Saludos a todos los que hayan decidido pasar por aquí, amigos escritores y lectores.
En primer lugar, es mi deber pedirles disculpas. Sé que he tardado mucho desde la última actualización (y muchos deben de odiarme más por el hecho de haber terminado ese capítulo de tal forma), pero la universidad y los exámenes para finalizar el semestre me han consumido y así, entre deber y deber, me he escapado unos minutos algunos días para darle forma a este capítulo en particular, el cual, debo reconocer, ha sido un desafío astronómico. No sé cómo lo recibirán (me queda una sensación extraña después de repasarlo, quizás sea el capítulo más personal de todos), pero sí les puedo decir que he dado todo lo humanamente posible y que cualquier crítica que quieran hacer, la recibiré con gusto, será una formidable ayuda para no defraudarlos en la siguiente entrega, de las cuales, dicho sea de paso, ya pocas nos quedan.
Antes de continuar, quiero agradecer de todo corazón a Minecrandres, Nara375, xv10, Más alla de la realidad (no creo que hayas hecho algo malo, simplemente yo he sido un cabrón, merezco todo el odio) y a SakuraSaya1602. Gracias a todos ustedes y a todos aquellos que han decidido darle una oportunidad a esta historia. Cualquier sugerencia, reclamo o crítica, siéntanse en confianza de hacérmelo saber, porque yo, como escritor, me siento en deuda con todos los lectores que me dan una oportunidad.
Ahora, sin nada más que añadir, los invito a pasar, sean todos bienvenidos.
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Desperté sobresaltado, acción que, en sí misma, bastaba para sobresaltarme, porque ni siquiera recordaba haber cerrado los ojos.
Lo más extraño fue encontrarme a mí mismo en una habitación, tendido sobre una de las familiares y duras camillas que suelen tener a disposición de quien la necesite. Se habían tomado la molestia de quitarme la ropa, la cual permanecía doblada sobre una silla. Debía de estar por amanecer, al menos eso indicaban los débiles destellos que se insinuaban a través de la única ventana…sí, recordaba haber…recordaba haber salido precipitadamente del departamento, pero… ¿Cómo chingados había derivado todo en eso? Quizás tenía relación con el horrible dolor de cabeza que sentía…canijo, sí, dolía, como no recordaba, aunque las migrañas no me resultaban desconocidas, pero de ahí a sentir que el mismo cráneo había sido rearmado a la fuerza después de desarmarlo a martillazos… ¿Qué había pasado? ¿Qué hacía ahí en primer lugar?
−¿Señor Santana? Por favor, tranquilícese.
No podía pedirme algo así si la misma voz bastaba para aumentar mi desconcierto, acompañada de la enorme presencia de delantal blanco…canijo, no, no era enorme, estatura promedio gracias al cielo, pero desde mi posición todo se veía demasiado grande, sin contar que la percepción distorsionada no ayudaba demasiado. Pero todo cuanto le ayudaba era su especialidad, el hecho de verlo desde abajo…y mi nerviosismo, el desconcierto, la incertidumbre de intentar dar con una explicación razonable para todo y no encontrarla.
−Qué…qué carajos…
−Tranquilícese, le aseguro que no le ayudará en su estado actual…
−Quién…quién y qué…
−Soy el doctor Francis Miller del Hospital General de Los Ángeles y en estos momentos se encuentra en observación –no era necesario que empleara la maldita luz para verificar la reacción de mi pupila, eso sólo incrementaba el dolor–. Dígame, ¿recuerda lo acontecido las últimas doce horas?
−No funciono midiendo margen horario –ladré con molestia, intentando apartar la pinche linterna.
−¿Siquiera recuerda qué fue lo que lo trajo aquí?
La pregunta del millón, la que bastaba para que todo hiciera clic…bueno, no del todo, al menos gradualmente y con los recuerdos, también las emociones experimentadas…al menos podía dar respuesta a la primera pregunta de la que, con toda certeza, serían muchas. Es curioso cómo una palabra puede bastar para iluminar e incluso para traernos la calma de saber que sí teníamos un motivo para ser o estar, incluso si los motivos de fondo bastan para que el sudor frío no tarde en hacer acto de presencia, como en ese segundo en particular, el mismo que no parecía cuadrar con mi presente, acaso porque sabía que tenía mayor importancia.
−Sí…sí…sí recuerdo –y con las palabras, el inevitable deseo de querer saltar de la maldita cama–. Canijo…sé por qué vine…
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No hacía falta que me dijeran dónde estaban. Lo sabía sin explicación lógica mediante. Acaso porque no me cabía en la cabeza que fuera de otra forma. Acaso porque no concebía la imagen de esos pasillos sin ese cuadro en particular o uno que pudiera asemejársele. Uno que transmitiera la misma emoción que brotaba en mí a medida que caminaba repitiendo en mi mente el mensaje, la información que me habían dado…canijo, había jurado nunca más pisar ese lugar, ni en sueños ni en realidad, aunque los motivos fueran poderosos…no, aquí ya no existían motivos, existía más bien un deber, una obligación ajena a cualquier anhelo que pudiera albergar de vivir en relativa calma sin riesgos de sentir cómo se abrían las heridas…como si éstas no me atormentaran a diario…no, no necesitaba pisar ese lugar para sentir el dolor del alma, aunque sí se acentuaba por el recuerdo y lo que vivía…mi presente, uno que no me pertenecía desde el momento en que acepté que tenía que apersonarme allí…uno que, a decir verdad, hacía ya mucho que me resultaba ajeno.
Porque la certeza parecía un imán. A medida que avanzaba, comprendí que me acercaba a mi destino. El personal parecía más frenético, el movimiento se incrementaba, se aceleraba acaso, obligándome ocasionalmente a esquivar uno que otro médico o enfermero o enfermera o ve tú a saber si acaso el cabrón era del personal de aseo o mantenimiento, ya carecía de importancia. Más me interesaba tener claridad en algunos puntos. Porque esperaba encontrarme con algunas caras conocidas, no podía ser de otra forma. Sin embargo, la desagradable sensación inicial pareció mezclarse con desconcierto en cuanto las preguntas fueron aflorando.
Estaba bien ver a un par, tres o cuatro quizás…pero todos ellos… ¿Cómo chingados le habían hecho para enterarse tan rápido? Ah claro, a mí me habían avisado por la moto y quizás habían tardado un poco más en comprobar su modelo, quizás en qué estado había terminado…no, tal vez la moto sí había resultado dañada, pero no tanto como para que se volviera irreconocible. No, todo era cuestión de prioridades. Primero las vidas, después de las cosas y era comprensible. Debían de dar por hecho los oficiales que estaba ahí para exigir una explicación por lo que le había ocurrido a mi único medio de transporte. Los demás…los demás, los reconocibles, ni siquiera se habían percatado de mi presencia, acaso porque me encontraba lejos y nadie me esperaba…acaso porque no había abierto la boca ni tenía la intención de hacerlo mientras no fuera necesario…y el segundo comenzaba a acercarse a medida que comprendía que no sacaría nada permaneciendo quieto y las palabras llegaban hasta mí con claridad:
−Dicen que es muy difícil que despierten pronto…pero gracias al cielo, están fuera de peligro…por el momento.
−Pero si las dos iban con casco…
−Es relativo, el daño se reparte cuando chocas en moto…
−¿Pero de dónde la sacaron?
−¿Y dónde están ahora?
−Cuidados Intermedios…
−¿No podemos verlas?
−Eso es…eso es un poco complicado…
−¿Pueden recibir visitas? ¿Sí o no?
Era de esperarse, mi voz, mi pregunta en realidad, sobresaltó a más de uno. Porque no tenía nada que hacer allí en primer lugar…al menos desde su punto de vista. En ese sentido, las chicas habían cumplido con creces. Nadie me relacionaba con nada, no podía resultar más ajeno a todo, al menos desde su punto de vista, de manera que sus expresiones eran comprensibles. Que primero permanecieran quietos y boquiabiertos, alelados, mientras hacía un evidente esfuerzo por encontrar las palabras precisas. Todos los nombres que recordaba y que estaban relacionados con ellas se encontraban ahí en su forma física: André, Robbie, Beck, Cat…incluso Trina y hasta donde yo sabía, ella no formaba parte del grupo…pero lo extraordinario de la situación bastaba para justificar cualquier excepción…exceptuando la mía, claro, porque no tenía forma de saberlo, eso decía cada expresión.
−Doctor…
−Oyeron mi pregunta, muchachos, ¿pueden recibir visitas?
−¿Qué hace aquí en primer lugar? –Bendita la hora en que a Trina le dio por mostrar preocupación por su familia, aunque no sabía de qué tanto estaba enterada ni hasta qué punto podía influir en ella dicho conocimiento.
−No me corresponde a mí decir nada…
−¡Estamos hablando de la vida de mi hermana! –No inventes, ¿en serio? Ya bastante tenía con la certeza de que ella me hubiera dado un golpe de no haber sido porque Beck la frenó a tiempo…claro, ella sabía cómo golpear, de manera que habría salido de cualquier manera, menos bien parado de un hipotético ataque–. Nadie lo llamó… ¡Cómo supo entonces! ¡Usted sabe algo que nosotros no!
−Ni siquiera sé qué podrían saber ustedes, así que… ¿Por qué no me pones al tanto antes de intentar rajarme la cara? –No quería sonar demasiado sarcástico, pero sabía que seguía siendo la mejor alternativa, cualquier cosa antes que revelar que por dentro sentía que algo se congelaba gradualmente.
−¿Qué más podría no saber? Jade y Tori chocaron, iban en una moto que no era de ninguna, ambas salieron heridas, bastante diría yo, se salvaron de milagro…y por si eso fuera poco, todo parece indicar que las acusarán de robo…por la moto y los daños que causaron…es decir, ¿ya se hace una maldita idea del problema? –Extraño me resultó oír a André hablarme en ese tono, pero bastaba para hacerme una idea general de todo y sí, bastaba para que todos estuvieran al borde del colapso. Porque como si no fuera suficiente el choque y el daño…fantástico…
−Pero André, no pueden acusarlas de robo…Tori nunca lo haría y Jade…Jade es mala, pero nunca robaría, no es así –de haber aceptado la policía la explicación de Cat, habría bastado para comprender que vivíamos en un pinche cuento de hadas y todo habría sido mucho más dulzón y sencillo.
−Entonces… ¿Cómo explicas que la moto en la que iban no le perteneciera a ninguna?
−¿Qué estás insinuando, Beck?
−No insinúo nada, Robbie, pero no puedes negar que resulta…un poco sospechoso para cualquiera, por lo que da igual que nosotros creamos en ellas, lo tienen todo en contra…es decir, ¿por qué crees que ahora mismos la policía está aquí hablando con ellos?
−¿Y dónde están? –Era mi turno de preguntar, la discusión hacía mucho que estaba lejos de mi alcance y necesitaba información rápida si quería vislumbrar una solución por muy imposible que ésta pudiera parecer. Sin embargo, que todos me miraran con sospecha no parecía ayudar demasiado a volver más expedito el camino.
−¿Y por qué a usted le interesa tanto saberlo? –Finalmente la frialdad de Beck servía de algo, porque bastaba con esa pregunta y el tono adecuado para que todos lo miraran con precaución–. No estaría aquí si no supiera algo que tenga relación con esto…no, usted sabe algo, ¿no es así?
−Si puedo garantizar que esto se puede solucionar de alguna manera…o que pondré de mi parte con tal de que esto no empeore más, ¿tendría importancia lo que pueda saber?
−¿Empeorar más? ¿Qué podría hacer usted al respecto en primer lugar? –Debía de tener claro que las sonrisas estaban fuera de lugar, más si ésta tenía una brizna de burla…más si al sonreír, quien me hablaba, el mismo chico, lejos de parecer desconcertado, se mostró un poco molesto.
−Hablan de supuesto robo, una acusación…un término un poco jurídico, ¿no crees? Eso significa que hay custodia policial aquí…y si hay custodia policial y Trina está aquí, ¿quién más podría venir con la tropa? Más allá de la policía que no parece ser un problema en sí misma, ¿quién más podría impedir que ustedes vean a sus amigas? Descartemos policías, médicos… ¿Quién nos queda? –Miré a todos, la naturaleza de su desconcierto era diferente del inicial, lo sabía, lo sentía…sí tenía razón–. Así que… ¿Quieres saber qué chingados puedo hacer al respecto? ¿Quieren saber qué carajos puedo hacer? Pues díganme hacia dónde tengo que ir y acompáñenme, porque de otra forma no se enterarán ni nada, será la última vez que hable de esto.
−¿Y por qué habríamos de confiar en usted? –Sí, me había dicho que no era una buena idea sonreír, pero la pregunta de André sólo incrementaba la ironía de la que estaba impregnada toda la situación.
−¿Les queda otra opción? ¿Acaso tienen una mejor idea? –Si respondían a esas preguntas, me confirmarían que estaba ante un hatajo de pendejos, pero no, sí les quedaba la frialdad, o al menos el sano juicio, para guardar silencio o al menos aceptar que yo tenía razón sin emplear sílabas–. En realidad sí la tienen, porque pueden confiar en mí lo suficiente como para esperar aquí, quietecitos y calladitos…o pueden no confiar y seguirme el paso, a ver si no la friego más, pero con o sin su colaboración, voy a ir, así que son ustedes los que deciden.
Pero claro, qué pendejadas pedía, ¿no? Es decir… ¿Confiar en un tipo que había llegado hacía tan poco a Hollywood Arts y que parecía saber mucho más de lo legítimamente posible? Claro que no podía interpretar de la misma manera que Trina decidiera seguirme, porque seguía siendo cuestión de familia, era comprensible. En cuanto a los otros…bueno, dicen por ahí que los amigos representan la familia que eliges a lo largo de la vida, ¿no? Así que seguía siendo la misma razón a fin de cuentas.
Ya podía dar igual si confiaban o no en mí. Me seguirían al fin del mundo si les decía que allí estaban las muchachas…y en cuanto a mí… qué no habría dado yo por tomar la dirección contraria.
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−Qué bueno que, al menos, sepa por qué vino aquí –comentó el médico con cierto alivio que su actitud profesional no podía disimular–. Ciertamente, una lesión de esas características habría bastado para…
−Ahórrese el discurso, ¿quiere? Porque si no pasó a mayores, mucho le agradecería que me dejara salir de aquí…
−Me temo, señor Santana, que las cosas no son tan sencillas –siempre habría una dificultad de por medio, lo cual me enervaba en exceso–. Parece no comprender que…
−¿Qué? ¿El tener epilepsia es el problema? Porque es algo genético, doctor, vengo lidiando con ella hará ya varios años y…
−Con toda certeza, los medicamentos que ingiere para mantener bajo control los ataques no han surtido el efecto deseado…al menos en las últimas semanas, ¿no es así?
No es como que diera demasiadas señales sobre la impresión que me causaron esas últimas palabras, estaba demasiado ocupado rememorando cada uno de los acontecimientos que me habían llevado a esa camilla en particular, luchando contra un facultativo que parecía incapaz de dejarme ir así como así. Y si bien aparenté lo contrario, no podía negarlo, tamaña observación, una que calzaba con exactitud con mi realidad… ¿Cómo no iba a captar mi atención con algo así? En parte sirvió para calmar mis ánimos, ayudándome a aterrizar.
−La epilepsia puede variar…es decir, si no hubiese sido por el golpe que me di hoy, dudo que tuviera…
−Parece que usted no comprende a cabalidad la situación, señor Santana –la seriedad con la que me miraba el especialista bastaba para anular cualquier intención de interrumpirlo–. La epilepsia puede ser una enfermedad propiamente tal, como usted la conoce…o una alarma de algo que pueda estar gestándose… ¿O me va a decir que realmente consideraba normal que los ataques se presentaran a pesar de tomar la dosis prescrita?
No iba a reconocerlo abiertamente, pero tenía razón. Sabía que no podía ser normal, no iba a saberlo si desde que era pequeño había lidiado con semejantes crisis de las que despertaba sin recordar demasiado…y se suponía que tenía que mantenerlas bajo control con esas pastillas, las mismas que nunca me faltaban…y no hacía unas pocas semanas que venía pensando en que todo aquello se me escapaba de las manos, volviendo a experimentar el miedo de antaño de que alguien me viera caer en semejante estado de ridícula debilidad…sí, como aquella lejana jornada en la que una muchacha de pelo rojizo me quebrara la nariz…no, sólo el golpe no podía detonar semejante crisis, pero me había servido para cubrir la verdad y mi propio temor.
De haber sido otras las circunstancias, habría dicho que cualquier cosa…no, no sólo habría dicho cualquier cosa, habría mostrado genuino interés, el mismo que se encontraba relegado en un rincón de mi cabeza, la misma que estaba demasiado ocupada intentando recordar todo lo vivido, no porque tuviera importancia tener entre manos la verdadera razón que pudiera explicar mi presencia en esa camilla, siendo un paciente más. Ya podía tomárselo cualquiera como quisiera, pero en realidad más me interesaba saber si había hecho bien mi trabajo.
Sin contar que me sentía demasiado cansado para seguir hablando o mostrar siquiera una pizca de curiosidad.
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A unos metros de distancia, por supuesto, la presencia de unos cuantos agentes, nada espectacular, nada sorprendente si considerábamos la situación. Por supuesto que lo verdaderamente importante estaba justo frente a la fuerza pública y se dejaba oír a pesar de las reiteradas e infructuosas peticiones del personal del hospital y de sus respectivas esposas (las veía por primera vez, gran novedad), pues ambos hombres parecían haber perdido la noción del espacio, olvidando dónde se encontraban y empleando el mayor volumen que les permitía la voz sin caer en los gritos y tantos movimientos de brazos como les permitía el cuerpo y la ira sin caer en los golpes.
−¡Cómo explicas que mi hija estuviera con la tuya en una moto que no le pertenecía!
−¡Qué sabes tú si acaso tu hija no la robó antes!
−Ah, por favor, como si esa gótica que tienes por hija fuera una santa…
−¡Repite eso y…!
−¡Qué! ¿Qué vas a hacer, West? ¿Pagarle a una tropa de matones para golpearme!
−¡No necesito pagarle a nadie para romperte los huesos, yo mismo me puedo hacer cargo! ¡Pero claro, tú necesitas de tu placa para hacer saber que puedes con todo!
−¿Le temes a la placa, imbécil? Yo mismo te puedo romper la cara sin necesidad de nada…
−Te faltan las agallas…
−Disculpen, ¿quién es el encargado de todo esto? Recibí una llamada de un tal Art Jackson y me gustaría hablar con él…
A pesar de lo sombrío de la situación, no podía negar que algo tenía de simpático. Para empezar, jamás imaginé que esos dos hombres por sobre cualquier otro que pudiera conocer, algún día terminarían por perder los estribos ante tantas personas…se entendía, estaba más que claro. Por supuesto que tampoco hacía falta voltear para saber que los muchachos tras de mí parecían entre asustados y desconcertados, misma reacción que pareció dispararse cuando yo interrumpí la discusión en voz alta soltando tan absurda petición, la misma que captó la atención de todos los presentes, incluyendo los dos tipos que parecían a punto de irse a las manos como tanto amenazaban (hablaban demasiado, en mi rancho nos rajábamos la cara sin mediar tanto blablá y ya), quienes parecieron olvidar por un segundo por qué ladraban tanto.
−Santana…
−Gael…
−Señor –de entre los agentes apareció un tipo que parecía tener mayor rango, quizás el de mayor rango ahí presente–, yo soy Art Jackson, usted debe ser…
−Gael Santana.
−¿Usted es el dueño de la moto en la que iban las muchachas?
−Yo soy.
Por supuesto que eso pareció desarmar todo el caos anterior y volverlo aún peor. Seguía sin necesidad de mirar demasiado, pero sabía que toda la familia reaccionaba a su manera. El silencio se percibía demasiado tenso, demasiado caldeado como para ser un simple silencio, de esos que te hablan de tormentas, de esos que te hablan de catástrofes que ves, que se avecinan, que todavía no llegan pero sabes que tendrás que afrontarlas, brindándote apenas el tiempo necesario para prepararte mentalmente para lo peor, para visualizar que harás para salir relativamente entero de todo el desastre…luchando contra la tentación de dilatar esa paz artificial por cobardía o por el comprensible temor de no saber qué chingados hacer ni bien el primer retazo, la ventisca que te habla de tornados, se empiece a deslizar sobre los campos que te brindan esa falsa tranquilidad que, sabes, hace ya mucho que perdiste, quedándote la frialdad que te confiere la certeza de saber que, si tu problema tiene solución, no sacas nada preocupándote, y si no tiene solución…tampoco.
−Por supuesto, si está dispuesto a levantar cargos contra las muchachas…
−Estoy aquí para decirle que no levantaré ningún cargo, ellas usaban esa moto con mi consentimiento y todo esto…es un lamentable accidente, ¿no es así? –Claro, el tipo estaba preparado para otra reacción de mi parte y ver lo contrario parecía descolocarlo…sí, debía de haber pasado más o menos por lo mismo que pasaba yo en ese segundo en particular, sintiéndome seguro a su lado y si no seguro, al menos más tranquilo, sabiendo que ni bien diera un par de pasos para perderse tras una esquina, estaría solo contra el mundo y una situación que no me había buscado, pero que sin duda dejaría caer todo el peso de una ira implacable sobre mí, sabiendo que no me daban las fuerzas para resistir tanto, no por fragilidad, más bien por agotamiento.
−¿Puede decirme, señor, cuál es su parentesco con las muchachas? –Daba igual la situación en sí, algo sabía de procedimientos policiales y esa pregunta parecía no encajar con la situación…pero claro, bien podían pensar que yo las cubría a mi manera, después de todo, se habían visto involucradas más personas en el accidente o choque o ve tú a saber qué pinche término empleaban para referirse a lo acontecido, de manera que si no levantaba yo los cargos, otros bien podían hacerlo de comprobarse las responsabilidades y repartirlas con justicia, lo cual no quería decir que existiría un componente equitativo.
−Debiera de bastarle con que le diga que soy psicólogo y ambas son mis pacientes, lo demás es confidencial…ya sabe, normas de ética –y por su cara comprendí que había elegido bien mis palabras y debía darle las gracias a aquello que tantos problemas me había causado en el pasado, pues había logrado ser de verdadera utilidad…porque en realidad, tanto si la ignoraba como si la acataba, sabía hacerme la vida de cuadritos, por lo que no estaba seguro de si valía la pena agradecer o no algo que bien podía considerarse como un pequeño y merecido beneficio–. Además…no es como que yo pueda hacer mucho, más allá de no interponer cargos…porque mi moto…
−Los daños son irreparables, señor Santana, el vehículo sufrió un fuerte impacto –por supuesto que me habría importado de no haber sentido una presión de diferente naturaleza a la altura del pecho, pero en el fondo me sentía agradecido, acaso porque el caballo de metal y gasolina se había llevado la peor parte y las chicas…sí, sabía que todavía no despertaban y que dentro de la gravedad, se encontraban estables…pero cabrón, eso podía variar–. Si no es mucho pedirle que me acompañe para tomar su declaración…
−¿Puede usted esperarme unos minutos? Me gustaría tener una charla con los padres de las muchachas, ya más tarde…
−Ciertamente, puede hacerlo, lo estaré esperando…
No seguí escuchando, sabía que ya se estaba alejando, permitiéndome a mí abandonar ese tono educado, flemático, afectado…un auténtico caballero, un perfecto profesional, una absurda, pero necesaria, estupidez de mi parte si quería no levantar sospechas. Porque se suponía que…no se suponía nada, a ese tipo en particular no le importaba nada más allá de aclarar el extremo de la historia que estaba relacionado conmigo. Sin embargo, sin su presencia ni la de los agentes (seguramente estarían esperando en otro sitio cercano, pero lejos de la vista de todos) aumentaba el riesgo y la incertidumbre. Estaba claro que saldría parado, pero no tenía idea del costo.
Tres…dos…uno…
−¿Cómo es eso que la moto era tuya? –Primer asalto, señor West, más agresivo que nunca, menos frío, menos cabal…mucho más fiero…y en el fondo, lo sabía, me agradaba mucho esa actitud de su parte.
−¿Su psicólogo? ¿Eso dijiste? –Segundo asalto, Vega, la única muestra del brazo armado de la ley que quedaba en ese sitio en particular.
−¿Por qué no nos lo dijo? –Tercer asalto, parecía ser André en la lejanía…cierto, también estaban presentes los chicos…y claro, la andanada de preguntas que parecían ser sinónimos de las primeras, pero por una vez en la vida, a pesar de ir contra lo que decía, era mi pinche trabajo, ignoré a los muchachos y centré mi atención en la familia, el parentesco por cognación me importaba más y eran los que podían tomar acciones en mi contra si no los frenaba como era debido.
−Sí cabrones, era mi moto y sí, soy el psicólogo de esas chicas…y también de la tropa que está aquí atrás, así que no existe mayor mérito en lo segundo –dicho esto, señalé a los muchachos a los que les daba la espalda de alguna manera, y si se ofendieron o no con mi gesto y referencia ni me di por enterado, porque lo que ellos pudieran pensar ya no venía al caso, por mucho que a ellos les pesara. Si les había dicho que me siguieran había sido para que se enteraran de todo de cualquier manera menos por una confesión de mi parte.
−Las puso en peligro, ¿se da cuenta? –Sorpresa, hablaba la señora Vega… ¿Cómo chingados se llamaba? Ah sí, Holly, lo había oído alguna vez–. Cómo… ¿Cómo se le ocurrió prestarles la moto con lo peligrosas que son?
Hubiera dicho que yo no les había prestado un carajo, que bien podría haber levantado cargos, pero seguía siendo una gran mentira (no es que yo no mintiera, es que sabía cuándo hacerlo). En realidad, habría respondido de cualquier manera, pero lo cierto es que fui incapaz, porque la carcajada fue más fuerte que yo, resultando imposible la labor de contenerla, una metedura de pata más en el amplio historial que venía nutriendo desde que pisara el hospital. Por supuesto que todos estaban ofendidos con mi reacción, la cual carecía de ironía…bueno, la carcajada sí era irónica, pero brotaba de mí con sinceridad…o quizás más incredulidad…o quizás era una forma de mantener apartada temporalmente la indignación que amenazaba con hacerme perder el escaso control que tenía de mis acciones.
−Por supuesto, de aquí a algún tiempo atrás, el bienestar de ambas es mi pinche responsabilidad, ¿es eso? –Y estaba claro que percibían mi rabia, mi voz se asemejaba más a un ladrido seco que a otra cosa.
−¿Cómo es que les prestaste la moto en primer lugar? –Y ahí estaba West, creyendo que por haber sido mi jefe, seguía teniendo algún peso sobre mí su tono autoritario, misma línea que no tardó en seguir Vega con una pregunta tanto o más estúpida:
−Todo este tiempo…yo te pedí ayuda, demonios, ¿y tú sabías dónde estaba? –Claro, eso le cayó con fuerza al otro tipo y a todos los presentes, porque parecía ser que esos chicos (con la excepción de Trina y por obvias razones) no tenían idea de las dificultades que atravesaban sus amigas, para lo cual tenía dos explicaciones: O ellos no eran tan buenos amigos o ellas eran insuperables actuando.
−¿Se tomaron la molestia de buscarlas como era debido? Tenían los medios, pendejos, ¿las buscaron de verdad? –No iban a responder, sabían que sus respuestas los dejarían peor que nada–. O qué… ¿se conformaban con que sobrevivieran a duras penas en los bajos fondos? ¿Se conformaban con que no apareciera en el noticiario un informe sobre la muerte de dos chicas? ¿Se conformaban con que no llegara un informe policial sobre la aparición de dos cadáveres? –Miré a David, ya bastante atención había centrado en mi antiguo patrón–. Claro…no es muy profesional ni muy ético involucrar sentimientos en tu labor policial, ¿verdad, Vega? ¿O por una vez en tu pinche vida te resultaba más cómodo ser ético?
Sabía que podía pagar de cualquier manera mis palabras, pero un puñetazo por parte de David…simplemente no lo vi venir, no de él. Lo esperaba más de Beck, de André, del señor West…incluso de Robbie, pero esas palabras iban dirigidas a Vega y no esperaba que le quedara tan poca decencia como para atreverse a responder a mi pregunta de esa manera, partiéndome la jeta y mandándome al piso, porque no estaba preparado, porque no podía imaginar…o no quería imaginar, para el caso daba igual, las consecuencias venían a ser las mismas, conmigo en el piso, sintiendo el sabor de la sangre y escuchando las exclamaciones de todos los presentes, incluso rechazando ayuda que me ofrecían los muchachos para ponerme de pie, no me había golpeado la cabeza, no hacía falta llegar a los extremos.
−Cómo te atreves… −escupió el oficial Vega, siendo contenido a duras penas por su esposa y observado con incredulidad por la otra pareja–. Estamos… ¡Estamos hablando de mi hija, imbécil!
−Precisamente por eso es que me atrevo, pendejo –ya con el dolor físico resultaba más sencillo dejar escapar el que me acompañaba desde hacía años, desde la maldita noche en la que el camino de un hijo de la chingada llamado David Vega se cruzó con el mío…o quizás mucho antes, desde la perra hora en que decidiera que hacía bien aceptando el empleo que me ofrecía un ser maquiavélico como West…no, no es lo mismo el odio que la rabia–. Precisamente porque es tu hija…porque nadie les ha enseñado a ustedes, cabrones, a ser padres…y porque no parecen dispuestos a aprender…
−Tú qué sabes… -Bendita la hora en que decía hablar la señora West, porque en eso se parecía mucho a su marido, en el creer que yo no tenía idea de nada.
−Necesitaron que las chicas tuvieran un accidente que las tuviera al borde de la muerte para buscarlas…sin contar que las echaron de la casa… ¿Lo han pensado alguna vez? ¿Se han detenido a analizar la decisión que tomaron? Echarlas… ¿Por ser como son? ¿Y así, cabrones, se hacen llamar padres?
−Tú…tú no sabes nada, Gael –tenía la cara para hablarme, el cabrón de Vega…tenía la cara para enfrentarme después de todo…no sabía si le sobraban huevos o le faltaban sesos…o ambas, perfectamente posible –porque si supieras lo que se siente, nos habrías dicho bien te enteraste, no las hubieras escondido…ni te hubieras inmiscuido en este jueguito…
−Por el mismo jueguito la echaste, Vega, y será mejor que tú no me hables, no eres el más indicado para darme ninguna lección…
−Quién te crees…
−Tu esposa y tu hija mayor están presentes, ¿realmente quieres que abra la boca estando ellas presentes? Porque…dudo que necesites un ayuda memoria, ¿verdad? Dudo siquiera…que ellas sepan cuánto te conozco o cuánto nos une –Por supuesto que verlo palidecer era toda la respuesta que necesitaba, mientras la otra pareja nos miraba con extrañeza y la familia del tipo le pedía explicaciones con la mirada–. Yo podría…yo podría interponer cargos, ¿sabes? Podría dejar que le caiga a la niña de tus ojos todas las pinches penas del infierno porque en el fondo, creo que mereces eso y mucho más…no, no a ti sino a los tuyos, para que así sepas…sepas qué carajos se siente morir día a día sin tener la oportunidad de cerrar los ojos y no volver a despertar –sabía que me golpearía otra vez, tenía la intención, pero también me entendía y eso parecía frenarlo–, pero… ¿Qué culpa tienen esas muchachas de tener unos padres como ustedes? Ya bastante han tenido con que le den los suyos la espalda como para que ahora…les toque un premio mayor…porque no sacaría nada, ni ellas merecen lo que les pasa ni su reacción…ni nada saco en limpio con verte a ti, Vega, hecho pedazos, si nada de lo que digas o hagas me devolverá lo que me arrebataste…
−Gael…
−Mírame al ojo, Vega, por una vez en tu vida…sé un hombre y mírame al ojo –y lo hizo, no sin dificultad, lo sabía, no esperaba más ni menos, tan solo un segundo solitario en el que todo alrededor desapareciera y sólo estuviéramos nosotros dos, frente a frente, sin barrotes ni una mesa de por medio, en la situación que tantas veces me planteé en el pasado, preguntándome qué sería capaz de hacer tener al alcance al hombre que más odiaba…si realmente sería capaz de ayudarlo, no por mí sino por la muchacha que no tenía la culpa de tener su sangre o apellido–. Así es el rostro de quien ha perdido lo que más ama y ha sido incapaz de impedirlo, así que…si no quieres verme cada vez que te plantes frente a un espejo o te veas en los ojos de tu familia, sabrás exactamente qué hacer.
Por otro lado, estaba West, un viejo con el que las cosas se daban de forma distinta. West, incapaz de manifestar mayor expresión, recurriendo a la mirada para mostrar su interior. West, incapaz de articular palabra, sabiendo que no tardaría en dirigirme a él. West, el primero en pedirme ayuda, el primero dispuesto a comprar la ayuda creyendo que ésta debe ser un servicio…y así, con todo, se parecía tanto a su hija…una máscara que parecían llevar en la sangre y que podía derrumbarse según fuera el caso.
−Yo no sé cómo ser un padre, ¿recuerda? –Ni siquiera se inmutó, pero sabía que su interior, al igual que el de la apenas perceptible figura de su esposa, apenas podía controlar la tormenta–. Es un West, pinche cabrón, ¿permitirá que un antiguo empleado suyo haga el trabajo que usted debería saber hacer? Porque de ser así…ya le llevo mucha ventaja, ¿no le parece? –Apenas logró fruncir su rígido ceño, lo cual ya podía ser considerado como un logro importante dada la situación–. No creo que sea de los que acostumbran perder…ni mucho menos permite que alguien más haga su trabajo sabiendo que nadie puede hacerlo mejor que usted, ¿o sí?
Con eso debía bastar para aclarar la situación. Debían de haberse enterado de todo lo necesario, que les bastara todo lo visto y oído y si no, pues me valía madres, porque seguramente me esperaban para tomar mi declaración y aunque no me esperara nadie, no estaba dispuesto a pasar ahí ni un minuto más. Sabía que harían lo que tenían que hacer, habría sido el colmo que dejaran pasar esa oportunidad, si es que podía considerarse como tal un cruce de caminos, un mero azar o la combinación exacta de los dados…ya daba igual, era demasiado, porque para librarme de un problema colosal me había visto obligado a pagar un costo altísimo.
Había revelado demasiado de mi propia alma. Lo sabía porque esas lágrimas trazaban su camino a través de mi cara, preguntándome por qué Dios, si es que me oía o es que si acaso se encontraba por ahí, me convertía en el guía del hombre responsable de mi muerte en vida…
Por qué Dios les concedía una oportunidad a ellos, los que me destruyeron por completo…y a mí me destruía cada maldito día un poco más.
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Cuando había dicho las últimas doce horas, no me había atrevido a considerar que había empleado ese margen con algo de generosidad de su parte, acaso porque quería ahorrarme trabajo…acaso porque no quería asustarme más considerando la noticia que me tenía…sí, tenía razón, cualquiera habría recibido de peor manera el golpe…cualquiera menos yo, acaso porque todavía no era capaz de asimilarlo…acaso porque creerlo me parecía imposible…ni siquiera era capaz de procesar la idea de que debía manifestar algo, alguna reacción más allá de la inicial, uniendo las circunstancias que me habían llevado al hospital, cómo es que me había hecho ese daño…y quién había sido la persona que me había ayudado, la misma a la que no quería encontrar…como si hubiese sido sencillo antes el solo hecho de enfrentarlo…y qué bueno que, más allá de encajar las noticias recientes relacionadas conmigo mismo, no tuviera más nada que hacer allí salvo la razón inicial.
Sentía los efectos de los medicamentos que me habían suministrado, el dolor seguía presente como un fantasma, su frío, el miedo sordo, acaso la sensación de que estás bien y eso será pasajero, si es que alguna vez estuviste bien. Mas eso no me impedía caminar por el mismo pasillo de la noche anterior…quizás hacía más, no me habían querido decir cuánto tiempo había permanecido inconsciente, como si algo más pudiera afectarme más allá de…qué más podía importar, el mismo lugar se encontraba libre de la presencia de los agentes, de manera que lo único que retenía a las chicas al lugar seguía siendo ellas mismas, con todas sus contusiones…pensar que le había tenido que pedir al médico que me diera las señales para encontrarlas, ese dato se había esfumado de mi mente…conveniente golpe, tal vez debí dejar las cosas así, pero claro, había olvidado vagas señales, mas no sus nombres o presencias.
Afortunado de mí que sólo tenía que buscar una habitación, afortunado de mí que en ese hospital cabían dos pacientes en una habitación, no solía haber demasiados de esos o quizás sí, pero no figuraba dentro de mis pasatiempos el visitar hospitales y mucho menos ése en particular. Sin importar cuánta tranquilidad pudiera albergar en pleno día, aunque eso no era del todo exacto, a lo lejos se oía el eco del movimiento de Urgencias…no, no sólo el eco de las emergencias, también algunas risas a medida que me acercaba a mi destino…sí, risas, risas como hacía mucho que no oía, la misma carcajada que podía interpretarse como una manifestación tanto de alegría como de alivio…las mismas que aumentaban en número e intensidad a medida que la puerta se volvía más definida ante mis ojos, así como las voces que dejaban escapar las risas… ¿Por qué unas carcajadas me parecían anacrónicas? ¿Sería por el lugar o porque realmente me había afectado la reciente noticia aunque no quisiera reconocerlo abiertamente? Sería… ¿Sería porque ya no me sentía capaz de reír? ¿Acaso todo lo vivido y oído me había llevado a ese extremo en particular?
−En serio, no es como que le veamos la gracia, nos preocuparon mucho –André con su sano juicio…agradecía desde lo más profundo de mi alma no haberlo tenido como paciente.
−Ahora es más sencillo verle algo de gracia, al menos sabiendo que ya pasó el peligro –Ahí estaba una de las voces conocidas…mi paisana en cierto sentido, disminuyendo el nivel de humor de su voz a medida que pronunciaba las sílabas, dándome a entender que tanto ella como la gótica sabían actuar acorde a la situación que vivían y la vivida…acaso porque cuando sientes que ya has pasado por lo peor, te puedes permitir algo de relajo, aunque las consecuencias de ese mismo algo peor se dejen ver en tu carne al poco tiempo –quiero decir…
−Sí, sí, sabemos a lo que te refieres, están más tranquilas –extraño me resultaba oír hablar al chico de acento diferente…Beck, canijo, ése era el nombre–, después de todo…ya hablaron con sus padres, ¿no es así? –No hubo una respuesta vocalizada, de manera que debía deducir que habían empleado algún gesto de cabeza para confirmar o negar–. Y… ¿Qué fue lo pasó? ¿De qué hablaron?
−No es de tu incumbencia, Beck –la gótica…cabrón, se oía agotada y con todo, era capaz de mantener la compostura y la frialdad, mismos factores que me resultaban tan familiares.
−Pero sí hablaron con ellos, ¿verdad? –Extraño me resultaba percibir seriedad en alguien como Cat…a pesar de oírla hablar, imposible era para mí imaginar su semblante en ese momento en particular.
−Digamos…que ya podremos dejar en paz a más de alguien después de hoy –la respuesta de la pálida hija del diablo podía interpretarse de mil y un maneras…
−¿Entonces dejarán de vivir con el doctor Santana? –Qué oportuna la pregunta de Robbie, estaba claro que nadie se esperaba algo así, porque el silencio que siguió fue de todo menos cómodo y eso que yo me encontraba del otro lado de la puerta, llegando hasta mí el frío que parecía traer consigo esa clase de interrogantes.
−Cómo… ¿Quién les dijo eso? –Articuló la menor del clan Vega con un hilo de voz.
−Bueno…tú misma nos lo acabas de confirmar –nuevamente André, esta vez sí hablaba con algo de sorna, perfectamente justificable debido a que esa mocosa había sido incapaz de mantener la calma ante un embate.
−Bien hecho, Vega.
−¿Ahora todo es mi culpa? Bien que te asustaste cuando Robbie hizo esa pregunta…
−Pero no fui yo quien respondió como una boba…
−Ah, ¿y creías que serviría de algo mantener la boca cerrada por siempre?
−Se trata de saber cómo hablar y cuándo, pero claro, es mucho pedirte, ¿no?
−No es como que tú seas…
−¿Ya quieren dejarlo de una vez? –Beck, sin duda, desconcertado y un tanto incómodo por el rumbo que había tomado todo–. Es tan simple como responder si vivían con él y si así era, si ya dejará de ser.
−Pues…así parece, ¿no? –Parecía ser que Vega buscaba la aprobación de su compañera de habitación, la cual pareció conseguir–. Hablamos con ellos y…supongo que siempre es necesario un riesgo para abrir los ojos o al menos…para tener una oportunidad para conversar las cosas, ¿no es así? –Una nueva pausa, como si esperara que los chicos tomaran la palabra de alguna manera, lo cual no sucedió finalmente–. Pero…sigo creyendo que alguien se los dijo…a mí no me engañas, Robbie, no puede ser que se te haya ocurrido a ti solito…
−Tori, la moto en la que chocaron era de él, incluso vino a prestar declaración, por no decir que…parecía conocer bastante bien a los padres de las dos –maldita la boca de Beck, quién le estaba apretando el pinche cuello para escupir todo eso…
−A mi padre lo conoce porque fue su jefe hace algún tiempo –parecía ser que las palabras de la gótica habían causado cierta impresión en todos los presentes, la cual no tardó en desviar hábilmente–, pero… ¿Al padre de Tori?
−De seguro…tuvo algún problema que obligó a papá…
−Yo creo que se trata de algo mucho más grande, Tori –mierda, André, cierta el pico, cabrón, que nadie te está obligando–, habló de cosas que los unen e incluso…insinuó que no revelaba nada por respeto a tu familia…
−Chicos, creo que exageran –pero ni la misma Vega parecía convencida de sus palabras, lo sabía por el temblor de su voz–. Quizás…quizás en el arresto o en el procedimiento…quizás…no digo que sea un mal hombre, pero tal vez el doctor Santana se vio involucrado en algo turbio, ¿no?
−"Nada saco en limpio con verte a ti, Vega, hecho pedazos, si nada de lo que digas o hagas me devolverá lo que me arrebataste" –Sentí un estremecimiento recorrer mi médula al oír esas palabras escapar de la boca de Beck, imprimiendo una frialdad y una rabia tan grande en cada sílaba…una pronunciación calcada que hablaba del actor que llevaba en lo más profundo de su alma…dándole forma al reflejo de la mía propia–. Eso dijo el doctor, Tori, ¿realmente crees que todo esto nace de un malentendido?
Consigo aquellas palabras llevaban más silencio, el cual no tardó en manifestar su presencia con excesiva solidez, dejándome a mí con la boca abierta. ¿Realmente había dicho eso? Seguramente, pero… ¿Sonaba así? Sí…claro que sonaba así, a quién quería engañar, no es como que me sorprendiera demasiado, más allá de la capacidad del muchacho para imitarme (sorprendente, dicho sea de paso). Sí…claro que sonaba así, claro que me sentía así…claro que pensaba así, cada maldito día que pasaba y cada hora que recordaba haber compartido con ese tipo en particular, quizás no demasiadas, pero sí bastaban para destruir la poca calma que pudiera albergar en lo más profundo de mí, esa supuesta frialdad, esa supuesta templanza no era más que un burdo disfraz, las cadenas necesarias para no causar estragos, porque a diferencia de ellas…es decir, Jade sabía qué clase de tipo era su padre y no es que fuera del todo perverso, simplemente cometía el error (el gran error) de creer que todo podía regirse bajos las reglas del libre mercado y la competencia, pero ellas… las chicas no tenían la culpa de llevar el apellido Vega, dudaba que Holly hubiera imaginado con qué clase de hombre se casaba…y yo mismo…yo mismo había sido incapaz de imaginar que me vería en una situación así por su culpa…por culpa de todas ellas, porque no habría sabido nada de Victoria Vega si Jadelyn West no hubiese sido tan densa y absurdamente agresiva a la hora de enamorarse de una persona de su mismo sexo…tal vez todo habría ido mejor si Beck hubiese sabido mantener a la gótica a su lado…o tal vez nada de esto habría pasado si no hubiese sido porque Trina se enfermó un día y su hermana Tori la reemplazó cantando la canción que le daría el boleto de entrada para Hollywood Arts…quizás nada de esto habría pasado si nada de eso hubiera ocurrido o si a mí simplemente se me hubiera pasado por la cabeza que no tenía que hacer caso a la recomendación de Lane de trabajar con él, eso habría sido más sencillo…o haber seguido trabajando para la firma de West a pesar del asco…o no haberme casado nunca…no haberme enamorado, pero cómo iba a saber que a mi lado ella estaba en peligro inminente…cómo iba a imaginar que la perdería no por mi culpa, sino porque otro se cruzaría en nuestros caminos…Vega…ahí volvías a aparecer tú, grandísimo hijo de la chingada…
Pero claro, nada sacaba en limpio con verlo hecho pedazos, si nada de lo que dijera o hiciera me devolvería lo que me arrebató…no, no era él, no era Victoria, no era Jade, no era Beck, no era Lane, no era West ni mucho menos era Angella…no, era yo. Porque podía odiarlo mucho, seguía odiándolo, pero… ¿Acaso lo odiaba más que a mí mismo?
El destello dorado que se apreciaba en mi anular…la alianza en la mano izquierda, la misma que usaba para golpear la puerta y encauzar el silencio, ahí descansaban todas las respuestas, como una cruz…como los pecados…llamando a una puerta, sintiendo que todos del otro lado se sobresaltaban y escuchando varias voces que no se ponían de acuerdo en el orden o en la presencia, pero sí en una sola palabra:
−Adelante.
No imaginé que me costaría avanzar con normalidad ni mucho menos que la luz de la que parecía estar dotada la habitación me molestaría tanto…o sería acaso la certeza de que había más de alguien esperando por mí del otro lado, lo cual me incomodaba, pues sabía que habían estado hablando de mí, quizás brevemente, pero tener esa certeza te desconcierta en principio, te dota de cierto grado de inseguridad, te obligas a actuar, a aparentar que nada pasa, que nada te incomoda o molesta y que puedes pasar por alto el hecho de que tu sola presencia, al menos en ellos si son incapaces de actuar contigo enfrente, parece llamar la culpa que no tarda en reflejarse en sus expresiones, porque temen que sepas lo que ellos hacían y tú, por cierto sentido del decoro, te obligas a fingir que nada sabes y si llegas a saberlo, no le das importancia, porque si se la dieras, significa que algo tienes que ocultar, les darías la razón y por lo tanto, los instarías a formular preguntas incómodas que te resultarían difíciles de evadir.
Porque era demasiada coincidencia, ¿verdad? Ninguno terminaría de creerse que me habían invocado con sus palabras y si creían en el azar, en el destino o en Dios…cualquiera de los tres habría sido demasiado cabrón con ellos, los mismos dispuestos de una forma que había imaginado previamente en base al carácter, la supuesta importancia, la hipotética jerarquía que suele darse incluso entre las amistades o relaciones interpersonales, por pequeñas o insignificantes que nos puedan parecer éstas en última instancia.
Primero, las muchachas, quienes más me interesaban, cada una en su correspondiente cama y con sus respectivos daños. Ambas tenían vendas en la cabeza, algunos raspones en la cara…lo extraño era la naturaleza de las fracturas, porque la gótica tenía el brazo derecho fijado contra el tronco y estaba demasiado recta para tratarse de una herida sobre una camilla, por lo que debía de tratarse, con toda certeza, de una compleja fractura de clavícula que había sido tratada oportunamente. Y mi paisana (por así llamarla, sabía que mis raíces ella no podía tener más allá de la naturaleza latina, tan amplia ésta última) tampoco la había sacado precisamente barata. Desde mi ubicación se apreciaba un ojo en tinta, algunos raspones equiparables a los de la otra chica y el brazo izquierdo sujeto gracias a un cabestrillo, fractura del brazo o de la mano o de la muñeca o ve tú a saber, pero estaba claro que era menos compleja que la de su novia (canijo, qué extraño se sentía decirlo o pensarlo). De manera que había sido algo serio y si habían salido enteras, realmente se trataba de un milagro.
Luego estaban los muchachos…sí, tal y como los había dejado hacía ya unas horas, hasta donde era capaz de recordar… ¿Cuánto hacía de la última vez que los había visto? El médico había hablado de doce horas como margen, pero sólo por poner establecer límites o un marco de acción, porque bien podían haber sido más y no era capaz de recordar del todo mis acciones a través de la bruma. Pero los chicos tenían toda la pinta de haber pasado ahí una noche entera o más de una, vuelvo a repetir, ve tú a saber. Finalmente recordaba las ropas o quizás eran otras, no tenía forma de…ya daba igual, porque lo que realmente me enervaba era otras cosas, no estaba para preocuparme del hecho de que Beck se veía cómico con el cabello revuelto y esas enormes ojeras, sin contar que sus prendas lucían desteñidas, al igual que André o Robbie, sólo que ninguno se veía tan gracioso como el chico, pudiéndose deber a…quizás a que había sido el primero que había visto al entrar. Quizás la ropa no estaba así al principio, pero sus estados me decían que se habían quedado dormidos en cualquier parte y de cualquier manera, a diferencia de Cat (como el gato en el idioma local) que, a pesar de las condiciones desastrosas (ella no se salvaba, claro que no) sabía mantenerse en relativo orden, aunque no podía evitar preguntarme por qué chingados usaba un short tan corto, más ridículo si pensaba que de la cintura hasta el cuello lucía perfectamente cubierta.
Ahí estaban los seis (numerosos, primera vez que me percataba también de la ausencia de Trina, debía de estar con sus padres), quienes no tardaron en cambiar sus expresiones al verme cruzar el umbral. Pero lo más gracioso de todo es que eran incapaces, tal vez debido a la sorpresa, de aparentar que nada había sucedido que pudiera concernirme. En vez de eso, me miraban con expresión fúnebre, como si supieran de mí que…no, no tenían forma de saberlo, el médico sólo me lo había dicho a mí y… ¿A cuántos más se los habría dicho? Dudaba…sí, dudaba que cualquiera de ellos pudiera estar enterado…no, no podía dar nada por hecho, pero tampoco tenía que venir algo de mí. En realidad, no debería uno contar nada a nadie…pero de lo contrario yo vivía, no podía quejarme.
−Entonces…salieron enteras, ¿no es así? –Excesiva potencia en mi voz, debía recordar que estaba en un hospital.
−D…Doctor –finalmente hablaba alguien, la menor de la familia Vega, apenas siendo capaz de articular debido al nerviosismo–, lo…sobre su moto…
−Ah sí, ¿les parece que una pinche pizza cuesta lo mismo que una moto? Porque de otra forma…canijo, ¿me estafaron en la concesionaria? –La chica Vega, como era de esperarse, enrojeció hasta la raíz del cabello mientras que la gótica adoptó una expresión rígida que hablaba del mal disimulado nerviosismo que la consumía–. O es eso o la pizza tenía oro entre el queso y el tomate…
−No…no era nuestra intención…que esto pasara –articuló Jade en voz baja, incapaz de traer consigo siquiera el fantasma de esa personalidad que tanto atemorizaba.
−Por supuesto que no era su intención, podrán ser muchas cosas, pero dudo que en esa lista encaje algo relacionado con tendencias suicidas…bueno, me lo pensaría si hablamos de ti, Jade…
−Doctor…creo que no es lo mismo un impulso suicida que tendencias sadomasoquistas.
Estoy seguro de que todos los presentes nos vimos obligados a contener la risa ante las palabras de André…a excepción de Jade, que parecía lamentar su deplorable estado, el mismo que le impedía darle una lección al muchacho que había cometido el error de pronunciar tales palabras…sí, se las haría pagar más adelante, no había duda de ello, pero se veía muy difícil que pudiera lograrlo herida y sólo con el brazo izquierdo. Por mi parte, reprimí la carcajada y me obligué a recuperar el semblante inicial.
−Lo tendré en cuenta –no quería perder el hilo de mis palabras, mucho menos debido a un arranque humorístico de alguno de los presentes–. De cualquier manera, dudo que fuera su intención triturarse los huesos y de paso mi único medio de transporte, pero eso no quita que haya sido una estupidez descomunal…es decir, han tenido a todo el mundo de cabeza…
−Ya tuvimos suficiente con el regaño de nuestros padres, muchas gracias –me gruñó la gótica con la mirada fija en la mía, aunque la sola acción parecía incomodarla, al igual que a todos…como si miraran un bicho raro por primera vez en su vida, actitud que comenzaba a incomodarme.
−Ah, que de algo sirviera todo este desastre, una reunión familiar –solté con algo de guasa, aunque en realidad me alegraba que ellas lo confirmaran–. Y bueno, ¿algo que merezca la pena saber? ¿Se quedó sólo en un regaño o hay mayores novedades?
−Que…nuestros padres…irán a buscar nuestras cosas a su departamento –a pesar del significado positivo que encerraban tales palabras, no fui capaz de percibirlo de inmediato, sólo me preocupaba de la cruz presente en la moneda–, así que…no creo que…
−No es necesario…no es necesario que vaya nadie, sólo necesito que me den sus direcciones y yo enviaré todo lo que pueda pertenecerles, no es demasiado…para… –y al segundo me arrepentí del tono atropellado que empleé y al mismo tiempo, rígido, no era propio de mí y tarde me había dado cuenta de ello…claro, había sido después, mucho después de haberme percatado de la presencia de algo que los otros parecieron no notar, pero yo sí, acaso porque la había visto en tantas ocasiones en un sitio en particular que…no, ¿qué carajos hacía ahí?
Porque por un instante, todo desapareció alrededor, los chicos, las chicas, incluso yo mismo…todo con tal de acercarme a las sillas sobre las que descansaban las prendas de las muchachas, algunas más maltratadas que otras, pero milagrosamente enteras para tratarse de tela que había sobrevivido a un choque…en particular una que descansaba en el respaldo, estirada y con algunas señales de daño, pero reconocible a pesar de todo… ¿Qué chingados hacía ahí?
−¿Quién les dio permiso de meterse en sus cosas? –Articulé con la poca voz que podía utilizar a causa de la cólera que me invadía, sin pedirle permiso a nadie, no venía al caso, sólo yo podía…no, sólo yo debía tener en mis manos esa gabardina negra, la misma que llevaba colgada en el clóset desde que tenía memoria, la misma que cuidaba con esmero…la misma que recordaba, aunque más recordaba a su dueña…y no tenía por qué estar en ese lugar ni haber pasado por algo así…
−Doctor…
−Les hice una pregunta, carajo, ¿quién les dio permiso de meterse en sus cosas?
Ciertamente, ninguno de los muchachos debía de entender a qué me estaba refiriendo, excepto claro las mismas chicas, las cuales, por vez primera, estaban de acuerdo en la expresión que debían adoptar. Y a juzgar por el hecho de que bajaba la cabeza…sí, había sido Vega quien había metido sus garras en el fondo del pinche armario, pero fue Jade la que intentó dar una explicación:
−Santana, yo…yo le dije que la tomara –pues con eso no arreglaba nada, pero no parecía dispuesta a callar–. Queríamos salir rápido y…y estaba ahí y…
−¿Y les pareció buena idea tomarla así como así? ¿Es eso? –No me di cuenta del segundo exacto en el que Beck me sostuvo, impidiendo que me acercara más a ellas, comprendiendo mejor que yo que estaba por perder el control y que poco me importaba el daño o las expresiones culpables de las chicas…bueno, más la de Tori que la de Jade, pues ella no tardó en abrir la boca para defenderse:
−No sé qué es lo que te molesta tanto, Santana –con tamaño grado de cinismo estaba a punto de volver al ataque, pero ella se me adelantó–. no importa cuánto veas los mismos vídeos o cuántas de sus pertenencias conserves…o si llevas o no esa alianza, ¿cuándo vas a aceptar que ella está muerta y no volverá?
Incluso sin saber a ciencia cierta a qué se refería, todos dejaron escapar exclamaciones de asombro, incluso creí oír el reproche de Tori ante esas palabras, pero no me importó, porque repentinamente ya no era necesario que nadie me sostuviera, había perdido demasiadas fuerzas como para ser una amenaza e incluso la misma gótica pareció darse cuenta del alcance de su pregunta, abriendo los ojos al máximo e incluso llevándose una mano a la boca… ¿Qué caso tenía hacer todo ese espectáculo si ya había dejado en el aire la huella de lo que pensaba? Porque en el fondo…porque muy en el fondo, a pesar de toda mi rabia…ella se había limitado a enrostrarme una verdad que yo sabía…demonios, claro que sabía, claro que lo sabía, pero… ¿Acaso creía que eran tan fácil de aceptar? Además… ¿Por qué chingados tenía que ventilar ese dato de mi vida ante los demás?
−Cuando te lo propones…puedes parecerte mucho a tu padre –gruñí, sabiendo que podía tomárselo como una ofensa…sabiendo que en ese segundo en particular, eso poco me importaba–, pero…es fácil hablar…cuando no has perdido nada, ¿verdad? Cuando…cuando no perdiste nada, simplemente…un cabrón se encargó de arrebatártelo… ¿Dirías que es lo mismo, eh? –La miré un segundo a los ojos, apenas un segundo, sintiendo que entre nosotros existía una conexión más grande de la que podíamos imaginar–. No eres quién para decirme nada…principalmente porque no sabes lo que se siente despertar cada día y mirar ese vacío y esperar estúpidamente…que todo haya sido un mal sueño –intenté sonreír ante mis propias palabras, pero sabía que ya era imposible–. A decir verdad, Jade…me habría gustado mucho que ella me dijera algo porque dos mujeres dormían en mi cama, ¿sabes?…así habría tenido la certeza de que… ella sí estaba ahí.
Tenía en mente más cosas de las que acababa de decir, pero sabía que no valía la pena pronunciar ni la mitad, principalmente porque nadie me pedía una explicación ni yo estaba dispuesto a darla. Debía de haber quedado claro para todos con ayuda de la gótica. Sí, no estaba casado, era viudo, el matrimonio es hasta que la muerte los separe y en mi caso, ésta ya se había hecho presente hacía ya tanto…y seguía pareciendo como si hubiese sido el día anterior…claro, seguía pareciéndolo porque trabajaba en el mismo sitio donde estudiaba la hija del hijo de la chingada…y vivía en la misma casa de la hija del hijo de la chingada…y estaba en ese hospital por la hija de ese hijo de la chingada…y todo de ella, desde el apellido hasta los rasgos…todo me recordaba al grandísimo hijo de la chingada…y seguía siendo sólo eso, la hija del hijo de la chingada, no podía culparla y sin embargo…con ella lo recordaba a él y él me recordaba el porqué de mi rabia y junto con la rabia, el porqué de mi llanto…el porqué de mi pena.
−Doctor –antes de que pudiera escapar de esa habitación, la voz de la hija del cabrón más grande de mi vida rompió el pinche silencio–. Mi padre… ¿Mi padre tuvo que ver en eso?
No tardarías demasiado en sumar dos y dos, ¿verdad Tori? Después de todo, Beck había reproducido mis palabras y yo había hablado demasiado…sí, comprensible que lo preguntara. Comprensible que, sin quererlo, me diera la oportunidad de soltarlo todo, de decirle a la cara la clase de idiota que era su padre, la clase de cabrón, pero…no, todavía me quedaba una pizca de decencia… ¿Por qué tenía que aprovechar esa instancia el maldito de Vega para hacer algo que me hiciera sentir en deuda con él? No, no tenía por qué sentirme en deuda si no le había pedido ningún favor, se había limitado a actuar acorde a su código ético y en última instancia, si eso no lo movía, bien podía ser el hecho de querer ahuyentar su propia culpa…o simplemente él se sentía en deuda conmigo por haber hablado con aquellos con los que habían chocado las muchachas, impidiendo así que interpusieran acciones en su contra…o peor, todos los pinches puntos a la vez… ¿Con qué cara podría hablarle mal a la hija del padre si podía presentar mi versión pero seguía siendo su hija y en parte, su verdad?
−Chiquilla…antes de preguntarme a mí, ¿por qué no le preguntas a tu padre? Después de todo…a la familia no se le niega nada.
−Sabe todo de nosotros, pero nosotros no sabemos nada de usted, ¿no cree que tenemos derecho a saber su verdad?
Exageraba por supuesto. No sabía demasiado de André o de Beck, quienes con el resto de los amigos, aguardaban en silencio. Pero más allá de ese detalle, lo que me llamó la atención fue el hecho de esa misma pregunta me permitiera esbozar la tan esquiva sonrisa, más por la ironía que por la presencia de cierto detalle que pudiera considerarse cómico…o tal vez sí, sí podía parecer cómico el hecho de creer que tenía siquiera algún derecho sobre mí…como si alguna vez hubiese dejado de ser aquello por lo que recurrieron a mí.
−Yo no les pedí que me hablaran de ustedes, me buscaron porque mi trabajo es escuchar y orientar de algún modo –girando el pomo de la puerta me quedaba tiempo para añadir algo más–. El haber hecho bien mi trabajo no les da derecho sobre mí, ¿o me van a decir que los he buscado para hablar? Tú no pareces entenderlo, Tori, y parece ser que ninguno de ustedes lo entiende, así que se los diré una sola vez con la esperanza de que lo recuerden por siempre: Es mi trabajo que otros confíen en mí, pero eso no me obliga a confiar en ustedes, ¿quedó claro? No buscaron a un amigo para hablar de sus problemas, me buscaron a mí y créanme, no estudié todos esos años en la universidad para aprender a ser el amigo de nadie…o qué, ¿creen que la gente da por hecho que vale la pena confiar en mí? Me pagan para tener la certeza de que ha valido la pena, así que el único derecho que tienen sobre mí, Tori, es el de exigir mi silencio y he cumplido muy bien todos estos años, ¿sabes por qué? –En ese segundo miré a Jade, acaso porque sabía lo que estaba a punto de decir, lo había oído hacía ya varias noches–. Porque soy el mejor en lo que hago, tu padre y tu suegro pueden dar fe de ello.
Con esas palabras y abandonando la habitación estaba firmando mi propia sentencia. Después de ese día, ¿por qué habría de confiar en mí o creerme un estudiante de Hollywood Arts? ¿Por qué habrían de creerme ellos por sobre ninguno? Con mayor razón querrían alejarse de mí…con mayor razón no querrían preguntar nada más y en el fondo, estaba bien, sería lo mejor. No es como que tuviera demasiadas expectativas o planes para el futuro más allá de tener la certeza de haber acabado finalmente con todo ese asunto. Tori y Jade se habían salvado de morir, se habían reconciliado con sus respectivas familias, nadie levantaría cargos en su contra, sus amigos sabían la verdad y no les habían dado la espalda, todo era miel sobre hojuelas para las chicas…y yo mismo, lejos de sentir la satisfacción de un trabajo bien realizado, me retiraba con la amarga sensación de ser quien cargaba con la derrota, con la peor parte de un hermoso cuento de hadas…y el vano consuelo que oía en una grabación del otro lado de la línea cuando marcaba un número en particular…
−Hola, soy Angella, si estás escuchando esto, definitivamente es porque me has atrapado en un mal momento y no te puedo contestar, así que si es muy urgente, te sugiero que dejes tu mensaje después de la señal…y si eres tú, Gael…
−No sé qué es lo que te molesta tanto, Santana…no importa cuánto veas los mismos vídeos o cuántas de sus pertenencias conserves…o si llevas o no esa alianza, ¿cuándo vas a aceptar que ella está muerta y no volverá?
−Hola…hola bonita, soy yo otra vez –articulé con voz trémula, intentando bajar el volumen, seguía siendo un momento privado–. Sé que…sé que te llamé hace poco, pero…creí que quizás…quizás querrías saberlo…es decir, las chicas…ya sabes a quiénes me refiero, tuvieron un problema y… ¿Adivinas con quiénes chocaron? –Sonreí a pesar del ardor que experimentaba en el único ojo útil–. Supongo que…no importa cuánto tiempo pase, nunca…le caeré bien a tus padres, pero…pero ya se terminó, bonita, las chicas…las chicas ya están bien, creo que finalmente…cerré el caso y podrán…podrán estar en paz y sin causar mayores problemas –sabía que algo se me olvidaba…ah claro, por qué había terminado en una camilla de hospital, la verdadera explicación… la reciente noticia del médico, aquella que me concernía directamente–. Así que…yo creo que no llamaré muchas veces más, Angie, porque…no habrá necesidad, ¿sabes? Básicamente, bonita, me acaban de informar que…nos veremos muy pronto.
