CAPITULO 10
Cuando Bella se despertó, la habitación estaba a oscuras y había alguien a su lado. Abrió los ojos y vio a Edward sentado junto a la cama.
—¿Qué hora es? —le preguntó con una voz deliberadamente fría, aunque no era eso lo que sentía en ese momento.
—Las nueve pasadas.
—Oh…
—Podemos cenar en el restaurante o podemos llamar al servicio de habitaciones, lo que prefieras —dijo levantándose de la butaca y estirándose.
Bella se preguntó cuánto tiempo habría estado allí sentado en silencio.
—¿Crees que me daría tiempo a refrescarme y arreglarme un poco antes de que cierre el restaurante? —preguntó ella.
—Isabella, puede decirse que eres la dueña de este lugar. Si quieres que esperen mientras te arreglas, lo único que tienes que hacer es llamar y decírselo.
—No te burles de mí. Edward —dijo ella tapándose con la sábana—. Ahora no.
—¿Crees que estoy burlándome de ti?
—Mira, sé que no tengo la mejor mente del mundo para los negocios, pero al menos he intentado llenar el vacío que dejó mi hermano lo mejor que he podido.
—¿Por eso quisiste este trabajo? ¿Para ocupar el lugar de James? ¿Lo hiciste, aunque no era lo que querías?
—En la vida uno hace lo que tiene que hacer —respondió ella a la defensiva—. No hay vuelta atrás.
—¿Qué quieres decir?
—Mis padres dependían de mí, Edward. ¿Has creído por un momento que habría acudido a ti en busca de ayuda si no hubiera sido por ellos? Sólo lo hice por ellos. Si estoy aquí, es por ellos. Soy lo único que les queda.
—¿De modo que has decidido sacrificarte?
—Son tus palabras, no las mías.
—Pero es como tú lo ves, ¿verdad? Tú, la princesa de la familia, sacrificándote por la causa al casarte con alguien de segunda clase.
—Yo nunca te he visto así.
—Buen intento, rubia. ¿Sabes? Casi me habías convencido, pero ahora veo que, para ti, nunca dejaré de ser el hijo de una empleada, de la mujer que limpiaba tu casa. ¿Cómo te sientes al haberte casado con un desclasado como yo, cariño?
—Las perspectivas de estar contigo son mucho mejores que los años que pasé con Seth. A no ser, claro, que a tus insultos y tus descalificaciones vayas a añadir algún puñetazo de vez en cuando.
Edward la miró en silencio, horrorizado.
—¿Quieres decir que…? ¿Te pegó ese malnacido?
—Bueno… No era algo que sucediera con mucha frecuencia, la suficiente para tenerme aterrorizada. Era una relación de poder. Yo no era la mujer que él quería. Sus padres nunca hubieran aceptado que tuviera relaciones extraconyugales, de modo que me pegaba para desahogarse y soltar su furia.
—¿Por qué diablos no dijiste nada? —preguntó él furioso—. Por el amor de Dios, Isabella, ¿cuántos años estuviste así?
—Estuve a punto de decírselo a mis padres muchas veces, pero no quise hacerles daño. Mis padres adoraban a Seth, era como un hijo para ellos, como el hijo que habían perdido. Se había portado muy bien con ellos después de la muerte de James. Les había ayudado a organizar el entierro… Y luego estaban sus padres. Tenían una posición social que mantener, para ellos las apariencias eran lo más importante. ¿Cómo crees que habrían reaccionado si hubiera hecho públicos esos maltratos?
Edward se dio cuenta de que Bella había vivido muchos años entre la espada y la pared. La familia Clearwater habría hecho todo lo posible para que un escándalo así no se hubiese sabido. No habrían permitido que ensuciara su buena reputación. Bella había soportado en silencio una paliza tras otra, le había servido a Seth como válvula de escape mientras él había creído durante todos aquellos años que había sido ella la responsable de la paliza que le habían dado.
—Lo siento —dijo Edward como si miles de espinas estuvieran rasgándole la garganta—. Ojalá hubiera sabido lo que estaba pasando. Ojalá hubieses acudido a mí en busca de ayuda.
—Tú eras la última persona a la que podía acudir, Edward. Me habías advertido de lo que podía pasar la noche antes de la boda, pero yo fui demasiado orgullosa y no quise escucharte. Cuando me di cuenta del error que había cometido, ya no tenía fuerzas para soportar más recriminaciones. No quería escuchar de ti un «te lo dije».
—Todo el mundo comete errores en la vida, cariño —dijo él acariciándole las mejillas—. Yo mismo he cometido muchísimos, bien lo sabe Dios. Pero gracias a la ayuda y al apoyo de personas como tu padre he conseguido salir adelante y superar los problemas.
—Algunos errores no pueden superarse. Después del suicidio de James me sentí tan culpable… Me sentí en la obligación de hacer algo para animar a mi madre y devolverle la alegría a mi padre. Quería que la familia resurgiera de sus cenizas y recuperara la motivación. Pensé que tener hijos podría devolverles la esperanza en el futuro. Pero nunca me detuve a pensar qué sentía realmente por Seth o lo que él sentía por mí.
—Cariño… —dijo él besándola suavemente—. No quiero que sigas echándote la culpa de todo. Tú no tuviste la culpa de la muerte de tu hermano. Era adicto a las drogas. No consiguió la ayuda que necesitaba. No había nada que hubieras podido hacer por él.
Las palabras de Edward la conmovieron. Siempre había sentido que podría haber hecho algo por James, había sido un dolor que le había acompañado desde entonces.
—Todos hemos hecho cosas que lamentamos, Isabella. Siempre hay algo que nos gustaría haber hecho de forma diferente.
—¿Quieres decir que quieres poner fin a nuestro matrimonio?
—¿Eso es lo que quieres? —le preguntó él—. ¿Sientes que, de esa manera, serías libre?
—No sé qué diría la prensa si se enterara de que nos hemos separado el día después de habernos casado —respondió ella evitando su mirada—. Además, tengo que tener en cuenta a mis padres.
—Yo estaba pensando lo mismo —dijo apesadumbrado—. Tu padre lo ha pasado muy mal y todavía tiene que recuperarse de la operación. No creo que fuera buena idea que le dijéramos algo así.
—Entonces… ¿Qué sugieres que hagamos?
—El día que entraste en mi despacho te dije que siempre había creído que el matrimonio debe durar para siempre. No he cambiado de opinión.
Bella le miró a los ojos intentando encontrar algo que le permitiera averiguar qué estaba pensando. Pero su rostro era impenetrable. Valoró la idea de confesarle lo que realmente sentía por él, decirle claramente que estaba enamorada. Hasta formó mentalmente las palabras «te quiero» en su mente.
Le amaba por lo que era y por lo que había sido desde siempre. Había intentado rescatarla de un matrimonio desastroso en el que se había metido a pesar de sus advertencias, le había maltratado miserablemente durante mucho tiempo, le había rechazado por otro hombre que la había utilizado y explotado de la peor manera imaginable. Incluso se había ofrecido aquella noche a casarse con ella para evitar un escándalo y salvaguardar su honor. Pero ella había sido demasiado orgullosa.
Sin embargo, algo la detuvo. Edward se había quedado realmente sorprendido por todo lo que había averiguado sobre ella. Había visto su expresión cuando le había hablado de las palizas que le había dado Seth. No quería que hiciera nada por lástima. No quería su compasión. Quería su amor sincero y su respeto. Para lo segundo hacía falta tiempo. Respecto a lo primero, no estaba en sus manos.
Bella volvió a recordar aquella noche antes de la boda, la noche en que Edward la había besado en la planta de arriba.
¿Les había visto Seth sin que se dieran cuenta?
¿Les había espiado?
¿Había oído tal vez la advertencia de Edward?
—Estás muy callada —dijo él—. ¿No crees que deberías dejar las cosas como están por el momento?
Bella intentó sonreír, pero le salió forzado.
—Todavía no logro comprender por qué tenías tantas ganas de casarte conmigo. Te has gastado mucho dinero, no estoy cumpliendo tus expectativas, pero, aun así, no pareces disgustado.
—Si estoy disgustado por algo, es por mi propia ignorancia, por no haber sabido lo que estabas pasando —dijo un poco nervioso.
—No es culpa tuya, Edward. Tú hiciste lo correcto al venir a mí e intentar advertirme, pero yo fui demasiado orgullosa para escucharte.
¿Debía hablarle a Edward sobre la adicción de Seth a la cocaína? En cierto modo, se había sentido responsable por el descenso a los infiernos de su difunto marido, ya que, antes de casarse con ella, ni siquiera la había probado. O, al menos, eso creía ella.
—Edward —empezó Bella, decidida a contárselo—. ¿Sabías que Seth era adicto a la cocaína?
—¿Cómo? ¿Cuándo empezó a consumir? ¿Antes o después de que os casarais?
—No estoy segura. Antes de casarnos nunca noté nada raro, pero no puedo estar segura, porque, por entonces, yo estaba demasiado ciega.
—¿Crees que tal vez fue Seth quien inició a James en las drogas? ¿Qué tal vez era él quien se las suministraba?
Bella sintió un profundo dolor atenazando su pecho.
—Oh, no…
—Siempre pensé que tú eras una pieza dentro de su juego —dijo Edward—. Te necesitaba para ofrecer una fachada de respetabilidad y elegancia. Sobre todo, tras la muerte de James.
Entraba dentro de lo posible que Edward tuviera razón. Pensándolo con calma, Seth había intensificado sus visitas poco después de la muerte de su hermano, y le había pedido en matrimonio a pesar de sus dudas.
—¿Pensaste alguna vez, antes de aquella noche, en contarles a mis padres lo que pensabas de Seth? —le preguntó Bella.
—Sí —confesó él—, lo pensé, y siempre me he dicho que debería haberlo hecho. Pero, en aquel momento, pensé que era mejor decírtelo a ti primero, intentar hacerte ver la trampa en la que te estabas metiendo. Después de todo, la decisión era tuya. Tú afirmabas estar enamorada de Seth, y yo no tenía ninguna manera de oponerme a ello salvo, tal vez, darte un beso. El beso.
El beso que había rememorado tantas veces.
Bella miró su boca, aquellos labios sensuales que tanto deseaba. Edward se inclinó sobre ella y sus deseos se convirtieron en realidad. No quería disimular ni actuar, sólo quería besarle y sentir su cuerpo. Pasó sus brazos alrededor de él con desesperación, como si necesitara que la salvara.
—Es demasiado pronto, cariño —dijo él entre sus labios.
—¿Para ti? —preguntó ella sorprendida, mordiéndole el labio inferior y bajando el brazo para comprobar su erección.
—Por Dios, no —sonrió él—. Para ti. Ahora mismo debes de estar muy sensible. Piensa que, hasta hace unas horas, eras prácticamente virgen.
—Te deseo —insistió ella ignorándole—. Te deseo ahora mismo.
—¿Estás segura? —preguntó él con un intenso brillo en los ojos—. Podemos hacer muchas otras cosas. Puedo calmar el fuego que tienes dentro ahora mismo sin necesidad de hacerte daño. Puedo hacerte disfrutar sin herirte.
A Bella le conmovió su preocupación por ella. ¿Acaso no demostraba eso que la quería? ¿Por qué no quería admitirlo? ¿Creía que iba a usarlo contra él?
¡Oh, cuánto le adoraba!
¿Por qué le había ridiculizado y maltratado durante tanto tiempo?
—Edward… —dijo ella armándose de toda la fuerza de voluntad que pudo encontrar—. Tengo algo que decirte.
Edward la besó suavemente en el cuello.
—¿Sabes? Empieza a no gustarme esa maldita costumbre que tienes de ponerte a hablar cuando a mí me entran ganas de sentir. ¿Qué puede ser ahora mismo tan importante como para interrumpir esto? —preguntó deslizando los labios por su rostro hasta llegar a su cuello—. ¿Hay algo más importante que esto?
Bella no dijo nada. Su cuerpo lo hizo por ella. Se arqueó ostensiblemente mientras sus pechos se endurecían y llenaban de deseo. Edward se inclinó sobre ella, recorrió su cuello lentamente y empezó a recorrer sus senos con fruición. Parecían estar hechos de seda, y los pezones eran como imanes que atraían su boca una y otra vez sin remedio. Tenía que ir con cuidado para no hacerle daño, todavía no estaba acostumbrada a hacerlo tantas veces.
Intentó controlarse, intentó contener la respiración y apartarse, pero ella le buscó inmediatamente y le encontró con las manos, empezando a acariciarle poco a poco y activando cada poro de su cuerpo, dejándole sin respiración, sin sentido. Quería sentir su boca rodeando su miembro erecto, su lengua recorriendo cada centímetro, hasta que no pudiera más.
Entonces, sin esperarlo, su fantasía se hizo realidad. Estaba haciendo exactamente lo que había imaginado. Ella tenía su miembro entre las manos mientras con la boca iba descubriéndolo poco a poco, explorando cada centímetro.
Edward se arqueó, y ella hundió su boca en él. No sabía lo que estaba haciendo, actuaba por instinto, pero lo estaba haciendo muy bien. Empezó a respirar con dificultad y su corazón se aceleró al tiempo que ella profundizaba más y más.
Y, entonces, ocurrió. Estalló antes de que pudiera controlarse y ella no se movió, no se apartó. En lugar de eso, sonrió y cerró los ojos saboreando el líquido de él como si estuviera saboreando un licor celestial.
Edward le acarició el pelo sin saber cómo expresar las emociones que estaba experimentando. Le había dejado sin respuesta, físicamente y psicológicamente. Había tenido muchas amantes, pero ninguna le había hecho sentir nada parecido a aquello. Y no sólo en aquel momento, sino mucho antes, cuando se había entregado a él a pesar de su inseguridad, a pesar de sus temores, a pesar del miedo que ella había sentido a ser utilizada por él sin respeto… y sin amor.
Amor. Era una palabra cargada de demasiados significados, y Edward prefería mantenerla a distancia. Era una palabra ajena a él, al menos en lo relativo a sus experiencias sexuales.
Había querido a su madre. Dudaba mucho que hubiera existido nunca un hijo que hubiera sentido más devoción por su madre que él. También quería a su hermanastra, aunque no tuviera la libertad de llamarla de esa manera. Alice Brandon le había encontrado después de una ardua búsqueda que había iniciado con el objetivo de encontrar su lugar en el mundo, una identidad más allá de ser hija de Emmett McCarty, un agresivo empresario que, a pesar del tiempo que había pasado y de las evidencias, siempre había rehusado reconocer los frutos de sus placeres prohibidos, ya se tratara de Edward o de Alice.
Emmett McCarty creía que tenía el privilegio de ir seduciendo a jóvenes empleadas delante de las narices de su abnegada esposa y de sus tres hijos legítimos. Pero Edward sospechaba que, al contrario que él, Alice estaba dispuesta a tirar de la manta y poner en evidencia su comportamiento amoral. Edward pensaba que, de hacerlo, ella iba a salir más perjudicada que su padre, por eso había intentado, y seguiría intentando, hacer todo lo posible por protegerla y ayudarla, aunque la prensa continuara malinterpretando la relación existente entre ellos.
Pagar la deuda del complejo turístico Swan había formado parte de un plan trazado para impedir a su padre hacerse cargo de la compañía y, al mismo tiempo, asegurarse el matrimonio con Isabella. Se había negado sistemáticamente a reconocer ningún sentimiento más allá del deseo, pero había muchas emociones debatiéndose en su cabeza, demasiadas cosas a las que tenía que dar explicación.
Isabella persistía en demandar una declaración de amor por su parte, pero él no estaba plenamente seguro de cuáles eran sus verdaderas intenciones. Sabía por experiencia que el dinero provocaba confusiones emocionales en las mujeres. ¿Por qué si no existían tantos casos de jovencitas que contraían matrimonio con hombres mucho mayores que ellas?
Isabella había estado acostumbrada toda su vida a un elevado tren de vida. En cuanto había visto amenazados sus privilegios, no había dudado en entregarse a un hombre al que afirmaba despreciar. El que ahora pidiera una incondicional y vehemente declaración de amor resultaba, cuando menos, sospechoso.
Por otra parte, sin embargo, dejando a un lado lo que ella pudiera sentir o no hacia él, estaba empezando a pensar que Isabella se merecía saber algo más sobre su pasado. Para hablarle de Alice necesitaba antes discutirlo con su hermanastra. Alice era una joven de veinte años inexperta, una joven que no sabía bien lo que quería, una joven que buscaba desesperadamente un referente, alguien en quien apoyarse, alguien que la guiara con seguridad, y él quería representar ese papel en su vida mientras lo necesitara, quería protegerla a toda costa de los hombres sin escrúpulos como su padre.
Edward miró a Isabella. Aunque le había costado un enorme esfuerzo, había conseguido convertirla en su esposa en todos los sentidos de la palabra.
Era su esposa.
No sólo lo decía su firma al pie de un contrato, sino la unión íntima de sus cuerpos.
Una unión que no quería que se rompiera. Una unión que deseaba repetir una y otra vez.
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Capítulo dedicado a tulgarita, OnlyRobPatti, alejandra1987.
Gracias.
