Los personajes son de Stephanie Meyer... La historia es una Adaptación del la novela... Vendimia de amor.. autora Catherine Spencer.. no gano nada con esto.. únicamente compartirla con ustedes disfrútenla..
Capítulo 10
A Asegurarnos el futuro -le había informado al día siguiente a Cal cuando éste le había preguntado adónde iba «toda vestida como una señorita de ciudad»-. Saque el vino casero. Esta noche lo celebraremos.
Dos horas más tarde, salía de la ciudad hacia una extensión de camino en la que se veía poco tráfico. Aparcó en el arcén, apagó el motor, apoyó la cabeza en el volante y se puso a llorar.
Ralph McKinley, el director del banco, le había negado la solicitud de un préstamo. No había heredado, tal como en un principio había supuesto, los siete acres de viñedos. Había heredado lo que quedaba de los noventa años de un contrato de noventa años sobre tierra aborigen propiedad de la First Nations Band local. Y lo que eso significaba en términos de dinero contante y sonante era que sólo tenía la casa y las construcciones anexas como aval, las cuales, según McKinley, no eran suficientes.
Según él, lo mejor que podía esperar era que un inversor privado aportara los recursos financieros que necesitaba.
-Una posibilidad remota, en el mejor de los casos -le había expuesto con franqueza-, y que por lo general se produce con una tasa de interés muy elevado, pero son ofertas que surgen de vez en cuando si una empresa anda buscando un refugio fiscal.
Se preguntó cómo había llegado a esa situación.
Tres meses atrás su vida había estado en perfecto, aunque aburrido, orden. En ese momento se hallaba en caída libre. Sus ahorros prácticamente habían desaparecido, el dinero que esperaba obtener de la venta de su apartamento aún no se había materializado, estaba angustiada, estresada, con el corazón roto y completamente extenuada. Y por si todo eso no bastara, la Navidad se hallaba a la vuelta de la esquina y prometía ser la más lúgubre que hubiera vivido jamás... lo cual, dada su desdichada infancia, ya era decir.
-Se la ve un poco agitada -anunció Cal cuando al fin regresó a casa. -El futuro no pinta tan bien como había pensado, ¿verdad?
Demasiado abatida para proyectar optimismo sobre la situación, confesó:
-Intenté pedir un préstamo en el banco, pero me lo denegaron, y si mi apartamento no se vende pronto, Cal, no sé cómo podré mantener este lugar en marcha.
-¿Qué es eso de «mantener» usted sola? Estamos juntos en esto, Bella, y yo tengo unos dólares guardados que puede usar.
Casi nunca la llamaba «Bella». Que lo hiciera en ese momento y con un afecto tan áspero, la empujó a otro torrente de lágrimas.
-No puedo aceptar su dinero -gimió.
-No veo por qué no. A mí no me sirve para nada -prácticamente la empujó al salón, donde ardía un fuego en la chimenea. En cuanto al apartamento que tiene en el este, tarde o temprano alguien lo comprará, así que deje de lloriquear. Está angustiando a nuestros perros.
-¡Oh, Cal! -se pasó las manos por la cara y logró esbozar una sonrisa trémula-. ¿Cómo podré pagarle alguna vez por pasar todo esto conmigo?
-Yo le diré cómo. Vaya a la clínica de la ciudad y dígale a ese cachorro que se hace llamar doctor que le haga un chequeo. Usted no es de las que lloran. Hace falta algo más que un revés para hacerla llorar. No me sorprendería que anduviera con la batería baja por el modo en que ha estado dejándose la piel en la casa.
-Puede que tenga razón -reconoció. -Últimamente me he sentido un poco baja. Pediré cita para la semana que viene.
-Bien -enganchó los pulgares en el cinturón y miró alrededor del salón. -Cambiando de tema, ¿dónde quiere el árbol de Navidad?
-No pensaba ponerlo -el súbito cambio de tema la arrancó de su autocompasión.
-Pues es una condenada pena. Durante su ausencia esta mañana, he ido a comprar uno. Así que decida dónde lo quiere, o lo haré yo.
-Supongo... que en el rincón, entre las ventanas.
-Me alegro, porque pensaba ponerlo ahí de todos modos. Me pondré con él en cuanto nos prepare algo pina comer. Estoy tan hambriento, que mi estómago empieza a pensar que me han cortado el gaznate.
Al oír eso, Bella incluso logró reírse.
-Deje que primero me cambie de ropa -dijo, yendo hacia la escalera-, luego prepararé una sopa y unos sándwiches. Pero, acerca del árbol, Cal, sabe que no tenemos ningún adorno ni luces.
-Eso no importa mientras huela bien. Además, lo que cuenta es la idea. Las familias ponen árboles de Navidad, es así de sencillo.
Pidió hora en la clínica para el lunes siguiente por la tarde. Consciente de que en tres días sería Navidad y de que no había hecho nada especial, decidió recurrir a sus menguantes ahorros e ir de compras.
Estaba a punto de salir de casa a las once cuando llamó Ralph McKinley para pedirle que pasara por el banco. Ceñuda, dijo:
-Hoy dispongo de algo de tiempo, si le viene bien, pero espero que no sean más malas noticias. No me he quedado en números rojos, ¿verdad?
-No, no -aseveró McKinley en tono festivo. -Nada parecido. ¿A qué hora le va bien?
-Puedo estar allí en media hora.
-Perfecto. La veré entonces. Ah, señorita Swan, creo que se va a poner muy contenta con la noticia.
Al entrar en el aparcamiento del banco, se preguntó si el tío abuelo Frank habría dejado una caja de seguridad llena de billetes de cien dólares que había olvidado mencionarle.
-Hace un poco de fresco, ¿verdad? -comentó Ralph McKinley en tono jovial, recibiéndola en la puerta y escoltándola a su despacho. -¿Quiere que le pida a mi secretaria que traiga café para que entre en calor, señorita Swan?
-No, gracias -repuso. Últimamente había descartado el café y no sabía si le sentaría bien con lo nerviosa que se sentía.
-Entonces, iré directamente al grano. Quizá recuerde que la última vez que estuvo aquí, mencioné que de vez en cuando ciertos individuos ricos eligen respaldar empresas que no entran en los cauces oficiales de instituciones crediticias, como la nuestra.
-Sí -confirmó, conteniéndose de pedirle que se dejara de tantos rodeos. -¿Me está diciendo que alguien ha expresado interés por mi situación?
-De hecho, sí -McKinley empujó una única hoja por la superficie de su escritorio-. Todo está ahí detallado, pero esencialmente se reduce a que un grupo privado se ha ofrecido a financiar la rehabilitación de su viñedo mucho más allá de lo que el banco podría llegar a ofrecerle, aunque estuviera en posición de prestarle el dinero que necesita.
-También me informó de que esa clase de oferta va acompañada de un interés mucho mayor que el que cobra el banco.
-Da la casualidad de que en este caso no es así. El acuerdo requiere que usted haga el trabajo y el inversor proporcione los fondos, convirtiéndose a todos los efectos en socio capitalista.
-Que se quedará con mi propiedad si incumplo el pago.
-No. Los términos del acuerdo sólo estipulan dos condiciones... un reparto equitativo de futuros beneficios y opción preferencial para comprarle su parte del negocio a precio de mercado, en el caso de que usted decidiera vender.
-¿Por qué alguien lo querría si la tierra no forma parte del paquete?
-Porque su contrato es válido otros noventa años.
Con el respaldo y la dirección adecuados, en una décima parte de ese tiempo se puede ganar una fortuna. Desde un punto de vista estrictamente pragmático, el pago de un cincuenta por ciento de beneficios a largo plazo se queda corto con lo que podría exigir normalmente un inversor por un préstamo normal, dejando margen incluso para un interés más alto que el habitual.
-Suena demasiado bueno para ser verdad. ¿Quién es ese ángel de misericordia?
-Nadie que le pueda sonar. Es una compañía con el número WMS830090. Pero puedo asegurarle que la oferta es absolutamente legítima y honrada. Tómese unos momentos para echarle un vistazo al contrato, señorita Swan. Es muy claro y creo que la tranquilizará. Luego, si está satisfecha con lo que ve y lo acepta, seré testigo de su firma y con carácter inmediato se le hará la transferencia del dinero a su cuenta.
-¿Y si tengo alguna pregunta?
-Estoy autorizado a respondérselas. Ahora, si me disculpa, necesito hablar con uno de mis cajeros.
A solas, respiró hondo y trató de controlar el temblor de sus manos. Si se trataba de una oferta auténtica, también era un regalo de Dios. Estaban en Navidad, la época de los milagros, y quizá debería dar las gracias porque le hubiera sucedido uno a ella en vez de mostrarse como un sabueso suspicaz.
«Pero esta vez no te precipites», le recomendó su sentido común. «Lee dos veces cada palabra... lo que pone en las líneas y también entre líneas». Aunque se tratara de un contrato sencillo, no firmaría nada hasta que un abogado lo hubiera escudriñado a fondo.
-Llamaré a Greg Lawson -se ofreció McKinley cuando ella le informó de su decisión. -Tiene el bufete enfrente. Si está libre, podría ir a verlo ahora mismo.
De hecho, el abogado se marchaba para comer y aceptó pasar por el banco al salir. Apareció a los pocos minutos.
-No tengo ningún problema en aconsejarle que lo acepte, Bella -repuso después de leer detenidamente el documento. -Mi única pregunta es quién firma en nombre de la empresa.
-Yo -indicó Ralph McKinley-. Tengo un poder notarial para representar al cliente.
El abogado se encogió de hombros.
-¡Entonces, tome una pluma y feliz Navidad, Bella!
Cuando regresaba a casa pasadas las cuatro de la tarde con un diagnóstico de buena salud y la furgoneta llena de compras, se sentía como en las nubes.
-Se hizo un chequeo hace menos de seis meses, así que no veo la necesidad de otro en este momento -le había dicho el doctor después de auscultarle el corazón, los pulmones y tomarle la tensión-. Enviaré muestras de sangre al laboratorio, para asegurarnos, pero por lo que puedo ver, no tiene nada que una Navidad reposada y relajada no pueda solucionar.
Desde allí, había ido al centro comercial de otro pueblo más grande situado a varios kilómetros autopista abajo. Esa noche, habría regalos para Cal y los perros, bajo un árbol decorado con adornos brillantes y luces de colores.
Cuando él volvía de apilar más leña en el porche trasero, tenía lista la cena favorita de Cal: costillas asadas, puré de patatas, zanahorias en salsa y una botella de buen vino tinto. Comida sencilla y honesta, como él, servida en el comedor en vez de en la cocina, con velas en la mesa y servilletas de papel de motivos festivos.
-Bastante elegante -declaró, mirando su plato. -Hemos conseguido dinero, ¿verdad?
-De hecho, sí -repuso ella, contándole toda la reunión del banco.
-Si quiere saber mi opinión, hay algo escurridizo en este trato -gruñó. -La gente no da algo sin esperar nada a cambio... ¡y menos la gente rica! Para empezar, es así como han hecho sus fortunas. Recuerde mis palabras, señorita, hay trampa en alguna parte. Lo que pasa es que aún no se ha topado con ella.
-Si la hay, se le ha escapado a un director de banco y a un abogado. Tanto Ralph McKinley como Greg Lawson han dado su aprobación.
-McKinley es un tipo listo -admitió Cal a regañadientes. -Pocas cosas se le escapan. Y el joven Lawson tampoco está tan mal, teniendo en cuenta que es abogado.
-¡Exacto! Y no es como si hubiera renunciado a mi herencia.
-Le ha dado a un desconocido una opción preferencial para comprar este lugar si decide vender -indicó en tono lúgubre.
-Si eso es lo que le preocupa, no tengo ninguna intención de vender -miró las paredes recién pintadas de una suave tonalidad crema, las molduras brillantes, el suelo lustroso. La leña crepitaba en el fuego mientras en el exterior caía la nieve que chocaba contra los cristales de las ventanas como polillas ciegas. El árbol de Navidad proyectaba sombras apagadas en el salón. -Adoro este lugar, Cal. Se ha convertido en mi hogar... y usted es mi familia.
Él carraspeó y con aspavientos se sirvió puré. -¡Vaya familia! -gruñó. -Una señorita como usted debería tener un marido e hijos, no estar con una pareja de perros y un viejo gruñón como yo.
-¿Ni siquiera si les tengo cariño a los perros y a los viejos gruñones?
Él soltó una de sus ya características risas. -Cuidado con lo que dice si no quiere que le lave la boca con jabón.
Sonriendo, Bella se sentó en silencio durante un rato, más serena de lo que había estado en semanas. No se engañaba. Sabía que el camino que tenía delante sería duro, que el dinero solo no bastaba para devolverle la vida a su viñedo; que requería dedicación, compromiso y paciencia.
También sabía que la añoranza constante de Edward la hostigaría por la noche o por el día, y cuando así fuera, el dolor la dejaría sin aliento. Razón por la que agradecía los momentos como ése, cuando la alegría reinaba, aunque fuera algo efímero.
-Nunca antes hemos hablado de esto, Cal -comentó cuando se hallaban sentados ante la chimenea del salón, después de que hubieran recogido la mesa y con los perros durmiendo a sus pies-, pero ¿cómo cayó este lugar en tanto abandono?
-El alcohol -soltó él sin rodeos. -A Frank siempre le gustó beber, pero empezó en serio hará unos siete años, cuando perdimos casi toda la cosecha durante dos años seguidos. Al final bebió hasta matarse. A mí me encanta todo lo que tenga algo que ver con el cultivo de la vid e intenté que todo siguiera en marcha, pero no es un trabajo para un solo hombre y ya no soy joven. Si quiere que esto funcione, Bella, cuando llegue la primavera va a tener que contratar mano de obra adicional.
-Contaré con usted para que se ocupe de eso. Por lo que a mí respecta, usted está al mando del viñedo y lo que dice va a misa.
Él se puso de pie.
-Supongo que podré vivir con eso -afirmó. -¿Le importa que la deje sola?
-En absoluto. Ha sido un día largo. Voy a alzar las piernas, disfrutar del fuego y del árbol de Navidad y quizá vea algo de televisión.
-Entonces, echaré un par de leños más a la chimenea y sacaré a los perros antes de irme a la cama.
Cuando se fue, subió a darse una ducha y a ponerse un largo camisón blanco bordado con pimpollos y nomeolvides y la bata rosa de felpa con las zapatillas a juego. Sabía que parecía una abuela, pero estaba cómoda y no esperaba compañía.
Recogió el contrato que había dejado en la mesa del recibidor y regresó al salón; acababa de ocupar su sillón favorito cuando sonó el timbre.
Pensando que Cal debía de haberse olvidado las llaves, cruzó el vestíbulo y abrió la puerta.
Allí estaba con los perros, pero no se encontraban solos.
-Sorprendí a este sujeto husmeando por el lugar -indicó-. Conduciendo el mismo coche que vi ayer merodeando por la zona como un zorro que da vueltas alrededor de un gallinero. Afirma que lo conoce. ¿Es cierto?
-Sí, lo conozco -musitó ella. Y con una percepción devastadora supo también quiénera su benefactor anónimo.
-Bella -dijo Edward con ese maravilloso timbre de voz. -Es magnífico verte otra vez. ¿Puedo pasar?
