Capítulo 9: Meses de camino.

Desayuné con el mismo grupo que me había traído al geriátrico la noche anterior. A pesar de que era primera hora de la mañana ya había mucho movimiento y los ancianos caminaban de un lado para otro acompañados o solos.

- Parece que no aguantan mucho en la cama – observé.

- Son más activos que nosotros, a veces nos cuesta mantener su ritmo – sonreí.

- Siempre necesitamos un par de manos más para ayudar – me miró de reojo.

Le tiré un trozo de jamón a Chucho debajo de la mesa.

- Saldré después de desayunar, cuando el sol esté un poco más alto y no haga tanto frío.

- Claro, te ayudaremos en lo que podamos.

Recogimos las cosas del desayuno y después, Guillermo me guió a la cochera. Ya había recogido todo y llevaba la mochila a la espalda y la bolsa con armas sobre el hombro. Escuché a Zaina darme los buenos días relinchando y Chucho salió corriendo en su dirección. Guillermo extendió un mapa de los Estados Unidos sobre el capó de uno de los jeep que tenían allí guardados. Varios curiosos se acercaron para ver qué estaba pasando.

- Aquí está Fort Wallas, más o menos – hizo un círculo entre el estado de Dakota del Norte y la frontera de Canadá, pasando Minot a unos ciento sesenta millas – deberías poder llegar en pocos meses si no te entretienes. Recuerda evitar las grandes ciudades.

- ¿Pocos meses? Tengo que atravesar todo el país – me asustó la distancia – Vale, vale, no me entretendré.

- Si puedes alejarte de las carreteras también deberías hacerlo – intervino un segundo hombre – los caminantes las usan porque es más fácil desplazarse por ellas y casi siempre les conducen hacia comida.

- Lo tendré en cuenta.

- Si no encuentras a nadie allí, ve hacia el sur. Pasa por aquí y si no estamos sigue hasta Florida – mientras hablaba iba dibujando el trayecto en el mapa – Dicen que hay una base de la marina en Jacksonville pero no es nada seguro. Lo mejor es ir hacia el norte.

Empaqueté el mapa en la mochila. Me trajeron a Zaina y salí al descampado que había frente a la entrada. Guillermo apareció con una bolsa.

- Espera, deberías llevarte esto – la ató junto a la bolsa con las armas – lleva munición y algo de ropa de abrigo, pronto empezará a hacer frío y más si vas hacia el norte.

- No creo que pueda agradeceros todo lo que habéis hecho por mí.

- Llega a Fort Wallas y envíanos ayuda, con eso nos damos por satisfechos.

- Dalo por hecho y cuidaos.

Monté en la yegua y me despedí de todos. Chucho ladró un par de veces y se reunió conmigo trotando alegremente. Miré por última vez hacia atrás, estaban cerrando la puerta, Guillermo levantó la mano como despedida final.

Al parar a cenar cogí la bolsa de plástico que me habían dado y la abrí. En su interior había cajas de cargadores, dos sudaderas y unos guantes. Pasé todos los cargadores a la bolsa con las armas y miré las sudaderas, las dos eran una talla por encima de la mía, una era azul oscuro con el dibujo de una carita sonriente y la otra, gris con el emblema de una universidad del condado. Dentro de la sudadera gris encontré una nota de Guillermo en la que me deseaba suerte junto con una navaja multiusos.

Preparé una trampa con la bolsa de plástico y una cuerda, después me subí a uno de los árboles para dormir.

A la mañana siguiente fui al lugar en donde había preparado la trampa. Chucho, que iba a mi lado, empezó a gruñir al llegar al sitio, el aire volvía a oler a podrido.

- Venga ya, no me...

Un caminante colgaba del árbol, había mordido la comadreja que había caído en la trampa y los dos se habían elevado por los aire. Al acercarme, el caminante intentó girarse y venir a por mí. Le miré hastiada. Chucho saltó y se engancho a su pie gruñendo. Tocaba el suelo con la punta de las garras.

- Que asco, eres un guarro. ¿No ves que está colgando y no puede hacernos nada?

El perro se soltó y saltó de nuevo para morder la pantorrilla. La pierna del caminante se desmembró y quedó dividida a partir de la rodilla. Me tapé la boca para no vomitar, Chucho salió corriendo con media pierna en la boca.

- ¡Chucho! Joder, que asco.

Enrosqué el silenciador a la pistola y le disparé en la frente, dejó de moverse en el momento.

Fui a buscar al perro. Recogí el campamento y lo até a la grupa de Zaina. La yegua fue olisqueando el suelo hasta dar con Chucho. El perro mordía la pierna que sangraba.

- Chucho, deja eso, no me seas cochino.

Movió la cola alegremente. Le cogí de la correa y le quité la pierna, la tiré todo lo lejos que pude y Chucho intentó salir corriendo detrás pero le paré.

- Te apesta el aliento, ahora mismo te lavo la boca con jabón.

Saqué la pasta de dientes, el cepillo y la cantimplora. Me senté y agarré al perro con las piernas. Abrió la boca obedientemente y dejó que le cepillara los dientes. Cuando terminé de limpiarle la boca volví junto a Zaina. Tuve que atarle con una cuerda porque quería ir en busca de la pierna amputada.

Pasamos por el lugar donde colgaba el caminante, parecía un cacho de cerdo colgando en un matadero. Sentí de nuevo arcadas y azucé a Zaina para que fuera más rápido.

Dos días después las sudaderas me fueron muy útiles, las noches eran cada vez más frías y los días fueron nublados y con viento. Caminábamos por encima de una ladera, a mi derecha se extendía una carretera, sé que me habían dicho que me alejase de ellas pero me era más fácil seguir una ruta si conocía los nombres de las ciudades junto a las que pasaba. No intenté volver a entrar en ninguna población por miedo a volver a encontrarme con asaltadores.

Chucho levantó las orejas, paró y miró hacia la carretera. Zaina paró y también miró en esa dirección, relinchó y pateó el suelo nerviosas, todos los ruidos la asustaban últimamente. A lo lejos vi un destello del sol sobre alguna superficie metálica. El ruido de varios motores rebotaba contra las colinas y las rocas y lo escuchaba amortiguado. Descolgué el rifle y utilicé la mira telescópica para ver qué vehículos eran los que se aceraban. Durante un momento pensé que podrían ser César y su grupo pero solo eran cuatro vehículos, distinguí una caravana blanca, una ranchera burdeos, un Peugeot beige y una moto ruidosa, no distinguí a ninguno de los conductores.

- Serán estúpidos, con el ruido que están armando me sorprende que no les sigan toda una manada de caminantes.

Observamos como desaparecían los cuatro vehículos y solo entonces volvimos a ponernos en camino. Tiré de las riendas para no seguir la misma dirección que los otros y fuimos hacia el noroeste. La brújula que tenían en la mano oscilaba a cada paso de la yegua.

Miré hacia atrás al no ver a Chucho delante de mí, el perro seguía mirando la carretera. Le llamé con un silbido y vino corriendo hasta mi altura.

Paramos en un claro en mitad de un bosque cerca de Tennessee. Todas las hojas de los árboles estaban cambiando del verde al marrón amarillento del otoño y el suelo ya se empezaba a llenar de las hojas que se caían. El cielo llevaba dos días nublado aunque no había caído ni una gota de agua, un trueno retumbó anunciando una tormenta. Cada vez llovía menos pero cuando lo hacía era de forma tormentosa.

Encontramos una cueva en la que guarecernos. Recolecté las pocas ramas que pude encontrar y las guardé antes de que se mojaran, al encender el fuego se iluminó las paredes de la cueva y varios murciélagos despertaron asustados por la luminosidad. Volaron sobre nuestras cabezas en dirección al exterior, Chucho saltó intentando cazarlos y consiguió coger uno entre los dientes. Vino a mi lado y lo soltó.

- Muy bien, chucho, pero mejor quédatelo tú.

Empujé el cuerpo sin vida de esa rata aérea y el perro lo cogió para llevárselo un poco más lejos y despedazarlo en paz.

Reflexioné sobre lo que había visto en Atlanta y lo que me había contado César. Inmediatamente, me acordé de la pelea que tuvieron James y John y en lo que decían, James estaba seguro que no había nada en la ciudad, que todo era un pérdida de tiempo y acabaríamos muriendo en el camino, hasta ahora había tenido razón en todo, la ciudad era una maldita trampa y todos estaban muertos, enterrados en algún hoyo o comidos por los caminantes. ¿Y si en Fort Wallas tampoco había nada? ¿Y si también estaban infectados? Tenía un plan B por si eso pasaba pero, ¿y si para cuando volviera al geriátrico no encontraba a César ni a los demás? Iría a Florida, ¿y si habían muerto por el camino o tampoco estaban allí? Entonces se me terminaban todos los planos alternativos, no tendría ningún sitio al que ir, solo vagar por un jodido mundo infectado de caníbales a la espera de encontrar un sitio seguro. Acaricié el cuchillo que llevaba a la cintura. Cuando llegase ese momento no tendría sentido seguir intentándolo, habría hecho todo lo posible y John estaría de acuerdo conmigo, solo entonces me plantearía el suicidio.

Dormí acurrucada entre el cuerpo de Zaina y Chucho, no pasé frío esa noche.