NdA: Dedicado a Ginnyes, que me lo pidió para superar los nervios de su primer viaje en avión. ¡Ánimo y a disfrutarlo! ^^ Y a los demás, muchas gracias por leer y comentar

Capítulo 10 París, ida y vuelta

Lo último que esperaba Harry cuando recibió el recado de que Kingsley quería hablar con él era que se le presentara la oportunidad de un viaje a París. Al parecer, los aurores franceses estaban teniendo tan poco éxito como ellos tratando de capturar a los secuestradores que operaban en su país –llevaban ya quince víctimas, siete habían desaparecido de una sola vez- y el gobierno francés se había puesto en contacto con el británico para solicitar que Harry fuera unos días a explicarles las medidas de seguridad que estaban empleando en Gran Bretaña.

Había algo de intereses políticos por el medio, de eso Harry estaba bastante seguro porque la experiencia le había enseñado que siempre los había. Quizás los franceses aprovecharían para decir que incluso habían buscado la ayuda del Vencedor de Voldemort con el fin de tranquilizar a la población. Pero fuera como fuera, Harry decidió que si podía ayudar, debía hacerlo, y París era una ciudad que le gustaba mucho, así que dos semanas más tarde, a finales de noviembre, usó un Traslador Internacional y apareció en el vestíbulo del ministerio francés. Era más o menos tan grande como el británico, pero algo más recargado, con retorcidas columnas de mármol y vidrieras de colores. La ministra de Magia francesa le esperaba para darle la bienvenida, así como el jefe de Aurores, y un traductor que hablaba inglés sin apenas acento; los tres le explicaron las actividades que tenían previstas para los cuatro días que iba a pasar en Francia mientras lo llevaban por Red Flú a una confortable posada en una población mágica que había a orillas del Loira.

Si bien por las mañanas trabajaba con los aurores y había cenas y recepciones oficiales para todas las noches, las tardes las tenía libres. El traductor que le había recibido en el ministerio, Michel Charpentier, era también su guía; Harry conocía bastante bien la ciudad aunque sólo chapurreaba el idioma y habría objetado ante la perspectiva de andar con niñera todo el viaje si Michel no hubiera tenido un cuerpo esbelto y una sonrisa prometedora. No pensaba dar el primer paso, la situación era un poco delicada y Michel podía sentirse obligado a acceder en esas circunstancias, pero le bastó sólo la primera tarde para darse cuenta de que la atracción era mutua. Harry se acostó solo aquella noche, pensando que quizás podía arriesgarse. La prensa inglesa no le había seguido hasta allí y la francesa se había contentado con una entrevista y un par de fotos.

A la tarde siguiente, después de lo que parecía una eternidad de insinuaciones y roces aparentemente casuales, la tensión sexual se volvió insoportable. No había vuelto a estar con nadie desde lo de Cavan y su cuerpo estaba pidiendo sexo a gritos. Michel coqueteaba abiertamente con él ya; cuando dejó su mano sobre su brazo, Harry se inclinó hacia él.

-Aún quedan tres horas para la cena… -le murmuró a la oreja-. ¿Por qué no vamos a mi hotel?

Le habría gustado decir algo más ingenioso o seductor, pero tenía tan poca experiencia en ese terreno como un crío de doce años. La honestidad era lo único con lo que se sentía cómodo, aunque le dejara más expuesto. Por suerte, Michel lo encontró una invitación más que suficiente. Cinco minutos después estaban en su habitación del hotel y Michel lo besaba concienzudamente mientras apretaba su cuerpo contra la pared. Harry apenas podía moverse, pero tampoco quería hacerlo. La lengua de Michel estaba haciendo cosas diabólicas con la suya y Harry se estremeció cuando se apretó aún más contra él y pudo sentir su erección frotándose contra la suya.

Michel empezó a entonces a desabrocharle los pantalones con una mano mientras seguía besándole. Harry, impaciente, hizo lo mismo, pero Michel fue más rápido y le bajó los pantalones y los calzoncillos hasta las rodillas. Harry estaba ya prácticamente duro del todo y cuando vio que Michel se arrodillaba, la mera idea de ir a recibir una mamada hizo que su polla diera un pequeño brinquito de alegría. Un segundo después, Harry boqueaba, perdido en la exquisita sensación de todo aquel calor y esa humedad y esa lengua prodigiosa envolviéndole por completo.

-Oh, Dios…

Michel recorrió la punta con insoportable lentitud y Harry gimió, sintiendo que se le doblaban las rodillas. La mano de Michel había empezado a jugar también suavemente con sus testículos, una de sus debilidades, y todo era calor y escalofríos y placer corriendo por sus venas. Michael empezó a chupar entonces con más fuerza, abriendo la boca todo lo que podía y Harry echó la cabeza hacia atrás, jadeando con abandono.

De pronto, notó un dedo húmedo tanteando su entrada. Estaba tan perdido en las sensaciones que tardó unos segundos en reaccionar, y para entonces Michel lo estaba moviendo suavemente y Harry no podía decir que resultara realmente desagradable; no tanto como para distraerlo de la espléndida mamada que estaba recibiendo, desde luego, Y entonces cambió ligeramente el ángulo y rozó un punto nuevo dentro de él que envió chispas por todo su cuerpo e hizo que las caderas se le dispararon hacia delante.

-¡Oh, joder!

Michel volvió a hacerlo una y otra vez, adoptando el mismo ritmo con el que se la estaba chupando. Harry ya no sabía lo que decía; todo lo que salía de su boca eran gemidos roncos y exclamaciones inconexas de placer. No estaba seguro de cuánto tiempo iba a poder aguantar así y trató de avisar a Michel, pero la lengua se le trabó en un jadeo. Entonces notó un segundo dedo preparándose para penetrarle también y se puso súbitamente tenso, comprendiendo de pronto que Michel lo estaba preparando para follárselo.

-Espera –dijo, recobrando algo de sentido. Había una parte de él que le gritaba como un loco qué creía que estaba haciendo, pero la otra decía que de ninguna manera le iban a dar por culo-. Espera, no…

Michel seguía y Harry volvió a decirle que parara mientras lo apartaba de él y le ayudaba a incorporarse. Michel lo miró con absoluto desconcierto.

-Quoi…?

-Yo voy arriba –dijo Harry con firmeza. Y para demostrárselo, lo sujetó por la cintura, y giró para colocarlo ahora a él contra la pared antes de empezar a besarlo con impetuosidad mientras luchaba por bajarle también los pantalones y los calzoncillos y Michel forcejeó un par de segundos antes de rendirse al beso. Harry suspiró con alivio para sus adentros al ver que no ponía pegas y decidió esmerarse para que Michel, al menos, decidiera que el cambio de planes había valido la pena.


Draco sonreía victoriosamente durante el desayuno mientras leía en voz alta una de las invitaciones que acababa de llegar con el correo matutino. Era la tercera de aquella semana, todos para bailes del Solsticio.

-"Apreciado señor Malfoy, su esposa y usted están cordialmente invitados al Baile del Solsticio que daremos el día veintidós a las siete de la tarde en nuestra mansión. Sinceramente, Harmony Bagnold."

El nombre merecía ser enfatizado. Si tenían abierta la puerta de los Bagnold, tenían abiertas las casas de todas las personas que les interesaban.

-Te lo dije –le recordó Astoria, orgullosa-. Lo supe en cuanto vi que estaba formando parte del plan de Igraine Withers de meterme en la Junta de Gobernadores.

Draco asintió, aunque su sonrisa se mitigó un poco cuando vio la expresión de sus padres. Se alegraban, claro, pero sabían que la invitación no les incluía a ellos.

-Es una noticia fantástica –dijo su madre-. Siento una terrible curiosidad por saber cómo es el interior de la mansión Bagnold. Astoria, tú estuviste allí cuando eras pequeña, ¿no es cierto?

Los Bagnold y los Greengrass nunca habían tenido problemas graves entre ellos y Draco sabía que tanto Astoria como Daphne sólo habían caído de sus listas de invitados al emparentar con dos apellidos tan ligados a Voldemort.

-Sí, un par de veces. Apenas recuerdo nada, excepto un tapiz que tenían en una de las paredes. Podía verse a dos unicornios bebiendo en un río a mitad noche y el hilo blanco con el que estaban tejidos estaba hecho de auténtico pelo de unicornio. Aunque tengo entendido que han cambiado la decoración varias veces desde que yo fui allí por última vez.

Las alarmas de la casa avisaron de la llegada de algún visitante. Draco, que no esperaba a nadie, vio que sus padres y Astoria también parecían sorprendidos. Su padre llamó a un elfo para que fuera a ver quién era y el elfo volvió unos segundos después con expresión compungida.

-Lo siento, amo Lucius. Son esos horribles aurores otra vez.

A Draco se le puso un nudo en el estómago.

-¿Te refieres a Harry Potter? –preguntó, esperando acertar, esperando que sólo fuera una visita intempestiva para hablar de algo relacionado con Albus y Scorpius o incluso el caso de los muggles secuestradores.

-No, amo. Wobby ha visto a cinco aurores fuera, pero el auror Potter no está con ellos.

-Es la inspección anual, Draco –le espetó su padre, impaciente.

No podía ser. Draco no podía creer que fuera eso. Después de haber retirado los cargos contra ese pequeño asesino, después de haber ayudado a Potter con el asunto del muggle en coma, de haberle guardado el secreto, de haberle invitado a su casa, de haber creído como un estúpido que Potter estaba realmente interesado en llevarse bien con él, ¿mandaba a los cochinos aurores a su casa?

Draco no sabía con quién estaba más furioso, con Potter por haber actuado así o con él mismo por haber sido tan ingenuo, tan imbécil. Si hubiera tenido a Potter delante, no habría podido controlarse, pero el elfo tenía razón, no estaba allí. El equipo de aurores estaba dirigido esta vez por Chloe Segal, la segunda al mando.

Cobarde, pensó Draco, apretando los dientes. Cobarde, ni siquiera has dado la cara. Nunca tendría que haber retirado la denuncia. Tendrías que haber visto a tu hijo rodeado de cadenas frente al Wizengamot. Tendrías que haber oído cómo lo mandaban a Azkaban y haber pasado noches enteras sufriendo mientras te lo imaginabas allí dentro, solo y asustado.

-Esperaremos en el salón –oyó que decía su madre-. Wobby, Tips, acompañad a los aurores por si necesitan ayuda y vigilad que no roben nada.

Nadie picó el anzuelo ese año. Draco pensó que no era necesario; él era el que había caído en la trampa, la trampa de Potter. Y sabía que lo mejor que podía hacer era disimular, fingir que jamás había esperado otra cosa de ese bastardo, que no se sentía dolido ni traicionado, pero disimular respecto a Potter nunca había sido su fuerte.

-Puedes decirle a tu jefe de mi parte que siempre pensé que era un hipócrita de mierda; lo que no sabía hasta hoy es que también es un cobarde –le dijo a Segal, en su tono más venenoso, sin importarle en absoluto la mirada de censura que le lanzaron sus padres por exponerse así.

Segal entrecerró los ojos, pero el primero en reaccionar fue un auror joven que frunció el ceño y dio un paso amenazador hacia él.

-Oye, tú, ¿por qué no…?

Para sorpresa de Draco, Segal se giró rápidamente hacia el agente.

-Ni una palabra –advirtió, con cara de decirlo muy en serio-. Empezad a inspeccionar la casa, vamos.

-Pero…

-He dicho ni una palabra –repitió. Los otros agentes ya se habían puesto en marcha; el que había intentado defender a Potter se quedó mirando a Segal con expresión casi traicionada y después se marchó con los demás. Draco, que ya estaba dando media vuelta para reunirse con sus padres y Astoria en el salón de invierno, se detuvo al oír que Segal lo llamaba-. Señor Malfoy, por favor, ¿podemos hablar un momento en privado?

A Draco le importaba muy poco lo que pudiera decir, pero siendo una auror no tenía mucha elección, así que se fue con ella a un pequeño gabinete que había cerca de la entrada principal. No solía usarse mucho y a pesar del frío, la chimenea no se había encendido. Los únicos muebles eran una mesa redonda con dos cómodas butacas, un reloj de pie de tic tac adormecedor y una estantería con cinco o seis novelas románticas con un par de siglos de edad. Draco se quedó de pie, apoyado levemente en el respaldo de una de las butacas, y no le ofreció asiento. Era una grosería, pero en esos momentos no le importaba una mierda.

-¿De qué se trata? –preguntó secamente.

Ella tardó unos segundos en empezar, como si no supiera por dónde hacerlo.

-Le recuerdo que en este momento, el jefe Potter está en Francia por motivos laborales. No tiene ni idea de que estamos aquí.

Draco esbozó una sonrisa despectiva.

-¿Espera que me lo crea?

-Es la verdad –dijo ella, encogiéndose de hombros levemente-. De hecho, hemos decidido esperar a que se marchara para hacer las inspecciones porque sabíamos que no aprobaría esto, que se negaría a venir aquí.

-¿Y lo están haciendo a sus espaldas? –inquirió, todavía sin creérselo del todo.

La auror suspiró como si pensara que él estaba siendo deliberadamente obtuso.

-Señor Malfoy, sé que cree que después de todo lo que ha pasado en los últimos meses entre su familia y la de Harry se merece un trato distinto. Él también lo cree. Y hasta es posible que yo lo crea. Pero le recuerdo que no estamos aquí por lo que pensemos al respecto, sino porque hay una sentencia del Wizengamot que nos obliga a hacerlo, queramos o no. Si quiere cambiar eso, tiene que presentar su caso ante el tribunal o incluso pedirle un indulto especial al ministro. Estoy segura de que Harry, el señor Rookwood y muchos otros estarán dispuestos a hablar a su favor. Pero hasta entonces la ley es la ley y debe cumplirse.

Había hablado en tono sereno y firme y Draco se sintió como un completo imbécil. No dudaba de su sinceridad y no podía decir que no tuviera razón. Estaba el detalle de que, en principio, las condiciones de su libertad habían sido a perpetuidad, pero eso no hacía menos ciertas sus palabras. Potter no tenía la culpa de aquellas inspecciones, no las decidía. Toda la cólera venenosa que había sentido hacia él desapareció, dejándolo confundido, incluso un poco aliviado.

- Será mejor que me reúna con mi familia –dijo en tono manso.

-Cuanto antes empecemos, antes acabaremos –asintió Segal-. Y me alegra que nos hayamos entendido. Pero si vuelve a insultar al jefe Potter delante de sus agentes tendré que detenerlo. No podemos tolerar esa clase de comportamiento.

Normalmente Draco se habría sentido encendido de rabia ante la amenaza de una detención, pero consciente de que sus insultos hacia Harry habían sido gratuitos, no se lo tomó tan mal como otras veces y se limitó a asentir también. Cuando ella desapareció por las habitaciones, lanzando conjuros a su paso para detectar la magia negra, Draco se quedó todavía vagando por el vestíbulo, pensando en todo lo que acababa de escuchar.


Michel, definitivamente, no había tenido motivos para protestar y Harry regresó del viaje a Francia de buen humor y con la sensación de que había tenido unas pequeñas vacaciones de lo más entretenidas. Casi se sentía culpable por habérselo pasado tan bien, considerando el motivo por el que había ido realmente allí.

Pero cuando fue a la oficina por primera vez desde su vuelta y Kingsley y Chloe fueron a su despacho a explicarle que habían hecho las inspecciones anuales a las casas de los Marcados durante su ausencia, su buen humor empezó a esfumarse rápidamente.

-¿Habéis ido a Malfoy manor?

-Viven dos Marcados –dijo Chloe, con una voz tranquila que no enmascaraba del todo su malestar-. Teníamos que ir.

-Chloe y los otros aurores obraron siguiendo órdenes directas mías –dijo Kingsley.

-Yo ya había estado allí dos veces este año. No había razón para que mandarais a los aurores.

-Tomando el té, Harry, no examinando la maldita casa –replicó Kingsley-. Escucha, sé que te sientes en deuda con los Malfoy por lo que pasó con James, pero no podemos hacer una excepción con ellos.

-Y por eso os habéis esperado a que yo me fuera para hacerlo a mis espaldas –les acusó, furioso.

-Estaba claro que tú no querías ir, pero alguien tenía que hacerlo –dijo Kingsley-. Vamos, Harry, sé razonable. No querías verte mezclado en eso y no te has visto mezclado.

Harry se tapó la cara con las manos mientras luchaba por mantener la compostura. Le mortificaba pensar en lo que debían de estar pensando en ese instante los Malfoy de él, pero eso no era nada comparado con la humillante sensación de haber sido engañado y tratado como a un niño.

-Lo habéis hecho por mí…

-Lo he hecho para evitar problemas, Harry. Ha sido una decisión exclusivamente mía; deja a Chloe fuera de esto.

-Chloe debía de saberlo o me habría estado recordando que estamos en noviembre y aún no hemos hecho la inspección de este año –replicó Harry, mirándola con cara de pocos amigos. Estaba más enfadado con ella que con él; había confiado ciegamente en ella todos esos años y jamás la habría creído capaz de algo así. Chloe bajó un momento la vista y Harry se alegró.

-Seguía mis órdenes –insistió Kingsley-. Entiendo que esto te haya fastidiado, pero…

-¿Fastidiado? –Harry se puso de pie y apoyó las manos en su escritorio, echando el cuerpo hacia delante-. ¡Esto es una jodida falta de respeto! ¡Y si no fuera porque tenemos el caso de las desapariciones sin cerrar puedes estar seguro de que ahora mismo estaría escribiendo mi carta de renuncia!

Kingsley abrió los ojos, alarmado.

-Vamos, Harry…

-Quiero que os vayáis de mi despacho.

-Harry…

-Fuera, lo digo en serio. Fuera.

En ese momento le importaba muy poco estar hablándole así al ministro de Magia; sabía que si Kingsley seguía delante de él iba a acabar siendo aún más grosero. No había mentido, realmente se habría marchado de allí dando un portazo para no volver. En esos momentos se sentía el hazmerreír del Departamento. Ni siquiera estaba seguro de que aquel viaje no lo hubiera organizado el propio Kingsley; resultaba demasiado providencial para ser una coincidencia.

-Hablaremos cuando estés más tranquilo –dijo Kingsley, yendo hacia la puerta.

Chloe, sin embargo, se había quedado donde estaba.

-Jefe, antes de irme, me gustaría contarte una cosa en privado.

-Ahora no.

Ella siguió sin moverse.

-Es importante –dijo tercamente, mientras Kingsley salía de su despacho tras lanzarles una última mirada.

Harry la observó unos segundos sin molestarse en ocultar su disgusto y finalmente asintió.

-¿Qué quieres?

-No sé si esto va a mejorar las cosas o a empeorarlas, pero cuando fuimos a Malfoy manor hablé con Draco Malfoy. Le expliqué que tú no habías autorizado las inspecciones. –Por un momento, la sorpresa superó cualquier otra emoción; los aurores no solían dar ese tipo de explicaciones-. Pero esa no es la solución. Puede que yo me haya equivocado actuando a tus espaldas y lo siento mucho, pero tú tampoco estás haciendo bien. Te digo lo mismo que a Malfoy: hay una sentencia que nos obliga a inspeccionar su casa al menos una vez al año. Si piensas que no es justo que siga sometido a esas restricciones, convéncele para que lleve su caso frente al Wizengamot y declara a su favor. Es lo único que puede y debe cambiar esa situación.

Sus palabras fueron un pequeño jarro de agua fría. Harry se dio cuenta de que Chloe tenía razón en eso; no bastaba con pensar que Draco no merecía ese trato, tenía que luchar por cambiarlo.

-¿Qué dijo él? –preguntó, imaginando que en esos momentos Malfoy debía de estar arrepentido de no haber enviado a James a Azkaban.

-Al principio estaba furioso contigo y te dedicó unas cuantas palabras poco halagadoras –explicó-. Te lo digo porque había más agentes delante y ellos te lo contarán en cuanto te vean. Pero cuando le expliqué todo esto, lo entendió.

-¿Lo entendió? –repitió, con algo de escepticismo.

Chloe se encogió de hombros.

-Diría que sí. Desde luego, dejó de parecer enfadado.

A Harry le alivió un poco escuchar que quizás había una posibilidad de que su frágil paz con los Malfoy no estuviera arruinada del todo, incluso tuvo que admitir que Chloe había tratado de minimizar los daños, pero eso no hacía menos dura la otra parte de todo aquel asunto.

-Gracias por explicárselo –le dijo-. Pero… ¿cómo quieres que me fíe ahora de ti? Por lo que sé, podrías estar confabulando con Kingsley a mis espaldas.

No se lo había dicho para herirla, pero vio cómo Chloe se tensaba igual que si hubiera recibido un golpe.

-Shacklebolt es el ministro –contestó, con voz ligeramente temblorosa-. Me dio una orden e intenté cumplirla lo mejor posible. Eso no es confabular, no por mi parte.

-Podrías haberme dicho antes lo que pensabas. Podrías haber intentado explicármelo antes de… de meterte en este plan estúpido. ¿Qué coño os pasa a los magos? ¿No sabéis tratar con la gente sin manipularla?

Ahora había también confusión en los ojos de Chloe, quien seguramente no entendía a qué venía ese último estallido. Ron y Hermione lo habrían entendido perfectamente. Habrían sabido sin necesidad de explicaciones por qué odiaba que decidieran sobre él a sus espaldas.

-Lo siento –dijo ella-. Creía que estaba haciendo lo correcto, pero si quieres que renuncie a mi puesto renunciaré.

Harry estaba lo bastante enfadado con ella como para pensárselo, pero no tanto como para tomar una decisión precipitada.

-No, no quiero que renuncies. Sé que Shacklebolt es el responsable de esto. Pero no vuelvas a hacer algo parecido, ¿me has entendido? No vuelvas a actuar a mis espaldas.

Chloe asintió, seria.

-Entendido.

Cuando Chloe se marchó, Harry se quedó pensando en lo que acababa de pasar. Sus primeros pensamientos fueron sobre Shacklebolt, hacia quien no sentía ninguna simpatía en ese momento, pero poco a poco sus ideas empezaron a girar en torno a Draco Malfoy. Chloe tenía razón, lo único que realmente podía hacer por él si creía que no merecía ese trato era ayudarlo a conseguir que el Wizengamot levantara esas restricciones. Eso, sin embargo, no era una decisión fácil. No mejoraría en nada sus relaciones con los Weasley, eso por descontado. ¿Y era realmente lo justo o sólo pensaba así porque había dejado de ser imparcial con ellos, porque ahora Draco le recordaba demasiado a James y viceversa?

Harry buscó el consejo de Hermione, quien se sorprendió bastante al enterarse de la jugada de Shacklebolt –ella había pensado que él había autorizado las inspecciones antes de marcharse a Francia- y aún más al oír sus dudas respecto a Malfoy.

-Harry… -Sus ojos castaños parecían algo suspicaces-, ¿es que lo puso como condición para retirar la demanda de James?

-¿Qué? No, claro que no. Ya sabes cuáles fueron sus condiciones: que James se disculpara públicamente y que no volviera a Hogwarts.

Hermione se quedó en silencio unos segundos, sumida en sus propias reflexiones.

-No sé, Harry… Tú has tratado a Draco estos últimos meses, le conoces mejor que yo. Pero dar públicamente la cara por él, ayudarlo de ese modo… Hay mucha gente a la que no va a gustarle.

-Sí, a la mitad de los Weasley, para empezar, ya lo sé. Pero Hermione, si no conocieras de nada a Malfoy, si simplemente leyeras su expediente… ¿te parecería justo seguir tratándolo como a un criminal? Ese hombre no ha hecho nada malo desde hace más de veinte años.

-Bueno, ha hecho quebrar los comercios de un par de personas –puntualizó ella-. Aunque admito que lo hizo de manera legal.

-Yo no sé nada de economía –dijo Harry-. Pero… va a cumplir los cuarenta el año que viene y está pagando por delitos que cometió con dieciséis y diecisiete años bajo amenaza de muerte. Es demencial.

Hermione se mordió los labios y meneó la cabeza.

-Es por James, ¿verdad? No porque retiró la demanda, sino porque sus situaciones son parecidas.

Harry no había hablado de eso con nadie, pero tampoco quiso negarlo, ya que Hermione lo había adivinado por su cuenta.

-No quiero que James pase por lo que pasó él. Y no quiero que James aprenda que no hay perdón para los errores que uno comete siendo un crío.-Ahora fue él quien meneó la cabeza, pensando en lo mal que lo había pasado su hijo durante el verano-. Es irónico… Si Malfoy no odiara a James, sería la persona perfecta para aconsejarle sobre cómo pasar por todo esto, por las miradas, por las malas caras.

Hermione asintió lentamente.

-Sí, eso puedo entenderlo… Pero si hablas por Malfoy…. Bueno, espero que sepas lo que estás haciendo.


Draco acudió a su cita con Potter aún escocido por las últimas palabras de su padre; éste no sólo le había tildado de estúpido y de iluso por persistir en buscar una relación cordial con Potter, sino que también había prohibido la entrada a la mansión de éste a no ser que lo hiciera como auror y había dicho que si Albus quería ver a Scorpius en Malfoy manor tendría que ir solo.

Pero Potter le había pedido que quedaran en Innsbruck, en público. Y Segal, en cierto sentido, le había abierto los ojos. Draco sabía que había cometido un error absurdo y absolutamente impropio de él al esperar, aunque fuera sin darse cuenta, que Potter les dejaría en paz ahora que se llevaban un poco mejor. ¿En qué había estado pensando? ¿Acaso Potter era el maldito emperador del mundo mágico y su palabra era ley, o algo así? Que él, precisamente él, le hubiera otorgado esa posición en su subconsciente era señal de lo mucho que le alteraba estar en Inglaterra. Potter sólo era un empleado en el ministerio. Un empleado con muchas influencias, eso sin duda, pero no quien tomaba las decisiones en esa comunidad.

Potter no había llegado aún, pero entró por la puerta prácticamente cuando Draco se estaba sentando en una de las mesas libres. Iba vestido con su túnica de auror, lo cual hizo que Draco frunciera el ceño para sus adentros y se preguntara si realmente su padre había tenido razón, después de todo. ¿Pretendía hacerlo sentirse intimidado? ¿O que todos los clientes pensaran que lo estaba interrogando? Pero cuando Potter fue a sentarse con él, se quitó la túnica y se quedó con los pantalones y el suéter azul que llevaba debajo y Draco supuso que, simplemente, llevaba la túnica porque había salido del trabajo y porque era una buena protección contra el frío.

-Te he visto entrar. ¿Ya has pedido?

-No, todavía no.

La camarera ya se estaba acercando –no había muchos clientes, aunque pronto se llenaría un poco más a la hora del almuerzo- y ambos pidieron una cerveza de mantequilla. Los dos guardaron silencio hasta que la camarera regresó con sus cervezas, más allá de un par de comentarios sobre el maldito tiempo. Draco pudo constatar las miradas sorprendidas de reojo que estaban recibiendo. Sorprendidas, pero no escandalizadas. Sí, ya no era escoria de mortífago.

Con las cervezas ya delante y ninguna interrupción a la vista, Potter no se anduvo con preámbulos.

-Ya sé que los aurores estuvieron en Malfoy manor durante mi ausencia.

-Pensaba que los atabas más en corto –dijo, incapaz de dejarlo pasar sin al menos un comentario. Pero no había ido ahí con la intención de ser desagradable, no al menos si Potter no lo era también con él, así que intentó arreglarlo rápidamente-. Pero al menos fue una visita rápida y cortés. Creo que Segal intentó hacerla lo menos desagradable posible.

Potter asintió, aunque aún estaba un poco tenso por su pulla anterior. Draco no había esperado que tuviera tanto efecto y comprendió que debía de estar más enfadado con el responsable (¿Shacklebolt? ¿Granger?) de lo que él había pensado. Interesante.

-Malfoy, escucha… Sé que Chloe te habló de la posibilidad de que presentaras tu caso ante el Wizengamot para que lo revisaran. ¿Has pensado en hacerlo?

-Puede –dijo, sin querer comprometerse. Había hablado del tema con Rookwood y éste le había dicho que tantearía al Wizengamot para ver las posibilidades; si no, estaba dispuesto a firmar su indulto total si llegaba a ministro de Magia.

-Si lo intentas, yo estoy dispuesto a hablar a tu favor, si quieres.

Ahora fue Draco el que se tensó en su silla.

-Gracias, pero no.

Potter frunció un poco el ceño y Draco pensó que si preguntaba por qué no, iba a pegarle un puñetazo.

-Malfoy, no pretendo… Mierda, sé que crees que te he estado restregando lo del incendio, pero…

-Hay una diferencia entre creencias y hechos, Potter –le interrumpió Draco.

-Vale, quizás lo he hecho. Culpa mía, no estuvo bien. Pero esta vez no se trata de eso, te lo prometo –dijo, con vehemencia-. Considéralo una manera de devolverte lo que hiciste por James o algo así.

Draco negó con la cabeza, un poco sorprendido para sus adentros al verlo admitir eso.

-No, Potter. Aunque te crea, la respuesta sigue siendo no.

-Pero, ¿por qué? –insistió-. Si me crees, ¿cuál es el problema?

-No quiero quedar como tu último caso de benevolencia. Y sobre todo, no quiero arriesgarme a que piensen que acordamos que hablarías a mi favor a cambio de retirar la demanda. Te agradezco que quieras ayudar, pero es mejor que te mantengas al margen. Con que no te opongas es suficiente.

Potter hizo una mueca, como si quisiera decir que nunca se opondría, pero luego apartó la vista, rumiando lo que acababa de escuchar. Draco estaba dispuesto a mantenerse en sus trece; aunque la relación entre ellos hubiera mejorado y apreciara su oferta de ayuda, seguía disgustándole la idea de deberle nada. Podía dar mil razones más, pero en realidad era algo visceral. Mientras hubiera otras opciones, prefería prescindir de él.

-Si cambias de idea, dímelo –dijo Potter al final-. Tienes mi palabra de que no intentaré hacerte quedar como mi último caso de benevolencia.

Sus últimas palabras habían tenido algo de retintín.

-No necesitas intentarlo para que haya gente que lo vea así, Potter –dijo Draco, un poco conciliador-. De todos modos, ¿a qué viene este súbito interés por mi situación? No creo que sea sólo por lo de la denuncia.

Potter le dio un trago a su cerveza, tardando unos segundos en contestar. Draco tuvo la sensación de que la pregunta era aún más incómoda de lo que él había supuesto. Pero necesitaba saberlo, joder. Potter le estaba volviendo loco.

-No es por la denuncia –dijo al fin-. ¿Crees que te ofrecería ayuda para librarte de esas medidas legales si pensara que son necesarias? Pero creo que no lo son. No te las mereces. Y quizás no cambie mucho las cosas, porque tu padre seguirá sometido a ellas y todavía tendremos que ir a Malfoy manor al menos una vez al año, pero…al menos no será por ti. Ha pasado tanto tiempo… y sólo eras un crío. No has hecho nada malo desde entonces y no está bien que te sigan tratando así por algo que hiciste cuando eras un crío.

Había algo ahí, un significado oculto tras aquellas palabras, una respuesta que andaba buscando aunque era una respuesta que ya sabía. Sólo tenía que pensar un poco más, sabía que estaba a punto de comprenderlo… Oh, claro, qué idiota… ¿Cómo no se había dado cuenta antes? James, claro. Eso era lo que le había hecho cambiar. No porque se sintiera culpable, que lo hacía, sino también porque veía el paralelismo entre la situación de ambos.

Aunque era un poco decepcionante averiguar que no se debía a sus propias virtudes –Potter era probablemente incapaz por naturaleza de reconocerle alguna- ahora ya sabía por qué estaba siendo agradable, más que cortés con él. Era un alivio saberlo.

Eso no cambiaba las cosas, por supuesto. Draco seguía pensando que era imposible que pudieran llevarse bien y el último episodio en Malfoy manor sólo lo probaba. Pero Potter estaba intentando ser justo con él y Draco se sintió inclinado a hacer lo mismo.

-Imagino que los aurores te contaron cuál fue mi primera reacción cuando entraron a la mansión.

Potter hizo una mueca.

-¿Te refieres a tu amable recado?

Draco asintió y le dio un trago a su cerveza mientras buscaba las palabras adecuadas.

-Aunque lo hubieras autorizado tú, tu ayudante tiene razón. Las inspecciones son una decisión del Wizengamot y estás obligado a llevarlas a cabo quieras o no. Fue absurdo echarte la culpa, lo siento.

Para gusto de Draco, Potter pareció un poco demasiado sorprendido por su disculpa. Que no hubiera mostrado a menudo sus modales delante de él y sus amigos no quería decir que no los tuviera. Y mucho mejores que los suyos o los de los Weasley, muchas gracias. Luego Potter asintió ligeramente, como aceptando sus disculpas, e hizo rodar la jarra entre sus manos.

-¿Sabes algo de Hogwarts? ¿Has tenido noticias de Scorpius? Le mandé ayer una carta a Albus explicándole lo que había pasado, pero no sé todavía si ha llegado a tiempo de evitar que discutan o se peleen por esto.

Draco le quitó importancia con la mano. Él también había pensado en los chicos y había tomado las medidas oportunas después de su conversación con la auror Segal.

-No, no se pelearon. Le escribí a Scorpius explicándose que era cosa del Wizengamot y le mandé la carta a Blaise con un elfo para que él se la diera a Scorpius. La noticia de las inspecciones ni siquiera había llegado aún a Hogwarts.

Potter asintió con evidente alivio.

-Ah, menos mal –dijo para sí mismo-. Me tenía preocupado, lo admito.

Draco lo miró con curiosidad. Los Malfoy tenían sus propias razones para apreciar a Albus, pero Draco siempre había dado por sentado que los Potter aprobaban a regañadientes esa amistad porque no querían quedar como los malos prohibiéndola. Aunque Potter, tenía que admitirlo, siempre había sido simpático con Scorpius.

-¿Qué es lo que te preocupaba? –preguntó, intentando que sonara como una broma, no como un ataque-. ¿Que se pelearan o que Albus te echara la culpa a ti?

Por suerte, Potter no se lo tomó a mal.

-Las dos cosas –dijo, esbozando una sonrisa.

Si estaba disimulando su desaprobación hacia la amistad entre los dos chicos, era el mejor actor de Europa. Y Draco dudaba mucho que lo fuera. No, a Potter no le importaba en absoluto que su hijo fuera amigo de Scorpius. Se había equivocado al pensar que era así.

Y no pudo evitar preguntarse si se habría equivocado en algo más.

Continuará.