Holaaa, yo sé que ya pasó un siglo, espero me perdonen, ya no me voy a excusar, lo siento.

Hice este capítulo con mucho amor, subirlo desde el celular es un poco complicado, pero disfrútenlo mucho.

Gracias por todos los reviews, favs y follows, les juro que aprecio mucho todo eso, incluyendo a los que van a seguirme a mi página.

¡No abandonaré jamás!

Nos leemos luego, cuídense mucho.

Gumball se había negaba a que la despedida fuera un día antes de la boda porque conociendo al vampiro las cosas podrían salirse de control y él podría perder su boda y no estaba dispuesto a dejar que eso sucediera, de manera que la fiesta se llevaría a cabo ese mismo día en el salón del castillo, a puertas cerradas y con la orden de que nadie interrumpiera.

Había bastantes personas y por primera vez Gumball se dio cuenta que no tenía ni un solo amigo, de lo contrario no habría dejado que fuera el vampiro quien organizara su boda; eso fue un triste golpe de realidad, probablemente su única verdadera amiga fuera Fionna, pero a ella la conocía desde pequeña; Marceline y Bonnibel, aunque en realidad ella era su prima. Por lo tanto, no tenía un solo amigo varón; al príncipe de fuego lo odiaba, grumoso era tan vanidoso que no podía soportarlo, también estaba el príncipe tortuga al que apenas y conocía, el único que le agradaba podría ser ese chico Finn del reino de Ooo, pero por supuesto que tenía mejores cosas que hacer que asistir a una despedida de soltero, y a Marshall… bueno, se podía decir que era como su amigo-enemigo, la mayoría del tiempo no podía soportarlo.

Mientras pensaba en todo eso paseaba la vista por todos en el lugar, algunos ni siquiera eran príncipes, lo más seguro es que fueran conocidos del vampiro que había decidido invitar para que la fiesta no se viera tan sola, y para no tener que llevar dulces ciudadanos ahí, aunque en eso estaba de acuerdo, si alguno llegara a salir lastimado todo se arruinaría y tendrían que cancelarlo.

Le dio un gran sorbo a su cerveza cuando vio acercarse a flama, necesitaba eso si quería soportarlo. Estaba seguro de que Marshall lo había invitado únicamente para fastidiarlo.

—Gumball, acércate a la fiesta. Es para ti y tú estás escondido en esta esquina.

—No se me antoja ir allá.

—Que amargado. Eres igual que siempre.

Para empeorar la situación, Grumoso se acercó moviéndose como sanguijuela en lo que el pelirrosa creyó notar que era un baile.

—¡Gumball! —gritó emocionado —. Ven conmigo.

Ni siquiera esperó a que dijera algo, simplemente lo tomó de la mano y lo llevó al centro del salón seguido por Flama que no pensaba quedarse solo en el rincón donde había estado el pelirrosa.

Y una mujer entró por quién sabe dónde atrayéndolo hacia sí para después sentarlo en una silla y esposarlo. Esto no lo sorprendía en lo más mínimo, estaba casi seguro de que iba a hacer algo como eso, así que por un momento dejaría que las cosas pasaran.

Todos gritaban entusiasmados viendo como aquella fémina que no conocía de ningún lado le bailaba y se acercaba demasiado mientras él permanecía impasible obteniendo como consecuencia una mirada acusativa por parte del pelinegro que no podía creer que no estuviera ni siquiera la mitad de emocionado como los demás.

Incluso la bailarina pareció cansarse y comenzó a bailarle a otro dejándolo a él libre.

Marshall aprovechó para llevarlo a un lado y reñirlo.

—¿Por qué te comportas así? Todos se están divirtiendo menos tú.

—Debería alegrarte, tú odias que sea feliz.

Pareció que iba a decir algo, pero al final simplemente negó con la cabeza y se alejó.

No pensaba prestarle atención y el resto de la noche se la pasó platicando con tortuga que para su sorpresa era más agradable de lo que hubiera imaginado. Podían hablar de historia o de las distintas razas que conforman el reino de Aaa y el tema parecía nunca acabar. Era agradable, quizá lo invitara en un futuro a conversar al palacio.

—Escuche que se va a casar, majestad.

—Dime Gumball. "Majestad" es un poco pomposo en este momento.

Sonrió.

—¿Así que vas a casarte, Gumball?

—Las noticias vuelan.

—Por supuesto que sí, más cuando se trata de una doncella como ella. Y estamos en tu despedida —se burló.

—Tienes razón. Voy a casarme.

—Dejarás de ser el soltero más codiciado.

Un ruido los distrajo de su plática al darse cuenta que estaban comenzando a poner tres sillas en hilera a mitad del salón y a inflar globos. Decidieron acercarse para ver que tenían en mente.

La primera persona frente a ellos era un chico de la nocheosfera amigo del Marshall que les explicó que pensaban jugar un juego en el que el objetivo era reventar los globos que estarían atados a sus pompis y las sillas eran el lugar de donde iban a sostenerse para no ir a parar de cara al piso.

La verdad es que no entendieron muy bien, pero en cuanto comenzaron a jugar se dieron cuenta del objetivo y cuando Gumball creyó que al menos tortuga se rehusaría a jugar lo vio emocionado yendo a por un globo para ser el siguiente.

—¿En serio piensas jugar? —preguntó antes de que se alejara.

—Claro. Aliviánate, Gumball, esto es una fiesta.

Por un momento pensó en salir de ahí, pero en lugar de eso se terminó lo que le quedaba de cerveza en el vaso y decidió que por una vez aceptaría participar en algo tan estúpido.

Primero hicieron una hilera de cinco personas que estaban formadas con sus globos amarrados al trasero. En la suya la alineación era con Grumoso en primer lugar, luego Marshall, él, tortuga y por último Flama. Lógico, como Flama también tenía un globo sería el primero en la fila a quien le tocaría reventarlo.

Los que terminaran antes se coronarían como ganadores haciendo que los otros dos equipos fueran acribillados con huevos que robarían de la cocina de Gumball.

Alguien dio un silbatazo y el juego empezó con todos corriendo, serían tres vueltas, si lograban pasar por Flama tres veces significaría su victoria.

Todo el ruido los ensordecía; entre la música, los vítores, los zapatos rechinando contra el suelo y los globos reventándose apenas y se podía prestar atención a otra cosa.

No tardó mucho en terminarse el primer juego donde por desgracia su equipo no ganó y tuvieron que formarse todos para ser completamente empapados de huevo.

Después de eso Gumball salió casi corriendo digiriéndose a la puerta que daba a su despacho, sin ser visto por nadie más que por el vampiro que lo había notado raro desde antes de que la ronda terminara.

Lo siguió tratando de pasar tan inadvertido como lo había hecho el pelirrosa y un segundo después ya se encontraba detrás de él.

—¿Por qué saliste huyendo, Gumball?

Lo sobresaltó haciéndolo voltear de inmediato.

—¿Qué haces aquí?

Enseguida se dio cuenta de que el vampiro estaba borracho ya que no había sido grosero y llevaba el rostro sonrojado.

—Te fuiste muy de repente.

—Eso no es de tu incumbencia.

Gumball trataba mientras tanto de quitarse los cascarones de huevo que habían quedado pegados en su ropa, su cara y su cabello, con cara de asco cuando los veía escurrir por todos lados. Se sentó ya fastidiado en su silla giratoria quedando de frente a su escritorio.

—Sé que tienes un pequeño problema.

—No sé de qué estás hablando —murmuró sin voltear a mirarlo.

Era evidente que se había puesto tenso, sin embargo, Marshall continuó.

—Pude sentirlo en la última ronda.

Un escalofrió le recorrió desde la nuca hasta los pies.

El pelinegro se acercó y giró la silla para quedar frente a frente y supo que no se había equivocado. Se quedó viendo un segundo con el pobre príncipe pasmado, hasta que decidió que lo ayudaría y terminó poniéndose de rodillas y tratando de desabrochar su pantalón con bastante dificultad.

—¿Qué crees que haces? —cuestionó alarmado Gumball sosteniéndolo del hombro para que no continuara.

Marshall se le quedó mirando como si no entendiera a que venía la pregunta.

—Te ayudo. Creo… que yo lo provoqué y como amigo, es justo que haga algo.

—Estás loco. Lo arreglaré yo mismo en cuanto salgas de aquí.

Sin dejar de mirarlo presionó con su dedo la parte abultada en sus pantalones y para el pelirrosa fue imposible no soltar un leve gemido.

—Pero si ya estás duro, sólo déjame hacerlo.

Condenado vampiro. Se quejaba en su mente el chico.

No hizo mucho por evitar que terminara de bajar sus pantalones y el bóxer y dejara al descubierto su hombría para luego ponerse a acariciarlo con las manos hasta que decidió usar su lengua; justo entonces el pelirrosa no pudo más y lo tomó del cabello para hacerlo ir más rápido.

Vagamente podía escuchar su conciencia diciéndole que lo que estaba pasando era un error, pero había otro pensamiento que lograba imponerse recordándole que en el estado en el que se encontraba el pelinegro no sabría nada de lo sucedido al día siguiente.

Su moral jugaba con él, recordándole con cada gemido que estaba por casarse, cada que volteaba a mirarlo se daba cuenta de con quién lo estaba haciendo; de todos los hombre y mujeres en el reino él iba y se metía con la persona que más decía odiar.

Lo tomó de los brazos levantándolo del suelo y provocando que se detuviera, entonces también se levantó y lo empujó al lugar donde había estado sentado, pero de cara hacía el sillón de manera que tuvo que sostenerse con las manos.

Se abrazó a él por la espalda mientras la imagen mental de Marceline acusándolo de violación acudía a su mente, pero no le importó mucho, le bajó el pantalón y le quitó la camisa. Estaba llena de huevo al igual que la suya e incluso tenía medio cascaron atorado en el cabello.

—Gumball —gimió el pelinegro.

No dejó de acariciar sus tetillas ni su entrepierna y tampoco paró de lamer y besar su espalda. Se dio cuenta de que no podía dejar marcas, pero eso no impedía que disfrutara su piel un poco. Entonces comenzó a acariciar su entrada metiendo un poco el dedo.

Todas las culpas de lo que estaba pasando lo atormentaban y aun así no podía detenerse.

NO. NO. NO. NO. DETENTE.

Entonces paró, no podía hacerle esto. Ni después de todo lo que el vampiro le había hecho se merecía que se aprovechara de su borrachera para abusar de él, no haría más de lo que ya había hecho.

—No puedo.

Comenzó a subirse el bóxer, pero Marshall se lo impidió. Parecía molesto y después de tomarlo del cuello de la camisa lo hizo sentarse de nuevo en esa dichosa silla para luego posicionarse en sus piernas de frente a él quedando tan cerca que sus miembros podían tocarse y comenzó a frotarlos juntos.

Era imposible resistirse, al menos con esto no haría más de la cuenta.

Lo abrazó justo cuando estaban por terminar y lo pegó más a él hasta besarlo sin que el pelinegro opusiera resistencia alguna. Ya no era tanto una escena erótica sino tierna, y eso quizá fuera todavía peor, pero por el momento no estaba usando la cabeza. No pensó en toda la gente que había afuera, ni en Marceline, ni Fibi, ni siquiera en Fionna. Simplemente lo dejó reposar su cabeza en su pecho y descansar mientras él lo abrazaba por la cintura.

Despertó un rato después y se aterró por lo que acababa de hacer, pero más que nada porque no sabía cómo moverlo sin despertarlo. Haciendo su mayor esfuerzo lo dejó recostado solo en la silla y limpió el semen que quedaba en su estómago antes de volver a ponerle la ropa y vestirse también él.

Estaba avergonzado y enojado consigo mismo, por suerte habían pasado apenas veinte minutos por lo que la fiesta seguía su curso y si se emborrachaba quizá lograría olvidar o se convencería de que todo había sido un mal sueño.

De modo que volvió junto al resto que ya estaban tan pasados en copas que ni cuenta se dieron que había estado ausente, a excepción de tortuga quien seguía sobrio sentado en la barra tomando una margarita.

Gumball fue y se sentó junto a él, estuvo toda la noche bebiendo con su nuevo amigo.

A la mañana siguiente la mayoría se había ido en sus carruajes a sus respectivos reinos dejando al pelirrosa tirado en el salón.

Escuchó que una voz lo llamaba, pero no fue hasta que abrió los ojos que se dio cuenta que se trataba de Marceline.

—¿Estás bien? —preguntó algo preocupada.

—Eso creo.

Le tendió la mano para ayudarlo a levantarse.

—Gracias.

—Parece que se divirtieron anoche —mencionó observando el lugar echo un desastre.

Por suerte sus dulces ya se encargaban de limpiarlo, pero al parecer no habían querido despertarlo después de la desvelada y las copas que se había metido.

Recordaba todo, tenía que soportar eso molestándolo, frente a sí se encontraba una de las pocas personas que podía considerar amigas y prácticamente había abusado de su hermano menor. La culpa lo comía vivo, ni siquiera sabía cómo podría ver a Marshall a los ojos.

—Necesito… una ducha.

Salió de ahí con prisa. Era mejor estar ocupado, así no tendría tiempo para recordar las cosas que habían ocurrido y tal vez pudiera enfocar su mente en las cosas verdaderamente importantes, como su boda que estaba a una semana de ocurrir, seguían pendientes un montón de cosas.

Pasó todo el día evitando a todo el mundo, pero en especial a Marshall y a Marceline, incluso cuando Fionna fue a verlo inventó cualquier excusa para no atenderla. No podía seguir más tiempo en ese palacio o terminaría vuelto loco; mandó llamar a su cochero y fue al lago a seguir con sus pendientes ahí, lejos de todos. Despidió al dulce señor y le dijo que fuera por él en unas tres horas más. De manera que ahora se encontraba solo en aquel lugar tan tranquilo.

Realmente logró tranquilizarse con ese aire fresco, el sonido del agua corriendo y todas esas aves volando por ahí. Lástima que sus tres horas se fueran tan rápido y el carruaje viniera por él de manera tan puntual, hubiera podido quedarse ahí para siempre, pero tenía que volver al mundo real, tratar de olvidar y seguir con su vida como hasta hace dos días.

Marceline lo recibió, lo había notado muy raro y no pensaba dejarlo pasar de modo que entró con él al despacho, cerró la puerta con llave para que nadie pudiera entrar y se dispuso a reclamar su poca concentración.

—¿Pasó algo?

Trató de aparentar calma, aunque se daba cuenta que no le estaba saliendo muy bien.

—No pasó nada, Marcy.

—¿Entonces por qué estás actuando tan extraño? Parece que nos estuvieras evitando.

—A Marshall tengo muchas razones para evitarlo.

—¿Y qué hay de mí? —preguntó un poco molesta.

Gumball suspiró, tal vez ella entendería si le decía la verdad.

—Marceline, ayer —se interrumpió de pronto por el sonido del teléfono.

Estaba sonando y no podía ignorarlo, ese era el número de su trabajo.

—Lo siento, debo atender —dijo con el teléfono ya en la mano.

—De acuerdo, pero esta conversación no ha terminado —le advirtió.

Gumball agradeció internamente que alguien hubiera llamado, no podía creer que había estado a punto de decirle la verdad a Marceline, con lo mucho que ella quería a su hermano, mínimo lo castra, aunque recordar la inocencia del chico en ese momento le parecía adorable. Sabía que no era tierno en lo absoluto, era un engendro del mal, un bad boy causante de todos sus problemas en Aaa, pero aun así…

—¿Hola? ¿Gumball? —se oyó decir a alguien al otro lado de la línea y se dio cuenta de que había descolgado el teléfono, pero todavía no contestaba.

—Sí, te escucho, lo siento. ¿Quién habla?

—Soy tortuga. Hablaba para saludarte y saber si puedo ir a visitarte.

—¿Cómo conseguiste este número?

—Tú me lo diste ayer.

Suspiró. No se acordaba de eso.

—Ah. No es un buen momento para venir, tengo muchas cosas pendientes.

Y tampoco tenía ganas de ver a nadie, pero se abstuvo de decir eso.

—Pero tengo algo que decirte —insistió el chico.

—¿No puede esperar?

Seguía revisando los papeles, cualquier cosa que tortuga tuviera que decirle seguro podía hacerlo cualquier otro día.

—Tú dímelo; no soy yo el que se acostó con otro hombre.

Se quedó helado. Ni siquiera siguió firmando los papeles, su mirada estaba fija en el frente preguntándose cómo podía saberlo, que él supiera nadie los había visto y sólo estuvo como veinte minutos dormido.

—Tranquilo, Gumball, tu secreto está a salvo conmigo. Sólo quería decirte que si necesitas a alguien con quien hablar aquí me tienes. No voy a juzgarte por lo que hiciste.

—¿Cómo lo sabes? —preguntó con la boca seca.

—Te lo contaré todo cuando nos veamos.

Marshall entró en ese momento haciendo al pobre príncipe sobresaltarse por lo abrupto de la intromisión.

—De acuerdo, entonces puedes venir esta noche si te apetece. Te atenderé una vez que haya terminado mis labores.

—Oh, ¿acaso Fibi y tú van a comerse la torta antes del recreo? —bromeó el vampiro.

Gumball trató de no prestarle atención.

—Entonces te veo a esa hora —terminó de decir el pelirrosa.

Colgó el teléfono e ignoró a Marshall por completo, en esos momentos no tenía la fuerza suficiente como para mirarlo a la cara, aunque escuchar sus bromas lo hacía darse cuenta de que no recordaba nada, y eso era un pendiente menos.

—Parece que quieres que mejor vaya y moleste a tus dulces —se quejó irritado.

—¿Qué quieres, Marshall?

—Has estado ignorándome todo el día, estoy aburrido y Fionna dijo que ya no vendría hasta mañana.

Se puso a flotar sobre él y cruzo sus manos por detrás de su cabeza.

—Entonces ve tú a verla —respondió sin voltear a mirarlo.

—¿Acaso escuché bien? Parece que ya no te opones a nuestra relación.

—Se quieren, y yo no voy a arruinar eso.

—Viniendo de ti, eso es bastante extraño. ¿Qué te picó? ¿Será que te pasó algo en la despedida de ayer?

Marshall no había entendido lo que quiso decir, por suerte él sólo estaba hablando de la aceptación de Gumball hacia su relación no de lo otro que era lo que le preocupaba más. No podía creer que le había hecho algo así a Fionna, se había metido con su novio.

—Nada que te importe.

—¿Entonces viene Fibi? —preguntó el vampiro cambiando de tema, para alivio del pelirrosa.

—No. Va a venir tortuga.

—Claro, ayer los vi muy juntos. ¿Por qué viene tan tarde?

—Porque sí. No tengo porque darte explicaciones de todo lo que pasa en mi vida.

Después de eso Marshall decidió que era un buen momento para una broma y así recordarle quien manda, de manera que roció la botella de agua que tenía el pelirrosa en su escritorio, sobre su cabeza, empapándolo completamente.

—Nos vemos —se despidió.

El príncipe no tuvo más remedio que salir del despacho y cambiarse de ropa. Decidió ponerse algo más informal ya que era tarde, casi terminaba con las cosas de hoy y además ese chico vendría así que debía lucir presentable.

No tardó mucho rato en llegar tortuga, se veía bien en ropa casual.

Lo encaminó hasta su habitación, no quería que la plática que iban a tener saliera de los oídos de ellos dos.

Tortuga se sorprendió con su recamara y se tomó su tiempo para admirarla. Sin duda Gumball era un buen decorador, pero nunca nadie había notado eso.

—¿Y bien?

—Ah claro.

Se sentó en la cama frente a él quitándose los zapatos para poder subir los pies y cruzarlos de manera que ocupara menos espacio.

—Ayer te embriagaste y me contaste que acababas de acostarte con… —miró a ambos lados para asegurarse de que nadie escuchara —. Marshall.

—¿Yo te conté?

—Sí, efectivamente. Me sorprendió tu confianza, pero me agradas, puedes decírmelo todo.

Suspiró. La verdad sí necesitaba sacar todo lo que estaba pasando por su mente o de lo contrario su cabeza podría explotar.

—Me acosté con él sabiendo que es el novio de la niña que más adoro en el mundo, sin importarme que fuera también el hermano de mi mejor amiga y además él ni siquiera estaba en sus cinco sentidos, tanto así que no recuerda nada, lo que es bueno, pero significa que me aproveché de él —dijo todo casi sin respirar.

El pobre príncipe estaba al borde de un colapso. Se le veía muy mal.

—¿Tú lo buscaste?

—Pues no.

—Dicen que los borrachos y los niños siempre dicen la verdad, así que yo creo que en el fondo desea estar contigo. No creo que debas sentirte mal por eso.

—No quiero nada con él.

—Entonces simplemente finge que nada pasó porque a fin de cuentas nadie lo sabe —sentenció tortuga.

—Tal vez tengas razón. Gracias por venir tan tarde, deja que te prepare una habitación para que puedas quedarte.

—Bien —dijo con una sonrisa.

Esa noche Gumball durmió un poco más tranquilo, pero al día siguiente tendría que enfrentarse a Fionna y eso no estaba seguro de poder soportarlo todavía. Y seguía cuestionándose si debería haber confiado tanto en tortuga.