. Hizo un esfuerzo por sonreír y fue hacia donde un grupo pequeño parecía estar discutiendo de política. Intentó por todos los medios integrarse en la amena conversación, pero lo cortaban o cambiaban de tema en cuanto él intentaba hablar.

Se dijo que era de esperarse, que el primero intento no tenía por qué tener éxito. Así que no dejándose avasallar por ese primer fracaso, buscó la manera de meterse en algún otro grupo o de pillar a algún solitario desprevenido y, aunque algunos eran más educados y más sutiles que otros, pronto se dio cuenta de que nadie quería darle ni la más mínima oportunidad.

Para cuando los hicieron pasar al salón para degustar lo que seguramente sería una deliciosa cena preparada expresamente para la ocasión, su frustración y su ira ya alcanzaban niveles estratosféricos. Lo sentaron en un extremo, y a Toneri en el otro, sin darle así ocasión de enterarse de nada de lo que allí ese estaba hablando. Los hombres reían y charlaban, mientras las mujeres, en una mesa un poco más allá, también parecían estar disfrutando de una amena velada.

Tuvo que cerrar los ojos, respirar hondo para calmarse y decirse una y otra vez que no pasaba nada, que estaba bien. Que ya haber conseguido un pase para la reunión anual de los clanes era algo digno de tener en cuenta. No podía esperar tampoco que de la noche a la mañana los demás jefes y sus clanes lo aceptaran a él y a sus hermanos como parte de aquel reducido y selecto grupo de la élite de la yakuza.

Tengo que ser paciente―se dijo―. No te alteres. Ya llegará tu momento. ―Más tranquilo, consiguió incluso disfrutar de la buena comida y el buen sake.

A pesar de la presencia de los Ōtsutsuki, la reunión iba viento en popa. Naruto consiguió abrir vías para posibles negocios y alianzas futuros con algunos de los clanes más importantes, tales como el clan Kaminarimon y el clan Shimura.

Tuvo que admitir que, a pesar de que el líder de los Shimura parecía especialmente descontento por la presencia de los Ōtsutsuki, el viejo Danzō no daba muestras de alteración o contrariedad alguna. El anciano era uno de los líderes más antiguos de la yakuza, su familia se remontaba siglos y siglos atrás, tal como la de Naruto. Habían sido los principales instigadores en el pasado de la caída de los Ōtsutsuki, y habían logrado hacerse así con todo el territorio del área de Kioto.

Pero, a pesar de dichas circunstancias, Danzō permanecía inmutable. Aquella debería de asustarlo, pero por alguna razón esa noche no podía preocuparse. No cuando oía la risa y la suave voz de Hinata un poco más allá, divirtiéndose con el resto de las mujeres. Sonrió casi sin proponérselo, recibiendo una mirada burlona de Shikamaru, quién se encontraba sentado enfrente de él.

―Tu mujer es encantadora, Naruto. Toda una dama. Te felicito. ―El rubio sonrió ampliamente hacia el que había hablado, Chōji Akimichi, el próximo líder del clan Akimichi. Era un buen amigo tanto suyo como de Shikamaru, y tenían una alianza sólida con él, así como una buena amistad.

―Gracias. Te agradezco tus palabras.

―Desde luego, te has sacado la lotería, chico. ―Ahora fue el líder del clan Kaminarimon el que habló, sentado al lado de Naruto y con el rostro algo colorado por causa del alcohol ingerido. Naruto sonrió nuevamente, sintiendo el orgullo y la felicidad desbordarlo.

―No lo sabe usted bien―contestó, llevándose un bocado de sushi a los labios.

La cena transcurrió y finalizó entre un ambiente cordial y distendido, relajado. Los hombres se fueron despidiendo gradualmente. Naruto fue uno de los últimos en levantarse de la mesa. Hinata ya se estaba también despidiendo, habiendo captado su señal para marcharse. Antes de poder reunirse con Naruto para poder al fin irse, fue interceptada por Toneri Ōtsutsuki.

―Señorita Hyūga, permítame reiterar una vez más lo hermosa que se ve usted esta noche. ―Las pálidas mejillas de la mujer enrojecieron. No estaba acostumbrada a que la halagaran de forma tan directa y vehemente.

―Gracias… ―musitó. Toneri se inclinó hacia ella y le tomó la mano, llevándosela a los labios en la forma de despedida occidental que era considerada educada y caballerosa. Hinata se puso nerviosa, sobre todo porque notaba la azul mirada de Naruto sobre ellos. Casi podía ver como ardía de furia y, aunque era un pensamiento algo perturbador porque nunca antes había tenido ocasión de verlo, seguramente también ardía de celos.

Retiró la mano enseguida y dio dos pasos atrás, alejándose de Toneri.

―Le agradezco sus palabras. Espero que haya disfrutado. Ya… ya nos veremos. ―Estaba ansiosa por librarse de él y no hizo ningún amago por disimularlo, rodeándolo para llegar por fin junto a Naruto, quién la estrechó por los hombros en el acto mientras lanzaba rayos con los ojos hacia Toneri.

Maldito baboso descarado―pensó mientras salían de la casa e iban hacia el coche. Se metió en el mismo y cerró la puerta con algo de fuerza. A su lado, Hinata suspiró, abrochándose el cinturón de seguridad.

―Naruto…

―La próxima vez me lo cargo―murmuró mientras encendía el vehículo y lo ponía en marcha. Hinata suspiró, mirando para las manos entrelazadas sobre su regazo. Buscó en su mente algo qué decir para mejorar su humor. No podía ser que una noche tan especial se viese empañada por el mal hacer de una sola persona.

―¿Sabes…? Me… me lo he pasado bien. En realidad… muy bien. ―Sus palabras tuvieron un efecto devastador en Naruto, porque giró bruscamente la cabeza hacia ella y todo el malestar que había sentido hasta ese momento se disipó como por arte de magia.

Clavó sus orbes azules como el cielo en ella.

―Tú… ¿lo dices de verdad?―Hinata asintió.

―Extrañamente… así es. No… no me he sentido incómoda en ningún momento, ni con ganas de salir corriendo―bromeó, esperando poder sacarle una sonrisa. Funcionó, porque el rubio esbozó de pronto una enorme y más que radiante sonrisa en su dirección.

―¡Eso es genial, Hinata, de veras! ¡Y si hubieras visto a todos los demás! ¡Estaban muertos de envidia porque iba conmigo la mujer más guapa e increíble del mundo! ¡De veras!―Hinata rio y se permitió relajarse, apoyando la cabeza sobre el respaldo del asiento.

A su lado, Naruto enfocó de nuevo la mirada en la carretera, mirando de vez en cuando de reojo para el delicado perfil de la mujer a la que amaba, si cabe aún más que hacía unas horas.

Sus palabras lo habían hecho el hombre más feliz del mundo, del universo entero. No podía estar más contento en esos momentos. Hinata lo había pasado bien, se había desenvuelto con soltura, había sido elegante, sofisticada, amable, educada… Todo lo que un gran jefe de la yakuza como él podía esperar de la compañera que había elegido.

La miró de reojo una vez más, sintiendo todo su ser burbujear de amor y dulzura por Hinata, por la mujer que le robaba el aliento y el corazón con tan solo una mirada de sus preciosos ojos perlados.

Había salido mejor que bien. No había esperado que Hinata se sintiera tan cómoda y tan bien durante la cena, conociendo a tanta gente y teniendo que conducirse como la gran dama que supuestamente era. Aunque había recibido la aprobación y los halagos de la mayoría de los líderes de la élite yakuza, no había sido así con todos, tuvo que reconocer. El líder de los Yamanaka, Inoichi, tenía sus reservas, y había notado también que Danzō Shimura no había estado lo que se dice simpático con ella.

Aquello tenía fácil solución, algo a lo que llevaba dándole vueltas desde que Hinata había vuelto a su vida y había ocupado el lugar que le correspondía como su mujer, como debiera haber sido desde un principio.

Tal vez… ya era hora de dar el siguiente paso, se dijo.

Tal vez, ya era hora de que las cosas encajaran definitivamente en su lugar.

El resto del camino transcurrió en un cómodo silencio. Para cuando avistaron las puertas de la casa principal de los Uzumaki, el hogar que ahora era de ambos, ya era bien entrada la noche. El portón de madera se abrió, y entraron en el caminito de piedra, precedidos por su escolta. Cuando estacionaron ambos vehículos, Naruto informó a sus hombres que podían irse a descansar si lo deseaban, y que estaban disculpados a la mañana siguiente.

Les extrañó sobremanera encontrar luces encendidas cuando ingresaron en la casa. Se miraron y, sintiendo ya un mal presentimiento, Naruto anduvo hasta el salón, con Hinata pegada a sus talones, sintiendo la aprensión invadirla al pensar en que algo malo hubiese podido sucederles a sus hijos.

Cuando entraron en el salón principal para las visitas, se sorprendieron sobremanera al ver a Karin ponerse en pie. La pelirroja tenía unas pronunciadas ojeas bajo sus hermosos ojos escarlatas, y el pelirrojo cabello enmarañado. Se cruzó de brazos nada más verlos y no pudo evitar fulminar a Hinata con la mirada. Todo era culpa de esa estúpida mujer. Si tan solo el imbécil de su primo no estuviera tan embobado con ella…

―Karin… ¿qué haces despierta tan tarde? ¿Ha pasado algo?―preguntó Naruto, intentando ser muy suave. Lo que menos quería era desatar toda la furia que su prima parecía estar conteniendo de mostrar. Una escena con Karin era lo que menos deseaba después de que todo hubiese salido tan bien en la cena.

Karin apretó los dientes y clavó ahora los ojos en Naruto, con chispas saliendo de sus pupilas.

―Sí, ha pasado algo―bufó. Tanto Naruto como Hinata se pusieron rígidos, con los cuerpos totalmente tensos, como cuerdas de guitarra. Hinata volvió a pensar en Boruto y en Himawari. Si algo les hubiese pasado… ―. Tenemos que hablar. ―Naruto asintió, percibiendo que el asunto parecía grave. Karin no estaría perdiendo horas de sueño si la cosa no fuera seria. Se giró a Hinata, para decirle que se adelantara ella al dormitorio, cuando Karin habló de nuevo―. No, la Hyūga también viene. Os incumbe a los dos. ―Aquello despertó la curiosidad de Naruto pero también aumentó el pánico de Hinata. Ahora sí estaba convencida de que algo muy malo debía de haberles pasado a los niños. Tuvo que apretar fuertemente el bolso de fiesta que llevaba todavía en la mano, reprimiendo las ganas de echar a correr hacia las habitaciones de sus hijos.

Siguió a ambos primos Uzumaki hacia el que era el despacho de Naruto, donde Karin cerró la puerta tras comprobar que no hubiera moros en la costa. Los problemas familiares, internos, mejor mantenerlos en privado.

Se volvió entonces a mirar a la pareja. Respiró hondo, intentando suavizar su expresión. Lo que iba a decirles caería sobre una bomba sobre su primo y, aunque odiaba a esa mujer Hyūga con toda su alma, por nada del mundo quería provocar disgusto en Naruto. Era como un hermano para ella, más que un primo.

―A ver, no hay forma bonita ni delicada de decir esto… ―Se masajeó las sienes, con un gruñido―. Empezaré aclarando que los mocosos están bien. Duermen como angelitos en sus camas… al menos uno de ellos―pensó para sí. Aquello relajó considerablemente a Hinata.

―¿Entonces… ―apremió Naruto, consciente de que su prima parecía querer decirles algo más. Karin volvió a clavar la mirada en el rubio.

―El crío se ha enterado. ―Naruto parpadeó mientras que Hinata procesaba sus palabras.

―¿Se ha enterado… de qué?―se arriesgó a preguntar Naruto, con el miedo creciente acechando sus venas.

―¡De que Papá Noel no existe, no te jode! ¡¿De qué va a ser, cenutrio?! ¡De ti, de nosotros, de lo que somos, de lo que hacemos!―gritó la pelirroja, exasperada ante lo lento que podía ser su primo para según qué cosas. Tuvo que respirar hondo nuevamente, para calmarse.

Hinata sintió un mareo invadirla. Palideció, casi tanto como Naruto, al oír la revelación de Karin. Tanteó tras ella hasta dar con un sillón y se desplomó sobre el mismo, temblando como una hoja.

Se había enterado… Boruto se había enterado… Sintió las lágrimas acumularse en sus ojos, pero no hizo nada para intentar disiparlas, dejó que cayeran libres por sus mejillas. El pánico y la ansiedad le apretaron el estómago en nudo, impidiéndole casi el respirar. Tuvo que contener las horribles ganas que le entraron de echar a correr hacia la habitación de su pequeño tornillo, para encerrarlo entre sus brazos y acunarlo contra ella, como cuando era pequeño y tenía una pesadilla o algo lo disgustaba. Pero con eso no arreglaría nada, lo sabía. Se hundió en el sillón, sintiendo todo el peso de la culpa aplastarla. Había perdido su oportunidad de explicarle, de aclararle… y ahora la odiaría. Estaba segura de ello.

La mente de Naruto , por otro lado, trabajaba a toda velocidad. No se estaba dejando arrastrar por el pánico, aunque sería la mar de fácil dejarse llevar por el miedo y colgarle el marrón a otro. Pero no, no podía hacerlo. Boruto era su hijo, su responsabilidad. Era cosa suya el explicarle y el tratar de hacerle entender. A la mañana siguiente tendría una conversación seria con él, una conversación como no había tenido nunca con su hijo. Karin hablaba, contando a grandes rasgos lo que había pasado. Inojin… tenía que haberlo supuesto, ese crío tenía la misma manía de Sai de decir siempre la verdad, todo lo que pensaba, sin filtro y sin importarle a quién podía hacer daño con sus comentarios hirientes.

Suspiró. No le quedaba más remedio que prohibirle a Sai traerlo. Su subordinado tendría que encontrar otro sitio para verse con su hijo si quería seguir viéndolo. No le gustaba tener que tomar esa decisión, pero no le quedaba más remedio. Inojin no podía salir indemne de esta.

―Todo esto es culpa tuya. ―La afirmación de Karin hizo a ambos padres levantar la vista y mirarla.

―¿Pe… Perdón?―dijo Hinata, en un hilo de voz. Karin bufó.

―¡Que todo esto es culpa tuya! ¡Si no hubieses sido tan estúpida, si no hubieses tomado la horrenda decisión que tomaste años atrás nada de esto habría ocurrido! ¡El crío se habría criado aquí, dentro del seno del clan, sabría sobre sus raíces, su familia, nuestras costumbres! ¡Y ahora, de repente, te entran las ganas de venirte y traerlo de vuelta! ¡¿Cómo te atreves, eh?! ¡¿Tienes idea de todo lo que Naruto tuvo que padecer, de todo por lo que pasó cuando te fuiste?! ¡No, claro que no, solo te preocupaste de ti misma y del niño que se gestaba en tu vientre! ¡Un niño por cuyas venas corría también la sangre de mi primo! ¡¿Te molestaste acaso en preguntarle, eh, en tener en cuenta su opinión, sus sentimientos?!―Hinata sintió que toda la tensión acumulada se transformaba de pronto en una virulenta ira.

Se levantó del sillón y se irguió en toda su pequeña altura, clavando sus ojos perlas en los rojos de Karin.

―No te atrevas―siseó―. ¡No te atrevas a cuestionar mis decisiones! ¡Tú no eres madre, no has llevado a un niño en el vientre, así que no tienes ni idea de lo que se siente! ¡No tienes ni idea tampoco de todo por lo que yo tuve que pasar! ¡¿Te crees que fue fácil?! ¡No, no fue nada fácil! ¡A cada día que pasaba me cuestionaba si lo que hacía estaba bien, pero jamás podría haberme arrepentido, porque eso me permitió darle a mi hijo una vida normal!

―¡Una mentira, eso es lo que le diste! ¡Una burda y asquerosa mentira! ¡Provocaste que odiara a su padre todo este tiempo, cuando aquí la única culpable eres tú!

―¡Soy su madre y sabía lo que era mejor para él, y crecer en un ambiente yakuza no es fácil, yo lo sé, tú lo sabes, Naruto lo sabe!―Karin resopló.

―¡Por favor, eso no son más que excusas! ¡Yo sobreviví, Naruto sobrevivió, tú sobreviviste, así que no veo el punto!

―¡¿A costa de qué, eh?! ¡Del dolor, de la humillación, de la soledad-

―¡BASTA YA! ¡SILENCIO!―Ambas mujeres enmudecieron en el acto ante el rugido procedente de la garganta de Naruto. El rubio había sido mudo testigo de la acalorada discusión. Había intentado pararlas, pero viendo que por las buenas no iba a conseguir nada tuvo que recurrir a su tono de autoridad para callarlas.

Suspiró, observando el rostro avergonzado y cabizbajo de Hinata y el iracundo de su prima. Se llevó los dedos al puente de la nariz, pellizcándolo. Dios, qué difícil era lidiar con mujeres testarudas y con carácter… ahora entendía a Sasuke cuando le advirtió de que la convivencia con una mujer no era nada sencilla…

―Ya está bien―demandó, ahora en un tono más suave, aunque sin perder la autoridad que le confería su rango de jefe―. Karin, ya nos has informado y has dejado claro tu punto de vista. Hinata y yo estamos cansados y nos retiraremos por ahora. Vamos. ―La tomó suavemente del brazo y la empujó hacia la salida. Tras ellos, Karin murmuró una maldición y los siguió, perdiéndose por el largo pasillo en dirección a su cuarto.

Naruto anduvo lenta y pesadamente hacia su propia habitación, todavía con su mano agarrando el brazo de Hinata. Una vez llegaron abrió la puerta corredera y la metió dentro, entrando él seguidamente y cerrando despacio tras él, como no queriendo aún más la quietud de la noche.

Pero cuando se volvió a mirar a Hinata, se le rompió el alma al verla llorar. Silenciosas, gruesas y amargas lágrimas se deslizaban impunemente por sus mejillas. Se apresuró a llegar junto a ella y encerrarla en un abrazo desesperado, haciendo chocar la cabeza femenina contra su pecho.

―Ya está, mi amor, ya pasó. ―Hinata se aferró a la chaqueta de su traje, que aún llevaba puesto. No, nada estaba bien, se dijo Hinata. Todo se había estropeado, todo se había ido al garete. Por un estúpido error.

Dejó que Naruto la acunara, que le susurrara palabras tranquilizadoras y cariñosas al oído, que la abrazara y la llevara hacia el futon, que alguien había dejado extendido para ellos. Dejó que la desvistiera y que le pusiera el pijama lenta y dulcemente, sin dejar de acariciarla ni de consolarla en ningún momento.

Se dejó mimar, se dejó querer y se dejó consolar, aferrada al fuerte cuerpo del hombre al que amaba. Ahora, más que nunca, él era su roca, su tabla de salvación. Lo necesitaba, y él estuvo ahí para ella, dejándola llorar y desahogarse hasta que, cansados por tantas emociones, ambos cayeron contra las almohadas.

Aunque dormir fue lo único que no pudieron hacer esa noche, a pesar del cansancio. Era tanta su desesperación y su necesidad por consolarse , por sentirse, que esa noche su unión fue salvaje, llena de necesidad incontrolada. La ternura quedó atrás para dar paso a la desesperación.

No obstante, aquello no hizo sino hacerla sentir peor y, cuando a la mañana siguiente, el sol se coló en el cuarto, no tuvo valor para mirar a Naruto a la cara. Él no le reprochó ni tampoco le dijo nada, dándole el espacio que necesitaba para calmarse. Cuando salió del cuarto de baño, Naruto ya estaba vestido. Ese día, contrario a los anteriores, no se había vestido para salir, sino que se había puesto un pantalón de chándal y una camiseta de manga corta, algo cómodo para estar en casa. El alivio que sintió al verlo, hizo que parte del nudo en su estómago se aflojara.

Decidió seguir su ejemplo y se puso un sencillo vestido para andar por casa que solía ponerse mucho en Esashi, los días que no les apetecía o que no podían salir de casa y que ella y los niños se quedaban a ver películas o jugar a juegos de mesa o a las cartas.

Intentando hacer acopio de un valor que en absoluto sentía, se abrazó a Naruto , que no dudó en estrecharla entre sus brazos. Había llegado la hora, se dijo, por fin su pequeño sabría la cruda verdad, el porqué de todo, las respuestas a todas esas preguntas que lo habían asaltado desde que empezó a darse cuenta de que su familia no era como las demás.

―Todo irá bien, de veras―le dijo Naruto, separándola de sí y posando una mano en su mejilla, levantándole el rostro para que lo mirara. Hinata intentó sonreír, fracasando estrepitosamente en ello.

―Solo… no me dejes… ―Naruto adoptó una expresión dura.

―Nunca. Estamos juntos en esto―le dijo, con la voz ronca. Hinata asintió, respirando hondo. Ya no podían postergarlo más. Era ahora o nunca.

Salieron de la habitación y recorrieron todo el pasillo y las escaleras en completo silencio, hasta llegar al salón donde los niños desayunaban.

―Buenos días―dijo Naruto, procurando usar su tono despreocupado de costumbre. Los tres adolescentes que estaban sentados a la mesa se pusieron rígidos como tablas.

―Bu-buenos días, tío Naruto… ―consiguió articular Shikadai, mirando de reojo para Inojin, quien parecía igual de nervioso.

―Buenos días―dijo el pálido rubio, tratando de disimular su nerviosismo. Boruto se limitó a clavar sus ojos azules, algo más claros que los de su padre, en sus progenitores.

―Nosotros… ya terminamos. Vámonos, Inojin―murmuró Shikadai, tirando de su amigo y haciendo ambos una apresurada y nada elegante reverencia de despedida a los dos adultos allí presentes.

Temblando, temerosa de que su pequeño la rechazara si hacía algún movimiento demasiado brusco, Hinata se acercó unos pasos hacia él. Himawari estaba bien lejos, al lado de la puerta abierta que daba a los preciosos jardines de la casa, tan entretenida con sus muñecas que ni se había percatado de la presencia de sus padres. Aquello la alivió.

―Boruto… ―llamó. El adolescente desvió su mirada hacia ella. A Hinata se le encogió el corazón al distinguir numerosas emociones en ellos: ira, resentimiento, miedo, reproche… todas negativas. Tuvo que respirar hondo para calmarse―. Boruto… ―llamó otra vez, en tono suave.

―¿Qué?―contestó al fin el rubio menor, en tono hosco. Naruto se puso a la altura de Hinata y le pasó el brazo por la cintura, mirando fijamente para su hijo, tan parecido pero a la vez tan distinto a él.

―Tu madre y yo… tenemos que hablar contigo―lo dijo en tono calmado, intentando quitarle hierro al asunto. Boruto clavó ahora la vista en su progenitor.

―¿De qué? ¿Del hecho de que me habéis mentido vil, cruel y descaradamente toda mi vida, a mí y a Hima, y de que no sois los padres modelo que yo creía? ¿De que tú―señaló con un rígido dedo índice para Naruto―eres un maldito criminal, un yakuza?―Las palabras de Boruto horrorizaron a Hinata e hizo que a Naruto se le revolviera el estómago, aunque no dio muestra alguna de ello.

―¡Boruto!―exclamó Hinata―. ¡No vuelvas a decir eso! ¡Tu padre no-

―¡¿Acaso es mentira, eh?! ¡Y lo peor es que me he tenido que enterar por terceras personas! ¡Hubiera apreciado que me lo hubiese dicho él!―Fulminó a su padre con la mirada. Hinata sintió las lágrimas queriendo volver a aflorar a sus ojos.

―Boruto, no es así…

―¡¿Ah, no?! ¡¿Y cómo coño es, entonces?!

―Siéntate―ordenó su padre, en tono calmado. Boruto bufó pero obedeció, cruzándose de brazos.

―Exijo una explicación―soltó, entre dientes―. Ya es hora de que me digáis la verdad. ¡Ya no soy un niño, en serio!―Hinata se dejó caer en una silla frente a su retoño y cogió la mano de Naruto bajo la mesa, apretándosela fuertemente.

―Te… te lo contaremos…

―¿El qué?―preguntó él, desconfiado.

―Todo―dijo su padre, sin atisbos de duda en su voz. Ante aquello, Boruto descruzó los brazos y se echó hacia adelante, prestando suma atención a lo que sus progenitores empezaron a narrarle.

Hinata dejó que Naruto iniciase la conversación, contándole a su pequeño la historia del clan Uzumaki, sobre sus propios padres, sobre lo buena líder que fue Kushina Uzumaki en su época. Se descubrió los brazos, dejando boquiabierto a Boruto en cuanto vio los bronceados brazos del rubio mayor llenos de la tinta de los tatuajes de un par de dragones escupiendo un par de soles con un remolino en el centro. Le contó de Bee, de los Uchiha.

Luego entró Hinata, narrándole la forma tan extraña en la que se habían conocido y en la que se habían enamorado, escapándoseles un par de risitas tontas sin que pudieran evitarlo, recordando con nostalgia un pasado en el que ambos, a pesar de las dificultades, habían sido felices.

Omitieron deliberadamente las partes más escabrosas, como el hecho de que Naruto había estado en la cárcel o la razón por la que Hinata no vivía con su abuelo cuando sus padres se conocieron, así como tampoco le contaron nada de la masacre del clan Hyūga. Pero sí le dijeron la razón del porqué él y Himawari habían sido privados de la presencia paterna durante tanto tiempo.

―Yo… no quería que tú… vivieses lo mismo que yo―terminó Hinata, en un apenas un susurro. Boruto apretó los dientes.

Era demasiado… increíble. No era capaz de asimilarlo, no todo. Era increíble. Toda su vida… todo lo que había creído… el odio hacia su padre, las sonrisas maternales de su madre… todo… todo mentira…

―Sois… ¡sois unos mentirosos! ¡Me habéis engañado, durante toda mi vida!

―Boruto, por favor, escú-

―¡No, no quiero saber nada de ti! ¡¿Cómo has podido?!―Le dio tal mirada herida que Hinata agachó la cabeza, con las lágrimas luchando por derramarse de sus ojos.

La ira había ganado al fin el terreno al resto de emociones. Boruto todavía no podía creerse todo lo que le habían contado sus padres. Era demasiado inverosímil, demasiado… demasiado imposible.

―No puedo creer que me hicierais esto… ¡sois los peores padres del mundo! ¡Os odio! ¡Ahora ni sé si de verdad me queréis y confiáis en mí!―Y dicho esto salió corriendo, perdiéndose en la enorme casa.

Naruto se puso en pie de golpe, tirando la silla al suelo por el brusco movimiento, mientras, a su lado, aún sentada, Hinata daba rienda suelta a su dolor y a su angustia.

―¡Boruto, espera! ¡Vuelve aquí!―Naruto corrió hacia la puerta por la que su hijo había desaparecido. La preocupación bullía dentro de su ser. Boruto era demasiado joven aún, demasiado impulsivo… seguramente haría algo de lo que después se arrepentiría…

Tras él, Hinata se tapaba el rostro con sus manos, incapaz de dejar de llorar.

Había tenido razón. Su pequeño la odiaba. No quería saber nada de ella.

Y no podía culparlo por eso.

Fin X. La verdad, al fin


Pues nada, Boruto ya sabe CASI toda la verdad. Espero sinceramente que os haya gustado y que no se haya visto algo forzado o extraño. Lo cierto es que me di una caña loca con este capítulo para poder traerlo cuanto antes. Lo escribí en apenas unas horas, de lo emocionada que me tenía. Lo que pasa que luego tocó editar y revisar y demás xDDD.

¿Me dejáis un review? Porque, ya sabéis:

Un review equivale a una sonrisa.

¡Muchísimas gracias por los suyos a: Lilipili y a NHNHNHNHNH! ¡Lo aprecio de verdad! ¡Gracias!

*A favor de la campaña con voz y voto. Porque dar a favoritos y follow y no dejar review es como manosearme una teta y salir corriendo.

Lectores sí.

Acosadores no.

Gracias.

¡Nos leemos!

Ja ne.

bruxi.