Capítulo 10: Ni Susana es tan inocente.- Candy está intentando seducir a... ¿Archie?
Trasladémonos a Nueva York para conocer del estado de Susana... ahí podemos verla tendida en su camita virginal, con los ojos abiertos y las manos en... ¿QUÉ RAYOS ESTÁ HACIENDO SUSANA????
La habitación se llena de suspiros, el sudor empapa las sábanas de la cama, la cortina cerrada oculta la luz del día y provoca una agradable penumbra en la habitación, hasta que golpean a la puerta.
-¿Susana? – la voz de la madre interrumpe el placer y Susana recobra el uso de sus sentidos.
-¡Tienes que esconderte, rápido! – pide Susana a un joven moreno, de pelo muy corto. Éste se levanta rápidamente y se mete en un armario.
-¿Y yo? – pregunta el otro chico, un pelirrojo con barba de tres días -. No me pienso meter de nuevo en el armario.
-Pues métete debajo de la cama. Mamá no te puede encontrar acá.
El pelirrojo se deslizó bajo la cama refunfuñando sobre lo helado que estaba el piso.
-¿E io? – preguntó un joven rubio de sedosos cabellos rizados y sonrisa agradable.
-Tú puedes quedarte, sabes que le agradas a mamá.
-La tua mamma e' un amore... ma io no entiende per que no me acepta como el tuo sposo... io te amo, cara mía...
La madre de Susana entró por fin y encontró a su hija en la cama con el joven rubio. No se sorprendió. Ya hace tiempo estaba habituada.
-Más vale que el Granchester no te vuelva a encontrar con él – dijo la mujer.
-Mamá, todo sería tan sencillo si me dejaras romper con ese compromiso... ambos seríamos libres...
-¡No, Susana! Yo llegaré a ser la madre de una duquesa, no hay más que hablar. Te dejo tener como amante a este italiano, pero yo deseo que seas la esposa de un noble.
-Io sono nobile, mamma di Susana – dijo el joven.
-No eres más que un marqués de Italia. La verdadera nobleza se da solamente en Inglaterra. Mi hija será noble, mis nietos serán nobles, e ingleses. ¿Les conté que mi tataratataratataratatarabuela fue condesa?
-Si – dijeron todos (incluidos los chicos escondidos)
-Ah... yo venía a verte por esto – la madre de Susana, desplegando un diario – mira lo que hace tu prometido.
El periódico tenía una enorme foto de Terry besando a una actriz, con el titular "Granchester y su nueva amiguita en Chicago"
-¡Mamá!! Eso es tu culpa. Él dijo que seguiría así hasta que rompiéramos. Tú no me dejaste terminar con él, ahora soy la novia cornuda.
-Fue tu culpa. Ya estarías casada si él no te hubiera pillado con este italiano.
-¿Para qué lo dejaste entrar? Sabías que estaba con Antonio.
-Pues pensé que un poco de celos le haría bien. Claro que nunca me imaginé que te encontraría en eso...
(Hace dos años, Terry fue como todas las tardes a hacer la visita obligatoria a Susana. Llegó dos horas adelantado. Susana estaba con su "amiguito" italiano. La mamá de Terry pensó en pedirle que pasara después, pero luego decidió que a Terry le haría bien saber que su hija era lo bastante atractiva para provocar la admiración de otros caballeros, así que lo mandó para el salón. Claro que no sabía que su hija le estaba aplicando al italiano un "beso francés" muy especial.
Terry entró y nadie lo oyó; Susana y su italiano estaban muy ocupados. Terry, que jamás había visto – ni experimentado hasta ese entonces – algo parecido, se quedó atónito unos momentos; luego reaccionó, lanzó una sonora carcajada y se fue. Susana reaccionó, se incorporó en su silla y se lanzó tras él. Terry ya estaba hablando con la madre de la chica:
-Susana ya no me necesita; supongo que el compromiso queda cancelado.
-¿Por qué? ¿Se puso celoso sólo porque mi hija tiene un amigo? Eso pasa por dejarla sola...
-Yo diría que era más que un amigo. Por lo que vi... Supongo que no desea que las relaciones de su hija se hagan públicas.
En es emomento llegó Susana y gritó: ¡Mamá, Terry lo sabe to...! – y se calló al ver a Terry.
Con increíble sangre fría, la madre repuso:
-Mi hija se casará con usted. Jamás romperá el compromiso.
-Entonces yo diré lo que vi. Los periodistas estarán felices...
-Sé que no lo hará. Usted es un caballero inglés.
Terry frunció el ceño. Era verdad; no lo diría. No era capaz.
-Pues haré todo lo posible para que ustedes sena quienes rompan el compromiso. Susana, señora Marlowe, desde ahora me considero exonerado de cualquier obligación para con ustedes. Buenas tardes.
Esa fue la última vez que lo vieron. Desde ese día él comenzó a generar escándalo tras escándalo, pero la madre de Susana no la dejaba romper con él. Prefería el ridículo.)
-Mamma de Susana, le ruego que me deje ser el marido de su filia... – dijo Antonio, meloso, recostándose contra la señora.
-¡Cállate, italiano! Vístete y vete de mi casa -. La mamá de Susana se fue, furiosa, y los otros chicos salieron de sus escondites.
-Tu mamá está furiosa, Susy – dijo el pelirrojo.
-Deberías decirle de una vez que no piensas casarte con Terry – dijo el moreno.
-¡No puedo! ¡No me atrevo! Tendré que seguir siendo la novia cornuda... ¡Consuélenme, chicos! – los tres chicos se lanzaron sobre la coja y uno de ellos comenzó a besarle el muñón de la pierna faltante...uy.
Mejor dejemos esta escena.
De vuelta en Chicago, podemos ver a Candy de vuelta en su trabajo. La tarde junto a Terry quedó atrás. Éste había intentado invitarla a cenar, pero Candy no se pudo dar cuenta de las torpes tentativas del muchacho, que se sentía extrañamente tímido junto a ella. Por lo tanto, ahora está convencida de que Terry no se interesa en ella.
-Ese chico está loco por ti – dijo Mildred, mientras Candy le aseaba algunas escaras.
-No sé de qué hablas – mintió ella.
-La forma en que te miró ayer... es amor. Es pasión – dijo Mildred.
-A mí me miraron así alguna vez... una sola vez. Y quedé embarazada, pero después él murió – comentó Sophie. Candy la miró.
-¡Eso es terrible, Sophie! ¿Y el niño?
-Un aborto – contestó Joey por ella. Sophie asintió -. Un niño sin padre sólo podría venir a sufrir, como el niño de esa jovencita, Alice.
-Pero no la asusten – pidió Mildred -. Esta puede ser la oportunidad de Candy de conocer el verdadero amor. ¿Verdad, Candy? Creo que cualquier riesgo vale la pena por una noche de pasión desmedida con ese tremendo pedazo de hombre...
-¡Mildred! – gritó Candy con los ojos abiertos como platos.
-¿No me digas que no se te había ocurrido? – preguntó Rocky.
-No, es que... – Candy no sabía qué decir, hasta que se echó a llorar -: ¡Es que él no se siente atraído por mí! – Y les contó lo que había pasado con la actriz Tallullah, la indiferencia de Terry, lo poco agraciada que ella era... en fin, se desahogó.
Las mujeres la miraron comprensivas; en el fondo, todas ellas habían sido alguna vez unas chicas inseguras. Mildred le acarició la cabeza, mientras Claire le explicaba que la capacidad de seducción de una mujer no está en el cuerpo, sino en el cerebro, y blablabla... pero Candy no quería entender razones y seguía llorando como una magdalena por su falta de atractivo y la estupidez de Terry al fijarse sólo en el exterior.
-Pero si tú eres hermosa, cariño – le dijo Madame Lafitte, que había oído todo y corrido a consolar a su nueva enfermera.
Y Candy volvió a llorar triste como un gatito nuevo, diciendo que no era hermosa y que más le valía ponerse una bolsa en la cabeza porque no había ningún hombre que la deseara, que hasta Albert la había despreciado cuando ella intentó gustarle.
Nadie sabía quién era Albert, pero igual la consolaron.
Candy siguió contando su fallida experiencia con Albert, que intentó ponerse linda y deseable y fracasó estrepitosamente. Entonces las otras le dijeron que seguramente Albert era gay.
-¿Eso creen? – preguntó la pecosa con la cara hinchada por las lágrimas, esperanzada ante la idea. Si Albert la había rechazado porque era gay, entonces la cosa no era tan terrible.
Y justo en ese momento aparece Ethel, la otra enfermera, diciendo muy emocionada que acababa de conocer al señor William Albert Andley en una reunión y éste la había invitado a cenar. Esto redobló los llantos de la pecosa.
-¡Es tan noble! – decía Ethel sin fijarse en Candy -. Es un hombre filantrópico, amable y considerado. Se fijó en mí porque trabajo junto a ti, Candy. Te considera como a su dulce hermanita pequeña.
Ethel abrazó a Candy mientras esta aún lloriqueaba.
-¿Por qué lloras, Candy?
Candy volvió a estallar en llanto mientras las otras mujeres ponían al tanto a Ethel de la situación.
-¡Cómo vas a pensar que eres fea, Candy!
-¡Nadie me ha dicho que soy linda! ¡Ni siquiera me han lanzado piropos en la calle!
-Es que te vistes como niñita, Candy... – explicó Mildred, y Sophie la hizo callar.
-¡Nadie me querrá nunca! ¡Me quedaré sola y los gatos me comerán!
-Candy...
-¡Seré una solterona!
Ese momento justo eligió Starla para aparecer y encontrar a Candy llorando.
-¿Qué le pasa a Su Pureza? ¿Se horrorizó de estar aquí?
Claire le dio un golpe en el pie para que se callara.
-¡Hasta las niñitas tienen más experiencia que yo! – sollozó Candy.
-Ya te van a empezar a salir telarañas – dijo Starla, alejándose de Claire que deseaba darle otro cariñito.
-Mira, cariño, tienes que ser más femenina y ese chico caerá rendido a tus pies – dijo Mildred.
-¡Hay tantas que lo persiguen! ¡Yo jamás podré gustarle!
Ethel dejó de abrazarla y le dio una sonora bofetada. Candy se serenó.
-Estabas histérica, tuve que hacerlo – se disculpó Ethel.
-Gracias – respondió Candy. Mildred la abrazó.
-Necesitas unos cuantos consejos de belleza, y ¿quién podrá resistirse a ti? Te ayudaré, Candy, y podrás llegar a ser la mejor cortesana de todo Chicago – dijo Madame Lafitte.
-¿Qué?
-Es una forma de decir... tú confía en mí, y verás que ningún hombre se resiste a tus encantos.
-Está bien – aceptó Candy, algo cansada por tanto llanto. Madame Lafitte la mandó a lavarse la cara, mientras las otras mujeres planeaban cómo sería el cambio de look de la pecosa.
Ocho horas después, Candy salía de la cárcel con nueva imagen: cabello recogido a la moda con graciosos rizos que le rodeaban el rostro, base de maquillaje que le ocultaba las pecas, boca roja con forma de corazón, ojos delineados y pintados de verde, un pequeño y coqueto sombrero y un vestido de esos llenos de flecos a la moda esos años mostrando descaradamente parte de las rodillas. Lo peor para ella fueron los zapatos de taco alto que le apretaban los dedos de los pies y la hacían vacilar, obligándola a tener un caminar muy sexy.
Los piropos no se hicieron esperar, y Candy tuvo que agradecer que la espesa capa de maquillaje no dejara ver lo ruborizada que estaba. Sin embargo, era muy bueno para su ego, en esos momentos.
Le habían dicho que practicara el guiño. Según Mildred, había que guiñar, abrir la boca en una sonrisa y llevarse las manos a la nuca, pero Ethel le aconsejó que no fuera tan efusiva. Bastaba con cerrar ligeramente un ojo, pero Candy cerraba los dos.
Necesitaba a un hombre con quien practicar el "coqueteo inocente". Pero no conocía a nadie, excepto a Albert. En cierta forma lo consideraba un desafío personal así que se dirigió a la mansión de los Andley para visitar a su tío abuelo. Lamentablemente (o afortunadamente) no lo encontró. Se sentó un momento para descansar de los malditos tacos, y cuando iba a retirarse, se encontró con Archie que la miraba con la boca abierta y un ligero hilo de baba que le corría por la cara.
-Eres... eres la mujer más bella que he visto. ¿Qué te pasó? Casi ni te reconozco, Candy.
Un hombre era mejor que ninguno, pensó Candy, y de todas formas sólo se trataba de practicar un inocente coqueteo. Sin pararse a reflexionar que estaba siendo desleal con su amiga, se sentó con pierna izquierda arriba y le pasó el dorso de su mano a Archie para que éste lo besara:
-¡Querido! Es un gusto verte – le mostró su mejor sonrisa y agitó sus largas pestañas. Esto hizo que el pobre Archie sintiera que las piernas se le ponían de jalea.
-También es un gusto – respondió él en cuanto pudo hablar.
-¿Cómo estás? Ven siéntate a mi lado, no me dejes tan sola – pidió, colocándole una mano sobre la pierna. Archie se separó bruscamente.
-Mejor no – dijo con la voz extrañamente ronca. El comportamiento de Candy le provocaba ciertas reacciones poco caballerosas. Parece que la chica se había contaminado de la viciosa atmósfera que se respiraba en la Santa Magdalena.
-¡Cariño, no puedes ser tan cruel conmigo! – reclamó Candy, frunciendo graciosamente el labio inferior. Por alguna razón esto fue poderosamente afrodisíaco para el pobre Archie, que se lanzó sobre la chica e intentó besarla.
Candy podía estar muy maquillada pero seguía siendo la misma así que golpeó a Archie con todas sus fuerzas en el estómago. El pobre Archie cayó al suelo y Candy se acercó a socorrerlo.
-¡Pobre Archie, lo siento tanto!
-¿Por qué me golpeaste? ¿Acaso no me estabas provocando?
-¡Jamás hice eso! Sólo intentaba ser más femenina, tú intentaste aprovecharte.
-Al menos me hubieras avisado antes de golpearme – reclamó él, poniéndose de pie.
-¿Me perdonas, Archie? Creo que exageré...
-Creo que subestimaste tus encantos. Oye, esta nueva actitud tuya ¿tiene algo que ver con la presencia en Chicago de cierto delincuente inglés?
-No sé de qué me hablas – mintió ella.
-Bien, pero te interesará saber que mis contactos en la empresa de ferrocarriles dicen que su prometida y la mamá de ésta llegarán mañana a Chicago. Creo que vienen a marcar territorio.
-Gracias por el dato. Nos vemos – Candy salió corriendo de manera muy poco femenina. Le urgía llegar al hotel y conversar con Terry antes de que llegara Susana y no pudiera estar a solas con él.
No contaba con que el hotel estaría rodeado de ardientes fanáticas, como siempre. Después de preguntarles a unas cuantas y asegurarse de que Terry estaba en el lugar, fue a la parte trasera para trepar la pared y entrar por la ventana, como la vez anterior. Cuando comenzó a trepar trabajosamente por culpa de los zapatos de taco alto, una voz muy conocida la paralizó:
-No sabía que los monos ahora se vestían tan elegantes.
Candy se dejó caer de golpe y aterrizó en los brazos de Terry, que la miraba sonriente y sorprendido. Claro que más sorprendida estaba ella.
-¡Terry! (qué más iba a decir)
-Mira lo que me cayó del cielo... un regalo anticipado de navidad.
Sabía perfectamente que la chica había ido por él así que no tenía ningún temor de ser rechazado. Candy sonrió.
-Santa Claus te dará tu regalo sólo si has sido un niño bueno.
-Pues he sido muy malo, Candy... muy, muy malo. Y puedo ser peor. ¿Quieres ver?
Algo en la mirada de Terry prendió todas las alarmas en Candy que se soltó de sus brazos y se alejó un poco para recuperar el control.
-Y... ¿qué haces por aquí? – preguntó ella.
-Aquí me quedo, en este hotel. Tú ya lo sabías.
-Me refiero a qué haces acá afuera de tu hotel.
-Bueno... – Terry no quería decirle que se paseaba todas las tardes por ahí por si ella volvía a intentar trepar por ese lugar – quería conocer la ciudad.
Se quedaron un momento en silencio, algo incómodos. Candy empezaba a sentir vergüenza por todo lo que estaba haciendo, y Terry intentaba pensar en una manera de hablar en serio con ella sin que la chica pensara que intentaba propasarse.
-Podemos ir al cine.. – comenzó a proponer él.
-Vamos a mi departamento – lanzó ella, súbitamente decidida. Había reflexionado y llegado a la conclusión que se merecía algo de felicidad.
Continuará...
