Sospechas
El humo del cigarrillo de Caspian formó un nombre sobre el cristal de la ventana. Esta solo al fondo la enorme biblioteca de la casa de campo de los Zoller; apoyada la frente contra el vidrio donde una vez más escribió el nombre amado.
—Es inútil, es inútil.
Rabiosamente su mano borró el nombre escrito... Y rápidamente se vuelve al percibir tras si un paso levísimo
— ¡Lucy!
Se dio la media vuelta apenas vio entrar a la que fue un muchas veces, su mejor amiga e inclusive actuó como consciencia de todos; durante las dos veces en las que, viajaron a Narnia ella y sus demás hermanos…viajes en donde tuvo la suerte de conocer a la única mujer en el mundo, que fue capaz de robar su corazón y sentimientos, corazón que ahora hería de muerte a voluntad.
—Caspian. —Lucy entró caminando despacio; con las manos juntas sobre el regazo. — ¿Supiste? Susan ya despertó.
—Sí. —Gruñó el rey. —Ya lo supe, fui a verla.
— ¡Caspian! —Lucy se llevó aterrada las manos a la boca; temía que por una indiscreción suya; su hermana tuviese problemas graves.
Caspian enseguida notó la preocupación de la joven reina; esbozó una sonrisa sarcástica y empinó el último trago de un vaso de coñac. Se obligó a respirar profundamente para calmarse; todavía no olvidaba como Susan se desmayaba de terror nada más verlo; cuando recobraba el conocimiento de sí misma. Pidió hablar con su esposo.
—No, no te preocupes; no he hecho nada que pueda comprometerla, ¿Sabes Lucy? Debí haberla amordazado cuando pude hacerlo; quizá de esa manera, no estuviesen las circunstancias como están ahora.
Apuró un nuevo vaso de coñac; cada vaso significaba una yaga más; en la herida que tenía en el corazón, de momento creyó que el alcohol le daría el consuelo necesario para sobrellevar la pena de ver a su Susan casada con otro, tocada por otro; pero se llevó una gran decepción: el alcohol, no hacía más que mitigar las penas, y intensificar las heridas hasta hacerlas más profundas de lo que ya eran.
— ¿Y eso te habría servido de mucho?
—Al menos, estaría casada; pero conmigo.
—Ten paciencia, Caspian.
— ¿De que me servirá ahora?
—Pues si la quieres tanto como dices; debes ser paciente.
—La paciencia ya no es una de mis virtudes. —Caspian se desparramó sobre la silla de cuero, últimamente se sentía otro, no sabía ni lo que hacía, ni lo que decía a veces. Él mismo notaba ese cambio en su personalidad; aunque en ocasiones le servía, en otras simplemente le causaba espanto. —Perdóname Lucy; últimamente no sé bien lo que hago, solo sé que me siento malhumorado todo el tiempo. No sé lo que me pasa ni lo que quiero. Además, lo menos que podía imaginar es que estabas aquí; creí que estabas ayudando a cuidar de Susan.
La joven Lucy se encogió de hombros; eso hubiese querido, pero nadie la dejó; es más ni si quiera la dejaban sus propios hermanos, consideraban aquello como imprudente y peligroso al mismo tiempo. Peter esperaba persuadir a Caspian para que él a su tiempo accediera a convencer a Frederick, de que nombrara a Lucy como dama de compañía de su propia hermana; sin embargo, tuvo el cinismo de declarar; que haría ello después.
—Me temo que ello no te iría a ayudar en mucho; solo empeoraría las cosas, así como el beber demasiado, ¿Por qué mejor no me das esa botella de coñac? Todo será mejor si te encuentras sobrio.
—Déjame solo Lucy.
—Caspian. —Lucy se acercó al rey, un tanto temerosa; pero logró lo que quería: quitarle el vaso de las manos. —Anoche estabas bebiendo vaso tras vaso de whisky; ahora es de coñac, al paso que vas…
—Me hace bien Lu; puedes retirarte tranquila.
—Pero es que…
—Hazlo.
Lucy hubiese replicado de buena gana por segunda vez, no le gustaba para nada como pintaban las cosas con Caspian; estaba demasiado preocupada por ello, que a veces sentía los estragos en su cerebro de aquella doble preocupación, que a nada bueno habría de llevarle; de un momento a otro colapsaría de ello estaba bien segura.
La puerta se abrió de un solo golpe en ese momento, Caspian se puso de pie como si hubiese sido impulsado por al fuerza de un resorte, y ante ellos caminando con ávida rapidez Adolfo Hitler avanzaba hacia Caspian con pasos presurosos y los ojos brillantes de exaltación. A Lucy el espectáculo de primeras impresiones le asustó, una vez más tranquila, habrá que decir; que el aspecto del führer le causó algo de gracia: Era bajito, rechoncho, con el cabello tan negro pegado al cráneo, un bigotito diminuto que le daba cierto parecido a Charles Chaplin, y además era morena; eso sí; el hombre tenía una personalidad y un porte, que daban nada que ver con la raza que tanto defendía es decir: la de estatura alta, cabellos rubios y ojos de color.
—¡Karl Von Thurn und Taxis! ¿Pero es usted realmente? —exclamó Adolfo Hitler acercándose con alegría conmovida—. Muchacho, me da usted la sorpresa y la alegría más grande que he tenido en muchos años.
Caspian tuvo que reponerse inmediatamente de su sorpresa; el ver al Führer no le causó tanta impresión como creyó; desde un principio. Él mismo avanzó unos pasos para recibir un abrazo caluroso, que bien pudo haberle dado su propio padre; o el mismo doctor Cornelius, debía admitir; que ese hombre le inspiró confianza inmediatamente y hasta hubo por allí un pequeño atisbo de cariño. Nunca le dijeron a ciencia cierta; que tan cercana era la relación del führer con el príncipe; sin embargo; por lo que podía ver estaba seguro de que era una relación extremadamente estrecha; casi de padre e hijo. Nada pareció variar sin embargo en su postura al constatar lo que ya anticipaba. Actuó completamente natural; como si ese hombre hubiese sido su amigo desde hacía años, aunque se suponía que así era. Y curiosamente, los nervios que debió haber sentido al momento mismo de la aparición del führer en la biblioteca, se esfumaban por completo, dejando solamente una sensación de vacío terrible que le erizaba los vellos de la piel.
Total correspondió al abrazo con la misma efusividad que el hombre de mayor edad; pero fue a Lucy quien le impresionó ver al orgulloso dirigente alemán derramar lágrimas en frente de un público no tan vasto; ¿Pero que más daba? Todos estaban conmovidos; Lucy comprendió en ese entonces y muy a su pesar; que el führer tendría que tener algún don especial para lograr; que todos los que le rodeaban soltaran tan de repente el llanto. Como si ellos también fuesen capaces de sentir su exaltación y alegría. Aunque bueno, también comprendía que por delante era el ''Heill Führer'' y por detrás ''váyase al carajo''.
—¡Qué alegría verle! ¡Qué maravillosamente se ha transformado! Es usted un real mozo, caramba. Bastante parecido a su señora madre, pero con todo el aire, con toda la magnífica estampa de los Thurn und Taxis.
Con todo y esas alabanzas; Caspian se sintió un tanto conmovido, de verdad entonces; el Führer esperaba su regreso con muchas ansias.
—Estaba yo en Berlín cuando me avisaron que usted; estaba en la casa de campo de los Zoller, ¡Qué bien le sienta el campo amigo mío! ¡Pero que bien!
—Debo agradecer los cumplidos mi Füher. —Caspian hablaba imitando la voz áspera y rasposa que tenía Thurn y Taxis. Lleno de un extraño orgullo; que no le gustaba nada. — ¿Puedo ofrecer algo? ¿Whiskey? ¿Coñac? ¿Ginebra?
—No, no. —El Führer se secó la última lágrima que corrió por sus arrugadas mejillas; esbozando una ardiente sonrisa; que dejaba al descubierto unos dientes bien cuidados; al tiempo, con una de sus temblorosas manos se quitaba los lentes de fondo de botella. —Debo subir ahora, a presentar mis respetos a la señora de la casa; según ha contado la señora Goebbels, ¿Se acuerda usted, joven?
—Sí. —Mintió Caspian, en realidad; nunca vio a Magda Goebbels; y ello que llevaba todo un día en la finca. —Naturalmente, que la recuerdo; vagamente, el golpe en la cabeza me privó de algunos recuerdos; y me dejó un recuerdo en la pierna.
—Ya encontraremos, quien arregle esa pierna, mi joven amigo; nos vemos hasta la mesa entonces. Pero le decía, me informaron que la pobre Hilda estuvo enferma, no fue de gravedad; pero si supe que causó buena alarma.
—Así son las mujeres mi Führer; hacen de todo con tal de causar escándalo, pero sí, pude darme cuenta de que la señora estaba mala, de verdad.
~~OoC~~
La puerta quedó entreabierta, mientras la señora Zoller se entretenía escuchando un disco de jazz; y leyendo un libro, no se percató de la presencia bajita y de apariencia bonachona que entraba sigilosamente; observándola con suma ternura.
—Madame Zoller.
— ¡Que!...Oh, bienvenido mi Führer; lamento tener que recibirle en este estado tan precario, hubiese mandado colocar algunas rosas y….
—No se preocupe usted niña. —Hitler le palmeó cariñosamente una pierna, haciéndola sonreír, hacía mucho tiempo, que Susan ya se sentía en confianza cada que Hitler aparecía ante su presencia. —He venido por un asunto importante, pero tratándose de usted, decidí interrumpirlo un poquito; ¿Le ha informado su esposo, que el príncipe...?
— ¿De Thurn y Taxis? —Completó Susan. —Sí, en efecto; Frederick quiere que esté lo más cómodo posible, pero parece que nada le complace. No sabía que fuese una persona tan difícil de encantar.
—En efecto, pero hay que tenerle paciencia. Le he pedido precisamente a Zoller que le mantenga en su casa, para ver si ahora sí son capaces de congeniar.
— ¿Congeniar? —Inquirió Susan interesada en el tema, e inclusive se puso otra almohada más en la espalda, para poder estar cómoda; mientras escuchaba.
—Nunca se han caído bien; espero que Frederick modere su carácter, aunque bueno, siendo de la rama de los Holstein Göttorp, dudo mucho que lo haga, él es mucho más toztudo; que el mismísimo Karl.
Susan esbozó una sonrisa.
— ¿Me dejaría actuar de mediadora?
— ¿Usted?
— ¿Y por que no? Si han de verse las caras todos los días; será lógico que aunque sea, con el diario convivir, dejen sus asperezas.
—Se lo agradecería muchísimo mi niña; además, no dudo que Karl se resista ante el encanto de sus ojos.
—Mi Führer, si Frederick entrara.
—El muchacho entendería, se lo aseguro; bueno señora; será mejor que la deje descansar debo pensar en que apenas ha salido usted de una fiebre que la agravó durante días.
—No se preocupe usted, fue solo una fiebre pasajera.
—Yo no diría eso, y la mejor prueba es su lastimosa palidez, será mejor que me vaya, supongo que estará usted deleitándonos con su presencia en la cena.
Susan dejó escapar una angelical carcajada.
—Haré un esfuerzo por asistir, tratándose de usted.
Vaya que estaba dispuesta a hacer un esfuerzo; Caspian era irreconocible, ahora tenía el cabello cortado; la barba crecida abundantemente, hecho que le enmarcaba las facciones, haciéndole parecer más varonil y atractivo al mismo tiempo, pero necesitaba tenerlo tranquilo, quieto; por su parte Frederick no representaba problema sabía que con todo su arsenal femenino podría moldearlo como cera blanca entre sus manos. Tenía miedo; bastante miedo de que una indiscreción de Caspian, echase a perder casi todo el año que llevaba dentro del avispero alemán ya faltaba poco, el Führer centraba sus últimas esperanzas en el millón de soldados mandados a Rusia, y en el regreso de Caspian usurpando el lugar; de un hombre que según Frau realmente murió en ese accidente aéreo.
Era por ello que se decidió de último momento a ayudar a Adolfo Hitler; debía a toda costa mantener las aguas completamente tranquilas, sin indiscreciones, sin alteraciones. Ya tendría tiempo para hablar; pero por el momento solo le cabía actuar. Tomó una campanilla de su buró, haciéndola sonar varias veces, tenía que hacer un esfuerzo por levantarse y dar pequeños pasos, aunque las primeras veces en las que quiso solamente incorporarse unos terribles vértigos le acudían. Y Susan tenía que volver de vuelta a las almohadas. Debía sin embargo seguir haciendo intentos por levantarse.
~~OoC~~
Agachó la cabeza al entrar por la puerta y miró el salón. Su amigo de años, Hans Lagerfeld había llegado antes que él y había conseguido una habitación; lo malo era, como descubrió no sin consternación .En el salón sólo había un cliente más aparte de Hans y el cantinero: un hombre rubio que se encontraba sentado junto al fuego, leyendo, y que a duras penas levantó sus ojos para mirar a Frederick cuando entró.
Al ver al aristócrata de pie, en la puerta, Whilhem, el cantinero, se apresuró a atenderlo.
—Buenas tardes, ¡excelencia! Es un honor, un verdadero honor, darle la bienvenida a mi humilde bar de nuevo , ¿puedo ofrecerle algo de beber?
Frederick resopló enfadado ante lo que era un mero cumplido; pero bueno reparó después en que a esas gentes, la vida se les hiba en deshacerse en cumplidos. Comprendía que era el pilar del negocio, se necesitaba decir cosas agradables a los clientes; para que les quedasen ganas de volver a pisar el local. Sin embargo, la única diferencia era que solía frecuentar ese odioso bar cada tres noches.
Frederick colgó su abrigo en el brazo listo de Whilhem.
—Lo que tenga está bien —dijo, rotundamente.
Frederick se dejó caer sobre una confortable silla junto al fuego. Siempre acudía a ese sitio por placer; a veces se encontraba con viejos amigos, pero esta vez; se trataba de algo diferente. El maldito Thurn y Taxis resultó estar completamente vivo, a pesar de que se presentaron las pruebas contundentes de que su muerte, hubiese sido inminente al momento de caer la aeronave al océano. Raramente, como por arte de magia, el estúpido engreído volvía a la vida con un chasquido de dedos del mismo destino, ¿De que privilegios estaría gozando?
—No luces buena cara el día de hoy Frederick. —Sentenció definitivamente el segundo acompañante de Hans, Hugo Emerson; teniente coronel de la Gestapo estacionada en París.
—Estoy conmocionado simplemente; ¿A caso has escuchado hablar de alguien, que haya muerto y después sobrevivía milagrosamente?
—Reconozco que las cosas salieron mal; pero hay algo que no me encaja en todo esto.
Hugo y Frederick centraron sus miradas en Hans Lagerfeld; quien era uno de los mejores cazadores que la SS pudiese tener, era un tipo al que se le daba bien encontrar personas, durante mucho tiempo estuvo en Grecia, pendiente de cualquier atisbo de vida, que pudiese dar el revivido Karl Von Thurn y Taxis. Curiosamente nunca se encontró nada más que restos del avión calcinado; que de cuando en cuando, depositaba la marea en tierra firme.
— ¿A que te refieres? —Preguntó Hugo, quien por supuesto que sí comprendía; pero la sola idea se le hacía a él mismo incluso, un poco arriesgada.
—Cuando estuvimos investigando por toda Grecia, que se supone fue donde cayó el avión en mal estado; no encontramos más que pedazos de metal regados por algunas islas, pero del cuerpo; o partes de este nada.
—Pudo haber saltado al momento; en que se dio cuenta.
—Acabaría estrellándose contra las rocas, ¡Nadie puede sobrevivir a una caída de siete mil pies de altura!
—Pues él si lo hizo., —Replicó Frederick; en un tono sombrío que erizó los vellos en la piel de los demás. —lo hizo y aquí le tenemos; solo que hay otra cosa más importante aún.
— ¿Cuál es?
—Curiosamente lo encontraron ingleses; ellos fueron quienes empezaron a mandar a Berlín, las pruebas de que el perro estaba vivo.
Lagerfeld y Emerson se voltearon a ver entre sí; Frederick en tanto apuró el último trago de su cerveza para pedir otra más.
—Además de que este; me atrevo a decir que es un poco más amable, el otro imbécil; nos miraba a todos por encima del hombro, inclusive al Führer; que tan consentido lo tuvo todo el tiempo. En el mirar se le notaba lo superior que se sentía a todo mundo, en cambio este es de un material más distinto; hay algo en él que no me cuadra, que me hace sentir que estoy ante un impostor.
— ¡Frederick! —Exclamó Lagerfeld; con un escalofrío recorriéndole la espalda.
Con los tiempos que corrían; era fácil estar a la mira de los espías rusos, ingleses o americanos, ya nadie se encontraba seguro dentro del partido nacionalsocialista, el que podía vendía su información al mejor postor; unos decían que los ingleses eran de muchísima más confianza, otros que los americanos, eso sí; nadie confiaba en los rusos, eran tan…volubles, ¿Cómo confiar en ellos? Pero sí; le dolía reconocerlo, pero el tercer Reich estaba cada vez más débil, el führer necesitaba una tabla de salvación y casualmente el joven; a quien Frederick estaba tachando de impostor en ese momento, era la tabla de salvación del Führer; eso era una cosa, pero ya afirmar, en concreto que el revivido Karl Von Thurn und Taxis, era un impostor abiertamente era definitivamente un juego bastante peligroso.
—Yo opino; que deberíamos esperar. —Aconsejó Emerson, bastante preocupado.
— ¿Esperar? —Interrumpió Frederick, dando un manotazo a la mesa. —Es fácil descubrirlo, últimamente; he sabido de muy buena fuente, que Churchill con ayuda de un tal Pevensie, han logrado interceptar nuestros correos; de eso se han valido para dar información a los americanos.
—Sí. —Confirmó Lagerfeld. —Pero de todas maneras; si vamos hasta donde el führer alegando que el Karl que acabó de ver en tu casa; es un impostor, probablemente seamos nosotros y no él, quienes nos encontremos a bordo de un tren rumbo a Auswitz o Sobibor. Eso definitivamente no nos convendría; y hasta nos quitaría de en medio tan fácil.
—¿Entonces, que proponen ustedes? —Preguntó Frederick, ya al borde de la desesperación; ese tipo sinceramente siempre, lo sacó de sus casillas.
—Como dije antes. —Contestó Emerson; después de dar el último trago a su escocés con agua. —Hay que esperar, de momento sabemos; que el Führer para festejar su regreso, ha propuesto un viaje nacional, por dos razones: la primera para despejarse de sus problemas, la segunda para hacer creer a los americanos que sus avances no le preocupan en nada. La última parada será precisamente la casa de la playa que Karl posee en Colonia; así podremos vigilar su comportamiento de cerca; yo tengo algunos contactos con los ingleses, especialmente con una mujer, ella es Susan Kruger, a quien podemos mandar traer de Inglaterra, con cualquier pretexto, pero aquí. Podríamos pagarle, una buena cantidad de dinero, con tal de que se convierta en la nueva amante de Karl, esto con el fin de que nos proporcione información adecuada., Una vez que hayamos logrado ensamblar todas las pistas del rompecabezas; entonces mostraremos al Führer, que el hombre en quien confió, simplemente es un mentiroso, un espía extraordinariamente parecido físicamente con el que perdió hace dos años.
Todos estuvieron de acuerdo; en que ese era un plan magnifico, casi colosal; Frederick era el más entusiasmado por ello, ansiaba más que nunca deshacerse nuevamente de ese estorbo que significaba el odiado príncipe, y cuanto antes, mejor. Solo con Thurn Und Taxis muerto nuevamente; podría vivir tranquilo.
