Disclaimer: nada de esto me pertenece, los personajes le pertenecen a Stephenie Meyer y la historia a Rochelle Allison, yo solo la traduzco.


AIR

Capitulo diezPoesía

Adquirimos un ritmo, una forma de ser.

Aunque, ¿no pasa siempre así? Cualquier relación que dura más de un par de semanas tiene que establecer de alguna manera su propia forma de ser.

A menudo veíamos películas a altas horas de la noche. A veces fumábamos e íbamos a Walgreens para comprar chucherías a altas horas de la noche.

Muchas cosas a altas horas de la noche.

Nos echábamos siestas juntos a menudo.

Bueno, eso es mentira; él dormía y yo leía. Era demasiado hiperactiva como para dormir en cualquier momento que no fuera por la noche.

Salíamos mucho a comer. Él no cocinaba y la verdad es que yo no sabia hacerlo. Rose había empezado a enseñarme en casa, ella era una de esas personas con instinto para saber lo que sabía bien con qué; ella experimentaba y ganaba, yo lo intentaba y perdía, pero era paciente conmigo.

Aun así, no me sentía cómoda intentando hacerle algo a Edward que tuviera que consumir, así que simplemente salíamos. Él no era asquerosamente rico, pero tenía bastante dinero; era práctico, racional y lógico, y todas esas palabras que significaban que era bueno con los números y las finanzas.

También era de ayuda que hiciera tiempo que había terminado los estudios y hubiera pagado todos sus préstamos estudiantiles.

Así que él tenía bastante mientras yo pasaba a trompicones por la universidad, con un trabajo a tiempo completo a la vez.

―Tú paga tus deudas, yo pagaré la cena, ―dijo.

Y eso estaba bien.

Me gustaba la forma en que cuidaba de mí.

No era de la típica forma caballeresca.

No me abría la puerta ni me sacaba la silla. A veces seguía llegando tarde, incluso aunque había mejorado. Su cama apenas estaba hecha alguna vez de tanto dormir y sexo. Había planos y contratos cubriendo la mesita de café, y múltiples proyectos en cada esquina. Y herramientas, por todas partes.

No era pulcro y del tipo GQ.

Pero me entendía. En los silencios y las conversaciones, en la presencia y la ausencia, me entendía.

Cuando le dije que había terminado de leer un libro que me había encantado, él había ido a buscar la secuela. Sin fanfarria. Al día siguiente lo encontré en mi bolso.

Cuando caminábamos por la acera, yo iba por la parte interior mientras él se ponía entre mí y la carretera. El único otro hombre que había hecho eso era mi padre.

* . *

―Date un baño conmigo, ―dijo, levantándose del sofá.

Casi no le había oído, entre el disco de los Isley Brothers que tenía puesto y el último National Geographic que había encontrado al lado de su cama. Incapaz de resistirme al artículo sobre crías de leopardos de las nieves, me había acurrucado al lado de Edward y me había zambullido en la monería. Cuanto más peludos, mejor.

―Bella.

Poniendo el dedo en la revista para no perder la página, levanté la mirada.

―Ven a darnos un baño.

―Oh. ―Olvida a los bebés leopardo.

Le seguí a su baño que, por supuesto, estaba a medio remodelar.

Él ya había empezado a llenar la bañera con agua caliente. Me quité la ropa, agradecida por el vapor que salía de la bañera y que ayudaba con el aire frío.

Escuché Footsteps in the Dark empezar de nuevo.

Edward se unió a mí, su camisa había desaparecido.

―Me gusta tu barba, ―dije, presionando mi cuerpo desnudo contra el suyo parcialmente vestido.

―¿Sí? ―pasó la mano sobre mi trasero, ahuecándola antes de soltarlo.

―Sí.

―Me la dejaré entonces.

―Bien.

Él sonrió un poco y se desabrochó los vaqueros, dejándolos caer a sus pies antes de salir de ellos. La única luz venía del dormitorio y, como conocía a Edward y sus rarezas, no me molesté en pedir más.

Él se metió primero y yo fui después, con cuidado de darle espacio para que realmente pudiera bañarse.

Sexy, sí.

Pero práctico. Tenía grasa en los brazos de haber estado trabajando antes en su camioneta, y manchas de pintura en la piel. Me giré en la bañera para quedar frente a él y cogí otra barra de jabón para poder limpiarme también.

Imaginé que podría haber sido uno de esos tipos del salvaje Oeste, robusto y fuerte y silencioso. Ardiente en la cama. Podía verle sobre un caballo.

―¿Por qué sonríes? ―Su voz flotó sobre el agua.

―Tú de cowboy.

―Podría vivir en la frontera, fácilmente.

―Sé que podrías, ―dije, sintiéndome secretamente engreída por haberlo deducido.

―Tú podrías ser mi cowgirl. Con zahones y todo.

Reí, completamente divertida por la idea, y le salpiqué. ―Podría montarte.

―Puedes montarme ahora.

Mi sonrisa se atenuó, marcada por la lujuria. ―Podría.

Tiró de mi pierna hacia él y me giró para que mi espalda estuviera contra su pecho, tiró de mí contra él para que los dos estuviéramos reclinados. Cerré los ojos, aspirando su aroma, amando lo resbaladiza que sentía nuestra piel.

* . *

Me sobresalté, dándome cuenta de que nos habíamos dormido.

La somnolencia de Edward era contagiosa.

El agua ya no estaba tan caliente y temblé de forma involuntaria.

―Edward. ―Me separé de él y me puse de pie―. Edward, vamos.

Sus ojos se abrieron lentamente, como siempre hacían. Levantó la mirada a mí, con los brazos echados tranquilamente por los lados de la bañera.

Oh.

Me salí de la bañera y cogí una toalla. Me gustó cómo me miraba.

―Te deseo, ―dije simplemente, cogiendo su toalla―. No me importa si estás cansado.

―Yo también te deseo, cowgirl. ―Sonrió satisfecho mientras se ponía de pie, y me hizo falta todo mi autocontrol para no ponerme de rodillas y meterle en mi boca.

En su lugar, le tiré la toalla y colgué la mía.

Tenía la piel arrugada por haber estado tanto tiempo en la bañera. Me metí en la cama, agradecida porque finalmente hubiera arreglado el calentador.

Él apenas se secó.

Sin más palabras, se puso entre mis piernas y me besó dónde iba a tomarme. Sostuve sus cabeza entre mis manos y sucumbí a lo bien que se sentía. Me eché una almohada sobre la cara al correrme, queriendo ahogar el sonido de mi orgasmo. Se me hacía muy difícil mantenerme en silencio y, a veces, no me apetecía preguntarme si los vecinos podían oír a Edward encargándose de su chica.

Se movió hasta quedar acunado entre mis piernas y me quitó la almohada, tirándola por la cama. También me quitó la que tenía bajo la cabeza -prefería que estuviera completamente plana.

―Te sientes bien, ―dijo mientras me amaba. Y fue raro; él raramente hablaba durante el sexo.

―Tú también, ―dije, extendiendo las manos por su espalda.

Él sonrió y atrapó mi labio entre sus dientes, y me besó, y yo me agarré con fuerza a él y le devolví el beso, le besé y le exploré con mi lengua y le besé más, incluso cuando se corría -especialmente cuando se corría-. La fuerza de sus embestidas me levantaban de la cama.

―¿Estás bien? ―preguntó al final, colapsando sobre mí.

Me agarré a él, recordando a las crías de leopardo que se subían a la espalda de su madre al jugar.

―Tú me haces estar bien, ―ronroneé, ganándome una silenciosa risa de él.

―Bien.

―¿Por qué no iba a estar bien? ―pregunté, pasando mi lengua por el contorno de su oreja.

Él sacudió la cabeza, alejándola de mi boca, y me apretó la cadera al levantarse.

―Solo me aseguraba.

―Te lo diría si no me gustase lo que estás haciendo, ―dije cuando volvió del baño.

Él asintió, tumbándose a mi lado. ―Me alegro. Solía darte miedo.

―Me intimidabas, ―admití.

―¿Por qué?

―No sé, simplemente lo hacías.

―Nunca te haría daño.

―Lo sé. ―Le miré, amándole en secreto.

* . *

Quise ir a casa por Acción de Gracias, pero no podía permitírmelo. Iría a casa por Navidad en su lugar.

Habían desaparecido ya los días en que conseguía todo el tiempo lo que quería. La niñez es tan fugaz; parece eterna cuando estás ahí pero, en cuanto termina, te das cuenta de lo perfecta que era. Lo temporal.

Extrañaba a mis padres, extrañaba Phoenix. Pero era, técnicamente, una adulta ya; tenía que trabajar, ganarme el sueldo, pagar mis deudas y cumplir los horarios.

Por suerte, Rosalie tenía familia en la Bahía, así que allí pasaríamos Alice y yo Acción de Gracias. Edward no me había invitado a cenar con su familia y yo no había preguntado. Por alguna razón, no me molestó; ellos eran una unidad cerrada y, honestamente, extrañaba pasar tiempo con mis chicas.

Era bastante posible que aquella fuese la relación más madura que había tenido. Confiaba en él. No tenía que preocuparme por con quién estaba o qué estaba haciendo cuando no estaba conmigo. Aquello no era algo que pudiera decir sobre algunas de mis relaciones pasadas.

Mientras pasara tiempo con Edward durante las vacaciones de Acción de Gracias, estaba bien. No era como si no pasásemos un montón de tiempo juntos ya.

Todo era muy sencillo.

* . *

Un movimiento en el umbral de la puerta llamó mi atención.

Levanté la mirada, quitándome los auriculares de los oídos. ―¿Qué pasa?

Alice señaló con la cabeza hacia el pasillo. ―Peter y Sean están aquí.

―Oh, vale. Bien. ―Me aparté de mis libros y música, y la seguí a la sala de estar, dónde Rose estaba hablando con los chicos.

―Bella, ―dijo Peter, poniéndose de pie para abrazarme.

Era raro. Todavía me parecía guapo, y podía admitir para mí misma que la atracción seguía ahí.

Pero ya no anhelaba su presencia, o me importaba lo que hiciera. Era liberador y agradable poder apreciar su capacidad para ser mi amigo, y solo eso. Habíamos pasado ratos juntos un par de veces en los últimos meses y la sensación siempre era la misma: sencillez. Era como si las partes buenas de nuestra amistad fueran entonces las únicas partes, sin amargura porque yo no le gustaba de la forma que quería.

Siempre habíamos tenido mucho en común y, en su momento, habíamos pasado tanto tiempo juntos que mis compañeros de trabajo habían preguntado si salíamos. Me había encantado que preguntaran aquello, porque había deseado que fuera cierto. Sin embargo, las cosas eran diferentes en ese momento. Más sanas. Gracias a Dios.

―Hey, Pete. ¿Qué hay?

―Iba a ir un momento a ver a Embry, ¿quieres venir? ―preguntó―. Está trabajando en algunas de las pistas que hemos preparado antes.

―Claro, ―acepté, encogiéndome de hombros.

Alice y yo compartimos una mirada cuando Peter se dio la vuelta y yo dejé la habitación antes de empezar a reír en voz alta. En serio, todo el mundo en la Bahía estaba trabajando en su album -incluido Peter.

―Así que, ¿es un buen tipo? ―preguntó Peter en el coche, con el sol de la tarde haciendo que su piel pareciese caramelo.

―Por supuesto que es un buen tipo, ―dije, sonriendo―. Yo solo salgo con buenos tipos.

―¿Cómo se llama?

―Edward.

―¿Edward? ―resopló―. Eso es... no sé...

―Sí, vale, Peter, ―bromeé, ni un poco preocupada por sus tonterías.

―No digo nada. ¿No es bastante mayor que tú?

―¿Quién te ha dicho eso? ¿Rose?

―Sí.

―¿Te ha contado Rose que se está liando con su amigo, quien es también mucho mayor? ―pregunté, rodando los ojos.

―Ja, no, no lo hizo. Que bonito. ―Peter sacudió la cabeza, sonriendo satisfecho―. De todas formas está bien. Las mujeres mayores son geniales.

―¿De verdad? ―murmuré, sonriendo.

―Sí.

Aparcamos frente a la casa de Embry. Él me miró y yo le miré, y... sí, todo estaba bien.

* . *

Rose había crecido en la acaudalada zona de Walnut Creek. Tenía tías y tíos y primos por toda California, y todos ellos se reunían en la cena anual de Acción de Gracias de sus padres. Alice y yo fuimos recibidas con amor, risas, comida y vino.

Cuando nos cebamos, fuimos a dar un largo paseo por el vecindario, intentando deshacernos desesperadamente de la sensación de hinchazón. Hacía una noche fresca y agradable, e inhalé, sintiéndome muy afortunada con mi vida.

A pesar del acuerdo de que pasaríamos Acción de Gracias separados, Edward me llamó sobre las nueve para ver qué estaba haciendo. Me sorprendió un poco, pero me sentí aliviada; me había sentido un poco intranquila, sin siquiera saber porqué, sin saber siquiera que él se sentía de la misma manera al otro lado de la ciudad.

Dijo que llegaría a recogerme en más o menos media hora. Hice rondas despidiéndome, dando abrazos y recogiendo sobras para llevar a casa.

Vino hasta la puerta a buscarme, y dejé la calidez del hogar de la infancia de Rose por la calidez de la camioneta de Edward. Nos besamos cuando subí; me sonrió, con el afecto evidente en su mirada. Edward no era muy liberal con sus palabras y no era demasiado efusivo con sus emociones, pero había aprendido cómo se comunicaba.

Condujimos a casa con las ventanillas bajadas solo una rendija, dejando que el aire del otoño entrara con su olor a quemado. Paró en una tienda de barrio para coger otra botella de vino y fuimos a casa, dónde echamos un polvo en su cama y le leí poesía en bregas. Él me tomó el pelo sobre mi pretenciosidad académica y mis métodos de coqueteo de clase alta, hasta que llegué a un poema en particular. Dijo que le ponía cachondo, y eso estaba bien, así que me tocó, provocándome con sus dedos en lugar de con palabras.

Pero me había engañado todo el rato, porque esperó hasta que me corrí y luego me susurró con la barba rascando mi mejilla y sus manos húmedas agarrando mis caderas, ―quiero hacer contigo lo que la primavera hace con los cerezos.


Él cita Juegas Cada Día de Neruda.

Ella lee Plena mujer, manzana carnal, luna caliente:

Plena mujer, manzana carnal, luna caliente,

espeso aroma de algas, lodo y luz machacados,

¿qué oscura claridad se abre entre tus columnas?

¿Qué antigua noche el hombre toca con sus sentidos?

Ay, amar es un viaje con agua y con estrellas,

con aire ahogado y bruscas tempestades de harina:

amar es un combate de relámpagos

y dos cuerpos por una sola miel derrotados.

Beso a beso recorro tu pequeño infinito,

tus márgenes, tus ríos, tus pueblos diminutos,

y el fuego genital transformado en delicia

corre por los delgados caminos de la sangre

hasta precipitarse como un clavel nocturno,

hasta ser y no ser sino un rayo en la sombra.


Hola!

¿Qué os ha parecido? Estoy deseando leer vuestras opiniones.

Nos vemos el fin de semana.

-Bells :)