.

Disclaimer: Los personajes de esta historia pertenecen a NaokoTakeuchi, solo los utilizo porque me gusta perder mi cabeza en historias locas.

.


.

.

Senderos Perdidos

.

.

10º "Conexiones."

.

.

Yaten

Terminé de tomar mi café mientras miraba por la ventana, sin poder despegar mis ojos de allí. Sé que es un día caluroso, pero he dormido poco, y el café parece ser mi única salvación. Supongo que tampoco me salva de todo en la vida.

Creí que mi nueva compañera de hogar no aguantaría mucho sin salir, pero me equivoqué. Habían pasado dos semanas desde que huimos de la biblioteca y Mina estaba viviendo conmigo.

Es decir, no es que estemos viviendo juntos, solo la estoy alojando. Pero si cuando se quedó apenas dos días, ya todo se había complicado entre nosotros, dos semanas habían hecho daño profundo.

Y no es que ella me haga daño, pero sigo pensando que es peligroso todo esto que nos está pasando. Lo que me está pasando con ella. Tuve que cerrar mis ojos por un instante, tratando de no enojarme nuevamente, como cada vez que me costaba negar esta situación entre nosotros.

Me gusta, su cercanía, su cuerpo, su sonrisa aun cuando nada está bien. Me gusta poder reír libremente con ella, como si nada pudiese interrumpirnos. Y odio ablandarme así, abrirme con alguien que nada tiene que ver conmigo.

Pero estas semanas había conocido mucho más de ella, de la vida que tenía antes de este enredo mafioso. Supe que trabajó a veces mientras iba a la escuela, que le iba mal y solía quedarse dormida, o que le gustaba ir con su hermana a los videojuegos. Y peor aún, supe de sus sueños, lo que quería ella para su vida, y que ahora parecía tan lejos de su alcance.

Abrí mis ojos de nuevo, volviendo a mirar por la ventana, y allí estaba ella. Mina sonreía mientras acomodaba un intento de picnic que quiso hacer para nosotros. Sé que está aburrida e impaciente, pero también me tranquiliza que no se fuera a meter a la ciudad sabiendo que estaban buscándola.

Noté a los hombres de Ace rondando lugares que Mina visitó, y Lita también me dijo que él estaba vuelto loco buscando a Venus. Pero por alguna razón ella me hizo caso, quedándose aquí mientras yo iba y venía, trayéndole lo que necesitara.

Pero ella no era la única que se escondía. En todos estos días, Seiya apenas había llamado un par de veces, dando excusas para no reunirse conmigo, y eso me preocupaba. Su actitud era tan dispar al momento en que nos reencontramos, cuando exigía mi ayuda y parecía incluso desesperado por encontrar a una persona de la que nunca supe su nombre. Y otra desaparición de Seiya solo podía significar problemas.

Mina me vio, haciéndome una seña para que saliera a su encuentro, al fin teniendo listo el lugar.

Dejé mi café y salí, tomando antes un pequeño bolso para reunirme con ella allí donde me esperaba bajo la sombra de un árbol. Y se veía tan bien con ese vestido, era algo simple, pero daba igual, porque sus piernas al sol eran un espectáculo, pero no tanto como su sonrisa y su mirada ansiosa.

Ese vestido se lo había comprado hace poco, porque luego de su huída, Mina no tenía siquiera ropa para cambiarse. No se quejó, alegando que nunca tuvo una gran situación económica como para llenarse de ropa, por más que le gustase, sabía que ella y su hermana necesitaban otras cosas con más urgencia. Y ahí estaba yo nuevamente, teniendo demasiadas consideraciones que ni ella estaba pidiéndome.

Miré su rostro sonriente, no entendiendo cómo lo hacía.

—¿Y bien? —preguntó, apuntando lo que tenía allí para comer y beber.

Miré la manta, las frutas y tonterías de comer. Ella solo lo puso sobre platos, porque después de todos estos días era claro que no podía cocinar. Junto con todas las golosinas, había vino y copas.

—¿Estamos celebrando algo? —le pregunté, no queriendo seguirle tan fácilmente el juego.

—Supongo que sí —respondió, sentándose en la manta. Y luego volvió a mirarme. —Vamos a celebrar que pronto todo se resolverá.

Ella llevaba días aquí sin saber de su hermana, y aunque teníamos información sobre la espada, ella ya no la necesitaba. Y todos esos días aquí permaneció metida en los libros que robamos, estaba haciendo mucho, pero era al final todo lo que ella hacía me ayudaba a mí, no a encontrar a su hermana.

Y yo había estado tan ocupado cubriendo la mentira que inventé para Ami y Rei, que poco pude hacer por ayudarla. Quizá mentirle a esas dos fue un error, porque el tiempo que estaba perdiendo para hacer de esa mentira algo creíble, era demasiado.

Y aun así, teniendo tan poco de lo que quería, Mina aquí estaba, intentando que pasásemos un buen rato.

—Esperé algo más elaborado, me hiciste esperar un buen rato —bromeé.

—Puedo ir a cocinarte unos panqueques —ofreció, estirándose para tomar mi mano y obligarme a sentarme allí en el suelo.

Sirvió ambas copas, dándome una para luego tornarse algo seria.

—Gracias —dijo sincera.

—¿Y por qué sería?

Ella bebió un poco del vino, pareciendo que necesitaba infundirse valor, y contuve mi sonrisa al verla nerviosa.

—Se que aun no encontramos a Serena, ni hemos logrado liberarte de los Black o los Aino, pero no estamos perdidos, yo ya no me siento perdida, y es gracias a ti.

Mi sonrisa murió, notando cómo de pronto era yo quien se sentía nervioso. Todo esto sonaba tan diferente ahora, porque yo sabía que había mucho más tras sus palabras. No logré comprender cómo una ladrona que me agredió sin piedad el día que nos conocimos, podía estar ahora tan presente para mi.

Aunque ella no era esa ladrona, era la niña que apenas recordaba, una persona que mi padre quiso ver a salvo, y yo haría todo lo que pudiera para verla feliz.

—Somos amigos, estamos juntos en esto —respondí torpe.

Mina se bebió el resto de la copa de una vez, acercándose para descansar su cabeza en mis piernas, tan natural como si llevásemos la vida entera así de cercanos. Y no pude evitar acariciar su cabello, mientras ella miraba el cielo despejado.

—Cuando todo esto termine, quiero hacer las cosas bien —murmuró.

—No creo que hicieras algo malo antes.

—Tampoco era la persona más correcta, hay muchas cosas que no sabes de mi —comentó algo avergonzada.

—Ya me estás asustando —le dije, sin dejar de tocar su cabello, me perturbaba lo mucho que me gustaba hacerlo.

—Siempre copiaba en los exámenes de la escuela. Y varias veces robé cosas, eran cosas que necesitábamos. Serena nunca lo supo, ella es mucho más correcta que yo, no habría estado de acuerdo. Supongo que por eso Ace quiso que ese fuera mi trabajo para él, sabía que iba a ser fácil para mí.

—¿Por qué estás diciéndome todo esto? —pregunté, extrañado de tanta confesión. Entiendo que debió ser difícil para ella y su hermana salir adelante. Pero lo que hiciera era parte del pasado, y si ella quería hacer algo bueno con su vida al salir de todo este lío, era lo único que importaba.

—Tu crees que soy una víctima, pero no lo soy, hice cosas malas, varias veces golpeé a chicas de mi escuela, o gente que veía por allí —agregó, y la miré frunciendo el ceño.

—¿Te hicieron algo?

—Se burlaban de Serena y de mí por no tener una madre, una familia. Yo solía enojarme mucho y mi hermana lloraba, no podía soportarlo, y las golpeaba —admitió.

—Eras una pequeña matona —dije divertido, no podía culparla, habría hecho lo mismo si alguien atacaba a Seiya. Además no quería seguir viendo su rostro serio.

Pero por más que quise bromear con ella, parte de mí seguía intentando evitar la culpa, pero la miraba y a ratos me costaba.

No pude contenerme y le dije a Mina que había más información sobre su madre, que aun no tenía claridad sobre dónde venía, y que comencé a buscar información sobre su padre. Le debía un poco de honestidad.

Pero en estos días también había logrado seguir más pistas escondidas por mi padre, y dentro de todo, una de las cosas que más temí me habían sido confirmadas: el incendio nunca fue un accidente.

Mina me había contado varias veces pequeños trozos de la noche en que perdió a su madre, y mi padre tenía pruebas suficientes que apuntaban a que el fuego comenzó porque alguien quería matar a los habitantes de ese hogar. Y puede que el objetivo solo fuese Ikuko Tsukino, pero también existía la posibilidad de que ese alguien aun quisiera matar a Mina y Serena.

Y yo solo pensé que si podía librarme de los Black, encontrar al heredero y salir de aquí, podría llevarla lejos, donde nadie la encontrase para dañarla. Pero se que nunca va a irse mientras no encuentre a su hermana. Y quizá yo debería de una vez decirle toda la verdad.

—¿Vas a sacar fotos? —preguntó de pronto, interrumpiendo mis pensamientos, apuntando el bolso con el que salí de la cabaña.

—Claro, traje mi cámara, pero estoy bien ahora así —comenté.

Había traído mi cámara, esa que guardaba en mi antigua casa, y Mina pareció fascinada cuando supo en lo que solía trabajar. No paró de preguntar sobre fotografía, y de intentar usar mi cámara como su fuese su nuevo juguete favorito.

Y era curioso, porque a ratos le tomé algunas fotos, cuando ella no lo notaba, incluso cuando estaba triste, sin necesidad de que ella hablara sobre la razón de esa tristeza.

No podía dejarla aquí más tiempo encerrada, o iba a terminar matándola de angustia.

—¿Quieres ir a la ciudad? —ofrecí.

—Dijiste que era peligroso —murmuró, mirándome dudosa.

—Si, pero ya se ha dispersado la búsqueda —le calmé y ella sonrió más tranquila.

—Quiero ir, comenzaré a revisar alrededor de donde vivíamos —me informó.

—De acuerdo, iré contigo.

No dijo alguna cosa, simplemente permaneció sonriendo, acercando la botella de vino para servir más.

Pronto hubo otras botellas vacías a nuestro alrededor, y seguía haciendo calor. Sus mejillas ruborizadas por el alcohol y el clima solo hacían más difícil apartar mis ojos de ella.

Se movió un poco, reacomodándose sobre la manta antes de incorporarse, quedando frente a mí.

Me distraje con la tira de su vestido, que cayó por su hombro, y pronto vi su mano acariciar mi rostro, trayéndome de vuelta a su mirada.

—Hay una cosa más que quiero decir —anunció.

Se veía tan seria y nerviosa, que comencé a sospechar que lo que ella iba a decir, era importante. Y no supe si quería escucharlo.

Puede que yo sea un idiota, pero la verdad es que escucharla decirme algo sobre lo que sentía por mí, era más de lo que podía manejar.

Yo mismo no podía comprender qué me pasaba con ella, porqué estaba poniendo mi propia seguridad en peligro y cambiado mis planes iniciales. Ahora mucho de lo que yo hacía tenía que ver con el temor que sentí que la atraparan y saliera lastimada.

No era solo lujuria, por más que quise auto-convencerme, pero tampoco podía explicarlo, no quería explicarlo. No podía olvidar que aun preocupándome por ella, y teniéndole un poco de estima, estoy tan atrapado como Mina, y debo encontrar mi salida también.

El tiempo de las palabras llegaría más adelante, o quizá podíamos evitarlas eternamente. Por ahora lo único que se me ocurría, era distraerla de la misma forma en que ella siempre me distraía a mí.

Tomé su rostro entre mis manos y la besé, evitando que siguiera hablando. Mina no puso demasiada resistencia, ninguno de los dos era ya capaz de frenarse cuando la chispa estallaba entre nosotros, que era la mayor parte del tiempo.

Minako

No existía distracción más grande en este mundo, que los besos de Yaten. Y era gracioso incluso saber la razón de su boca pegada a la mía.

Sé que hablo demás, y que aunque estemos completamente enredados uno con el otro, no quiere saber nada, no quiere materializar lo que ocurre. Y yo solo quise decirle por una vez que me sentía feliz de que nuestros caminos se cruzaran. No era una confesión amorosa ni nada parecido, porque esto no es amor. Simplemente es cariño de amigos, quizá amantes. Pero no es amor.

Yo sé lo que es amar a una madre, a una hermana, pero nunca he comprendido o sentido lo que es amar a un hombre. Incluso si lo llegase a sentir, creo que no me daría cuenta.

Lo que ahora tenía claro es que adoraba sentirme en brazos de Yaten, y que mi espíritu estaría totalmente quebrado, de no ser por su presencia. ¿Tan terrible era hacérselo saber?

Mis sentidos estaban algo nublados por el alcohol, pero no hubo duda en mis acciones. Aparté su rostro del mío, sosteniéndolo entre mis manos, sonriéndole.

—¿Qué crees que haces? —pregunté

—Estamos celebrando, y ésta es la forma en que quiero que celebremos —aclaró, deslizando la otra tira de mi vestido, besando mi hombro con calma.

Me estremecí por completo, era algo tan sutil, pero de alguna forma él sabía que su proximidad me afectaba al más mínimo roce. Sus manos bajando por mis brazos, adjuntándome a su cuerpo y volviendo a besarme, era más de lo que podía resistir. Y no quise más preguntas, porque en su piel estaba lo único que me interesaba en ese instante.

Mis dedos se perdieron por su cabello, enredándolos mientras acariciaba su cabeza, y cerré mis ojos, queriendo poner toda mi atención en la sensación de su piel, en el cantar de los pájaros a nuestro alrededor, pareciendo tan contentos como nosotros de estar ahí.

Aunque los pobres pájaros iban a tener que bancarse nuestro espectáculo.

Me aparté, tomando el borde de su camiseta, acariciando sus costados sin dejar de mirarlo a los ojos, y me gustaba tanto cómo se sentía su cuerpo bajo mis manos a medida que subí sin prisa la camiseta, nunca apartando el contacto de mis dedos rozándolo. Yaten levantó sus brazos cuando llegué al final, ayudándome a quitarla por completo y arrojarla a un lado.

—Vamos dentro —murmuró contra mi cuello, dejando leves mordidas que me hacían perder el aliento.

—Estarás pronto dentro —bromeé, prensando mi mano sobre el bulto que comenzaba a sobresalir en su pantalón, sin poder evitarlo.

Yaten se apartó de mí, mirándome incrédulo por un segundo, antes de estallar en risas.

Lo miré, se veía tan joven y alegre, despreocupado como nunca, porque todo lo que había a nuestro alrededor eran preocupaciones. Pero en ese instante todo había desaparecido y era tan encantador verlo dejarse llevar, por una broma o lo que sea, pero verlo reír me encantaba.

Luego me agarró de la cintura, llevándome contra la manta en el suelo.

—Estás cada día más loca, y pervertida —se quejó, sin perder ni un poco de esa sonrisa.

—Solo expongo los hechos, ¿acaso no es lo que haremos? Quizá nos demoremos un poco jugueteando, pero sé que deseas tenerme tanto como yo te deseo, eres adictivo —confesé, acercándome a besar su clavícula.

Sentí entonces algo moviéndose contra mi muslo, alarmándome, hasta que Yaten volvió a apartarse de mala gana, haciéndome saber que era su teléfono.

Algún día destruiré estos aparatos.

Me quedé allí acalorada por él, mientras iba a hablar dentro de la cabaña. Sé que lleva días intentando comunicarse con Seiya y verlo, así que esperaba que fueran buenas noticias para él.

Para mi suerte, no pasó mucho rato antes de que él regresara, y verlo caminando hacia mi a torso desnudo, era la visión más tentadora que podían ofrecerme.

—¿Qué miras tanto? —preguntó engreído.

—Nada, solo espero que vengas aquí, tenemos todo este espacio y estamos solos —insinué.

Se sentó a mi lado nuevamente, dejándose caer sobre mí, tomando mis muñecas sobre mi cabeza con una de sus manos, mientras con la otra despejaba mi rostro.

—No será que has leído muchas novelas románticas, con escenas eróticas en los bosques, creo que son muy populares —mosqueó.

—Quizá. Pero la verdad es que no me importa mucho el lugar en este instante —aseguré, atrapando su cadera con mi pierna, obligándolo a acomodarse entre mis muslos.

Yaten se quedó allí un momento quieto, pero luego comenzó a moverse sobre mí, haciéndome cerrar los ojos y no poder controlar un gemido que escapó de mi boca. Él aun tenía su pantalón, y la tela de mi vestido y bragas aun nos separaba, pero podía sentirlo cada vez más, mientras seguía en su mímica constante de lo que yo más quería hacer con él. Aunque siendo honesta, todo esto también me encantaba.

Cerré los ojos a la sensación de sus labios en mi hombro, de sus manos enlazándose a las mías mientras hacía su camino de vuelta a mi boca, y mi piel se erizaba a cada toque. No sé si era la brisa cálida que apenas se sentía, o la luz que se colaba entre las hojas de los árboles, llevando rayos de luz a la piel de Yaten, cada vez que abrí por un instante los ojos y lo miré, haciéndome cosas que me dejaban sin palabras.

La brisa rozó mi busto, cuando comenzó a bajar mi vestido, desnudando la primera parte de mi cuerpo. Yaten dejó su mano en la juntura de mis pechos, sonriendo altanero cuando notó el efecto que causaba en mí.

El vestido fue bajando cada vez más, descubriéndome completa, y yo solo quería descubrirlo a él también. Quizá en más que solo lo físico, porque creo que lo he visto bastante desnudo en todos estos días.

—¿Por qué no estás usando un sujetador? —preguntó.

—Quería hacerte más fácil el trabajo —contesté simple.

—Siempre fue ese el plan, ¿no es así? Querías hacerlo aquí, nunca fue sobre el picnic y el rato de relajo —me acusó.

—También así nos relajamos, ¿por qué tanta queja? —quise saber, y luego tiré de su cintura, acercándolo lo suficiente para deshacer su cinturón.

Se dejó caer sobre mí nuevamente, perdiéndonos en un beso hambriento mientras sentía sus manos bajar por mis costados, ayudándome a quitar la única prenda que aun permanecía en mí. Pero no era justo, no lo sería hasta que estuviésemos en igualdad de condiciones.

Intenté tomar el impulso para apartarlo de mí, dejándolo de espaldas contra la manta. Algunas cosas de comer rodaron por el suelo, pero apenas prestamos atención, demasiado entretenidos en tocarnos.

—Y nuevamente, puedo decir que te encanta tenerme sobre ti —bromeé. Pero enseguida salí de su regazo, continuando mi función con sus pantalones, torturándolo con mi lentitud para desnudarlo.

A veces creo que Yaten es aun más impaciente que yo.

Bajé su pantalón junto con su bóxer, acariciando sus piernas en el proceso, mirándolo con un montón de ideas en la cabeza, y él solo me miraba de vuelta expectante, pareciendo encantando de seguirme el juego.

Tiré a un lado su ropa, besando sus piernas sin perder mis caricias por todo su cuerpo, acercándome un poco más y besando su cadera, sosteniendo entre mis manos la parte de él que más parecía llamarme. Sonreí sintiéndome poderosa sobre él, adorando verlo reaccionar a cada toque, a cada provocación.

Agité mi mano sobre él, simplemente disfrutando de mirar sus reacciones, y estuve encantada de cada respiro irregular, cada vez que sus ojos se abrían y cerraban no sabiendo qué hacer para seguir controlándose. Ayudé a mis manos con mi boca, retardándome en cada caricia y beso, haciéndole saber que disfruté torturándolo, y que no lo quería solo para algo rápido. Pero inevitablemente todo se tornaba más acelerado, mis manos, mis labios, mi propio corazón agitado simplemente por todo lo que él sentía.

O quizá era por lo que yo comenzaba a sentir.

—Mina…—murmuró en un quejido.

De a poco calmé mis atenciones, volviendo a besar sus piernas y su torso a medida que volví a la altura de sus ojos. Respiraba tan agitado que necesitó un momento, luego mirándome complacido, antes de tomarme entre sus brazos y dejarme quieta entre él y el suelo.

—Ya verás —me amenazó. Y yo solo reí, transformando las risas en suspiros, en gemidos cada vez que él besaba una nueva parte de mi cuerpo, y comenzaba a derretirme con sus dedos entre mis piernas.

Eso era, quería tanto esas caricias y la alteración que corría por todo mi cuerpo. Me obligué a abrir los ojos y mirar nuevamente la luz que tanto llamaba mi atención, esta vez rodeando el pelo desordenado de Yaten, haciendo brillar su frente sudorosa por el esfuerzo y el placer que ambos sentíamos. Él continuó maniobrando sin dejarme respirar, sin poder siquiera articular palabra para pedirle que se detuviera porque mi cuerpo ya no lo soportaba, o que siguiera eternamente allí aunque eso me enviase disparada a otro mundo.

Se apartó por fin, buscando algo entre su pantalón, y en mi mente alborotada solo rogué que no fuese algún teléfono interrumpiéndonos de nuevo. Pero era solo Yaten siendo cuidadoso y protegiéndose antes de volver a mí, tomando mi rodilla para acomodarse en el lugar donde lo quise más que nunca en ese instante.

Tuve que cerrar mis ojos por un instante, admitiendo cómo se abría paso en mi cuerpo.

Se apegó más a mí, entretenido repartiendo besos en mi cuello mientras tomaba su ritmo, moviéndose mientras yo enrollaba mis piernas a su alrededor. Su peso era una exquisitez solo comparable con sus besos, cuando al fin alcanzó mi boca nuevamente. Y le dejé hacer lo que quiso.

La brisa tibia ahora era aire caliente para mí, que no lograba airear mis pulmones a medida que más rápido necesitaba respirar, Yaten se movió más rápido, tomándome completa, sintiendo que se llevaba todo de mí. Su mano ajustó mi pierna a él, quedándose muy dentro cada vez, ya no pudiendo ocuparse de mi boca con sus besos porque él también necesitaba respirar con desesperación.

Mi cuerpo completo podía adivinar que no aguantaría mucho más, y parte de mi quería que durase una eternidad, pero moría por sentir cómo todo se arremolinaba en mi interior. Y pronto lo hizo.

Aun podía sentirlo moverse, buscando su propia liberación, pero yo ya tenía mis piernas hechas un lío, y mi corazón bombeando a mil.

Él se echó sobre mi pecho cuando al fin lo logró, descansando un instante, queriendo recuperar el aliento que se nos había ido.

Nos quedamos allí pegados un rato, sin que ninguno sintiera el cuerpo frío, ahora que estábamos quietos. Miré el cielo nuevamente, sintiendo mi piel acalorada, incluso ahora que respiraba más tranquila. Pero es que tenerlo allí, desnudo a mi lado, era realmente tentador.

Besé su clavícula, y él se apartó levemente, alcanzando algunas frutas para comer. Yo no me moví de mi sitio, pegada en las nubes y la luz colada entre las ramas del árbol que nos protegía del sol.

¿Era real tanta calma? Me sentía un poco culpable de lo mucho que disfrutaba esto, mientras mi hermana seguía quién sabe dónde. Pero no quise opacar el momento, así que respiré profundo, tomando la determinación de ir cuando antes por el camino de vuelta hacia ella, sabiendo que cuando lograra mi objetivo, no quería perder la compañía que ahora disfrutaba tanto.

Quizá podría, después de todo, salir en una cita con Yaten y coquetearle, sin estar pendiente de que alguien fuese a encontrarnos. Con este Yaten tan distinto al hombre que encontré por primera vez en el museo, el que me amarró una vez.

Me gustaba mucho el Yaten que admiraba a su padre y protegía su legado, el que era mi amigo, el que disfrutaba de sus fotos y su trabajo, el que me escuchaba aunque mi voz le volviese loco. Yaten es un buen hombre, y me alegraba tanto tenerlo allí.

Sentí un leve sonido, haciéndome mirar hacia él, que sostenía su cámara apuntando hacia mí, no dejando de fotografiarme desde cerca.

—¿Sueles tomar fotografías de chicas desnudas? —bromeé.

—No, pero algo me dice que no te molesta mucho que lo haga contigo.

—¿Será porque te gusta mucho mi cuerpo? —continué, sin dejar de mirarlo.

Él clavó sus ojos en mí, apartando la cámara por un instante.

—Eres hermosa —admitió, un tanto serio.

—Tú no te quedas atrás, eres tan guapo —le alagué, acercándome a tocar su brazo. —Tan fuerte y tonificado —dije riendo.

—Lo sé, te encanto —continuó, volviendo a tomar su cámara.

Y yo encantada de verlo hacer algo que tanto le gustaba, teniéndome a mí como su paisaje. Y fui su paisaje y distracción por bastantes horas más.

Yaten

Después de haber despertado del oasis bajo el árbol, me recordé que tenía un montón de asuntos sin resolver. Y por más que quisiese pasarme días despreocupado y acostándome con Mina, debía tener voluntad. Además ella también tenía sus propios asuntos que resolver. Solo esperaba que nada ni nadie se metiese en su camino.

Mi camino, por otro lado, era algo desagradable.

Me cuesta decidir si detesto más estar en casa de los Aino o de los Black. Para mi desgracia tenía que presentarme en ambos lugares hoy, así que preferí comenzar por el lugar que al menos, tiene a alguien de mi sangre bajo su techo.

Apenas me recibió en la entrada, Taiki me pidió alejarnos de la gran casa, necesitando tiempo conmigo antes de presentarme con sus simpáticas jefas. Así que le seguí por los jardines, hasta que me detuvo, mirándome enojado.

Yo ya sospechaba que de todas las cosas que he estado ocultándole, alguna iba a descubrir. Pero eran tantas, que no logré adivinar de qué iba a acusarme esta vez.

—¿Qué están haciendo Seiya y tu a mis espaldas? —preguntó enseguida.

Así que era eso, Taiki sabe que nuestro hermano ha vuelto a aparecer, y ahora reclama porque se siente dejado a un lado. Debí sospechar que no dejaría nada al azar, y que si ayudó a Seiya a escapar, sería el primero en advertir su regreso. Y me pregunté qué más sabe de las cosas que intento ocultarle.

—No es tu problema —respondí, evitándolo.

—Ustedes dos son mi problema, problemas es lo que todo el tiempo me causan. ¿Qué pretendían metiéndose en la estación donde trabajaba nuestro padre? —reclamó

¿Qué acaso tiene un GPS metido en alguno de nosotros? ¿No puedo acaso moverme a mi antojo sin que Taiki lo sepa?

—No tienes derecho a espiarnos —reclamé, conteniendo mi enojo.

—Aceptaste el trato, trabajas aquí buscando al heredero, tengo todo el derecho a vigilarte, es mi forma de poder salvar tu trasero si se te ocurre hacer alguna estupidez —se excusó.

Lo miré sin decir alguna cosa, estaba harto de sus jugarretas, de estar siempre bajo su supervisión como si fuese un mocoso que siempre hacía trastadas. Así que decidí decirle lo que él quería escuchar.

—Seiya me ayuda a buscar a ese heredero, me ayuda a pensar en qué lugares puede haber más pistas escondidas, a unir las piezas. Él conocía muy bien a nuestro padre, tal como yo, y quizá tú también lo habrías conocido si no prefirieras el poder que te dan aquí —dije punzante.

—No comiences con lo mismo, te he dicho miles de veces la razón sobre lo que he hecho. Y ni tu ni Seiya tienen derecho a reclamar, solo intento protegerlos.

Sonreí, no pudiendo creer lo que me decía, él seguirá eternamente creyendo que es nuestro salvador, el pobre mártir que sacrificaron por el bien de sus hermanos menores. Lo que él no tiene idea, es que permaneciendo junto a los Aino jamás estará seguro, porque a los ojos de esas mujeres, no vale mucho.

—Protégete a ti mismo, Taiki. Porque tus queridas mujeres no te tienen tanto aprecio como crees. El otro día incluso me amenazaron, si yo les fallo, tú lo pagarías —le conté, sintiendo que era necesario que él lo supiera.

—Entonces no falles —me advirtió.

—¿No te importa que piensen en lastimarte?

—Ellas harán lo que sea por su familia, también yo —continuó.

Cansado del discurso de Taiki, me di la vuelta para terminar mis asuntos en este lugar, pero él me tomó del brazo, mirándome fijo cuando volví a hacerle frente.

—No voy a meterme en lo que Seiya y tú estén. Hagan lo que sea necesario para cumplir con lo que se les pidió. Luego los haré desaparecer del radar de todos, donde estén a salvo. ¿De acuerdo?

—Nos obligarías a abandonar nuestras vidas, todo —reclamé, entendiendo qué quería decir en ese momento.

—Abandonaste tu vida el día que decidiste involucrarte con los Black, y Seiya lo hizo el día que huyó. No intentes culparme de las tonterías que han hecho, solo les estoy dando una salida —rebatió.

Me zafé de su agarre y me alejé, caminando de regreso hacia la gran casa, respirando profundo en un intento poco útil de calmarme. Taiki seguía jugando con nosotros, creyendo que iba a hacer las cosas a su antojo, que Seiya y yo deberíamos siempre seguir sus órdenes. Y no sería así.

Seguí mis pasos hasta el lugar donde siempre me esperaba la reina del hielo. Cuando entré a la oficina, Ami ya se encontraba sentada, quieta, sin revisar esta vez ningún documento. Y agradecí estar lejos de esas carpetas misteriosas que siempre terminan dándome información pesada de asumir.

Le saludé y me senté frente a ella, ya sintiéndome menos enojado por el encuentro con Taiki.

—Eres demasiado lento —se quejó. — ¿Cuándo vas a aparecer aquí con algo que de verdad nos sirva? No tenemos toda la vida para encontrar a nuestro primo.

—Si fueran una familia sin tanto secretismo, sería más fácil —refuté, y era curioso cómo de a poco, he aprendido a lidiar con ella sin sentir que en cualquier momento va a ordenar que me corten la cabeza.

De todos modos, me perturba saber que me estoy acostumbrando a tratar con mafiosos.

—Si fuésemos una familia sin tanto secretismo, estaríamos todos muertos —aseguró.

Buen punto, porque parecía que a quienes estaban en su contra, no les gustaba ver con vida a algún Aino.

—Busqué algunos datos sobre ustedes, que pudieran estar ligados a los lugares donde he buscado a ese sujeto, pero están desaparecidas del mapa —expliqué

—¿Cuan idiotas crees que somos? No usamos nuestro apellido familiar, ninguna de nosotras está legalmente relacionada, nunca encontrarás una conexión entre Rei, Lita y yo, como tampoco entre nosotras y nuestro primo perdido —me advirtió. —Si Lita usara su real apellido, jamás habría podido entrar donde Ace. Estoy perdiendo el tiempo contigo, si no me traes algo en los próximos días…

—¿Vas a matar a Taiki? O ya sé, Rei va a amarrarlo y lo va a torturar, como intentó hacerlo conmigo —alegué, aburrido de sus amenazas.

Ami sonrió, como si nada de lo que yo dijera pudiese alterarla, se puso de pie, paseándose por el lugar sin siquiera mirarme. Eran los momentos en que volvía a aterrarme lo que ella pudiese hacer, pero me costaba mucho medir mi lengua a veces. La rabia me dominaba la mayor parte del tiempo que pasaba con esta gente.

Intenté mantener la calma, o un poco de mi altanería. Pero la verdad es que me quedaba cada vez más claro que si no lograba manejar esto, iban a matarme. Ellas están en exceso obsesionada con el cuidado de su familia, y van a terminar enterándose que estoy mintiendo.

Quizá tendría que largarme de aquí tal como lo hizo Seiya. No me gustaba pensar en huir, pero últimamente era la mejor opción que se me ocurría.

—De alguna forma, perteneces a esta familia —dijo Ami, interrumpiendo mis pensamientos y acercándose nuevamente.

—¿Soy uno de ustedes?

—No es lo que dije, no eres parte de esta familia, solo nos perteneces, tal como Taiki. Mientras trabajes para nosotros eres parte del inventario, como un objeto que nos sirve, y no puedes desligarte de eso. Por lo tanto tu deber con nosotros es más grande que tu compromiso con los Black, porque mientras no te cases con Kakyuu, no eres parte de ellos. ¿Comprendes lo que digo o es demasiado para tu capacidad mental?

Qué perra es, en momentos como este desearía tener que lidiar con Lita, o incluso con Rei. Pero Ami tenía esa capacidad de torcerle la mano a cualquier con sus palabras, y no lo soportaba.

Pero tampoco me gustó saber que era parte de su inventario familiar, porque si cree que estaré toda la vida tras de ellos, cuidándoles la espalda o tratando de traerles a quien se les antoje, están muy equivocadas. Por otro lado, comenzaba a entender algo nuevo sobre los códigos de esta gente. Según lo que ella dice, si tanto Taiki como yo somos parte de sus propiedades, es la razón por la que hicieron a Taiki abandonar a su familia mientras está a su servicio, según lo que mi hermano siempre me dice como excusa.

Quise saber solo una cosa más.

—¿Y cuál es la forma de liberarme de ser de propiedad de los Aino?

—Encuentra al heredero Yaten, y quizá él decida dejarte ir para hacer tu vida —comentó, haciéndome sentir un poco más tranquilo.

Excepto por el hecho de que no tengo idea si alguna vez encontraré a ese pobre infeliz que no debe tener idea de su real origen.

Creo que Ami, aun con sus amenazas, comienza a darme más crédito. Hay muchas cosas que no solía saber, pero de a poco ella ha ido diciéndomelas, y ahora al menos tengo claridad sobre mi posible salida de aquí.

Era una esperanza, y la gran razón por la que podía sentirla, era porque mi mayor sospecha era que la madre del heredero no era la esposa muerta de difunto líder de esta familia, sino que era hijo de Ikuko Tsukino. Quizá estaba cayendo en el extremo de la paranoia, pero nadie quitaba de mi cabeza que la madre de Mina tenía mucha más relación con ese heredero, y necesitaba confirmarlo, porque estaba seguro que si descubría su conexión, encontraría a ese hombre.

Aunque si yo tenía razón sobre el heredero e Ikuko, también significaría que ella no sería la madre de Mina.

Salí de allí algo alterado, por el exceso de amenazas en un solo día, de parte de Taiki, y luego de Ami. Pero supe que mis malos ratos aquí no terminaban cuando vi a Lita acercarse a mí, sonriente.

—¿Cómo ha estado Minako? —me preguntó relajada, y yo me tensé aun más.

Ya tenía claro que estaba al tanto de que había desaparecido de casa de Ace, pero también tengo claro que no puedo hacerle saber nada que ponga en peligro a Mina.

—¿Y yo qué sé? Tú deberías decírmelo a mí, la ves cuando te metes a jugar de cocinera en casa de Ace —contesté agrio.

—Debe sentirse muy bien sabiendo con cuanto esfuerzo la proteges —comentó. —Ella desapareció, y estoy segura que la tienes escondida en algún sitio, y comprendo que intentes negarlo, pero no soy idiota —comentó algo más seria. Con tanta seguridad sobre lo que decía.

—No te he insultado.

—¿Sabes Yaten? Debes dejar de tratarme como Ami o Rei, no soy tu enemiga, y solo deseo que de verdad puedas protegerla, no dejes que Ace vuelva a ponerle las manos encima —me pidió.

—¿Por qué estás diciéndome todo esto? ¿Por qué te preocupas tanto por ella? —quise saber.

—No lo sé, me cae bien —confesó, pero eso no es suficiente razón para tanta preocupación.

He perdido la cuenta de las veces en que Lita ha hecho comentarios que me descolocan, y Mina sentía lo mismo cada vez que habló con ella. Es cierto que no se comporta como las otras dos, y a veces creo que es sincera, pero no puedo olvidar que es parte de esta familia, y nadie que tenga sangre Aino corriendo por sus venas, puede ser de fiar.

—Estás ocultando algo —murmuré, no queriendo que ni de casualidad, alguien me viera aquí hablándole a Lita de esa forma.

—Tu ocultas muchas cosas —devolvió. —Voy a pretender que no tengo idea sobre ustedes dos, pero ten cuidado, hay muchas personas capaces de descubrirlos, y no van a ser tan simpáticos como lo soy yo —agregó.

La miré, intentando adivinar porqué me decía todo esto. Lita nunca hablaba claro, y por mucha simpatía que derroche, me hace desconfiar. Lita no era una perra conmigo, como sí lo fue Ami hace un instante, y me repetí nuevamente lo mismo, no queriendo olvidar que seguía siendo parte de esta familia, y nada bueno puede salir de ellos.

Y hablando de actitudes perras, vi de pronto a Rei acercarse a nosotros. Genial, no hay nadie de esta casa que quede para hacer de mi día más desagradable. Preferí mil veces quedarme con las intrigas de Lita.

—¿Alguna novedad? —preguntó a ambos. Mirándonos llena de sospecha. Por eso no me gusta hablar con Lita, ella puede librarse fácilmente de los interrogatorios de sus primas, pero yo no. Y no creo que ni Ami ni Rei estén felices con la clase de cosas que estábamos conversando.

—Yaten solo me contaba de su reunión con Ami, y yo le decía que muero por conocer a la parte de nuestra familia que falta —respondió calmada, luego tomando el brazo de su prima.

—Ami tiene todo lo que necesitan saber, si prefieres puedo repetirte lo que ya le dije a ella —ofrecí, porque no quería seguir peleando con esta gente.

—Me sorprende la educación que muestras, pero creo que es hora de tener una charla familiar, así que me llevaré a Lita —anunció. —Y espero, por tu bien, que estés cerca de tu objetivo.

Claro, porque no podía irse sin agregar otra amenaza más sobre mí.

Minako

Estuve un buen rato escondida, mirando a lo lejos el movimiento al interior de la pequeña casa en la que solía vivir con Serena. Quizá pequeña era demasiado para describirla, porque la verdad es que la cabaña de Yaten era un palacio en comparación al lugar donde vivimos. Aunque ya no nos pertenecía.

Era obvio que no duraría mucho vacía, ya que luego de que mi hermana desapareciera, lo hice yo, corriendo hacia Ace por ayuda, creyendo que mi única esperanza era la tarjeta con su contacto, esa que me dio aquella vez que conversamos en el parque.

Ahora estaba habitada por personas desconocidas para mi, o quizá era una sola persona que en ese momento tenía visitas, pero como fuese yo debía hacerles frente si quería saber sobre las cosas que dejé allí, no importándome meses atrás si mi pertenencias se perdían.

Serena y yo habíamos estado toda la vida juntas. Incluso nacimos muy cercanas., yo era unos meses mayor que ella. Mamá debió quedar embarazada nuevamente cerca de mi nacimiento, y como mi hermana nació prematura, casi parecíamos gemelas. Eso siempre nos hizo ser unidas, y por eso nunca pudimos irnos con otra familia. Pasamos por un montón de lugares, sin que pudieran separarnos, hasta que ambas fuimos mayores de edad y debimos buscarnos un hogar por nuestra cuenta. Y era esa casa.

Habíamos vivido tanto, compartido cada secreto que una tenía, la otra lo sabía. Y yo extrañaba un montón pasarme las noches en vela contándole alguna nueva aventura. Serena siempre se preocupaba por mí, temiendo que hiciera alguna tontería, y yo siempre me preocupaba que nada fuese a dañarla.

Tomé aire profundo y me armé de valor y caminé a la entrada, tocando la puerta a la espera de alguna pista útil.

—Hola —saludé, apenas la puerta se abrió, mirando a la mujer mayor ante mí. Parecía simpática, así que me relajé un poco. —Me gustaría conversar con usted un momento, prometo que será breve —pedí.

Ella asintió, mirando hacia dentro donde dejó al resto de la gente.

—Vivías aquí, ¿no es así? —preguntó. —Soy Kazumi, vivo aquí ahora, pero supe algo de ustedes, te vi en unas fotos que quedaron por aquí.

Sonreí asintiendo a su pregunta, entonces sí había aun pertenencias nuestras en este lugar.

—Mucho gusto, soy Minako —me presenté. —¿Qué cosas supo? —pregunté enseguida, sin poder evitar mi curiosidad.

—Soy vieja para seguir moviéndome de lugar en lugar, así que quise un pequeño hogar. El dueño me lo ofreció diciendo que las dos chicas que vivían ahí, no regresarían.

—Le llamé una vez, diciéndole que me diera un tiempo, y me lo dio, pero no pude regresar —expliqué.

—¿Has venido a recuperar el lugar? —preguntó algo alarmada.

—No, solo deseo saber dónde fueron a parar nuestras cosas, no se preocupe —le calmé.

Ella sonrió aliviada y tomó mi mano, en un gesto muy maternal que me hizo sentir acogida. Mi garganta se sintió apretada, costándome recordar la última vez que alguien fue así conmigo. No estaba mirando en menos lo resguardada que me sentía con Yaten, pero él era mi amigo, y eso es muy diferente al cariño y protección de una madre.

—No sé qué te ha ocurrido, y espero que estés bien —inició, algo complicada. —Pero el día que llegué aquí, todo estaba desordenado, destruido.

Amplié mis ojos, no pudiendo creer lo que ella decía. ¿Quién podría haber hecho algo así?

Recordé el día en que Serena desapareció. Al llegar encontré nuestra casa desordenada, como si alguien hubiese querido encontrar algo, pero cuando Ace me dijo que Diamante tenía a Serena, imaginé que ese desorden fue parte del lío que debió armarse cuando la sacó de allí por la fuerza.

Aunque un desorden no era nada en comparación a destruir nuestras cosas.

—¿No ha quedado nada? —pregunté afectada.

Ella dio una palmadita calmante en mi mano, infundiéndome ánimos.

—Aun quedan cosas, una maleta con ropa, y una caja con pertenencias. Puedes llevártelas, y si necesitas alguna otra cosa…

—No, solo quiero llevarme esa caja —pedí. Aunque agradecía haberme topado con una mujer tan buena, no podía pedirle alguna cosa, menos aún sabiendo que todo lo que me rodeaba era peligro.

Ella ingresó de nuevo a la casa, y miré desde la puerta. Había nuevos muebles y cuadros en las paredes, nada parecido a cómo lucía cuando Serena y yo vivíamos aquí.

Entendí que esa parte de nuestras vidas no volvería, jamás. Si Diamante había tenido que ver con la desaparición de mi hermana, había destruido de paso nuestras vidas, y por mucha nostalgia que yo sintiera, no iba a recuperar el tiempo perdido. Todo lo que quedaba era encontrar a Serena y comenzar una nueva vida, y me iba a encargar que fuese mucho mejor.

Sentí mis ojos arder, e intenté secar las lágrimas que cayeron, pero fue difícil por ahora, aun cuando sé que todo saldrá bien al final. Tiene que salir bien.

La señora Kazumi regresó, entregándome la caja, y luego dejando encima un paquete.

—Es un trozo de pastel, te ves triste, el pastel siempre ayuda —me dijo, y no pude evitar sonreírle. Me alegró en parte saber que ahora en mi antigua casa, vivía alguien así de gentil.

—Muchas gracias, espero que esté cómoda aquí, es un lugar acogedor —comenté.

—Lo es, espero que te vaya bien Minako, que todo resulte bien para ti.

Me despedí, no teniendo mucho más que conversar con ella. Además estaba urgida por saber qué contenía la caja en mis brazos, así que busqué algún rincón de la ciudad donde estar tranquila, estando aun preocupada de que algún hombre de Ace pudiese reconocerme.

Bajo la sombra de un árbol me senté, no sabiendo si hacerle caso a la parte de mi que moría por revisar esa caja, y la que tenía miedo. Abrí el pequeño paquete con el pastel y comencé a probarlo. Era muy sabroso, de esas comidas que sabes fueron hechas con amor, y solo por eso, su sabor es aun más especial. Ella tenía razón, el pastel siempre ayuda.

Demoré un rato en comérmelo, supongo que debo admitir que soy un poco cobarde. Y el miedo que tengo es descubrir que fui engañada por tanto tiempo. Me preguntaba si entre las cosas sobrantes de nuestro hogar, había alguna pista de que Diamante nada tenía que ver con la desaparición de Serena, y que pasé meses junto a Ace en una mentira.

Abrí la caja, encontrando algunas fotos de nosotras juntas, y otras con mamá. Sonreí sin poder evitarlo, deseando tan intensamente poder por una vez tenerlas a mi lado de nuevo. Y aunque era un deseo imposible, me permití tener esa esperanza infantil de que quizá alguna noche antes de dormir, mamá volvería a contarnos un cuento.

En el fondo había un conejo de felpa, que reconocí enseguida como uno de los tesoros más amados por mi hermana. Cuando era niña lo amaba porque se lo regaló mamá, pero al crecer también lo atesoraba porque siempre metía dentro de ese conejo una libreta. Una especie de diario donde ella escribía cosas que no se atrevía a decirme, y eran pocas las cosas que ella no conversaba conmigo.

Nunca lo toqué antes, aun cuando muchas veces moría de curiosidad por saber lo que mi hermana escribía, pero intenté ser respetuosa con su espacio, y no lo abrí. Ahora tendría que hacerlo.

Bajé el cierre en la espalda del conejo, metiendo la mano para tomar la libreta. Era colorida y pequeña, llena de dibujos hechos por Serena en ratos de ocio. Fue como sentirla más cerca, sabiendo que estaba lleno de sus palabras. Así que comencé a leer.

Era tan distinta a la supuesta carta que me envió a través de Ace, aquí podía escuchar su voz al leer, y los rayones al equivocarse y las palabras mal escritas, eran tan típicos de ella.

Había pequeños relatos sobre algunas peleas que tuvimos, de esas que no duraban mucho, aunque nos dejaban tristes. Pero no podíamos evitarlo, éramos muy distintas en algunas cosas, y eso provocaba pequeñas peleas. Ahora que lo pensaba, nuestras diferencias daban igual, porque de haber sabido que iban a separarnos, jamás me habría enojado con ella por ninguna tontería. Entre anécdotas, encontré algo que llamó mi atención. Ella hablaba sobre un chico, algo más que un amigo quizá, alguien que le parecía una persona especial, la clase de persona que nunca había tenido en su vida.

¿Serena estaba enamorada? Pero no salía allí algún nombre, y yo no recordaba haberla visto salir con alguien. Relataba algo sobre encuentros en la playa, como si fuese su rincón especial, una persona de confianza, que le hacía sentir de una forma muy distinta al resto. Y yo no podía equivocarme, era demasiado obvio que estaba hablando de un chico que era más que un amigo para ella.

¿Por qué me lo había ocultado? ¿Acaso no confiaba en mí? ¿Y dónde estaba ese chico ahora? Quizá él pudo ayudarme desde un inicio a buscarla, o quizá la ha estado buscando. Pero es absurdo que trate él de buscar a mi hermana sin comunicarse conmigo. Aunque yo también me desaparecí. Esto es tan confuso.

Cuando éramos más niñas, a Serena le gustó un chico un par de años mayor, pero era platónico, esa clase de amor infantil hacia un príncipe azul perfecto con el que se imaginaba siendo feliz para siempre. Pero ese chico se había ido a América, si recuerdo bien. Entonces la persona de la que tanto hablaba en sus escritos, era otro, alguien mucho más aterrizado, con quien ella compartía de una forma muy cómplice.

Cerré la libreta, volviendo a meterla dentro del conejo, buscando más pistas dentro de lo que quedaba de nuestras pertenencias. Pero no había mucho más que me ayudase en ese momento. Aunque sí encontré cosas que me hicieron sentir aun más fuerte la necesidad de volver a abrazar a mi hermana.

Caminé por un parque muy tranquilo, poca gente se veía por esos lados y eso era bueno para mí, permitiéndome pensar sin estar todo el tiempo alerta de que alguien pudiese encontrarme.

Miré el teléfono que Yaten me dio hace poco, comprobando que aun no tenía algún mensaje suyo, así que debía seguir esperando la hora en la que nos encontraríamos para volver a casa. A su casa, quiero decir.

No pude evitar sonreír, y recordé nuevamente las palabras escritas por Serena. Yo también conocía a un hombre con quién me sentía muy cómplice, muy cercana y a gusto, y me encantaría poder decirle a mi hermana que en este tiempo no he estado sola.

Toda la cercanía y tranquilidad que me daba el tener a Yaten cerca, me tenía algo preocupada, porque no podía evitar que de alguna forma, siempre mis pensamientos se desviaran hacia él. Quizá por eso también sentía que cada vez mi hermana estaba más cerca, porque con ayuda de Yaten, confiaba en que lograríamos encontrarla, y salir de todos estos líos.

Seguí caminando, hasta que de pronto levanté la mirada, viendo a varios metros de mí una figura que me era muy conocida. No esperé para esconderme tras lo primero que encontré, sin despegar mis ojos del lugar a lo lejos, donde él estaba.

Hace días que no lo veía, pero seguía siendo complicado. Allí, rodeado de sus hombres, Kaito Ace era todopoderoso, alguien que podía moldear el mundo a su antojo, y que en algún momento, también me moldeó a mí.

Era triste pensar que en algún momento confié en él y pude sentirme cercana, que incluso sus abrazos me traían algo de calma cuando la desesperación por no encontrar a Serena era incontrolable.

Sé que jugué con él, tal como él lo hizo conmigo. Pero existe, o existió, una parte de él que solo me dejaba ver a mí, quizá fue su forma de retenerme, pero a veces en sus ojos vi sinceridad sobre su deseo de tenerme a su lado. Entre todas las mentiras, había algo real que pude ver en Saijo, y preferí quedarme con eso de recuerdo.

Probablemente nunca volveríamos a toparnos, y él se olvidaría de mí, así como yo de él. Y quería elegir no guardar rencores por sus mentiras y actitudes posesivas, porque ya no era parte de mi vida, y sé que no todo lo que hizo por mí, fue malo.

—Adiós Saijo —murmuré mirándolo a lo lejos, y caminé en sentido contrario, no queriendo tentar mi suerte.

Fui lo más lejos de él que pude, yendo hacia el punto donde Yaten me pidió esperar.

La visita a mi antigua casa y la cariñosa bienvenida de una señora que no me conocía, me tornó algo sentimental. Saber que alguien había destruido mi hogar y solo hasta ahora me daba cuenta de la dimensión de esa destrucción. Y luego leer lo que mi hermana escribía, incluso las dudas sobre el chico que tan bueno se leía en sus palabras. Y hasta ver a Saijo y sentir que había cerrado el capítulo con él. Era todo tan agotador.

Pero qué más daban los sentimentalismos, o el daño ya hecho, lo único que importaba era que en un rato Yaten vendría por mí, y pronto todos los dolores de cabeza serían parte del pasado. Estaba segura de ello.

Yaten

Como cuento repetido mil veces, estaba esperando a Seiya, que tenía la maldita costumbre de llegar tarde. Al parecer era el único rasgo de su personalidad que aun podía distinguir con claridad.

Había pasado a marcar presencia a casa de los Black, y aunque no vi por ningún lado a Zafiro, si me topé con Kakyuu, y no podía dejar de pensar en ella.

No discutimos, no hubo mucho que hablar en realidad, pero su actitud era extraña, llena de comentarios que me hacían sospechar que ella algo sabía. Y lo más probable es que se haya enterado del regreso de su amado Seiya. Quizá por eso mi hermano andaba tan misterioso, en su intento de arrancar, nuevamente, de la mujer que abandonó. Creo que no estuve ni una hora con ella, pero su mirada penetrante hacia mí, me tenía preocupado.

Lo que menos necesitaba en este momento, es que ella decidiera espiarme. Estoy escondiéndome de demasiadas personas como para soportar otra más rondándome.

Sentí alguien tomarme del brazo y tironearme, alertándome enseguida, hasta que noté que era mi hermano llevándome a un rincón más apartado.

—¿Qué crees que haces? ¡Suéltame! —exigí.

—Cállate Yaten, no estoy jugando, es peligroso que nos vean —alegó, sin dejar de llevarme a donde se le antojó.

Cuando al fin se detuvo y me soltó, su rostro era mucho menos calmo que el día que nos reencontramos. Algo había cambiado para Seiya y definitivamente no era para bien, ni de él ni mío.

—¿Alguien está siguiéndote? —pregunté enseguida, temiendo que él me pusiera en peligro nuevamente.

Frunció el ceño, apretando los puños a sus costados, pero finalmente respondió. Por una vez, me dijo lo que yo necesitaba saber.

—Sí, nos han encontrado e intento poner las cosas en orden antes que sea demasiado tarde —admitió.

—Si tan apurado estás, ¿qué fue toda esa desaparición? No estaré a tu disposición cuando se te antoje —me quejé.

—Intenté mantenerme alerta, no dejarme ver, pero al parecer no soy tan bueno con todo esto —se excusó.

—¿De qué hablas? ¿En qué estás metido? —quise saber, comenzando a alarmarme.

—Da igual, necesito encontrar a una persona, y lo necesito ahora —exigió, haciéndome frente de nuevo.

Yo solo sonreí sarcástico.

—También lo necesitabas hace algunas semanas, pero desapareciste, ¿crees que voy a ayudarte? —pregunté ante su desfachatez.

—¡Ya para! Esa actuación de cretino te sale muy creíble, pero te conozco. Necesito a mi hermano, ¿puedes comportarte como tal? —pidió.

Sacudí mi cabeza, no pudiendo creer que se atrevía siquiera a exigirme algo. Me acerqué, tomándolo del cuello nuevamente, pareciendo que toda violencia brotaba de mí ante las provocaciones de Seiya. Presioné mi antebrazo en su cuello, sabiendo que no había forma que él me obligara una vez más a seguir tras sus tonterías.

—Me importa una mierda a quien quieras encontrar —aseguré, hablando muy bajo, solo queriendo que entendiera de una vez mis palabras. —Decidiste desaparecer de nuevo, así que ya no eres mi problema. Solo vine aquí a dejártelo claro.

—Vas a ayudarme —repitió, mientras forcejeaba por liberarse de mí.

—¿Sí? —pregunté, ante su seguridad. —De acuerdo, pero primero quiero escuchar la historia detrás de este lío.

—Suéltame, Yaten —dijo enojado.

—No, si no hablas no voy a soltarte, voy a patear tu trasero hasta que sueltes la verdad —le amenacé. Después de tantas personas amenazándome ese día, sentí la necesidad de devolver la mano.

Pero no se sintió bien, aun cuando a parte de mi le agradaba tener el control y ejercer ese mínimo poder que me había sido dado, sentí que volvía a perderme. Cada vez que estaba en contacto con los Black o Aino, a cada encuentro con Seiya y su falta de cooperación, yo me volvía violento y manipulador.

No me gustaba nada sentir que iba perdiendo nuevamente el rumbo, y me pregunté si existía alguna forma de evitar comportarme así. Si había alguna salvación para mí, para volver a mi propia normalidad antes que todo esto me consumiera.

Aunque sé que hay momentos en que aun puedo ser yo mismo, olvidándome de lo que tengo que hacer para ser parte de este juego enfermo.

Allí tenía a mi hermano, a la persona con la que viví casi toda mi vida, y estaba amenazándolo, casi disfrutando de su sufrimiento. Casi, porque en realidad aun me dolía ver a Seiya así.

Aprovechando mi momento de lucidez, Seiya me dio un empujón, haciéndome perder el equilibrio, lanzándose hacia mi cuando su paciencia también acabó. Fui yo quien se vio contra la pared, acorralado por él cuando su humor se agotó, siendo tan dispar a mi hermano bromista y divertido.

Lo vi claramente en sus ojos, él estaba desesperado.

—Diamante Black sabe que estoy aquí, y ya que tienes tan claro quién es y lo que puede hacer cuando se enoja, me vas a ayudar. A menos que quieras organizar mi funeral —soltó.

Mis ojos se ampliaron, ¿por qué iba Diamante querer matar a Seiya? En ese caso Zafiro, por haber abandonado a su hija, pero no me pareció lógico que Diamante se tomara tantas molestias por Kakyuu.

Pude querer acabar con todo el asunto, dejar de preocuparme por Seiya e incluso olvidar que existió, pero no podía. Y saber que lo estaban amenazando era suficiente razón como para ponerle atención.

—¿Qué hiciste? —quise saber.

Seiya me soltó, pasando sus manos por su cabeza, frustrado, no hablando aun.

—Necesito encontrar a alguien antes de desaparecer nuevamente, no volveré a molestarte—repitió.

—¡Ya se eso! —le grité agotado. —¡Dime qué mierda hiciste para provocar a Diamante!

Volvió hasta mí, metiendo su mano al bolsillo de su pantalón, sacando de allí una fotografía arrugada para mostrármela.

No me interesó absolutamente nada sobre la persona que él quería encontrar, hasta que mis ojos se posaron en la foto, viendo allí a la misma persona a la que estuve fotografiando hace tan poco.

Mi corazón se aceleró, intentando adivinar porqué él tenía esa foto en sus manos.

—Necesito encontrar a Minako Tsukino —soltó al fin.

Era ella, quizá un poco más joven, pero era ella, y no tenía sentido que mi hermano estuviese tan desesperado por encontrarla, porque Mina no tenía ninguna conexión con nosotros, más allá de los recuerdos borrosos de infancia. Seiya no podía saber de ella, ¿o sí? Mina nunca habló de conocer a Seiya, de haberlo visto nuevamente.

—¿De dónde sacaste esto? —pregunté en un murmullo, quitándole la fotografía sin apartar mis ojos de ella.

—¿La conoces? —preguntó, extrañado, supongo que por mi asombro.

Intenté hacer alguna conexión coherente, queriendo adivinar qué estaba pasando. Y de pronto recordé algo que hace un minuto no me pareció importante.

—…nos encontraron —murmuré, repitiendo sus palabras. Y elevé mi mirada hacia él. —Seiya, ¿te encontraron a ti y a quién más?

Él apartó la mirada, alejándose nuevamente, y yo solo pude mirarlo a él y la foto en mi mano, intercaladamente, comenzando a temer su respuesta. Seiya había arrancado y ahora sabía que algo tuvo que ver con Diamante, y ese hombre era quien supuestamente tenía atrapada a la hermana de Mina.

—Seiya —insistí.

—No puedo decírtelo —respondió.

—¡Seiya no estoy jugando! Dime ahora con quién te fuiste, porque si no lo haces, no voy a ayudarte, y te irás de aquí con las manos vacías, y Diamante persiguiéndote —insistí.

Él me miró, complicado, esa mirada cargada de preocupación que reconocí tantas veces en mi padre, ese pesar que sentí en mi cada vez que pensé en que podían dañar a mis hermanos, o a Mina.

—Prométeme que vas a ayudarme —pidió urgido.

—Te he ayudado bastante ya, te he cubierto con Kakyuu, ¿recuerdas? —contesté, agotando mi paciencia.

—¡Promételo! —exigió angustiado.

—De acuerdo, si me dices con quién te fuiste y por qué quieres encontrar a la persona de la foto, te ayudaré —le di mi palabra, y no fue por manipularlo. Sé que no podré evitar protegerlo si está en líos, pero la ansiedad por su respuesta estaba matándome.

Seiya se paró rígido ante mí, tomando tiempo, pareciendo que quería encontrar las palabras correctas. Y yo solo quise saber un nombre, no era tan complicado.

—Serena Tsukino —dijo muy bajo. Pero yo lo escuché perfectamente.

El nombre que escuché una y otra vez durante el último tiempo, la persona que con su desaparición tenía el corazón de Mina destrozado, estaba saliendo de los labios de mi hermano.

—¿Qué? —pregunté, no pudiendo salir de mi asombro.

—La saqué de aquí para protegerla de Diamante, él la estaba acosando —explicó.

—Pero tú…ustedes no se conocen —susurré, aun sin poder creer lo que estaba diciéndome.

—La conocemos, ambos, desde niños.

No, esto no podía estar pasando.

—Nunca me dijiste que la volviste a ver —me quejé.

—¿La recuerdas? Necesito encontrar a su hermana, Serena está muy preocupada, no logra contactarse con ella —explicó.

—Seiya…

—Hemos intentado contactarla pero pareciera que desapareció del mapa, y así como Diamante estaba molestando a Serena, había un tipo poderoso tras su hermana, tememos que le hiciese daño.

—Kaito Ace —respondí automático.

Diamante estaba tras Serena y Ace tras Mina, ambos igual de psicóticos y obsesionados. Mina creía que Serena estaba en manos de Diamante, y al parecer, Serena creía que Ace tenía a su hermana.

Seiya frunció el ceño, comenzando a notar mi estado.

—¿Qué sabes tú de todo esto?

—Minako está conmigo —solté.

Y mi hermano puso la misma expresión que tuve yo hace un instante, cuando me dijo que estuvo con Serena todo este tiempo.

Si algún día me cruzaba con Kaito Ace, iba a matarlo, por todas las mentiras que dijo a Mina para mantenerla a su lado.

Pero ahora lo único importante es que Seiya estaba con Serena, y después de meses separadas, y de todo este tiempo viendo lo que Mina hizo para poder recuperar a su hermana, iba a tenerla de vuelta a su lado. Y de alguna forma, eso también me hacía sentir aliviado.


.

.

.

Hola!

No sé porqué me cae bien este capítulo, aunque creo que quedó corto. Ahora que ya al fin pude soltar que Seiya estaba con Serena, aprovecho de contarles que el One Shot que escribí hace un tiempo, "Casamenteros", era sobre los encuentros de Serena y Seiya en la playa, de eso que Mina lee en la libreta que encuentra.

¿Y qué les pareció? Espero sus comentarios!

El siguiente capítulo, al menos a mí, creo que me entusiasma mucho más escribirlo.

Gracias por los comentarios y leer.

Y nos leemos en el próximo capítulo!