Disclaimer: Bleach pertenece a Tite Kubo. Los personajes originales y la trama son míos.


10. Anderen wege im umgang mit dem scwert

(Otros caminos en el trato con la espada)

"Hay muchas maneras de empuñar la espada, pero todas deben de tener el mismo resultado"

Jean Guillaume Sabré

— Hey, Cempa, despierta —escuchó Ichigo, al mismo tiempo que sentía unos ligeros golpes en su hombro izquierdo.

El joven de pelo naranja abrió los ojos lentamente. Y lo primero que vio fue a Jesús a su lado izquierdo, bastante cerca de él, lo cual hizo que se incorporara de forma rápida.

— ¿¡Q-q-qué haces!? —exclamó, apoyándose contra la pared.

— Pues despertándote —respondió el segador legionario. Ichigo pudo notar que llevaba un vaso de yogurt con una cuchara sobresaliéndole—. Ya son las diez de la mañana. Parece que te pegó el sueño ¿no? —y tomó una cucharada de yogurt.

— ¿Son las diez de la mañana? —repitió Ichigo, interrogante. Fernández sólo asintió, mientras tomaba más yogurt. Se relajó un poco y miró a su alrededor— ¿Y los demás? —preguntó al ver que sólo estaban ellos dos en la habitación.

Jesús pasó el yogurt que tenía en la boca: — Se levantaron hace rato —respondió y comió más del lácteo—. Fueron al edificio de la Legión para ver donde podían entrenar.

— ¿Y por qué no me despertaste para ir con ellos? —replicó Ichigo, levantándose inmediatamente de la cama.

El segador legionario se encogió de hombros: — Tus amigos me contaron que intentaron hacerlo —contestó—, pero tú dormías como piedra. De hecho, llevo como veinte minutos intentando que abras los ojos, güey —y siguió vaciando el envase de yogurt mientras que Ichigo salía a toda prisa del departamento, en busca de Uryu y Sado.


A su vez, en el departamento de Mauricio, Renji, Shuuhei e Izuru dormían sin preocupación aparente. Al parecer, al pelinegro y al pelirrojo no les parecieron incómodos los petates, pues estaban durmiendo a pierna tendida sobre ellos. Pero el tenue abrir de una puerta hizo que el rubio saliera de su onírico mundo.

— Buenos días Mau —escuchó la voz de un hombre joven, algo amanerada.

— Buenos días hermanito —oyó la voz de una mujer de no más de dieciséis años.

Alguien arrastró una silla y se escucharon dos pasos: — Carnales, buenos días —saludó Mauricio, después de un pequeña pausa—. Por lo que veo me traen gallos.

— Bueno, tienes razón —afirmó el otro hombre—. Estos tres ya están listos por si los quieres ir preparando.

— Muy bien, déjenmelos aquí —dijo el segador legionario—. ¿Quieren algo de desayunar? —ofreció.

— No gracias, ya comimos algo antes de venir aquí —se excusó la joven—. Por cierto, tu depa se siente raro, ¿no?

— ¿A qué te refieres? —cuestionó Hernández.

Hubo un momento de silencio: — No sé, a como si hubiera alguien más aquí. Como un fantasma o algo así —respondió la mujer.

— Carnala, en primer lugar estamos muertos, técnicamente somos fantasmas —razonó Mauricio—. En segundo, sí, hay alguien aquí. Son unos japoneses que trajo el capitán para una misión en el Mundo de los Vivos.

— ¡Oh, japoneses! —dijo el otro hombre, notoriamente impresionado― ¿Puedo verlos? —cuestionó.

El segador legionario rió: — Pues ahorita están dormidos, carnal —respondió—. Pero deja ver si a alguno le gustan los morros para encaminártelo.

Y, como si las circunstancias le estuvieran jugando en su contra, a Izuru le entraron unas terribles ganas de ir a orinar, por lo que, sin dudarlo, se levantó y abrió rápidamente la puerta de la habitación para ir al baño. Pero en su prisa por evitar ser detectado, resbaló un poco y tuvo que detenerse ante la puerta de su destino. Y sintió algunas miradas sobre él, por lo que no le quedó de otra que voltear a ver a sus observadores.

Junto a Mauricio se encontraban las otras dos personas que había escuchado. El hombre se parecía mucho al segador legionario, excepto que lucía de más edad, como de unos veinticinco años, treinta centímetros más alto e igual de delgado, aunque tenía el pelo más corto a la altura de los hombros, un poco ondulado y de un color rojo cobrizo, el rostro algo más corto y los ojos un poco rasgados; vestía una playera verde que le hacía resaltar su fibroso cuerpo y unos jeans algo ajustados además de tenis blancos. La joven parecía de diecisiete años, de la misma altura que Mauricio, con cuerpo esbelto, el pelo largo hasta la cintura, lacio y negro, y un rostro redondo con ojos muy grandes y marrones; portaba una blusa color violeta muy pálido, algo holgada, y unos jeans en mejor estado que el hombre pelirrojo. A su lado había tres cajas de cartón, de cincuenta centímetros de largo y alto por veinte de ancho, y de una de ellas salían sonidos de arañazos.

— Aguas, güey —habló Mauricio—. Casi te partes el hocico tú solo, ¿no te pasó nada? —interrogó.

— Eh, si, no hay problema —respondió Kira y volteó a ver a los demás—. Buenos días, con permiso.

— Espera, güero —intervino el segador legionario, acercándosele—. Antes de que te metas al baño me gustaría que conocieras a Noé y a Olivia, mi hermano mayor y mi hermana menor.

— Mucho gusto —dijo Izuru, haciendo una reverencia y apretando las piernas—. Ahora, si me disculpan —abrió la puerta y se metió rápidamente al baño, dejando a los presentes algo sorprendidos.

Noé se acercó a su hermano: — Es muy guapo, aunque a su cara le falta una sonrisa, ¿no lo crees? —comentó.

— Ahí si no sé qué decirte, carnal —contestó Mauricio, encogiéndose de hombros—. Y ya que sé levantó el amigo, creo que debería parar a los otros antes de que haga más tarde —y se encaminó a su cuarto.

Noé le hizo una seña a Olivia para que se acercara, y así ambos también ingresaron a la habitación.


El delicioso aroma a café hizo que Orihime abriera los ojos. Eses sueño había sido bastante reparador, después del cambio de horario tan repentino. Se levantó de su cama, la cual era una de las literas de abajo y abrió la puerta, con la esperanza de servirse un poco antes de salir. Dio un rápido vistazo hacia el comedor.

Allí, la teniente Miranda se encontraba sentada en la mesa. Enfrente de ella estaba una taza azul, con lo que presumiblemente sería café, dado el característico aroma, y un plato pequeño con galletas de coco. Toribio, el loro, también estaba presente, junto con otras dos aves más, otra de su misma especie y una cacatúa de moño amarillo, las cuales se disputaban en feroz silencio una manzana en otro lugar de la mesa.

— Buenos días —saludó la teniente, y enfocó su único ojo en Orihime.

— Buenos días —le devolvió el saludo la joven de pelo naranja.

— ¿Dormiste bien? —cuestionó la mutilada mujer, agarrando una galleta y comiéndola.

— Eh..., sí, gracias. La cama es muy cómoda —respondió.

Miranda tomó su taza y le dio un sorbo: — Por cierto, no nos hemos presentado de manera adecuada —dijo, dejó la taza en la mesa y se levantó —. Miranda Martínez León, teniente de la Legión de Apoyo del Mictlán, mucho gusto —le tendió su mano derecha.

— Orihime Inoue, el gusto es mío —respondió la joven, estrechándole la mano.

La teniente le tendió el plato con galletas: — ¿Gustas? —ofreció.

La joven de pelo naranja tomó una galleta: — Gracias —la mujer agitó un poco el plato, como seña de que tomara más —. Bueno —y agarró otras dos galletas. Iba a llevarse una a la boca cuando se fijó en las cicatrices del rostro de la teniente— ¿Qué le pasó en la cara? —preguntó.

Miranda le dio un sorbo a su café: — Esa es una historia interesante, pero ahora no es el momento —respondió—. Por cierto, es mejor que despiertes a tus amigas para que tomen algo antes de irnos al edificio —continuó—. Me he de suponer que querrán hacer algo de entrenamiento, y aquí —sonrió un poco— las cosas son un poco más pesadas que en la Sociedad de Almas.

Orihime no comprendió muy bien sus palabras, pero le pareció buena idea despertar a las demás para desayunar juntas.


Mientras Ichigo y los demás se apuraban en despertarse, Bernardo ya tenía algunas horas en el edificio de la Legión, específicamente en su oficina, haciendo el papeleo que dejó pendiente tres semanas atrás. Unos toques a la puerta interrumpieron su concentración.

— Pase —dijo, sin apartar la vista de lo que estaba escribiendo.

La puerta se abrió, y alguien estaba parado en el umbral. Era un esqueleto, de un metro y noventa centímetros de alto, ataviado con un vestido negro de tela pálida que le llegaba hasta los pies y un grueso abrigo de piel blanco. Su cabeza estaba adornada con un sombrero de ala ancha, negro, con grandes y esponjosas plumas blancas. Al costado izquierdo portaba una espada, la cual no se distinguía en color de la hoja, con un pomo pequeño, un puño y guardamanos de un color tan blanco como su portadora.

— Generala Catrina Posadas, bienvenida —saludó el capitán al individuo, levantándose y haciendo un saludo marcial.

— Buenos días, capitán García —respondió la supuesta mujer, con el mismo gesto del saludo. Su voz era femenina, susurrante y algo fría—. No me había notificado de su llegada.

Bernardo agachó un poco la cabeza: — Le ofrezco una disculpa generala. Tenía que ponerme al tanto con la Legión —se eximió, y con un ademán le invitó a pasar.

— Bueno no importa —dijo la generala, ingresando—. Lo bueno que está de vuelta capitán, y con la gente que dijo que traería. Pero tengo algunas dudas al respecto con ellos.

— ¿A qué se refiere? —inquirió Bernardo, sentándose en su respectivo lugar.

Catrina ocupó una de las sillas enfrente de él: — Para empezar, ¿sabe si podrá pasar desapercibido en el Mundo de los Vivos con ellos? —interrogó, cruzando los dedos de las manos.

El capitán se quedó un poco pensativo: — Bueno, podríamos intentarlo —respondió, luego de una pequeña pausa—. Con un poco de entrenamiento…

— Piensa que podrán controlarse, ¿verdad? —le interrumpió la generala, golpeando con su dedo índice derecho el escritorio—. Pero entre ellos está Ichigo Kurosaki, capitán.

Bernardo asintió: — Así es, generala —dijo—. Él es, quizá, el segador más poderoso de la Sociedad de Almas, y no tengo duda de…

— Pero hay algo muy básico que puede arruinarle la misión, capitán —rebatió Posadas, con calma—. El chico tiene sangre quincy, y la energía de un Hueco está muy presente en él, además de traer un quincy, el traidor, con usted. Y sabe lo que significa, ¿verdad?

Bernardo se quedó bastante pensativo: — Por supuesto, generala —respondió—. Ichigo es un arma de doble filo para la misión, pero tengo la seguridad de que con el entrenamiento podrá ser seguro llevarlo. Con Uryu, el quincy, tengo un mejor plan para él.

— Yo no confió en Kurosaki, capitán —dijo el esqueleto, algo tajante—. Podrá ser muy poderoso, pero sé que aún no domina ciertas habilidades de los segadores. Así que me tomé esta pequeña molestia —y se llevó su mano derecha al interior de su abrigo.

García observó que de su ropa sacaba una botella de vidrio, de no más de medio litro de capacidad, llena con un líquido verde esmeralda, con algunas burbujas.

— ¿Qué es, generala? —preguntó el hombre, con bastante curiosidad.

— Es una máscara de energía —contestó Posadas—. Perfecta para ocultarte si tu presión espiritual es anormal y no quieres que te encontremos tan fácilmente.

Bernardo miró atentamente el frasco: — ¿De dónde lo consiguió? —cuestionó, mientras el esqueleto le tendía el frasco. El hombre lo tomó y lo agitó un poco, observando como la sustancia tenía una consistencia parecida a la melaza.

— Cuando el capitán Xoxojmi estaba de campaña en 1862 —comenzó la generala— capturó al quincy Alejandro Miramón Mejía, el más importante de los de su raza en México. Al revisarlo le descubrieron esta cosa —pausó un poco—, y con un interrogatorio, lograron saber para qué servía, y le confiscamos todas sus reservas antes de matarlo. Es muy bueno para entrenar novatos, ayuda cuando se está muy cansado y uno quiere reducir la energía y para esconder Huecos y otras alimañas cuando los traemos aquí.

— Entonces, ¿usted piensa que la necesito? —intuyó García, de modo interrogante.

Catrina asintió levemente: — Así es, capitán. Le sugiero que lo use en Kurosaki, el chico quincy y el otro con poderes de Hueco —agregó, señalando la botella—. No será que su misión se torne más imposible de lo que ya es, capitán, y sabe que la situación en el Mundo de los Vivos no es la más indicada para esto.

Bernardo dejó la botella en el escritorio: — Lo tomaré en cuenta, generala.

— Le notificaré al Rey de su llegada —dijo la generala, levantándose de su asiento—. Y espero sus reportes de los días que estuvo ausente, capitán.

— Disculpe, generala pero, ¿no estaría interesada en conocer a Kurosaki? —interrogó Bernardo, imitándola.

Posadas negó levemente con la cabeza: — Lo siento capitán —respondió—, pero tengo bastante trabajo que hacer. Tengo que presentarme en el Telpochcalli para recoger algunos documentos de recién egresados, y arreglar el asunto del coronel Popoiztl.

— ¿Qué ocurrió con él, generala? —inquirió Bernardo—. Tengo entendido que su cuartel fue casi diezmado hace algunos meses.

El esqueleto suspiró: — Una emboscada, capitán —respondió—. Ocurrió en el Mundo de los Vivos, cuando estuvo ausente usted. Los humanos lo atacaron con disparos, dejándolo muy herido, y los cuetonalli aprovecharon eso —pausó—. Que tenga buenos días, capitán —y salió de la oficina.

García miró a la puerta, para después enfocar su atención en la botella. La observó algunos segundos, antes de volver su atención a los reportes pendientes. Mientras escribía pensó que más tarde saldría a caminar, y una vuelta por el Telpochcalli no estaría mal, sobre todo si había interesados en ingresar a la Legión.


Ichigo iba bastante apurado rumbo al edificio de la Legión, pues tenía que encontrar a los demás. Sin embargo, no conocía en su totalidad el inmueble, por lo que fue directamente a la oficina de Bernardo para pedirle más información al capitán. Una vez allí, tocó, escuchó un "Pase" y abrió la puerta.

— Buenos días, capitán —saludó Ichigo e ingresó un poco a la oficina.

— Buenos días, Kurosaki —le respondió García, enfocando su vista en él ―, ¿en qué te puedo ayudar? —preguntó.

— Verá capitán, estoy buscando a los demás ―contestó el segador sustituto.

Bernardo tamborileó un poco los dedos de su mano derecha: — Pues esta mañana no los he visto —dijo—. Aunque sí vi al chavo quincy y tu amigo el alto hace unos diez minutos, parecía que buscaban un lugar dónde entrenar.

― ¿Y podría decirme en dónde se encuentran? —cuestionó el joven de pelo naranja.

— Sales de la oficina y caminas a mano derecha hasta el final del pasillo—indicó el capitán—. Luego tomas el camino de la izquierda y te encuentras con un pequeño campo donde solemos practicar Kidoh. Ahí deben estar tus amigos.

— Gracias capitán. Con su permiso —se despidió Kurosaki y salió de la oficina.

Ichigo siguió el camino que le indicó Bernardo, nada más que no tenía muy en cuenta que los pasillos eran muy largos, como de casi treinta metros, con múltiples puertas a sus lados. Pero logró seguir por dónde le habían indicado hasta que finalmente dio con el final del pasillo.

Ante el joven de pelo naranja se extendía un pequeño campo cuadrado, a cielo abierto, de cien metros de lado y rodeado por un muro de quince metros de alto, bastante dañado. Su superficie era de tierra, con algunas piedras esparcidas en ella, por lo que la hacía bastante irregular a los pies de Ichigo. También pudo notar varios blancos esparcidos a lo ancho del campo y en sus bordes.

Algunos segadores estaban practicando sus Kidoh. Éstos eran algo familiares, pero lo que más llamó la atención de Ichigo fue un rápido rayo azul que destrozaba un blanco situado en el fondo del campo.

— Kurosaki, buenos días —saludó Uryu, quien no estaba a más de tres metros de él—, ¿dónde te habías metido?

— Buenos días —saludó Chad.

— Ustedes me dejaron dormido —se quejó Ichigo, apuntando al quincy con el índice derecho.

Uryu se acomodó sus gafas: — No es nuestra culpa que tengas el sueño profundo —refutó—. De todos modos, no eres tan bueno con el Kidoh como para venir a practicar en este lugar.

— Eso lo veremos, cuatro ojos —masculló el joven de pelo naranja. Buscó un blanco cercano y colocó ambas palmas al frente— ¡Shakkaho! —gritó, esperando el Kidoh.

Pasaron algunos segundos y no ocurrió nada, salvo que Ichigo se estaba poniendo bastante colorado a causa del esfuerzo. Incluso los otros segadores detuvieron sus prácticas por ver qué lograba el joven de pelo naranja.

— ¿Y bien, Kurosaki? —cuestionó Uryu, irónico— ¿Qué era lo qué me querías demostrar?

Ichigo seguía intentando invocar el Hado, pero sólo logró que una diminuta bola de energía roja saliera de sus manos y, acompañado de un sonido semejante al de una pedorreta, cayera al piso para desintegrarse lentamente. Esto hizo que el quincy sonriera un poco, Sado mirara hacia su lado derecho y los segadores legionarios volvieran a sus prácticas, aunque intentando reprimir la risa.

— ¡Qué onda chavos! —saludó Mauricio, entrando al campo de entrenamiento. Detrás de él venían Renji, Izuru y Shuuhei, quienes tenían un reflejo de espanto en su rostro— ¿Qué haciendo?

— Buenos días, Hernández —correspondió Uryu—. Estábamos admirando las sorprendentes habilidades de Ichigo con el Kidoh.

Mauricio se adelantó hasta estar frente a Ichigo: — ¿En serio? —cuestionó, sin atisbo de burla— ¿Y si eres bien chingón para eso?

El joven de pelo naranja iba a abrir la boca, pero Uryu de adelantó: — Kurosaki no sabe nada de Kidoh, Hernández —contestó—. Es algo que no tiene bien en la cabeza.

— No mames, ¿en serio? —dijo el cuarto oficial—. O sea que tú acá bien chingón con la espada, y no sabes invocar un pinche Kidoh. Si hasta yo me defiendo en eso, no la jodas.

Ichigo se rascó la cabeza, incómodo: — La verdad, nunca me fueron necesarios —argumentó en defensa—. Siempre conté con apoyo de mis amigos.

Mauricio se encogió de hombros: — ¿Y qué, güey? No es pretexto. Todos aquí lo sabemos manejar —comentó—. Nos partimos el lomo siete años en el Telpochcalli y otros tantos en la Legión, para que tu amigo el quincy me diga esto. Siendo capaz de derrotar quincys formidables, segadores locos y fullbringers estafadores, superar Las Noches y buena parte del Gotei 13, y no puedes… —se llevó ambas manos al rostro, exasperado—. No mames, ahora sí te pasaste de rosca, carnal.

— Espera, ¿cómo sabes qué hice todo eso? —inquirió Ichigo, un poco molesto.

El segador legionario alzó la ceja izquierda: — Eres famoso, carnal —respondió—. Todo psicopompo sabe de tus hazañas, así como Harry Potter, pero ahora si me sorprendiste con este detalle.

Ichigo se quedó un poco atónito, al igual que los demás segadores del Gotei 13 y los habitantes de Karakura, al oír esa pequeña comparación. Y mientras cavilaban un poco, llegó Jesús al campo.

— ¡Qué pasó, morros! ¡Buenos días! —saludó el tercer oficial.

— ¿Cómo ves aquí al Cempa, Chuy? —le cuestionó Mauricio a Jesús.

— ¿Qué? ¿Qué pasa con él? —inquirió el aludido en respuesta.

— Pues de que ya me pasaron el chisme que el amigo no sabe hacer Kidoh —respondió el segador de pelo largo en voz baja.

El tercer oficial abrió mucho los ojos y miró a Ichigo: — ¿En serio vale? —preguntó. El segador sustituto sólo asintió—. No mames, y yo que te hacía un segador bien chingón en todo aspecto, Cempa.

A la par que Ichigo intentaba entender esas palabras, llegó Miranda junto con las chicas.

— Buenos días —saludó la teniente. Los demás le correspondieron el saludo, mientras que las segadoras y Orihime se acercaban a sus amigos.

Mauricio se le acercó a la mutilada mujer: — Oye teniente, ¿sabías qué El Cempa no sabe hacer Kidoh? —comentó en voz baja.

La teniente le miró, alzando la ceja de su único ojo: — ¿En serio? —cuestionó con algo de sorpresa

El segador de pelo largo asintió: — Sí, hace rato no pudo invocar un Shakkaho ―complementó.

— Eso sí es malo, pero vamos a enseñarle a nuestro modo —dijo la mujer sonriendo maliciosamente, y el cuarto oficial la imitó. Se separó de Mauricio y se encaminó hacia Ichigo y los otros segadores—. A ver chavos, ¿alguien de aquí sabe hacer Kidoh? —preguntó.

Los tenientes del Seireitei contestaron de forma afirmativa, mientras que Ichigo volteaba hacia su izquierda, claramente avergonzado.

— Bueno, ya que aquí no todos saben de Kidoh —habló Miranda, observando un poco a Ichigo—, vamos a jugar al ping-pong-Kidoh a ver si así aprenden.

Los japoneses parecían un poco confundidos, pero Mauricio y Jesús estaban algo entusiasmados. Incluso los segadores legionarios que estaban practicando preguntaron si se podían unir, obteniendo una respuesta afirmativa de la teniente.

— Sepárense un poco —indicó la mutilada mujer—. Cuatro metros entre ustedes —los legionarios se ubicaron a la distancia dicha, pero Ichigo y los demás no se movieron—. Morros, ¿qué esperan? —los aludidos se separaron los cuatro metros correspondientes entre sí—. Mauricio, empieza.

El segador de pelo largo desenfundó su zampakuto, sus compañeros y la teniente lo imitaron. Entonces formó una pequeña bola de energía amarilla, idéntica a la que hizo Bernardo el día del juicio de Ichigo, la lanzó hacia arriba con poca fuerza y le dio un golpe horizontal con la espada.

La bolita se dirigió hacia un segador desconocido, y éste la rechazó con un golpe vertical. Ahora se encaminó hacia Jesús, pero con más velocidad. El tercer oficial también le pegó, haciendo que la bolita adquiriera más velocidad y tomara rumbo hacia Izuru.

El rubio, ni lerdo ni perezoso, desenfundó a Wabisuke y rebotó con él la bolita. Ésta adquirió más velocidad y se fue contra Miranda. Ella la golpeó, por lo que tomó más velocidad, esta vez hacia Renji, quien estaba algo absorto viéndola. Sacó a Zabimaru para golpearle y, aunque iba cinco veces más rápido, logró acertarle, encaminándola con Uryu. Éste intentó desviarla con una flecha, pero la pelotita no cambió su rumbo y, ahora seis veces más rápido, impactó de lleno contra el quincy.

La bolita explotó con la fuerza propia de una bomba, mandando a volar a Uryu varios metros, y quedó muy quieto en el lugar donde aterrizó. Ichigo y sus amigos se asustaron bastante, mientras que los segadores legionarios se partían de la risa.

— ¿De qué diablos se ríen? —exigió Ichigo, mientras Orihime y Rukia iban a ver si estaba herido.

— Pues de que el chavo no le pegó a la pelota—dijo Jesús, tratando de aguantar la risa.

— Pero puede estar grave —señaló Momo.

Mauricio, quien reía a carcajadas, respiró profundamente: — Claro…. que no —argumentó entre la risa —. Esa bolita…ay cabrón…esa bolita no mata…pero lastima mucho…ay,ay… aunque no deja huella…ay güey… el chavo se levantará en seis segundos… ¡Ah, pero que pendejo! —y volvió a carcajearse, revolcándose en el piso.

Y como si las palabras del segador de pelo largo fueran reglas, ante el asombro de los japoneses Uryu se levantó lentamente. Rukia y Orihime observaron que el joven no tenía heridas visibles, pero llevó su mano derecha a la cabeza, tal vez porque en esa zona si sentía dolor.

— El ping-pong-Kidoh lo inventé junto con Chuy cuando íbamos al Telpochcalli— habló Mauricio, ya relajado—. Cuando nos aburríamos en las horas libres, comenzamos a concentrar energía en forma de bolitas para pasar el rato.

— Y un día comenzamos a lanzarlas hacia la pared —continuó Jesús—. Vimos que rebotaban un poco, así que empezamos a pegarles con todo tipo de cosas.

— Plumas, libros, la mano, palos, bates —intervino el segador de pelo largo—. Pero lo que mejor dieron resultados fueron las espadas. Las flechas no sirven, ni las normales ni las de energía, ¿oíste compa quincy? —agregó, mirando a Uryu. Éste sólo acomodó un poco sus lentes.

— Aunque descubrimos que entre más le pegas, más velocidad toman —secundó el tercer oficial—, además de que truenan duro si dejas que te toquen.

— Si te pegan, te da una pinche jaquecota o te pueden dejar inconsciente —terció el cuarto oficial—. Así que tengan buena puntería y rápidos reflejos para jugar. Y a los que no usen espada, péguenle a la pelotita con la mano aunque les va a doler un chingo.

Ichigo y los demás se quedaron en silencio por un rato, tratando de asimilar que ese peligroso juego había salido de dos mentes ociosas y que no tenía nada de gracioso que una pequeña pelota de energía te deje inconsciente sólo por estar en contacto con ella.

— Bueno —habló Miranda—, ahora que saben cómo va este juego —formó otra pelotita de energía—, vamos a empezar otra ronda —y la lanzó levente en el aire, con dirección a Rukia.

La teniente del Treceavo Escuadrón desenfundó su zampakuto, y golpeó la bolita para que tomara dirección contra Rangiku.


Dos horas más tarde el juego de ping-pong-Kidoh había acabado, con bastantes heridos claro. Ichigo estaba sentado en el piso y bastante adolorido de su pecho y brazos, pues no golpeó la bolita cuatro veces; Rukia estaba masajeando sus sienes, ya que no logró darle a las pelotitas dos veces y éstas le pegaron en la frente causándole migraña; Renji se estrujaba la nariz con la mano derecha para que dejara de sangrar, pues una de las bolitas le dio de lleno en ese lugar; Izuru apretaba su mandíbula con la mano izquierda, pues dos pelotitas le golpearon allí; Shuuhei tenía un feo moretón en medio del pecho y se estaba sobando un poco el muslo izquierdo; Rangiku estaba algo tambaleante, pues hubo dos veces que las pelotitas la agarraron desprevenida, pegándole en la frente; Sado sólo agitaba ambas manos para disminuir el dolor; Orihime presentaba un ojo amoratado; y Uryu se encontraba sentado en el piso, recuperándose de los múltiples impactos. La única que pudo resistir el juego sin ningún percance fue Momo, gracias a sus habilidades con las artes demoniacas.

Los segadores legionarios lucían bastante bien, pese a que a tres de ellos la pelotita los había impactado cinco veces, e incluso a uno de ellos le había hecho sangrar una ceja.

— ¿Cansados, chicos? —preguntó Miranda, mirando a los japoneses y enfundando su zampakuto. Ellos sólo murmuraron, sin saber si era positiva o negativa su respuesta. Ella lucía sin ninguna herida—. Bueno, no importa. Tómense diez minutos de descanso y nos vemos en el tercer salón de Hakuda. Mauricio y Jesús los guiarán —y se retiró del campo, seguida del resto de los segadores legionarios.

El tercer y cuarto oficial se acercaron al grupo de Ichigo: — Vamos morros, andando —habló el segador de pelo largo.

— Pero la teniente dijo que teníamos diez minutos de descanso —argumentó Izuru, hablando algo raro debido a que se apretaba la mandíbula.

— Sí, pero el tercer salón de Hakuda está a cinco minutos de aquí —dijo el tercer oficial—. Así que sí queremos descanso hay que movernos. Despierten a su amigo quincy, o cárguenselo y síganme.


Y efectivamente, después de caminar entre muchos pasillos del edificio, llegaron a una puerta de madera, pintada de color verde oliva. A ambos lados de ésta había dos bancos de tres metros de largo. Ichigo y sus amigos los ocuparon para seguir cortando la sangre de sus heridas.

— ¿Adoloridos, chavos? —preguntó Mauricio. Hubo un murmullo como afirmación—. Esto no es nada comparado con la chinga que nos pone la teniente y el capitán en Hakuda.

— ¿Qué es lo que hacen? —inquirió Izuru.

Jesús se encogió de hombros: — Pues lo normal, saber cómo, dónde y cuándo pegar —respondió.

Cinco minutos después llegó Miranda con diez segadores más. Sacó de sus ropas un grueso manojo de llaves y abrió la puerta, indicándoles a todos que entraran.

El salón de Hakuda era amplio, siendo un cuadrado de veinte metros por lado y cuatro de altura. El piso estaba cubierto de duela. Al fondo había tres ventanas, también cuadradas y medían cincuenta centímetros por lado. El resto de las paredes se encontraba revestido de grandes espejos.

Los segadores legionarios se sentaron en la duela. Ichigo y sus amigos hicieron lo mismo.

— Cómo les dije, este es el tercer salón de Haukuda —habló la teniente, caminando al centro del recinto—. Uno de los lugares dónde practicamos la técnica. Me he de suponer que ustedes también lo ejercen, ¿verdad? —los segadores japoneses asintieron. Ella sonrió, algo maliciosa—. Perfecto, ¿quién de ustedes quiere comenzar? —preguntó.

Ichigo y sus amigos se miraron entre sí, con expectación, durante algunos segundos. Entonces el joven de pelo naranja, dando un molesto bufido, se puso de pie y caminó hasta estar frente a frente con la teniente.

— Muy bien amigo —dijo Miranda—. Ahora ponte en guardia —la mujer adoptó una postura semejante a la de un boxeador, sólo que tenía las defensas bastante abiertas.

Ichigo la imitó sólo que sí cerró más sus defensas, pero sólo pasó un segundo cuando Miranda se le fue encima con un puñetazo de la mano izquierda. Él lo detuvo con su mano derecha, pero la mujer le tomó su extremidad con la mano derecha y, haciendo uso de algo de fuerza, lo arrojó al suelo. Ichigo intentó incorporarse, pero una patada en sus costillas lo dejó tendido. Luego la mujer lo agarró del cuello de su hakama y lo lanzó al otro lado de la habitación, impactando contra uno de los espejos, el cual, pese al golpe, no se hizo añicos.

Los segadores legionarios gritaron en apoyo a su teniente, mientras ésta sólo se inclinaba cómo agradecimiento.

— ¡Esto no es Hakuda! ¡Eso es pelear sucio! —exclamó Renji, señalando a la teniente.

Miranda se encogió de hombros: — ¿Pelear sucio? —repitió con ironía e hizo una pedorreta—. Esto es lo que a mí me enseñaron, ¿o acaso quieres mostrarme buenos modales? —cuestionó con un deje de burla, pero volvió a su posición de guardia.

Renji no contestó, pero se incorporó y caminó hasta quedar enfrente de Miranda.

— Empieza —dijo la mujer.

El pelirrojo saltó intentando patear a la teniente con su pie derecho, pero ella lo esquivó y logró propinarle un puñetazo en los genitales. Renji aterrizó con inmenso dolor, y por instinto se encogió, pero Miranda lo tomó del pelo, lo alzó y lo azotó tres veces. Lo levantó una cuarta vez, pero sólo para propinarle una tremenda patada en la espalda que lo mandó a volar, justo al rincón dónde había caído Ichigo.

Los segadores legionarios volvieron a gritar, igual de entusiasmados.

— Muy bien, ¿quién sigue? —cuestionó la mujer, desafiante.

Rukia se levantó y se paró enfrente de ella.

— Comencemos —habló Miranda, y se dirigió contra ella, listo con el puño izquierdo.

Rukia la detuvo con ambas manos, la aferró fuertemente y comenzó a girar. Miranda, pese a que las vueltas de Rukia empezaban a adquirir velocidad, plantó firmemente su pie, logrando detener a la pelinegra. Ésta se desestabilizó un poco, cosa que aprovechó la teniente legionaria al atraerla hacia ella y darle un cabezazo tan fuerte que la mandó de sentón al piso. Luego, agarró a la menuda mujer por el pie derecho y la lanzó hacia donde estaban Ichigo y Renji.

Los segadores legionarios volvieron a apoyar a su teniente con muchos gritos, mientras que los miembros del Gotei 13 se encontraban algo indignados.

— Ahora que ya les mostré un poco a los amigos japoneses cómo es el Hakuda aquí —dijo Miranda—, quiero que se formen en parejas y practiquen algunos movimientos de ataque y defensa. No quiero que se muestren gentiles con su adversario, intenten noquearlo como si fuera un Hueco o un asqueroso político latinoamericano —agregó.

Y los soldados y los amigos de Ichigo siguieron las instrucciones de la mutilada mujer, mientras el joven de pelo naranja, Renji y Rukia se incorporaban lentamente y bastante adoloridos. Vieron que se habían formado en parejas, a Shuuhei le tocó Mauricio, Momo se estaba batiendo a golpes con Jesús, Miranda logró derribar a Sado en cinco golpes, Izuru le acertó un puñetazo en el abdomen a su pareja, Rangiku esquivó una patada de su compañero, Uryu no podía contener muy bien a su pareja y Orihime había caído en la primera pelea. Así que se unieron al grupo, tocándoles segadores legionarios desconocidos pero que golpeaban tan fuerte como la teniente legionaria.


Si el ping-pong-Kidoh los dejó adoloridos, la sesión de Hakuda con Miranda empeoraron las cosas. Después de tres horas de práctica, casi todos salieron cojeando, tenían múltiples moretones y varias heridas en el rostro y los brazos, por lo que ocuparon los bancos de la entrada. Sólo Ichigo y Chad, gracias a su conflictivo pasado, pudieron soportar un poco, pero también recibieron tremendos golpes por parte de los segadores legionarios.

La teniente, que sólo tenía los nudillos enrojecidos debido a los golpes repartidos, se les acercó: — Vayan a comer algo y nos vemos en la entrada del edificio dentro de una hora —ordenó y se perdió por un pasillo de la derecha.

— Ya oyeron a la teniente morros —habló Mauricio. Tenía un ojo morado y el pómulo derecho algo hinchado y enrojecido—. Vamos a tragar algo, ya es hora de echar taco.


Bernardo seguía con sus reportes. El calor de la tarde lo aturdía un poco, pero intentaba concentrarse lo más que podía para terminar. Pero el brusco abrir de su puerta lo distrajo, y vio como Miranda se dirigía con paso veloz hacia su escritorio.

— ¿Y cómo te fue con Ichigo y los demás? —preguntó el hombre, volviendo la vista a sus papeles. Miranda sacó una botella con agua de una mochila a los pies de su escritorio.

La teniente dio un largo sorbo de agua: — Terrible —respondió—. Acabaron muy mal en la sesión de Hakuda. Y con el Kidoh ni se diga, no aguantaron el pinche juego que inventaron aquellos estúpidos —le dio otro trago al agua.

— Bueno, tal vez ellos no lo conozcan del todo, al fin y al cabo lo inventaron Jesús y Mauricio —razonó el capitán con calma.

— Sí, pero me dijeron que Ichigo intentó invocar un Shakkaho y no le salió —comentó Miranda, dejando la botella en la mochila.

García adquirió una expresión más seria: — Eso sí que es malo —habló—. Nos puede fallar en la misión, ¿vas a seguir viéndolo? —preguntó.

La mujer se encaminó a la puerta: — Ahorita lo veo capitán —contestó—. Todavía le queda un rato de Zanjutsu después de comer.

— Sólo no vayas a cortarles alguna parte importante o no aguantarán conmigo —sugirió Bernardo, en tono de broma.

Miranda rió: — Descuide, capitán, los dejaré tan enteros como sea posible para mañana —respondió y salió de la oficina.

El capitán se levantó de su asiento, pensando que era un momento oportuno de comer algo y, de paso, visitar el Telpochcalli por si había algún interesado en entrar a la Legión.


— Y esto chavos, es el Gran Mercado de Tlatelolco —dijo Jesús, después de algunos minutos de caminata.

Ante Ichigo y compañía se erigía un enorme edificio, de más de veinte metros de alto y doscientos de fachada, pintado de color salmón, con varios arcos de soporte y múltiples ventanas en sus paredes. Detrás de los arcos, como una distancia de tres metros, había locales comerciales cuyos productos no se alcanzaba a notar muy bien, y grandes huecos que fungían como entrada al interior. Nutridas cantidades de gente, de distintas clases sociales, iba y venía por los alrededores del mercado, llevando víveres, otros cargando diablitos llenos de fruta, verdura, carne, pescado, cestos de mimbre o cazuelas y ollas de peltre y barro, y algunos más sólo curioseando y mirando lo que ofrecían los locales del exterior.

— Síganos, por aquí es el área de comida —indicó Jesús, caminado con rumbo a la esquina derecha del gran edificio, y Mauricio y dos segadores más lo siguieron.

Ichigo y sus amigos siguieron a los segadores legionarios. Mientras caminaban, el joven de pelo naranja observaba lo que había en los locales exteriores. Productos de limpieza, escobas, trapeadores, cubetas, tierra para macetas, sacos de estiércol de borrego, hierbas medicinales, fármacos, imágenes religiosas católicas, figuritas de barro, gruesos cirios de cera amarillenta, grasa para zapatos, gordos manojos de cordones para calzado, pintura para cuero, jabón para rasurar y navajas de afeitar fueron algunas cosas que Ichigo pudo apreciar.

Cuando doblaron la esquina, los japoneses pudieron apreciar que el mercado se extendía otros doscientos metros delante de ellos, pero los segadores legionarios se dirigían hacia un área despejada a la derecha, repleta de puestos de comida. Los segadores legionarios se internaron entre unos puestos, e Ichigo y compañía los siguieron.

El aroma a carne asada, verduras cocidas, queso fundido, cebolla salteada y fritura inundaba el ambiente, algo denso pero no incómodo, propicio para abrir un apetito que hacía horas que llevaba dormido en los cuerpos de los japoneses. Caminaron por un pasillo pequeño, hasta llegar a uno más largo y más ancho, que incluso tenía mesas ocupadas en el centro. Cuando se detuvieron un poco los segadores legionarios, los japoneses contemplaron un poco los platillos que estaba degustando la gente, pero no pudieron verlos con detalle porque los legionarios seguían en movimiento.

Finalmente Mauricio se detuvo ante un puesto de comida. El local lucía algo vacío, con tres comensales ocupando un lugar en una pequeña barra, y tenía cuatro mesas metálicas, de dos por dos metros de medida. Ichigo y sus amigos pudieron apreciar, encima de la barra, un montón de filetes empanizados puestos en una charola, una gran olla poco profunda que contenía arroz blanco con algunas tiritas verdes y granos de elote, otra olla de las mismas dimensiones que estaba llena de un caldo color café, una gran fuente donde había una ensalada de lechuga, cebolla y rebanadas de jitomate y un gordo vitrolero lleno de agua color rojo oscuro. Detrás de la comida se encontraban sentadas una mujer bastante mayor, como de ochenta años y de pelo entrecano y largo hasta los hombros, y una joven morena, de no más de dieciséis años y de pelo negro y corto hasta las orejas. Ambas llevaban un mandil blanco que les cubría sus ropas casuales.

— Buenas tardes doña Toña —saludó Jesús a la mujer—, ¿qué tiene para hoy? —preguntó.

— Buenas tardes, Chuy —respondió Toña. Su voz era rasposa y algo cansada—. Hice milanesa con arroz blanco. Para tomar hay agua de jamaica.

— Que bien. Bueno, deme catorce platos por favor —pidió el tercer oficial—. Y sólo a cuatro de ellos les pone frijoles.

— Serían doscientos ochenta pesos —dijo la mujer.

Jesús pagó y Toña, junto con su ayudante, comenzó a servir. Ichigo y sus amigos vieron cómo la anciana echaba un puñado de filetes en aceite para volverlos a calentar, mientras que su ayudante ponía cucharadas de arroz y un puño de ensalada en algunos platos. Ellos, por lo mientras, ocuparon las mesas. Pasaron algunos minutos y la ayudante se acercó con una charola llena de los platos y cubiertos. Los fue pasando a cada comensal, después se fue. Los japoneses observaron los alimentos que tenían enfrente.

La comida consistía en uno de esos filetes empanizados, acompañado de arroz, ensalada y un vaso de agua de sabor.

Ichigo observó el platillo con bastantes dudas, y luego a Jesús y Mauricio, quienes comían de manera afable. Los demás estaban en la misma situación que el segador sustituto. Entonces tomó el tenedor y probó un poco el arroz.

— ¡Esto está demasiado condimentado! —exclamó. Los comensales lo observaron, y la señora del puesto le dedicó una clara mirada de enojo.

Sus amigos también comieron algo de arroz y concordaron con el joven de pelo naranja. Estaba demasiado salado.

— No digas mamadas —replicó Mauricio—. Es arroz a la poblana, así va la receta. Tienes que agarrarle gusto, carnal

— Pero es que tiene mucha sal —se quejó Ichigo.

— Mira vale mejor come, lo necesitarás porque vas a acabar más que cortado cuando practiquemos Zanjutsu —sugirió Jesús—. Además, este arroz está muy bien, no como el que hacen en tu país, pinche cosa sin sabor que parece y sabe a masa.

Ichigo, un poco resignado, vio a los demás. Parecía que se resistían a probar de nuevo el arroz, pero Chad lo comía con toda normalidad. Además de la guarnición, también comía la carne y le daba pequeños sorbos al agua. El joven de pelo naranja volvió a degustar de nuevo el arroz y, después de tres veces, le adquirió gusto. Lo siguiente que probó fue la milanesa y su sabor fue bastante grato, ya que sabía mejor que la carne tempura. Al ver que el joven de pelo naranja ya comía con más confianza, los demás intentaron imitarlo, y descubrieron que no estaba tan mal la comida ni el agua, que era bastante refrescante y con buen sabor.

Luego de algunos bocados, el hambre le llegó con fuerza a Ichigo y a los demás, por lo que no dudaron en dejar limpio el plato.


Después de la comida, los segadores, Uryu, Orihime y Sado regresaron al edificio de la Legión, a esperar a la teniente, quien llegó cinco minutos después.

— Síganme, amigos —dijo Miranda, y comenzó a caminar por un pasillo de la derecha. Los demás la siguieron.

Luego de andar entre otro laberinto de pasillos y puertas, finalmente pararon ante una puerta de color marfil. Miranda volvió a sacar el puño de llaves y abrió la puerta, indicándoles a los segadores que entraran.

Al ingresar al salón, Ichigo y sus amigos vieron que no era muy distinto al otro en dónde habían practicado Hakuda. Incluso tenía las mismas dimensiones y diseño, con los espejos y las ventanas puestos en el lugar exacto.

— Bueno, chavos —habló Miranda, caminado hasta el centro del salón. El resto se sentó en el piso—, aquí es el segundo salón de Zanjutsu, dónde practicamos las habilidades básicas con la espada. Sólo que aquí pensamos —desenfundó su arma— que las espadas de madera no son buenas sustitutas de una real.

— Pero en los entrenamientos sólo se deben usar las shinais. Es peligroso hacer prácticas con auténticas espadas —protestó Izuru con calma.

— El kendo con shinai es patético, nosotros usamos las katanas —argumentó la teniente —. Le da más realismo a las cosas. No te imaginas la cantidad de segadores que usan prótesis de manos sólo por los errores en las prácticas, gastamos una fortuna pero vale la pena. Y en el Telpochcalli muchos alumnos son heridos mortalmente. Así que, ¿quién es el primero? —cuestionó.

Nadie se animaba, e Ichigo y sus amigos pensaron que sería igual a la práctica de Hakuda. Pero, pese al momento que habían tenido en la mañana, el joven de pelo naranja se puso de pie y caminó hasta quedar un metro de la mutilada mujer.

— En cuanto te muevas, te ataco —dijo la teniente, preparando su espada con una sola mano—. Así que sé cuidadoso.

Ichigo se puso en guardia, empuñando a Zangetsu con ambas manos. Pasaron algunos segundos en los que ambos sólo se miraban, y el tenso silencio de los presentes hacía un perfecto contrapunto que resultaba en algo un poco inquietante. Hubo un momento en el cual el joven de pelo naranja deslizó algunos milímetros su pie derecho hacia atrás, y esto provocó que Miranda saltara, empuñando su zampakuto y preparada con un corte vertical.

Ichigo la detuvo, pero ella le imprimió muchísima fuerza, casi como la de Kempachi, logrando reducirlo algunos centímetros. Miranda deshizo el cruce de espadas, y atacó a Ichigo con tres cuchilladas y tres reveses, ambos tan rápidos que cuatro de ellos le llegaron a cortar el pecho y ambas mejillas. Luego él atacó con dos cortes transversales, una cuchillada y tres reveses, siendo todos interceptados por la espada de la mujer. El segador sustituto intentó arremeter con una estocada, pero su enorme espada fue atajada por la katana de ella.

— ¿Sorprendido? —preguntó Miranda, repeliendo al joven de manera brusca.

— La verdad, no —respondió Ichigo, recuperando su posición de ataque—. Parece que los Huecos han hecho un buen trabajo en usted.

— ¿Huecos? —repitió interrogante e indignada la mujer— ¿Huecos? Yo he peleado y sobrevivido contra algo más que mugrosos Huecos y Arrancares, mocoso —se le fue encima a Ichigo, con una cuchillada—. Lajos Salminem —luego le dio un corte diagonal—, el capitán Buche Gordo—le propinó tres estocadas, la última le cortó un poco el hombro al joven—, las hermanas Mikoba —atacó con dos reveses, provocándole un corte al hombre en la mano izquierda— las civatateo, los camazotz —trabó su espada con la de Ichigo y, con un giro a la derecha y un brusco movimiento hacia abajo, lo desarmó —, los naguales y los chaneques son ejemplos de que han hecho un buen trabajo en mi, además de las técnicas que me enseñaron en el Telpochcalli.

Ichigo tomó a Zangetsu del suelo, pero Miranda le propinó una patada en la cara, mandándolo a volar al lugar que había ocupado anteriormente junto a Rukia. Al igual que en Hakuda, los segadores legionarios gritaron en apoyo a su teniente.

— Y ahora, ¿quién sigue? —cuestionó la mujer, desafiante y enfadada.

Rukia se puso de pie y caminó hacia ella, pero no duró mucho. Justo después de dos reveses y una cuchillada de Miranda la pelinegra soltó su espada, provocando que la teniente legionaria la tomara del pelo y la arrojara encima de Ichigo. Una vez más, los segadores vitorearon a la mutilada mujer. Esta vez, ninguno de los japoneses refutó sus acciones, pues sabían que las técnicas con la espada eran bastante semejantes a las del Onceavo Escuadrón.

— Ahora pónganse en parejas y practiquen —ordenó Miranda. Los presentes se levantaron de su asiento y obedecieron.

A Hisagi le tocó con Jesús, mientras que Momo cruzaba ataques con Mauricio, Izuru caía ante los feroces ataques de Miranda, Renji se defendía de las veloces estocadas de su compañero y Rangiku apenas esquivaba las cuchilladas de su compañera. Orihime, Uryu y Chad tenían bastantes problemas en defenderse, pero no por eso dejaron de usar sus técnicas respectivas, aunque con resultados poco eficientes, ya que tenían varios cortes en la cara y las manos. Ichigo y Rukia se incorporaron al entrenamiento, pero sus parejas resultaron igual de salvajes que la teniente. Luego de algunos minutos de práctica, los tenientes del Seireitei y los habitantes de Karakura notaron que los legionarios comenzaron a imprimirle más agresividad a sus movimientos, llegando incluso a herir a Orihime y a Rangiku, y entonces les quedó muy claro algo.

Todos tenían la misma técnica brutal a una mano que la teniente, por lo que les iba costar salir enteros de esta práctica.


Por más de tres horas, Ichigo y sus amigos tuvieron la práctica de Zanjutsu más feroz de su trayectoria segadora. Los legionarios se tomaban muy en serio el ejercicio con verdaderas espadas, por lo que los japoneses tuvieron serias heridas cuando dejaron de practicar. Sin embargo, los más heridos eran Uryu y Sado. El primero con múltiples cortes por su torso y abdomen, mientras que el segundo tenía los brazos bastante ensangrentados. Miranda salió del salón, ilesa y con cara de pocos amigos, pasó por alto a Ichigo y sus amigos y dobló en un pasillo a la derecha.

Mauricio se les acercó: — Parece que hicieron encabronar a la teniente morros —dijo. Él lucía sólo un pequeño corte en el dorso de la mano izquierda —, y la neta se ensañó con ustedes.

— ¿Eso es malo? —cuestionó Rukia. Tenía algunos cortes en la cara y antebrazos.

— Pues ya se le pasará el coraje —respondió Jesús, acercándose. A diferencia de su compañero, él no estaba herido—. Pero hay que ser más cuidadosos con lo que dicen, chavos.

— ¿Nos recibirá esta noche? —preguntó Momo. Ella tenía laceraciones en sus piernas y brazos.

— Por eso ni se fijen —contestó Fernández. El no sufrió herida alguna—, por supuesto que las recibirá. A Miranda le gusta tener su trabajo y los asuntos personales bien apartados.

Hubo un momento de silencio, en donde los segadores del Seireitei seguían revisando sus laceraciones y los legionarios sólo los contemplaban.

— ¿Y esto lo hacen todos los días? —preguntó Izuru, algo exhausto.

— Sí, esto es de todos los días —respondió Mauricio—, aunque no siempre está la teniente. Pero por lo pronto acompáñenme a la tienda, voy a comprar unas galletas pa' cenar —y echó a caminar por un pasillo de la izquierda. A los demás no les quedó de otra que seguirlo, a un paso lento debido a sus heridas.


Mientras el crepúsculo caía en el Mictlán, y sus habitantes ya se preparaban para descansar de las actividades del día, en el edificio de la Legión Bernardo se encontraba revisando papeles en su oficina. Miranda ya se había ido, junto con Mauricio, Jesús y sus invitados japoneses a los departamentos, los últimos algo agotados debido al esfuerzo hecho durante el día. Pero el capitán todavía no podía abandonar su labor, ya que, en su visita al Telpochcalli, encontró que quince egresados, ocho mujeres y siete hombres, estaban interesados en incorporarse a la Legión.

Revisando las solicitudes, que por cierto cumplían con bastantes puntos requeridos, se acordó de un pequeño detalle. Tomó el teléfono de la oficina, marcó y esperó, hasta que por fin entró la llamada.

— ¿Enrique? —habló García.

¡Buenas tardes/noches, capitán! —respondió el aludido— ¿En qué le puedo ayudar? —preguntó.

— Pues quería saber cuántas Pruebas de la Familia has reunido hasta ahorita —comentó Bernardo.

Las siete que me dijo, capitán ¿Hay algún problema? —cuestionó Enrique.

— Pues necesitaría unas cuantas más. Para ser exactos, otras quince —contestó Bernardo.

Hubo un momento de silencio: — No hay problema capitán —habló—. Deje le digo al Ojos de Puerco y a Mano de Fierro que nos quedaremos un rato más. Aunque si nos enviara al Apu y al Greñas las reuniríamos en mucho menos tiempo.

— Discúlpame, Enrique, en eso si te fallo —dijo el capitán—. Jesús y Mauricio están algo ocupados con los segadores y humanos japoneses, les muestran como son las cosas por acá. Deja ver si Cristina y Armando pueden ayudarlos.

Enrique se rió un poco: — Sí, capitán. La Caballitos y el Pin Pon también serán útiles. Dígales que andamos por el Mercado de Tlatelolco. Nos vemos mañana capitán, que descanse y buenas noches —se despidió.

— Buenas noches Enrique. Nos vemos mañana —y colgó. Marcó de nuevo y esperó a que entrara la llamada — Bueno, ¿señora Aurora?

Capitán Bernardo, buenas noches —respondió una mujer de voz bastante amable— ¿Se le ofrecía algo? —preguntó.

— Buenas noches, señora. Sí, quisiera añadir algo más a lo que encargué para mañana —contestó

¿Y qué sería capitán? —preguntó la señora Aurora.

— Anótele que serían otros tres pollos más, otros dos kilos de carnitas, un conejo más, otras diez codornices, dos más de barbacoa y tres más de arrachera —respondió.

Después de mencionar que quería, hubo una pequeña pausa, donde seguramente la señora Aurora anotaba el encargo.

¿Sería todo capitán? —cuestionó la mujer.

— Sí señora sería todo —respondió el pelinegro.

Bueno, entonces serían mil quinientos pesos más, capitán —comentó Aurora.

— Sí, estaría bien señora. Muchas gracias y nos vemos mañana —se despidió García.

Muy bien capitán. Buenas noches y nos vemos mañana —y el hombre colgó.

Bernardo tomó su móvil y mandó algunos mensajes a los segadores que ayudarían a Enrique. Luego retomó la lectura, pensando que sería un día bastante interesante el de mañana.


Con el oscuro y estrellado cielo como vigía, los habitantes del Mictlán comenzaban su día. Las calles ya tenían gente, algunas llevando instrumentos de labranza, unos cargando cestas de mimbre vacías, mochilas y cajas de madera, y otras más sólo iban caminando. Muchas de las casas tenían la luz encendida, seguramente con sus habitantes desayunando algo antes de salir, ya sea al trabajo, a la escuela de verano o a los entrenamientos del ejército.

En el departamento de Jesús, Ichigo, Uryu y Sado estaban en un sueño bastante profundo, resultado de las actividades del día anterior. Cuando cada uno de los jóvenes sintió ligeros golpes en el hombro, haciendo que salieran de su onírico mundo.

Cempa, despierta —escuchó el joven de pelo naranja, en medio de sus sueños y acompañado de golpes en su hombro—. Amigo, no seas huevón, ya párate.

Ichigo se incorporó, bastante amodorrado: — ¿Qué es lo que…ocurre? —preguntó, bostezando.

— Son las cinco de la mañana, chavo —respondió Jesús—. El capitán pidió que te unieras al entrenamiento, que va a ser en veinte minutos.

Frotándose un poco los ojos, y volviendo a bostezar, Ichigo se levantó de la cama. Vio cómo Uryu y Chad ya se habían incorporado y parecían estar despiertos en su totalidad. Él se desperezó un poco, estirando los brazos y se llevó a Zangetsu a la espalda.

— Otra cosa más —dijo el segador legionario —, el capitán quiere que vayas sin zampakuto en este día.

Ichigo miró a sus amigos. Tanto Uryu como Sado tenían un gesto de no entender bien lo que estaba diciendo el segador, pero si Bernardo lo había dicho entonces era seguro ir sin Zangetsu. Por lo tanto el joven de pelo naranja dejó su arma en el armario con cuidado.

— Bien, ahora síganme —indicó Jesús, mientras se dirigía hacia afuera. Los demás lo imitaron y él procedió a cerrar su departamento.

A medida que iban bajando por las escaleras, Ichigo, Uryu y Sado observaban como varios segadores se dirigían hacia el piso de abajo, algunos bastante apurados, otros, como Jesús, más tranquilos. Todos intercambiaban efímeros pero alegres saludos, a los cuales el segador sustituto y sus amigos todavía no se acostumbraban en su totalidad.

Cuando llegaron a la planta baja, notaron que los segadores a medida que cruzaban la reja y se encontraban en la calle, desaparecían con shumpo en medio del refrescante clima y el oscuro ambiente. Esto hizo que los japoneses tuvieran algunas dudas.

— Se me pasó comentarles que nosotros hacemos la rutina matutina en los campos de cultivo —dijo el segador legionario—, que por cierto están a dos horas de aquí.

— ¡Dos horas! —exclamó Ichigo— ¡Debiste despertarnos más temprano!

— No la hagas de tos, Cempa. Seguro que sabes hacer shumpo, ¿no? Y el amigo quincy hirenkyaku, ¿verdad? —razonó Jesús, cruzándose de brazos.

— Sí, pero Sado no puede hacer ninguno de ellos —habló Uryu, acomodándose sus anteojos.

El segador legionario se encogió de hombros: — Pues dejen que vaya con alguno de ustedes, no sean mal amigos —sugirió.

— Iré con Ishida —habló Chad, y colocó su mano derecha en el hombro del quincy.

— Muy bien, y de nuevo síganme —dijo Jesús, desapareciendo con shumpo. Uryu se esfumó unos pocos segundos después, con Sado, y por último Ichigo, intentando seguir la presión espiritual del quincy.


Finalmente, después de ir algunos minutos a una increíble velocidad, se detuvieron. El panorama cambió totalmente, pues del conjunto departamental se había transformado en un campo de cultivo envuelto en una oscuridad casi total, y que en esos momentos tenía un clima muy fresco y húmedo. El campo medía aproximadamente doscientos por trescientos cincuenta metros y estaba en estado de barbecho, por lo que sólo había tierra, repartida en numerosos terrones de diferentes tamaños. Además, gracias a la ausencia de luz, algunas estrellas resplandecían en el negro cielo.

Ichigo, algo cansado, miró el entorno. Muchos segadores legionarios se encontraban ahí, algunos desperezándose, otros bostezando, pero todos saludándose animadamente y platicando bastante.

— ¡Qué pasó, carnal! —Ichigo escuchó la voz de Mauricio, quien se dirigía hacia Jesús y le tendía la mano derecha—. Se te hizo un poco tarde, ¿no?

Fernández le estrechó la mano a su compañero: — Pues me tardé en levantar al Cempa —respondió—. Los otros si despertaron a la primera, pero el amigo duerme como piedra…

Mientras los segadores legionarios armaban una conversación, Ichigo, Sado y Uryu buscaron con la mirada a sus amigos. El segador sustituto intentaba localizar a Rukia, pero vio primero a Renji, quien estaba con Shuuhei e Izuru detrás de Mauricio, y se dirigió hacia ellos, seguido de sus otros dos amigos.

— Hola Ichigo —saludó Renji—, Chad, Ishida.

— Hola Renji —saludó Ichigo—. Kira, Hisagi

— Abarai, Kira, Hisagi buenos días —respondió Uryu, mientras que Sado sólo se limitó a mover la cabeza hacia los segadores.

— Vaya así que supuestamente se les hizo tarde —habló Renji.

— ¿A qué te refieres? —inquirió el joven de pelo naranja.

— Nuestro anfitrión nos hizo venir diez minutos antes que ustedes —respondió Izuru—. Parece que no le gusta llegar tarde a sus asuntos, lucía muy apurado porque no despertábamos.

Ichigo estaba a punto de hablar, y en ese momento llegaron las segadoras y Orihime, las cuales se les unieron e intentaron conversar acerca de cómo habían pasado la noche.

— Muy bien soldados —la voz de Miranda, con un tono bastante autoritario, interrumpió las conversaciones. Los segadores inmediatamente se formaron en pequeños grupos de veinte personas, Ichigo y sus amigos formaron el propio. La teniente se puso al frente de todos ellos—, buenos días. Antes que nada, quiero informarles que esta mañana tenemos a Ichigo Kurosaki, sus amigos de Karakura y algunos tenientes del Seireitei de la Sociedad de Almas de Asia del Este. Ellos fueron los responsables de vencer al Vandenreich.

El resto de los segadores legionarios vio al grupo de japoneses. Al notar tantas miradas, Ichigo se fijó un poco en algunos rostros y pudo comprobar que había algo en común en todos ellos: a primera vista, ninguno de ellos le inspiraba mucha seguridad ya que lucían como verdaderos delincuentes.

— Ya que los localizaron, prosigamos con el día de hoy —continuó Miranda―. Prepárense.

Los segadores legionarios empezaron a quitarse sus sandalias y sus medias. Esto sorprendió un poco a Ichigo y los demás, pero no dudaron en imitarlos.

— ¿Listos? —inquirió la teniente, en voz alta.

— Sí, teniente —respondieron los segadores al unísono.

— Muy bien, vamos por veintiuno a paso normal —y Miranda salió trotando, a paso ligero, hacia el campo. Los legionarios la imitaron, y por lo tanto los japoneses también.


Habían recorrido apenas cien metros, pero la dura tierra lastimaba las plantas de los pies, y para Ichigo y sus amigos era tremendamente incómodo, ya que, pese a que muchos de ellos vivieron sin calzado durante su infancia, estaban bastante desacostumbrados a correr descalzos. Intentaban mantener el paso de los legionarios, pero parecía que ellos hacían esto desde hace bastante tiempo.

Cuando llevaban cuatrocientos metros corridos, Momo brincó un terrón bastante grande. Pero, al aterrizar, sintió un tremendo dolor en el pie izquierdo. Intentó saltar a la pata coja, para disminuir un poco la molesta sensación.

— ¡Momo! —gritó Rangiku— ¿Qué pasó?

Hinamori paró de saltar en una pierna y se sentó en el suelo. Matsumoto se detuvo, agachándose a su altura.

— ¡Oigan, ayuda! —exclamó la mujer de grandes pechos, pero el grupo se alejó corriendo.

Miranda se acercó corriendo: — ¿Qué pasa aquí? —inquirió— ¿Por qué se detienen?

— Momo se lastimó —respondió Rangiku.

La mutilada mujer vio cómo Hinamori aferraba su pie: — Déjala, no es nada —dijo, como si no le importara mucho.

— Pero teniente ella está… —replicó la voluptuosa mujer.

— He dicho que sigan, teniente Matsumoto —le cortó la legionaria.

— Pero…—repitió Rangiku, aunque fue cortada debido a que Miranda le tiró de la cadena atada a su cuello.

— Mira niña, ella no tiene nada—dijo la teniente, bastante cerca de su cara y con los dientes bastante apretados, y la soltó, mandándola de sentón al suelo— ¿Quieres ver heridas, eh? Mira mis pies— sugirió, señalándolos.

Rangiku hizo caso y los miró. Miranda levantó la planta izquierda y la teniente del Décimo Escuadrón vio, con algo de asco, siete piedras insertadas y tres cañas de rastrojo clavadas profundamente. De las heridas la sangre manaba en delgados y lentos chorros.

Miranda volvió a apoyar el pie izquierdo: — Ya que viste, levántate y apúrate —exigió. Matsumoto se incorporó lentamente—. Nos quitamos las chingaderas que se nos clavan cuando acabamos de correr —y echó a correr, con el rumbo que había tomando el grupo.

Rangiku se quedó a lado de Momo, y le ayudó a levantarse. Intentaron avanzar, pero era algo bastante incómodo para la teniente del Quinto Escuadrón, por lo que tuvo que aligerar el paso, pese a las protestas de Matsumoto de regresar al punto de partida. Esto ocasionó que se atrasaran mucho del grupo.


Los segadores ya llevaban un kilómetro y doscientos metros recorridos. Iban a muy buen paso, el cual era bastante difícil de igualar para Ichigo y sus amigos, más con los pies descalzos. Y parecía que los legionarios no aminoraban el ritmo, incluso pudieron percibir que iban un poco más rápido que cuando comenzaron.

El grupo entró en una zona de intensa neblina, producto de la evaporación de la humedad y la fresca temperatura ambiental.

— ¡Cincuenta! —gritó alguien.

Renji y Shuuhei, quienes eran los que tenían mejor condición física de todos los japoneses, iban casi al final del grupo pero al frente de todos sus amigos. Al oír "cincuenta" no comprendieron muy bien, pero pronto observaron que casi todos los segadores estaban saltando. No comprendieron muy bien, pero sintieron que pisaban un borde así que saltaron.

Sin embargo, pese a que su salto fue largo, no fue suficiente para avanzar. Al momento de caer, ellos impactaron con agua poco profunda, de no más de un metro y veinte centímetros de profundidad. El dolor fue inmenso, sobretodo en sus tobillos. Y veinte segundos después varios sonidos de salpicaduras les hicieron saber que sus compañeros tenientes y los habitantes de Karakura.

Mojados y sin saber a dónde ir, esperaron a que la niebla desapareciera, pero la visibilidad todavía era menor a los tres metros, por lo que les fue algo difícil reunirse. Hasta que una nueva salpicadura y el sonido de agua desplazada hacia ellos los hizo mantenerse alerta.

— ¿Qué pasó chavos? Andan retrasados, la teniente me pidió que los guiara —dijo Mauricio. Estaba empapado de pies a cabeza, su pelo le cubría casi toda la cara excepto la boca, la cual mostraba una sonrisa —. Por aquí es el camino, síganme —y anduvo a través del agua, lo suficientemente cerca como para que Ichigo y los otros lo detectaran.

Luego el segador legionario se detuvo frente a lo que parecía el final del canal. Una pequeña pared de tierra y piedra, que sobresalía cincuenta centímetros del agua. Mauricio salió del agua a través de ella, y lo mismo hicieron los otros. Luego, el cuarto oficial les hizo una seña de que lo siguieran y comenzó a correr. Así, Ichigo y los demás retomaron el camino.

A medida que avanzaban, la niebla se iba dispersando, obra del gradual calentamiento del ambiente, y esto dejó ver a los campos de cultivo, algunos ocupados, otros, como el que recorrían, en barbecho. Ocupaban todo el horizonte, pero había un detalle que los hacía bastante distintos del Mundo de los Vivos.

— Disculpa —le habló Izuru a Mauricio—…¿por qué…están…los campos…separados…por…grandes canales? —preguntó entrecortadamente por la carrera que llevaban.

— Son chinampas —respondió el segador de pelo largo, jadeante—. Son campos…construidos…sobre un…inmenso lago…Dan…mejores resultados…que los de…los del…Mundo… de los…Vivos.

En poco tiempo, cruzaron el campo, dirigiéndose de manera directa hacia un canal bastante ancho.

— Este mide…doscientos metros —dijo Mauricio—. Así que prepárense para saltar —y corrió más rápido, separándose de ellos, hacia el borde y saltó.

Los segadores del Seireitei observaron cómo el legionario cruzó el canal y aterrizó en otro campo. Ellos intentaron imitarlo, y tuvieron éxito pero Orihime, Chad y Uryu no pudieron con tal distancia. El resto tuvo que esperarlos a que cruzaran el canal para reanudar su carrera.

Pronto, Ichigo y sus amigos se encontraron cruzando por varias chinampas, las cuales estaban separadas por canales de distintos anchos, como de cincuenta metros, otros de quinientos y varios de a dos metros. Sin embargo, el cansancio ya empezaba a hacer mella en ellos, pues se retrasaban varios metros de Mauricio, quien no parecía tan agotado como los japoneses.


Cuando acabaron su carrera, se detuvieron ante un pequeño claro, libre de actividad agrícola y rodeado por gruesos árboles de ramas bajas, donde los segadores legionarios hacían algunas lagartijas, con la teniente al frente dirigiéndolos.

— Llegan tarde —habló Miranda, sin interrumpir sus ejercicios—. Hace media hora que empezamos, amigos.

— Lo siento, teniente —se disculpó Mauricio—. Los chavos se atrasaron mucho en el primer canal.

La teniente resopló: — Bueno, que se incorporen rápido. Todavía falta mucho por hacer —dijo.

Ichigo y sus amigos se encaminaron hasta el final del grupo, mientras que Mauricio tomó lugar en medio, donde estaba su amigo.

— Bueno, ahora denme treinta puños —ordenó la teniente. Se tendió en el suelo y se apoyó sobre sus nudillos para empezar a hacer lagartijas. Los subordinados comenzaron a hacer lo mismo, y los japoneses también aunque con algo de dificultad. Con los pies heridos y muy agotados después de veintiún kilómetros corriendo, no era una tarea sencilla ajustarse al ritmo de los legionarios.

Por más de una hora, Miranda tuvo a los segadores bajo una dura sesión de ejercicios que incluían abdominales de diferentes estilos, múltiples variedades de lagartijas, muchas formas de dominadas en los árboles, bastantes sentadillas a dos y una pierna. Y mientras más avanzaban en la rutina, varios hombres y mujeres se iban desprendiendo de la parte superior de su uniforme. Ichigo estaba algo avergonzado por el exhibicionismo de esas personas y fijó la vista en el suelo, lo mismo hizo Chad. Pero a los demás se les iban un poco los ojos en la morena piel de los legionarios, ya que los hombres lucían amplios pectorales, musculosos brazos y abdominales muy bien trabajados, y las mujeres dejaban a la vista senos de varios tamaños, entre copa B y C, y vientres planos y un poco marcados.

Al final, los japoneses estaban más que exhaustos. No había rutina igual en el Seireitei, aunque posiblemente la capitana del Segundo Escuadrón si la aplicara, aunque fuera en parte. En cambio, los segadores legionarios a penas y mostraban cansancio.

— Vístanse, recojan sus sandalias de donde salimos y vayan a desayunar algo —mandó Miranda—. El capitán nos espera en el Ruedo en una hora —y desapareció con shumpo. El resto de la Legión hizo lo mismo.

— Que esperan chavos, vamos a meterle algo a la panza —habló Mauricio, poniéndose de vuelta el uniforme para tapar su atlético torso.

— Un momento, ¿van a regresar con shumpo al lugar de salida? —cuestionó Shuuhei.

— Sí, ¿por qué no? —respondió Jesús, encogiéndose de hombros―. Los esperó en mi casa, amigos —y se esfumó.

— Yo también los esperó —dijo Mauricio, dejándolos en medio del claro. Ichigo y los demás comenzaron el camino de regreso, alternando el shumpo con algunos metros de carrera normal.

A los segadores del Seireitei y los habitantes de Karakura les costó bastante regresar de vuelta al punto de partida, sobre todo por el extenuante ejercicio, además de que Rangiku e Ichigo llevaron a Orihime y a Chad respectivamente. Al llegar, recogieron sus cosas y emprendieron el fatigante regreso a la parte poblada del Mictlán.


Al arrivar a los conjuntos departamentales Ichigo y sus amigos se separaron, para ir con sus respectivos anfitriones. El segador sustituto, el quincy y el moreno tocaron a la puerta del departamento del tercer oficial.

— Llegan tarde morros, pasen —dijo Jesús, abriendo la puerta y comiendo yogurt de un vasito de plástico. Los otros tres ingresaron—. Faltan veinte minutos para irnos con el capitán. Agarren un yogurt del refri y échenselo.

Uryu se acomodó sus gafas: — Disculpa, no soy muy asiduo a los lácteos —comentó—. ¿No tienes café o té? —preguntó.

— Sí, ahorita pongo agua a calentar —respondió Fernández, metiéndose a la cocina. Los huéspedes tomaron asiento en un sofá.

Después de una taza de café con poca azúcar, los cuatro ya estaban bajando las escaleras, con un paso algo rápido y en poco tiempo se vieron en la entrada del complejo departamental.

— Y una vez más, síganme —pidió Jesús, y desapareció con shumpo. Uryu, junto con Chad, usó hirenkyaku. Ichigo se esfumó, siguiendo al quincy.


Cuando se detuvieron, Ichigo, Uryu y Sado observaron que se encontraban en un páramo entre dos cerros no muy altos. Allí crecía una hierba muy fina y de color verde amarillenta, pues estaba en proceso de desgaste. En los cerros crecían árboles medianos y altos, de hoja caduca y perene. Sin embargo, lo que más llamaba la atención de ese lugar era la enorme edificación de piedra que se erigía ante ellos.

Una enorme pared de piedra, de más de diez metros de alto y de forma curveada, ocupaba su vista. Ichigo la vio con más detalle, y pudo notar que estaba confirmada por rocas de varios tamaños, unidas por cemento. Al estar en medio de ese paraje, inspiraba curiosidad por lo solitario que lucía.

— Y esto amigos, es el Ruedo de Entrenamiento —dijo Jesús—. Aquí entrenamos todos los jueves, le demostramos al capitán que tan bien preparados estamos. Vengan, les mostraré le entrada —y se encaminó hacia el lado derecho de la pared, mientras los otros los siguieron.

Jesús caminó unos veinte metros alrededor de esa pared circular, hasta toparse con dos grandes puertas, de igual altura que la pared, de madera café oscura y que chorreaban una especie de resina negra y espesa. El segador legionario abrió las puertas.

Efectivamente, como dijo Jesús, un ruedo se extendía ante ellos. Rodeado de la alta y pétrea pared, medía ciento ochenta metros de diámetro, y su superficie sólo recubierta de una áspera superficie de tierra arcillosa, sin ningún rastro de materia verde.

Y en medio de aquel espacio, una solitaria figura se encontraba de pie. Por sus atuendos, un uniforme segador cubierto de un haori blanco, fácilmente dedujeron que era Bernardo. Éste, al verlos llegar, se encaminó hacia donde estaban.

— Buenos días mis amigos nipones —saludó el hombre, tendiéndoles la mano derecha. Ellos la estrecharon—, ¿qué tal les fue en el entrenamiento matutino? —preguntó.

— Bastante exhausto, capitán —respondió Uryu, acomodándose sus gafas. Notó que el capitán no portaba su zampakuto.

Bernardo sonrió: — A la teniente nunca le ha agradado la gente con sobrepeso —dijo—. Desde sus tiempos de prostituta, ella siempre los vio con gran repugnancia y nunca se acostó con hombres gordos. Así que hace todo lo posible por que los soldados estén en forma —se cruzó de brazos—. Y eso para mí es algo excelente, ya que no sólo adquieren un buen cuerpo, sino también resistencia física, fuerza y rapidez.

— Pero, ¿eso no es discriminar? —cuestionó el joven de pelo naranja —. Tenerle desprecio a alguien sólo por su físico es algo así, ¿no?

El capitán señaló al joven de pelo naranja con su índice derecho: — Te lo voy a poner muy fácil Ichigo, ¿a caso quisieras tener sexo con una mujer gorda o con sobrepeso? ¿En Japón no hay gordas, o sí?—inquirió.

El aludido no supo que contestar.

— A mí se me hace que tu respuesta es un no —habló Bernardo—. Lo mismo pasa con las mujeres. A ellas no les llama la atención un tipo gordo o con panza, recuerda que tanto los muertos como los vivos ponen sus ojos en el físico, de igual manera que los animales al elegir pareja. Y cómo verás los sentimientos pasan a un segundo plano. Además, hace seis años que ninguno de los psicopompos del Mictlán ayuda a un gordo o gorda a llegar a Iztcuintlán —agregó.

No pasaron más de cinco minutos cuando los segadores legionarios empezaran a llegar. Los tenientes del Seireitei y Orihime también arribaron, junto con Mauricio y Miranda. Mientras la gente entraba al ruedo, iban tomando posición alrededor del capitán. Uryu notó que ninguno de los soldados llevaba su zampakuto, a excepción de quince que lucían más jóvenes y que en su rostro podía notarse la inexperiencia.

Una vez toda la Legión reunida, alrededor de unas cuatrocientas personas, Bernardo alzó ambas manos: — Ya que estamos todos aquí —comenzó, y bajó las manos— me complacería mucho decirles que hoy mismo hay algunos egresados del Telpochcalli —señaló a los segadores que portaban su arma—, los cuales se nos unirán después de esta sesión con todos nosotros. Pero antes, y como ya se dieron cuenta, nuestros amigos de la Sociedad de Almas de Asia del Este y de la ciudad de Karakura están aquí —hizo una pausa—. Ellos configuran entre los héroes que salvaron a su hogar del Vandenreich. Y uno es, sin duda alguna, uno de los segadores más poderosos que ha habido Para empezar el amigo de pelo naranja, Ichigo Kurosaki —y señaló al aludido. El joven se sintió bastante abrumado por la atención recibida y los indiscretos cuchicheos de los legionarios. El capitán le hizo una seña de que pasara al centro del Ruedo.

El segador sustituto caminó hasta estar del lado derecho de Bernardo.

— Y ahora Kurosaki danos una pequeña muestra de tu poder y llama a tu zampakuto —continuó García.

Ichigo se encogió de hombros: — ¿Y cómo le hago? —inquirió.

El capitán colocó su mano derecha, algo abierta, a la altura del costado izquierdo de la cintura: — Así —contestó. Luego cerró los ojos, relajó su respiración y movió un poco los dedos.

Después de algunos segundos y un extraño ruido como un rugido, la espada del capitán se había materializado en el lado izquierdo de su cintura, y el hombre la tenía aferrada por la empuñadura. Eso sí dejó asombrados a los japoneses, ya que nunca habían visto algo así.

— El vínculo con tu zampakuto es la clave —continuó García—. Si entre tú y tu espada hubo momentos turbulentos, como confusión de identidad o que no te reconozca como dueño o que su vínculo no tenga mucha confianza, no será tan fácil hacer que venga aquí.

Ichigo se quedó algo pasmado. Parecía que Bernardo le había leído la mente, pues eso exactamente pasó hace más de seis años, cuando enfrentó a Aizen y en la guerra contra el Vandenrecih.

— Ahora toma tu posición normal de batalla e imagina que estás empuñando tu espada —sugirió el capitán—. Concéntrate muy bien en enfocar tu presión espiritual y llama a tu zampakuto.

El joven de pelo naranja colocó su mano derecha encima de su hombro y se concentró con todas sus fuerzas, intentando "llamar" a Zangestu. Pero varios segundos pasaron e incluso algunos minutos, y nada sucedió.

— Bueno, ya que no pudiste, tal vez alguno de tus amigos lo logré —dijo Bernardo—. Tú, Rukia Kuchiki, pasa aquí y demuéstranoslo —ordenó. La segadora caminó al centro del Ruedo e hizo lo mismo que Ichigo, pero no obtuvo resultado positivo.

Después de varios intentos, ninguno de los segadores japoneses pudo llamar a su espada. Bernardo estaba algo confundido por esto, ya que los soldados de la Legión eran perfectamente capaces de hacer eso (y en efecto, lo estaban haciendo), e Ichigo y sus amigos, auténticos segadores, no.

García hizo una seña a la teniente y a sus primeros dos oficiales. Éstos se retiraron del ruedo, y luego de cinco minutos volvieron con las espadas de sus invitados, dándole a cada quien su arma.

— Ahora que tienen su espada a la mano —habló el capitán— vamos a comenzar con el entrenamiento. Por hoy vamos a hacer una pequeña prueba de iniciación a nuestros nuevos elementos, y desde luego a los compañeros de la Sociedad de Almas. Y empezaremos con un ataque grupal contra ustedes, tienen dos horas para mantenerse de pie —pausó un poco—. Primero los soldados, luego los oficiales y la teniente, y por último yo.

Ichigo y sus amigos se unieron al grupo de novatos, los cuales estaban algo nerviosos de tener que cruzar sus espadas con el capitán.

— Hiéranlos, pero no los maten —ordenó Bernardo a sus soldados. Un estremecedor ruido de cientos de espadas desenfundándose hizo que los novatos se encogieran un poco más.

Los novatos formaron un círculo para protegerse, y de igual manera lo hicieron los japoneses. Apenas se agruparon cuando un segador legionario empezó el ataque, impactando contra los japoneses. A la vista de los tenientes del Seireitei, parecía alguien de rangos inferiores pero atacaba con la fuerza propia de un oficial del Gotei. Pronto se le unió otra segadora, luego otros tres más, más tarde otros diez, y en poco tiempo un cuarto de la Legión los estaba atacando. Los soldados se turnaban para batirse con ellos, por lo que tenían que defenderse de diez o veinte espadas al mismo tiempo, y con la feroz técnica que tenían, no era nada sencillo. Pero aún así, y pese a las heridas, lograron resistir y se mantuvieron unidos.

Hasta que un joven legionario, el adolescente que Izuru había visto cuando llegaron, abrió sus defensas de los novatos con una fuerte cuchillada y comenzó a atacar de una manera bastante brutal, dando certeros reveses y cortes trasversales que a los egresados les costaba rechazarlo. Por su parte, una mujer de pelo corto, negro y algo más alta que Rukia embistió a los japoneses con bastante fuerza, mucho mayor que la del primer segador que los atacó y pudo pasar la defensa de Renji, descomponiendo el grupo. Después otra fémina pelirroja atacó a los nuevos, con una técnica mucho más violenta que el adolescente, y logró lastimar de manera grave a dos, mientras que una rubia arremetía contra Ichigo y sus amigos e hirió de manera considerable a Momo y a Chad. Luego un segador de pelo marrón y ojos de diferente color atacó a los novatos, logrando lacerar a tres de ellos, al mismo tiempo que un hombre pelinegro mucho más alto que Sado usó un potente ataque trasversal para abrirse paso entre Shuuhei e Izuru y les hizo bastante daño en los brazos. Enseguida, Mauricio se fue contra los nuevos y pudo hacer heridas en ocho de ellos con bestiales y rápidos reveses, mientras que Jesús con tres cuchilladas hizo que Rukia, Ichigo, Orihime y Uryu bajaran la guardia y sus brazos, manos y rostros se llenaran de sangre.

Y por último Miranda entró, posicionándose en medio de los dos grupos de segadores y, con su salvaje modo de manejar la espada, logró que tanto los novatos como Ichigo y compañía tuvieran graves heridas que los dejaron arrodillados en el suelo.

Luego de resistir los violentos y entusiasmados embates de los oficiales y la teniente, los novatos e Ichigo y sus amigos se encontraban bastante heridos, los cortes en sus brazos, cara y abdomen sangraban profusamente, además de que el cansancio del entrenamiento matutino les impedía defenderse mejor a los japoneses. Se pusieron de pie, mirando a sus oponentes. Los legionarios habían parado su ataque, dándoles un pequeño respiro aunque no por mucho tiempo, ya que inmediatamente los novatos comenzaron a salir disparados, uno a uno, hacia arriba y en dirección a las paredes del Ruedo.

Bernardo apareció, después de dejar fuera de combate a los novatos, con su zampakuto en la mano derecha. Parecía contento, pues una pequeña sonrisa se asomaba en su cara, contrastando con el fino hilo de sangre que manchaba su espada. Sin embargo, se detuvo enfrente de Ichigo y sus amigos.

— Ustedes son tenientes, liberen sus shikais —aconsejó el capitán— y atáquenme.

Los tenientes hicieron lo indicado y Shuuhei fue el primero en atacar a Bernardo, lanzando las cuchillas de Kazeshini contra él. Pero el capitán las esquivó y, haciendo uso de su espada a una mano, logró enredar las cadenas para romperlas. Apenas se dio cuenta Hisagi de esto cuando sintió la presencia de García a su costado derecho, y la sangre comenzó a fluir por una herida que iba del hombro izquierdo al lado derecho de su cintura.

Renji fue el siguiente, tomando la ofensiva con Zabimaru. García esperó la arremetida de la zampakuto y, con una increíble precisión, logró clavar su espada en una de las secciones no metálicas de Zabimaru y enrolló la seccionada espada algunos metros. A continuación comenzó un animado tira y afloja con el pelirrojo, pero a éste último se le dificultaba ya que Bernardo tenía muchísima fuerza. Ambos hombres tensaron la zampakuto y un jalón del capitán sumamente brusco la rompió. Renji iba a contraatacar con lo que quedaba de su zampakuto cuando sintió detrás suyo la presencia de García y un punzante dolor en el abdomen gracias a un corte horizontal efectuado de costado a costado.

Momo intentó atacar, arrojándole a Bernardo algunos potentes disparos de Tobiume, pero el capitán los rechazó con su espada, como si fueran las pelotitas del ping-pong-Kidoh, hacia la derecha, por lo que algunos segadores legionarios se apartaron de los impactos. Luego, con ayuda de su zampakuto, invocó un enorme Shakkaho, de más de cuatro metros de diámetro y lo lanzó contra el capitán. Éste no se amedrentó y se quedó plantado en su sitio, esperándolo y, para su sorpresa, Bernardo lo devolvió de una cuchillada. Momo esquivó el Kidoh, haciéndose hacia el lado derecho, pero por un instante sintió al capitán detrás de ella así que se movió al lado contrario y dejó al hombre algunos metros atrás. Sin embargo no le sirvió mucho, pues sus piernas comenzaron a sangrar, gracias a los seis cortes recibidos en ambas.

Izuru arremetió contra el capitán, usando la habilidad de Wabisuke y golpeando varias veces la zampakuto del pelinegro. García sintió muy pesada la espada, casi como si tuviera doscientos kilos, por lo que la clavó en el suelo. En ese momento, el rubio se acercó peligrosamente, con su zampakuto lista para rebanarle el cuello, pero el pelinegro lo recibió con un puñetazo directo en el rostro. Izuru cayó hacia atrás, pero Bernardo lo sujetó del tobillo izquierdo y lo azotó cinco veces en el piso, para luego arrojarlo a tres metros de él. Después de dejar fuera de combate a Kira, el capitán caminó hasta su espada y, posando la mano izquierda, comenzó a murmurarle algo al arma.

Rangiku usó a Haineko para envolver a Bernardo mientras estaba distraído con su zampakuto. La tenue arma comenzó a comprimir al hombre, hasta dejarlo envuelto en una sólida esfera gris. Matsumoto sólo tenía que esperar algunos segundos más para aplastarlo, pero de manera repentina la esfera se deshizo, dejándola algo atónita. Pero no tuvo mucho tiempo de pensar, ya que la sangre empezó a fluir de una herida que iba de su ombligo al esternón. Giró su cabeza a la izquierda, y allí estaba Bernardo, empuñando su zampakuto sin esfuerzo alguno.

Rukia no esperó a García, e inmediatamente comenzó a chocar espadas con él. Gracias a la habilidad de Sode no Shirayuki, la zampakuto del capitán se iba congelando hasta que alcanzó su mano derecha. Bernardo alzó la ceja derecha al ver su extremidad congelada. La pelinegra aprovechó eso y saltó para darle una estocada, pero el capitán, levantando su mano congelada, invocó una llamarada tan tremenda, que alcanzó los cinco metros de altura y veinte de largo. Rukia esquivó el fuego, saltando varias veces hacia atrás y a la derecha. Bernardo estaba en su sitio, pero ella sintió un ardor en la mejilla y un dolor en su espalda, y de inmediato comenzaron las hemorragias.

Uryu atacó con flechas lo más rápido que pudo, pero el capitán las rechazó todas con movimientos de su espada tan prestos que logró regresarlas contra el quincy. Ishida logró burlarlas, pero Bernardo, apareciendo enfrente de él, le propinó una cuchillada en el tórax. Sado atacó, con su Brazo Derecho del Gigante, pero el capitán lo detuvo fácilmente y pudo fracturarle la muñeca, para luego darle un corte en ambas rodillas. Orihime no se dejó intimidar y tomó la ofensiva con Tsubaki, pero García logró deshacerlo sólo con poner su zampakuto en la trayectoria del hada, a continuación formó su fuerte Shiten Koushun, sin embargo el capitán le clavó la espada y la giró para romper el escudo, y después le dio algunos cortes en sus brazos y piernas, dejándola fuera de combate.

Finalmente, Ichigo estaba cara a cara contra Bernardo. El segador de pelo naranja, haciendo uso del shumpo, atacó. Pero el capitán lo rechazó con un revés, imprimiéndole una descomunal fuerza que nunca había experimentado, y lo mandó a volar diez metros. El joven de pelo naranja logró estabilizarse y aterrizó, pero inmediatamente sintió un escozor en su rostro, la sangre corriendo por su ojo derecho y la presencia de Bernardo detrás de él. Con media vista funcionando, se dio la vuelta sólo para bloquear el ataque de García. Éste le imprimió más fuerza a su ataque y, en un amplio movimiento circular, logró desarmar al segador sustituto y le propinó un revés en su hombro izquierdo y una patada en el abdomen. Ichigo sólo atino a caer al suelo, mientras García se alejaba de él.

Bastante heridos, los novatos y los japoneses se incorporaron de manera bastante lenta, esperando otro ataque del capitán, pero éste sólo sonrió y movió la cabeza con un gesto afirmativo.

― Muy bien amigos, aún pueden mantenerse de pie —felicitó Bernardo, enfundando su zampakuto—. Ahora, viene la prueba final para poder unirse a la Legión. Teniente, por favor inicie la Prueba de la Familia.

Miranda salió del Ruedo nuevamente, y no pasaron ni cinco minutos cuando volvió con dos transportadoras para animales. Las dejó a los pies del capitán y ocupó el lugar al lado derecho del hombre.

Bernardo le hizo una seña a un novato, cuya apariencia era la de un muchacho menudo y pelinegro de quince años: — Ven tu amigo —indicó. El joven caminó hasta quedar enfrente del capitán—. Dime, ¿cuál es tu nombre? —preguntó.

— José Luis —respondió el novato.

— Muy bien, Pepe ahora vas a hacer la Prueba de la Familia —dijo el capitán. Abrió la puerta de la trasportadora y sacó un gato atigrado, al cual tomó por la nuca y lo sostuvo enfrente del novato—. Quiero que mates al gato. Decapítalo para que no haga drama, por favor.

Para susto de los japoneses, el segador asintió, desenvainó su espada y, con un veloz movimiento, cortó la cabeza del animal. García arrojó el cuerpo a un lado, mientras que Miranda salió del Ruedo nuevamente.

El capitán sacó un perro, un caniche, de la otra trasportadora: — Mata al perro del mismo modo —ordenó. El novato, sin titubeos, le quitó la vida al can del mismo modo que al felino.

Ichigo y sus amigos estaban horrorizados con esto. Al segador novato no parecía importarle la vida de esos animales. Pero antes de que la sangre se les helara más, la teniente entró con dos infantes, un niño y una niña, una mujer de treinta años y un hombre como de treinta y cinco. Las personas lucían ropa humana contemporánea, y eran conducidas a punta de espada hacia el centro. Luego Miranda tomó a la pequeña del cuello de su playera y la arrojó enfrente del nuevo.

— Acaba con la niña, Pepe —habló el capitán. Y la pequeñita comenzó a llorar, pidiéndole piedad tanto al capitán como al novato.

El joven asintió y, pese al amargo llanto de la niña, tomó su zampakuto y le destrozó la garganta de una cuchillada. Ichigo y sus amigos cerraron los ojos ante tal acción.

— Ahora sigue el niño —escucharon a Bernardo. El infante, arrojado a los pies del novato y sin ataduras, cayó al piso, presa del pánico y comenzó a suplicar.

José Luis no se dejó llevar por los lloriqueos del muchachito y acabó con el cortándole la cabeza. Orihime, se tapó la boca con ambas manos, mientras que Uryu intentó reprimir una pequeña arcada.

— La mujer es la próxima —indicó García. Miranda encaminó a la susodicha ante la presencia de Pepe.

La fémina, al verse libre, intentó correr hacia las puertas del Ruedo. Y cuando iba a abrirlas, un tremendo y punzante dolor se hizo presente en el abdomen. El novato le había clavado su zampakuto, y repitió la operación dos veces más hasta que la mujer comenzó a vomitar sangre. Luego el nuevo se separó de ella y, con shumpo, se dirigió al centro del Ruedo.

— Por último, el hombre y terminamos con tu Prueba —habló Bernardo. La teniente dirigió con brusquedad al tipo hacia el centro del Ruedo.

El adulto tenía una cara en la cual reflejaba bastante desprecio hacia el novato. Cuando se vio libre, se fue directamente contra el nuevo, preparando un puñetazo con su mano derecha. Pero Pepe lo tomó de la extremidad y lo arrojó al suelo. El hombre intentó levantarse, sin embargo ya no pudo hacerlo pues la espada del segador estaba firmemente enterrada en su pecho. El novato le destrozó el tórax otras cinco veces más.

Cuando por fin acabó con el hombre, un atronador conjunto de aplausos y palabras de apoyo se escucharon. Al parecer, el novato, quien lucía una sonrisa de desconcierto, había pasado bien la Prueba.

Bernardo le estrechó su mano derecha: — Muy bien, Pepe, ahora eres parte de la Legión Segadora de Apoyo del Mictlán —felicitó—. Pasa de este lado por favor, al lado de Mauricio, el de pelo muy largo. Muy bien —los aplausos y ovaciones cesaron—, ahora vamos a…

— Para esto —le cortó Ichigo. Los legionarios hicieron un sonido de indignación.

El capitán parpadeó confundido: — ¿Disculpa? —inquirió.

— Esto es bárbaro —dijo el joven de pelo naranja—. Que no ve que…

— Te aconsejo no interferir, Ichigo —le cortó Bernardo, en un tono bastante sombrío y desenfundando su zampakuto—. O si no, tú serás el próximo muerto en este ruedo. Y también va para los demás, ¿eh?

Los japoneses no dijeron nada y el capitán enfundó su zampakuto. Después llamó al siguiente novato, una muchachita pelinegra y morena, para que empezara su Prueba con un gato de pelaje naranja.


Por el lapso de una hora, Ichigo y sus amigos se horrorizaron con lo que veían. Perros, gatos, niños, niñas, hombres y mujeres eran degollados y apuñalados sólo para poder unirse a la Legión. En algunos, como Orihime y Uryu, las náuseas se hicieron presentes, pero tuvieron que resistirlas por orgullo de no verse débiles ante aquellos hombres y mujeres insensibles.

— Ichigo, tu turno —habló Bernardo. Tenía un gato negro sostenido firmemente del cogote.

— No lo haré —dijo Ichigo de manera firme.

El capitán parpadeó, confundido: — ¿Disculpa? —cuestionó, alzando la ceja izquierda.

— Que no lo haré —repitió Ichigo.

Bernardo tomó aire: — Mira Kurosaki, tienes que hacerlo —comentó tranquilo—. Todos aquí hemos pasado por esto, y nadie ha dudado en cortar al gato.

— ¡Es que no tiene sentido! —exclamó el segador sustituto.

— Las cosas son muy diferentes aquí que en la Sociedad de Almas, Ichigo —dijo García, con calma.

— No me importa, a mi me enseñaron que el deber de un segador es proteger y no matar a diestra y siniestra —replicó Ichigo.

— Kurosaki, si no intentas cortar al gato no te puedo llevar al Mundo de los Vivos —comentó el capitán, aún tranquilo.

— ¡Pues si así tienen que ser las cosas, no iré con usted! —gritó el joven de pelo naranja.

— Kurosaki, si no lo haces, no sobrevivirás una noche en el Mundo de los Vivos —amenazó García. Ya estaba perdiendo la paciencia—. Además, tendré que devolverlos a la Sociedad de Almas y créeme que eso sí afectaría esta misión.

— Pues adelante, hágalo —refutó el joven de pelo naranja—. Pero no me va a obligar a destruir a ese gato.

Bernardo estaba muy serio. Arrojó al gato violentamente a la trasportadora y la pateó lejos. Tenía el ceño bastante fruncido, los músculos de su cuello estaban bastante apretados y respiraba pausada y marcadamente. La teniente, los oficiales y soldados parecían algo preocupados, incluso Miranda se alejó unos pasos de él. Y antes de que alguno de los presentes reaccionara, el capitán subió su presión espiritual de manera brusca y por dos minutos, logrando que el ambiente se volviera denso y bastante intolerable.

Varios soldados cayeron de rodillas, respirando entrecortadamente. Los oficiales lucían visiblemente mal, como si tuvieran náuseas, e incluso la teniente tenía fuertemente apretada su cabeza con ambas manos. Pero los más afectados fueron los novatos, quienes perdieron el conocimiento, y los japoneses, los cuales se encontraban agazapados en el suelo, sumamente aturdidos.

— Carguen a los novatos a la unidad de salud del edificio. Llévense los cuerpos y tírenlos en el Mundo de los Vivos para los cuetonalli, eso es todo por hoy —ordenó el capitán. Su timbre vocal era duro y autoritario—. Los veré en media hora en el local de la señora Aurora —todos asintieron y comenzaron a retirarse. Algunos miembros de la Legión comenzaron a llevarse los cadáveres. En diez minutos, sólo quedaron los japoneses y Bernardo en el Ruedo.

Ichigo y los demás respiraban agitadamente y sudaban frío. Ese pequeño aumento de presión espiritual se sintió como cuando se presentó Ichimaru ante ellos, bastante sofocante. Pero ahora, que tenían más entrenamiento y experiencia en combate, eso fue demasiado intenso. Probablemente, Bernardo cargaba con un poder espiritual muy superior al de los capitanes del Seireitei.

— Si no pueden matar un simple gato, no entiendo porque son segadores —dijo el capitán, con bastante desprecio, y se acercó hasta quedar un metro de Ichigo—. Hay una cosa que deberían saber de nosotros, chavos. Antes de guiar las almas, antes de protegerlas, antes de eliminar Huecos y otros monsturos, antes de mantener el orden en el Mictlán, antes de todo eso somos algo mucho más importante.

— ¿Y qué es lo que son antes? —interrogó Renji, con la ceja izquierda alzada.

Bernardo sonrió, de una forma bastante perturbadora: — Nosotros somos muerte —respondió, y dejó el Ruedo y a Ichigo y sus amigos mascando esas simples palabras.


Notas del autor:

* Aquí está un nuevo capítulo. Como ven, tardó un poco más. Ya saben, la vida detrás del monitor es muy exigente, aunque también he de admitir que desanima un poco el no saber su opinión.

Gracias por leer.