Disclaimer: Los personajes de Shingeki no Kyojin pertenecen a Hajime Isayama. Este Fanfiction es escrito sin fines lucrativos.

Notas del capítulo: Plagado de carnalidad. Dos ventanas al lemon.


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La última semana del secuestro… era lo opuesto a la primera.

Algo totalmente opuesto.

Desde que Levi se había rehusado a salir… decidiendo esperar hasta la liberación formal y el dinero por el rescate, cuando decidieron intercambiar claves…

… parecía como si Eren se hubiera transformado en otra persona. Una completamente distinta, que no paraba de decirle "puedes irte cuando quieras", "no tenemos asuntos pendientes"…

Claro, ¿y que Levi perdiera el reto?

Oh, no.

El asunto era cuál de los dos traicionaba al otro primero… y, aunque era difícil saber si Eren ya había asaltado el Banco de Sina o no, no se veía gran cambio en él: El menor no parecía tener más dinero ni menos… todo lucía igual. Así, a Levi le dio la impresión de que ninguno de los dos se había traicionado todavía.

Y ya no parecía un secuestro.

En lo absoluto.

En los últimos días, Eren llevaba comida corrida al apartamento, dejando la bolsa en la mesa como si fuera un alimento común. Le facilitaba al mayor los libros que quería. Le decía que podía salir del edificio a tomar aire o ver al exterior.

Levi no lo había hecho jamás.

"¿Qué harás si llego a salir?" le preguntó al menor aquella madrugada, lentamente, con la mirada fija en el té negro.

Eren tenía un tic en la mano cuando no fumaba. Abstinencia.

Tenía como dos semanas sin fumar ni una sola vez en el apartamento, cuando antes le arrojaba la nube de humo en la cara.

Sin tabaco, el castaño se volvía nervioso, y sus dedos tamborileaban sobre la mesa sin que él se diera cuenta. Levi le había dicho que fumara si tanto lo necesitaba —no con esas palabras—, pero Eren sólo lo ignoraba.

—… ¿Qué haré si te vas? —Preguntó el más joven— Simple: cerraré la puerta tras de ti y me iré. Podrías dar mis coordenadas y denunciarme.

Al oír esta respuesta, el azabache adoptó una mirada extraña sobre su té, una que el menor no pudo comprender.

Jamás pudo entenderla.

Eren le decía que podía llamar a alguien para que fuera por él. O que podía dejarlo cerca de la casa de algún amigo. El menor le abría todas las puertas y ventanas, mostrándole todas las salidas…

Y Levi las rechazaba todas.

Tal vez por lo que pasó aquella noche.

La 132 del secuestro.


Levi gustaba de leer. Eren no sabía ni por qué. Él sólo había leído el libro de Frankl porque fue un regalo de Armin, aunque tenía que admitir que le había gustado. El azabache no leía novelas, romance ni fantasía; al contrario, pedía libros de filosofía, unos que jamás leía frente a Eren. Generalmente, cuando el castaño volvía del trabajo, Levi siempre estaba en la cocina y compartían algún momento para hablarse ("putearse") o para verse sin comentar mucho. La razón: Eren no hablaba de su rutina allá afuera, y Levi estaba encerrado siempre, no había mucho que contar.

Excepto sobre el pasado… el cual ninguno tocaba.

Mantenían ese muro entre ellos y nadie se atrevía a quitar el primer ladrillo.

Esa noche ocurrió lo más extraño e inexplicable de su secuestro. Sin embargo, Levi no se arrepentía.

De ninguna manera.

Ni un solo día de su vida se arrepentiría.


Eren llegó más temprano de lo usual cuando halló al moreno tendido en el sofá, leyendo. El menor se extrañó, y es que jamás lo había visto recostado cómodamente en el sillón, con los ojos grises clavados en las hojas.

No había visto a Eren entrar, y no se había movido del sofá ni había hecho algo que no fuera hojear el libro. El menor se preguntó cuánto tiempo le tomaría darse cuenta de su ingreso. O, tal vez, ya estaba enterado; sólo había decidido no prestarle atención.

Ah, ya se las pagaría.

Y los ojos grises casi se botaron de asombro cuando su propio cuerpo se hundió en el sofá con unos sesenta kilos arriba de él.

—¡Ah, imbécil! —Gritó el mayor, aunque su voz sonaba ligeramente falta de oxígeno.

—¿Quién te dio permiso de acostarte en mi sofá? —Quiso saber Eren, con un tono demandante— Vete a tu cuarto.

—Serás idiota. Yo estaba aquí primero. —Escupió el hombre bajo su cuerpo— Pon tu culo en otro lado.

—No, vete tú.

—Pues no me iré, yo estaba antes. —Lo desafió el moreno.

—No me quitaré. Es mi sillón, yo lo compré en pagos por catálogo.

—Me importa un carajo. —Refunfuñó Levi— Haz lo que quieras. De todos modos, no pesas nada, porque eres un mocoso con cabeza de aire.

—¿Ah, sí? —Se molestó el castaño— Pues yo estoy muy cómodo. Estás tan enano que ni te sientes.

—¡¿Qué dijiste, mierda?! —Reventó.

—Sí, eres muy chiquito. —Repitió Eren, sin el menor temor— De hecho, se está tan cómodo que me dormiré aquí.

Oh, no.

Ese mocoso le estaba sacando el aire.

—… Pues no me importa. —Murmuró el azabache, con rabia y una dosis de frialdad.

—Pues a mí me importa menos. —Regresó el menor.

—Estoy muy a gusto. —Comentó con el cuerpo aplastado.

—Yo nunca he estado más a gusto. —Le hizo saber el otro, aunque tenía la rodilla de Levi encajada en su espalda.

Se quedaron así como dos minutos.

Incluso, Eren casi soltó una risa cuando vio el libro aparecer a un lado de su cabeza, denotando que Levi había retomado la lectura en la página que se quedó…

Ignorado. Otra vez.

Agh.

—… ¿De qué se trata tu libro ñoño? —Se interesó el menor, con un tono contradictorio.

Los ojos grises se abrieron con asombro.

¿Eren le estaba preguntando por un libro?

Entonces, escuchó a Levi suspirar bajo su cuerpo, antes de contestar con seriedad:

—Es una reflexión sobre la vida y los placeres mundanos-

Aburrido. —Lo cortó Eren.

—Cállate. Yo no llego a patearles las bolas a los demás, ni me acuesto encima de las personas a sacarles el aire.

—Ya te dije que te fueras a tu cuarto. —Recordó Eren.

—Y yo ya te dije que te metas el dedo por el culo.

—Bien.

—Bien.

Otro silencio.

Pasaron tantos segundos, que incluso Levi cambió de página. Más silencio y, dos minutos después, al intentar hojear por tercera vez, escuchó un:

—No. —Proveniente de Eren.

—¿No qué?

—Aún estoy leyendo… —aquello sonó muy bajito, incluso suave, tanto que paralizó los dedos de Levi; y, por primera vez, prestó atención a cómo estaban ellos dos.

Sus brazos encerraban el cuello de Eren para leer el libro —como si lo sostuviera para ambos— e inconscientemente, Eren se había movido a un lado de él en el sofá —quién sabe si para dejar de aplastar al moreno o para que su rodilla no se le clavara en la espalda—, pero ya no estaba aplastándolo, sino recostado a un lado de él…

Era extraño.

Había tanto silencio que se escuchaban las respiraciones de ambos; era el momento más íntimo que habían tenido sin follar con nadie. Levi no era exactamente romántico, no se había acostado en un sofá a leer con nadie, y francamente Eren no era el tipo de persona que prestaba atención a los detalles; más bien, se iba directo al contacto físico más bruto, carnal y desenfrenado…

Aunque ambos notaron la situación, nadie dijo nada, con la esperanza de que el otro no se diera cuenta si uno no lo decía.

Fue cuando el moreno preguntó, en voz seca pero baja:

—… ¿Terminaste de leer?

—Hmn.

Levi no supo interpretar eso. Sólo miró que el menor le quitó el libro, lo cerró y lo colocó a un lado.

—Estaba leyendo. —Se quejó el azabache.

Estabas. —Reafirmó.

Realmente no entendía qué pasaba por la mente de Eren.

O el porqué se había quedado a un costado de él en el sofá, con los ojos verdes fijos sobre la camisa blanca del moreno, callado.

O por qué le había preguntado eso.

—Ackerman…

—¿Qué?

—Antes del secuestro, ¿tenías novia?

El mayor se quedó en blanco al oírlo. Jamás hubiera esperado que Eren le preguntara algo así, mucho menos con el rostro oculto en el tapiz del sofá.

Menos aún entendió el porqué respondió con sinceridad:

—… No era algo formal. —Admitió el moreno, en voz baja— Pero sí, empezaba a salir con alguien.

—Ah. —Soltó el castaño, para luego añadir—… No sé si lo entiendas igual, pero "empezar a salir" suena a que no se habían acostado-

—No.

Eren sonrió, algo maléfico.

—Je, te cortó por amargado. Eso tiene que ser.

Pero Levi no respondió.

El silencio sorprendió al menor.

—No me digas, ¿empezó a coger con otro?

Silencio.

—… ¿Se volvió lesbiana?

El moreno suspiró, para luego responder con algo tan brutal que dejó a Eren con los ojos de par en par.

—Fue asesinada.

No dijo nada como por diez segundos.

—… ¿Asesinada?

Levi replicó, sin verlo.

—El día del asalto del banco, entre los que mataron, estaba ella. Fue la que más sufrió.

Eren no hizo ni dijo nada, salvo escucharlo.

—Ella intentó esconderse, pero la arrastraron por el cabello… y, cuando trató de correr, le clavaron una navaja en la pierna y cayó, para finalmente darle un balazo…

—Lo viste.

—Todo, sí.

El castaño frunció el ceño, callándose un rato, hasta que soltó casi sin voz:

—… ¿ella te gustaba?

—Era buena persona.

—¿Te gustan las buenas personas?

Ante esto, aunque volteó a ver al castaño, notó que estaba oculto. A saber qué expresión tenía en ese momento…

Sin embargo, lo único que Levi pudo contestar, fue:

—… me agradan muchos tipos de personas. —Le hizo saber— Y odio a muchas también.

—No preguntaba por nada en especial. —Declaró Eren, torciendo la boca como un puchero desinteresado.

—No, ya sé que no tienes otra intención.

Aquella respuesta del moreno le pateó algo.

Mierda. Estaba bien que el azabache no se diera cuenta, pero…

Ugh.

Inevitablemente, como compensación por lo que su boca no podía admitir, Levi sintió que el mocoso se había acurrucado un centímetro más contra su cuerpo… sólo un poco. Bastante poco.

Pero su cara había acabado bajo el cuello del moreno, dándole a Levi la sensación de que Eren era bastante pequeño…

Aquello era un juego de roces, de retar al otro a acercarse pero sin ir más allá: Eren había empezado recostándose encima de él con la excusa de que era su sofá; Levi había continuado rodeando su cuello con sus brazos con la excusa de leer. Enseguida, Eren se había acurrucado bajo el pecho de Levi, murmurando "no te hagas ideas: No tengo almohadas aquí, no hay otra razón para esto" y el moreno había contestado "no, no hay otra razón"… y, al alzar un poco el rostro del chiquillo, miró cómo los ojos verdes se iban en otra dirección.

Lo besó.

Pero no como Eren esperaba.

Le besó la comisura de su labio, para luego subir al filtrum entre su labio superior y bajo su nariz. Empezó a besar su rostro, de manera casta, superficial, apenas rozándolo.

Esquivando sus labios.

Pasando de ellos malignamente.

Se acercaba, dejaba un leve soplido y besaba otra parte. Rozaba, se alejaba. Eren sentía la sombra de los labios de Levi sobre los propios y, al otro segundo, ya no había nada.

Maldito.

Mil veces maldito, pensó Eren.

Y Levi pudo ver… su expresión de pura frustración. Un rostro ansioso pero contenido que gritaba "ya trágate mi boca, mierda", pero Eren no lo admitía, apretando los párpados con tensión, lleno de orgullo…

—¿Algún problema? —Preguntó la voz ligeramente ronca del moreno.

—Todo perfecto. —Admitió arrogantemente aquel chiquillo.

—Excelente.

Y el maldito, aquel maldito…

Se atrevió a lamer lenta y sensualmente la comisura de su boca, haciendo que Eren separara sus labios en anticipación…

Pídelo.

—Ni loco.

Ahí yacía el "problema".

Los orgullos de Eren y Levi pesaban más que cien vacas juntas y se rozaban de la manera más sádica.

—Tal vez me vaya a mi cuarto. —Propuso el moreno, de la nada, sobre su oído— Lo dijiste tú, ¿no? Que te deje el sillón…

Pero Eren lo apretó por el brazo, inmovilizándolo.

—Desgraciado. Me tientas, y… —refunfuñó, enfurecido, incluso…

—¿Y qué? —Preguntó el azabache, en un susurro, sus respiraciones golpeándose entre ellas impacientemente.

—… Me besas como si fuera tu hija de cinco años. —Dejó escapar Eren, cuando oyó al moreno preguntar:

—¿Qué, quieres que te bese como si fueras mi novio?

Pero, ante esto, escuchó al castaño soltar sin la menor pizca de vergüenza:

—Qué tal como si fueras mi esposo —el mayor se quedó con los ojos de par en par—… y ésta es la primera noche que te entregas a mí.

… Ahora entendía cómo Eren sacaba a todas esas mujeres.

El grandísimo idiota sabía qué decir.

Pero…

—¿Algún problema, Ackerman? —Sonrió el mocoso, contra sus labios, sorprendiéndolo por una fracción de segundo.

—Todo perfecto. —Lo imitó Levi, y Eren sonrió con crueldad.

—… no debes amarrarte y hacerte sufrir así. —Consideró, con esa voz que lo mataba— Bésame si lo deseas.

—Quién mierda lo va a desear. —Escupió el mayor, sintiéndose cada vez más arrastrado por él, pero reforzando todas sus murallas—… Chiquillo idiota. Tienes un maldito ego tan inmenso que, cada vez que sales de tu casa, tienen que llamar a una grúa para que te ayuden a levantarlo.

Y Eren respondió:

—Pues no siempre necesito a una grúa para que me levante las cosas. —Le gruñó, y Dios, que Levi supo de qué demonios estaba hablando.

Iba a estallar.

—Sólo dos centímetros, Ackerman, de robarte mis labios…

—Que te jodan. —Musitó el azabache— Que te violen unos putos negros sin piedad… —refunfuñó, cuando sintió la nariz de Eren rozarse contra su cuello y su oreja, ahondando en sus cabellos negros y respirando cálidamente en ellos para después preguntarle, susurrando:

—¿Para qué dejárselo a los negros… si puedes encargarte tú?

Mierda.

Grandísima mierda.

Fue lo que Levi pensó.

Y no una vez. Fueron casi trescientas.

Era alguna clase de récord.

—Mocoso, cuida lo que dices… —le advirtió, seriamente, aunque Eren percibió que una parte de aquel hombre tan glacial se dejaba llevar…

—… ¿Por qué? —Murmulló— ¿Es porque te hago perder la cabeza?

—Te crees la gran cosa.

—… ¿no lo soy?

—Creído. Que te parta un rayo.

—¿A cuál rayo te refieres, exactamente? —Preguntó, sensual, burlesco, intrigado, cuando del mayor brotó un quebrado y ahogado:

—Ngh… —gimió, cuando sintió la mano de Eren apretar algo bajo él, con confianza.

—¿Te refieres a éste?

—S-Suelta…

—¿Quieres que lo suelte, para… qué? ¿Para metérmelo a la boca… o qué hacemos con él?

Levi se retorció, impaciente, inquieto, afectado.

—Maldito mocoso, no te pases-

—¿Qué ocurre si me paso? —Se interesó, con aquel susurro infernal— Dime. Soy una persona curiosa…

—Eres intragable. —Siseó el azabache, casi con dificultad.

—¿Seguro? —Preguntó, y Levi suspiró con la visión de aquel chiquillo asomar tímidamente la punta de su lengua… para demostrarle que no era "intragable", invitándolo así a tragarse su lengua, su boca…

A tragárselo a él…

Y no pudo más.

Ninguno pudo.

Porque, con esa pequeña invitación, acabó rozando con su lengua la de Eren, para luego chuparla ligeramente entre sus labios, antes de ahondar en la boca del menor… sobre él en el sofá. Un castaño que correspondía a sus besos, que jugaba con su lengua con el mismo deseo e intensidad que lo mareaban a él; un chiquillo que suspiraba dentro de la boca de Levi, encantado por el roce tan descarado pero tan deseado de sus labios contra los del mayor…

Esa noche, el azabache no dejó de besarlo hasta dormirse; con la cabeza del chiquillo sobre su pecho, dormitando suavemente contra él…

"Los mocosos estúpidos se duermen temprano" fue lo que pensó, apartando una hebra castaña de su cara, que le entorpecía la vista de aquel rostro tan joven, con el ceño fruncido por una determinación que no se le quitaba ni dormido.

Le gustaba sentir la respiración apacible de Eren sobre su pecho.

Le gustaba su calor.

Su olor.

Su decisión de acero.

Cómo se sentía su cuerpo contra el suyo.

Sus labios.

"… Está mal"

"Sale con demasiadas mujeres"

"Eres tan importante como lo son todas ellas"

"No te involucres demasiado"

"No te ates demasiado"

"Aléjate"

Pero no podía.

Diablos, deseaba todo lo contrario.

Ansiaba estar cerca de él.

Dentro de él, en el más real, material e inmaterial de los sentidos.

"Aunque sea mi destrucción"

Hanji no pudo haberlo descrito mejor: Autodestrucción.

Porque, hasta ese punto, Levi estaba destruido, vuelto escombros y polvo por él.


Amanecer con el cuerpo del mocoso enredado entre sus brazos era tan irreal como milagroso. Algo que lo llenaba de las maneras más gloriosas… y de las más crueles también.

Aquello era tan extraño que le parecía no haberse despertado de verdad.

Sentía que Eren desaparecería.

Que su propio cuerpo se evaporaría, como si fuera alguna clase de sueño.

Porque el chiquillo que dormitaba sobre su pecho no podía ser el mismo que lo secuestró, ¿cierto?

Carajo, Eren lucía tan apacible, tan joven… y, a pesar de ello, tan golpeado por la vida, tan quemado con sus propias decisiones criminales y personales. Eren tenía un agarre posesivo, demandante, incluso dormido.

Levi no quiso levantarse, ni levantarlo. En ese sofá, estaba recostado un milagro.

No sabía si tendría la oportunidad de ver a Eren así otra vez, ambos rendidos como esos novios vencidos por el sueño tras una larga charla sobre ellos mismos, sobre su futuro, enredados el uno en el otro…

Eso parecían esos dos.

Un moreno encerrado por los brazos caprichosos de Eren, que parecían jamás querer soltarlo.

Era uno de esos momentos que uno quisiera que duraran una eternidad.


Se había quedado dormido, inevitablemente, con el dulce rumor de la respiración del menor contra su cuello.

Pero, cuando despertó, el chiquillo no estaba… y pasó el resto del día sin su pista.

También el día siguiente.

Levi tuvo dos días para pensar: Había comparado cómo su secuestro había evolucionado… lo insufrible que era el principio, lo mucho que se había adaptado. Pero tenía que reconocer que Eren tampoco era el mismo desalmado de los primeros días… incluso, trataba a Levi como a una persona.

Mentira.

Todo eso era mentira.

No lo trataba como a una persona… había algo más.

En el aire yacía una constante tensión: La misma que lo había llevado a besar a Eren la primera vez, a ignorarlo cuando le dijo "basta"; la misma tensión que lo llevó a dormirse con él en ese sofá y no querer levantarse…

No entendía cómo pasaba… pero, con Eren, las cosas dejaban de ser lógicas, y todo pasaba a convertirse en desorden y caos

Y ése era el mejor y último ejemplo: El día 134.

El día en el que todo se fue al carajo.


Levi siempre encontraba a Eren en la cocina, no había otro lugar. Eran las nueve de la noche cuando un ligero olor a loción capturó su olfato tan fino.

Hey.

Al oírlo, el azabache volteó a ver a Eren de reojo sólo para demostrarle que lo había escuchado.

Pero no contaba con que la mirada gris se le quedaría estúpidamente pegada a él, al menos veinte segundos.

… Eren se veía mejor que nunca.

Y eso que no usaba algo demasiado elegante ni refinado, ni asombrosamente costoso. Pero no cargaba aquella gabardina que lo cubría siempre, sino un cambio ligero en negro… el pantalón de mezclilla ligeramente ceñido, la camisa de manga larga negra con los primeros dos botones desabrochados… y un rosario sobre el pecho de gemas negras. Pero, ¿un rosario católico?

Mierda, que el mocoso se miraba…

—¿Te gusta lo que ves, Ackerman?

El azabache volvió la vista hacia lo que hacía.

—… A quién le va a gustar un mocoso tarado y mal formado. —Fue su respuesta, cuando de pronto oyó un:

—Ah. Pensé que a ti. —Soltó con calma y desfachatez, como si no tuviera un filtro de vergüenza.

Se escuchó un estrépito.

Y, cuando se fijó, a Levi se le había resbalado el plato de las manos, dentro del lavavajillas.

Al ver esto, Eren alzó el rostro, arrogante, algo entretenido por el descuido.

—¿Estamos tirando las cosas, Ackerman?

—Cállate. Le pasa a cualquiera.

—Curioso, porque desde que te conozco, nunca te había pasado. —Señaló el menor.

—Cómo jodes. ¿No tienes que ir a asaltar un banco o matar a alguien o algo así? —Preguntó, entre dientes, enfadado por la distracción.

—No, sólo una reunión.

—¿Y tienen que vestirse así? —Inquirió, mientras Eren se apoyaba a un lado suyo, de espaldas contra la alacena.

Cuando oyó su voz jovial y confiada expresar:

—… ¿te refieres vestirme así como para que te distraigas y tires las cosas? —El moreno ignoró el escalofrío maldito que lo recorrió por la seguridad del chiquillo; o más bien, por su falta de pena—… No, es mi elección de hoy.

—Maldito mocoso presumido —masticó con furia el mayor, sin mirarlo—, crees que todo se trata de ti.

Y, en ese momento, su cabeza sumó dos más dos.

Reunión.

Eren había dicho "reunión".

Demonios.

Siempre que Eren tenía alguna "reunión", acababa llevando a alguna mujer al apartamento… generalmente era Annie, pero había habido alguna distinta…

Mierda, lo haría otra vez.

¿Por eso se había vestido así?

Eren parpadeó, algo confundido, al ver el semblante del moreno ensombrecerse por un segundo. ¿Qué rayos pasaba por esa mente? No tenía ni idea. Nunca había sido capaz de leer al azabache, aunque éste se hubiera mostrado capaz de leer a Eren en bastantes ocasiones…

Así que no supo que por la mente de Levi había cruzado eso… que tenía que ver con la reunión. Que tenía que ver con las mujeres.

Tenía que darle a Eren algo en qué pensar

Entonces, cuando menos lo esperó, el castaño miró a Levi acercarse a él tan bruscamente que el estómago se le subió a la garganta, los ojos verdes asombrándose… cuando el mayor lo empujó contra el lavaplatos; su mano blanca posándose en su pecho y deslizándose hasta su abdomen, sobre aquella camisa negra…

.

Estar tan cerca del azabache era letal.

Se sentía como algo maligno, magnético… que particularmente funcionaba con Eren…

—¿Qué haces…?

Cuando preguntó esto —apenas con su respiración—, sus labios estaban casi apoyados contra los del azabache, barriéndolos inevitablemente al hablar; sus respiraciones mezclándose como algún tipo de lazo demente…

—Nada… ¿quién haría algo contigo? —Murmuró con aquella voz grave, desinteresada.

Cuando oyó al mocoso musitar:

—Sabes que estoy corto de tiempo-

—¿Quién está hablando de hacer algo? —Lo interrumpió.

Y, antes de que Eren pudiera responder, su respuesta quedó ahogada por un gemido tan asombrado como inesperado:

—A-Ah… —articuló, quedito, sus ojos cerrándose inevitablemente con un toque de sensualidad que Levi había oído antes, con Annie, pero jamás causado directamente por él.

El moreno… era un malnacido.

Fue lo que Eren pensó.

Porque, en ese momento, había colado su rodilla para frotar cruelmente la entrepierna de Eren, rozándola con atrevimiento y sin avisar, haciendo que el menor se doblara por la acción descarada, por aquella bendita presión…

—M-Maldito… —refunfuñó— ¿Qué rayos crees qué haces?

—Nada en particular. —Sostuvo el otro, secamente, cuando su muslo volvió a asomarse y rozarse por encima del pantalón del castaño, triturando ligeramente…

Sin embargo, Eren estaba tan cerca de él, que aquel gemido chocó y se coló directo al oído de Levi; el aliento cálido del mocoso le tensó la piel, justo sobre su oreja, dejándole oír su respiración pesada, por lo que él le estaba haciendo… En ese instante, era como tener a Eren entre sus manos, mareándose lentamente por el placer, como si Levi tuviera el control de lo mucho o poco que el menor se calentaba, y la velocidad o intensidad con la que lo hacía…

Diablos, que Eren se excitaba rápido.

Bastante rápido, como un fósforo que se encendía con el mínimo roce…

Un fósforo que, al prenderse, lo quemaba todo. Todo lo que estuviera a su paso.

Empezando por Levi.

.

De súbito, el moreno emitió un gruñido grave cuando Eren lo impactó contra la alacena de madera, para luego brotar un gemido ahogado cuando sintió las manos del menor deslizarse con rudeza por sus muslos, cargando al más bajito para sentarlo sobre el lavaplatos, antes de sentir el choque rabioso y exigente de sus labios. Sintió cómo aquellos brazos rodeaban su cuerpo con hambre, violencia y determinación, estrujando a Levi como un cuerpo deseado y una posesión valiosa…

Maldición, que el mocoso era fuerte.

Y estaba tan marcado por la agresividad y la furia de su trabajo, que Levi podía sentir su fuerza aún sobre la ropa; el cuerpo trabajado y resistente, que las manos de Levi conocieron un poco al resbalar por los brazos de Eren, cubiertos por la camisa larga y negra, mientras el chiquillo lo apretaba con algo que le costaba trabajo calificar.

Con furia, con deseo, con celo…

Mientras sus labios se encontraban repetidas veces, de una manera tan erótica y desordenada, por primera vez en su vida, Levi tuvo la sensación de que estaba teniendo alguna clase de sexo desenfrenado por la boca con Eren… sus dientes marcándolo, su lengua dominando y quemando cada rincón de su cavidad, mientras los labios de ambos chocaban con rabia, mordiéndose y chupándose entre sí, mientras sus brazos estrechaban con más fuerza el cuerpo contrario, acercándolos a un punto que no prometía regreso, sino un ingreso único e inmediato al infierno…

—Nghh, Ackerman… —había logrado pronunciar, con el labio del mayor enredado entre sus dientes, tras morderlo con lascivia; tan vulgar, tan descarado, tan arrebatado… justo como Levi lo odiaba y, en silencio, lo ponía mal.

—Sí. Mierda, sí. —Gruñó.

El castaño no tenía que preguntarle si quería tener sexo con él.

Realmente no tenía.

La escena en sí lo vociferaba por el aire y por las paredes. Entonces, el chiquillo no tenía que perder un segundo en preguntas innecesarias…

Al contrario, Levi tenía un mejor uso para su boca, como prisionera entre sus labios y esclavizada por su lengua; cuando sintió al castaño enredar las piernas del azabache en torno a su cintura, para arrancarle otro gemido profundo y grave al sentir la fricción entre ambos, un encuentro endurecido bajo la tela del pantalón de los dos…

Cuando oyó aquella voz de infierno asegurarle:

—Je. Tras cinco meses sin sexo, te sabrá a gloria, Ackerman.

Pero su respuesta fue tan dura como inmediata:

—Cállate, estúpido. Aunque durara diez años sin coger, si es contigo, apuesto a que ni me entero de que tuve sexo… —Lo riñó, haciendo a Eren sonreír con interés.

El sarcasmo del azabache lo volvía loco.

—Te vas a arrepentir de haber soltado eso… —Le advirtió.

—No lo creo, mocoso.

Cuando su boca le prometió, peligrosamente:

—Juro que te voy a dar tan duro que no podrás pararte en un mes…

—¿ a ? —Preguntó, su mirada gris comparándolos de una manera tan fría como si lo estuviera llamando "gusano" por los ojos— No seas ridículo, que se nota que tú eres la gata muerta de ganas… —refunfuñó contra el oído de Eren, percibiendo las respiraciones frenéticas y desacompasadas de ambos— Mira que gritar como una zorra en celo sólo por unos dedos en tu culo… —determinó, con frialdad y pena ajena. —Si eso lograron unos tristes dedos, sin duda, yo voy a hacerte mierda, mocoso.

La sonrisa de Eren se acentuó.

—Ja, pobre, hasta cree que voy a recibir. —Se burló el menor.

—Pues esa noche estabas tan complacido recibiendo… —Dejó escapar, en un murmullo helado pero devastador.

—No sé de qué hablas.

Sin duda, el menor lucía realmente confundido.

—Ahora te vas a acordar de todo lo que hiciste… —Le advirtió el mayor, con un tono que prometía el peor de los castigos…

—¿Eh? —Alcanzó a preguntar Eren, para después sentir que los labios del mayor regresaban a atacarlo, a restregarse deliciosamente contra los suyos, a atarlo, a dominarlo…

… para luego oír aquel timbre del teléfono que los congeló en pleno acto.

Sin embargo, cuando los labios de Eren buscaron los del mayor en un claro gesto de desinterés por el timbrazo, el azabache le ordenó:

—Contesta esa mierda. —Demandó, fastidiado por el tono incesante.

—Es por la reunión, nada importante. —Admitió, con prisa— Sólo es para joderme con que debí haber llegado hacía una hora. —Respondió, y el mayor sintió los labios de Eren pasearse por su cuello pálido, suavemente pero marcándolo; aquel contacto tan íntimo hizo que su mano blanca apretara devotamente los cabellos castaños…

Otro timbrazo.

Al tercero, fue cuando el mayor refunfuñó:

—Mocoso.

—No lo escuches.

—Mierda, Er-

Pero fue cortado por un beso más, dulce con sabor a locura contra sus labios…

—Ignóralo. —Sentenció, en voz baja y ligeramente oscurecida de ganas, causando que el joven enredado en su cintura sintiera un escalofrío por su espina dorsal…

Deseo. Tanto deseo en la voz de Eren.

Tanto, que a su cerebro le costaba trabajo asimilarlo…

Pero cuando el castaño estrujó las piernas del mayor en torno a su cadera —de una manera tan hambrienta como si los dedos de Eren saborearan sus muslos, al apretarlos exquisitamente—, Levi se sintió separado del lavavajillas, y notó cómo Eren hacía amago de cargarlo para llevarlo a lo que juraría sería su habitación; para tenderlo en lo que sería su colchón y su perdición…

Levi vería el mismo techo que todas esas mujeres.

Rasguñaría la misma espalda.

Besaría los mismos labios.

Mierda, ¿por qué pensaba así?

Lo ansiaba. ¿Y qué si había estado con alguien más?

En ese momento, era sólo para él… sólo de él.

Cuando oyó el cuarto intento de llamada, acabó diciéndole:

—Maldita sea, ve.

—¿Qué? —Gritó el menor, mucho más alto de lo que esperaba— ¡No! ¿Estás-?

—Tienes que ir, ¿no?

—Luego pensaré en alguna tontería. No es tan import-

—Parece urgente. —Lo interrumpió el mayor— Aunque nos acostemos… vas a estar pensando en quién mierda te estará llamando, cómo vas a enfrentar que no fuiste, qué maldita excusa vas a dar… estarás en la cama pero tu cerebro de mocoso estará flotando en otro lado.

—No. Carajo, no- —se apresuró a negar, cuando escuchó al mayor declarar, seriamente, su mano blanca deslizándose por el pecho de Eren como si ya lo hubiera declarado como suyo…

—Si lo haces conmigo —comenzó, con ese tono posesivo y devastador—… en tu estúpida mente me vas a tener a mí y nada más. —Señaló. —En ese momento, el mundo se irá a la mierda y al infierno, que se destruya si lo tiene que hacer. —Declaró— Pero tú… vas a estar concentrado gimiendo como un desquiciado para mí, perdido en lo duro que te estoy dando… y nada más. —Subrayó, con fuerza.

—Desgraciado… —gruñó el castaño, enfurecido— ¿Me la pones dura y luego me haces para atrás? Que te jodan, Ackerman.

—Cuando vuelvas arreglamos cuentas.

—No olvidaré esto. —Siseó el menor, furioso.

—No, será mejor que no lo olvides… —rumió en su oído, rozando otra vez aquella parte entre sus piernas que hizo a Eren retorcerse— tampoco olvides comprarte unos diez cafés de regreso, te van a hacer falta…

—Juro que volviendo te haré pedazos…

—… Dijo "el que le destrozaron el culo". —Completó el mayor, cruelmente, haciendo al más joven sentirse más pequeño de lo que ya era— No me hagas reír, idiota. ¿Que me vas a destrozar a ? —Abrió irónicamente la pregunta— Estás a mil años luz de que me la metas.

—Tampoco olvidaré que dijiste eso. —Murmuró el menor.

—Ya lárgate. —Azotó el moreno enlazado en su cadera, viendo esa sonrisa teñida de descaro y de reto, para luego advertirle al oído:

—… Voy a disfrutar en grande cuando te pongas a gatas, Ackerman, y separes tus malditas piernas para mí. Puedo ser increíblemente persuasivo.

—Sí, llévate tus tonterías a la reunión. —Aventó, con expresión indiferente— Cuando regreses vemos quién se jode a quién.

—Vas a llorar, Ackerman. —Apuntó, sintiendo su respiración chocando con la del moreno, a centímetros de su rostro—… Al día siguiente, acabarás suplicándome que te cargue en mis brazos para ir al baño de lo mucho que te dolerá caminar…

—Mira, tú describiendo tu reflejo. Curioso. —Consideró, con burla, mientras Eren lo veía de mala gana y lo bajaba de su cuerpo, apartando las piernas de su cintura para dejar a Levi de pie frente a él.

Ya se las pagaría regresando. En la reunión planificaría toda su venganza…

—Luego te veo. —Decidió el castaño.

Sin embargo, por mucho odio contenido en sus voces…

No evitaron aquello.

El beso rápido pero orgulloso antes de que Eren se fuera.

—Ya me voy.

—A quién le importa. Sólo vete, idiota.

—Ugh. Tienes el carácter del diablo. —Opinó el castaño— Ni idea del porqué te quiero coger con esa actitud tan infernal que tienes-

—Cállate, que tú tampoco eres monja. —Contraatacó el mayor— Y di las cosas bien: "Ni idea del porqué quiero que me cojas, con esa actitud tan infernal que tienes".

—Que te den.

—Lo guardo para ti.

—Vete al diablo. —Espetó el menor, pero con una sonrisa tan entretenida por la discusión que, para lo poco que lo había visto sonreír, Levi pensó que tantas sonrisas le harían doler las comisuras de los labios…

… y que difícilmente traería al apartamento a una mujer.

Eren ya tenía demasiado en que pensar.

Y sabía con quién desquitarlo.


De haber sabido que la reunión sería aquella grandísima porquería, se habría quedando en el apartamento dándole a Levi hasta enloquecerlo.

Eren sentía que la cabeza le explotaría. Quería que el mundo se fuera al infierno y que todos se quemaran en él. Estaba tan ciego de la furia que no pensaba, que ni siquiera escuchaba a Annie gritando tras él para detenerlo.

—¡Bastardo suicida! ¡Eren!

Cuando sintió un tirón brusco que lo hizo reaccionar con brutalidad, a punto de empujar a la chica, y sintió esa patada que lo hizo caer; un dolor punzante se extendió por sus piernas, insoportable…

—¿Cuándo vas a entender que en enfrentamientos físicos no puedes ganarme? —Preguntó la rubia, con voz exigente— Siempre acabas en el piso, echada en la tierra como mi perra.

—¡Maldita sea, Annie! ¡Suéltame! —Le gritó, iracundo, retorciéndose bajo el cuerpo bajito pero bien entrenado de la chica— ¡Que me sueltes, puta! ¡Arghhh! —Se quejó sonoramente, cuando la chica le torció el brazo hasta tronárselo.

—Cuida cómo me hablas, idiota.

—¡Déjame ir! —Demandó, con voz fuerte, colérica.

—Eren, habla conmigo. —Le pidió— Parece que vas a hacer una locura.

—¡Eso a ti te vale mierda! Te vale- aghhh —gimió, cuando la chica torció su brazo tras su espalda lastimándolo más, hasta que su voz se volvió un quejido impotente, avergonzado al saberse vencido por ella.

—Lo escuché: Te hicieron responsable de la liberación de Ackerman.

El joven gruñó y aventó:

—Como siempre, metiendo tu enorme nariz en lo que no te importa, aaghhh- —gimoteó de nuevo al sentir aquel apretón volverse más potente.

—Sé que todas tus liberaciones han sido fracasos. —Señaló ella— Todos esos secuestrados han acabado muertos.

—Suéltame… —Murmuró, con rencor.

Temes que te ordenen matar a Ackerman. —Sentenció la chica— Estás muerto de miedo, maldita sea.

—No-

—Eren, te volviste loco en la reunión. —Recordó ella— Te pusiste a gritar que ése no era tu trabajo, sino negociación, te largaste como un maniaco…

El castaño no respondió.

—He escuchado sobre tus liberaciones. Nadie ha salido vivo. —Declaró Annie— Te lo dejaron a ti porque, si algo sale mal, saben que tú eres el mejor asesino entre nosotros. Y Ackerman es un tipo difícil… es ingobernable.

—Ya déjame, maldita metida-

—Tienes que sacar a Ackerman de ahí. —Sentenció ella— La cosa no saldrá bien.

El chico no se movió.

—Ya lo hicieron, ¿no? —Inquirió la chica, bruscamente— Rayos, ¿tienes los labios así porque tuviste un encontronazo con él?

—Qué te importa. —Masticó el castaño, enfadado.

—Estás demasiado enredado en esto. Demasiado. —Observó ella, con un tinte ligero, pero muy ligero, de preocupación.

Fue entonces cuando miró al chico hacer un puño contra el piso, enfurecido.

—No quiere irse, Annie, no quiere…

—¿No serás tú el que no quiere que se vaya?

—No. Es él. —Contestó, en voz baja.

—Eren, no tengo que decirte el resultado de esto. —Aseguró ella— Tú lo has visto personalmente.

El castaño no contestó.

—… Estás clavado por él. —Afirmó la chica, con voz fuerte— No lo mates.

El castaño cerró los ojos, presionado, agobiado, desesperado.

Y, de pronto, Annie lo vio relamerse los labios, como si rescatara en su boca los vestigios de un beso dulce y tan deseado… que posiblemente no podría volver a tener.

—… Entiendo.


Fin del capítulo 10.

Notas: Hola. Gracias por leer y a quien se tomó un momento para comentar el capítulo anterior. Fue un placer leerles, de verdad, me animaron mucho a continuar; ya he respondido por PM o chat.

Cualquier crítica constructiva o comentario es bienvenido.

Un abrazo.