Eternidad

capítulo 10: Caer, parte 2.

Anna bajó las escaleras, a paso lento, con el mal presentimiento perturbandola. En su mano derecha la bolsa azul con el collar y el libro guardados. Entrando al baile, no había casi nadie, sólo unas contadas personas.

Los cristales del collar aún brillaban dentro de la bolsa, pero no podía distinguirse de la luz del gran salón.

Al dejar de lado sus pensamientos y volver a la realidad, se percató de que hacía frío, más de lo normal, lo cual provocó a la princesa algo de preocupación.

—¿Qué sucede?— soltó la pregunta sin pensarlo, sabiendo que los demás también debieron darse cuenta de la anomalía en el clima.

—Está nevando.— le mencionó Kristoff a su esposa, acercándose a ella. Él, al igual que ella, estaba preocupado, y con buena razón.

—¿Elsa?— se cuestionó a sí misma, en voz baja.

—No puede haber sido ella.— se acercó Olaf, a su lado venía Anders—. Ella estaba bien cuando la vi...— se le ocurrió una idea—. ¡Anna! ¿Crees que podría ser...?

—No.— la simple idea era inquietante, imposible de considerar, pero era una posibilidad que le aterraba.

La posibilidad era abrumadora, pero aún con eso, Anna salió del gran salón, saliendo al aire libre, donde hace unas pocas horas tenían la pista de hielo y ahora no había nada. Al salir de esos muros y bajar unos escalones, logró verlo a la distancia. La aurora, pero no una aurora cualquiera, sino la misma aurora de la Reina de las Nieves, era la aurora que tanto había visto en sus pesadillas.

Quiso gritar, correr, llorar. La bruja que se llevó a su bebé estaba tan cerca. Bajó la mirada y notó un camino de hielo en el agua, pero este se comenzaba a derretir.

—Elsa...— no sabía las razones, no conocía la situación, pero sabía que Elsa se dirigía a la montaña del norte, a la aurora.

Su hermana, su bebé, la Reina de las Nieves. Tantas cosas que la paralizaron en un miedo helado.

—¡Anna!— Kristoff llegó hacia ella, recargó sus manos en los hombros de su mujer para después darse cuenta qué la tenía tan paralizada—. No puede ser...

Eso bastó para que Anna saliera de su trance. Esta vez no iba a dejar huir a esa reina. Tantos años buscando a la desgraciada, no la iba a perder ahora, no hasta recuperar a su hijo.

La princesa salió corriendo hacia los establos, seguida por Kristoff, tomaron un par de caballos y galoparon a dirección de esa aurora, siguiendo el camino de hielo que había formado Elsa en el agua. Ellos se fueron sin dar explicación a nadie.

—¿Qué sucede?— preguntó Anders, preocupado, sin entender la situación ni el alboroto.

—¡La Reina de las Nieves regresó!— exclamó Olaf, alarmado, dando vueltas de un lado a otro sin saber qué hacer. Anders lo miró, aún sin comprender—. Es una mujer con poderes de hielo como Elsa, pero ella es mala, ¡ella se llevó al bebé de Anna!

—¿Y Elsa fue hacia allá?— el príncipe se asomó para observar la aurora y el sendero de hielo en el agua que estaba a punto de desaparecer.

—Seguramente quiere salvar a Christian ¡pero se fue ella sola! ¡y Anna y Kristoff también me dejaron aquí! ¡La última vez que la Reina de las Nieves apareció pasaron cosas malas! ¡No puedo dejar a Elsa sola otra vez, aunque me pida que no la siga!— en ese momento Sven llegó corriendo, le dio un empujón a Olaf, indicándole que estaba listo para seguir a Elsa—. ¡Sven! justo a tiempo.— se alegró Olaf. Él, con algo de dificultad, logró montarse sobre Sven, una vez arriba, miró a Anders—. Vamos, sube.

—¿Qué?—se sorprendió ante esta petición.

—Elsa podría estar en peligro, tenemos que ir a salvarla.— le dijo, apresurado. Anders retrocedió un paso—. Tú eres su príncipe, tienes que ir. Sólo tienes que enfrentarte a una peligrosa y malvada bruja, no es nada.

Anders retrocedió más. Sólo podía recordar, hace mucho tiempo, cuando intentó ayudar a su hermanito más pequeño, las cosas habían salido muy mal. Jamás pensó en enfrentarse a algo como esto.

—Lo siento, yo... no puedo. No puedo ayudar a nadie.— él tenía miedo, temblaba. Sabía que estaba haciendo mal, su cobardía lo avergonzaba, pero lo que más dolía es que sí quería ver a Elsa a salvo... pero sólo no podía.

—Pero...— Olaf trató de hacerlo razonar, mas no pudo hacerlo porque Sven se desesperó y salió corriendo hacia el bosque, saltando al hielo sobre el agua y este, al ser tocado, se hizo trizas, pero resistió lo suficiente para que ambos cruzaran.

Anders los vio partir y se maldijo a sí mismo. Odiaba tanto haber sido un inútil. Pero había tantas cosas en su pasado que ahora cargaba, eran suficientemente pesadas como para no permitirle tener valor. Él sólo había crecido con la idea de que si trataba de proteger a alguien, saldría lastimado. No podía luchar contra eso ni esto.

.

La nieve caía con lentitud, la reina de Arendelle caminaba por el bosque, rodeada de una enorme sombra. No podía detenerse, sus piernas se movían en contra de su voluntad y tener esa criatura maligna tan cerca hacía que la mujer quisiera llorar mientras gritaba, pero no lo pudo hacer, no bajo el control de ese ser.

Después de largos y dolorosos minutos, Elsa llegó a la montaña, contempló su palacio de hielo, que aún permanecía ahí, aunque un poco desarreglado, sobre él estaba la aurora. Aún trataba de resistirse, pero la sombra la controlaba y dirigía por los escalones hacia dentro del palacio, una vez adentro, las puertas se cerraron.

Finalmente la liberó, Elsa pudo moverse a su voluntad, el espantoso dolor en el pecho cesó. Ella respiró profundamente, soltando unas lágrimas de terror. La sombra soltó una risa, haciendo que Elsa sintiera un escalofrío. Era una risa muy perturbadora.

—Elsa.

La reina de Arendelle, tan pronto escuchó esa voz, la reconoció. Elsa se giró y pudo ver a esa mujer de ojos centelleantes, vestido blanco resplandeciente, piel pálida y cabello rubio. La Reina de las Nieves.

—¡TÚ!— le lanzó un ataque, apuntando justo en la cara, pero la mujer fantasmal y helada lo detuvo—. ¡DEVUÉLVEME A MI SOBRINO!— bramó con mucha fuerza, continuando sus ataques de ráfagas de hielo que a la otra mujer le eran fáciles de evitar.

—Detente.— le pidió, con voz frugal.

La sombra rodeó a Elsa y esta ya no pudo moverse más.

—¡Tú has causado tanto daño!— gritó, tratando de liberarse del control de ese ser maligno, pero estaba prácticamente congelada, sin poder moverse ni un centímetro—. ¡La última vez no sólo te llevaste a Christian! ¡Mataste a Malvavisco! ¡Mataste y heriste a muchos guardias!— comenzó a llorar sin control, con miedo e ira—. ¡¿Qué demonios pasa contigo?!

—Suéltala.— ordenó la Reina de las Nieves a la sombra, esta la obedeció. La fría reina se acercó lentamente a Elsa. Elsa se asustó, extendió sus brazos hacia la malvada reina, amenazando con atacarla aunque sabía que no tendría efecto—. Yo no maté a tu monstruo de nieve.— aclaró, con voz firme y helada.

—¿Eh?— esa declaración la hizo confundir y bajar la guardia por un momento, pero no iba a creer algo como eso. Elsa volvió a ponerse firme y se indignó—. ¡Tú lo mataste! ¡te vi destruirlo!

—No es así.—negó levemente con la cabeza—. Lo destruí, pero no lo maté. Lo llevé conmigo.

Elsa recordó aquella vez, cuando la vio alejarse con Christian. Antes de que huyera, la Reina de las Nieves había recogido algo de la nieve, justo donde había destruido a Malvavisco.

—En ese momento tú...— esta vez sí lo creía, pero no cambiaba nada—. No te conformaste con llevarte a Christian ¡también te llevaste a Malvavisco! ¡¿Qué esperas obtener?!— gritó, furiosa, con las mejillas empapadas en lágrimas.

—¿Qué son tus muñecos de nieve para ti?— preguntó con seriedad, pero en el fondo sentía mucha curiosidad e interés de saber la respuesta de Elsa—. ¿Por qué te importan? Son sólo creaciones; a diferencia de mí, tú puedes crear más.

—¡Son mi familia!

—¿Los consideras tus hijos?

—¡No es así!— se alteró. Se dio cuenta de que algo estaba mal, miró a su alrededor, dándose cuenta de lo que faltaba—. ¿Dónde... están?

Se supone que ese palacio de hielo no está desolado. Hubo un tiempo en el que Elsa creó muchos pequeños muñecos de nieve, los había mandado a vivir ahí junto a Malvavisco, y aunque Malvavisco ya no estaba desde hace más de dos años, esos muñequitos aún deberían estar ahí, los había venido a visitar días atrás, pero ahora no había rastro de ellos.

—Me los llevé hace poco.— dijo la helada mujer, sabiendo a lo que se refería Elsa.

—¡Eres un ser despreciable!— le gritó—. ¡Regresamelos a todos! ¡Devuélveme a Christian!— atacó con otra ráfaga de hielo, pero, de nuevo, la Reina evadió el ataque—. ¡¿Qué buscas de todo esto?!

—Busco ayudarte, Elsa.— dio unos pasos hacia la chica, Elsa retrocedió.

—¿Qué?

—Cuando te conocí me di cuenta de que eras especial, de que eres como yo.

—¡Tú no te pareces en nada a mí!— exclamó la reina de Arendelle—. ¡Apártate!

—Hace dos años y medio, cuando noté lo valiosa que eras, te clavé un trozo de cristal en el corazón.— era verdad, Elsa recordaba ese horrible dolor, también lo sintió cuando aquella sombra la manipulaba.

—¿Es por tu culpa?— dedujo Elsa, asustada—. El cristal en mi corazón es la razón por la que no puedo enamorarme ¿cierto?

En ese momento, la sombra, que se mantenía al lado de la Reina de las Nieves, comenzó a soltar escalofriantes carcajadas. La helada reina sólo negó con la cabeza.

—Las emociones negativas en tu interior las creaste por cuenta tuya, yo no he tenido nada que ver.— le dijo con calma, casi con suavidad. Elsa se consternó—. Incluso en este momento tú buscas una justificación a lo que sientes ¿no es así?— Elsa retrocedió aún más, habiéndose descubierta por la otra reina—. Pero ya sabes la verdad tras tus sentimientos, tú no eres una buena persona.

—¡Ya basta!— quiso atacarla de nuevo, pero aquella sombra la volvió a detener.

—Tú eres más poderosa que un pequeño pedazo de cristal.— estiró su brazo derecho hacia Elsa y con sus poderes logró arrancar ese cristal del corazón de la otra rubia. Cuando la Reina obtuvo el cristal se dio cuenta que era sólo un polvillo pequeño, más pequeño que un copo de nieve y casi indistinguible. Se asombró, cambiando, por un momento, su expresión fría. Cuando le había clavado ese cristal a Elsa, era un pedazo considerablemente más grande. Elsa lo había absorbido—. Eres... mucho más poderosa que un pedazo de cristal.

—¿Por qué habías clavado un cristal en mi corazón? ¡Dime!— la respiración de Elsa era agitada y se sentía cansada debido a la salida del cristal maldito de su pecho.

—Eres una Reina de las Nieves como yo, así que un pedazo de cristal no te afecta como afectaría a cualquier otra persona, aunque el Maligno pueda controlarte al estar el cristal dentro de ti.— le respondió con calma y paciencia—. Yo tengo el poder de localizar todos los cristales del espejo, pero tú eres la única pieza del rompecabezas que yo no puedo ver. Al tener el cristal dentro tuyo, me permitía observarte, conocer tus sentimientos, así cuando tus emociones se descontrolaran, cuando te vieras arrastrada a la oscuridad, yo podría venir por ti.

—¿De qué estás hablando?— retrocedió unos pasos, asustada. No entendía nada, pero se sintió avergonzada. Era verdad, ella se estaba oscureciendo por dentro, poco a poco.

—Al descubrirte, entendí lo que te pasó. ¿Tú madre nunca te lo contó?

—¿Mi madre? ¡¿Qué tiene que ver mi madre con todo esto?!

—No es coincidencia, Elsa, que tus poderes vengan de nacimiento. No fue cosa del destino, no fue al azar. Mas no fuiste escogida, fue un accidente lo que te convirtió en lo que eres, que te convirtió en alguien como yo. Tu madre guardaba un secreto muy oscuro, tu nacimiento no fue normal.

—¿Qué quieres decir?— quiso retroceder más, pero ya estaba pegada a los muros del palacio—. No puedo creerte.

—En el fondo me crees ¿no es así? Dime que no sospechas de tu madre.

Elsa lo pensó, recordó algo de su niñez. El libro favorito de su madre, el que nunca terminó de leerles, el libro que mencionaba ese espejo maldito que la mujer espectral había mencionado. Ese libro trataba de la Reina de las Nieves. No podía ser coincidencia.

Toda su vida se había preguntado ¿Por qué ella? ¿Por qué le tocó llevar esta maldición? ¿Su madre siempre lo supo y nunca le dijo nada? Por primera vez, desconfió de su progenitora.

—Yo te conozco más de lo que tú sabes de ti misma.— dijo la Reina de las Nieves, con voz compasiva—. Siento decirlo, pero probablemente no seas hija del rey.

—¡Eso es mentira!— estalló Elsa con furia—. ¡Tú sólo mientes! ¡Tú no sabes nada de mí!

—¡Quiero contarte toda la verdad! ¡todo lo que te ocultaron! ¡Déjame ayudarte, Elsa!

—¡No necesito ayuda, menos de una mala persona como tú!— entre sus gritos, Elsa formó grandes cristales de hielo que relucían de un rojo resplandeciente.

—¡Tú te convertirás en una mala persona y no podrás hacer nada al respecto!— exclamó y, fuera del palacio, la aurora se agitó violentamente—. ¡Sabes que tus sentimientos pueden causar mucho dolor y sufrimiento! ¡Yo sé lo que se siente sentir algo que no deberías! ¡Si vienes conmigo podrás escapar, justo como deseas! ¡Deseas abandonar este reino y sus habitantes! ¡deseas dejar de ocultar tus emociones de ti misma!

—¡Tú no sabes nada de lo que yo deseo!— soltó más lágrimas, abrazándose a sí misma, con una ventisca rodeándola, agitando su cabello suelto y su vestido.

—Deja de mentirte.— la mujer espectral se calmó y al poco tiempo recobró la compostura que perdió—. Te estás lastimando, ¿quieres lastimar a alguien más?— Elsa se cubrió los oídos, no queriendo escuchar—. La ayuda que te ofrezco es una oportunidad de escapar, como querías. No te resistas, sólo harás más doloroso lo inevitable.

—¡¿De qué te serviría a ti ayudarme?!

—Sólo te necesito conmigo.

Era una tentación muy fuerte, aceptar la oferta que le ofrecían, el poder huir de sus sentimientos que empezaban a ser la maldición más dolorosa con la que se haya enfrentado. Eran unos sentimientos malditos, unos sentimientos que comenzaban a consumirla y volverla loca. Un sentimiento puro y real que se había vuelto aterrador y prohibido.

¿Qué aceptar? ¿la oferta de una bruja? ¿o quedarse a la merced de la locura? Ambas eran tentaciones, ambas implicaban aceptar sus sentimientos prohibidos. Caer al abismo podía llegar a ser tan fácil.

—Jamás aceptaría algo de ti. Quiero que me des a Christian.— habló con voz firme.

La Reina de las Nieves cerró los ojos, frustrada. La sombra se acercó a su oído y dijo algo que incluso Elsa pudo escuchar.

"Nunca se irá contigo, no con Christian de por medio" su voz era tan siniestra.

La mujer de hielo lo entendió, se acercó a Elsa a paso lento, y ella no tenía a dónde huir. La Reina de las Nieves se iba a llevar a Elsa, pero no en contra de su voluntad, de esa forma no serviría de mucho. Necesitaba que Elsa escogiera irse, y si para eso tenía que hacer trampa, si tenía que remover cosas innecesarias en la mente de la joven reina, lo haría.

A su vez, la sombra se dio cuenta de que unos intrusos se acercaban, así que salió del castillo, dejando ambas reinas solas. La Reina de las Nieves le dio un delicado beso a Elsa en la frente, y este beso era malvado, además de que, al tacto, era más helado que un bloque de hielo y tan doloroso como la muerte misma.

.

Anna y Kristoff llegaron a la montaña del norte con rapidez, siguiendo el atajo que había tomado Elsa. Lo primero que notaron fue de lo más impactante. El palacio de hielo se quebró en miles de trozos que, al caer sobre la nieve de la montaña, formó una bruma que hizo casi imposible ver el paisaje y lo que sucedía adelante.

—¡Elsa!— la llamó Anna, bajando del corcel al igual que Kristoff. Nadie respondió, tampoco lograron verla.

Sólo sabían que encima de donde estaba antes el palacio estaba la aurora de la Reina de las Nieves y que Elsa estaba con ella.

Tenían cuentas pendientes con esa malvada reina bruja. No iban a permitir que la mujer que se robó a su pequeño recién nacido volviera a escapar. Ambos se tomaron de las manos y caminaron a dirección de esa aurora. Estaba nevando, pero no demasiado, sólo estorbaba esa niebla de nieve que se negaba a desaparecer.

El sonido de una ráfaga al pasar al lado de ambos los puso en alerta. Algo los estaba observando y siguiendo de cerca.

—¿Qué fue eso?— preguntó Kristoff, con seriedad, preocupándose a su vez de la seguridad de su esposa.

De su escondite salió la sombra, como una aparición fantasmal. Obviamente la pareja se asustó al verlo ya que con claridad se podía notar que esta criatura no era un ser mortal, mucho menos algo bueno.

La sombra soltó múltiples carcajadas viles y de sonoro eco. Los rodeó y les impidió avanzar.

—¡¿Qué es eso?!— exclamó Anna, aterrada. Nunca en su vida había presenciado algo tan aterrador.

—¡Aléjate de aquí!— gritó Kristoff al monstruo, pero la criatura sólo sonrió con maldad.

La sombra se abalanzó sobre Kristoff, atacándolo, dándole rasguños y mordidas cual ser demoníaco. Anna quedó en shock por un momento, tembló de terror e impotencia. Pero, entre esa escena escalofriante, Anna recordó que aún llevaba esa bolsa azul que Chickie le había entregado, dentro los cristales aún brillaban. Fue entonces que la princesa pudo recordar una de las advertencias de esa mujer bandida.

"¡Hagas lo que hagas, aléjate de las sombras!"

¿Y si este monstruo era la sombra a la cual se refería? Eso sólo significaba una cosa, algo dentro de la bolsa que le había dado Chickie serviría para protegerla. Anna sacó los cristales, que brillaban ahora mucho más que una vela, era una luz deslumbrante. Corrió hacia la criatura que atacaba a su esposo.

—¡Déjalo en paz!— saltó sobre él, golpeando a la criatura con los cristales luminosos.

El monstruo se alejó al instante, soltando gritos perturbadores y agudos de dolor. De alguna forma había funcionado. Esos cristales... servían contra esa sombra. Chickie sabía que todo esto iba a ocurrir ¿pero cómo?

—¡Kristoff! ¡Kristoff! ¿Estás bien?— se acercó a su esposo, lo sostuvo entre sus brazos y lo abrazó con fuerza. Él estaba bien, las heridas no fueron muy profundas.

—¿Qué fue eso?— preguntó, casi alterado, sorprendido.

—Esto...— mostró los cristales oscuros cuya luz se había calmado.

—¿De dónde lo sacaste?— tomó el collar en sus manos, analizándolo con curiosidad e impresión. Ese tipo de cristales, los conocía...

—Me lo regalaron.— contestó, preocupada por la reacción de su esposo.

—¿Quién?— la vio a los ojos, serio.

La sombra se levantó de la nieve y se acercó a Anna en un instante, dispuesto a atacarla por lo que le había hecho. Ella ya no tenía los cristales en su poder, ahora Kristoff los tenía. Ahora la sombra podría lastimarla a ella. Pero se detuvo, no pudo herir a la princesa Anna.

Una de las mayores debilidades de esa sombra era que no podía herir a las criaturas inocentes. Anna llevaba una criatura inocente en su interior. El bebé en su vientre no la protegía tanto como podría protegerla los cristales, pero el niño no nato era suficiente para que la sombra no pudiera ni siquiera tocarla. El monstruo gruñó de ira, no podía atacarlos a los tres.

El paisaje ya estaba despejado de la bruma. Al superar a duras penas el susto de la ya derrotada sombra, la pareja logró a alcanzar a ver que debajo de la aurora, donde se encontraba el palacio ya destruido, efectivamente ahí se encontraba la Reina de las Nieves junto con Elsa.

—¡Elsa!— la llamó con todo lo que dieron sus pulmones. Subió los escalones y, una vez arriba, corrió hacia ellas, sabiendo que su hermana la había escuchado.

—¡¿Qué está pasando, Elsa?!— preguntó Kristoff, que también se acercó a ambas reinas de hielo.

Elsa tembló ligeramente, como si sintiera un escalofrío, se dio la vuelta para mirarlos. Ella mantenía una cara aterrada.

—¿Qué están haciendo aquí?— les preguntó, asustada. Todo su valor parecía haberse desvanecido de alguna manera.

—¡¿Por qué más estaríamos aquí?!— gritó Anna, no comprendiendo a su hermana—. ¡Esa bruja es la que se llevó a Christian! ¡No nos iremos sin él!

Elsa hizo una expresión de incomprensión, frunció el ceño en completa confusión. Con voz que demostraba su ignorancia y, a la vez, miedo, preguntó.

—¿Quién es Christian?

El maligno beso helado de la Reina de las Nieves era una de sus habilidades. Con ese beso podía borrar o incluso cambiar los recuerdos de una persona. En este caso , decidió únicamente borrar a Christian de la memoria de la reina de Arendelle. No necesitaba borrar más de su mente, todos esos recuerdos dolorosos, inclusive los alegres, reforzaban la oscuridad que poco a poco surgía del helado corazón de Elsa.

Una vez eliminado el recuerdo de Christian, Elsa se quitaba el peso de esa responsabilidad de encima. Se eliminaba lo que le daba valor contra la Reina de las Nieves. Eliminó parte del odio que sentía hacia la reina bruja y, de esta manera, la posibilidad de irse a su lado sonaba como una opción considerable, ya que, al no tener el dolor que le causaba la perdida de su sobrino, había un solo dolor que devoraba su alma. Un dolor cuya única oportunidad de ser curado era apartarse para siempre de lo que la hería.

—¡¿Cómo que quién es Christian?!— reclamó Kristoff ante la falta de entendimiento de su cuñada—. ¡Es nuestro hijo! ¡tu sobrino!

—¿De qué están hablando?— Elsa retrocedió un paso hacia atrás, hacia la mujer espectral—. ¡No debieron seguirme aquí! ¡esto no es asunto suyo!

—¡¿Qué estás haciendo, Elsa?!— gritó Anna, con mucha ira—. ¡¿Por qué hablas con esa mujer en vez de golpearla?! ¡dile que regrese a mi hijo! ¡¿Y qué pasó con este lugar?! ¡tu castillo se hizo trizas!

—Elsa ha sido liberada.— habló la Reina de las Nieves, con voz imponente—. Los muros de su corazón se han roto.

—¡¿Qué le hiciste?! ¡¿por qué no recuerda a Christian?!— gritó al princesa con todas sus fuerzas, casi llorando del coraje—. ¡¿Que acaso piensas llevártela también?!

—¡Regresa a nuestro hijo!— exclamó Kristoff, furioso.

La mujer espectral levantó un gran muro de hielo que las separó de ese par. A Elsa le latía muy rápido el corazón y su respiración era agitada; fijó su vista en la reina malvada, con ojos asustados.

—¿De qué están hablando?— preguntó con un hilo de voz, abrazándose a sí misma con fuerza, sintiéndose perdida.

—Están mintiendo.— le dijo con claridad.

—¡Anna no me mentiría!

—Lo hacen porque te quieren, Elsa.— llevó su blanca mano a la mejilla de Elsa, viéndola profundamente a los ojos—. Ellos te aman, querida, pero no puedes quedarte aquí. Si revelas tus sentimientos van a despreciarte, pero si los guardas para ti misma vivirás una vida que no deseas. Tú deseas huir. Ven conmigo, Elsa.

—Yo... yo...— ahora sin Chistian en su memoria, las palabras de la mujer que tenía enfrente resultaban tener más sentido. Se puso a llorar lágrimas de inocencia—. No sé qué hacer.

—Querida niña, tú dolor es tan inmenso, ya no puedes contener tu corazón inquieto.— Anna y Kristoff golpeaban el muro del otro lado, pero no obtenían resultados. Elsa no escuchaba más que las palabras de esa bella reina de nieve—. Además, conmigo podrás conocer por qué naciste con esta maldición, el por qué de tus poderes, te contaré lo que sé de tu madre.

—¡Creí que podía ocultarlo! ¡jamás pedí tener estos malditos sentimientos! ¡sentirme de esta forma es peor que una maldición! ¡Soy una persona terrible!— cubrió sus ojos con ambas manos enguantadas. La otra reina le apartó sus manos del rostro y, con delicadeza, quitó ambos guantes, haciendo así que la ventisca al rededor de Elsa fuera más fuerte.

—Así como ya no le temes a tus poderes, no debes temer a tus sentimientos. Abraza tus emociones, ama todo de ti misma. Sólo así podrás alcanzar la verdadera libertad.— acarició el largo cabello suelto de Elsa, sonriéndole.

—Causaré daño...

—Por eso debes venir conmigo.

—No puedo hacerle esto a mi familia.— tembló de tristeza, ahogando un gemido de dolor.

—Sabes lo que pasará si te quedas. Si vienes conmigo vas a sufrir, pero si te quedas no serás la única herida ¿entiendes lo que digo?— Elsa asintió, llorosa—. Sólo entrégame tu alma y el dolor pasará rápido.— le ofreció la mano, Elsa dudó.

—Mi vida sería mucho más fácil... si fuera verdad que no puedo amar. Si no tuviera que mentirme.— trató de secar sus lágrimas, pero sus mejillas estaban empapadas. El dolor de un corazón destrozado invadía su cuerpo de forma insoportable. No había otra manera—. Déjame despedirme de ellos.— rogó.

La Reina de las Nieves asintió, rompiendo el muro de hielo pero, en cambio, sujetó las piernas de la pareja al suelo con nieve, impidiendo así que trataran de hacer algo. Elsa se acercó a ellos, temerosa.

—Me voy a ir con ella.

—¡¿Qué?!— exclamaron los dos, abatidos.

—¡¿En serio no recuerdas lo que ella nos hizo?!— gritó Anna, comenzando a llorar. Pero Elsa no recordaba.

—Ella va a ayudarme.

—¿En qué podría ayudarte una mujer como ella?— preguntó Kristoff, con reproche.

—Yo...— liberó lágrimas nuevas, tratando de ganar algo de fuerza—. No puedo soportar esta vida, no puedo soportar el saber que algún día yo... tendré que casarme. Siempre supe que tenía que hacerlo, pero lo veía tan lejano y ahora... tengo miedo. Quiero escaparme de aquí, un esposo, una familia, eso jamás lo voy a tener.

—¿Por eso haces esto? ¿por una razón tan estúpida? ¡¿Qué está pasando realmente, Elsa?!— gritó a su hermana.

—¡No quiero casarme!— gritó, desgarrada—. Ya no quiero vivir de este modo. Anna, si yo dijera la verdad de por qué no me puedo casar, me despreciarían... No sabes lo doloroso que es para mí saber que este sentimiento es tan... malo. Por eso me voy.

—Yo no te despreciaría jamás, Elsa.— lloró Anna, tratando de comprender la desdicha de su hermana mayor.

Elsa negó con la cabeza, se acercó a su hermana y le dio un abrazo fuerte, esta le regresó el abrazo, sintiéndose mortificada.

—Te amo demasiado, hermana, pero hay partes en mí que debo ocultar en mi interior.— se separó de ella, miró a Kristoff—. Cuídala mucho.

No importa cuánto la pareja le gritara, Elsa no volteó, se alejó de ambos, tomó la mano de la Reina de las Nieves, aceptando ir con ella.

La sombra sintió que un par de almas inocentes se acercaban, lo cual lo hizo gruñir de furia, así no podía detenerlos. Ellos se acercaron a ambas reinas.

—¡Elsa!— la llamó Olaf, Elsa se puso rígida.

—¡Olaf!— exclamó Anna, sorprendida de verlo llegar junto a Sven.

—¡Váyanse de aquí!— ordenó Kristoff, recordando lo que pasó la última vez con Sven.

La Reina de las Nieves se sorprendió al verlos, en especial al reno, había creído haberlo matado la vez anterior.

—¡Elsa!— volvió a llamarla Olaf—. ¿Dónde está Christian? ¿por qué estás tomando la mano de la Reina de las Nieves?

¡¿Qué estás haciendo aquí?!— se giró, gritando, casi rugiendo de ira. Su grito asustó a todos, incluso la Reina de las Nieves se desconcertó al verla en ese estado, así que decidió apartarse por un momento.

—¿Qué sucede? ¿por qué...?

—¡Tú no deberías estar aquí!— gritó, furiosa, dando un paso brusco hacia él.

—Yo vine aquí porque quería ayudarte a salvar a Christian.— le dijo, algo asustado, jamás la había visto tan enojada.

—¡¿Quién rayos es Christian?!... Eso no importa ¡Quiero que te vayas ahora!— gruñó.

—Siempre me pides que me vaya, en especial cuando te alteras sin razón, cosa que pasa últimamente muy seguido. ¡¿Por qué quieres que me vaya?!— se molestó, no le gustaba no poder razonar con las personas, así como Elsa ahora.

—¡Porque siempre me haces enojar!— estaba tan molesta que casi se arrancaba el cabello del coraje—. ¡Yo voy a irme con ella!

—¿Qué?... ¿por qué?— se entristeció, sin comprender nada.

—¡Eso no es asunto tuyo!— se volvió a girar para regresar con la otra reina.

—Anders está esperando tu regreso, ¿qué se supone que le voy a decir?— habló el muñeco, alarmado.

Elsa apretó los puños, formando sin querer peligroso hielo a sus costados, se giró con brusquedad.

—¿Anders? ¡¿Anders?! ¡¿Por qué siempre estás hablando de Anders?!— golpeó el suelo que pisaba, formando aún más hielo a su alrededor—. Lamento decepcionarte ¡pero yo nunca me voy a casar con ese idiota!— en realidad no opinaba mal de Anders, pero su enojo no la dejaba pensar con claridad—. De hecho ¡yo no voy a casarme jamás!

—No lo entiendo, Elsa ¿por qué no quieres enamorarte? Solía gustarte tanto el amor. Y no digas que no puedes amar a alguien ¡es mentira! Para amar a alguien sólo tienes que pensar en su felicidad en vez de la tuya. Tú lo haz hecho muchas veces.

—¡Tú eres sólo un niño! ¡Deja de restregarme en la cara tu inocente versión del amor!— lo reprochó, sin temor a insultarlo—. ¡He intentado no pensar en mí misma ¿y qué he conseguido?! ¡Nada!— se acercó más a él, casi como si lo fuera a atacar—. ¡Tú no tienes ni idea de lo que es el matrimonio!

—¡Sí lo sé!

—¡No, no lo sabes! ¡Alguien como tú no podría saberlo! ¡No porque veas a Anna y Kristoff felices todo el tiempo significa que lo entiendas!— estaba siendo demasiado dura con él. Anna y Kristoff observaban todo, aún estaban atrapados con el hielo de la malvada reina, pero ni ellos entendían qué quería decir Elsa—. El amor de parejas no es sólo amor, y el matrimonio no es sólo amor tampoco, implica muchas cosas.

—¿Qué cosas?— Olaf casi tuvo miedo de preguntar.

—¡Cosas! Responsabilidades, fidelidad, planear una vida juntos, vivir una vida juntos.— explicó—. La pareja tiene que ser compatible para poder tener un futuro. El matrimonio también tiene muchas cosas que tú no entenderías.— se sonrojó, apenada, dándose cuenta de lo mal que se estaba comportando, pero ya era tarde.

—¿Qué no entendería?

—... Ellos necesitan... gustarse.— dijo, al no encontrar una palabra apropiada— Y de esa forma... tener hijos.— toda la ira que había sentido, toda su furia se apagó en ese momento, sólo se sintió débil. Se arrodilló en el suelo, derrotada, tocó la nieve con sus manos, cabizbaja. Lloró de nuevo, esta vez en total silencio, pequeñas lágrimas de melancolía—. Yo... hace mucho dejé de visualizar ese futuro. Ese futuro jamás podrá ser, no para mí.

—¿Pero es lo que quieres, Elsa?— se acercó unos pasos a la reina, en el fondo temeroso de ella. Elsa negó con la cabeza.

—No importa lo que yo quiera, he renunciado a todo por... Por no querer casarme.— no levantó la mirada para verlo, ya no se sentía con fuerzas de seguir soportándolo.

—Si no quieres novio está bien, Elsa. Sólo vuelve a casa, por favor.— le dijo, y parecía que iba a llorar también, pero no lloró. Ella volvió a negar.

—Me dolería.— respondió con voz ahogada—. ¿Por qué me haces esto? ¿por qué solamente no me entiendes?

La Reina de las Nieves se acercó a Elsa, la tocó por los hombros y la ayudó a levantarse. La sostuvo en sus brazos, con fuerza.

—Pequeña niña, es suficiente.— acarició los cabellos claros de Elsa—. Debemos irnos ya.

—¡No! ¡Elsa!— gritó Anna, tratando de liberarse.

—Basta, Anna.— dijo Elsa con voz quebradiza, abrazándose a la reina gélida— Ya escogí esta vida.— dio una mirada más a Olaf—. No me sigas.— le habló, con tristeza—. Atrás dejaré el pasado, aunque tenga que cubrirlo con nieve.

La Reina de las Nieves cubrió a Elsa con un manto de nieve, transformando el vestido azul de la reina de Arendelle en un resplandeciente vestido blanco. Elsa volvía a escapar, volvía a cambiar su peinado como su atuendo. Una vez más, se había liberado.

—Hay que volver a nuestro hogar.— le habló la Reina de las Nieves a la sombra, que se estaba acercando a ellas.

Pero la sombra se detuvo a medio camino, observó a Olaf desde una distancia bastante corta. Olaf lo miró y se asustó, pero no retrocedió, se quedó ahí, esperando a que la sombra siguiera su camino, pero esto no sucedía. La Reina de las Nieves se alteró.

—¡Déjalo en paz!— le ordenó la mujer fantasmal a la sombra. Él sólo soltó una carcajada macabra—. ¡Es suficiente!

La reina creó un abrigo de nieve y con él arropó a Elsa, como si la protegiera, la apegó más a sí misma y después miró a la sombra con dureza.

—¡Es hora de irnos!— le gritó, esta vez con más fuerza.

La sombra desistió, rió un poco y se alejó del muñeco de nieve, regresó con la Reina de las Nieves y la rodeó.

Los tres se elevaron en el aire y se fueron junto al viento. La nevada cesó, Anna y Kristoff quedaron liberados. Pero Elsa se había ido, al igual que la oportunidad de recuperar a Christian.

Anna se echó al suelo a llorar, desconsolada. Kristoff abrazó a su esposa, tan dolido como ella. Sven se acercó a ambos y se recargó en ellos, compartiendo los tres su tristeza. Por lo que sabían, Elsa ya no iba a regresar.

Y Olaf estaba muy molesto ¿Por qué Elsa siempre lo dejaba atrás? Esa mujer era una completa irracional. Pero también se sentía triste, demasiado.

Volaron lejos, la Reina de las Nieves y Elsa, viajaron por la noche iluminada por las luces de la aurora, las resplandecientes estrellas y nieve brillante. Elsa no contemplaba el paisaje, ya que lloraba, recargada en el pecho de la reina mayor, cual niña pequeña.

—Yo libre nunca voy a ser.— le dijo, sollozando—. La tormenta está en mi interior, no lo puedo controlar.

—Elsa, mi reino será tu nuevo hogar, no tendrás reglas qué obedecer. La farsa se terminó.— acarició su suave cabellera—. Ya no tienes que fingir ser una chica ideal, déjate abrazar por el viento. Ya no eres como la otra gente. Tú no obedeces ni el mal ni el bien, tú estás en medio de ambos en una batalla incierta.

Y una vez en la lejanía, aunque su alma congelada estaba triste, el corazón de Elsa estaba latiendo. Por poco veían la parte de sí misma que debía ocultar en su interior. Hizo bien en irse, porque ya no podía ocultarlo y a medida de que pasaba el tiempo ese sentimiento sólo se hacía más fuerte. No lo podía controlar.

Era mucho más que una maldición. Era algo que guardaba en su corazón ligeramente roto.


ay, Elsa, ni cómo ayudarte, la tienes difícil. Adiós sutileza.

los muñecos de nieve que se menciona que vivían en el palacio de hielo son los que aparecieron en Frozen Fever. Al principio me molesté cuando vi ese corto, pero después me dije que podría aprovecharlo, probablemente los veamos más adelante...

Le dedico el capítulo a Sta Fantasia (para cuando pases a leerlo xD )

Debo decirles que una de las finalidades de este fanfic es responder dudas de la película, ¿por qué Elsa tiene poderes? ¿de dónde vino Kristoff? Decir que Elsa tiene poderes de nacimiento y que Kristoff fue adoptado por trolls porque era huérfano no es una respuesta. Yo daré mi versión de la respuesta a estas interrogantes en mi historia.
Y no sólo eso. En el cuento de La Reina de las Nieves, al principio se menciona el espejo y cómo este se rompió y sus pedazos cayeron sobre la Tierra, después pasamos a la historia de la Reina de las Nieves y Kai y Gerda. Sé muy bien que la Reina de las Nieves utilizó a Kai para juntar las partes del espejo pero... desde que leí el cuento tengo una gran duda ¡¿Qué chingados tiene que ver la Reina de las Nieves con el condenado espejo maldito?! (xD) ¿por qué lo quiere arreglar? ¿para qué le serviría a ella hacerlo? Yo daré mi versión de una respuesta a esas dudas en mi fanfic.
Pero, sin embargo, todo en mi fanfic está conectado. Para responder a estas interrogantes debo aclarar algo desde ahora. En el cuento se menciona que el espejo fue creado por un troll (duende según la traducción (o al menos la que leí) pero el cuento mismo te da a entender que ese troll es en realidad el diablo. En mi fanfic ese troll no es el diablo, para darle sentido a la historia que quiero contar, el creador del espejo será otro demonio cuyo nombre se revelará al paso de los capítulos. Así de mal está la situación con cada uno de los protagonistas.