Disclaimer: Tanto la historia como los personajes no son de mi creación. Los personajes pertenecen a Stephenie Meyer y la historia es una adaptacion de una novela de Harlequin


Bella estaba furiosa, y cuando regresaron al rancho a la mañana siguiente y subió a su habitación estaba decidida a ajustarle las cuentas al onde Aro.

Se moría por darse una ducha y comer algo, pero se negó ambas cosas. Tenía que reparar los daños que había causado.

Aunque fuera lo último que hiciese conseguiría poner al conde contra las cuerdas. Un tipo tan rastrero como él sin duda tenía que estar metido en unos cuantos asuntos turbios. Estaba decidida a destaparlos todos y a dárselos a conocer al mundo. Ya era tarde para deshacer sus errores, pero todavía estaba a tiempo de evitar que aquel villano siguiera haciendo daño a Edward. Procedería con mucho cuidado y conseguiría poner fin a aquellas especulaciones que estaban manchando su reputación.

Tomó el teléfono, pidió a la recepcionista que quería hacer una llamada al extranjero, y minutos después había dejado de trabajar para Aro con la excusa de que Edward había abandonado el rancho y no sabía adónde había ido. El conde lógicamente se había enfadado muchísimo, y le había exigido que volviera a seguirle la pista, pero Bella se había negado.

Luego, inmensamente aliviada de no tener ya nada que ver con aquel miserable que tanto daño le había hecho al hombre al que amaba, se puso a repasar todas las fotografías y toda la documentación de las últimas dos semanas y metió todo lo que consideró oportuno en un sobre para enviarlo por correo urgente. El rey Carlisle tenía que ver los originales de aquellas fotografías que habían sido alteradas, y leer los informes que había escrito sobre las actividades de Edward antes de aceptar como ciertas las mentiras del conde.

Rogando por que su plan funcionara hizo varias llamadas más intentando no pensar demasiado en todo el dinero que aquello le estaba costando y le iba a costar. El conde le había prometido una cantidad muy generosa, pero hasta la fecha no había visto ni un centavo.

Por la tarde Bella estaba dando los últimos toques a su plan cuando llamaron a la puerta de su habitación. Al oír la voz de Edward se apresuró a echar su bata sobre los papeles que tenía encima de la cama y fue a abrir.

–He venido para «escoltarte» hasta el comedor –le dijo con una sonrisa.

Hacía horas del desayuno y Bella no había tomado más que un par de sándwiches para almorzar, pero no podía permitirse el lujo de perder tiempo.

–Gracias, pero creo que no voy a cenar. Estoy algo cansada.

–Podría subirte algo –propuso él –; podríamos cenar los dos aquí, en tu habitación.

Bella negó con la cabeza, deseando que se fuera antes de que no pudiese aguantar más y se lo confesase todo.

–Te lo agradezco, Edward, de verdad, pero no. Una sombra de decepción cruzó por su rostro.

–¿He hecho o dicho algo que...?

–No, por supuesto que no –se apresuró a decir ella –. Pero te irás pronto, como me dijiste ayer, y creo que es mejor que empiece a hacerme a la idea, a acostumbrarme a no tenerte a mi lado.

Ése no era el verdadero motivo, pero al menos no era una mentira.

Edward le acarició el rostro y Bella se sintió estremecer por dentro.

–Como quieras – murmuró. Te dejo entonces para que puedas descansar.

Sin embargo, iba a salir ya por la puerta cuando se volvió.

–Emmett y Alice han organizado un baile para mañana por la noche –le dijo–. ¿Asistirás?

Para borrar la preocupación de su rostro Bella sonrió y le dijo con fingida alegría:

–Oh, sí, claro que iré. No me lo perdería por nada del mundo.

En aquel momento habría accedido a cualquier cosa con tal de que la dejara a solas. Sentía que estaba a punto de derrumbarse, de echarse a llorar, y todavía tenía que ir a la ciudad a enviar aquel sobre a su padre, el rey Carlisle de Montavia.

El sábado por la tarde Bella estaba sentada en el silloncito junto a la ventana de su habitación, envuelta en un albornoz y con la cara cubierta por una mascarilla, mientras Jessica, sentada en el suelo con las piernas cruzadas, le pintaba las uñas de los pies.

–No sé cómo he dejado que me convencieras para hacerme esto –le dijo a la adolescente.

–Pues luego te pintaré las uñas de las manos y te depilaré las cejas –respondió Jessica sin levantar la vista.

Bella se echó hacia atrás.

–¿Depilarme las cejas...? ¡Ni de broma!

–Estate quieta. Acabo de pintarte la planta del pie de rojo pasión.

Desde que Edward le preguntara si iba a ir al baile que se celebraba esa noche en el rancho, Bella había estado hecha un manojo de nervios. No había tenido intención de volver a verlo hasta que no hubiera hallado la manera de acorralar al conde Aro y reparar el daño que había hecho, pero Edward se marchaba el lunes por la mañana y le había dicho que iría.

Señalándose la cara, le preguntó a Jessica:

–¿Cuándo voy a poder quitarme esta...?

El teléfono la interrumpió, pero Jessica se levantó y apuntando el pincelito de la laca de uñas hacia ella le dijo:

–No te muevas; yo te daré el teléfono. Como si pudiera a moverse con bolas de algodón entre los dedos de los pies y aquella cosa pegajosa en la cara, se dijo Bella. Jessica le tendió el aparato y ella lo tomó.

_¿Diga? –¿Bella?

De pronto el corazón quería salírsele por la boca.

¡Oh, no!

–¿Ben?

–Sí, soy Ben. He estado recibiendo unas llamadas muy raras estos últimos dos días –le dijo visiblemente irritado–. Me ha llevado un poco de tiempo entender de qué se trataba, pero ahora ya lo veo todo claro. Por alguna estúpida razón has estado haciendo pasar mi agencia por tuya.

–¿No vas a dejar que te lo explique? –inquirió Bella contrayendo el rostro y mirando de reojo a Jessica, que fingía no estar escuchando.

–¿Explicarme qué? Soy detective –le espetó Ben. A juzgar por el tono de ira apenas controlada de su voz Bella supo que estaba en un buen lío–. No necesito tus explicaciones... sobre todo cuando el jefe de la Casa Real de Montavia ha amenazado con demandarnos por tu incompetencia.

Bella trató de interrumpirlo, de decirle que el conde Aro estaba molesto porque se había negado a seguir trabajando para él, pero Ben estaba furioso y siguió hablando.

–Si no fueras mí cuñada ya habría hecho que te arrestaran –masculló–. En vez de eso te diré simplemente que... ¡estás despedida! Esta vez ni siquiera Ángela puede salvarte el trasero. Se acabó, Bella, no volveré a darte ni un solo caso. Nunca estuviste hecha para este trabajo.

A Bella le sudaban las manos y por dentro estaba temblando, pero cuando habló su voz sonó sorprendentemente calmada:

–¿Sabes qué, Ben? Me da igual. Aro es un traidor; lo que ha estado haciendo es intentar tratar de dañar la imagen de quien creía que podía confiar en él. Al negarme a seguir trabajando para él le corte las alas y por eso está que se sube por las paredes. Si vas a despedirme por eso, adelante. No habría podido seguir viviendo sabiendo que estaba haciéndole daño a alguien que me importa.

–Estás despedida, Bella; vete haciendo a la idea –repitió Ben.

Y antes de que la joven pudiera decir otra palabra en su defensa cortó la comunicación.

Bella se quedó mirando el teléfono inalámbrico un rato antes de entregárselo a Jessica.

La chica le puso el tapón al botecito de la laca de uñas y tomó el aparato.

–No sé con quién hablabas, pero por tu cara yo diría que no ha ido muy bien.

Bella bajó la vista a las uñas de sus pies y admiró el trabajo de la adolescente. Curiosamente, a pesar de la humillación de haber sido despedida y de que aún le sudaban las manos, se sentía bastante bien. Era absurdo, pero sí, se sentía bien. Su carrera estaba acabada y su hermana probablemente querría matarla, pero se sentía maravillosamente liberada.

Le habría gustado haber podido demostrarle a Ben que sabía hacer su trabajo, pero en ese momento lo único que le importaba era arreglar las cosas, reparar el daño que había hecho.

Había metido la pata hasta el fondo, pero no dejaría que Aro volviera a hacerle daño a Edward; eso era mucho más importante que cualquier trabajo.

Sintiéndose extrañamente aliviada, extendió una mano hacia Jessica.

–Procede, por favor –le dijo. Una leve sonrisa asomó a sus labios y añadió–: Y luego ve a por las pinzas.

Edward se miró en el espejo y se puso derecha la corbata. Aquélla sería la última noche que pasaría con Bella y estaba tan nervioso como un adolescente en su primera cita. Bella había estado evitándolo todo el día y comprendía sus motivos, pero la había echado de menos; muchísimo. Había echado de menos su alegre risa, su conversación, sus ocurrencias... pero sobre todo había echado de menos poder abrazarla y besarla.

¿Cómo podría decirle adiós a aquella maravillosa mujer que tanto había hecho por él? Bella lo había hecho darse cuenta de cuánto amaba su país, de que quería ser rey para servir a sus gentes; le había hecho comprender que no había sido responsable de la muerte de su hermano. Le había robado el corazón con su sencillez y su bondad.

Una mujer como ella se merecía mucho más que un baile de despedida, se dijo, y una vez más se descubrió pensando en invitarla a visitar Montavia cuando hubiera desmentido esos falsos rumores que circulaban sobre él y las cosas se hubieran calmado.

¿Querría Bella ir si la invitara?, ¿o se enfadaría porque le hubiese ocultado su verdadera identidad todo ese tiempo?

Desde la muerte de Jasper se había acostumbrado a no compartir sus preocupaciones con nadie, a llevar su carga solo, pero esa noche ansiaba hablar con su padre, recibir sus sabios consejos.

Antes de que pudiera cambiar de opinión se sentó en la cama, tomó su teléfono móvil y marcó el número privado del despacho de su padre en palacio.

–Edward, estaba a punto de llamarte –le dijo el rey cuando contestó a la llamada.

Algo en su tono de voz puso a Edward sobre aviso.

–¿Han surgido más problemas? –inquirió.

–Los problemas son los mismos –respondió su padre–, sólo que han tomado un cariz mucho más preocupante. Debo pedirte que regreses de inmediato.

–Tenía previsto volver el lunes.

–No, no, tienes que regresar de inmediato para que podamos ayudarte. Ya te he enviado un avión privado.

–Padre, no entiendo nada: ¿qué...?

El rey exhaló un suspiro cansado.

–Aro estaba tan preocupado por ti que contrató a alguien de una agencia de detectives para que te vigilara, y aunque me resulte doloroso aceptar la verdad, las fotografías y los informes que me ha enseñado no dejan lugar a dudas. Debes dejar que te ayudemos, Edward. Tienes un problema y necesitas ayuda.

Edward no podía dar crédito a lo que estaba oyendo. ¿Aro había contratado a un detective?, ¿alguien le había estado haciendo fotos allí, en el rancho?

–Padre, te juro que no sé de qué me hablas. Yo no tengo ningún problema, pero cuando vuelva llegaré al fondo de este asunto, y esa persona que ha estado difundiendo mentiras sobre mí sí que lo tendrá –le dijo–. Dime, ¿qué clase de problema se supone que tengo?

–Los informes que esa agencia le ha remitido a Aro dice que tienes problemas con la bebida y que te has estado comportando de un modo muy poco decoroso para alguien de tu rango. Hay fotos tuyas con mujeres ligeras de ropa y... Mira, Edward, Aro me ha hablado de un centro médico en Zurich donde podrían ayudarte...

¿Un centro médico? Aquello era una locura.

–Padre, esos informes no son más que una sarta de mentiras y esas fotografías tienen que ser montajes.

–Querría creerte, hijo, pero... ¿por qué motivo le remitiría informes falsos esa agencia a Aro?

–No lo sé, pero te aseguro que tengo intención de averiguarlo –respondió Edward–. ¿Te dijo el conde el nombre de ese detective?

Edward escuchó un ruido de papeles al otro lado de la línea.

–Ah, aquí está... –murmuró su padre–. Es una agencia de Dallas, Texas. Se llama Investigaciones Wright, y el nombre de esa persona es... Isabella Swan.

Bella supo que algo iba mal en el mismo instante en que Edward entró en el salón. De pie junto a Alice, que se había deshecho en alabanzas sobre su vestido y lo bien maquillada que iba, observó la tirantez con que saludaba al matrimonio Stanley, que estaba junto a la puerta.

Luego paseó la mirada por el salón, la vio, y se dirigió hacia ella abriéndose paso entre los demás huéspedes y empleados del rancho.

Por la expresión en su rostro a Bella no le quedó duda alguna de que lo sabía, y el corazón le latió con fuerza. Habría querido salir corriendo, pero se quedó allí de pie, esperando lo inevitable, lo que se merecía después de lo que había hecho.

–Baila conmigo– le dijo Edward en un tono tan gélido como la mirada en sus ojos verdes.

A Bella el estómago le dio un vuelco cuando la tomó por la cintura y la atrajo hacia sí. Podía notar la tensión en su cuerpo, y el modo en que le tenía asida la cintura le recordó a la manera en que había sostenido el periódico aquel día que se conocieron antes de tirarlo a la papelera... como si hasta tocarla le repugnara.

Sus labios, tan prontos a la sonrisa, formaban una línea apretada en su rostro, y tenía la mandíbula contraída.

–¿Ocurre algo?

Creo que tú puedes responder esa pregunta mucho mejor que yo.

Sí, lo sabía; lo sabía y la odiaba por lo que había hecho.

–Lo siento –murmuró–. Quería contártelo, pero antes tenía que...

–¿Antes tenías qué, Bella? –la cortó él–. ¿Tenías que cobrar tu cheque? ¿Tenías que destruir mi reputación por completo? Hasta mi padre ha empezado a creer las mentiras que has escrito sobre mí.

–Mis informes no decían más que la pura verdad –replicó ella–. Ha sido el conde Aro quien...

Las manos de Edward le apretaron la cintura.

–¿Hasta dónde habrías llegado con esto? –la interrumpió de nuevo sin escucharla–. ¿Habrías sido capaz de hacer fotos de nosotros haciendo el amor para luego venderlas al mejor postor?

Mortificada de que Edward pudiera creerla capaz de algo así, Bella trató de apartarse de él, pero Edward la retuvo, e hizo que siguiera girando con él como si no pasara nada.

–Aún no te conocía bien cuando empecé a trabajar para el conde –le dijo Bella–. Aún no me había enamorado de ti –murmuró conteniendo las lágrimas, desesperada por que Edward comprendiese.

Durante una fracción de segundo la expresión del rostro de Edward se suavizó, y Bella pudo ver el espantoso dolor que se ocultaba tras su ira.

Edward levantó una mano para tocar su mejilla, pero se detuvo y la dejó caer antes de quitar la otra de su cintura y apartarse de ella. Se quedó mirándola un momento, y luego se giró sobre los talones y se alejó.

Bella se quedó allí de pie con el corazón hecho añicos. Habría querido correr tras él, ponerse de rodillas y suplicar su perdón, pero sabía que no tenía sentido. El era un príncipe, un futuro rey, y aunque no lo hubiese traicionado como había hecho, igualmente habría salido de su vida.

Sus mejillas ardían y los ojos le escocían por las lágrimas que todavía estaba intentando contener. Por unos instantes se había sentido como una princesa de un cuento de hadas, pero el reloj había anunciado la llegada de la medianoche y la carroza se había convertido de nuevo en calabaza, los caballos en ratones, y ella en Cenicienta.

Edward se agarró a la barandilla del porche e inspiró profundamente en un intento por calmar las revueltas emociones que agitaban su alma. Estaba temblando por dentro. No había sentido un dolor semejante al que estaba sintiendo desde el día en que había muerto su hermano Jasper. Debería estar furioso, pero únicamente sentía un dolor lacerante en el pecho por saber que la mujer a la que amaba lo había traicionado.

Un ruido de pasos detrás de él le dijo que alguien se acercaba. Por el rabillo del ojo vio que se trataba de Emmett, que se detuvo a su lado, pero no alzó la vista.

–¿Va todo bien?

Edward dejó escapar una risa amarga. –No, nada va bien. –¿Quieres hablar de ello? Edward sacudió la cabeza.

–Hay un avión privado en camino; viene a recogerme para llevarme de regreso a Montavia –le dijo–. Me iré por la mañana.

–¿Es eso lo que estabas diciéndole a Bella? –No.

–Entonces... ¿por qué está llorando?

Edward giró la cabeza hacia él y frunció el entrecejo. –¿Llorando'?; ¿estás seguro?

–Pues claro que estoy seguro. Detesto ver a una mujer llorar. ¿Qué es lo que has hecho, partirle el corazón?

–No, me lo ha partido ella a mí –contestó Edward quedamente.

Sabía que en Emmett sí podía confiar y se lo contó todo.

–A ver si lo he entendido... –dijo Emmett cuando hubo acabado de hablar–. Bella no te dijo que era detective... pero tú tampoco le habías dicho que eres un príncipe.

–¿Y qué más da eso?; ella ya lo sabía.

–Esa no es la cuestión –dijo su amigo–; la cuestión es que no has sido más honrado con ella de lo que ella lo ha sido contigo.

–Yo tenía una razón válida para no revelarle mi identidad– replicó Edward irritado.

Sin embargo luego se quedó callado, pensativo. ¿De verdad habían sido válidos sus motivos para no haberse sincerado con ella? La verdad era que mucho después de que hubiera empezado a confiar en ella, de que se hubiese dado cuenta de que se estaba enamorando de ella, había seguido manteniendo su identidad en secreto.

De pronto, por encima de la música de la fiesta se oyó el ruido de un motor, y al poco rato las luces de un coche que se detuvo frente a la casa los deslumbró. Los dos se pusieron la mano a modo de visera para ver de quién se trataba.

Del vehículo se bajó una mujer alta, y bien vestida que se acercó a ellos.

–Estoy buscando a mi hermana, Isabella Swan –les dijo.

–Ángela «la Maravillosa»... –murmuró Edward sin darse cuenta de lo que decía.

La mujer giró el rostro hacia él.

–Debe de conocer usted a mi hermana –dijo.

–Sí, la conozco.

La mujer le tendió una elegante mano.

–Soy Ángela Wright. ¿Podría decirme dónde encontrar a Bella?

–¿Wright? –repitió Edward poniéndose tenso–. ¿Tiene algo que ver con Investigaciones Wright, la agencia para la que Bella trabaja? –inquirió. La agencia que tantos problemas le había causado...

–Trabajaba– matizó Angela–. Por eso estoy aquí; para asegurarme de que está bien.

–¿Trabajaba? ¿Qué quiere decir?

La hermosa Ángela lo miró con frialdad.

–Mire, no quiero ser grosera pero aunque conozca a mi hermana yo no lo conozco y no tengo por qué darle ninguna explicación. Y ahora si no le importa, ya que parece que no va a decirme dónde está, la buscaré yo misma –dijo subiendo las escaleras del porche.

Edward se interpuso en su camino.

–Espere, por favor. Este caballero es Emmett Hale, el dueño de este rancho, y yo soy Edward Cullen, y sí, soy amigo de Bella.

Ángela se quedó mirándolo fijamente.

–Vaya, vaya, vaya... Así que usted es el príncipe de incógnito, el que le ha causado tantos problemas a mi pobre hermana...

–Perdón, ¿cómo dice? Es su hermana quien me ha causado un sinfín de problemas a mí y un escándalo en mi país.

–Deje que le diga algo, señor príncipe –masculló Ángela apuntándolo con un dedo–: Me ha llevado mi tiempo descubrir qué se traía mi hermana entre manos, pero algo he aprendido en todos estos años del oficio de detective estando casada con uno. Bella descubrió que un hombre de su confianza, un tal Aro, ha estado alterando los informes y las fotografías que le enviaba y que luego se los entregaba a la prensa para desacreditarlo. Cuando se negó a seguir trabajando para él se puso furioso. Llamó a mi marido para quejarse de ella con más mentiras y ha conseguido que la despida.

Edward dio un paso atrás. ¿Podría ser cierto aquello?, ¿podría ser Aro el verdadero culpable?

–¿Bella ha perdido su empleo?

–Sí, y ha sido por protegerlo a usted, por intentar arreglar las cosas y hacer lo correcto. Ha estado matándose a trabajar estos últimos días, intentando descubrir por qué ese hombre quiere desacreditarlo. Y todos los gastos han salido de su propio bolsillo; su pomposo conde le prometió mucho dinero, pero no le ha pagado ni un solo centavo.

De pronto todo tenía sentido: los constantes intentos de Aro por minar su confianza en sí mismo y en sus decisiones, su furia cuando había desaparecido, escapando de su influencia... No sabía qué podía tener contra él, pero estaba decidido a averiguarlo.

–Oh, Bella.. qué injusto he sido con ella –murmuró.

Bella había sido víctima de las maquinaciones del conde tanto como lo había sido él.

Una de las fuertes manos de Emmett se posó en su hombro.

–Tal vez deberías ir a hablar con ella –le dijo–, aclarar todo este asunto antes de que te marches.

–Sí, debo hacerlo –respondió él–. ¿Le importaría que hablase yo primero con ella? –le preguntó a Angela–. Le diré que está usted aquí.

Angela lo miró con los labios fruncidos.

–Mi hermana está enamorada de usted, ¿no es verdad?

Aquellas palabras fueron como música celestial para los oídos de Edward. Eso espero.

Angela esbozó una media sonrisa.

–Muy bien, señor príncipe. Le daré quince minutos... y más le vale hacer lo correcto, porque si no...

Los farolillos que bordeaban el jardín en la parte trasera de la casa apenas lo iluminaban, y Bella estaba sentada en la penumbra, en un banco de madera que había bajo un roble enorme, hecha un mar de lágrimas.

Había salido corriendo del salón de baile y por el camino había perdido una de sus bonitas sandalias, pero tampoco le importaba. Había sido una tonta gastándose el dinero en unos zapatos como aquéllos. Era una mujer sin el menor atractivo y eso no se podía comprar, se dijo enjugándose las lágrimas con el dorso de la mano. Al hacerlo se llevó lo poco que quedaba del maquillaje que tan cuidadosamente le había aplicado Jessica, pero eso tampoco le importaba.

–Bella...

¿Estaba soñando o le había parecido oír la voz de Edward?

–Bella, mi amor...

Alzó el rostro en la dirección de la que venía la voz y lo vio aproximándose a ella. Bella se irguió sollozando y con el corazón latiéndole como un loco. ¿Qué estaba haciendo allí?

Edward se sentó a su lado y tomó su mano.

–Te debo una disculpa–le dijo en un tono quedo.

–No–replicó ella sacudiendo la cabeza–. Yo no he sido sincera contigo.

–Es verdad, pero tampoco yo lo he sido.

–Tú tenías razones para ocultarme tu identidad –le dijo ella–. Aunque seas un príncipe tienes tanto derecho como cualquiera a pasar unos días tranquilo. Pero no pretendía hacerte daño –añadió mirándolo con un nudo en la garganta–; te prometo que no.

Edward se giró un poco más hacia ella.

–Ha venido tu hermana.

–¿Angela está aquí? Oh, Dios, seguro que quiere matarme.

–Muy al contrario –replicó él con una sonrisa me matará a mí si no hago lo correcto. Me ha contado lo que has estado haciendo estos últimos días; lo mucho que te estás esforzando por arreglar las cosas.

–Eso era lo que quería explicarte antes, Edward –le dijo Bella–. El conde Aro está tratando de desacreditarte, y aunque el marido de mi hermana no vuelva a admitirme nunca en la agencia te juro que averiguaré por qué; lo detendré. Tú eres el heredero legítimo al trono; la gente de tu país te necesita como rey.

–Lo sé –murmuró él–. Ahora lo sé gracias a ti. Y puedo asegurarte que con tu ayuda conseguiremos que todo esto se aclare.

–¿Con mi ayuda?, ¿,quieres decir que me dejarás trabajar para ti? –inquirió ella esperanzada.

Soñar con su amor era un imposible, pero se sentiría dichosa si pudiese al menos reparar sus errores.

–No, Bella, jamás permitiría que trabajaras para mí.

Bella bajó la cabeza apesadumbrada, y sintió que los ojos volvían a llenársele de lágrimas.

–Entonces deja al menos que te recomiende a alguien –murmuró–. Mi cuñado es un buen detective y...

Edward la tomó por la barbilla para hacer que alzara el rostro y le impuso silencio colocando un dedo sobre sus labios.

–Shhh... No hablemos más de trabajo, ni de culpas, Bella–le dijo.

A la joven le pareció ver en sus ojos, verdes como la esmeralda, algo que hizo que su corazón palpitara con fuerza.

–Esta noche he estado a punto de cometer el peor error de mi vida –murmuró Edward.

Tomó su mano, y cuando se la llevó a los labios para besar cada uno de sus nudillos aquel gesto tan tierno hizo que nuevas lágrimas afloraran a los ojos de Bella.

–He estado a punto de perder para siempre a la mujer más increíble que he conocido. Te amo, Bella, y quiero que vengas conmigo a Montavia, que seas mi reina.

Aquellas palabras hicieron que un pánico repentino se apoderara de Bella.

–¿Cómo? Espera, espera un momento. Edward–le dijo nerviosa–. ¿Yo? ¿reina? No, no, es imposible. Tu gente nunca aceptaría tener por reina a alguien como yo.

–¿Qué bobadas estás diciendo, Bella? –le reprochó él rodeándola por los hombros y atrayéndola hacia sí–. Si eso fuera así serían unos estúpidos y yo no querría ser su rey. Tú eres hermosa, Bella, y también bondadosa, inteligente, y divertida... Me gusta todo de ti.

Bella sollozó un poco, conmovida.

–¿Incluso que vaya por ahí tropezándome con todo?

–Cuando haces eso me gustas más aún –contestó él riéndose suavemente–. Esta noche me he dado cuenta de que si no te tengo a mi lado soy un ser incompleto. Todo hombre, y especialmente un rey, necesita a una mujer fuerte junto a él. Y esa mujer eres tú, Bella; no podría vivir sin ti.

Bella alzó el rostro hacia él.

–Pero... ¿qué dirá tu familia?

–Mi familia y mi patria son importantes para mí, pero deben aceptarme tal y como soy. Las gentes de mi país son sabias, Bella, y estoy seguro de que llegarán a quererte tanto como yo.

De pronto Bella se vio a sí misma a través de los ojos de Edward. La verdad era que había cambiado tanto en esas últimas semanas... Amar a Edward le había dado más confianza en sí misma de la que había tenido nunca. Tal vez nunca sería tan maravillosa como su hermana, pero eso ya no le importaba; era la mujer a la que Edward amaba y con eso le bastaba.

Lo miró, sintiéndose tan feliz que le pareció que el corazón iba a estallarle de dicha, y le dijo:

–Bueno, ¿vas a besarme ya o no? Estoy cansándome de tanto hablar.

Edward se rió.

–No hasta que digas «sí».

Sonriente, Bella tomó su rostro entre ambas manos, y apoyando su frente en la de él le susurró:

–Sí, sí, sí.

Edward la atrajo hacia sí y tomó sus labios en un beso cargado de promesas, y luego, murmurando una deliciosa mezcla de inglés y francés, la besó también en las mejillas, en los párpados, en la nariz...

Minutos después seguían los dos abrazados y dentro comenzó a sonar una canción romántica.

–Creo que están tocando nuestra canción– le dijo Edward a Bella.

La joven levantó la cabeza de su pecho y lo miró. Nada le gustaría más que bailar con él, pero tenía un problema. Levantó el pie descalzo y le dijo:

–No puedo; he perdido un zapato.

Una sonrisa divertida se dibujó en los labios de él.

–¿Se parecía a éste? –inquirió sacando la otra sandalia de detrás de sí.

Bella lo miró boquiabierta.

–¿Dónde lo has...?

Para su sorpresa Edward se puso entonces de pie, hincó una rodilla en el suelo y tomando su pie descalzo le puso la sandalia.

Luego volvió a levantarse e hizo una ligera reverencia.

–¿Me concedes este baile, amor?

Con el corazón rebosante de felicidad Bella se puso de pie y tomó su mano. Edward le rodeó la cintura con los brazos y comenzaron a girar por el jardín bajo la tenue luz de la luna.


Hola Chicas!!

Llegó la hora de decir adios,

que triste! este fue el ultimo capitulo y espero que hayan quedado conformes y les haya gustado!

como saben... falta el epilogo! asi que pronto lo subiré... y ese será el adios definitivo!

Muuuchas gracias por todos los reviews que han dejado en tooodos los capitulos, y espero con ansias leer los que dejaran en este para saber sus opiniones.

muchisimos besos y abrazos a todas :)

y NO OLVIDEN DEJAR SUS REVIEWS!!

Nos vemos en el EPILOGO!!