Capítulo 8

Albert dejó caer los brazos a ambos lados de su cuerpo y apretó los puños, decepcionado y confuso a la vez. ¿Es que en verdad esperaba que ella le diera el colgante? Por supuesto. Sin ninguna duda. Porque la sola idea de que Candy tuviera la esperanza de entregárselo a otro que no fuera él lo puso enfermo. ¿Pero acaso lo merecía? No. También lo sabía. Pero maldita sea, era su esposo. Nadie más que él tenía derecho a poseerlo.

Candy aprovechó la confusión que parecían albergar los pensamientos de Albert para levantarse y abandonar la estancia. Ya en las ennegrecidas escaleras, la voz de Albert a su espalda la detuvo.

—Candy… —La joven giró sobre sus talones y lo miró con tristeza.

Albert descendió unos peldaños hasta tenerla a su alcance. Con suavidad, tomó su muñeca y deslizó la pulsera de Camille en su mano ?

—. Ahora tú eres mi esposa. Te pertenece.

La joven miró incrédula su brazo para después desviar la mirada al rostro de su marido.

—Ni siquiera os habéis planteado si era buena idea, ¿verdad? —Albert la miró sin entender—. Os ha parecido correcto regalarme la pulsera que comprasteis para la mujer que amabais. ¿Pensasteis que me sentiría halagada? —Candy negó con la cabeza, deslizó el objeto de su mano y se lo quitó. No se lo devolvió, pero no iba a llevar el brazalete puesto— Habría preferido un millón de veces que dijerais que la guardara como recuerdo de mi hermana a que me lo ofrecierais porque no teníais otra opción.

—¿Qué más dan las palabras? Los hechos son los mismos. La pulsera te pertenece —contestó contrito. ¿Es que jamás haría nada a derechas con ella? No estaba acostumbrado a sentirse inseguro en sus acciones, ni a la hora de elegir las palabras, y en los últimos días parecía que no hacía más que equivocarse en cada decisión que tomaba.

—Me ha quedado claro, Albert. Si lo que esperáis de mí es que os lo agradezca para sentiros tranquilo, os doy las gracias.

—No quiero que me des las gracias. Quiero que valores mis esfuerzos—protestó.

—Lo tendré en cuenta para la próxima vez. —Candy se dio la vuelta y continuó bajando.

—¿Qué quieres de mí, Candy? —Bajó los escalones de dos en dos hasta detenerla y ponerse frente a ella. Dos peldaños por debajo, tenían el rostro a la misma altura—. Esta situación es difícil para ambos y tenemos que empezar a adaptarnos. Asume que soy un bruto, con un carácter de mil demonios, que está acostumbrado a tenerlo todo bajo control. No voy a cambiar.

—Jamás he querido que cambiarais. Siempre os he aceptado con vuestros defectos y virtudes, que también las veo. Aunque penséis que no. — Alargó una mano y acarició la mejilla cubierta de vello de su marido—. Parece que soportáis el peso del mundo sobre vuestros hombros y os ocupáis de vuestro clan con firmeza y mano izquierda. Al contrario que vos, yo os amé desde un principio tal y como sois.—Albert parpadeó sorprendido por su declaración y la agradable sensación de ser acariciado por sus dedos—. Pero no os da derecho a herirme, consciente o inconscientemente. Ya no. Las condiciones de nuestro matrimonio quedaron claras desde el mismo momento en que os visteis obligado a aceptarme como esposa. Habéis marcado las distancias muchas veces conmigo, sé cuál será mi lugar. No os preocupéis.

—Permíteme que lo dude —las palabras de Albert hacían clara referencia al hecho de seguir manteniendo las distancias. Ni por asomo pensaba ignorar su presencia, entre otras cosas porque desde que la había conocido no había sido capaz de hacerlo. Estaba deseando llegar a Lakewood para disfrutar de la intimidad de su matrimonio. Solo así, quizá, podría mantener sus pensamientos obsesivos a raya y concentrarse en otros menesteres. Esa mujer, su mujer, acabaría por volverlo loco. Sin embargo, Candy malinterpretó sus palabras. ¿Así que Albert dudaba que ella supiera cuál sería su lugar? Una vez más, decepcionada, dejó caer su mano. Enderezó la espalda y apretó los puños a sus costados.

—Confío en que con el tiempo aprendamos a diferenciar entre lo que esperamos el uno del otro y lo que al final recibiremos. —Lo empujó con suavidad para pasar por su lado. Ya al final de las escaleras se detuvo, y sin mirarlo pronunció las palabras que hicieron reaccionar a Albert— En Lakewood quiero tener mi propia habitación.

—Sobre mi cadáver. —Con rapidez le dio alcance de nuevo, la tomó del codo y la giró para apresarla entre sus brazos—. Mi mujer montará el caballo que yo ordene, ocupará la habitación que yo disponga, que será la mía, y dormirá sobre mi cama… cando le permita dormir.

—Ahora soy yo la que os lo pregunta: ¿Qué queréis de mí? —expuso con un deje desesperado en su voz.

No lo entendía, por más que se esforzaba, no sabía a qué atenerse con él.

—Quiero que te comportes como mi esposa. En todos los aspectos.

—Entonces estoy en el derecho de pediros lo mismo. Quiero un marido, no un amo. Quiero poder hablar con vos, que me escuchéis y toméis en serio mis preocupaciones, quiero que dejemos de lado las continuas discusiones, quiero que me aceptéis tal y como soy, pero sobre todo quiero… —su tono de voz fue subiendo poco a poco. Afortunadamente se dio cuenta a tiempo de las palabras que iba a pronunciar y se mordió la lengua para no pedirle que la amara.

—¿Qué ibas a decir? —la voz ronca de Albert reverberó por todo su cuerpo.

—Nada más. No importa —mintió.

—Sé que deseáis que os ame, Candy —adivinó Albert sus palabras—Quizá con el tiempo olvide a Camille, los planes de futuro que había hecho con ella, los hijos que pensaba que tendríamos…

—¡Basta! —lo interrumpió al borde del llanto de nuevo.

—Precisamente porque no quiero herirte debo ser sincero contigo, Candy. Mi cuerpo es tuyo, reacciona a tu presencia desde la primera vez que te vi, pero mis sentimientos...

—No seáis tan engreído —lo cortó incapaz de soportar más declaraciones de amor a su hermana—. Iba a decir que quiero ser la única mujer para vos. Poco me importan vuestros sentimientos, mientras no compartáis vuestras atenciones con otra. Pensad, sentid y adorad a la mujer que queráis, pero no me la restreguéis por mis narices porque entonces yo tomaré el derecho de hacer lo mismo. Respetadme.

Candy apretó el medallón entre sus dedos. Tanto que las piedras preciosas se le clavaron en las palmas de sus manos.

—Eres mía —gruñó afectado por sus palabras—. ¡Mía!

Enredó su cabello rizado en un puño e inclinó la cabeza de la joven para asaltar su boca. No fue un beso tierno, fue un beso de castigo. Absorbente, dominante y terriblemente posesivo. Albert dudaba poder saciarse nunca de las sensaciones que Candy provocaba en su piel.

Sus lenguas luchaban, sus labios competían por estar por encima de los del otro y respiraban el mismo aire que exhalaban. Candy estaba empezando a marearse. El brazo con el que Albert la rodeaba por la cintura la apretó con fuerza contra sus caderas. Un suspiro ahogado salió de la garganta de Candy, su marido parecía querer fundir sus cuerpos. Al escuchar el quejido de su esposa la soltó en el acto.

—Y vos mío. No lo olvidéis —jadeó antes de salir a escape hacia la puerta del castillo.

Fuera, Bruce y Balliol hablaban con los aldeanos que se encontraban en los alrededores retirando cascotes de piedra. Candy ni siquiera se había dado cuenta de que estaban allí cuando había llegado. Fue uno de ellos el que al desviar la mirada la vio. La reconoció en el acto y se acercó solícito a hablar con ella. Desde el asalto al castillo, muchos habían sido los rumores que habían corrido sobre la desaparición de Candice White. Algunos decían que había sido raptada por los asaltantes, otros que había perecido por las llamas, pero ninguno pudo adivinar que regresaría casada con el que iba a ser su cuñado y laird del poderoso clan Andrew. Y menos acompañada por los Bruce y los Balliol.

Correspondió afectuosa a las palabras amables y sentidas de los cada vez más aldeanos que se aproximaban a ella. Por sus comentarios atropellados se enteró que muchos de ellos habían acudido al castillo a sofocar el fuego cuando un jinete desconocido, oculto bajo una enorme capa negra como la noche, pasó al galope por el poblado gritando y dando la voz de alarma. Quiso averiguar más sobre ese extraño hombre, pero no poseían más información.

Albert la observó desde la puerta interactuar con su clan. Estaba claro que la apreciaban. La miraban con admiración y los niños tironeaban de sus faldas, intentando acaparar su atención, hasta que ella los tomaba en brazos y les hacía cosquillas y carantoñas. Allí, en medio del paisaje desolador que ofrecía el hogar de Candy, de los aldeanos que habían perdido a su laird y tenían dificultades para proteger sus tierras y a sus seres queridos, sintió envidia. Un sentimiento que no había experimentado jamás y se sumó a la larga lista de emociones que lo sorprendían desde que había conocido a Candy White. Envidió las miradas cálidas y las caricias que su mujer regalaba a toda esa gente, y lo hizo porque ella quería vetárselas.

—Tienes mala cara, hermano. —Se giró y vio a Anthony apoyado en la pared mordiendo una brizna de hierba—. Déjame que lo adivine: has vuelto a meter la pata.

—Piérdete, Anthony.

—Como tú la perderás a ella. —Tiró la hebra al suelo, montó en su caballo y desapareció por el camino que bordeaba el castillo.

Albert inspiró profundamente. Bajó los escalones, enlazó la cintura de Candy y se encargó de dejar claro con su gesto y su mirada, a los jóvenes que observaban de manera libidinosa a su mujer, que ella le pertenecía.

—¿Qué será ahora de nosotros, mi señora? ¿Os quedaréis para protegernos? —La mujer portaba en brazos a un bebé de pocos meses. Preocupada, tomó la mano de Candy a la espera de una respuesta.

—Yo… Me gustaría, pero…

—Lo que mi mujer quiere decir es que, aunque desearía poder quedarse, ahora su hogar está junto a su marido. No obstante, contaréis con la protección de nuestros hombres hasta que Desmon White llegue y tome posesión de su lugar frente al clan White.

Murmullos de sorpresa se levantaron entre la gente del poblado. Todos conocían de oídas las hazañas del pequeño de los White. Sabían que desde muy joven se había mostrado rebelde y que pese a ser la debilidad de Braden, y contar siempre con su apoyo, Desmon se había marchado a surcar los mares y había rechazado cualquier obligación con su clan. Hacía años que se había establecido en Irlanda.

Bruce y Balliol se acercaron hasta donde estaba la pareja y certificaron que habían recibido carta de Desmon anunciando que no se demoraría en llegar. Mientras, ambos clanes, acompañados de los Andrew, se quedarían en Cumbria para oficiar el funeral por el laird White y su primogénita.

Los hombres de ambos contingentes acamparon a las afueras de la aldea, mientras que, tanto los nobles, como Candy, Albert y Anthony lo hicieron en la posada del pueblo. Agotada física y mentalmente, Candy apenas tomó un poco de estofado antes de que Albert la acompañara a su habitación. Nerviosos, y en tenso silencio, entraron en la estancia. El guerrero cerró la puerta a sus espaldas y se apoyó sobre la madera para observar a su esposa. Su melena color de oro rozaba la curva de su trasero y sus pasos mecían sus caderas incitándolo a acoplarse a su movimiento. Inspiró hondo y decidió marcharse antes de abalanzarse sobre ella y mostrarle los placeres que era capaz de ofrecerle. Sabía que no podía iniciar un acercamiento, no por falta de ganas, sino porque Bruce lo esperaba abajo para hablar sobre Desmon.

La muchacha no osaba moverse. Tenía ganas de despojarse del vestido, lavarse y dejarse caer sobre las sábanas. Pero con Albert allí no se atrevía a hacer nada de eso. Había escuchado que Bruce requería de la presencia de su marido, así que no tardaría en abandonar la estancia. Candy esperaba con la misma ansia su marcha que su regreso. Su relación era una mezcla de amor y odio que la tenía completamente agotada. Cada vez que cedía, él la hería para al momento decir alguna palabra, frase, o iniciar un acercamiento que volvía a hacer caer sus defensas. Miró por encima del hombro y lo que vio le erizó la piel. Jamás había visto una mirada más hambrienta. Un cosquilleo empezó a descender por su estómago.

—¿No os marcháis? —preguntó confusa.

—Por desgracia.

—Andad, pues.

—¿Tienes prisa por deshacerte de mí? —levantó una ceja con socarronería.

—Lo que de verdad deseo es despojarme de la ropa sucia del polvo del camino y refrescarme la piel.

—Puedes empezar cuando quieras.

—¿Con vos aquí? —se escandalizó.

—Es algo que podrás hacer solamente conmigo presente. Con nadie más.

—Preferiría hacerlo a solas.

—Dentro de unos días no pensarás lo mismo.

Se acercó hasta ella, con un dedo enrolló el cordón de su corpiño y tiró con suavidad para deshacerlo. El cuerpo del vestido se aflojó lo suficiente para permitir que Albert colocara las manos sobre los hombros de Candy y fuera deslizándolo poco a poco hasta dejarlo suspendido en precario equilibrio sobre el montículo de sus pechos. La aterciopelada piel de la joven y el movimiento ascendente y descendente que su agitada respiración proferían a su busto amenazaban con hacer caer definitivamente el vestido, y el cálido aliento que exhalaba de sus tentadores labios lo desafiaba a dejarse llevar y perder toda cordura y contención.

—Sois preciosa —murmuró Albert con voz ronca, deseando poder verla desnuda por fin. Con la vista fija en su escote, se percató de un coqueto lunar sobre el pecho derecho. Alargó un dedo y apenas lo acarició cuando la piel de la joven se erizó y los pezones se marcaron a través de la tela. Incapaz de dejar de tocarla, con el dorso de la mano resiguió el contorno que dejaba al descubierto la tela—. Y os deseo tanto.

Acortó las distancias, colocó un dedo bajo la barbilla de su esposa y la obligó a mirarlo a los ojos. Parecía un cervatillo asustado. Esa inocencia, el saber que nadie había profanado su cuerpo ni le había enseñado lo que era el placer lo satisfizo y excitó más si cabe.

—No veo el momento de que seas mía.

—Ya somos marido y mujer.

Albert negó con la cabeza y juntó su frente con la de ella; una sonrisa genuina asomó a sus labios. Eran pocas la veces que Candy lo veía bajar la guardia, por eso, y pese a no entender a qué se refería, prefirió permanecer en silencio.

—Lo somos ante Dios, los nobles y el resto de clanes, pero no en la intimidad —suspiró y se acercó más ella—. Quizá ahora sea el momento.

Cuando Candy sintió las manos de Albert tirar de su vestido para descubrirla, lo sujetó para que no terminara de deslizarse.

—Tranquila —susurró junto a su boca—. No voy a hacerte daño.

Albert acababa de posar sus labios sobre los de su esposa cuando unos golpes en la puerta los interrumpieron. Soltó una maldición y con apenas dos zancadas se acercó a la hoja de madera.

—¡Hablad! —ladró sin abrir y dispuesto a golpear al que se atreviera a atravesar la puerta y ver a Candy semidesnuda.

—Disculpad, laird. Bruce os espera en el salón. Me ha dicho que os pida presteza para terminar vuestros… asuntos conyugales, y bajar lo más pronto posible.

Albert reconoció la voz de Gregor, uno de sus hombres de confianza, así como también la incomodidad que sentía el guerrero por la interrupción.

—Decidle a Bruce que ni por él interrumpiría los asuntos con mi mujer.

—¿Laird? —dudó el hombre al otro lado.

Albert suspiró, miró sobre su hombro a Candy de nuevo, adorablemente ruborizada, apenas cubierta por el vestido, con una cama a su disposición, y maldijo al destino de nuevo.

—Esperadme al pie de las escaleras. Ya salgo. —Escuchó los pasos alejarse y la miró por última vez—. Apostaré a Akir en la puerta. Descansa. Mañana será un día duro.

Candy asintió y lo vio partir. Exhaló el aire que había estado conteniendo y dejó que el vestido se deslizara hasta sus pies.

Con una mano se acarició la piel por donde las yemas de los dedos de Albert la habían acariciado y se volvió a sonrojar al recordar lo estimulantes que le habían resultado sus atenciones. Una especie de excitación recorría su cuerpo, haciéndola más consciente de partes de su anatomía que hasta el momento le habían pasado desapercibidas. Se acercó a la jofaina, humedeció un paño y refrescó su piel antes de acostarse.

Cuando Candy despertó, los rayos de sol entraban por la ventana. Recostada, observó la estancia. Le era extraña, como todo desde hacía unos días. Las compañías, los lugares, su situación como esposa de Albertl… Su vida había cambiado y tenía que empezar a asimilarlo. Pero era duro.

Se incorporó, apartó las pieles y se acercó hasta la ventana. Al abrirla para recibir el aire fresco de la mañana, vio que su habitación daba a la parte trasera de la posada, donde un pequeño huerto estaba siendo cultivado por una muchacha. Mientras faenaba, cantaba una dulce canción en gaélico. Era muy joven y estaba bastante delgada, tenía el cabello rubio y liso, muy parecido al de Camille. Recordar a su hermana precipitó los pensamientos sobre el día que le esperaba. Hoy sería uno de los más duros de su vida, y el más temido desde que supo que tendría que volver a Carlisle. Hoy, tendría que acudir al funeral de su familia. Un nudo atenazó su estómago, se lo sujetó con ambas manos y caminó hacia atrás hasta quedarse sentada en el jergón. Las lágrimas se agolparon en sus ojos, pero esta vez se permitió dejar que fluyeran con libertad. Con la vista perdida en la ventana y la voz melodiosa de la joven, lloró por la muerte de sus seres queridos y por ella, por la soledad, por sentir que no pertenecía a ningún sitio. Cuando ya no le quedaron lágrimas que derramar, se dirigió hasta el aguamanil y se refrescó el rostro. Respiró hondo y de la bolsa de tela que había al lado de la cómoda, sacó uno de los vestidos, cortesía de nuevo de su familiar John Balliol. Fue cuando lo dejó sobre la cama, que se dio cuenta de que había una camisa de hombre a los pies. Confundida y con la respiración acelerada, la tomó entre sus brazos. No tuvo más que acercársela para reconocer aquel olor. Observó con más detenimiento la cama y comprobó lo que ya había empezado a sospechar. Albert había dormido con ella.

Una vez compuesta, Akir la esperaba a la puerta para acompañarla al salón.

Albert la vio bajar las escaleras desde la mesa que compartía con Anthony y sus hombres, acompañada de su fiel sirviente. La observó desde la distancia hasta que ella se encontró con sus ojos y caminó resuelta hacia ellos. Cuanto más se acercaba, más evidente eran los signos de llanto en sus ojos. El verde se había tornado más claro y sus párpados, más hinchados y rojizos de lo normal, confirmaron las sospechas de Albert. Se levantó y con la mano en la parte baja de la espalda la acompañó hasta acomodarla a su lado. Solo hizo falta una mirada de su laird para que todos los ocupantes de la mesa se retiraran, todos excepto uno. Akir esperó a que fuese Candy quien le diera permiso para dejarlos solos. Con un simple asentimiento de cabeza, su señora lo autorizó a marchar.

—¿Estás bien? —se interesó Albert una vez estuvieron solos. Apoyó los codos en la mesa y se acercó a ella, preocupado por su palidez.

—Tengo miedo —confesó sin ambages al tiempo que miraba inquieta de un lado a otro de la posada. No quedaba nadie, ni siquiera el posadero se resistió a la silenciosa orden de Albert.

—Debes creerme cuando digo que no dejaré que te ocurra nada. Lo sabes, ¿verdad? —Colocó una de sus grandes manos sobre las de ella y las cubrió por completo. Con ese gesto se ganó su atención de inmediato.

Candy negó con la cabeza.

—No era a eso a lo que me refería. Me refería al día que me espera. No obstante, ¿por eso habéis dormido en mi cama? ¿Para protegerme?

—Nuestra cama —la corrigió.

—Creí que había dejado clara mi postura al respecto cuando os pedí que quería tener mi propia estancia —se envaró en su silla.

—Yo también pensé que a estas alturas habrías entendido cuál es y dónde está mi lugar —endureció el tono de su voz y se irguió—. No habrá estancias separadas, ni mucho menos camas distintas.

—¡Si tan siquiera soportáis mi presencia! —frustrada, subió el tono de su voz.

—No importa cuál sea mi opinión sobre ti, ni ya puestos, lo que tú quieras. No estamos negociando, te estoy diciendo cómo serán las cosas a partir de ahora.

—Me sois de mucha ayuda, esposo. Gracias por vuestra comprensión y apoyo en esta nueva etapa de nuestra relación.

Se levantó de la mesa, pero Albert la detuvo sujetándola de la muñeca.

—No te he dado permiso para retirarte, Candy. Toma asiento y escucha lo que te tengo que decir.

—¿Algún problema por aquí?

Tanto Albert como Candy se sobresaltaron al escuchar aquella voz profunda. La joven tan solo tuvo tiempo de avistar el pecho ancho y musculoso del hombre que los había interrumpido antes de que Albert la colocara a su espalda y le ocultara toda visión del extraño espontáneo. No así Albert, que lo estudiaba con atención. Ni siquiera lo había escuchado entrar, tan enfrascados estaban el uno el otro. Albert lo miró de arriba a abajo, jamás había visto a aquel guerrero que, en posición amenazante, taladraba con la mirada al laird Andrew.

—Nada que os interese —siseó ya en guardia.

—Permitidme que lo dude —hizo una mueca que podría haberse interpretado como una sonrisa.

Albert lo estudió con atención. Apenas sería unos años mayor que él, pero eran la astucia de su mirada y la compostura de su cuerpo lo que lo hacían parecer más experimentado. Su cabello, de un castaño cobrizo, le llegaba a los hombros. De ojos brillantes y sagaces, corpulento y de aspecto peligroso. No le temía, lucharía contra él sin dudarlo ni un momento. Pero sí temía por Candy.

—Dejadme ver la belleza que escondéis —no fue una sugerencia, fue una orden que terminó por agotar la paciencia de Albert.

—Largaos —murmuró al tiempo que echaba mano a su espada. De reojo vio entrar a Anthony y a Akir. Respiró algo más tranquilo al saber que ellos pondrían a salvo a su esposa si las cosas se ponían feas.

—Jovencita, salid de ahí detrás y dad la cara —respondió el intruso sin hacer el más mínimo caso a Albert, ni moverse un ápice del sitio—. ¿O preferís que os saque yo?

—Si le tocáis uno solo de sus cabellos, os cortaré las manos.

Para su sorpresa, aquel hombre soltó una carcajada hueca. Anthony, que ya había desenvainado su espalda y se estaba colocando tras aquel guerrero, fue detenido por Akir al sujetarlo este por un brazo. Confuso, se giró para encararlo, pero el sirviente negó con la cabeza.

—¿Nighean-bràthar?

Albert ni siquiera tuvo tiempo de reaccionar antes de que Candy se soltara y saliera corriendo para arrojarse a los brazos de aquel indeseable.

Enfadado como nunca, apenas había dado un paso para apartarla de ese hombre cuando la escuchó sollozar su nombre: «Desmon» ¿Ese hombre era Desmon White? Albert habría esperado a alguien mucho más parecido a Braden, no aquel joven y corpulento guerrero.

—Lo siento, pequeña. Siento no haber estado aquí —murmuró mientras la abrazaba con fuerza.

Candy no podía contestar, un nudo apretaba su garganta. Hacía años que no veía a su tío, no había reconocido su voz, pero sí la manera familiar con la que la llamaba. Solo él se refería a ella en gaélico. La última vez que lo vio antes de que se marchara, apenas era una niña y él un apuesto joven que levantaba suspiros a su paso. Para ella había sido más un hermano mayor que su tío. Desde siempre había recordado tener una complicidad especial con él. Gracias a Desmon había aprendido a montar como lo hacía, a trepar a los árboles y a nadar en el riachuelo. También recordaba lo triste que se sintió cuando de la noche a la mañana desapareció y no volvió a pisar Carlisle. Ahora lamentaba que su regreso se debiera a tan tristes circunstancias.

—¿Quién es este hombre que se muere por dejar caer su espada en mi cabeza? —Con cuidado dejó a Candy en el suelo sin desviar la mirada ni una vez de Albert.

Candy suspiró y los presentó.

—Desmon White, mi esposo el laird Albert Andrew

—¿Estáis casada? Así que por fin encontrasteis el amor —su expresión cambió y sonrió cariñoso.

Aunque no hubiese vuelto a pisar Escocia desde que se fue, Braden lo había mantenido al tanto de la situación política y —lo que más le interesaba a Desmon— personal de su familia. Siempre había intuido la naturaleza salvaje de su sobrina, adoraba su inconformismo, y había alabado su sinceridad y firmes principios. Por eso, cada vez que su hermano expresaba su preocupación sobre las intenciones de Candy de casarse por amor, Desmon se posicionaba al lado de Candy. Sabía cuán difícil sería para ella renunciar a la libertad de la que disfrutaba en Carlisle a favor de la responsabilidad de tener un marido y un hogar que dirigir. Por eso había apoyado siempre la decisión de la muchacha de casarse por amor.

—El amor no tiene nada que ver en este matrimonio —respondió Candy antes de que Albert lo aclarara y la dejara en evidencia. No soportaría la mirada de lástima de su tío.

Desmon levantó las cejas sorprendido y los miró de hito en hito. Albert apretó los dientes y guardó la espada. La decepción no se acercaba al sentimiento que había despertado en él el rechazo de Candy, era mucho más. Pero no se paró a analizarlo. Tendió el brazo y esperó a que Desmon se lo estrechara.

—¿Es como afirma mi sobrina? —aceptó el gesto de Albert, pero era evidente que no gozaba de su aprobación.

—Es mucho más complicado.

—Es así de sencillo: ¿la amáis o no?

Cuando Albert iba a responder, Candy se le adelantó de nuevo.

—Albert amaba a Camille, todavía lo hace. Estaba prometido en matrimonio a ella, pero tras… —dudó unos segundos, necesarios para tomar aire y coger fuerzas— tras la muerte de mi hermana los nobles decidieron que la unión entre una White y un Andrew era aún, si cabe, más necesaria. Y la última White que quedaba era yo. Para su desgracia. — Intentó sonreír, pero fracasó estrepitosamente y su gesto se convirtió en una mueca que dejaba en evidencia cuánto le dolía confesar aquello.

—Entiendo. Así que vos erais el prometido de Camille, mi hermano me habló de vos, pero no os había relacionado. No me dijo que ya erais laird de vuestro clan —aseveró Desmon. Miró entristecido a Candy y le acarició la mejilla con ternura—. Al final acabasteis teniendo que aceptar un matrimonio de conveniencia.

—Eso no es del todo cierto. Vuestra sobrina está enamorada de mí casi desde el primer instante en que me vio, White. Visto así, sí que fue una matrimonio por amor —sus palabras rezumaban tanto rencor, estaba tan maltrecho en su orgullo, que no pudo evitar herirla a ella también— aunque no fuera en ambas direcciones.

Cuando la vio dar un paso atrás, como si de verdad la hubiese golpeado, se arrepintió en el acto de sus palabras, como siempre. Lo sacaba tanto de quicio, lo descontrolaba tanto…

—¡Cállate, Albert! —gritó Anthony, testigo de los sorprendentes acontecimientos desde que había entrado en la posada.

Candy cerró los ojos con fuerza. ¿Ese era el sentido que él le había dado a su confesión? ¿Para eso utilizaba las palabras que humildemente le había dedicado en Carlisle? ¿Cuándo se acostumbraría a sus desplantes y a la decepción? Inspiró hondo para tragarse las lágrimas. No lloraría delante de él, de su tío..., de nadie más. Colocó una mano en el hombro de Desmon y salió del salón con pasos vacilantes al principio, y firmes y rápidos después. Albert intentó ir tras ella para pedir perdón, pero Desmon se lo impidió. Colocó una de sus grandes manos sobre el pecho de Albert y siseó frente a su cara:

—Si la volvéis a herir, humillar o ridiculizar en público o en privado, me encargaré personalmente de dejarla viuda. —Apartó el brazo y le dejó el paso libre—. Ahora arreglad lo que acabáis de estropear.

—No os volváis a entrometer en mis asuntos conyugales. —Lo empujó en el hombro al pasar y corrió hacia la puerta de la posada. Si Bruce quería saber cuál era el punto débil de Desmon, a Albert ya no le cabía ninguna duda. El mismo que el suyo: Candy.

Lo último que escuchó antes de traspasar la puerta fue la voz gruesa de Desmon:

—No me conocéis, Andrew ¡Viejo Akir!

No supo cuánto tiempo estuvo allí. Pero por la posición del sol, que cuando llegó estaba bajo y ahora coronaba el cielo, diría que era mediodía. El sonido del agua que chocaba contra las rocas y el canto de los pájaros la habían calmado. Necesitaba esconderse de todo y de todos. Ansiaba llegar a su refugio, un lugar conocido, suyo, para poder recuperar el control. No obstante, ya era hora de regresar, el funeral se oficiaría después de comer y debía prepararse. Cuando apenas puso un pie fuera de la cueva, junto con el piar de los pájaros le llegó su nombre a voz en grito. No tuvo que ser muy avispada para saber de quién se trataba. No obstante, se quedó quieta a la espera de confirmar que Albert la estaba buscando. Oyó de nuevo las voces, suspiró, y se despidió de la paz y el sosiego que le ofrecía aquella lúgubre hendidura en la roca. Apenas bordeó la piedra cuando se dio de bruces con el pecho de su esposo. La tomó por los hombros y la zarandeó sin mucho miramiento.

—¡¿Cómo se te ocurre desaparecer sola?! ¡¿Sin decir a nadie dónde estabas?! —bramó enfadado.

—¡Soltadme! Me hacéis daño.

Albert aflojó su agarre, pero no la soltó. Estaba desesperado, hacía horas que la buscaba sin descanso. Se había visto obligado, en última instancia, a acudir a Desmon y a Anthony, que conversaban en actitud seria con Bruce y Balliol, seguramente hablando del ataque. Pero ahora no podía pararse a lamentar el infortunio de los White, no cuando la que más le importaba de todos ellos estaba desaparecida. Entre los tres registraron la posada, el poblado y el castillo. No fue hasta que Albert, al adentrarse el bosque, divisó a Akir en la orilla del río. Comprendió que el único que podría saber su paradero era el viejo guerrero.

Ni siquiera tuvo que girarse; cuando sintió a Albert a su espalda, no se hizo de rogar y le dijo el paradero de la joven. «Sabía que después de lo ocurrido vendría aquí». Esas fueron sus palabras antes de marcharse y dejarlo solo. Durante el tiempo que duró la ausencia de Candy, miles de pensamientos pasaron por su mente y ninguno bueno. Primero pensó que se escondía de él, luego que podrían haberla secuestrado para finalmente no saber ni qué pensar ni adónde ir…

—Así no puedo protegerte, Candy. Necesito que me facilites las cosas. No puedo planificar tu seguridad y movilizar a mis hombres para que después desaparezcas.

—¿Estáis preocupado por mí o por las consecuencias políticas de mi desaparición? ¡Qué estúpida! Por lo segundo, por supuesto. ¿Pero no habéis pensado que si me ocurriera algo, la unidad entre clanes se haría más fuerte?

Albert no podía creer lo que estaba escuchando. ¿Tan poco creía ella que le importaba? ¿Tan bastardo había sido?

—¿Qué me estás diciendo? —la apretó contra su pecho, agitado—¿Quieres morir, Candy? ¿Tanto detestas nuestro matrimonio?

—No entendéis nada. Soltadme, por favor.

—Explícamelo. Estoy cansado de sentirme un ignorante respecto a ti. Todos parecen comprenderte y conocerte mejor que yo. ¡Y eres mi esposa, maldita sea!

—Eso es porque estáis ciego, Albert. Siempre lo habéis estado cuando se trataba de mí. Jamás os habéis preocupado por mis sentimientos ni por conocerme. Que ahora finjáis que os importo me ofende. Y lo hace porque sé cuánto detestáis mi manera de ser. Cómo odiáis mi necesidad de libertad. Lo he visto en vuestros ojos, desde que nos conocimos he sido un estorbo para vos. Estabais demasiado ocupado intentando enamorar a Camille como para fijaros en mí. Pues dejadme que os diga algo: ella no os amaba, no os quiso nunca, pero jamás habría desafiado a mi padre.

Necesitaba herirlo tanto como él la había herido a ella. Pero para su disgusto, sus sentimientos la traicionaron y comenzó a llorar. Lágrima tras lágrima se sintió más humillada. Lo empujó con fuerza y se removió entre sus brazos.

—Está bien, Candy, está bien… Lo merezco. —La abrazó con fuerza y comenzó a acariciar su espalda. La ternura de su gesto y sus palabras la sorprendieron tanto que le hizo caso y se quedó inmóvil entre sus brazos. Absorbiendo una a una sus caricias mientras se convulsionaba por el llanto.

—No me has sido indiferente. Nunca. Ojalá hubiese sido así, pero no… No quiero que te ocurra nada, Candy. Por favor, pónmelo fácil porque si no enloqueceré. —Levantó el rostro de la joven y limpió sus lágrimas con los pulgares, que se deslizaron hasta sus labios y los recorrieron con devoción—. No sabes lo que me haces sentir…

—Pues decídmelo.

Albert negó con la cabeza y, por toda respuesta, Candy recibió un beso tierno, de devoción, que como siempre, logró derribar todas sus defensas.

Cuando sintió que la necesidad de tomarla amenazaba con hacerle perder la compostura, interrumpió el beso.

—Te llevaré a la posada para descansar. —La tomó en brazos como si no pesara nada. Candy apoyó la cabeza en el hueco de su cuello y se dejó llevar, exhausta psicológicamente como estaba. Pasaron por delante de Anthony y Desmon, que avisados por Akir les esperaban en el salón. No hicieron falta palabras. Con un cruce de miradas fue suficiente.

Albert subió los escalones de dos en dos, abrió la puerta y la depositó con cuidado sobre la cama.

—Ordenaré que te suban algo de comida. Tengo que reunirme con Bruce y Desmon, pero enviaré a alguien a buscarte para que te acompañe a la ceremonia de despedida de tu familia. Te esperaré allí, Candy. No tienes nada que temer, estaré a tu lado, ¿de acuerdo?—acarició con cariño su pelo.

Candy asintió y cerró los ojos con fuerza. ¿Por qué no la amaba? ¿Por qué se comportaba así con ella para luego herirla? ¿Y por qué ella lo seguía amando? Lo último que escuchó fue la puerta cerrarse tras él antes de caer en un profundo sueño.

Tiempo después, estaba terminando de peinarse cuando llamaron a la puerta. Esperaba la llegada de Akir para que la acompañara al castillo, pero no tan pronto. Al lado del que fuera su hogar se celebraría la ceremonia de despedida. Sería algo simbólico, ya que los aldeanos habían enterrado los cuerpos de su padre y de Camille, junto al cuerpo de su madre, tras la murallas, en el ala este del castillo después del ataque. Pero no por eso sería menos angustioso.

Volvieron a llamar con insistencia, respiró hondo y se encaminó a abrir.

—Mi señora, su esposo me envía a por vos para llevaros junto a él.

Candy entrecerró los ojos y lo observó con atención. No lo conocía. No recordaba haberlo visto entre los hombres de su marido, pero eso podía no significar nada, ya que había muchos hombres al servicio de Bruce y Balliol y este podría ser uno de ellos. No obstante, lo que más la extrañaba es que no hubiese venido Akir a buscarla.

—¿Os manda mi esposo?

—Eso he dicho.

—¿Por qué a vos? No os conozco de nada.

El guerrero hizo un gesto de contrariedad que la puso todavía más en alerta. No obstante, dio un paso atrás y asintió.

—Si así lo preferís, le diré al laird Andrew que no queréis obedecer sus órdenes.

Dio media vuelta y se dispuso a bajar las escaleras cuando Candy lo detuvo.

—Un momento... —dudó si aceptar acompañarlo o no. Pero temió no hacerlo y que su decisión fuera motivo de una nueva discusión—Llevadme junto a mi marido.

El hombre asintió y la condujo con rapidez fuera de la posada, que parecía desierta exceptuando la joven a la que Candy había visto cantar en el huerto trasero. La muchacha los observó con curiosidad hasta que los vio desaparecer.

Caminaban con rapidez, al igual que los aldeanos, que corrían nerviosos en dirección contraria a la suya.

—¿Qué ocurre? —preguntó Candy—. ¿Por qué corren todos?

—Se ha dado la alerta de un ataque cerca de Carlisle. Debo poneros a salvo.

Candy aceptó la explicación y se dejó guiar. No obstante, cuando salieron del poblado por la parte más alejada al castillo y su acompañante hizo mención de adentrarse en el bosque, se detuvo.

—Este camino no lleva al castillo. Ni siquiera cerca de él.

—Seguid andando, mi señora —intentó parecer amable, pero había demasiada urgencia en su voz.

—No daré un solo paso más.

—Ya lo creo que sí. —Aquel guerrero perdió toda la paciencia y se lanzó a por ella. Se acercó para intentar cogerla, pero ella lo esquivó dispuesta a desandar el camino. Empezó una carrera desesperada que terminó de manera repentina cuando sintió un fuerte golpe en la espalda que la hizo caer y chocar la cabeza contra el suelo. Perdió el conocimiento en el acto.

Candy intentaba recobrar la consciencia, oía voces, pero un dolor profundo le perforaba el cráneo. Gimió y haciendo un esfuerzo subió las manos hasta la cabeza.

—Se está despertando. ¿Dónde están mis monedas?

—Mi señor la quería sana. Le desagradará que la hayáis herido.

—No colaboró, ¿qué queríais que hiciera?

Candy escuchó el sonido de unas monedas al caer y, entre la bruma de la inconsciencia, también vio salir huyendo al hombre que había ido a buscarla.

—¿Qué hacemos con ella?

—Deberíamos largarnos de aquí lo más pronto posible. Ya se nos escapó una vez en el bosque, no tentemos a la suerte de nuevo.

—¿No tenemos tiempo a nada? ¿Seguro? —Se agachó frente a Candy y ella pudo sentir su fétido aliento sobre su rostro.

Aturdida, intentó focalizar la vista. Había dos hombres agachados junto a ella. Asustada, gimió al intentar incorporarse, pero su estado no se lo permitía.

Uno de ellos se puso a horcajadas sobre ella al tiempo que se relamía los labios.

—Podríamos entretenernos un rato con ella. De momento nadie la está buscando y estamos bastante lejos del castillo…

—Las órdenes fueron de no tocarle ni un pelo —dudó el segundo.

—Mírala, está medio inconsciente, quizá luego ni se acuerde y nadie tiene por qué enterarse. Es una mujer casada, no creo que mancillemos nada que no haya hecho ya su marido. Observa estas tetas…

Comenzó a acariciar el busto de Candy relamiéndose los labios. Ella se despejó de inmediato, se retorció y golpeó con su puño aquel ser despreciable que apestaba a estiércol y cerveza.

—¡Quieta, zorra! —con una mano sujetó sus muñecas y con la otra le propinó un sonoro bofetón. El gusto metálico de la sangre inundó su boca.

—¡Maldita sea, no la golpees! ¿Quieres que nos corten la cabeza?

—Sujétala. Lo que tengo pensado hacer con ella no deja marcas visibles en su rostro. El joven no se enterará… —se agachó y lamió la mejilla de Candy. De lo más profundo de su estómago empezó a sentir arcadas—. Empezaré yo.

—Ahora está más que consciente, lo contará todo… Suéltala.

—Casi no tiene fuerzas, un pequeño golpe y dejará de retorcerse. Pero después, antes quiero que me mire mientras le meto la polla. Quiero que grite.

Candy empezó a chillar desesperada, pero nada podía hacer contra la fuerza de esos hombres. Intentó resistirse cuando el segundo se arrodilló junto a su cabeza y sujetó sus brazos contra el suelo mientras el que tenía encima rasgaba la tela que cubría su busto y lo dejaba a la vista. Las mugrientas manos empezaron a apretar sus pechos sin contemplación mientras ella se retorcía y gritaba impotente.

—Grita, zorra, grita. Me anima saber que cuando te la meta oiré tu voz alta y clara.

Se incorporó un poco, metió las manos dentro del vestido de Candy y fue subiendo por sus piernas. Pero como ella no dejaba de patalear, perdió la paciencia y le propinó otro sonoro bofetón. Se golpeó de nuevo la cabeza contra el suelo y a punto estuvo de perder la consciencia. El otro hombre aprovechó su confusión para acomodarse entre sus piernas, subir sus faldas y empezar a acariciarse la verga emitiendo grotescos gruñidos, anticipándose a aquello de lo que iba a disfrutar.

Ese era el fin. Otro hombre iba a mancillar su cuerpo. Unas manos que no eran las de Albert la tocarían… No. No podía rendirse. Sacó fuerzas de donde no sabía que las tenía e intentó propinar una patada al cerdo que babeaba sobre ella. Como resultado, recibió otro golpe, esta vez más fuerte, que estalló en su cabeza. No podía enfocar bien la vista, comenzó a respirar con dificultad cuando sintió que intentaban arrancar su ropa interior. Las muñecas le dolían del firme agarre del otro hombre y el dolor de cabeza amenazaba con hacerla desfallecer. Gruesas lágrimas comenzaron a correr por su rostro. De pronto, aquel bastardo cayó sobre ella con todo su peso. No podía respirar ni moverse, y nuevas arcadas la convulsionaban. El hombre permaneció inmóvil unos momentos hasta liberarla de su peso por completo. Candy dio bocanadas de aire intentando que el oxígeno llegara a sus pulmones. Tan solo acertó a semiincorporarse y vomitar a un lado. Ahí se dio cuenta de que ya nadie sujetaba sus manos. Miró tras ella y vio al otro asaltante, el que la sujetaba, muerto, con la cabeza partida como una sandía. Nuevas arcadas la sacudieron y volvió a vomitar. Asustada, se giró confusa, incapaz de centrar su visión para ver de dónde provenían los gritos suplicando perdón. Hasta que se volvió al otro lado y presenció el momento justo en que Albert, acompañado de Anthony y Desmon, golpeaba con todas sus fuerzas al individuo que había intentado violentarla. Aquel, arrodillado en el suelo y sujeto por los brazos por su tío y su cuñado, imploraba perdón. Pero en la mirada de Albert no había compasión.

—¡¿En nombre de quién os llevasteis a mi mujer?!

—No sé su nombre, creedme, por favor —lloriqueaba—. Un viejo nos dijo que se la entregáramos. Tened piedad… Os lo suplico…

—Os la habéis llevado, la habéis golpeado. Solo por eso no merecéis vivir. Pero además, la habéis tocado como solo yo puedo hacerlo. Piedad es el último sentimiento que albergo en estos momentos.

Con un gesto de cabeza de Albert, Anthony y Desmon le estiraron más los brazos. Primero clavó su espada en su estómago, y luego, Candy fue testigo de todos y cada uno de los movimientos de su marido mientras levantaba su claymore y, con un círculo perfecto, descargaba su afilada hoja sobre el cuello de su agresor. La cabeza rodó a un lado y el cuerpo inerte chocó contra el suelo cuando su cuñado y su tío lo soltaron. Los oídos le zumbaron con más fuerza. La imagen de Albert corriendo hacia ella fue lo último que vio antes de sumirse en la inconsciencia y que el silencio y la oscuridad lo ocuparan todo.

Continuara...